[Editorial #19] ¿CÓMO CONSTRUIR UN PARTIDO SOCIALISTA?

En las especies gregarias, la acción implica un análisis de la situación, cierto diagnóstico del entorno. En el ser humano, ese proceso es mayormente consciente: no es instintivo, se construye.

Toda acción humana es colectiva por definición y contiene, como parte de la acción, una interpretación. Que a esa interpretación la denominemos “verdad” o “ciencia” sirve para reforzar la convicción. Pero también complica las correcciones cuando son necesarias: cuando las demandas de un grupo son simples e inmediatas, la eficacia para satisfacerlas es fácil de percibir, los acuerdos son dirimidos en el corto plazo y su estabilidad depende del funcionamiento: equipo que gana no se toca. En cambio, cuando se trata de herramientas más sofisticadas (una ecuación, una vacuna) o proyectos exigentes (una familia, un programa político), el acuerdo es mucho más difícil de lograr, requiere tiempo y aprendizaje, conversación y confianza. Pero, una vez logrado este acuerdo, resulta más sólido que aquellos otros más simples, porque no está librado a los vaivenes de la inmediatez. Es más fácil acordar qué vamos a comer, qué película vamos a ver e incluso cuánto aumento salarial vamos a pedir, que acordar casarnos, tener hijos o intentar el socialismo.

Construir una organización socialista es, esencialmente, construir un programa para la acción política. No una receta acerca de cómo debe ser cada aspecto de la realidad social. Mucho menos un listado de consignas, reivindicaciones o tareas. Sino una perspectiva coherente acerca de qué es la sociedad, cómo funciona y cuáles son las coordenadas que orientarán, eventualmente, el paso del capitalismo al socialismo.

A su vez, dicha construcción compone la práctica cotidiana de la organización. Hay otros grupos creados (o por crear) más orientados a la acción directa: con presupuestos más simples, más puntuales, palpables e inmediatos. Los sindicatos surgieron en su momento como este tipo de grupos, con la finalidad de garantizar tener un puesto donde hacernos explotar, pelear el precio de nuestra fuerza de trabajo y conquistar las mejores condiciones de vida posibles (vivienda, seguridad, educación, salud, transporte). Trabajo, salario y vida son demandas inmediatas más simples y cercanas que el socialismo, por eso es más probable la más amplia unidad de los trabajadores en torno a ese programa mínimo que alrededor de la hipótesis socialista. A su vez, la construcción del programa máximo (el socialismo) no puede ser bocetado más que por la vanguardia obrera y puesto a consideración del resto de la clase cuando las alternativas burguesas entran, eventualmente, en crisis[1].

En esta construcción cotidiana de la organización, el éxito de una perspectiva de análisis y explicación de la realidad se prueba en el empleo de dos recursos: la demostración argumentada y el guiño cómplice. Cuando el segundo se extiende es porque aumentó la confianza. Un grupo político exitoso requiere cada vez menos la cita de autoridad o el dato probatorio, pues han sido provistos en algún momento y han apuntalado la orientación teórica y práctica, tanto con la acumulación de aciertos como con el reconocimiento de los errores. Sin autocrítica –y humor– se hace imposible afianzar el carácter común de la tarea.  El guiño cómplice crece en la organización a medida que el marco interpretativo (la mirada que orienta nuestro análisis y, ahí donde podemos, nuestra intervención en la lucha de clases) se fortalece en la confrontación con los hechos cotidianos que se van sucediendo.

Este conjunto de acuerdos sobre el diagnóstico de la realidad, la base de una organización política socialista, no puede ser una serie de ideas autónomas, inconsistentes entre sí. Todas las maniobras realizadas al interior de la Asamblea de Intelectuales Socialistas del FITU son ejemplo de ese eclecticismo incoherente, creación del PTS: un organismo basado en la inconsistencia cuyo único requisito es permanecer allí, bajo el ala del partido (eso sí: con el autógrafo y los títulos individuales a la vista). Por el contrario, decimos que un programa ha de construirse laboriosamente, tanto hacia el interior de una organización socialista como en la relación con su exterior, con el énfasis colocado –según la medida de nuestras fuerzas– en la consistencia lógica y la verificación empírica de la interpretación común[2].

Mantener cohesionada la organización a costa de romper la consistencia y el realismo del marco que orienta la acción es lo que hace el trotskismo: dice que hay un gobierno fascista mientras se presenta a elecciones; defiende a la burguesa ladrona de Cristina Fernández pero pide que vaya presa Karina Milei por corrupta; dice defender a las mujeres mientras niega el binarismo sexual humano; dice reivindicar la ciencia pero rechaza las mediciones estandarizadas en el sistema educativo; se divide en mil frentes gremiales pero defiende legalmente a Grabois y llama “compañero” a Axel Kicillof; dice luchar por los trabajadores pero apoyó la demora de las vacunas Pfizer por defender la idea abstracta de “soberanía nacional”; agita la amenaza fantasma de las SAD (sociedades anónimas deportivas) y calla ante los problemas reales del crimen organizado en las “asociaciones civiles sin fines de lucro”. Etcétera[3].

Un programa no es una lista de ítems, sino una alternativa, una sola, racional, coherente, realista, capaz de enfrentar a la potente consistencia del orden establecido. Detengámonos un momento en algunos de sus rasgos principales.

Primero, un programa es una interpretación sistemática: se trata de una respuesta equiparable, en amplitud y organicidad, al sistema que nos proponemos enfrentar y sustituir por otro. Pero un programa no es una serie: no es un listado de tareas, de consignas o demandas que correspondan a órdenes diversos de la realidad, unas veces contrapuestas entre sí, otras veces superpuestas, no pocas veces imposibles. Un programa es una orientación general que ataca la estructura de las relaciones sociales para cambiarla por otro tipo de organización. Por ejemplo, pasar de un modo de producción (el capitalismo) cuya finalidad es la acumulación de ganancias (valorizar valor) a otro (el socialismo) cuya finalidad sea la satisfacción de necesidades humanas implica la expropiación de los medios para producir la riqueza social y su puesta en manos del conjunto de la sociedad. Esto no se logra pidiéndole a Alberto Fernández que estatice Vicentín ni llamando a la CGT para que convoque a un paro, sino organizando la unidad de la clase trabajadora con independencia del peronismo y las demás fuerzas burguesas, explicando pacientemente qué es el plusvalor y por qué en el capitalismo cada vez vivimos peor, abandonando el marketing como estrategia y ofreciendo al resto de la clase una alternativa viable de futuro[4].

Segundo, un programa nos obliga a asumir, en su construcción, el elemento que las corrientes reformistas tradicionales en nuestro país rechazan: la existencia de un país concreto, de una sociedad real y de una clase obrera existente, que es lo que debemos inteligir. Cuando el FITU ingresa en un proceso electoral con 4 diputados, sale de ese proceso con 3 y les dice a sus votantes:  “¡Gran elección! ¡Obtuvimos 3 bancas!”, queda al desnudo que eso es publicidad y no política, que esa organización funciona como grupo político sin entorno, sin afuera, sin conexión real con la vida social mayoritaria. Se trata del ejercicio de una interpretación autoerótica de la realidad, masturbatoria, que privilegia la autosatisfacción por encima de la verdad. Una verdad que es insatisfactoria, sí, pero tan sólida como cualquiera puede comprobar: no ganaron 3 bancas, perdieron 1 y renovaron 3. Quienes leen esa prensa de izquierda y creen en eso que allí se afirma han renunciado a pensar la sociedad. Apenas se conforman con la propaganda celebratoria de las bondades de un producto desgranado de la vida social. Un producto cuyo consumo produce placer al precio de haber perdido noción de la realidad. Toda una estrategia de marketing basada en el supuesto religioso de que militar por el socialismo implica ser guardianes del entusiasmo y cultores de la plegaria[5].

Tercero, un programa debe contemplar el tiempo, asumir la “largura orgánica” de la temporalidad. Un ser humano tarda nueve meses en gestarse, una carrera universitaria implica años de esfuerzo, la revolución rusa sorprendió tras décadas de gris labor militante, escasa de jornadas épicas, rica en propaganda socialista e invenciones obreras, y una larga serie de acontecimientos imprevisibles e incontrolables. Porque, en medio de esos procesos (gestar un niño, cursar una carrera, hacer la revolución), pueden pasar muchísimas cosas inesperadas e inesperables. Planificar hoy, ahora, el diseño de un gobierno revolucionario, las medidas económicas que se llevarán a cabo y los plazos de cumplimiento de los objetivos pautados, únicamente es posible ignorando el tiempo (y dejándose tentar por el género literario de la utopía). Nadie sabe (ni puede saber) cómo se llegará, eventualmente, al gobierno, con qué fuerzas y alianzas, cómo reaccionarán las otras fuerzas (nacionales y extranjeras), cuál será el precio de la soja ni cómo se garantizará el suministro de electricidad o la conexión wifi. Mucho antes de fantasear con una epopeya tenemos tareas modestísimas que atender: buscar compañeros socialistas, reagruparnos, discutir, ponernos de acuerdo, construir un programa. Tareas modestas pero reales. No flashear El Señor de los Anillos en versión bolchevique[6].

Cuarto, un grupo socialista usa la ciencia, no es la ciencia ni la hace[7]. La usa en busca de los caminos más eficientes, pero sin desconocer la utilidad práctica y cotidiana de ciertas interpretaciones no científicas: toda organización debe incluir, en su interpretación común, lo azaroso, lo contingente, lo personal, lo subjetivo, lo prejuicioso, en la medida de lo posible. No ha de creer que todo se resume y explica, sin lagunas y disonancias, en el movimiento de las fuerzas sociales dominantes. Un grupo político socialista tiene que dar lugar a la voluntad de tal modo que sea absolutamente rechazado el voluntarismo. Así, un diagnóstico consistente de la realidad le otorga un lugar modesto a la crítica del detalle, de la divergencia lateral que no daña la consistencia estructural, del problema marginal o muy particular que no atenta contra la orientación más abarcadora. En esto el grupo político se parece al modo en que actuamos en la vida cotidiana, donde constantemente realizamos acuerdos generales y ponemos entre paréntesis (o las tratamos sin severidad ni dogmatismo) las divergencias menores. ¿Por qué? Porque funciona[8]. Contra el autoerotismo de la orientación política sin entorno, concebimos un tipo de organización que abre el camino de la hetero satisfacción socialista: la satisfacción del hacer con otros.

Quinto, no leemos la política en términos de izquierda y derecha, como si fuera un continuo gradual que va de Myriam Bregman a Javier Milei (el “extremo insoportable” al que no se le da la mano, mientras a los dirigentes peronistas se los llama “compañeros”). Leemos la política en términos de dos proyectos de sociedad: capitalismo y socialismo[9]. No hay continuidad entre ambos sino un corte radical.

Esas dos maneras de leer (de aquel lado, izquierda-derecha; del nuestro, capitalismo/socialismo) orientan la lectura del pasado y del presente. La izquierda reformista comparte (agrupada en múltiples organismos) un recorte de la realidad que la coloca en un mismo bloque político, sin distinción entre peronistas y trotskistas: exalta el año 1945 para ocultar el golpe del 43; destaca el bombardeo del 55 para eludir el ajuste del 52; recuerda la “primavera” del 73 para borrar (con todas sus consecuencias) el asesinato de Aramburu en el 70; 1976 anula su continuidad con 1975; 1989 permite extraviar 1990; 2003 se olvida de 2002; 2015 difumina 2014; 2024 se desentiende de 2023. Se trata de un diagnóstico según el cual “la derecha”, de una maldad absoluta, irrumpe desde el exterior y trastoca la bucólica y plácida vida del “campo nacional y popular”, que siempre es inocente y compañero (aunque nunca vaya “a fondo” con su nacionalismo burgués)[10].

Muy por el contrario, para nosotros, lo que ese bloque político denomina “la derecha” es la expresión del fracaso y la reacción ante las miserias que el llamado “campo nacional y popular”, con sus gobiernos, le impone a la clase trabajadora[11]. “La derecha” no es “lo otro” del peronismo: es la misma clase explotadora por otros medios. Para los socialistas, los matices al interior de la clase enemiga son secundarios. En cambio, para ese bloque político, llámese “progresismo” o “la izquierda”, Trump es lo otro de Hillary Clinton, ésta es una versión menos agradable de Bernie Sanders y éste es casi, casi, lo que se proponen ser. Asimismo, para esa lectura, Milei es lo otro de Sergio Massa, Massa es una versión menos agradable de Juan Grabois y Grabois es casi, casi, lo que se proponen ser.

Para nuestra interpretación clasista[12], basada en el carácter antagónico e irreconciliable de los intereses materiales y objetivos en lucha, los tres políticos de cada serie son la condición necesaria del funcionamiento social capitalista en espiral creciente. Son nuestros enemigos declarados. Creer que el revólver no es un arma homicida porque lo que quita la vida es la bala, es el efecto de un programa inconsistente.

Proponemos otra cosa. Sistematicidad, coherencia, realismo, tiempo, ciencia y hetero satisfacción.

Sin fe y sin esperanza, nuestra confianza avanza.


[1]  Acerca de la “hipótesis socialista” escribimos: “La hipótesis programática (un debate ausente en la izquierda socialista” y “Tenemos una hipótesis entre unos colegas”. Sobre la distinción entre lo gremial y lo político, “Como institutriz inglesa: debate sobre el sindicalismo de izquierda”. También “Una estrategia socialista: unirnos y dividirlos”. O las tres charlas que subimos a nuestro canal de YouTube.

[2]  Sobre el eclecticismo y la inconsistencia, “Comunistas del futuro, no en el presente: el curioso caso de la Asamblea de Intelectuales Socialistas”.

[3]  Los ejemplos de esa lista fueron ampliamente desarrollados en las siguientes notas: a) “Rey Lear: el drama del trotskismo y la esperada herencia peronista”; b) “Argumentos de la izquierda en defensa de CFK”; c) “Régimen y programa en la política trotskista”; d) “Hay una represión cruel y otra sin querer queriendo: la doble vara progresista que asquea a los trabajadores”; e) “CFK CONDENADA: sus tropas menguantes soñando con un 17 de octubre y el trotskismo con participar en él”; f) “Proscripciones para todes: el FITU, el PSTU, el PTS y la melancólica parodia de un gag de los Monty Python”; g) Zurda, de Myriam Bregman: la estrategia del ocaso”; h) “Otra oportunidad perdida: el trotskismo, ese Pierre Nodoyuna de la izquierda”; i) “Peor que el terraplanismo: la deriva queer del trotskismo”; j) La tía de López: Myriam Bregman y el misterio de las desapariciones en democracia sin responsables políticos cuando gobierna el peronismo”; k) “El agua y la mercancía: cómo el progresismo sustituye la verdad por lo agradable”; l) “Nadie se salva solo: un slogan burgués para la unidad nacional”; m) “Ademys y la interpretación: qué hacemos con las evaluaciones externas”; n) “Divergencia gremial con unidad política: la fórmula trotskista de la impotencia estratégica”.

[4]  Analizamos un ejemplo ilustrativo del marketing trotskista como estrategia “¡Decía algo de izquierda! Sobre el debate en TN entre un trotskista y un libertario”. También en “El orgullo de la marcha 1F: Gran acto de Axel Kicillof, tras ajustar a los médicos y gasear a los más pobres”.

[5]  Analizamos esta propaganda religiosa a propósito del triunfo de Zohran Mamdani en Nueva York: “Guardianes del entusiasmo, cultores de la plegaria”.

[6]  Acerca de cómo los militantes socialistas estamos afectados por la estructura dramática de la epopeya reflexionamos en “El Rubicón de la mercancía”.

[7]  Para un desarrollo de nuestra relación con la ciencia, el autorreportaje ficcionado “Una larga travesía en el desierto”.

[8]  Antes de exigir disciplina nos preguntamos por qué alguien se disciplina: “La organización socialista: de la diversidad humana al teatro revolucionario y más acá…”.

[9]  Ver, por ejemplo, “Es el capitalismo, no la derecha”. También “Ante el ballotage: ¿Eterno resplandor de una mente sin recuerdos?”.

[10]  Para una crítica del sesgo progresista al hacer historia, “Memoria completa: Rodrigazo, Triple A y Plan Cóndor (50 años recordando al gobierno peronista)”. Y el tríptico acerca del libro Conocer a Perón, de J. M. Abal Medina: a) Parte 1; b) Parte 2; c) Parte 3.

[11]  Ver al respecto: a) “La querella por la identidad peronista”; b) “En sentido contrario a la burguesía”; c) “¿Dónde está el peligro?”; d) “La Copa Seca Nuca: ese trofeo adecuado al capitalismo argentino”; e) “Patriarcado, 1: los pueblos fantasma”; f) “ELECCIONES: otro medio millón de bonaerenses se dio cuenta de que el peronismo TAMBIÉN es nuestro enemigo”.

[12]  Se puede leer al respecto “Ni chetos ni pueblo: por una alianza obrera viable y necesaria”. O esperar hasta el próximo sábado, cuando publiquemos “La estructura de clase: ¿por qué el trotskismo denomina ‘clase media’ a un enorme sector de la clase trabajadora?”.

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