Pronunciada como queja o como reivindicación, “El feminismo se pasó tres pueblos” es una frase que sirve para no pensar. Nadie se atreve a decir cuáles son esos pueblos. A nadie le interesa debatirlos. Son, en efecto, tres. Pero son pueblos abandonados, olvidados o negados. Tres pueblos fantasma: el sistema prostituyente, la explotación reproductiva y el género (estereotipos sexistas).
Hemos escrito bastante al respecto, pues el triple abolicionismo (del sistema prostituyente, de la explotación reproductiva y del género) es la piedra angular de la histórica agenda feminista1. Que en las últimas décadas esa agenda histórica del feminismo haya sido desintegrada por el regulacionismo y la ideología de género no zanja la contienda: una de nuestras tareas consiste en disputar la conducción a las corrientes misóginas cuyas reivindicaciones (regular la prostitución, regular la explotación reproductiva, convertir los estereotipos sexistas en identidades individuales) son contrarias e irreconciliables con la agenda histórica del feminismo.
El espantoso crimen que en estos días colma los portales de noticias –las tres chicas asesinadas y descuartizadas– divide las aguas en dos campos tan burgueses como misóginos: mientras los libertarios y sus socios del PRO acusan al gobierno de Kicillof, el FITU y el peronismo acusan al gobierno de Milei. Ninguno de los dos bandos cuestiona el tipo de sociedad que nos hunde en la miseria y la degradación, el capitalismo, ni la principal maquinaria de reproducción de la subordinación patriarcal: el sistema prostituyente.
Como socialistas y feministas queremos no sólo tomar distancia de esas dos posiciones, sino que queremos oponernos a ellas.
La figura del femicidio
No cualquier asesinato de mujeres califica para el agravante de femicidio. Según el Código Penal debe mediar “violencia de género”, tipificada en la Ley 26.485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres. La Unidad Fiscal Especializada en Violencia Contra las Mujeres lo define así: “es la muerte violenta de una mujer a manos de un hombre, por motivos de género. Es un crimen que surge en un contexto de discriminación estructural”. Y aclara, siguiendo la letra de la ley, que la figura “penaliza la conducta de un hombre que da muerte a una mujer, mediando violencia de género”.
A su vez, el Protocolo para la investigación de los femicidios es un modelo internacional creado por la ONU y adaptado por cada país de América Latina para orientar a los fiscales y operadores de justicia a investigar las muertes violentas de mujeres. Sus principales objetivos son asegurar la incorporación de la perspectiva de género desde el inicio de la investigación de las muertes violentas de mujeres y a lo largo de todo el procedimiento penal y facilitar la identificación de signos e indicios de violencia de género asociados a contextos femicidas en las distintas fases de la investigación.
El protocolo debe aplicarse. A todos los casos de muertes violentas de mujeres. Se considera muerte violenta aquella producida por causas no naturales. Incluye los casos de:
• homicidio,
• suicidio,
• accidente,
• muerte sospechosa de criminalidad (o muerte dudosa), definida como “aquella respecto de la que se desconoce la causa de la muerte y, por tanto, no se puede descartar que haya sido criminal”.
Desde el inicio de la investigación: Con el fin de asegurar la recolección de las pruebas y orientar adecuadamente la investigación y los pasos procesales, se presumirá la existencia de un femicidio desde la noticia criminal. El ámbito de aplicación del instrumento no se circunscribe exclusivamente a los casos que constituyen femicidio en sentido jurídico penal (artículo 80 inciso 11° del Código Penal). Se trata de pautas para guiar la investigación con enfoque de género en el espectro amplio de casos señalados.
Desde que se conoció la noticia del asesinato proliferan las publicaciones en redes, medios de comunicación, “especialistas del crimen” en torno a si se trata o no de un femicidio. Quienes se indignan porque el caso pueda tipificarse como femicidio, lo hacen con el apasionamiento de un bando perjudicado, como si se tratase de discutir una posición adelantada en el bar de la esquina.
Aclaremos lo obvio, entonces: la categoría de femicidio no es un privilegio. Es un logro histórico conseguido en base a una realidad aterradora: siglos en los que se asesina a las mujeres en contextos o por motivos relacionados con la reproducción de todos los estereotipos sexistas. Lo que ocurre con muchos de los que se cagan de risa sobre la tipificación “femicidio” en este caso es que no son capaces de ver, ni en este ni en ninguno otro caso, los estereotipos sexistas. No los comprenden. Los niegan o los atribuyen a un cerebro rosa o celeste, o a conductas individuales no vinculadas a la socialización. Incluso algunos que ven los determinantes sociales con respecto al funcionamiento del capital y las relaciones sociales de producción, desconocen que crecemos con estereotipos diferenciados por sexo, aún hoy. A ellos podemos preguntarles: ¿por qué la abrumadora mayoría de las personas bajo explotación sexual son mujeres y no hombres? ¿Por qué la abrumadora mayoría de los que consumen porno (violaciones filmadas) y otras formas del sistema prostituyente son varones? Es decir, ¿por qué la enorme mayoría de los que violan son varones? ¿Cuántas voluntades individuales, libres de determinación social, son necesarias para configurar un negocio millonario a nivel mundial?
No somos juristas. Somos militantes. Sabemos que el ejercicio del Derecho, en la práctica, excede a la simple interpretación del texto escrito en una ley. Usamos las herramientas al alcance de los trabajadores en una democracia burguesa. Somos concientes de nuestras limitaciones y de las limitaciones que tenemos en una sociedad dirigida por nuestra clase enemiga. Aclarado esto, pasamos al caso.
Si Brenda del Castillo (20 años), Morena Verdi (20 años) y Lara Gutiérrez (15 años) hubieran sido simples vendedoras o compradoras de droga, la hipótesis del ajuste de cuentas narco sería asimilable, por ejemplo, al caso de Fernando Pérez Albaga, el “crypto bro” descuartizado y metido en una valija en 2023. Sin embargo, al comparar ambos casos vemos claras diferencias.
La crueldad ejecutada sobre el cuerpo de Albaga tenía como fin desaparecer las piezas, borrar los rastros del crimen que condujeran a sus perpetradores. En cambio, la ejecutada sobre los cuerpos de las tres chicas tenía el propósito de enviar un mensaje. Esta cosificación del cuerpo de las mujeres, su conversión en mensaje mediante el sadismo grupal, la tortura transmitida en vivo por streaming, la misoginia inherente a la cultura narco, nos recordó un detalle.
En la nota que titulamos «Feminismo no vota perucas» citamos un amplio informe del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia (CELIV), que depende de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Ese informe, que analiza el impacto de los homicidios en Argentina desde 2001 hasta 2021, incluye un capítulo dedicado a los femicidios. Allí se advertía:
consideramos importante destacar que en algunas ciudades del país los femicidios han aumentado y han aparecido tipologías «nuevas» relacionadas con las economías ilícitas y la violencia feminicida narco. En estos casos, la mujer es el territorio de violencia de las organizaciones criminales. [p. 63]
Por ese entonces, a mediados de 2023, la agrupación Ni Una Menos (NUM) hacía campaña contra la candidatura de Milei y a favor del peronismo para «frenar la reacción conservadora y antidemocrática». Frente a la estadística luctuosa de los hechos bajo el gobierno efectivo de Alberto, Cristina y Massa (mujeres asesinadas en número sostenido, año tras año), NUM invocó el miedo ante los dichos de un candidato que todavía no gobernaba.
Hoy, frente a este crimen espantoso, otra vez NUM (y todo el FITU detrás) apunta a los recientes “discursos misóginos” en vez de señalar las mucho más arraigadas y materiales prácticas misóginas: el sistema prostituyente, la explotación reproductiva, los estereotipos sexistas (el género).
Esa es la primera diferencia entre el caso de Albaga y el que nos convoca: la misoginia implícita en la crueldad aplicada sobre los cuerpos.
La segunda diferencia es crucial: Brenda, Morena y Lara habían sido reclutadas por el sistema prostituyente. No estaban con los asesinos cumpliendo tareas de soldadito, cliente o transa, sino para satisfacer apetitos sexuales de los varones a cambio de dinero (o dosis de droga). Aquí está la razón principal para aplicar el agravante de femicidio: la violencia machista que da vida al sistema prostituyente.
Por eso es contradictorio defender la prostitución y afirmar que esto fue femicidio. O una cosa o la otra. Cuando el colectivo NUM, Georgina Orellano, el peronismo y el FITU separan estos femicidios del sistema prostituyente están promocionando el instrumento que más descarnadamente expresa la subordinación patriarcal que hoy existe en el mundo. El triple asesinato es un triple femicidio precisamente porque el sistema prostituyente es inseparable de este crimen.
Cuando Andrea D`Atri, dirigente del FITU, afirma “somos abolicionistas en última instancia”, expresa el apoyo de hecho al regulacionismo, es decir, a la explotación sexual. Por eso la dirigente trotskista cita como fuente de sus posiciones a la mismísima Georgina Orellano. En esto aparece el curioso rasgo que vimos en los intelectuales del PTS: comunistas del futuro, peronistas del presente.
Vamos a aclarar, una vez más, esta distinción tajante: o bien el feminismo es abolicionista, o bien no es feminismo. Aquí no hay grises, convivencia en tensión ni tercera vía.
La agenda del feminismo
El feminismo tiene por objeto conquistar la igualdad entre los dos sexos. Para ello debe combatir la histórica subordinación estructural de las mujeres a manos de los hombres: el patriarcado. Esta subordinación persigue el usufructo de las capacidades sexuales y reproductivas de las hembras de la especie humana: el sistema prostituyente, la explotación reproductiva (conocida como “alquiler de vientres”) y los estereotipos sexistas (el género) son los instrumentos esenciales de esa subordinación. Los estereotipos se expresan, a su vez, en la feminización de la pobreza (asociada al acceso por parte de las mujeres a los trabajos peor pagos, a la distribución desigual de las tareas de cuidado y crianza al interior del hogar, etc.). Por eso el feminismo quiere abolirlos.
Y por eso el sujeto político del feminismo son las mujeres. “Mujer” no es una identidad. Es una realidad material, biológica: la mujer es la hembra de la especie humana. Es decir, el individuo que cumple, en la reproducción de la especie, la función de gestar (a diferencia del macho, que cumple la función de fecundar). De manera que las mujeres tampoco son una minoría: son la mitad de la población mundial. Atribuir a la categoría “mujer” el carácter de “identidad” o de “minoría” son operaciones semánticas guiadas (conscientemente o no) por un objetivo político: reforzar la subordinación patriarcal. Si el sexo es una vivencia íntima, subjetiva, y no un dato objetivo de la realidad biológica, entonces los derechos basados en el sexo que el feminismo consiguió a lo largo de siglos de lucha pueden ser, también, para varones. Y no hace falta explicar por qué la mitad de una población no puede ser considerada una minoría de esa misma población.
Desde que Mary Wollstonecraft registró el carácter humillante de la prostitución en Vindicación de los derechos de la mujer (1792), el abolicionismo ha sido una bandera irrenunciable de la lucha feminista. Que Georgina Orellano, militante del históricamente misógino partido peronista2, se haya presentado como vocera de la manifestación de esta semana en Plaza Flores y esté, además, a la cabeza en la marcha de ayer hacia Congreso, exhibe el grado de perversión de la agenda histórica del feminismo.
Investigadoras como la sueca Hanna Olsson y las noruegas Cecilie Høigård y Liv Finstad analizaron el mecanismo defensivo de las mujeres en situación de prostitución y detectaron seis técnicas universales:
…desconectarse (al pensar en otra cosa o tomar drogas o alcohol), fijar límites físicos (por ejemplo, hay partes del cuerpo que no pueden tocarse), limitar el tiempo, ocultar el yo verdadero (mediante nombres falsos, el uso de prendas de vestir diferentes y no hablar sobre la vida privada), engañar al cliente y evitar los compradores que comiencen a importarles.
Høigård y Finstad declararon que aunque existen diferencias importantes entre las mujeres, las estrategias de defensa son universales. En investigaciones internacionales ulteriores sobre el tema se ha observado lo mismo. Las mujeres que ejercen la prostitución en el mundo entero, sin comunicarse entre sí, utilizan instintivamente estos mecanismos de defensa. La misma táctica –separar el yo del cuerpo– reaparece una y otra vez.
Por ello resulta tan funesto convertir el sexo en trabajo. Para la persona que realiza la venta se vuelve imposible tener una relación sexual plena e indivisible. Es siempre igual, poco importa que el entorno sea un automóvil asqueroso o una cama de un hotel lujoso, poco importa que tenga lugar en Sudáfrica o Noruega. […] La mujer se transforma en mercancía al mismo tiempo que trata de trasladar su yo a otro lugar. Todos los días tiene que pasar por el proceso de transformar su cuerpo en un producto que sienta lo menos posible; y después tratar de despertar nuevamente su cuerpo, recordarle cómo sentir. 3
Carole Pateman, en su obra Contrato sexual (trad. María Luisa Femenías, Barcelona, Anthropos, 1995), propone ver la prostitución como un problema de los varones, no de las mujeres: “por qué los varones exigen que las mujeres vendan sus cuerpos como bienes en el mercado capitalista” (p. 267). Esta inversión del lugar común permite iluminar en qué consiste la transacción que compra “servicios sexuales”: se trata de la reafirmación del derecho de los varones a violar mujeres. Para ejercer ese derecho patriarcal, basta con tener el dinero suficiente. “Cuando los cuerpos de las mujeres están a la venta como mercancías en el mercado capitalista […], los varones obtienen reconocimiento público como amos sexuales de las mujeres: eso es lo que está mal en la prostitución” (p. 287).
En esa misma línea, Ana De Miguel sostiene que “la prostitución deforma la conciencia erótica del varón” (p.102) y, tomando a Kate Millet afirma que “no se busca tanto el placer erótico como el placer de la humillación de la mujer” (p.130). Ana Pollán, en su libro Misoginia neoliberal. Explotación reproductiva, prostitucion y pornografía (Granada, Comares, 2024) pregunta: “¿qué hace que los hombres encuentren deseable el acceso sexual a una mujer por precio para obligarla a mantener una relación sexual que no desea pero que, sin embargo, a ellos les resulta más satisfactoria que relacionarse sexualmente con una igual?” Y responde:
La socialización de los hombres en el patriarcado. Los hombres son educados en la idea de que su pulsión sexual es irreprimible, que su deseo sexual es inaplazable y que debe ser satisfecho siempre y necesariamente, por lo que las mujeres deben ofrecer, por precio o gratuitamente, su inmediata disponibilidad sexual. La prostitución asegura precisamente eso: que cualquier hombre de cualquier clase, edad, origen, etnia, nacionalidad, religión, en cualquier parte del mundo y en cualquier instante pueda acceder por precio a una mujer que lo satisfaga sexualmente. (p. 105)
Que una de las tres pibas fuera menor de edad sólo puede sorprender a quien ignore cuál es la edad promedio de reclutamiento para la explotación sexual. Como explicaba el canadiense Richard Poulin en 2009, la pedofilización del sistema prostituyente es una tendencia registrada desde los años 80:
No se puede hacer ninguna distinción [entre prostitución y trata]. La edad promedio de reclutamiento de mujeres para prostitución en Canadá es 14 años […] En los países del Cono Sur, la edad es inferior. Encuestas en Canadá han demostrado igualmente que entre el 82 y el 95 % de las mujeres prostituidas fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia. Esas mujeres se van de sus casas y la mayor parte son reclutadas en esas circunstancias. Es decir, la prostitución es consecuencia de un delito.
Y Ana De Miguel agrega:
El negocio del sexo patriarcal avanza de forma decidida y sistemática. La pornografía y la prostitución están ampliando sus mercados y entrando en la vida de los menores a través de la red […] El mercado se diversifica para que nadie quede fuera, ni octogenarios, ni feministas -con su posporno- ni personas con diversidad funcional.4
La guía para docentes Abolicionismo en la ESI, elaborada por Convocatoria Abolicionista Federal (CAFe) de Argentina, observa (en base a informes de la ONU) que la edad de reclutamiento es “entre 11 y 13 años” (p. 2). Esto es inseparable de toda una cultura de la sexualización de las niñas, con su imperio de la apariencia física y un pujante mercado: maquillaje, uñas talladas, moda y desfiles, coreografías que enseñan los movimientos para el ojo masculino, ídolas musicales que se suben al escenario semi desnudas para orientar el look de referencia, accesorios como el choker (“asfixiador”) que sugiere el ofrecimiento del cuello para el dominio violento… El mero hábito de agujerear las orejas de las niñas apenas nacen ya es un índice de esta cultura: marcar a las que deben adornarse para la mirada ajena. Se trata de una cultura que articula la identidad de las niñas alrededor de su disponibilidad sexual.
Todo ello explica por qué, hoy, la principal corriente ideológica que habilita el crecimiento de la prostitución es la de “la libre elección”: esto exculpa a los varones que pagan para disponer del cuerpo de las mujeres e instala en las mujeres la idea de que eligen autónomamente sumirse en esta explotación. La estructura patriarcal se baña ideológicamente en la machacona creencia de que, como ya existiría la igualdad (hay mujeres liderando algunos países, sindicatos, empresas, invasiones militares y represiones de obreros), cualquier acción que realicen las mujeres es fruto de la libre elección, del consentimiento. El feminismo analiza de forma crítica la “libertad” de tales elecciones y coloca el énfasis en la socialización diferencial de la estructura patriarcal.5
El feminismo es una agenda para combatir, también, esa cultura.6
La naturaleza del Estado
Los Estados nacionales son un invento moderno. Moderno y burgués. Cada burguesía trazó su espacio de acumulación (normalmente mediante la guerra contra burguesías vecinas) y entró en competencia con las otras burguesías en el mercado mundial. El nacionalismo es la ideología que cohesiona a la población de cada territorio, en defensa de ese espacio de acumulación, borrando la frontera de clase: “El Estado somos todos” y “Todos somos argentinos” son fórmulas que eluden el conflicto de intereses irreconciliables entre explotadores y explotados.
Esto no significa que el Estado sea “malo”. Tampoco “bueno”. Se trata de la maquinaria administrativa, jurídica y represiva que la clase social que dirige la sociedad en el capitalismo (la burguesía) necesita para garantizar la acumulación, es decir, la extracción de plusvalor a la clase obrera. Por lo tanto, el Estado no es “nuestro” sino de la clase burguesa.
Si la burguesía necesita fuerza de trabajo altamente calificada, saludable y masiva, invierte en educación, salud y esparcimiento, tal como ocurrió en Argentina (y muchos otros países) durante los 30 gloriosos años de posguerra (1945-75). Cuando no lo necesita, ocurre lo que vemos a nuestro alrededor: décadas de empobrecimiento material, degradación educativa generalizada, colapso del sistema de salud, inseguridad, aumento del crimen organizado, etc.
Distinguir entre el enunciado de los derechos constitucionales de una democracia burguesa y lo que opera en la realidad nos permite comprender cómo es posible que el Estado argentino sea jurídicamente abolicionista7 de la prostitución y, a la vez, actúe como Estado proxeneta. El Estado argentino, bajo los gobiernos que más promulgaron el slogan de “El Estado te cuida”, es el que mayor lobby hace por el sistema prostituyente: “la prostitución es un trabajo”, nos dicen.8
A su vez, caracterizar al Estado como propio de la clase social que dirige la sociedad (la burguesía) permite explicar el interés en sostener el negocio multimillonario del sexo: participa de la tajada, la administra y reparte. Porque el sistema prostituyente es uno de los tres negocios “ilícitos” que más factura a nivel mundial, junto al tráfico de drogas y la venta de armas. Para que esto sea posible no alcanza con que los Estados “hagan la vista gorda”: deben participar activamente en el negocio. El peronismo voló un pueblo entero, Río Tercero, en 1995 para encubrir la venta de armas a Croacia y Ecuador.
Por eso la distinción estatal entre “prostitución” y “trata” difumina lo central del fenómeno que estamos analizando: el acceso descarnado a la mujer para hacer con su cuerpo lo que desea el varón que paga. Esto se expresa en diferentes modalidades de explotación sexual: una con características de “libertad” formal y otra sin ella, donde lo que varía es qué tan explícita, palpable o directa son la violencia y el control ejercidos.
La sociedad del peronismo
El mundo narco es un fenómeno relativamente novedoso en Argentina, pero sus características misóginas son tan conocidas como trasladables. Leemos en la introducción al libro Mujeres en territorios en conflicto (Experiencias de mujeres mexicanas frente a múltiples violencias):
En las primeras dos décadas de este siglo, la presencia de las mujeres en el narcotráfico, aunque en menor proporción que la de los hombres, ha sido significativa y con tendencia a incrementar, pese a que los papeles que se le han asignado son en su mayoría pasivos, de usar y desechar. Mientras tanto, su desempeño de manera más activa en la estructura del narcotráfico poco ha evolucionado, puesto que persisten los roles tradicionales en la cadena del trasiego de drogas, como las llamadas mulas o burreras (narcomenudistas encargadas de transportar la droga, distribuirla o venderla al menudeo). En otros casos actúan como cómplices, prestanombres y en otras actividades, por ejemplo, el lavado de dinero. Dicha situación las expone con frecuencia al encarcelamiento, o a ser desaparecidas o asesinadas a manos de los grupos delincuenciales. Los entornos de violencia y de precariedad de distintos tipos (económica, de salud, entre otras) son los que en muchos casos las hacen propensas a entrar a las filas del narcotráfico, ya sea por necesidades económicas o bien al ser obligadas por su pareja o por los propios grupos delictivos. En estos espacios de relaciones de poder y de violencia las mujeres no solamente son utilizadas para trabajar en el negocio ilícito de las drogas, sino que también son parte de las relaciones amorosas de los narcos, objeto de deseo devenido trofeo y son convertidas en cosas. Aquí, el ejercicio de la violencia de género es frecuente mediante el sexismo, la violencia simbólica o el propio feminicidio, con lo cual se justifica el rompimiento de las reglas implícitas del narcotráfico.
Como no podría ser de otro modo, estas organizaciones criminales reproducen los estereotipos sexistas que el patriarcado destina a las mujeres: el lugar pasivo, instrumental y desechable que ya conocen.
Pasemos de México a la Argentina. Consultado sobre el triple femicidio, el periodista Mauro Z señaló las condiciones materiales de vida que propician la aparición del narco:
Estamos en un problema mucho más grande que la ruta 1-11-14 y conurbano, con el corredor de la droga. Es gravísimo. Pero si esto ocurre es también porque hay un mundo dominado por el narcomenudeo y los transas donde le es mucho más práctico, a una piba de 15 o 20 años, convertirse en una trafiadicta, que le permite consumir y mantener un estatus social alto en medio de la miseria […]
Estamos en presencia de una comunidad donde pibes cada vez más chicos tienen como rutina que, para consumir tusi o algún estupefaciente, entra en el circuito de la trafiadicción, donde un grupo de transas del barrio (ni siquiera hablo de narcos) te tiene sometido a cambio de darte una dosis, o te canjea sexo por dosis para que vos consumas.
Me parece que es mucho más profundo que hablar del corredor de la droga, a dónde viene y a dónde va.
El periodista había entrevistado, hace poco más de un mes, a dos chicas que se presentaron como “cuentapropistas” y “trabajadoras sexuales”. Una de ellas es Lara, la menor de 15 años víctima del triple femicidio. En esa entrevista las chicas declaran que recibieron “asesoramiento” por parte de Georgina Orellano, en “la Casa Roja”, y que se sacaron una foto con ella.
La descomposición social y la degradación generalizada a la que nos empuja el capitalismo explican el crecimiento exponencial de negocios como el narco y la prostitución. Funestos personajes como Georgina Orellano ofrecen el sistema prostituyente como salvación para niñas y mujeres en situaciones desesperantes. Capitalismo, miseria, narcotráfico y sistema prostituyente se entrelazan.
Sin incluir en la reflexión sobre este caso las condiciones sociales de miseria y degradación en que se despliega el delito, la consigna “Vivas nos queremos” se vuelve abstracta y despolitizada. ¿Qué vida queremos? ¿Y qué sociedad puede proveernos la vida que queremos? ¿La sociedad engendrada por el peronismo durante décadas en la provincia de Buenos Aires?
El abandono de los pueblos
En la movilización a plaza Flores convocada por AMMAR, la vocera principal fue Georgina Orellano: reclamó por un “Estado presente” y denunció la violencia policial y la imposibilidad de las compañeras para “trabajar tranquilas”. Nada dijo, por supuesto, acerca de la violencia estructural del sistema prostituyente y sus puteros. Subrayó que esto no le pasa a cualquiera, sino “a las mujeres pobres”. ¿Cómo compatibiliza Orellano esta afirmación con la idea de que la prostitución “se elige libremente” y encarna un trabajo “empoderante”? Acusó como responsables a Jorge Macri y al Estado Nacional. Nada dijo del gobierno provincial de Axel Kicillof. Las tres pibas vivían en la provincia, fueron secuestradas en la provincia y fueron asesinadas en la provincia. ¿Y nadie nombra al gobernador de la provincia, principal opositor a Milei? Está claro para qué fuerza burguesa juegan estas acciones: para el peronismo.
Remarcar que las pibas estaban sumidas en la violencia del sistema prostituyente, en la violación sistemática a cambio de dinero, no es poner un “dedito acusador”, como dice Orellano. Es situar una realidad histórica: que las mujeres en situación de prostitución sufren violencia y que formar parte de esa institución patriarcal las expone aún más a la muerte y las secuelas de por vida. Algo que AMMAR no desconoce, pues, como expresó la sobreviviente Sonia Sánchez en una entrevista que le realizaron esta semana, hay representantes de la organización AMMAR que fueron judicializadas como partícipes necesarias en el crímen organizado de la trata.
Aunque el peronismo con toda su ala progresista repudie (o reivindique) la frase “se pasaron tres pueblos”, se trata de la principal fuerza política que construyó una agenda anti-feminista como si fuera feminista. Organizó la “sindicalización” de las mujeres prostituidas (son el principal lobby proxeneta en Argentina), presentó proyectos regulacionistas en el Congreso y embelleció la explotación reproductiva9. Preparó charlas en diversos ámbitos para promover el discurso de la “libre elección” y la prostitución como un trabajo. Realzó la hipersexualización de las mujeres como si fuera “empoderante”.

Promoción de la charla de Orellano en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario.
Mediante sus acciones el peronismo nos indica cuáles son los tres pueblos que el feminismo osó cuestionar. Por eso milita sistemáticamente, junto al progresismo y el FITU, el abandono de esos pueblos.
Todo lo cual tiene sentido, porque la reproducción de los estereotipos sexistas es lo que formatea a las mujeres como potenciales objetos para el consumo sexual y reproductivo al servicio de los varones. Y ese reforzamiento, junto a la descomposición social creciente y la degradación generalizada, incrementan el ejército de mujeres disponibles para satisfacer dos negocios que producen ganancias millonarias a la burguesía10. De aquí que tampoco la coalición entre libertarios y el PRO cuestione el sistema prostituyente: sus representados también se benefician con este tipo de subordinación patriarcal.
Esto permite comprender, además, por qué se pone tanta atención en combatir el “micromachismo”, el acoso callejero o la división desigual de tareas domésticas. Si bien se trata de reivindicaciones vigentes y defendibles del feminismo, dejan por fuera las zonas en las que mejor empalman patriarcado y capital: las que valorizan valor.
Qué hacer
Al igual que nos ocurre en tanto socialistas, quienes sostenemos la agenda feminista (abolicionista) somos un grupo muy minoritario. ¿Qué hacemos ante esta realidad, entonces? Podemos esquematizarlo en dos alternativas:
O bien sucumbir al ansia de lograr masividad aunque el costo de ello sea confluir con organizaciones que, en su cotidianeidad, militan por un programa que perpetúa y profundiza la subordinación patriarcal en la que nos encontramos las mujeres (por ejemplo: confluir en las movilizaciones convocadas por NI UNA MENOS, de la mano de Orellano y todo el lobby proxeneta y queer).
O bien asumir que somos minoría y la necesidad de crecer (ser más). Y preguntarnos ¿cómo podemos hacerlo?
Seguramente hay otras compañeras que piensan como nosotras, pero tal vz ni siquiera conozcan que hay distintas posiciones; quizás no se hayan puesto a pensar en qué se defiende verdaderamente en el regulacionismo, no hayan indagado en las consecuencias que el transactivismo tiene para nosotras. Entonces proponemos buscarnos. Y aceptar el debate público en caso de tener la chance. Y para ello, aprovechar el mientras tanto, formándonos política y teóricamente, para mejorar nuestros argumentos, para ponerlos en cuestión. Y escribir, y publicar, y difundir nuestras ideas. Que seguramente no pueden sintetizarse en un slogan o reel. Sino que requieren de un trabajo arduo, pero necesario.
Aunque el triple femicidio nos enfurezca, el impulso luchista no debe lanzarnos a acompañar (ni a media cuadra o en una esquina) convocatorias organizadas por quienes defienden el sistema prostituyente, que llevó a las pibas a la muerte.
Foto de portada: Marcela B.
NOTAS:
1 Puede leerse, por ejemplo: a) POR QUÉ SOMOS TAN POCAS: Las mujeres trabajadoras en el 8M 2025 b) LA VIOLACIÓN: Peronismo, patriarcado y capitalismo c) LO QUE DEJÓ UN NUEVO 8M: ¿Por qué no adherimos al Documento acordado para el masivo acto del 8 de marzo? d) Sencillito #57: SER MUJER NO ES UN SENTIMIENTO – Vida y Socialismo e) Somos abolicionistas porque somos feministas – Vida y Socialismo. Recomendamos también el tríptico de crítica a la ideología de género que titulamos “Peor que el terraplanismo”: i) “Yo nena, yo princesa”; ii) “Una ley contra la racionalidad”; iii) “La deriva queer del trotskismo”. También realizamos grupos de estudios sobre la genealogía del feminismo que subimos a nuestro canal de YouTube.
2 Sencillito #20: «Si sucede, conviene» (Misoginia peronista y explotación sexual)
3 Kajsa Ekis Ekman, El ser y la mercancía. Prostitución, vientres de alquiler y disociación. Trad. Adolfo Eduardo Fuentes Garnelo, Barcelona, Bellaterra Edicions, 2021, pp. 138-9.
4 De Miguel, Ana. Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Madrid, Ediciones Cátedra, 2015, pp. 122-123.
5 De Miguel, Ana. Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Madrid, Ediciones Cátedra, 2015, pp. 9-10.
6 Podemos diferenciar el lugar del contenido cultural en relación a un tipo de consumo más dentro del capitalismo, en tanto tal, cumple la función de reproducir una satisfacción del cuerpo ya incorporada, del rol que ocupa en términos de patriarcado: reforzamiento y reproducción de estereotipos sexistas. A su vez, podemos distinguir un rol diferenciado de los consumos culturales cuando de niños se trata: esta etapa evolutiva empalma con el acceso a la educación y recursos simbólicos y materiales que operan de sustento para el futuro disfrute de un tipo cultural u otro. Entonces, la influencia del contenido y de determinadas imágenes y movimientos a ser imitadas allí, son objeto de nuestro análisis contemplando las relaciones sociales patriarcales.
7 Si bien penaliza sólo a proxenetas y trata (dejando fuera a los “clientes”), adhiere a convenciones internacionales como la CEDAW (entre otras) que sostienen que los Estados firmantes deben suprimir todas las formas de trata de mujeres y explotación de la prostitución de la mujer.
8 Desarrollamos este problema en: a) Sencillito #20: «Si sucede, conviene» (Misoginia peronista y explotación sexual) b) EXPLOTACIÓN REPRODUCTIVA: deseos, mercancías y derechos y c) [#64] MILEI Y EL MERCADO DE NIÑOS (Tenembaum, Rothbard y el peronismo)
9 GESTACIÓN POR SUSTITUCIÓN De los doce proyectos de ley para regular el mercado de «incubadoras humanas» y bebés, siete (la mayoría) son del peronismo. Análisizamos esto en MILEI Y EL MERCADO DE NIÑOS (Tenembaum, Rothbard y el peronismo)
10 Algunas cifras en este informe: Global Surrogacy Market Size, Share and Forecast to 2031




