Las ideas, los afectos, los valores propios de un modo de vida social, conforman una cultura. Como la vida social no es uniforme, en las sociedades modernas aparecen subculturas, en vínculos de subordinación y diferencia con respecto a la cultura general de cada sociedad. Vamos a distinguir tres modalidades de este fenómeno.
Por un lado, algunas subculturas expresan comportamientos sociales que no pueden «convivir» con las normas generales. El crimen o el delito, por ejemplo. No cuestionan la vida social tal como funciona, sino que la necesitan para existir. Parasitan la vida social. Nadie elevaría el submundo del hampa y las perversiones a modelo social, excepto en la sublimación estética (políticamente inocua) y el «populismo negro» (ese irracionalismo estetizante que elogia al criminal, al transgresor, al loco, al lumpen, al drogadicto, al pedófilo…)1.
Por otro lado, ciertas culturas parciales, derivadas de alguna actividad particular, son especialmente demandantes: reclaman un mayor lugar para sus acciones, un mayor reconocimiento social, subsidios u otras formas de garantizar la reproducción material «haciendo lo que nos gusta». Dado que su existencia depende de la sociedad que las contiene, estas culturas parciales son incapaces de ofrecer alternativas que se puedan universalizar. El colectivo de «artistas e intelectuales» abunda en tentativas particulares de esta índole (el mundo del tango o del folclore, el teatro o las murgas, el cine y el periodismo, los que escriben literatura o los investigadores académicos, etc.)2. Todas las expresiones de una «Resistencia con aguante» ponen de relieve esta modalidad de subcultura.

Myriam Bregman lee, en abril de 2026, un manifiesto poético como «acto de resistencia». Las palabras en la imagen, que pueden escucharse aquí, constituyen lo que hemos dado en llamar «Un eslogan burgués para la unidad nacional».
Una tercera modalidad de estos fenómenos es la que nos interesa: sectores y grupos que cuestionan el funcionamiento global de la sociedad. Sectores políticos, grupos militantes. Colectivos sociales que se ven empujados a crear una cultura, como en los casos anteriores, pero con un diferencia fundamental. Los socialistas no queremos vivir mejor y punto. Queremos –pensamos que es condición necesaria para vivir mejor– transformar profundamente, desde las raíces y por completo, el modo de ordenamiento social. No buscamos satisfacer perversiones ni afirmar identidades, vivir en la transgresión de una norma u obtener subsidios para practicar lo que nos gusta hacer. Buscamos revolucionar el sistema que garantiza la reproducción material de nuestras vidas3.
De ahí que el socialismo no pueda, no deba, deslizarse hacia el gueto, la tribu, la autosatisfacción y la superioridad moral. Al contrario, la militancia ha de sostenerse en la frágil e inestable circunstancia de cabalgar con un pie en el futuro anhelado y otro en el presente mudable. Porque las aspiraciones socialistas sólo pueden realizarse en la medida en que la clase trabajadora –expoliada y espoleada por dinámicas sociales degradantes– empuñe la tarea con sus propias manos. Intentamos, como trabajadores socialistas, acercar esas ideas y esa tarea a la vanguardia de nuestra clase.
Consideramos, entonces, que es necesario mejorar mucho en una serie de aspectos teóricos y prácticos propios de ese inestable equilibrio entre el futuro y el presente. Que es necesario sacarnos de encima un conjunto pernicioso de tradiciones y ensayar nuevos caminos que conecten las ideas orientadoras para ese porvenir y las acciones cotidianas de nuestro día a día.
Lo que se ha naturalizado como «cultura de izquierda» es exactamente lo contrario de lo que proponemos: un mullido y cálido huequito en el tiempo que nos toca, una zona de confort que las ideas acerca de ese futuro (las propias y las no tan propias) se han procurado para alojarse y renunciar, tácitamente, a la concreción social de las aspiraciones políticas del proyecto socialista.
De todo eso queremos hablar aquí.
La cultura de izquierda ama las redes sociales
Las redes sociales han sido pensadas, creadas, diseñadas y desarrolladas como un medio para mejorar la actividad comercial. Su nombre común ya es un eslogan, un gancho publicitario para vender Instagram, Tik Tok, Facebook, YouTube, Tinder, Linkedin, X, Whatsapp, etc., junto a sus servicios particulares: «red social». Desde sus orígenes, la industria publicitaria se ha esmerado en instalar calefactores de sentimientos en las gélidas aguas del cálculo egoísta: sonrisas o lágrimas, euforia o nostalgia, cuando no todo junto, como representación de afectos asociados al producto. De ahí que la palabra «social» adjetivando a estas redes las venda mucho mejor que otra, más adecuada y menos afectuosa: red comercial.
Estas redes comerciales son eficientes en su función: dar a conocer y conectar. En este sentido nos parece acertado el intento de emplearlas como recurso para la militancia.
Sin embargo, la militancia no debería adaptarse al modelo que formatea el comercio: la disponibilidad y la eventualidad propias de la oferta mercantil4. Ha de aprovechar, por supuesto, sus virtudes. Y también ha de reconocer que una herramienta diseñada y desarrollada para un fin opuesto al de la militancia socialista no debe ser el medio preponderante o privilegiado para llevarla a cabo. ¿Por qué? Porque promueve la competencia y destruye el cuidado de lo común.
Las redes permiten extender «la llegada» de ciertas ideas o iniciativas a un mayor número de personas. Hasta ahí sirven. Pero lo que hagamos con esa «llegada» es otra cosa. Porque hay un aspecto muy seductor de estas redes, que sugestiona y fascina: pagan el precio que corresponde a la amplificación del mensaje. Monetizan la difusión. Pagan por cantidad de interacciones, que es como pagar por cada volante repartido. Cuentan likes, seguidores, clics, scrolleos, reacciones, porque con esos números se mide la eficacia de una campaña de marketing, el alcance «viral» de la promoción de avisos.
De ahí que, salvo formal y superficialmente, las redes no cuestionen el contenido propagado en páginas, «estados», «historias», reels, publicaciones, etc. No les importa qué «mensaje» contengan eventualmente los productos: el medio –la forma mercancía– es el mensaje. Se pueden vender cosas adheridas a otras de manera bastante dispar entre el uso y la imagen, la función y el argumento. Cualquier símbolo alguna vez asociado a la revolución socialista (desde la cara del Che hasta las siglas en ruso de la URSS) hoy puede ser estampa en una remera, calcomanía en un termo y tatuaje en un hombro. Mientras no se toque el ordenador social, la propiedad privada de los medios de producción, cualquier cosa puede convertirse en medio para valorizar valor5. Por eso el algoritmo mide las «interacciones» sin condenar los contenidos. «Escuchamos pero no juzgamos», dicen las redes comerciales.

Una vereda al costado de la marcha universitaria del 17 de septiembre de 2025.
Como toda herramienta social empleada para la militancia, las redes comerciales deben ser interrogadas en su lógica, en su funcionamiento, dentro del modo de producción en que vivimos. No para rechazarlas de plano por «burguesas», una pavada que obligaría a rechazar la reproducción de la vida misma. Sino para evitar que sus promesas publicitarias y mercantiles nos envuelvan, nos fascinen y seduzcan. Los militantes no queremos vender nada. Queremos iniciar una travesía común.
En cambio, la cultura de izquierda está enamorada de los divulgadores, los streamers, los librepensadores: actores en busca de «llegada» para un público anónimo6. A veces crean ingeniosos memes, como si fueran del grupo Los Salieris de Bansky. Otras veces ejercitan una dialéctica de bolsillo con tormentas en piyama, como decía Cortázar. También escenifican shows de chistes y agresiones, combinando la burla y la ofensa. El objetivo es difundir ideas, «aportando ahí donde me siento cómodo». Para ello se despliega un repertorio dramático, minuciosamente estudiado por la publicidad desde hace un siglo, que las redes comerciales hoy explotan como nunca antes. De ahí que la figura del hater funcione como arquetipo: un crispado manojo de rabias y artificios retóricos que persigue y comenta, teclea y espera, energúmeno implacable, tragicómico y vivaz, cual insomne fogonero del algoritmo.
Pero la pregunta que el streamer, el divulgador, el estudioso pregonero de complejas ideas en las redes, en fin, el librepensador, no puede responder es esta: ¿Cómo se pasa de la publicación y sus seguidores a la intervención política en la vida social? No puede responder porque la clave para dar una respuesta a esa pregunta se encuentra fuera de la cultura de izquierda, fuera de la obsesión por las redes. ¿Dónde?
En una arcaica y hoy despreciada pasión humana: la conversación.
A los militantes socialistas nos apasiona conversar
Militar es conversar. Más precisamente, militar por el socialismo es conversar con los compañeros sobre esta misma actividad, sus fines y sus medios. Sin conversación no hay disidencia con el sentido común ni acuerdos sobre el futuro a construir. Por eso, si tuviéramos que definir el «grado cero» de la militancia socialista, su actividad más elemental según nuestro juicio, no dudaríamos: saber conversar.
Sin conversación no hay orga. Puede haber coincidencia fortuita, como en la parada del bondi o el viaje en un ascensor. Pero eso no es organizarnos.
Sin conversación no hay lucha colectiva. Puede haber, a lo sumo, defensa desesperada de la vida. Y no muy eficiente que digamos.
Sin conversación no hay confianza, insumo indispensable para las luchas en que se arriesga el laburo. Y a veces el futuro. O la vida. Momentos excepcionales en los que se hace necesario poner mucho de lo de uno en las manos de otros: los compañeros.
Sin conversación ni siquiera hay textos. Al menos, no puede haber buenos textos políticos, que son los que dialogan siempre. Comprendemos esto al leer El Capital. Ese intenso, brillante y voluminoso diálogo de Marx con Engels y sus camaradas, con sus predecesores y sus detractores. Gracias a esa condición tenemos la posibilidad –y la necesidad– de conversar con este libro en el presente.
Incluso en los momentos álgidos de la historia advertimos una robusta capacidad para conversar que es propia de los grandes dirigentes. En estos momentos clave, no gritan: explican, opinan, escuchan. Así, por ejemplo, a días de concretarse la revolución de octubre, Lenin entrega el manuscrito de El Estado y la revolución para que fuera corregido y publicado, por si en los días siguientes «me cepillan»7. A pocas horas de la revolución, el dirigente bolchevique dejaba, por escrito, un diálogo con las generaciones posteriores, con los compañeros del futuro, acerca de la naturaleza del Estado. La deriva posterior de la experiencia soviética puso en tela de juicio muchos aspectos del libro de Lenin. Pero podemos continuar la conversación porque ese libro la propone a los militantes, la incita, la convida.
Nada de esto que decimos nos parece una nimiedad. En Vida y Socialismo propugnamos su desarrollo. Cuando en las redes nos chicanean, critican o elogian, respondemos invariablemente: «¿Leíste la nota?». Si el diálogo avanza, nuestra invitación es igualmente invariable: «¿Nos encontramos (en un bar, una casa o por Zoom) y charlamos?»
Es que nuestras ideas componen una hipótesis de trabajo para la lucha por el socialismo. Damos por supuesta su falsabilidad. Ponemos en cuestión nuestras ideas, junto con las de nuestros críticos.
Sin embargo, habitualmente, no es posible llevar la cuestión fuera de las redes. Nos apena comprobar esto: normalmente no es posible reunirnos a conversar.
Veamos cómo este lamentable impedimento es consecuencia de la cultura de izquierda.
La cultura de izquierda agita, vocifera y aturde, para no tener que pensar
En un canal alternativo al de la conversación (con su calma razonada, sus pausas y digresiones, su atávica oralidad, sus guiños y confidencias, su inclinación a la serie, el reencuentro para continuar, etc.), cada tanto la militancia puede recurrir al discurso público y la agitación. Pero sólo en situaciones puntuales y de corta duración. Raramente las circunstancias nos obligan a la arenga y el llamado a la acción directa. Sin embargo, aunque parezca asombroso, la cultura de izquierda adopta los recursos de la agitación e imposta el tono de barricada casi todo el tiempo.
Y es que la historia de las luchas socialistas –y la historia en general– suele ceder a la tentación dramática y la seducción literaria. Se concentra en los momentos de viraje brusco y ruptura, de exaltación y heroísmo, para congelar el acontecimiento y exhibir su mítico fulgor. Relega, por ese camino, atender a la necesaria, paciente e incierta construcción de la epopeya.
Pero la vida real, cotidiana, transcurre casi siempre bajo las prosaicas coordenadas del menester y la rutina. Sólo excepcionalmente somos convocados por la lucha de clases y la Historia con mayúscula. Reproducir el tono épico y exaltado en ausencia de los acontecimientos que motivan y justifican ese tono es una característica tan visible de la cultura de izquierda como ajena a la militancia socialista: ¿cómo dialogar con alguien si, en tiempos de paz, se vocifera con megáfono en una lengua forzadamente castrense?
Además, la agitación no es patrimonio del socialismo. Cualquier fanático religioso puede agitar como un loco. El recurso permanente a la agitación la hace parecer un disfraz de alquiler o una camisa de once varas: histrionismo visiblemente ajeno y fuera de contexto. Hemos preguntado, por ejemplo, desde que asumió Milei: ¿dónde están «el fascismo», «la dictadura» y el «régimen cívico-militar» contra el cual la cultura de izquierda marchó y agitó junto al peronismo, durante dos años y medio, hasta que una encuesta convirtió el «liberticidio» en «socialismo inminente»?8

Marcha del Orgullo Anti-Fascista y Anti-Racista del 1 de febrero de 2025.
La agitación, pocas ideas para muchos (al revés de la propaganda: muchas ideas para pocos), el llamado a la acción inmediata en base a algunas ideas que deben ser llevadas a la calle y al triunfo, no es, no puede ser, el idioma habitual de nuestra militancia. La razón es simple. Agita quien llama a la acción de masas. Pero este llamado sólo puede hacerlo quien se ganó, antes, la confianza de los compañeros, de los involucrados en el problema o de las masas convocadas. Si, en cambio, nos hallamos todavía en la lucha por acercarnos a esa situación, por acceder a la llave de esa confianza y de esa posibilidad de conducir, resulta obvio que no podemos ser los más indicados para convertir la agitación en nuestra lengua cotidiana.
Salvo –eso sí– que nos importe poco y nada que nuestras palabras caigan al pozo de la indiferencia. Los grandes llamamientos agitados por locutores marginales, en momentos en los que no hay disposición para una concurrencia masiva, implican un profundo desprecio por el resultado. O por el propio discurso. O ambas cosas.
La evaluación de una posible respuesta de la clase trabajadora (con el tiempo que lleva siéndonos esquiva, no sin razones9) ha caído en el olvido. En las publicaciones de izquierda siempre estamos en «un período de guerras y revoluciones», con piquetes poderosos y rostros cubiertos por pañuelos, luchas obreras y resistencias a la represión policial… Pero nada «histórico» y glorioso está sucediendo. No se ven los combates callejeros ni se incendia la pradera con la chispa del foco. Apenas se insiste con una estética teatral o cinematográfica que no tiene nada que ver con el mundo cotidiano de la clase trabajadora.
Y, dado que la cultura de izquierda adopta el mismo tono de gesta para convocar a cualquier cosa, sea leer poesía o asaltar el Cuartel Moncada, su género literario favorito es la consigna. Todo el universalismo del que reniega la cultura de izquierda, tan proclive a las minorías y los fragmentos identitarios, se compensa con sus llamados Urbi et orbi. ¡Todos a la Plaza!, aunque esos «todos» sean tan pocos que se conocen sus nombres de pila. ¡Fuera el gobierno YA!, aunque ese gobierno (siempre no peronista) haya sido electo (por millones de obreros) semanas o días antes de la consigna.

Alejandro Vilca, militante del PTS, asumió su banca jurando con la bandera de un particularismo, en vez alzar la bandera roja por la unidad de los trabajadores. Esta exaltación de una minoría en detrimento de la mayoría es una característica propia de la cultura de izquierda, contraria a la militancia socialista.
En pocas palabras, la cultura de izquierda agita hasta en un monoambiente. ¿Por qué? Porque supone que todos estamos de acuerdo. Porque asume que sus ideas son obvias y las únicas racionales.
La superioridad moral o la construcción de coincidencias
Conversar no es refregar una verdad en la cara del interlocutor, sino intercambiar pareceres y argumentos. Conversar es aceptar que se puede estar equivocado. No es dar cátedra.
Contrariamente, la simpatía por la agitación que presenta la cultura de izquierda (al igual que su simpatía por los mártires, el foco, la acción ejemplar, el arte vanguardista que sacude y despierta, las efemérides que no incomodan, etc.) se debe a la fe en que ser de izquierda es perfectamente natural. Por lo tanto, si un trabajador no es de izquierda es un estúpido10.

El progresismo y su despotismo ilustrado.
Esa fe es hermana de otra: las ideas trabajan solas. Es decir, no necesitan una organización para que sean comprendidas, debatidas y encarnadas. Esta fe inclina a la cultura de izquierda hacia la actitud del librepensador: su palabra, sus ideas, llegarán solas a las personas adecuadas. Esto es, a las personas con inteligencia suficiente para adoptar esas ideas. Si lo hace, listo, se aprueba el test de coeficiente intelectual, que es también un test de superioridad moral. Porque sólo los trabajadores sin conciencia de clase, los inauténticos o estúpidos (da lo mismo), los alienados de su esencia genéricamente humana, son incapaces de entender que la gente de bien, la que está «del lado bueno de la Historia», es de izquierda. Y que, en algún momento, «no sé cómo ni con qué pretexto», la izquierda triunfará. Espontáneamente. Sin organización de masas, sin programa coherente, sin debate democrático. Triunfará como triunfan las buenas ideas. Porque sí.
De esta manera, la cultura de izquierda no admite una hipótesis elemental: puede ocurrir que el socialismo jamás triunfe. Puede suceder que no seamos lo suficientemente capaces y nos hundamos, junto con la mayoría de los seres humanos, en la ignominia y el envilecimiento (como ya está sucediendo). La cultura de izquierda no asume que lo importante no es ser mejores que los otros, sino entender cuáles caminos conviene tomar para que más trabajadores nos acompañen en esta lucha. Una lucha cuya finalidad primera no es convertirnos en «Hombres y Mujeres Nuevos», sino evitar el hundimiento de la mayor parte de la humanidad.
Deshacernos de una presunta superioridad moral (que es efectivamente segregativa) no es lo único importante. También debemos aceptar que podemos ser intelectualmente ineptos ante los desafíos que enfrentamos. En un momento como el actual, en que no hay luchas de masas a nuestro alrededor, nuestro esfuerzo se dirige a coincidir con un desprendimiento granular de la confianza de muchos trabajadores en las alternativas burguesas, exponiendo razones para luchar por el socialismo. Lo hemos dicho de mil maneras: si no somos extraordinarios ni demasiado inteligentes, entonces tiene que haber otros como nosotros. Tiene que haber más compañeros con el mismo estado de rechazo y el mismo deseo de búsqueda que palpitan en nosotros.
Si algún mérito podemos esgrimir, no es la originalidad del enfoque, ni la superioridad moral, ni un carácter heroico, ni la sublime comprensión del devenir de las cosas. Apenas tenemos la razonable, apasionada y tenaz decisión de buscar.
¿De buscar qué?
A otros compañeros: los que están en la misma que nosotros.
Si la cultura de izquierda es de catedráticos, investigadores y plumas doctas, la militancia socialista es de buscadores de encuentros, de constructores de grupos, de articuladores de coincidencias políticas.
Si la cultura de izquierda ya sabe lo que hay que saber. Si, sorda y gritona, se la pasa encaramada a una tarima de superioridad. Nosotros, en cambio, vislumbramos la alternativa a construir en una larga, paciente y confiada conversación.
Para esto hay que abandonar, por ejemplo, la idea de «alienación».
Alienación y cultura de izquierda
La cultura de izquierda ha elaborado un mecanismo que la justifica: la alienación de los sujetos. Retorciendo el concepto de «fetichismo de la mercancía» o torturando el de «alineación del trabajo», la cultura de izquierda concluye que no se le puede tener respeto a las masas porque ya están alienadas, locas, poseídas o dormidas.
Para la cultura de izquierda, los trabajadores que no votan al peronismo son idiotas o han sido trastornados por la propaganda masiva, engañados por algún «Mago del Kremlin», impávidos ante el «liberticidio» que ejecuta la «dictadura fascista» que gobierna en Argentina, ciegos a las estadísticas «dibujadas» por el INDEC (que son verdaderas cuando las manipula el peronismo y falsas cuando las respeta un gobierno no peronista)11.
La cultura de izquierda se niega a considerar que la sociedad es una forma de reproducir la vida, no un contubernio de malvados para cagarnos la existencia. Es evidente que la trayectoria actual de la dinámica capitalista empeora las condiciones generales de reproducción social y que la mayor parte de la población no está conforme con muchos aspectos de su vida cotidiana. Pero también hay razones para postergar, cuanto sea posible, los grandes enfrentamientos de la lucha de clases. La cultura de izquierda no contempla todo esto. Como tampoco reconoce que la aventura socialista tiene altas chances de incumplir los fines deseados.

¿Quién puede ser interpelado por esta imagen, si no viene interpelado desde antes de contemplarla? El arte (incluso el de menor calidad) es un medio de disfrute, no un medio de lucha.
En lugar de abordar estos problemas (las razones por las que la vida dentro del capitalismo puede ser aceptada y las razones por las que la hipótesis socialista genera profundas prevenciones y rechazos), la cultura de izquierda adopta, frente a la clase trabajadora (sistemáticamente «traicionada por sus direcciones»12), la actitud condescendiente de quien tiene –y siempre tendrá– razón. Cuesta aceptar que, tal vez, los trabajadores eluden el costo probable de grandes enfrentamientos para conservar al menos una porción sustantiva del actual nivel de vida.
Y más cuesta aceptar que nos falta aprender mucho, entender demasiado, sobre las razones de lo que ocurre, para aseverar que ya hemos llegado a una instancia superior y superada (teórica, estética, moral).
Mientras tanto, la construcción de una organización, no la contundencia de los silogismos, es la prueba de fuego a superar.
Exaltación abstracta de la violencia, es decir: negación de la violencia real
La violencia es un atributo de la lucha de clases. Ésta le da su medida a aquélla. Sin el sostén de la lucha de clases, la violencia política oscila entre la bravuconada estéril y la provocación temeraria. Ninguna acción violenta desata la acción de las masas. Los documentos del PRT previos al Cordobazo y la incursión fatal del Che en Bolivia son ejemplos de esa afirmación. Asimismo, los preparativos para la violencia no deben limitarse al discurso ni comenzar antes que la esperada acción de masas.
Al contrario de esas consideraciones, la cultura de izquierda está plagada de reclamos, llamamientos, apelaciones y convocatorias a la necesidad de la violencia. De esta manera, un atributo se convierte en esencia; un accidente, en sustancia. Entonces se pasa, de la participación en la violencia de la clase obrera en acción, a una letanía por la falta de coraje, valentía o disposición combativa de los raleados destacamentos de la vanguardia socialista. Y lo que alguna vez fue una estrategia política (la opción por la lucha armada), hoy es una remera, un viejo tema de la trova cubana, el elogio partisano de la última película de Paul Thomas Anderson, el rostro de un combatiente (que ya nadie reconoce) pintado con esténcil en una pared del conurbano bonaerense.

Cada vez que se anuncia, a través de las redes, la necesidad o la inminencia de una acción violenta (directa, ilegal) que no se lleva a cabo o cuyas probabilidades de realización son nulas, advertimos la diferencia entre la cultura de izquierda y la militancia política. Porque este tipo de autoincriminación penal indica que la organización profética cuenta con que la acción no se realice. Es el simulacro de la violencia de izquierda, tan afín al simulacro de resistencia del progresismo. Es una estupidez. Pero es una estupidez marginal. Y esta es la única razón por la cual la justicia de la democracia burguesa no sanciona ese tipo de llamados: los considera, también, una estupidez marginal.
¿Vida y Socialismo proclama «hacer el amor y no la guerra»? ¿Brindamos, en cada asado, «por la paz en todo el mundo»? De ninguna manera. No somos pacifistas. Llegado el momento de una acción violenta –y únicamente llegado el momento de una acción violenta– empujada por la vida cotidiana que se ha vuelto insoportable (no por las redes o las buenas ideas), ahí veremos si estamos a la altura de las circunstancias. Tal como dice la segunda tesis sobre Feuerbach: «En la cancha se ven los pingos». No dando discursos encendidos antes de la acción de masas ni entrenándonos como si fuera posible elegir las condiciones de su emergencia.
La abstracta apelación a la violencia revela, además, un profundo desconocimiento de la condición humana. Nadie sabe si es valiente hasta que la situación lo exige. No se puede impostar esta necesidad. El coraje no se entrena. En el mejor de los casos, se descartan cobardes abstractos.
Desde una perspectiva general, las sociedades suelen ser valientes cuando es necesario. Los hijos de los granjeros del medio oeste norteamericano que labraban la tierra y eran no intervencionistas en 1941, cargaron en masa, armas en mano, contra las ametralladoras nazis en Normandía, apenas 3 años más tarde. El oficio de la violencia requiere tiempo completo. El valor, condiciones concretas.
La cuestión de la violencia es, en este marco, un elemento accesorio. La militancia socialista no se regodea en la necesidad de la violencia. La explica, si es el caso, como una necesidad impuesta por los explotadores en la defensa de sus privilegios. Pero la disminución de la violencia es una innegable conquista civilizatoria. Y las mayorías trabajadoras –razonablemente– la rechazan. No tenemos motivos para hablar de una desgracia como si fuera un beneficio. Mucho menos hoy, cuando la violencia revolucionaria no se asocia al Ejército Rojo aplastando a las hordas blancas de Denikin y Kolchak, sino a Nicolás Maduro, la KGB o Pol Pot.
Explicar la violencia como un avatar no deseado de la lucha de clases, tan necesario como pasajero, es la única manera de sacarnos de encima la pesada carga que nos asocia con la violencia dictatorial cotidiana como modo de vida. En cambio, regodearse en un improbable coraje personal tomando cerveza con amigos es una característica propia de la cultura de izquierda.
Desprecio por la complejidad y adoración de lo improvisado
El Capital enseña cómo la división del trabajo y su desarrollo crea oficios, circunscribe tareas y herramientas, genera nuevos sectores productivos, en suma, que la vida en el capitalismo se expande, complejiza y especializa. Esto afecta, en tiempos discordantes, a todos los sectores de la vida social. Sin embargo, la cultura de izquierda procede a una exaltada simplificación de la realidad que, para colmo, no logra esconder su inconsistencia. Veamos un par de ejemplos.
Como a la cultura de izquierda no le agradan los bancos, simpatiza con esa frase atribuida a Bertolt Brecht: «Peor que robar un banco es fundarlo». Lo hace porque ya es titular de una tarjeta de crédito que le salvaría la vida a cualquier trabajador cuando se le funde la heladera. Ignorar el papel del crédito en la economía capitalista es algo que la cultura de izquierda puede darse el lujo de hacer porque desprecia lo que ya tiene resuelto.
Como a la cultura de izquierda no le agradan los policías, propone la autodefensa obrera ante los problemas de seguridad que afectan a los trabajadores. Lo hace porque no tiene los problemas del que ya ejerce la autodefensa obrera yendo a buscar a su hija a la estación, cada noche, para que no entre sola al barrio.
Como a la cultura de izquierda no le agradan las mediciones burguesas, rechaza las evaluaciones estandarizadas en las escuelas. Se priva así de un diagnóstico de la degradación cognitiva provisto por la única clase que puede hacerlo científicamente. Si Marx hubiera asumido el mismo criterio que exhibe la cultura de izquierda, jamás habría escrito El Capital.
Como a la cultura de izquierda no le agrada pensar en la vida cotidiana, le acopla a cada reclamo por aulas en la universidad una ristra de consignas ajenas al problema inmediato. Lo hace porque vive de que su organización exista y poco le importa recibirse a tiempo para cosechar los frutos de su propio esfuerzo.

La lista de ejemplos es interminable. No es casual que la cultura de izquierda no haga pie en la realidad. No es extraño que no pueda enraizarse en los que hacen cosas con la vida material. Por eso no hay ingenieros en la cultura de izquierda: porque los ingenieros viven evaluando el desgaste de los materiales, su renovación, los avances tecnológicos y la obsolescencia de sistemas que ya no se adaptan a los nuevos. Y para alguien que se ocupa de que las cosas anden, la idea de «No pagar la deuda» (que no es la idea de revolucionar la sociedad, sino la idea de dejar de pagar la deuda) sólo puede leerse como el desencadenante de enormes restricciones a las importaciones, cataclismos productivos y retrocesos tecnológicos.
En lugar de alejar a los trabajadores que hacen cosas concretas –como hace la cultura de izquierda con su agitación de soluciones infantiles–, la militancia socialista tiene que conversar con algunos de ellos, los que vislumbren problemas futuros, para explicar cómo ese cataclismo productivo llegará de todas maneras. Y que una reestructuración global podría atenuar algunos de sus efectos y anunciar una alternativa de futuro.
El inmediatismo de la cultura de izquierda, que desprecia el esfuerzo por atender a la complejidad de la sociedad burguesa, un desprecio que conduce a la improvisación y la inconsistencia, necesita de un aliento moralizador permanente. Por eso la cultura de izquierda está repleta de guardianes del entusiasmo.
La cultura de izquierda y los guardianes del entusiasmo
En el mundo de la cultura de izquierda no hay derrotas. Hay injurias e injusticias pero son superficiales e irrelevantes. Sin preocuparse por el destino, que ya estaría escrito, tampoco hay razones para remover los obstáculos que impiden avanzar hacia él. Lo crucial para la cultura de izquierda es el entusiasmo: no desmoralizar a los compañeros. Por eso, sin ir más lejos, cuando en las últimas elecciones el FITU puso en juego 4 bancas y perdió 1, ¿qué hizo la cultura de izquierda? Celebró las 3 bancas retenidas. Si el destino inexorable es el triunfo, las derrotas (aunque sean reales) son inaceptables.
En virtud de esa teleología, hay que acomodar todos los análisis y caracterizaciones. Constantemente. De esa manera, la tarea que se impone a sí misma la cultura de izquierda consiste, por un lado, en exagerar los problemas que enfrenta el sector «malo» de la burguesía y sus partidos «crueles», y, por otro, en señalar la incapacidad e inconsecuencia del sector «bueno» de la burguesía y sus partidos «tibios» para mantener el entusiasmo. Semejante tarea se descubre, más temprano que tarde, como lo que es: una farsa. Por eso los militantes de base, cíclicamente, se frustran y se alejan. La premisa «Ya falta poco» se repite hasta que provoca decepción. Algo inevitable: el entusiasmo es una capacidad corporal y el cuerpo tiene límites para esa capacidad.
La sumisión a las corrientes más débiles de la burguesía se apoya en esta necesidad de la cultura de izquierda: cuando no hay mucho para hacer, desde el socialismo y la independencia de clase, siempre hay algo para hacer dentro de las internas burguesas. Le sirve un poco a la burguesía (el poco número que la izquierda puede aportar) y le sirve muchísimo a la cultura de izquierda, como pulmotor del entusiasmo. Un ejemplo recurrente, muy ilustrativo, es el siguiente: como la supresión del Estado burgués por una alternativa socialista se ve muy lejana, se apuesta a «lo bueno» del Estado burgués (lo «público» contra lo «privado»). Pero si algo tiene claro la militancia socialista es que lo bueno del Estado burgués no existe. Se trata del Estado de los explotadores. ¿Qué puede tener de bueno para los explotados? Si nos concede algo es porque le resulta ventajoso a la burguesía y nos lo arrebatará apenas deje de serlo.
Esta es otra razón de la cultura de izquierda para negar el fracaso. Pues lo que fracasó y debe ser negado (el Estado burgués) es exactamente lo que la cultura de izquierda apoya. Por eso esta cultura supone que hay burgueses a favor de un «Estado presente» y burgueses en contra. Como si no fuera obvio que el Estado burgués siempre está presente, sólo encarna diversas maneras de favorecer la acumulación.

En su evangelizadora tarea de promover el entusiasmo, la cultura de izquierda debe violentar la historia y la realidad: al gobierno peronista de 1989 a 1999 lo llama «neoliberal», nunca peronista. Al gobierno peronista represor y asesino de 1973 a 1976 ni siquiera lo menciona. Para la jefa de los asesinos (Isabel Perón) no pide memoria ni verdad ni justicia. Cuando Julio López desapareció por segunda vez no gobernaba nadie en el país ni en la provincia de Buenos Aires. Mediante todas estas negaciones consigue, mal que mal, inventar un campo popular. Por eso la cultura de izquierda nunca se acuerda de algunos ministros de economía: Celestino Rodrigo, Gómez Morales, Emilio Mondelli13.
En lugar de comprender –y ayudar a comprender– la profunda conexión causal entre gobiernos «progresistas» y sucesores «neoliberales» o de «derecha radical», la niegan. Así se difumina que Cristina trajo a Macri, que Macri trajo a Alberto, que Alberto trajo a Milei, en una sucesión ininterrumpida de degradación y envilecimiento crecientes de la condición obrera.
Para nosotros, la militancia es la construcción colectiva de un mapa de la realidad, un programa para movernos en ella, con una expectativa: que cuando el resto de la clase trabajadora, empujada por la crisis y el mal vivir, irrumpa en la vida social y profundice la acción independiente y directa, encuentre un camino que no hipoteque ese esfuerzo en un retorno a los brazos de la burguesía. En este sentido es más importante el acercamiento a la realidad tal cual es, que forzar una interpretación optimista. En el estado actual de la militancia marxista, no somos guardianes del entusiasmo ni gestores de las rupturas. Con suerte y una política adecuada, tal vez podamos aprovechar la oportunidad que eventualmente nos ofrezca alguna irrupción que no podemos prever ni producir.
Tener un buen programa, un mapa adecuado para orientarnos en el territorio de la lucha de clases, es mucho más necesario que ser publicistas de las virtudes del fervor. El entusiasmo, la combatividad, no son patrimonio de la vanguardia ni son un aporte que la vanguardia le deba al resto de la clase. En todo caso, sucede a la inversa: la vanguardia es el destilado consciente de movimientos objetivos, provocados por las crisis, que pueden suscitar entusiasmo y cuya orientación se encuentra, durante breves lapsos de tiempo, en disputa y debate. La tarea para la que intentamos prepararnos consiste en impedir que ese movimiento, si emerge, sea conducido al abrazo mortal de la clase explotadora.
Pero para todo eso hace falta algo que la cultura de izquierda deplora: el tiempo.
La cultura de izquierda es tributaria de la inmediatez. La militancia socialista, del tiempo.
Estamos en la era de la inmediatez, todo es «líquido», según describen filósofos mediáticos como Zygmunt Bauman o Byung Chul Han: una era que se intenta acomodar a una temporalidad que no es otra que la mitad de la vida.
Sin embargo, se trata de una inmediatez superficial. Nos hallamos en la era de las mayores mediaciones, de las más gigantescas mediaciones. Partiendo desde el lenguaje y las herramientas manuales hemos llegado al Big Data y la inteligencia artificial. La coacción muda del capital es lo contrario de la inmediatez y la instanteneidad. Toda producción se encuentra profundamente mediada, aunque su consumo (si hay solvencia económica) se presente como rápidamente disponible.
El capitalismo, que escinde productor y poseedor, no puede dejar de promover esta contradicción. Por lo tanto, la militancia socialista, que actúa dentro de un sistema del que no hay afuera y se propone superarlo, debe pensarse como una acción necesariamente mediatizada. Como en el ajedrez, podemos saber hacia dónde apuntamos (hacia la abolición del lucro privado y la acumulación como ordenador social; hacia la satisfacción de las necesidades del conjunto de la humanidad) y tenemos que determinar por cuál de las frustraciones populares que ese mecanismo produce lucharemos hoy. La militancia se realiza sosteniendo la obsesión por la pregunta acerca de cómo lo actual (la lucha de clases) y el fin último (el socialismo) se encadenan. Esto se presentará en una secuencia que no podemos conocer de antemano. Pero que se insinuará y develará en su eventual despliegue concreto.
La militancia socialista, a diferencia de la cultura de izquierda, se encuentra lejos de resolver todas estas contradicciones en un cálido microclima al interior del crudo invierno del ajuste capitalista. Nuestro esfuerzo consiste en mantener cálidos lazos de compañerismo entre nosotros, sin perder la apertura al diálogo y a la acción con muchos otros compañeros que, de diferentes maneras, luchan contra los mismos enemigos o intentan pensar los mismos problemas.
De esta manera evitamos dar por resuelta una cuestión que constituye uno de los grandes interrogantes de la militancia socialista: cómo y de qué manera, bajo qué condiciones y con qué política, una vanguardia consciente podría transformar las luchas propias de la clase trabajadora por obtener concesiones, por arrancarle conquistas al sistema capitalista, en la lucha propia de la clase trabajadora por abolir este sistema y erigir otro. Este paso no es una transición. Es un salto. No se da por avance gradual, sino por una inversión que convierte la defensa del programa mínimo en la ofensiva del programa máximo.
Tal vez lo que está en juego, en el plano teórico, cuando hablamos de cultura de izquierda versus militancia socialista, no es otra cosa que «el rechazo a» o «el abordaje de» la pregunta por esa inversión. Por esta revolución política necesaria.
NOTAS:
1 Sobre el «populismo negro» hemos escrito aquí y aquí.
2 Hemos escrito al respecto en muchas notas. Por ejemplo: a) «El arte del trotskismo: ¿Cómo se supone que el arte sería un factor de cambio?»; b) «La solución y los imprescindibles (O por qué la cultura y el arte no son una vía factible para cambiar el mundo)»; c) «La cultura (peronista) es la sonrisa (burguesa)».
3 Acerca de nuestra concepción de la militancia hemos escrito, por ejemplo: a) «Decir a tiempo: demorarse y hacerse el boludo no es una política bolchevique»; b) «Feminismo no vota perucas»; c) «La organización socialista»; d) «La Cruz»; e) «Los dos escepticismos (O por qué, si no fuéramos socialistas, seríamos del PRO)»; f) «Imitar a Marx»; g) «¡Decí algo de izquierda! (Sobre el debate en TN entre un trotskista y un libertario)»; h) «La prensa, 1: nuestra herramienta indispensable»; i) «La estructura de clases»; j) «Fascismo: un tema pop de la izquierda».
4 Hablamos de estas dos características, tan propias de la redes, en «Clavar el visto» y «Las redes sociales explicadas por sus dueños». Estas observaciones se complementan con las que publicamos en «Redes sociales de la soledad» y «Plataformas de la depresión».
5 «Todo ente es susceptible de obtener su código QR», concluimos en «La pobreza incalculada, 1: Fetichismo de la mercancía y cosificación de las relaciones humanas».
6 Comparamos al maestro, el librepensador y el militante en nuestro editorial #14: «De amenaza fantasma a ubicuo espantapájaros».
7 León Trotsky, Historia de la revolución rusa, trad. Andrés Nin, Lucía González y Jaime Pastor, Buenos Aires, Ediciones ryr, 2012, p. 776.
8 Ver al respecto el tríptico «Sobre marchas y travestis»: uno, «Contra la lógica del péndulo burgués»; dos, «No seamos tan sonsos, otra vez»; tres, «Mujeres, clase y consciencia». También: a) «El Orgullo de la Marcha 1F: Gran acto de Axel Kicillof, tras ajustar a los médicos y gasear a los más pobres»; b) «Fascismo: un tema POP de la izquierda»; c) «Reforma laboral… Ni esclavista, ni fascista, ni imperialista: capitalista»; d) «Resistiendo con aguante (El ocaso de la inteligencia)».
9 «Algo hicimos para el orto» observamos al comienzo de nuestro editorial #14: «De amenaza fantasma a ubicuo espantapájaros».
10 Véase cómo tratan los «artistas e intelectuales» de izquierda a los trabajadores que no votan al peronismo: a) «Doctores en censura: los investigadores del Conicet contra los personajes de historieta»; b) «The Waliking Dead: intelectuales con sueldos del Estado ven las elecciones como si fuera una película de George A. Romero»; c) «Despreciar la democracia es de fachos»; d) «El atroz redentor Paco Olveira». e) «Un marxismo sin proletariado (Eduardo Grüner y el materialismo histérico)».
11 Escribimos una serie de notas sobre la discalculia peronista: «El cálculo de las autopercepciones» (a propósito del Censo Nacional 2022); «El desprecio por la verdad» (acerca de la metodología empleada para el mismo Censo); «Apalear chanchos para detener la lluvia» (sobre el oscurantismo explícito de los dirigentes peronistas); «La muralla y los censos» (sobre el histórico esfuerzo peronista por esconder la miseria que produce). En cuanto a las mediciones burguesas y su inconsistencia necesaria, escribimos: «La estructura de clases (¿Por qué el trotskismo denomina “clase media” a un enorme sector de la clase trabajadora?)» y «La pobreza incalculada, 2: Subsunción real del trabajo y degradación cognitiva».
12 Sobre el papel de la traición en la cultura de izquierda, «Las dos vidas del trotskismo (III): El progresismo es opuesto al socialismo».
13 El libro de Myriam Bregman, publicado en 2025, es muy ilustrativo al respecto. Lo reseñamos en «La estrategia del ocaso».




