En esa obra total de la comedia que los Monty Python titularon La vida de Brian, una de las secuencias más memorables parodia algunos de los tantos vicios insensatos de la liturgia izquierdista: la negación de la realidad y la ciencia en favor de abstracciones ideológicas (que un hombre pueda ser una mujer); la confusión de los productos de la cultura con medios de lucha (gustar de ciertos bocadillos es de «imperialistas»); la fragmentación de los grupúsculos militantes en base al narcisismo de las pequeñas diferencias (todos los grupos tienen las mismas palabras, en combinaciones diversas, para nombrarse); la vacía solemnidad de unos debates totalmente abstraídos de las apremiantes circunstancias que los rodean (en las gradas de un estadio y ante la barbarie de un espectáculo sangriento)… Todo eso y mucho más se puede apreciar en los cinco minutos que dura la secuencia:
Nos queremos detener en el instante del reclutamiento de Brian y observar dos cosas para introducirnos al tema de hoy.
Primero, el requisito de ingreso al FPJ es «odiar de verdad a los romanos». En vez de la adhesión a un programa político, la expresión de un sentimiento individual. En vez de consolidar la formación del militante a través del compromiso y la paciencia, basta con el enunciado performativo de una pasión bien intensa:
—¿Cuánto odiás a los romanos?
—Mucho.
Ese era el chiste en 1979. Pero resulta que el miércoles pasado, en la marcha universitaria, nos encontramos con estos afiches y su llamativa consigna:

Analizamos este sentimientalismo, anacrónicamente disfrazado de filosofía del siglo XVII, en nuestra reseña del libro de Bregman. Dejemos pasar que faltan dos tildes en una frase de 11 palabras y un logotipo: si importan más los sentimientos que los intereses de clase, comprensiblemente la corrección ortográfica no figura entre las preocupaciones comunicacionales del FITU. Vayamos a la segunda cosa que queríamos destacar.
Porque, tras el requisito de odio, los militantes del Frente Popular de Judea declaran a viva voz que a los únicos que odian más que a los romanos imperialistas es… a sus camaradas del Frente del Pueblo Judaico y a los del Frente Popular del Pueblo Judaico. Hoy, a 46 años de la carcajada, el trotskismo argentino sigue aferrado a esa costumbre que parodiaron los Monty Python.
Dicen que la vida imita al arte. Y la melancolía trotskista, a sí misma.
Flying Circus
El reciente 13 de septiembre, el PSTU, una de las organizaciones herederas del estallido del MAS en la década del 90, publicó esta declaración:
El PSTU fue proscripto en las listas del FIT-U
No somos miembros del FIT-U. No compartimos su orientación general, ni la de esos partidos. Y consideramos que el desempeño parlamentario de sus dirigentes está lejos de lo que corresponde a partidos que se dicen revolucionarios.
De todos modos, votamos al FIT-U, hicimos campaña, y lo volveremos a hacer para las nacionales. Entendemos que el FIT-U, que fuera progresivo como alternativa electoral de independencia de clase hace unos años, se agota ante la nueva realidad política. Pero, aun así, y a falta de una superación, representa la posibilidad de enfrentar en las elecciones a los partidos patronales.
Desde el surgimiento de la alianza, en 2011, militantes del PSTU (así como de otras organizaciones) fueron incorporados como candidatos externos en las listas. Esa práctica es común, y usual en muchos países. Por ejemplo, en Brasil nuestro partido hermano, el PSTU, es la única formación socialista revolucionaria con legalidad nacional. Y siempre facilita a quienes no la tienen la posibilidad de presentar candidatos. Por ejemplo, el Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT – agrupación afín al PTS argentino) ha participado innumerables veces a través de la «leyenda» del PSTU brasilero.
¿Qué pasó ahora?
En estas elecciones, varias organizaciones que no son parte del FIT-U sumaron candidatos a sus listas. Y nuestro partido, como otras veces, solicitó sumarse con candidatos.
Sin embargo, eso no ocurrió. Una serie de militantes del PSTU, dirigentes y activistas obreros, fueron impedidos, vetados. Es decir, proscriptos. Incluso Daniel Ruiz, perseguido y con condena de la justicia burguesa, que postulábamos como candidato a diputado nacional por Chubut, fue rechazado.
Dirigentes de la mayoría de los partidos componentes del FIT-U –PO, IS, MST–, nos manifestaron su acuerdo para proceder como fue siempre, e incorporarnos. Pero nos explicaron la cerrada negativa del PTS. Es decir, fue el PTS quien negó al PSTU la participación en las listas, esgrimiendo dos razones.
Por un lado, que habíamos criticado fuertemente a Miriam Bregman y demás dirigentes del PTS por haber concurrido amablemente a solidarizarse con CFK ante lo que consideraron una «proscripción» por parte de la Justicia. Claro que lo hicimos, de la misma manera que criticamos públicamente otras políticas del PTS y ellos critican las nuestras. Por ejemplo, criticamos a Bregman y Del Caño cuando se manifestaron «dolidos», por las «víctimas civiles» israelíes en el ataque de Hamas, igualando al bando genocida sionista con el derecho de defensa del pueblo palestino. Pero nunca las diferencias políticas fueron motivo para proscribir organizaciones de la clase obrera, haciendo uso de las prerrogativas de la democracia patronal.
La segunda razón sería un incidente ocurrido en Brasil en un encuentro estudiantil. Allí, en medio de una refriega, un militante del PSTU brasilero agredió incorrectamente a militantes del MRT. Fue un grave error del militante, y nuestro partido hermano lo reconoció y pidió disculpas públicamente, algo que no es común en la izquierda argentina.
Es evidente que ninguno de los casos justifica una proscripción, una inhibición, como la que el PTS nos impuso. El PTS, en su soberbia, no admite la menor crítica. Y utiliza su ubicación ante el sistema electoral para imponer «castigos».
Lo más llamativo es que el mismo PTS, que se pronunció con fuerza e hizo cuestión de denunciar lo que consideraron una «proscripción» contra CFK, ahora proscriba a nuestra organización.
Está claro la distancia del PSTU de una dirigente patronal como Cristina, que cuando fue presidenta implementó el Proyecto X, tuvo a Milani como Comandante del Ejército y sancionó la Ley Antiterrorista, entre innumerables ataques a la clase obrera.
No tuvimos de parte del PTS una explicación de su actitud. Esperamos lo hagan. Pero, sobre todo, esperamos que revean este modo de actuar, que expresa con toda crudeza su adaptación a prácticas de partidos burgueses e impropias de organizaciones de trabajadores.
Esta práctica política resulta, a simple vista, extravagante. Los argumentos parecen explicar por qué quieren salir, pero intentan justificar por qué deberían entrar, en la misma organización que critican.
Utilizando el lenguaje como un artilugio de moda, definen como proscripción que una organización política no ceda candidaturas a otra organización que no coincide con su manera de hacer las cosas. ¿Y por qué debería hacerlo? ¿Por qué el FITU/PTS debería ceder lugar a una política diferente en sus listas? «Porque se suele hacer así», anticipa la respuesta en su declaración el PSTU, empequeñeciendo la ambición socialista a un juego realizado entre socialistas, donde todos los jugadores deben respetar un reglamento común y las diferencias políticas son como las camisetas: sirven para indicar quiénes son propios y quiénes rivales pero siempre, y únicamente, dentro del juego.
Por otro lado, poniendo el carro delante de los caballos, el PSTU supone que la práctica política de los enjuagues entre cúpulas y los acuerdos electorales (el modo de existencia natural del FITU en su década y media de existencia) cambiaría si se admitiera que el PSTU colara a sus candidatos en las listas, permitiendo darle un sentido práctico a su contradictoria vocación electoral.
Pero la secuencia no termina aquí.
Y ahora algo completamente diferente…
Todo esto sucede cuando los socialistas estamos lejísimo no sólo del poder, sino de la hegemonía en algún sector respetable de trabajadores. Y cuando la participación en las elecciones presumiblemente no cambiará esto. Y aunque el FITU llegara a dar un batacazo, no dejaría de ser una bancada ultra minoritaria. En este marco, la política del PSTU, que es la misma del PTS sólo que a escala más pequeña, no ayuda a resolver ese problema, ni a corto ni a largo plazo.
Sucesivas derrotas y retrocesos (físicos, como el del período 1974-83; político-ideológicos, como la implosión de la URSS en 1989-91) han colocado a la izquierda socialista en un lugar marginal. Reconstruir una presencia socialista tiene como condición inmediata hacer visible, recortar claramente, qué somos, qué queremos y contra qué luchamos.
Recordemos, por un momento, el caso jujeño de 2023, una de las jactancias del PTS: en tres meses, pasó de 50 mil votos a 28 mil, habiendo tenido en el medio las movilizaciones de rechazo a la reforma constitucional. Esta fue la relación entre el trotskismo electoral y la lucha en las calles, entre la agitación de consignas transicionales y una gran movilización popular: 40% menos de votos[1].
Nada se aleja demasiado de las lecciones que proporciona el caso jujeño. Como lo demuestran los números, con taxativa claridad, ni siquiera para el PTS la política de (a) franeleo con la burguesía «progre», (b) culto de la personalidad y (c) electoralismo estratégico, obtiene resultados destacables. De hecho, los partidos del FITU, grandes y chicos, integrantes plenos o satélites eventuales, viven de usufructuar una herencia: la de lo construido en el siglo pasado. Y el propio FITU fue una estrategia fundada en no dilapidar esa herencia.
La pregunta que nos hacemos es: ¿para qué le serviría al PSTU militar y esforzarse por divulgar unas candidaturas y una estrategia política que critican? ¿Cómo es posible enfrentar a los partidos patronales en las elecciones de la mano de los que claudican ante los partidos patronales, los que distan de una política revolucionaria? ¿Es que hay muchas maneras de enfrentar a los partidos patronales, incluso con estrategias no socialistas ni revolucionarias?
El reclamo del PSTU abre la puerta a todas las alternativas, sin definirse por ninguna. Así se dota, para sus militantes, de una tarea: reclamar que lo dejen entrar a un lugar en el que se desarrolla una perspectiva que debería ser abortada y reemplazada por otra.
Políticamente contradictoria y prácticamente estéril, no deja de ser una tarea. Una tarea que implica la consideración del contenido de la actividad política como una broma, algo sin mayor importancia, donde las críticas ameritan la independencia organizativa pero no la distancia práctica: todos podemos hacer campaña electoral, pero cada uno con su propia organización. Así, las diferencias no promueven otras tareas: justifican otro comité central.
Los caballeros de la mesa cuadrada
Esto que planteamos no es un problema con el PSTU, con el que tenemos unos pocos lazos directos y no hemos podido establecer ningún tipo de debate político, aunque lo intentamos. Sino una oportunidad para pensar y preguntarnos a qué condición material concreta de la vida social responde esta estrategia.
Desde nuestra perspectiva, estos planteos contradictorios y frustrantes tienen por objeto sostener la cohesión interna y la propia existencia de la organización. Es muy difícil crecer en un ambiente adverso y siendo muy pocos, postulando fronteras y diferencias de una sutileza escolástica, y a la vez haciendo en la práctica lo mismo que todos los demás grupos. Pero estas sutilezas escolásticas son lo suficientemente poderosas como para sostener lo que ya se tiene mediante la tarea.
Y la tarea, en general, es juntar votos. Eso y ahondar en el conocimiento de las diferencias que justifican la independencia organizativa sin gran independencia política. Los debates del FITU sobre el grado de apoyo a CFK son ejemplares para este modo de no hacer política. El FITU ha debatido entre apoyar a Cristina plenamente, apoyar a Cristina en silencio, apoyarla desde las redes sociales o apoyarla yendo a tomar mate con ella.
Organizaciones pequeñas, como la gran mayoría de la izquierda, recurren al frenesí de la diferencia sutil. El PSTU no rompe con el FITU por atravesar la frontera de clase apoyando a dirigentes burgueses (aunque reconoce esa acción) sino que denuncia su propia «proscripción». A nadie lo conmoverá esa cuestión. Kicillof se dio cuenta de que ni siquiera hay mucha conmoción por CFK –quien fue dos veces presidenta– y eludió incluirla en la campaña, así que podemos imaginar qué queda para el hecho de que el PSTU no sea admitido en las listas del FITU. Eso sí: le permite al PSTU transformar lo casi indiscernible (qué es lo que acerca o aleja al PSTU del PTS) en frenesí. En disponerse como militantes a hacer actividad, pero bajo la condición de que esa actividad no sea ni pensar, ni convencer del socialismo y su necesidad, sino de lo errada que es la actitud del PTS.
Actitud en lugar de programa, eso es lo que organiza la actividad de gran parte de la izquierda. Denunciar que se hace trampa en el juego común. Algo que a casi nadie interesa porque ese juego lo juegan muy pocos. Y porque a millones de trabajadores nos están pasando cosas mucho más graves.
El sentido de la vida
Reflejando en los pequeños grupos lo que es una solución inevitable en los partidos de masas, la militancia se transforma en actividad cuantitativa y cuantificable, desplazando el centro real de la actividad militante, que es la que acabamos de mencionar: discutir, pensar y convencer, entre los compañeros y hacia el resto de los trabajadores. Esta actividad, difícilmente cuantificable, pero claramente estratégica, es la que deja de lado el frenesí activista. Este activismo frenético sí es cuantificable y controlable, y además otorga el modo más inmediato y con buenas perspectivas de subsistir políticamente. Pero quien se dedica a subsistir no ambiciona nada más que la supervivencia grupal, tal como es.
Por supuesto que no haremos desde este lugar un llamado a los militantes el PSTU a abandonar su política dubitativa y romper con el programa que los lleva a estos problemas, el programa trotskista. Y no hacemos un llamado a los compañeros porque todos esos llamamientos rimbombantes, en términos abstractos y públicos de un grupo pequeño a otro grupo pequeño, sólo sirven para ocultar –en la grandilocuencia– la ausencia de una disposición más elemental y humana: llamar por teléfono o enviar un mensaje, juntarnos y conversar. Y eso sí lo hemos hecho.
Nos parecen impostergables otras tareas: consolidar un grupo creciente de compañeros, pensar en construir un programa, sostener relaciones con otros grupos sin disimular las diferencias ni minimizar los acuerdos, sostener la persistencia de algún tipo de organización que nos permita educarnos cada vez más sólidamente como militantes, ayudándonos en las luchas cotidianas pero, sobre todo, empujándonos a perseverar en la formación política. Actividades poco cuantificables y profundas. Que consolidan una perspectiva que, al menos en cierta medida, nos obliga a resolver, a buscar respuesta, a lo que nos falta, lo que nos ha salido mal, a lo que no hemos logrado y a trabajar en ello. En lugar de quejarnos y reclamar por qué las otras organizaciones no aceptan lo que le da sentido a la nuestra: tener otro programa.
La cadena se ha vuelto infinita: reclamarle consecuencia al peronismo contra la «derecha», reclamar combatividad a la CGT y la burocracia sindical peronista, reclamarle democracia al FITU, reclamarle al otro. Hay un sentido común instalado que dice que donde hay cuatro militantes de izquierda se arman 5 grupos. Este sentido común oculta que esos 5 grupos son, para el común de las personas, difícilmente distinguibles porque construyen –simultáneamente– una autonomía organizativa y una mutua dependencia política.
Esa doble constitución, en gran parte espuria, explica el absurdo del comunicado del PSTU y es parte de los obstáculos que tiene que superar la izquierda socialista.
[1] Hablamos de este baldazo de realidad en «LOS FENÓMENOS MORBOSOS MÁS VARIADOS: Las PASO, un futuro preocupante y un presente abominable)» y en «¿DÓNDE ESTÁ EL PELIGRO?».




