Uno de los tantos problemas que tenemos los militantes socialistas es doble: no podemos ponernos de acuerdo entre nosotros y, a la vez, damos por sentado que todo el mundo opina como nosotros, aun en temas muy controvertidos. Así, renunciamos a cualquier pedagogía y nos abocamos a estériles tareas de agitación. ¿Por qué “estériles”? Porque ni estamos al frente de los organismos de masas, ni logramos siquiera una organización común de los socialistas para el programa mínimo[1].
La presentación en el Congreso de un proyecto de reforma laboral bien podría ser la chispa que encendiera una importante movilización para su rechazo. Se trata una cuestión puntual (la aprobación o no del proyecto) que podría motivar una gran marcha de protesta. Sin embargo, vemos poco probable que suceda. Y vemos bastante factible que el gobierno consiga, como viene pasando desde hace décadas, que el peronismo facilite los diputados necesarios para hacer pasar el proyecto, mientras el resto de los representantes burgueses hace morisquetas desde “la oposición”.
Por eso pensamos que, en lugar de agitar dando por sentado que los demás trabajadores piensan como nosotros y que deberían tener una posición tomada en contra de la reforma laboral, convendría, tal vez, responder (o, al menos, plantearnos) algunas preguntas:
¿Por qué siempre aparece el tema de la reforma laboral en el horizonte de la política burguesa?
¿En qué consiste la propuesta actual y qué diferencias tiene con las previas?
¿Por qué hay tan poca disposición a enfrentarla?
¿Qué camino queda abierto, para nosotros, en esta coyuntura?
Tal como expuso el compañero Cristian Caracoche en su cuenta de FB, la asociación que propagandiza la burguesía entre flexibilización de los contratos y mayor tasa de empleo es falsa.

[Gráfico 1]
Como se ve en el primer gráfico, en la Argentina de los 90 se dio una importante reforma laboral, al tiempo que bajaron los impuestos a la contratación de fuerza de trabajo. En ese contexto, el desempleo subió. En los 2000, no solo se hizo más rígida la legislación laboral (por ejemplo, estuvo vigente la doble indemnización), sino que también subieron los impuestos a la contratación de FT. En ese contexto, el desempleo bajó. Lo que pasó en los últimos 30 años en Argentina muestra algo claro: no existe correlación entre flexibilización laboral y caída del desempleo. De hecho, en Argentina se ve lo contrario.
No obstante, esto no pasa solamente en Argentina. En el segundo gráfico se ve el nivel de desocupación de muchos países desarrollados:

[Gráfico 2]
En los países desarrollados se ve como en los 70´, pre-ola flexibilizadora, el desempleo promediaba un 3%, y post flexibilización iniciada en los 80´, el mismo indicador promedia el 8%. De nuevo, no se ve la causalidad que los promotores de la flexibilización plantean, incluso se observa lo contrario.
Lo que sí se ve en el gráfico 3 es que post 80´ cayó fuertemente la participación asalariada en el PBI:

[Gráfico 3]
También, en el gráfico 4 se ve que post 80´ tienden a aumentar las transferencias estatales a los hogares con deficiencia de ingresos:

[Gráfico 4]
Los contratos laborales que protegen a los trabajadores siempre han sido conquistados en tiempos de alta tasa de ocupación, como ocurrió en muchos países durante la posguerra. Se trata de una lógica ya planteada por Marx, en el siglo XIX, que cualquier trabajador hoy da por supuesta: si no hay obreros disponibles para desplazar a los contratados y revoltosos, se vuelve necesario para la burguesía conceder la satisfacción de algunas demandas; en cambio, si hay muchos obreros esperando obtener un puesto de trabajo, se convierten en la amenaza de reemplazo de los que reclaman, entonces el patrón se fortalece y los luchadores quedan más expuestos.
“Estos convenios son anticuados”, dicen los burgueses. Agregamos: sí, son de una época en la que el poder de la clase trabajadora se apoyaba en una alta tasa de ocupación y obligaba a la burguesía a entregar algunas reivindicaciones del programa mínimo. Ese modelo expansivo e integrador de capitalismo funcionó y fue aceptado por la burguesía mientras hubo un mundo por reconstruir y, consecuentemente, una gran necesidad de contratar masas de obreros[2]. Cuando estas fuerzas dinámicas en expansión alcanzaron su techo y se ralentizaron[3], la productividad intensificó el reemplazo de trabajadores por máquinas y esto acrecentó la “población sobrante” para las necesidades del capital. De manera que los resguardos obtenidos por la clase trabajadora fueron puestos en tela de juicio. Y, entre las naciones capitalistas, las burguesías que se vieron restringidas por esos resguardos fueron perdiendo competitividad frente a las que podían explotar a sus obreros de forma casi indiscriminada.
Argentina expresa –de forma un tanto extravagante, por cierto– esa dinámica mundial. A partir de los años 70, las viejas clases obreras de Europa occidental (esto es, las más dinámicas de la historia del capitalismo), empezaron a entorpecer la marcha de las grandes entidades nacionales europeas. Al mismo tiempo, pequeños países asiáticos cuyas nuevas clases trabajadoras se asentaban sobre empobrecidos campesinos, carentes de historia sindical o derechos, experimentaban tasas de crecimiento mucho mayores. La trayectoria de los cuatro “Tigres Asiáticos” (Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong Kong) fue continuada, con mayor robustez, por “el Gigante” del mismo continente: China.
Podemos decir, entonces, que la reforma laboral es una de las dos soluciones oprobiosas a la contradicción que el capitalismo le plantea a la clase trabajadora: o bien participar de una economía dinámica, con tasas de explotación espantosas y una inestabilidad laboral que hace parpadear la vida cotidiana entre la desocupación y el empleo; o bien participar de una economía estancada, en las condiciones miserables de una alta inflación y un incesante empobrecimiento de la vida cotidiana.
En el capitalismo, no hay salidas que beneficien al conjunto de los trabajadores.
Burocracia
Cuando el peronismo, en los años 90, resolvió las dudas y diferencias internas de la burguesía y avanzó con la llamada “flexibilización laboral”, sus pasos superestructurales se afirmaron en cada avance concreto: apertura de la economía, venta del patrimonio estatal y ajustes en sus empresas, creación de una alta tasa de desempleo y precarización, etc., fueron medidas que dinamizaron la economía argentina. Esto ocurrió porque el proceso histórico que exige reestructuraciones periódicas, una exigencia inherente al funcionamiento del sistema capitalista, hunde sus garras en la realidad material. La reforma laboral no transita únicamente el camino jurídico que se encuentra, hoy, en debate. Hay más aspectos a evaluar.
Si esa reestructuración capitalista iniciada en los 90 bajó su intensidad entre 2001 y 2011 fue por la combinación de dos factores: una palpable inestabilidad social, que obstaculizaba los negocios alarmando a los burgueses y, luego, una coyuntura excepcional a causa del explosivo crecimiento de China y su demanda de materias primas (que elevó los precios de estas mercancías, brindando un respiro al país mediante el estratégico sector primario de la economía argentina). Concluido ese período insólito, el último gobierno de CFK (“sintonía fina” con inflación) y el gobierno de Alberto Fernández (“decime algo lindo” con inflación) expresaron, sin lugar a dudas, dos cosas: la primera, que la burguesía no puede resolver el problema estructural del capitalismo argentino; la segunda, que no hay diferencias sustantivas entre los distintos gobiernos burgueses, salvo en esos pocos momentos excepcionales que ninguna medida política puede provocar a voluntad.
En suma, la reforma laboral es un proyecto del conjunto de la burguesía, con diferencias en los ritmos, las formas y los momentos de su ejecución. Esto permite explicar por qué la burocracia sindical, esa fuerza burguesa al interior del movimiento obrero, no se opone a la reforma sino de manera retórica y oblicua. Hay que decir, además, que esta burocracia ha involucionado a lo largo de los años. No ha perdido su ferocidad asesina ni sus formas autoritarias y antidemocráticas de conducir las organizaciones: en ese sentido el ADN peronista sigue intacto. Pero es notorio que su dependencia de la cuota sindical (ese manantial originario de la burocracia) fue retrocediendo casilleros a medida que los dirigentes se integraron al Estado y a la clase poseedora con la que negociaban.
Recordemos que el primer paso hacia una mayor autonomía económica de la burocracia se dio cuando el sistema de las obras sociales le entregó a cada dirigente sindical (fragmentando todavía más el sistema de salud, con el beneplácito del peronismo y la izquierda) el manejo de los fondos de cada sindicato, durante el gobierno desarrollista de Arturo Frondizi. Otro paso, más bien un salto en largo, se concretó cuando (durante el gobierno peronista de los años 90) fue desplegando el extenso abanico de negocios ligados a la actividad que representaba cada gremio: si con el manejo de las obras sociales la burocracia podía atender, como nueva burguesía, el mostrador de venta para la propia organización (las farmacias del Gordo Rodríguez en el SMATA, a las que se derivaban todas las consultas de la obra social del sindicato, por ejemplo), ahora podía exceder el marco de la salud de los trabajadores y participar, en calidad de “socios” (no siempre menores), de todos los negocios adyacentes a la rama en la que intervenía gremialmente.
Ese accionar histórico permiten leer el juego actual de la burocracia, que no lucha contra la flexibilización laboral y la precariedad creciente, sino que apenas balbucea una advertencia cuando alguna votación parlamentaria es inminente. Y no lo hace para disimular su inactividad en la defensa de los intereses de la clase trabajadora, sino para disimular sus acuerdos con los intereses de la clase burguesa. Y también –por supuesto– para evitar que le manoteen alguna de las cajas o les recorten aportes, como amenazan las versiones del articulado de la reforma que se han conocido.
Peronismo
Un poco más de perspectiva histórica fortalecerá, creemos, la afirmación de que esta reforma laboral no es “esclavista”, “fascista” ni “imperialista”. Sino, sencillamente, capitalista.

El edificio de la Estación Constitución, que sirve de fondo a este acto del trotskismo, no sólo exhibe brutalmente la capacidad de la burguesía imperialista para construir belleza, sino que parece ironizar sobre el carácter anacrónico de las consignas del PTS al destacar los años 1885 y 1907.
Para no irnos hasta principios del siglo XX (donde predominaban el artesanado y la manufactura), mantenernos dentro de una economía con predominio del régimen de la gran industria y en el que los sindicatos ya estén consolidados, detengámonos un momento en la reforma laboral implementada durante el segundo gobierno de Perón. Cuenta el historiador Daniel James que “la acumulación de capital” en Argentina requería “inversiones extranjeras” y “una mayor productividad obrera”[4]. ¿Suena familiar? James escribe (y el resaltado es nuestro):
Por una parte, vemos el segundo Plan Quinquenal de 1953 con su énfasis sobre la promoción de la industria pesada y una nueva legislación más liberal para las inversiones extranjeras; por otra, estaba el Congreso de la Productividad y del Bienestar Social que recalcaba la necesidad de que los obreros aceptasen la racionalización y limitasen el poder “inmoderado” de las comisiones internas de delegados gremiales. Ambos aspectos se consideraban claramente relacionados. Sólo consiguiendo un aumento substancial de la productividad se crearían condiciones favorables para atraer las inversiones de capital en industria pesada; sólo una actitud gremial “responsable” de moderación frente a los poderes “inmoderados” dentro de las fábricas permitiría la implementación de la moderna tecnología necesaria para esta inversión y la utilización más eficiente de la maquinaria existente.
Lejos de explicar los hechos por “la crueldad” y los “discursos de odio”, este canónico historiador del peronismo nos muestra cuáles son las presiones objetivas que obligan a los distintos capitales a exigir una reforma laboral. Claro que el alcance de una respuesta a esta exigencia, es decir, la dureza o liviandad de la reforma, depende siempre de las necesidades en juego, la coyuntura nacional e internacional, la capacidad de organización y resistencia de la clase trabajadora, los márgenes de maniobra de la burguesía, etc. Pero no hay duda de que los gobiernos burgueses tienen que dar una respuesta favorable a las exigencias de la clase que representan. (Otra cosa es que consigan darla).
Más cerca en el tiempo, en 2018, fue homologado el Convenio CCT 1591/2019 E para Mercado Libre y la Unión de Trabajadores de Carga y Descarga de la República Argentina (UTCYDRA). El convenio volvió a homologarse en 2022. Todo lo cual prueba que se trata de una exigencia de clase, no de un capricho malvado del macrista “gobierno de los CEOs” ni una cabizbaja resignación forzada del peronista “gobierno de los científicos”[5]. ¿Y qué dice este convenio, con más de un lustro en vigor?
Comienza con la creación de un “banco de horas”, donde tienen que cumplir 192 horas por mes que la patronal dispone como se le canta, sin pagar horas extras, desdibujando así los límites de la jornada laboral. […]
El descanso semanal puede recaer en cualquier día y las vacaciones pueden ser otorgadas en cualquier momento del año y fraccionarse en períodos de 7 días corridos. El sistema de categorías desaparece, todas las y los trabajadores son polifuncionales, se les puede pedir que hagan cualquier tarea. […]
¿Derecho a reclamar? El convenio elimina los delegados por turno, con más de 1200 trabajadores sólo tienen 12 delegados, lo que viola el texto del artículo 45 de la Ley de Asociaciones Sindicales. Está limitado el derecho a huelga, con la figura de “conciliación voluntaria” de tres semanas antes del plazo obligatorio, y luego recién se puede aplicar la conciliación obligatoria. Es decir, ¡Tienen que esperar dos meses para hacer una huelga! Y aun así asegurarle a la empresa guardias mínimas para mantener su funcionamiento.[6]
Banco de horas, anulación de horas extra, fraccionamiento de las vacaciones (que quedan al arbitrio del patrón), eliminación de delegados, limitación del derecho a huelga… ¿Suena familiar? El problema de fondo para los trabajadores, ¿es la reforma desnuda del gobierno libertario? ¿Es la reforma con lenguaje inclusivo del peronismo? ¿O es sencillamente el capitalismo, cuyo ordenador social es la acumulación de ganancias basada en la competencia entre propietarios privados e independientes?
Burguesía
Consideramos crucial, para comprender qué está pasando, adoptar un criterio de análisis que haya abandonado la idea de “bloques sociales monolíticos”: no existe UNA burguesía, UNA burocracia, UNA clase trabajadora, salvo cuando hablamos de la explotación como estructura determinante y general de la sociedad[7]. Cuando el análisis desciende a la altura de los movimientos reales, desprolijos, de la vida cotidiana, los sectores en competencia constante, sus virtudes y defectos, y hasta el singular aprovechamiento individual o grupal de la ocasión y la contingencia, todos esos factores, pueden tener algo importante que decir.
En ese sentido y a riesgo de ser demasiado esquemáticos, advertimos que una parte del gobierno quiere ir a fondo con la reforma, bajo el cálculo de que esta es la oportunidad para liquidar el inconveniente que representa la existencia de cualquier organización sindical. Los medios para conseguir que los trabajadores pierdan capacidad colectiva de negociación consisten, básicamente, en quitarle dinero a la burocracia y exhibir su ya célebre desprestigio.
Según el mismo esquema, otro sector del gobierno quiere mantener el tradicional “toma y daca” al que estamos habituados: quitarnos conquistas a los trabajadores a cambio de mantenerles privilegios y prebendas a los burócratas. Este sector de la burguesía considera que esta modalidad de acuerdos es más segura para la estabilidad de los negocios que una destrucción total del dique de contención que, históricamente, ha sido tan útil para explotar y empobrecer a la clase trabajadora argentina. Esta segunda posición es la que, por ahora, prevalece. Al menos, a juzgar por el proyecto que Milei firmó al regresar de su viaje a Oslo, que excluye dos artículos que afectaban el manejo de las cajas por parte de la burocracia[8].
Claro que ninguna de las dos propuestas contempla cómo beneficiar a la clase obrera. Son dos maneras de jodernos. Por lo tanto, ante los acontecimientos que se vienen desarrollando estas semanas, nuestra posición es de rechazo tanto del proyecto original como de las negociaciones del peronismo. Este rechazo tiene como fin conservar el piso de resguardos vigente, aunque ampare de manera parcial a nuestra clase. Se trata de una justa consigna del programa mínimo. Justa, realizable y, sobre todo, constatable en su éxito o su fracaso.
Trabajadores
Pero no nos engañemos. Aunque no se exprese con las mismas palabras ni sea fruto de la misma conceptualización, gran parte de la clase trabajadora –registrada, precarizada, desocupada– piensa más o menos lo mismo, por eso carece de entusiasmo y confianza para salir a la calle en defensa de algo que, al final, puede ser sólo la caja de los burócratas sindicales.
El espejo de esa falta de ánimo y confianza es la actitud de la burocracia misma, inactiva en los lugares de trabajo y en los medios de comunicación para explicar, divulgar y educar acerca de la reforma laboral. ¿Por qué está inactiva? Porque no quiere quedar expuesta. De hecho, su actividad efectiva es la contraria: negocia en los opulentos despachos del poder durante los 365 días del año y, eventualmente –muy eventualmente–, lanza un llamado que ni siquiera es una huelga: salir a la calle, un rato, por la tarde.
Hay otra dimensión a tener en cuenta al interpretar la poca masividad de las protestas contra la reforma. Por un lado, el 52% de los trabajadores se ubica dentro de la llamada “informalidad o cuentapropismo”: en este sector, la pérdida de derechos laborales opera desde hace décadas. No es una novedad. A su vez, si bien el INDEC mostró cierta baja de la desocupación en el tercer trimestre de 2025, el Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central estimó una suba para el cuarto trimestre. Estos trabajadores que están fuera del mercado laboral podrían confiar en que la reforma ayudará a crear nuevos empleos. No es un dato menor que en 22 meses hayan cerrado 20 mil empresas, lo cual implicó 264.000 despidos. Tampoco lo es que los últimos cinco meses, el sector privado haya perdido 71.000 puestos de trabajo.
En suma: asalariados que no quieren defender a los burócratas que forman parte de la patronal; registrados que temen poner en riesgo el laburo; “informales” que no tienen derechos que defender; desocupados que… tampoco, y que tal vez se ilusionan con posibles inversiones que germinen en nuevos puestos de trabajo. ¿Qué hacer en estas condiciones?
Socialistas
Entre la quietud expectante (o indiferente) y las marchas esporádicas sin peso, hay algo que las organizaciones de la izquierda socialista no hacen y podrían hacer, incluso en esta situación. Nos referimos a la tarea pedagógica de explicar de qué estamos hablando cuando hablamos de “reforma laboral”. Para esto hay que saber distinguir entre la paciencia pedagógica del diálogo y el impaciente espectáculo del luchismo. La degradación educativa ha hecho estragos en nuestra clase y no podemos mirar para otro lado[9].
Nos hace falta escuchar cuál es el punto de partida en la conciencia y el conocimiento de los destinatarios de nuestra tarea pedagógica. Una de las tantas maneras en que la labor educativa ha sido deteriorada fue borrando el sentido de la clasificación del grado de conocimiento alcanzado. Los grados, en la escuela, sirven (bah, servían) para saber, para que el docente supiera, qué es lo que sabían los alumnos a su cargo y qué es lo que tenían que aprender.
Antes de salir a enfrentar, o, mejor dicho, antes de proponernos enfrentar la reforma laboral, deberíamos saber qué opina el conjunto de la clase trabajadora. O, al menos, la mayoría. Como militantes socialistas, no podemos permitirnos dar por supuesto que, lo que consideramos “justo”, sea lo mismo que el resto de la clase trabajadora considera justo. Por algo somos tan pocos. Hay que averiguar, conocer, escuchar y aprender, muchísimo acerca de nuestra clase.
¿Alguna idea?
Una gran encuesta. Una gran convocatoria en los sitios de trabajo, en los barrios, en los lugares de estudio, para hablar y opinar, para debatir y pensar, acerca de la reforma laboral. Esto nos pondría en mejores condiciones para hacer algo que lo que conseguimos con una agitación y un llamado a oponerse que, fácilmente, se confunde con un llamado a confiar en la burocracia sindical.
Nosotros (VyS) no podemos encarar una tarea de semejante envergadura, pero sí podemos hacerlo con quienes nos rodean. Es decir, con algunos de esos trabajadores que, probablemente, como aquel trágico personaje en El secreto de sus ojos, llevan años esperando que alguien converse con ellos.
Foto de portada: Marcela B.
[1] A este respecto publicamos, por ejemplo: “Divergencia gremial con unidad política: la fórmula trotskista de la impotencia estratégica”. Y sobre la articulación del programa mínimo con el máximo, “Una estrategia socialista: unirnos y dividirlos”.
[2] Atender al carácter excepcional del período denominado “los 30 gloriosos años” de posguerra es crucial para comprender el momento en que nos encontramos. Al respecto escribimos: a) “La solución y los imprescindibles (O por qué la cultura y el arte no son una vía factible para cambiar el mundo)”; b) “El campo de los sueños (Por qué la unidad del ‘campo popular’ es contraria a la unidad de la clase trabajadora”; c) “El dilema de Camus (Desventuras del intelectual comprometido)”; d) “Cine: una de esas mercancías que nos resistimos a ver como mercancías”; e) “La tentación irracionalista (Nuevas desventuras del intelectual comprometido)”; f) “La pobreza incalculada, 1: Fetichismo de la mercancía y cosificación de las relaciones humanas”; g) “Amancia con Síntesis, 1: Del amor delbarquiano”.
[3] No podemos meternos aquí en una teoría de las crisis capitalistas. Recomendamos escuchar esta charla que nos dio Rolando Astarita al respecto.
[4] Daniel James, “Racionalización y respuesta de la clase obrera: contexto y limitaciones de la actividad gremial en la Argentina”, trad. Sibila Seibert, revista Desarrollo Económico, vol. 21, número 83 (octubre-diciembre 1981), pp. 321-45.
[5] Para gozar la ironía del adjetivo “científico” aplicado al gobierno de Alberto y Cristina escribimos la serie La discalculia peronista: a) “El cálculo de las autopercepciones” (a propósito del Censo Nacional 2022); b) “El desprecio por la verdad” (acerca de la metodología empleada para el mismo censo); c) “Apalear chanchos para detener la lluvia” (sobre el oscurantismo explícito de los dirigentes peronistas); d) “La muralla y los censos” (sobre el histórico esfuerzo peronista por esconder la miseria que produce).
[6] José Domenech, “Convenio Mercado Libre: reforma laboral en La Matanza”, nota publicada en La Izquierda Diario el lunes 8 de noviembre de 2021.
[7] Acerca del carácter material de los intereses de clase escribimos “La estructura de clases: ¿Por qué el trotskismo denomina ‘clase media’ a un enorme sector de la clase trabajadora?”.
[8] Paula Rossi, “Milei volvió de Oslo y firmó la reforma laboral con un gesto a la CGT: excluyó el ítem que afectaba la caja sindical”, nota publicada en La Nación el 11 de septiembre de 2025.
[9] Acerca de la degradación educativa publicamos: a) «Escolares cada vez más brutos, robots cada vez más piolas»; b) «La culpa no es del software sino del modo de producción»; c) “Mad Max: la educación argentina antes del váucher”; d) “Pantallas y degradación educativa”; e) “Libertarios y peronistas (O cómo promover la degradación educativa)”; f) “Me escaneé el ojo y le puse todo al rojo: apuestas online y degradación educativa”; g) “La pobreza incalculada, 1: Fetichismo de la mercancía y cosificación de las relaciones humanas”; h) “La pobreza incalculada, 2: Subsunción real y degradación cognitiva”.





“La asociación que propagandiza la burguesía entre flexibilización de los contratos y mayor tasa de empleo es falsa.”
De acuerdo, pero me parece que es una falacia del hombre de paja. La asociación interesante para estudiar no es la de flexibilización y desempleo (que igualmente hoy en día no significa nada, ya que técnicamente cualquier precarizado muerto de hambre tiene empleo), sino entre flexibilización y TRABAJO REGISTRADO, en blanco y con derechos. Esa sería la asociación a estudiar.
Muy bueno el artículo, lo aplaudo. Finalmente una posición que busca comprender y explicar la realidad como primer paso esencial para poder cambiarla. La pedagogía, creo, es necesaria principalmente desde la clase trabajadora hacia los militantes socialistas. Porque si bien los militantes son trabajadores, en buena medida repiten consignas e ideas completamente separadas de la realidad de aquella, que no reflejan en absoluto la experiencia cotidiana de la inmensa masa de laburantes. Repiten ideología que los trabajadores no comparten en absoluto. Intentan movilizar a nadie, porque nadie se siente movilizado por una ideología tan separada de la realidad.
Les propongo un juego: prueben decirle a ChatGPT que genere una “denuncia de la [reforma laboral/invasión a Venezuela/cualquier otro tema de agenda] por parte de un partido comunista”. Verán que el resultado es indistinguible de lo que escribe cualquier partido socialista/comunista/de izquierda.
Su análisis va más allá y por eso los aplaudo.