LA CULTURA (peronista) ES LA SONRISA (burguesa)

Con el pomposo nombre de Frente de Artistas y Trabajadores de las Culturas, uno de los aglomerados peronistas ha publicado un manifiesto. El nombre denota amplitud. Ya la palabra «frente» sugiere unidad de diversos componentes previos. Y, aunque hablar de un «frente homogéneo» implica una contradicción, se desconoce cuál es el grado de diversidad de esos integrantes previos. Si tal cosa (la diversidad política) existe, el manifiesto la oculta muy bien.

Por otro lado, la denominación «artistas y trabajadores de la cultura» permite incorporar, en pie de igualdad, a los asalariados, a la clase obrera, y a los emprendedores privados, los capitalistas, tan abundantes como desesperados en este universo particular denominado «cultura». Prevalecerán los intereses de una sola de esas dos clases sociales porque son, usualmente, antagónicos. La necesidad de mejoras salariales y estabilidad laboral, reclamadas al Estado o a los privados, a menudo se contrapone al interés burgués por ayudas estatales a la iniciativa privada.

Pese a presentarse como «frente», ni bien se lee el primer párrafo queda claro que se trata de una agrupación peronista. Claro que, consciente de que vivimos un momento de repudio y rechazo a la gestión anterior, el «frente» evita decirlo con nitidez. Y, simultáneamente, no puede evitar el recorte de su propio objetivo:

La situación que vamos a heredar de este gobierno no creo que nos permita regresar con un nuevo gobierno que administre prolijamente la crisis heredada y la nueva situación económica social. El daño que le hará al país este modelo anarco-capitalista y filo-fascista no podemos dimensionarlo todavía.

Queda claro que nadie puede «regresar» al gobierno si no estuvo antes allí. También se lee que el agrupamiento toma como referencia la parte del gobierno anterior que fue excluida del armado del gobierno actual: más cerca del gobernador bonaerense Axel Kicillof que del actual ministro (y ex gobernador bonaerense) Daniel Scioli, aunque dentro del mismo partido al que ambos pertenecen. La estrategia política de este «frente» se define más o menos así:

Hace falta una dirección política nacional de oposición y de gran alternativa. No podemos definir la dirección política a través de las encuestas. La dirección social desde la movilización del 24 de enero está representada por la unidad de las/os trabajadoras/es con la CGT, las dos CTA, los Movimientos Sociales y las Organizaciones de la Cultura. A la dirección social hay que sumarle la dirección política.

En otras palabras, volver de la mano de la burocracia sindical peronista, que les reservaría un lugar a «las Organizaciones de la Cultura» (o sea, al FATRAC). Y como son conscientes de que han sido desalojadas de la Casa Rosada por un mayoritario voto popular (y de que tal vez existan para ello algunas razones contundentes como una pared), el texto aclara:

Como siempre ocurre en las grandes crisis, estamos ante la oportunidad de realizar profundas autocríticas sobre los motivos por los cuales hemos llegado a la situación en la que estamos. Creo que el conjunto del sector político nacional no atendió como corresponde los nuevos deseos y necesidades que se expresan en la sociedad.

Al margen del llamativo cambio del enunciador («estamos» ante una oportunidad, «creo» que no atendimos las necesidades), el manifiesto no manifiesta cuáles son esos «nuevos deseos y necesidades» que no fueron atendidas, como tampoco manifiesta por qué razones el gobierno expulsado privilegió atender otros deseos y necesidades (¿acaso «viejos»?). Sea como fuere, el texto se resiste a asumir cualquier responsabilidad sobre la catástrofe socioeconómica del país y, en cambio, aventura una explicación de «la ruptura» entre «la vida cotidiana» y los «vínculos tradicionales con la política» (es decir, de la ruptura entre gran parte de la población y los sectores que el «frente» representa):

tienen que ver con la gran mutación cultural tecnológica que estamos viviendo, lo que produce una suerte de desterritorialización del/la ciudadano/a que no logra vincularse afectivamente con el barrio, el municipio o la comuna; las redes sociales lo disocian de la vida cotidiana y de sus vínculos tradicionales con la política y las organizaciones sociales.

Para FATRAC, para estos artistas y trabajadores de la cultura, el problema es no haber podido retener, dentro del peronismo, a millones de desencantados. Lo cual es cierto. Pero la causa observada está más cerca de la ciencia ficción que de la política: una mutación tecnológica.

La inflación de tres dígitos y una precarización creciente no parecen tener algo que ver. Una precarización que, además, ahora mismo utiliza Milei para quitarles el laburo a muchos trabajadores, por el simple expediente de no renovarles el contrato1. El mismo contrato amenazante con el que el peronismo construyó gran parte de su hegemonía: la hegemonía del chantaje. Porque, según esta «cultura», no hubo una debacle en la vida social antes de las elecciones sino unas maniobras semióticas mal contrarrestadas. O, al menos, algo así pretende transmitir este farragoso pasaje:

No hemos trabajado como corresponde en el uso e interpretación del rol de las redes y cómo impactan en el/la ciudadano/a. En el campo semiótico, no llevamos adelante las diferenciaciones que existen entre las distintas subjetividades individuales, el significante vacío y las cargas de los falsos contenidos, que han sido utilizados por la derecha política para conquistar voluntades electorales pasajeras, pero, que permiten ganar elecciones. No todo se reduce a un análisis puramente economicista.

En el campo de la disputa simbólica, sobre lo que representa el Estado, hemos perdido la batalla: para el imaginario del/la hombre/mujer común el Estado no lo representa, no se siente defendido y protegido por el Estado y se puso en duda, por lo tanto, su rol. Entre otras batallas, se ha perdido la batalla digital, la batalla semiótica, la batalla simbólica.

Para no ser «economicistas» rehúsan decir lo que el Estado realmente es para los trabajadores comunes (una mímica de protección) y se centran en lo que el Estado es imaginariamente, en «lo que representa el Estado». De esta manera, el FATRAC asume que la derrota electoral del peronismo se debe a un envoltorio defectuoso, a una ineficacia «simbólica», no a una profunda debacle social y económica. Por eso apunta a «la irreverencia» y no al nivel de los salarios o la estabilidad en el empleo:

En lo generacional no comprendimos las nuevas condiciones del goce político que las/os jóvenes ven en las formas más irreverentes y contestatarias. En general, el campo político nacional se ha hecho más conservador en las maneras de comunicarse con la sociedad. Resulta notable que, para un sector importante de la juventud, los sectores políticos que defienden el Estado y las transformaciones sociales hayan pasado a ser conservadores y las ultraderechas neoliberales han pasado a representar las formas rebeldes.

A partir de ese punto comienza a desplegarse el programa de este «frente». Un programa en el que los asalariados van a ser prácticamente ignorados:

En FATRAC, hace tiempo que venimos discutiendo la necesidad de lograr una soberanía digital y del comercio electrónico. El uso de la palabra, la circulación de metáforas, imágenes y símbolos por las redes deben tener sus derechos de autor. Hoy, la palabra y la imagen no sólo tienen valor de uso, sino, que tienen también valor de cambio.

Aunque manotea algo de la terminología marxista (la pobreza teórica del peronismo y, sobre todo, cultural le impide desarrollar un pensamiento coherente), el párrafo no puede ocultar que se trata de la apropiación individual y privada del producto del trabajo. Sobre todo, del trabajo en su forma pequeñoburguesa, artesanal. Una preocupación que es menor para los trabajadores de la cultura, que son asalariados. Y una preocupación descollante para los impulsores de FATRAC, que no lo son. Dediquémosle un párrafo a esto último.

En el plano de la cultura, apoyarse fundamentalmente en los centros culturales y los pequeños emprendimientos significa pensar que es posible modificar un sistema desde sus elementos más pequeños, menos significativos y más secundarios. Pero el desarrollo de la sociedad nos enseña que las industrias culturales más desarrolladas, más impactantes y que mayor relación tienen con el movimiento de masas funcionan con productores (en su mayor proporción) proletarizados y burgueses que los contratan y explotan. De ahí que el principal conflicto que tienen radica en la apropiación privada y ajena de esa producción. Los grandes conflictos del año pasado en EE.UU. de los guionistas y los actores son un claro ejemplo de por dónde pasan ambos procesos: el de proletarización y el de lucha2.

A continuación, el manifiesto se propone integrar culturalmente a ciertos países en una serie que, curiosamente, esconde las causas materiales de su derrota electoral:

Debemos debatir políticas de integración cultural con el MERCOSUR o UNASUR Cultural, para construir puentes y desarrollos conjuntos. En especial, con Brasil, Bolivia, Chile y Colombia, con México como país invitado.

¿Y Venezuela? Se puede comprender que dejen de lado a Ecuador, a Uruguay, a Perú. Hubo cambios de gobierno desfavorables. También es entendible la inclusión de Chile y Colombia, donde hubo procesos inversos. Pero… ¿y Venezuela? Tal vez aquellos problemas de las «subjetividades individuales, el significante vacío y las cargas de los falsos contenidos» adquieren sentido a la luz de esta omisión, después de todo lo que se ha dicho sobre Venezuela desde «el campo popular». Quién sabe. Lo cierto es que el programa del manifiesto tiene como objetivo «volver» para ofrecer más de lo mismo:

La victoria cultural es posible tanto en las calles como en las academias, en la medida que marchemos unidas/os en las diferencias, unidas/os en la diversidad. El Congreso Federal de la Cultura y la Comunicación es el gran objetivo que nos debemos dar todas/os en esta batalla cultural constante para volver a la victoria.

¿Para qué? Para que el Estado disponga fondos y cargos políticos específicos para subsidiar la actividad cultural privada. Por eso no hay una sola mención acerca de los problemas de los asalariados. Por eso tampoco se demanda el fin de la precarización y los contratos. Por eso ni siquiera se sugieren aumentos salariales. Durante sus largos años de gobierno, la situación de estos trabajadores fue de mal en peor. De manera que, si apoyaron y sostuvieron al gobierno que licuó hasta la desesperación los salarios, ahora no van a volver para deshacer su laborioso legado. Que hoy nos encontremos ante un ajuste peor no embellece en nada el ajuste que el FATRAC defiende con su silencio. Porque la prioridad del FATRAC es el financiamiento (eso que atañe a los emprendedores) y los cargos políticos:

Por eso, desde FATRAC también proponemos una Ley Nacional de Financiamiento Cultural, que se proponga una meta presupuestaria anual de alcance federal, cuyo fondo salga de gravar a las plataformas digitales de contenidos audiovisuales y que sea complementaria de la Ley Federal de las Culturas. La distribución de bienes culturales debe ser democrática y federal. De la misma forma la producción cultural. Todas las provincias deben desarrollar sus industrias culturales y contar con presupuestos para la actividad artística. Hay que descentralizar, regionalizar, toda la actividad cultural que, muchas veces, queda concentrada únicamente en la Ciudad de Buenos Aires. Tenemos que volver a tener un Ministerio Nacional de Cultura.

La cultura está determinada por la educación de la sociedad. Y ésta, por la vida productiva. Si se vive pobremente y sin perspectivas, no hay razones para hacer el esfuerzo de formarse, estudiar y aprender. Si no se ha realizado esa tarea, no hay manera de acceder, desear y justificar la actividad cultural para el conjunto social. Porque una sociedad empobrecida y descartable vive la cultura como algo pobre y descartable.

La cultura no puede tener un programa propio, desligado de la situación general. Salvo que adopte el del FATRAC: un reducto para los que ya llegaron ahí, a la cultura. Un reducto que aspira a la benevolencia del Estado burgués, con independencia de lo que le suceda a la clase trabajadora. Por eso no reclama salarios ni estabilidad, sino financiamiento. Ah! Y un ministerio.

La cultura que nos interesa, en cambio, es la que aspira a la universalidad. La que entiende que su desarrollo es inseparable de la felicidad o la tragedia de la clase trabajadora, de la mayoría de la sociedad. La cultura que nos interesa es la que entiende que su destino es el resultado, y no la causa, de la situación de los trabajadores. La que rechaza las soluciones particulares, a sabiendas de que el destino de esas salidas es el elitismo y la exclusión.

NOTAS:

1Ver «Los que afilaron la motosierra no son los que pueden detenerla», publicada el jueves 11 de abril de 2024.

2Ver «Somos trabajadores y nos sentimos orgullosos», Sencillito #24: «El Carneggie Hall en La Quiaca» y las dos partes de El gremialista Aquiles y el socialista Ulises: parte 1, «Tecnología, huelgas y socialismo»; parte 2: «Gigificación, coraje e inteligencia».

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