RESISTIENDO CON AGUANTE (El ocaso de la inteligencia)

La palabra resistencia provee amplios usos en ámbitos diversos, como la electrónica, la psicología o las artes militares. En tanto militantes socialistas, nos interesan sus implicancias políticas en esa tradición que incluye, por citar dos canónicos ejemplos, a la resistencia partisana contra la ocupación nazi en Francia y a la resistencia peronista, tras el golpe de 1955 en Argentina.

En contraste con esas experiencias históricas, advertimos hoy cierta compulsión por frivolizar el verbo resistir y sus palabras derivadas. De tal modo que, si el fascismo se ha vuelto un tema pop de la izquierda, la «resistencia cultural» se ha convertido en su más agobiante estribillo.

La resistencia trágica

Vamos a destacar ciertos rasgos comunes de aquellas dos resistencias, la partisana y la peronista. En primer lugar, la ilegalidad. El colectivo que ejerce la resistencia está impedido, imposibilitado, de realizar toda acción política legal. La proscripción del peronismo, al igual que el régimen nazi, no permitía otros canales de expresión del rechazo al orden establecido que la actividad violenta y –atención a este detalle significativo– clandestina. De este modo, la resistencia –no por capricho sino a causa de las condiciones que la convocan– debe ser secreta, nocturna, conjurada e intrigante.

Otro rasgo: la negatividad. La resistencia es un acto negativo. Si, como dijimos recién, todos los canales de construcción y participación están bloqueados, la acción de resistir debe ser eminentemente destructiva. Por eso las dos resistencias históricas que tomamos como ejemplo tienen en común el recurso al sabotaje: la resistencia no construye otro mundo, sino que intenta destruir el mundo del enemigo, el mundo del que han sido excluidos los resistentes.

Un tercer rasgo se deriva de los anteriores y, digámoslo, envuelve a la resistencia con un aura de misterio, epopeya y heroísmo: la invisibilidad. La resistencia es sigilosa como un ninja. No se ve ni se nombra. No se la busca; te encuentra.

Estas características (ilegal, negativa, invisible) hacen muy difícil (cuando no es una obvia imposibilidad) la elaboración de alternativas por la sola vía de la resistencia. ¿Cómo construir algo masivo desde el anonimato, la destrucción, el movimiento furtivo y el tabique?

Sin embargo, hay que agregar otro rasgo: la adhesión. Porque la resistencia cosecha amplias simpatías entre los sectores sociales amordazados, proscriptos, subyugados. El multitudinario silencio (creado por la prohibición del acto y la palabra) anuda, a un lado y otro del océano Atlántico, un amplio colectivo que se ve representado en la resistencia. Un reconocimiento, cubierto de disimulo, que horada poco a poco el régimen que sojuzga a una población. Porque el sojuzgamiento del que hablamos aquí no es el fruto subjetivo de una interpretación literaria1, sino el hecho objetivo de un palpable régimen legal que comparten y sufren amplias masas de la sociedad.

Pero toda esa tradición de resistentes, emparentada con regímenes dictatoriales, muy respetada en el mundo de la izquierda, se encuentra hoy eclipsada por un invento ridículo e inviable. Un invento que, negando todo lo que dijimos hasta acá, pretende instituir un nuevo modo de resistencia: la resistencia inocua.

Nos referimos a un tipo de resistencia que no parte del secreto esfuerzo grupal por romper un régimen que cierra todos los caminos políticos. Sino que parte de un criterio diametralmente opuesto.

La resistencia cómica

La palabra «resistencia» reverbera, aquí y allá, en todo evento progresista en el que se baila, se canta, se dibuja o actúa. No importa si se está recibiendo un premio de la industria en un hotel lujoso; si se está iniciando una clase rentada en la universidad pública del Estado burgués; si se fragua un frente de intelectuales con trabajadores de la cultura sometidos a productores privados de la misma rama; si simplemente concurrimos a un teatro, un centro cultural o la biblioteca popular del barrio donde alguien va a realizar una actividad artística. Iluminada y eterna, enfurecida y tranquila, la palabra «resistencia» aparece y se extiende, como una alfombra de hierba o cierta mancha de aceite, indiscriminada e incesante, a casi todo.

Sea un panel en el que varias personas coinciden para decir que están de acuerdo en todo (o que «más allá de las diferencias» hay que oponerse «en unidad» al gobierno de Milei). Sea una entrega de premios en el ámbito de la cultura. Sea el comienzo de un ciclo lectivo universitario. Sea una frase del estilo «Más que nunca en estos tiempos». Sea el emoji de un puñito (marrón, por supuesto) que estampa la firma identitaria en esas proclamas fugaces, lacónicas, precarias, emancipadas de la opresión que ejercen las letras mayúsculas y todo signo de puntuación, denominadas «mensajes de Whatsapp»… En fin, sea cada una de estas y otras instancias, casi tan inexorablemente que parece obligatorio, en todos estos casos se realiza el panegírico de un simulacro de resistencia.

Esta resistencia del sentimentalismo y el tatuaje, del constelar entre amigos y el suspiro grupal, del posteo indignado en redes y la ronda de mate en un parque, de todo lo que conmueve y de conmoverse por todo, es una afrenta contra aquellas resistencias históricas, trágicas, que mencionamos arriba. Los rasgos de este simulacro progresista de resistencia contradicen los rasgos de aquella otra resistencia, la auténtica, la empujada al heroísmo bajo amenaza de tortura, bajo peligro de muerte.

Por empezar, se trata de acciones legales: nadie impide ni está prohibido ninguno de esos gestos que enlistamos. De hecho, el propio Estado burgués paga una gran parte de ellos. O, al menos, crea y garantiza las condiciones para que se concreten.

En segundo lugar, el simulacro de resistencia no sabotea ningún régimen dictatorial. Apenas se limita a consumar (y consumir) un conjunto de actividades disfrutables para un público que ha logrado acceder a los medios necesarios para obtener ese disfrute. Nos referimos, en parte, a la capacidad de pago, sí. Pero además del poder adquisitivo hace falta cierta capacidad para el deleite que sólo brindan una educación exigente y una compleja formación de la sensibilidad.

Tercero, el simulacro de resistencia no se oculta para mantenerse invisible. Al contrario, busca la más amplia difusión y publicidad posible a través de los recursos propios del mercado. No es un ninja. Es un clown.

Entonces podríamos preguntarnos: ¿cómo sucedió este declive de lo que significa, políticamente, resistir? ¿Cómo se produjo este ocaso de la inteligencia?

Este giro extravagante –que metamorfosea actividades banales y disfrutables en una supuesta epopeya política– ha sido posible porque una serie de acontecimientos colosales y de larga duración lo han permitido y favorecido.

La resistencia encuadernada

Al menos tres grandes sucesos han golpeado la idea de socialismo y revolución: la implosión del Estado de bienestar y el fin de los 30 gloriosos años de posguerra; el sistemático proceso de degradación educativa como contracara de la revolución tecnológica y de la productividad; la derrota de la izquierda latinoamericana en los 70 y la catástrofe del socialismo real en los 90. (El siniestro «socialismo del siglo 21» terminó de remachar ese rechazo).

Únicamente bajo estas condiciones de retroceso y dispersión intelectual se puede comprender el extraño silogismo reformista según el cual si algunas prácticas de la vida social merman ante el desarrollo del capital, entonces la ejecución particular y aislada de esas prácticas cuestiona y ataca el desarrollo del capital. Expliquemos esto con un ejemplo.

La lectura declina por cuestiones estructurales. Cuando el capitalismo necesitó mano de obra capacitada, implementó, extendió e intensificó la educación forzada. En Argentina, sin ir más lejos, con leyes como la 1.420 de educación laica, gratuita y obligatoria, discutida y promulgada hace 135 años. Pero hoy, cuando una pequeña porción de la población trabajadora cubre todos los puestos de trabajo para realizar las tareas de gran demanda intelectual, mientras la altísima productividad alcanzada expulsa, precariza y embrutece a inmensas masas de la clase trabajadora, la lectura –y, sobre todo, leer literatura– es una de las víctimas propicias.

En ese paisaje, mientras el sistema embrutece (no por gusto, capricho o maldad, sino por su propia lógica: ya no necesita educación masiva para la clase trabajadora que va a explotar), las esquirlas de esa cultura sofisticada que estalla (los que todavía aman la lectura, por ejemplo) suponen que encontrarse a leer (o a cantar, o a bailar, o a ver teatro) es una forma de hacerle daño al capital.

Hemos llamado «seducción literaria» a esa tentación progresista que consiste en confundir ciertas satisfacciones culturales con las necesarias tareas políticas.

La resistencia fumona

Todo lo que nos deleita como clase trabajadora no solo no se opone al capitalismo, sino que además ha sido formateado por la sociedad burguesa desde sus entrañas. El teatro, tal como lo conocemos y disfrutamos, es el teatro moderno nacido en Europa en la gestación de la burguesía. Lo mismo sucede con la música, el cine, la danza, los juegos de mesa, la arquitectura, el deporte, los espectáculos y divertimientos de masas. Incluso nuestra relación con la cultura premoderna asume una forma moderna, es decir, propia de la sociedad burguesa: ahí están, para comprobarlo, el museo y la galería.

El capitalismo no está genéricamente en contra del consumo. Y todo consumo tiene capitalistas que se le oponen, porque daña el negocio de otros consumos. Simplemente ocurre que los capitalistas le son fieles al único compromiso que tienen con la sociedad: desarrollar la acumulación del capital mediante la competencia feroz. Poco le importa al sistema lo que canta la gente en los recitales (invento del siglo XX) mientras se paguen las entradas, se utilicen estadios (invento del siglo XX) con amplificación electrónica y luces (inventos del siglo XX) y se escuchen composiciones que pertenecen a géneros inventados en el siglo XX.

Incluso si no fuera de ese modo y, por ejemplo, algunos nos encontráramos en un bosque, con instrumentos medievales o a escuchar canto gregoriano, apenas vestidos con túnicas y sandalias hechas con rezagos de basura, tampoco le molestaría al sistema capitalista. Al fin y al cabo, eso no dañaría en nada la acumulación. Y transportarnos hasta un bosque, ida y vuelta, alojarnos y comer, etc., todo remitiría nuevamente a la circulación de mercancías.

El simulacro de resistencia se apoya en la idea de que lo que el capitalismo daña (empobreciendo nuestros placeres y pasiones), eso que el desarrollo del capital y la productividad obligan a degradar y envilecer (como cuando la inteligencia artificial cuestiona la actividad de los actores o la escritura de los periodistas), es bidireccional. Así, como el capital daña el desarrollo de las formas artesanales y complejas del arte, entonces esas formas, practicadas con tenaz obstinación, dañarán al capitalismo.

Esa ilusión carece de sustento. El desarrollo industrial y tecnológico de la cultura del entretenimiento coloca, efectivamente, entre la espada y la pared a ciertas formas tradicionales de la creación artística. Pero de ninguna manera esa tarea artesanal de creación artística modifica en algo la lógica del capital que la está acorralando.

La resistencia identitaria

A los guionistas y actores de Hollywood, cuando tuvieron que renegociar sus ingresos y las condiciones de sus contratos bajo la amenaza de ser reemplazados por la inteligencia artificial, no se les dio por «resistir» con teatro callejero y rondas en un parque. Se agruparon e hicieron huelga. Dejaron de lado las particularidades de oficio, sus gustos individuales e ingresos diferenciados, y tomaron en sus manos la única característica universal que nos une –que podría unirnos– a todos contra el sistema capitalista: ser dueños de la fuerza de trabajo que el capitalismo necesita comprar para acumular y expandirse.

Así, guionistas, artesanos (craftpeople) y actores de la industria cinematográfica más importante del planeta, pusieron freno momentáneamente a las amenazas del capital, enfrentándolo como trabajadores, no como «artistas e intelectuales». No empuñaron las herramientas de la creación estética, sino las de la lucha gremial.

A los capitalistas les simpatiza mucho la idea de que ciertas actividades culturales (y no otras) constituyen un freno al capital, pues se trata de una idea que nos divide. Como lo que nos une (lo que podría unirnos) es nuestra condición de trabajadores (la imposibilidad de reproducir nuestra propia vida sin vender la fuerza de trabajo), nuestra sensibilidad, nuestra cultura, nuestros gustos, nuestra educación, etc., son un impedimento. Por eso no es raro que aplaudan, reproduzcan y hasta difundan la idea de que el rock es rebelde; el folklore, autóctono; que la música académica expresa las conquistas estéticas de la humanidad; que el tango es nuestra mejor huella identitaria; que la cumbia es popular; que el jazz pone en acto la preparada espontaneidad colectiva; que el trap realiza la crónica actual de realidades sociales en jerga juvenil.

No es raro. Y reconocemos que, probablemente, todas esas afirmaciones sean ciertas. Pero estamos seguros de que esas prácticas y esos gustos son inútiles para cuestionar la lógica del sistema capitalista.

Absurdos de la resistencia

La profundidad de este yerro (confundir medios de satisfacción con medios de lucha) se puede establecer por dos nociones que disfrazan su propia imposibilidad: «consumo irónico» y «placer culpable».

Se trata de dos términos absurdos, pues pretenden cerrar una brecha imaginaria: la que habría entre un supuesto deber ser de lo que consumimos con corrección política y nuestro verdadero, íntimo y aun inconfesable disfrute. Consumo irónico y placer culpable suponen que alguien interesado en acabar con este sistema no debería escuchar, digamos, a Ricardo Arjona o al Chaqueño Palavecino, no debería disfrutar las películas de Adrián Suar ni el teatro de revista. Se trata de una concepción de los consumos culturales perfectamente retratada (diríamos, incluso, parodiada) por canciones como «Los Salieris de Charly» y «Cada loco con su tema».

Consumo irónico y placer culpable también suponen, digámoslo todo de una buena vez, que si cumplo con un decálogo de consumos culturales correctos no importará haber votado en serie a Daniel Scioli, Alberto Fernández y Sergio Massa en el lapso de 8 años. Se trata de una concepción identitaria de los consumos que implica una concepción religiosa de la identidad: el alma ilustrada permanece incólume si consumo con ironía una hora de estupideces en redes; el alma sibarita no se mencilla si me clavo con culpa una hamburguesa de grasa; el alma izquierdista se mantiene progre si voto burgueses tapándome la nariz.

En otras palabras, si los doctos miembros de la Asamblea de Intelectuales Socialistas pueden predicar el comunismo del futuro y votar al peronismo en el presente, ¿cómo no va autopercibirse marxista cualquier progre emocionado con las canciones de Silvio o una película de Ken Loach?

Consumo irónico y placer culpable indican la impericia de toda resistencia cultural.

Una cosa más queremos decir. La madre de esa impericia es la decadencia de la cultura y la degradación de las facultades cognitivas. El intercambio, la conversación, el debate sobre nuestros consumos estéticos, sobre el placer que obtenemos de las actividades culturales, sus raíces, su genealogía y sus posibilidades, son grandiosas maravillas de la modernidad expansiva, esto es, del capitalismo en su fase ascendente (¡los 30 gloriosos!). Arruinar estos deleites adscribiendo la inconmensurable riqueza y complejidad de los productos culturales a una mera idea política es una pobre tentación embrutecedora.

Por eso, pretender sustituir el «Proletarios del mundo, uníos» de Marx por el «Rockeros, juntémonos» de Myriam Bregman es un índice revelador de hasta dónde las derrotas nos han hecho retroceder: hasta el punto de embanderarnos con consumos culturales.

Sin embargo –y a pesar de todo– es también un índice que nos señala otra cosa. Qué tenemos que cambiar. Adónde tenemos que volver.

A la militancia socialista.

NOTAS:

1 Sobre el fascismo como fruto de una interpretación literaria puede verse aquí nuestro comentario a una aseveración de Enzo Traverso y nuestra glosa a un diálogo entre Fernando Rosso y Diego Sztulwark.

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