Hace muchos años que nuestra marginalidad como militantes socialistas nos empuja hacia dos tentaciones. Una consiste en forzar el análisis de los fenómenos, las interpretaciones de la realidad, para hacerlos coincidir con nuestros anhelos, sueños y deseos. La otra tentación es la de rebajar los anhelos, sueños y deseos a los cambios y acontecimientos posibles, inmediatos, cuyas consecuencias desconocemos y podrían ser nefastas.
Ejemplo de lo primero es la celebración trotskista del resultado de LLA en la provincia de Buenos Aires, como si fuera progresivo para el conjunto de los trabajadores un triunfo del peronismo:

Ejemplo de lo segundo es la agitación de consignas delirantes, que proponen soluciones mágicas a problemas complejísimos, y que son sencilla e irresponsablemente una estafa:

Estos ajustes forzados, a menudo tortuosos, entre la realidad y las expectativas, que buscan la supervivencia de los aparatos más que el desarrollo de una política para alcanzar el socialismo, además de expresar una auténtica intención de perseverar en la militancia, nos indican un perfil del programa y la estrategia que esa militancia sostiene1.
Las elecciones en provincia de Buenos Aires, al igual que las anteriores elecciones provinciales, presentan una importancia doble en la particular situación sociopolítica en que nos encontramos. De una parte, constituyen un nuevo reparto de poder institucional que, aún parcial, puede consolidar o dificultar –e incluso hacer tambalear– el rumbo del gobierno libertario. De otra parte, asistimos a un testeo sobre el respaldo popular –activo o pasivo– al gobierno, algo que impacta directamente en la confianza de las fracciones burguesas para su desempeño e inversiones. Sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de un gobierno que no había sido –para el grueso de la burguesía– la primera opción.
Aquí divergen, creemos, nuestros deseos con respecto a lo que pensamos que sucede a nuestro alrededor. Divergen en la misma medida en que nuestro análisis se separa del que realiza la izquierda que hegemoniza el trotskismo en Argentina.
Divergente
Al igual que con el gobierno hambreador de Alberto y Cristina, los feroces indicadores de pobreza, inseguridad, precarización, degradación educativa, inflación, etc., no tienen correlato en una oleada de luchas. Cuando las hay, si las hay, mal que nos pese son limitadamente puntuales, estrictamente defensivas y se encuentran habitualmente aisladas.
En ese contexto, la burocracia peronista juega su papel de manera pasiva. No necesita contener ni reprimir activamente. No anda a la caza de activistas, como tanto ha sabido practicar hasta hace no mucho tiempo atrás (recordemos, recordemos siempre, a Mariano Ferreyra). Hoy alcanza con su mera existencia para disuadir la acción. Porque esta conducción sindical, lo mismo que la de los movimientos sociales, le ha prestado a todos los gobiernos un favor nunca bien ponderado: ratificar en el conjunto de los trabajadores la convicción de que es en vano intentar algo si los peronistas están al frente.
Ante un páramo tan escaso de conflictos y luchas abiertas, las elecciones brindan la posibilidad de percibir e interpretar, a través de su convocatoria, cuál es el humor social y en qué anda el pensamiento de la clase trabajadora con respecto a las conducciones políticas burguesas. También, por supuesto, con respecto a la estrategia que despliega el trotskismo. Además, el desdoblamiento de las elecciones provinciales en todo el país nos permite leerlas diacrónicamente, en su evolución a través de cada sufragio a lo largo del año. Hemos analizado las anteriores2 y ahora nos toca la más importante hasta el día de hoy, únicamente superada por las nacionales de octubre próximo.
Pero observemos primero algo de las elecciones en CABA, tres procesos que vemos repetirse en las elecciones de la provincia de Buenos Aires. a) Un salto de calidad en los números de la abstención qué pasó del 35% al 45%. b) La absorción por parte del oficialismo nacional de gran parte de los votos del PRO, pasando LLA de 248 mil votos a 496 mil, mientras el PRO caía de 895 mil votos a 395 mil. c) El posicionamiento claro del peronismo como segunda fuerza pero con una pérdida notoria de votantes, cayendo de 580 mil a 450 mil. Y, ligada a esta merma peronista, la pérdida de votantes del FITU, que disminuyó de 77 mil a 52 mil votos.
¿Qué pasó en la provincia de Buenos Aires? Veamos:


Los mismos tres procesos: a) una brutal caída de la participación, b) descomposición del PRO (en este caso, directamente integrado en las listas de LLA) y c) el posicionamiento del oficialismo provincial como oposición, pero sin poder evitar una pérdida de medio millón de votos con respecto a la elección general de dos años atrás, como muestran los cuadros.
Finalmente, el FITU no logra retener la totalidad de sus propios votantes. Mucho menos, obviamente, a algunos de los que se niegan a ir a votar.



No existe la oleada de luchas que los trotskistas agitan ni son la alternativa que presumen ser. Y esta impotencia del FITU se exhibe en el contexto de un abstencionismo en aumento, con un voto en blanco que se triplicó desde 2023.
Convergente
Un dato que destaca la importancia de la abstención en Argentina, como una decisión activa y no como simple despolitización, es que fueron detenidos 8 prófugos que se presentaron a votar. Esta anécdota absurda y risueña revela, de forma teatral pero no por ello menos real, que no cumplir el deber cívico de ir a votar es una forma activa de rechazo por parte de una población que suele comprometerse con el voto. Se trató, además, de una elección provincial cuya campaña, como subrayaron Carlos Pagni y Andrés Malamud, ha sido «nacionalizada» por el gobierno de Milei. Si abstenerse no es mera expresión de pasividad o apatía, entonces se parece a la carga de sentido que porta el voto en blanco: manifestar el rechazo a la oferta completa de programas y figuras. Menos un «Que se vayan todos» que un «No hay quien encamine esto».
Por eso comparamos (aunque son de distinto carácter: unas ejecutivas y otras legislativas) estas elecciones con las de hace dos años3. Tenemos interés en señalar que existe un rechazo activo, que incluye al peronismo entre los rechazados, y que la principal forma de expresión de ese rechazo no fue votar la lista de Axel Kicillof, que perdió medio millón de votos, sino dejar de votar o votar en blanco.
Si hay enojo, no encuentra otro canal de expresión que la reticencia. Y aunque el FITU festeje sus dos legisladores, como si los hubiera obtenido en lugar de haberlos renovado, vemos nítidamente que su estrategia de entregarles comisiones en el Congreso al peronismo e ir a saludar a Cristina en su propio domicilio les permite a los dirigentes trotskistas jugar de influencers y ser más conocidos en las redes, pero los embalsama como fuerza política. Porque los peronistas… votan al peronismo. Y los que están hartos del peronismo… prefieren no votar o votar en blanco.
O sea que el peronismo ganó. Sin embargo, no se ha consolidado ni ha recuperado, por lo menos hasta ahora, el lugar que históricamente ocupaba como dirección orgánica de la clase trabajadora en Argentina. Hoy el peronismo no es una dirección, sino un escollo.
De ahí que nos interese ahondar en un análisis sobre el posibilismo, el mal menor y el capitalismo. La derrota del gobierno de Milei, la exposición de que su debilidad institucional puede agudizarse en vez de resolverse tras estas elecciones, la decisión de los capitalistas de volverse todavía más cautelosos –es decir, más especulativos–, son factores que pueden herir de gravedad el plan económico e, incluso, llevarlo al fracaso.
Entonces tenemos que regresar al inicio: este traspié del gobierno no es el producto de las luchas, sino de una bronca soterrada y marginada. Ninguna conducción que favorezca al conjunto de los trabajadores ha emergido de esas ilusorias luchas que ve el trotskismo. Ninguna alternativa socialista se ha fortalecido.
Transformante
Nada indica que el fracaso de un plan económico, producto de que las variables se disparen enloquecidas, tenga como resultado algo mejor para nosotros. Esa idea de que un gobierno peronista es mejor que un gobierno no peronista es conceptualmente falsa: el peronismo está a favor de la explotación y en contra del comunismo. Y es empíricamente incorrecta: Alberto fue mucho peor que Mauricio. Una marcha del capitalismo sin confianza por parte de clase dinámica (la burguesía, que es la que decide si invierte o no), con variables descontroladas y desprovista de estabilidad puede ser peor, mucho peor, aunque cueste creerlo, de lo que estamos viviendo.
No es nuestra tarea como militantes socialistas dedicarnos a catar perspectivas burguesas en busca de «elementos progresivos» que nos dejarían «en mejores condiciones para la lucha». Cristina trajo a Macri. Macri trajo a Alberto. Alberto trajo a Milei. Crónica de un desastre anunciado. El gobierno perdió y hoy ya vivimos peor por efecto de la lógica de la economía capitalista. Esto no significa que debamos extraer la conclusión opuesta, propia del vaivén reformista en el que la mayor parte de la izquierda cae: preferir una gestión burguesa por sobre otra.
Si nos parece execrable festejar el triunfo del peronismo no es porque nos hubiera parecido mejor que ganara Milei y nos matara de hambre con estabilidad. Por el contrario, un balance socialista de las elecciones debería destacar que mientras no ingrese en escena, de manera decisiva, la lucha de los trabajadores, el vaivén entre opciones burguesas siempre tendrá efectos negativos para nosotros y restará condiciones de vida para el conjunto de nuestra clase.
Las elecciones exponen, a nuestro juicio, que los trabajadores están diciendo que repudian al actual gobierno lo mismo que al anterior. Y que hace falta una nueva dirección, absolutamente alejada de la casta, el poder, el círculo rojo… en suma, de la burguesía y la burocracia. Esta nueva dirección es necesaria para que las luchas surjan, se expandan y unifiquen. Y, al mismo tiempo, son esas luchas las que pueden generar embriones para esa dirección. Bronca y lucha no son lo mismo. Sus relaciones son complejas.
Hoy es muy poco lo que podemos hacer nosotros, escasos militantes socialistas, para que ese fenómeno de masas aparezca y se desarrolle.
Salvo una cosa.
Podemos hacer lo que el conjunto de los trabajadores nos indica como tarea: quitar toda confianza, destruir todos los puentes, atacar en todos los flancos a los enemigos de la clase trabajadora que nos han traído hasta aquí y pretenden seguir hundiéndonos. Aunque ganen elecciones. Porque por alguna razón, por algún motivo, incluso cuando ganan, pierden votos.
Empezamos hablando de dos tentaciones. El tiempo dirá si el subtítulo de esta nota es otro ejemplo de la primera.
NOTAS:
1 Por eso afirmamos que el problema radica en el programa y la estrategia, no en los militantes. Hemos escrito al respecto: a) «La educación sentimental (política) del progresismo»; b) «Interrogar nuestra militancia»; c) «El progresismo es opuesto al socialismo»; d) «Rey Lear: el drama del trotskismo y la esperada herencia peronista»; e) «El orgullo de la marcha 1F»; f) «PTS, fase superior del programa trotskista»; g) «Debate sobre el sindicalismo de izquierda»; h) «Monopolios y Estado burgués: El proceso contra Google y los disensos entre capitalistas». Hace poco Rolando Astarita nos dio una charla sobre la crítica al Programa de Transición, cuya referencia ineludible sigue siendo este texto.
2 «ELECCIONES EN SANTA FE: Qué indican sobre el gobierno, el peronismo y la izquierda» y «ELECCIONES: Después del éxito de El Eternauta, todo sigue para atrás».
3 Además de otras diferencias que impedirían una precisión mayor en la comparación; pero es lo que hay, estas son las primeras elecciones desdobladas en la provincia de Buenos Aires.




