FASCISMO: Un tema POP de la izquierda

El 1 de febrero de 2025 se realizó una multitudinaria “Marcha del Orgullo Antirracista y Antifascista” en la que participaron el FITU, el gobernador peronista Axel Kicillof, La Cámpora y todo el arcoíris del progresismo[1]. Antirracista, en el país del Negro Olmedo, la Negra Vernaci y el Negro Dolina. Antifascista, en el país de los 43 años de democracia.

No fue una rareza local. En diálogo con Diego Sztulwark, el historiador italiano Enzo Traverso sostuvo hace poco que la palabra “fascismo” es “al mismo tiempo, inapropiada e imprescindible”. El fascismo como un juego de retórica. El mismo Sztulwark definió (y estamos abusando del verbo), en diálogo con Fernando Rosso (a quien no le pareció un disparate), el concepto de “fascismo” de este modo:

Es el fenómeno por el cual nosotros sentimos que no podemos lo que podíamos, que no nos entendemos con facilidad y que nuestras percepciones sobre el presente se han oscurecido. Que la belleza y la inteligencia del mundo se han retirado...

El fascismo como fenómeno subjetivo, como tara del entendimiento y como género elegíaco[2]. Esta es la perplejidad que se nos impone al hablar de fascismo en el presente: cuando se echa mano del término histórico se aclara, de inmediato, que debemos dejar de lado las referencias históricas e, incluso, las referencias a nuestro entorno cotidiano. La realidad empírica es reemplazada por una retórica paradojal. Las palabras se refieren a otras palabras, no a cosas. Curioso, ¿no? Hablar de algo bajo condición de no remitir a su existencia efectiva, real, concreta.

Enseguida indagaremos esta arbitrariedad. Queremos empezar por aquello que se coloca como opuesto al fascismo, lo que habría que defender como máximo valor político a cuidar, lo que deberíamos rodear de una muralla protectora (como la de Quilapayún) para dotar de sentido a la consigna “No pasarán”: la democracia burguesa.

Igualdad formal, desigualdad real

“En el Cielo de los derechos, todos somos iguales; pero en la Tierra de la economía somos todos desiguales”, escribió el joven Marx. Igualdad formal y desigualdad real es la combinación que resume la democracia burguesa: ante la ley somos todos ciudadanos, pero en la vida cotidiana es muy diferente ser millonario que ser un simple trabajador.

La desigualdad real es lo más obvio para los trabajadores. Es la división en clases: la riqueza contra la pobreza[3]. Las consecuencias de toda crisis, que siempre impactan brutalmente sobre la clase obrera, son la más cruda demostración de existencia de la desigualdad real.

En esos momentos de crisis económica, la desigualdad real se impone enérgicamente por sobre la igualdad formal, provocando las denominadas crisis de representación: los políticos nos parecen una lacra y el sufragio pierde valor como instrumento institucional para manifestar la voluntad de cambio. Es lo que viene pasando, una y otra vez, en distintos países del mundo. Lo vemos, por ejemplo, en EE.UU., Francia y Gran Bretaña[4]. También en América Latina. El politólogo uruguayo Juan Pablo Luna, que no es un militante socialista, observa con frialdad analítica:

 …en 1983, Raúl Alfonsín había pronunciado su famosa frase al asumir la presidencia en Argentina: “Con la democracia no sólo se vota, sino también se come, se cura y se educa”. Esa frase refleja cristalinamente el espíritu de la época. La democracia era más que un procedimiento para elegir y descartar liderazgos; la democracia implicaba la llegada de tiempos mejores. Sin embargo, tras cuarenta años, pensar en las virtudes de la democracia en cualquier sociedad latinoamericana es hoy un privilegio de minorías aventajadas. Los derechos civiles, políticos y sociales que definen la promesa democrática se distribuyen de forma extremadamente desigual en nuestras sociedades. La región enfrenta un fuerte descontento democrático tras cuarenta años de funcionamiento de democracias que no sólo son desiguales, sino también violentas, corruptas y poco eficaces. ¿Cómo entender si no el cálculo que realiza quien vota por Bukele en El Salvador? Minimizar o ningunear la racionalidad de ese cálculo (en el que se prefiere ceder libertades para buscar la seguridad personal más básica) es negarse a comprender la experiencia vital de una parte relevante de nuestros conciudadanos con la democracia.[5]

Luna registra una “distribución extremadamente desigual de los derechos”, pero nosotros sí somos socialistas: sabemos que se refiere a las “condiciones materiales” para realizar, concretar, convertir en hechos esos derechos. El derecho al pan no se come, el derecho al trabajo no paga salarios, el derecho a la vivienda no ampara de la intemperie y el derecho a la salud no cura a nadie. Para que esos derechos tengan sentido hacen falta los medios que efectúen, en la realidad, eso que está escrito en la ley.

Cuando la escasez de esos medios materiales se extiende en el tiempo y se amplía en la población, hay un punto (imprevisible, cuya explicación llega post festum) a partir del cual el rechazo a los representantes se generaliza: la crisis económica se traduce en crisis de representación. Esta situación abre una ventana para la propaganda socialista.

Pero también es una oportunidad para la propaganda burguesa. ¿Por qué? Porque la democracia tiene dos caras: la igualdad formal y la desigualdad real no dan lo mismo para la clase explotadora que para la clase explotada.

Importancia de la igualdad formal

La igualdad formal, cristalizada en las libertades democráticas (derecho a reunión, sufragio, libertad de prensa, derecho a la organización gremial, libertad de opinión y protesta, derecho a huelga, etc.), permite que nos organicemos, hagamos públicas nuestras ideas, generemos un marco legal para las luchas inmediatas de los trabajadores, nos presentemos a elecciones, etc. Esta es la cara beneficiosa para la clase obrera y, de hecho, esas libertades han sido conquistadas, en buena medida, por la lucha –no pocas veces sangrienta– y la fuerza organizada de esa clase a la que pertenecemos.

Tampoco para la burguesía es anecdótico o secundario que exista la igualdad formal. La vigencia de “leyes antimonopolio” significa que la burguesía no puede permitir que la desigualdad real avance hasta abolir los beneficios que recibe de la igualdad formal. La dinámica natural de concentración y centralización de capital requiere, para su propia supervivencia como “autómata que acumula valor”, evitar que desemboque en la creación de monopolios. Si hubiera monopolios, dejaría de funcionar la ley del valor, los precios no dependerían de la guerra por captar plusvalor sino del capricho empresarial y el régimen democrático de gobierno perdería su razón de ser. El mundo sería como lo describió el Programa de Transición trotskista en 1938.

Pero ese mundo no existe. (Tampoco existió en 1938)[6]. El sistema capitalista necesita capitales en disputa, de manera que hace falta un régimen de gobierno con capacidad para representar a esos capitales, ponerlos en diálogo y dirimir negocios. De esta manera se explica, por ejemplo, que el Estado burgués norteamericano procediera contra la petrolera Standard Oil de Rockefeller en 1911 (obligándola a dividirse en 34 empresas independientes), que otro tanto hiciera, en 1984, contra el conglomerado telefónico AT&T (dividido en 7 empresas), que le hiciera juicio a Microsoft en 1998 y que llevara adelante un proceso contra Google en 2023. Más recientemente, explica noticias como esta:

Netflix anunció este viernes la compra definitiva de Warner Bros Discovery, incluidos sus estudios de cine y televisión, HBO Max y HBO, tras una reñida puja de meses en la que participaron grandes estudios rivales como Paramount y Comcast. […]

Los consejos de administración de ambas empresas han dado su visto bueno a la operación, pero aún debe obtener la aprobación de los organismos reguladores de la competencia en EE.UU. y en otros países, así como el voto final de los accionistas de Warner Bros.

Es probable que las autoridades de competencia examinen si la combinación del servicio de ‘streaming dominante’ de Netflix con HBO Max y uno de los mayores estudios de Hollywood daría al grupo ampliado demasiado poder sobre la televisión de pago, el cine y la concesión de licencias, y es probable que los trámites reguladores alarguen el cierre definitivo entre 12 y 18 meses.[7]

Alguien podría objetar que eso sucede en “los capitalismos serios”, no en países como Argentina, donde la democracia habría sido “más la excepción que la norma”. Sin embargo, desde la organización nacional en 1860 hasta hoy, el período en que NO rigió la democracia burguesa es el 15% de los 165 años que lleva el país organizado como República Argentina. Claro, se podría observar que el régimen de gobierno hasta 1916, o la concordancia entre 1932 y 1943, sobre todo el peronismo entre 1973 y 1976, o el gobierno de Illia con el peronismo proscripto y el gobierno de Perón con el comunismo prohibido, no fueron regímenes democrático burgueses plenos, cabales, “con todos los chiches”, tal como hoy los conocemos. Pero esa observación estaría perdiendo de vista que la democracia burguesa es un régimen de gobierno que admite un amplio rango de posibilidades, como lo prueban estas dos situaciones: en Inglaterra, la democracia parlamentaria convive con una monarquía constitucional; en EE.UU., “en los últimos 50 años, sólo vota el 52% del padrón electoral, que incluye sólo al 80% de los posibles votantes”[8]. ¿Alguien diría que en esas dos potencias capitalistas no rige la democracia burguesa desde hace más de doscientos años?

Importancia de la desigualdad real

Las diferencias patrimoniales (el carácter de clase) ponen en entredicho que la igualdad formal sea “para todos” (universal). Los trabajadores sabemos que la desigualdad real condiciona la igualdad ante la ley.

Los burgueses también lo saben. Lo que llamamos “igualdad formal” tiene un término técnico más preciso para la perspectiva de la clase explotadora: estructura social de acumulación. Se trata del conjunto orgánico de aspectos sociales, económicos y políticos que configuran el ámbito de valorización del valor. No basta con la propiedad privada, explotar obreros y acumular ganancias. Es necesario un compuesto de condiciones (estabilidad, marco legal, consenso poblacional, etc.) que haga viable, a largo plazo, el rendimiento de las inversiones. Así lo explica el compañero Cristian Caracoche:

Una estructura social de acumulación (ESA) será más sólida en términos políticos cuanto más consolidada se encuentra la coalición gobernante o los lineamientos generales que la misma propone. En este sentido una coalición gobernante que posee dominancia política o una alternancia ordenada de coaliciones que no genere grandes cambios institucionales aseguran cierta estabilidad en la legislación empresarial y laboral a la vez que garantiza cierta continuidad en los grandes trazos del rumbo económico. Finalmente, dado su carácter unitario, los distintos aspectos de la ESA poseen una fuerte interrelación entre sí. Esto implica que la solidez o la debilidad de algunos de los distintos aspectos incide fuertemente en el estado de los otros.[9]

Una ESA que dé confianza a los inversores es mucho más difícil de conseguir en un régimen de gobierno que impide la representación, que niega el voto, que prohíbe las libertades de reunión, prensa y opinión, que interviene los sindicatos, que persigue sistemáticamente a los opositores, los desaparece, tortura y mata, etc. Por eso los burgueses prefieren la democracia como régimen de gobierno.

La palabra fascismo –si consentimos en dejar de lado toda precisión histórica, tal como se nos pide que hagamos desde el progresismo– se emplea hoy para indicar cierta falta de libertades democrático-burguesas. “Gobierno liberticida” dice la prensa trotskista[10]. Si así fuera, si las libertades democrático-burguesas estuvieran canceladas, tendría sentido la frase “Al fascismo no se lo discute, se lo combate” (como dijo el Pollo Sobrero, del FITU, para justificar en 2023 el voto de Izquierda Socialista al peronismo, encarnado por entonces en el candidato Sergio Massa): al prohibir los canales de libre opinión y protesta, el fascismo impide la discusión, de manera que no hay más alternativas que el silencio o el combate.

Pero no hay fascismo. Tampoco un gobierno “liberticida”: quienes agitan la caducidad de las libertades democrático-burguesas pueden hacerlo públicamente, organizarse para expresar esas denuncias y aun marchar en las calles sin advertir –al parecer– que esas tres acciones, por su carácter indisimulado y carente de consecuencias represivas mayores y sistemáticas, confirman la vigencia de esas libertades.

Es más, aquella marcha “antifascista” que mencionamos al comienzo de esta nota fue acompañada en redes con invitaciones al “After Antifa” peronista y la “Post Marcha” del trotskismo para luchar y resistir “perreando”:

¿Puede haber fascismo hoy? Cuando la desigualdad real está bajo amenaza, es decir, cuando la clase trabajadora se organiza para poner en tela de juicio la propiedad privada de los medios de producción, entonces la burguesía puede sacrificar la igualdad formal para salvaguardar la desigualdad real. No por maldad (aunque algunos burgueses sean malvados, igual que algunos trabajadores), sino por cálculo de supervivencia, como dice Luna sobre los votantes de Bukele: así como quien sólo tiene su vida prefiere ceder libertades para obtener seguridad, así también la burguesía puede entregar la igualdad formal para proteger su capital.

Sin embargo, ese no es el escenario que tenemos ante nuestros ojos. La existencia de esta nota, de este blog, del grupo que lo sostiene y de las actividades que realizamos, prueba que las libertades democrático-burguesas están en vigor. Cualquier trabajador sensato experimenta, ve, razona, sabe que vive en democracia, no en una dictadura militar ni en un régimen fascista o bajo un “gobierno liberticida”. Al menos, no más “liberticida” que los gobiernos anteriores. Y esta aclaración es crucial.

Porque, para que la palabra “fascismo” o el término “gobierno liberticida” circulen con tanto éxito entre el progresismo y las organizaciones de izquierda, hace falta un ataque brutal y sistemático a la memoria histórica. Y no nos referimos ahora solamente al fascismo efectivo de los años 30, sino a los hechos perpetrados por el partido del orden burgués en Argentina, el principal enemigo de la clase trabajadora: el peronismo.

Amnesia selectiva del progresismo

En el diálogo entre Fernando Rosso y Diego Sztulwark que citamos al comienzo, el intelectual orgánico y militante del PTS declaró: “Yo le afané muchísimo para mi libro La hegemonía imposible”. Celeste Murillo, que participaba del diálogo y es también una intelectual y militante del PTS, comentó: “Yo también le robé mucho”. ¿A qué se referían? Al libro La ofensiva sensible, publicado por Caja Negra en 2019 y en cuyo apartado “Saberes útiles contra el fascismo” leemos:

¿Es legítimo o, más bien, es políticamente útil emparentar a Macri con la dictadura? En las numerosas movilizaciones contra su gobierno esto se hizo una y otra vez bajo la forma de canticos y consignas. Pero cantar en la calle no es caracterizar con precisión un fenómeno complejo […]

El problema está a la vista: ¿es posible caracterizar una derecha moderna que triunfa electoralmente en una línea de continuidad con el terrorismo de Estado, cuyo protagonista central fue el partido militar que no ganaba elecciones? Afirmarlo sin más supondría una caracterización errónea, en la medida en que el arribo de Cambiemos al poder se hizo dentro del marco del Estado de derecho. Pero no hacerlo implicaría, en cambio, negar toda continuidad entre procesos históricos diferentes. En la historia argentina, el fascismo no se dio nunca como forma dominante. Ciertos sectores de la izquierda y del liberalismo intentaron fallidamente adjudicárselo al movimiento que inició Juan Domingo Perón. Pero, como lo explicaba León Rozitchner, Perón no expresó la opción de un dominio por la vía de la guerra abierta, sino por la de la tregua. Esto es, por medio del tiempo y no por la sangre. El asesinato y la tortura como modos de reestructurar las relaciones de poder fueron medios utilizados por militares muy diferentes.[11]

Contrastemos esa lectura del peronismo con esta otra:

…el PC no tenía cabida en la “comunidad organizada” que imaginaba Perón. En 1948 se prohibieron sus actos y reuniones, se allanó su sede en Córdoba y se detuvo a 50 militantes. El 12 de agosto de ese año marcó un punto de inflexión: la Cámara de Diputados de la Nación aprobó en el lapso de unos pocos minutos, sin despacho de comisión ni debate previo, la Ley de Organización de la Nación para Tiempos de Guerra, que legitimaba e institucionalizaba la participación de las Fuerzas Armadas en la represión interna. Ante la interpretación de un “peligro inminente”, el presidente podía asumir funciones judiciales y someter a los civiles a la justicia militar. Esta ley fue aplicada por primera vez a los obreros ferroviarios en la huelga de 1951, cuya responsabilidad fue adjudicada por el gobierno a elementos comunistas.

En abril de 1949, la policía federal allanó en Buenos Aires la sede que el PC tenía en la calle Acevedo 2265 y detuvo a 26 militantes que participaban de una escuela de formación de cuadros. El motivo aducido fue la violación del edicto policial sobre reuniones públicas, pero el comunicado de la Policía Federal reflejaba un rabioso anticomunismo: aludía al “virus venenoso de su nefasta ideología”. En Córdoba se allanaron los domicilios de Gregorio Bermann, Silvia Bermann y Luis Chernicoff, entre otros. Un nuevo allanamiento de su sede partidaria los privó del mimeógrafo empleado habitualmente. […]

El hecho más grave ocurrió en Tucumán. En noviembre de ese año, 10 sindicalistas de la capital de la provincia fueron detenidos por planear un paro general de solidaridad con la huelga de obreros de los ingenios azucareros. Uno de ellos, Carlos Antonio Aguirre, dirigente del sindicato de mozos y, a la sazón, integrante del comité provincial del PC de Tucumán, fue secuestrado, torturado y asesinado por la policía; al parecer, en el subsuelo de la Casa de Gobierno. A posteriori se hizo desaparecer el cuerpo, mientras fuentes policiales y gubernamentales –y desde la propia CGT oficialista– promovían la hipótesis del auto-secuestro y se responsabilizaba a sus camaradas, circunstancia que generó nuevos allanamientos en casas de militantes comunistas. Empero, la investigación judicial permitió hallar su cuerpo dos semanas después en la provincia de Santiago del Estero. A contragusto de la CGT, el 20 de diciembre de 1949 hubo una huelga general en la ciudad de Tucumán de repudio al asesinato, que se extendió a los ingenios azucareros de Santa Lucia y La Florida. Los policías que tuvieron una responsabilidad directa contaron con penas de prisión en suspenso y quedaron en libertad.[12]

O esta, que documenta el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea Agentina no en 1982, no 1955, sino en 1947, en la masacre de Rincón Bomba (Formosa):

¿Era necesario el envío de un escuadrón de ataque con una ametralladora en una misión de reconocimiento? A pesar de que los historiadores de la Fuerza Aérea insisten en que la ametralladora fue colocada en el avión para “dispersar, amedrentar y disuadir a los indígenas” y que no hubo “necesidad ni oportunidad” de emplearla, es difícil no sospechar de que se trató de una ficción concebida para el encubrimiento. Muchos años más tarde los testimonios de Setkiki’en y otros pobladores de Campo del Cielo “que pudieron observar que un avión volaba bajo y disparaba sobre el lugar donde estaban escondidos” derrumbarían estas afirmaciones.[13]

O con el registro de un episodio constantemente olvidado por el progresismo:

El caso de las telefonistas torturadas en el año 1949 permite delimitar algunas características específicas de la época, fundamentalmente confirma que durante el primer gobierno de Perón se aplicaron torturas a detenidos de origen político y sindical; como también confirma que, por primera vez en la historia de la Nación argentina, se aplicó el tormento de la “picana eléctrica” a mujeres trabajadoras. […]

Fue así como estatización de los sindicatos, nacionalización de empresas, derecho de huelga suprimido, delación y espionaje ideológico, terminaron eclosionando en el caso de las telefonistas torturadas en 1949.[14]

Pero vayamos al tercer gobierno de Perón, porque aquí la represión, las desapariciones, la tortura y el asesinato por parte de grupos paraestatales que salían, armados y en camionetas del Estado, del Ministerio de Bienestar Social son inocultables:

Como es sabido, el avance más significativo de la violencia paraestatal surgió de la propia interna del peronismo. Incluso antes de Ezeiza ya actuaban ‘patotas’ sindicales vinculadas a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y a otros grupos peronistas de extrema derecha como el Comando de Organización (C de O), la Concentración Nacional Universitaria (CNU), la Juventud Sindical Peronista (JSP) y la Juventud Peronista de la República Argentina (JPRA). A ellos se sumaron los grupos parapoliciales que integraron la Triple A, ligada orgánicamente al poder político peronista; la antigua Alianza Libertadora Nacionalista, grupo peronista de extrema derecha fundado en la década del cuarenta, y otros de alcance local como el Comando Libertadores de América, vinculado al III Cuerpo del Ejército con asiento en Córdoba; el Comando Nacionalista del Norte en Tucumán bajo el control del Comando de la Brigada V de Infantería o el Comando Moralizador Pío XII y el Comando Anticomunista de Mendoza conectados con el jefe de la policía provincial. Estos grupos comenzaron a actuar contra otros vinculados a la Tendencia del peronismo; pero también, de manera más amplia, contra funcionarios del gobierno, militantes sindicales y obreros, políticos y militantes de las diversas izquierdas, parlamentarios de la oposición, abogados de presos políticos, intelectuales, periodistas y otros sectores no necesariamente contestatarios ni ligados a las organizaciones armadas.[15]

Cuando Sztulwark escribe, apoyándose en León Rozitchner, que “Perón no expresó la opción de un dominio por la vía de la guerra abierta, sino por la de la tregua”, quizá se refiere al cuadro estadístico en el que Inés Izaguirre (en el marco de un proyecto UBACyT y con auspicio del CONICET) cuenta 1.787 militantes asesinados, desde octubre del ‘73 hasta marzo del ‘76:

La investigadora y directora del equipo que realizó ese trabajo comenta a continuación:

El cuadro verifica lo que suponíamos, y se ajusta a las consignas del Documento Reservado del Consejo Superior Justicialista y a los propósitos disciplinadores de Perón […] Puede verse claramente que, mientras vivió y gobernó Perón, el objetivo de las bajas –específicamente los muertos, que cuadruplican a los desaparecidos– está mayoritariamente dirigido a su propio movimiento.[16]

Casi 1.800 muertos en la calle, a manos de bandas paraestatales, es algo mucho más parecido al fascismo que el gobierno de “¡Macri / basura / vos sos la dictadura!”, el “protocolo anti-piquete” de Patricia Bullrich y todos los “discursos de odio” pronunciados por Javier Milei. Que los crímenes del peronismo hayan sido “indultados” por un acuerdo entre la UCR y el PJ, en el retorno a la democracia, es lo que salvó a la jefa de ese régimen, Isabel Perón, del juicio y castigo. Esto es más parecido al “negacionismo” que cualquier homenaje de Victoria Villarruel a la “memoria completa”[17].

Esto para no mencionar el apoyo material directo de Perón a la dictadura de Pinochet:

Juan Domingo Perón e Isabel Perón autorizaron la venta secreta de armas a Chile durante los primeros años de la dictadura de Augusto Pinochet, según documentos desclasificados por el gobierno de Javier Milei.

Según reportó El Clarín, los decretos 382/73 y 1140/74 —firmados por Perón y sus ministros— permitieron la exportación de 2.000 pistolas ametralladoras, 6.000 pistolas Browning y 20 millones de cartuchos para fusiles FAL, en operaciones que hoy equivaldrían a US$24 millones. […]

Los documentos muestran que las operaciones se realizaron con exenciones aduaneras y sin controles, bajo el argumento de “cooperación regional”.

¿Qué gobierno está más cerca de un régimen fascista? ¿El de Perón o el de Milei? O digámoslo de esta manera: si el gobierno de Milei “no está lejos del fascismo o del nazismo”, ¿qué corresponde decir sobre los gobiernos de Perón?

El 4 de diciembre de 2025 se publicó esta nota. Atendimos otros dichos de este dirigente peronista en “El atroz redentor Paco Olveira”.

Es más, si de lo que se trata es de buscar parecidos con el fascismo en la actualidad, ¿por qué nadie señala a los sindicatos peronistas? Con su falta de proporcionalidad y espacio para las minorías, sus reelecciones permanentes, sus conducciones integradas por burgueses mafiosos, su unanimidad sistemática y su base de sustentación: culatas, barrabravas y asesinos.

Todo lo dicho hasta acá nos ofrece tres alternativas:

O bien el fascismo es un régimen histórico, que implica ciertas características y condiciones que hoy no están dadas;

o bien el fascismo es una manera de definir cualquier régimen burgués violento y autoritario, que impide de raíz –y por la fuerza– la agitación, la organización y la protesta obrera, todo lo cual tampoco está dado;

o bien el fascismo es la perfecta excusa que encuentran los progresistas para justificar su fracaso y negar que el actual gobierno de Milei es su consecuencia, no hacerse cargo del desastre y seguir postulando la defensa del capitalismo argentino.

Pensamos que la realidad coincide con la tercera opción. Tercera vía que permite inteligir aquella paradójica adjetivación de la palabra “fascismo” que citamos al comienzo: “al mismo tiempo inapropiada e imprescindible”. Inapropiada para la experiencia de los trabajadores. Imprescindible para las tareas de la clase burguesa.

Criterio para la militancia socialista

¿Qué es lo importante para nosotros, trabajadores socialistas? En primer lugar, no perder de vista que no somos historiadores, ni politólogos, ni sociólogos, ni columnistas de radio, ni conductores de streaming. Para nosotros, lo importante es la praxis: el lugar en que la actividad y el pensamiento militantes funcionan juntos. De esta manera, podemos contraponer la palabra fascismo a nuestra actividad cotidiana.

La pregunta que debemos hacernos para saber si lo que ocurre, hoy, se parece a un régimen fascista, no en sus términos teóricos, sino como actuación gubernamental sistemática e institucionalizada, es si se trata o no de un cambio régimen en sentido amplio. ¿Hay una articulación de instituciones que dejó caduca las posibilidades existentes en la democracia burguesa para la clase trabajadora? ¿Hubo un quiebre en las posibilidades del hacer obrero, del hacer socialista, que la democracia burguesa permite? ¿O las posibilidades de reunión, expresión, organización, protesta, denuncia y sufragio, se encuentran más o menos dentro del mismo marco legal y restringido que antes?

Para nosotros, el fascismo no es una intención (burguesa) ni una percepción (obrera), sino un régimen político: un marco de posibilidades o imposibilidades para el pensamiento, la acción y la organización. ¿Han variado de manera sustantiva estas tres condiciones en el último tiempo? Más allá del frenesí progresista en llamar fascismo a todo lo que no sea su gobierno, ¿la vida política y gremial ha variado sus condiciones de manera categórica?

Nuestra respuesta a esto es que no hay ningún cambio cualitativo en estas condiciones. Salvo que se haga un esfuerzo de amnesia deliberada por el que todos los actos represivos previos al gobierno de Milei no hayan existido y empecemos, entonces, a contar desde el 11 de diciembre de 2023. Sin ese esfuerzo, el conteo comparativo de represiones antes y después de Milei, de muertos antes y después de Milei, de desaparecidos antes y después de Milei, no da como resultado una diferencia significativa que apoye la caracterización de un cambio de régimen.

Pero supongamos que hubiera una irrupción obrera de masas y emergiera la posibilidad de un recrudecimiento de la represión, ¿cuál sería nuestro camino por desarrollar? ¿Salir en busca de burgueses democráticos para hacer una amplia alianza? ¿O empujar la independencia de clase para que esa opción antidemocrática no prospere?

Quienes piensan que hay burgueses esencialmente democráticos y burgueses esencialmente fascistas responderán que es necesaria una alianza de clases. Pero los burgueses son burgueses: llegada la hora de sacrificar la igualdad formal, no tienen ningún drama en volverse fascistas. Luego, esos mismos burgueses fascistas, abierto el camino para la estabilidad y la acumulación, no tienen ningún drama en volverse democráticos. No por inmoralidad subjetiva sino por intereses objetivos[18].

Para los socialistas, la discusión sobre el fascismo no es un ejercicio hermenéutico de indagación del presente mediante la paradoja. Una vez establecido, nadie ignora que un régimen fascista lo es.

La discusión es si confiamos o no en los burgueses. Si creemos que son incapaces de abolir las libertades democráticas contra la clase trabajadora.


[1]  Escribimos, antes, durante y después de la marcha, el tríptico Sobre marchas y travestis: i) “Contra la lógica del péndulo burgués”; ii) “No seamos tan sonsos, otra vez”; iii) “Mujeres, clase y conciencia”. Ampliamos y profundizamos el balance en “El orgullo de la marcha 1F: Gran acto de Axel Kicillof, tras ajustar a los médicos y gasear a los más pobres”.

[2]  O vitalista y posmoderno, como escribe Diego Sztulwark en su libro La ofensiva sensible (Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo político), Buenos Aires, Caja Negra, 2019, p. 78: “Probablemente sea más acertado hablar de un fascismo posmoderno, un tipo específico de vitalismo que se afirma en cierta esencia o pureza étnica, de clase o nacional por medio de una violencia intolerante y a través de la inferiorización [sic] de poblaciones enteras, se trate de migrantes, negros, mujeres u homosexuales”. En las páginas siguientes, el autor señala al macrismo y al bolsonarismo como ejemplos, porque no le parece que el empobrecimiento masivo de la clase trabajadora a lo largo de décadas, gestionado por el peronismo en Argentina y por el PT en Brasil, sea un tipo de “inferiorización de poblaciones enteras”. Tampoco le parece que la represión peronista sea atendible en los mismos términos que la represión de los gobiernos burgueses cuando no son peronistas: para Sztulwark, el asesinato de Rafael Nahuel y la desaparición de Santiago Maldonado (p. 81) son casos ilustrativos de esa “violencia intolerante” que caracteriza al “fascismo posmoderno”, pero el asesinato de Mariano Ferreyra y la desaparición de Julio López ni siquiera merecen el recuerdo y, mucho menos, la denuncia. Hablamos de esta doble vara progresista, que asquea a los trabajadores, en “Hay una represión cruel y otra sin querer queriendo”. También tratamos el problema en “¿La democracia burguesa en cuestión” y “Ante el ballotage: ¿eterno resplandor de una mente sin recuerdos?”. Otras igualmente llamativas posiciones expresadas por Sztulwark, coherentes con lo que estamos criticando, fueron comentadas en “El progresismo desastrado”.

[3]  Acerca de cuáles son los criterios para distinguir entre clases sociales y sus fracciones internas publicamos “La estructura de clase: ¿Por qué el trotskismo denomina ‘clase media’ a un enorme sector de la clase trabajadora?”.

[4]  Escribimos al respecto “Cuatro elecciones y un rechazo general (EEUU, Francia, Gran Bretaña y Argentina)”. También pueden ser útiles estas reflexiones, de diciembre 2023, que titulamos “¿La democracia burguesa en cuestión?”. Acerca de en qué sentido el régimen burgués es una dictadura de clase y cómo se diferencia de una dictadura institucional, “Ante la urgencia y el frenesí: Pensar, reagruparnos, debatir”.

[5]  Juan Pablo Luna, ¿Democracia muerta? Chile, América Latina y un modelo estallado, Santiago de Chile, Planeta, 2024, pp. 19-20.

[6]  Véase a este respecto, de Rolando Astarita, Crítica del Programa de Transición.

[7]  Una Hadjari, “Netflix gana la batalla a Warner Bros: HBO se une al imperio del gigante del ‘streaming’”, nota publicada en EuroNews el 5 de diciembre de 2025.

[8]  Pablo Pozzi y Valeria Carbone, Crisis y decadencia de Estados Unidos: las presidencias de Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden, Buenos Aires, Imago Mundi, 2024, p. xii.

[9]  Cristian Caracoche, Capital industrial y representación orgánica: La acción política de la UIA en la posconvertibilidad (2002-2015), Editado por la UNLZ, Libro digital PDF, 2024, p. 16.

[10]  Basta con poner la palabra “liberticida” en el buscador de los portales respectivos para dar con decenas de declaraciones, pero damos tres ejemplos. El Partido Obrero, 27 de julio de 2025. El PTS, el 8 de julio de 2025. Y el Chipi Castillo (PTS), el 4 de febrero de 2025. Por su parte, Política Obrera convocó, en estos días, a una “Huelga general por el retiro del proyecto laboral fascista”.

[11]  Diego Sztulwark, La ofensiva sensible (Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo político), Buenos Aires, Caja Negra, 2019, pp. 81-2. Reseñamos otro libro de este autor, El temblor de las ideas, en “La tentación irracionalista: nuevas desventuras del intelectual comprometido”.

[12]  César Tcach, “El parto de un desencuentro: el duelo peronismo-comunismo en Argentina (1943-1955)”, publicado en Open Edition Journal el 8 de octubre de 2020.

[13]  Valeria Mapelman, Octubre Pilagá: Memorias y archivos de la masacre de La Bomba, Temperley, Tren en Movimiento, 2015, p. 191.

[14]  Marcial Luna, Telefonistas: las obreras torturadas durante el primer gobierno de Perón, CABA, RyR, 2018, pp. 181-3.

[15]  Marina Franco, Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976, Buenos Aires, FCE, 2021, pp. 59-60.

[16]  Inés Izaguirre (Dir.), Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina 1973-1983 (Antecedentes. Desarrollo. Complicidades), Buenos Aires, Eudeba, 2009, pp. 100-1.

[17]  Sobre el negacionismo peronista: a) “Memoria Completa: Rodrigazo, Triple A y Plan Cóndor (50 años recordando al peronismo en el gobierno”; b) la entrevista que le hicimos a Carlos Loza, ex detenido-desaparecido, obrero portuario y militante por los DDHH: “¡Abran los archivos!”; c) “24 de marzo, de memoria y de lucha: contra el negacionismo peronista”. Sobre el sesgo trotskista, glosamos una extraordinaria anécdota: “La tía de López: Myriam Bregman y el misterio de las desapariciones en democracia sin responsables políticos cuando gobierna el peronismo”.

[18]  Para una caracterización de las clases sociales por intereses objetivos, “La estructura de clase: ¿Por qué el trotskismo denomina ‘clase media’ a un enorme sector de la clase trabajadora”.

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