No es descabellado pensar que resulta más sencillo ponerse de acuerdo en cosas menores e inmediatas que en un cúmulo de propuestas que abarque el futuro inasible. Es más fácil acordar qué pizza pedir en Imperio de Chacarita, que acordar qué tipo de sociedad queremos. En palabras menos jocosas, es más factible coincidir en el reclamo para que en un hospital nos entreguen los ambos dos veces por año, o en una escuela se haga efectivo el pago del material didáctico, o en una fábrica se mantenga el pago al 100% de las horas extra, que arribar a conclusiones coincidentes acerca de la organización deseada y plausible de la salud, la educación o la industria, en una sociedad futura que nos proponemos construir. Y, al revés, quien puede lo más, puede lo menos: si estamos de acuerdo en lo que necesita el país, entonces no deberíamos tener muchos inconvenientes en acordar cuestiones menores e inmediatas.
Ahora bien, todos sabemos que a menudo eso no sucede. Y cuando no ocurre es porque lo menor e inmediato desnuda que los grandes acuerdos, los ambiciosos proyectos generales, el futuro común, en pocas palabras, está roto, moribundo. Sea una sociedad comercial, una pareja o un proyecto político.
Esto es así. Salvo en un caso muy particular: el del trotskismo.
Entre la diáspora y el frente
Trotskismo es el nombre de una tradición, una política y una estrategia hegemónicas en la izquierda socialista en Argentina. Uno de sus atributos más notorios es el movimiento reiterado de subdivisión y rejunte: separarse con el fin de crear frentes entre los fragmentos que surgen de las separaciones. Así, el trotskismo es una tradición sostenida entre la diáspora y el frente. En este mapa sobre el caso argentino se puede apreciar visualmente algo de lo que decimos:

Ahora bien, el listado actual de organizaciones que se consideran trotskistas en Argentina es el siguiente. Están las 4 que integran el FITU: PTS, PO, IS, MST. Las otras 2 que suelen presentarse a elecciones: Política Obrera (escisión del PO) y Nuevo MAS. El Partido Piquetero (que proviene de la Tendencia Piquetera Revolucionaria, expulsada del PO), incorporado al peronismo en el frente hoy llamado Fuerza Patria. Y están las agrupaciones que todavía no logran (o no quieren) presentarse a elecciones: la COR (corriente obrera revolucionaria), el PSTU, Democracia Obrera, Partido Socialismo y Libertad, Partido Obrero Revolucionario-Masas, Liga Socialista Revolucionaria, Corriente Socialista Militante, Poder Obrero, Opinión Socialista y Nuevo PST. En total, como mínimo y –siempre hay que aclararlo– por ahora, existen 17 agrupaciones trotskistas en Argentina.
El mérito del trotskismo, innegable y destacable, consiste en haber atravesado la Caída del Muro y toda la década del 90 sin desaparecer ni integrarse a los gobiernos burgueses. No es poco mérito. Su problema, para nosotros igualmente innegable y destacable, es la reticencia a pensar que la razón de esta supervivencia y el motor de su fragmentación indetenible estriba, precisamente, en su inexpugnabilidad jeroglífica, en su codificada liturgia. Veamos.
Al trotskismo lo protege el hecho de hablar una lengua muerta (el Programa de Transición, su teoría del imperialismo y los monopolios, la teoría de la revolución permanente, etc.) que, a la vez, obliga al debate bizantino, escolástico, interminable, sobre citas de autoridad, detalles insignificantes y cuestiones marginales[1]. La fuente de su hegemonía brota del simple trámite de juntarse en el plano electoral y proveer la supervivencia institucional. Este objetivo obtura todo debate político.
En contraposición, la lucha política se traslada a la minucia. Por eso el trotskismo es minuciosamente sectario en lo sindical, tanto como se encuentra espantosamente desprovisto de un programa en lo político.
Esta doble vida (unidad sin debate en lo político, fragmentación acérrima en lo gremial) es lo que permite a los trotskistas sobrevivir diciendo cosas terribles de sus compañeros de tradición, estrategia, programa y… trayectoria. Permite, por un lado, armar y rearmar frentes electorales repetitivos en el plano mediato y político, con mecanismos aceitados para el reparto y la rotación de cargos, tribunas y pantallas. Y permite, por otro lado, en el plano inmediato y sindical, un espectáculo lamentable.
Algunas semanas atrás hubo elecciones en el SUTNA, el sindicato del neumático. Se trata de uno de los pocos sindicatos en manos de dirigentes de izquierda y del único sindicato industrial importante en manos de la izquierda. Esto es destacable, porque la retrasada competitividad de la industria argentina en general, el clima incierto de su economía y el superlativo desarrollo del comercio mundial en las últimas décadas, hacen de la actividad sindical en los gremios industriales una cuestión extremadamente compleja, de escrupuloso manejo táctico, para sortear estas constricciones.
Dicho de otro modo, al tratarse de un ámbito muy poco previsible para desplegar una actividad, la organización gremial debería promover más confianza y más autocrítica que en otros ámbitos, menos hostiles. Lo primero, para inventar la salida a esos acertijos que plantea la realidad argentina; lo segundo, para seguir buscando la salida común cuando se ha errado. Confianza y autocrítica (las hermanitas perdidas) son los ingredientes para hacer realidad la aseveración de Simón Rodríguez: o inventamos, o erramos.
Un tercer ejercicio se vuelve fundamental: la mayor paciencia posible en busca de la unidad entre los compañeros. Al contrario, entre la urgencia y el frenesí, el trotskismo o el FITU (los usamos como sinónimos porque lo son: los trotskistas que no están en el FITU, o bien lo votan, o bien se quejan porque no los dejan estar ahí, o bien los agreden porque los han expulsado) participó de las elecciones en el SUTNA con tres listas.
Agarren los pochoclos.
Entre la interna y la foto
El espectáculo se dio en este marco temporal: el 7 de septiembre los trotskistas fueron juntos en las elecciones de la provincia de Buenos Aires; el 26 de septiembre se separaron para ir a las elecciones de un sindicato localizado mayoritariamente en esa misma provincia; el 27 de octubre irán nuevamente juntos para intentar retener sus cargos institucionales.
Estos fueron los resultados en el sindicato:

Así se los veía, entremezclados, para las elecciones provinciales:

Y así evaluaba La Izquierda Diario el resultado de las elecciones del SUTNA
¿Qué pasó en las elecciones del SUTNA? Se realizaron las elecciones entre el 23 y 25 de septiembre. De conjunto la Lista Negra logra mantener la dirección del SUTNA nacional y 2 de las 3 seccionales, queda un desempate en la planta de Pirelli. Y gana en Córdoba. El hecho más relevante es que la lista Negra perdió fuerza en el gremio y pasó a ser la primera minoría. (…)
Los resultados generales marcan un fuerte retroceso de la lista Negra, en relación con las elecciones del 2021, donde había cosechado más de 70% del padrón nacional. Bajando al 46% en estas elecciones. (…)
Pero el hecho más relevante es que la lista Negra ha perdido mucha fuerza en el gremio y pasó a ser la primera minoría.
Para el PTS, lo más destacable –y no lo lamenta en ninguno de los tres momentos en que lo subraya– es que a sus compañeros de fórmula para un “proyecto de país y sociedad” les vaya peor, les vaya mal, se debiliten y retrocedan. Distinta es la película que vio el PO, según esta publicación de su dirigente Guillermo Kane (y muchos otros):

Dirán que este es un clasismo minimalista, pero no es el único. Ya conocemos esa concepción según la cual basta con estar alguna vez en conflicto para declararse clasista. Para Alejandro Crespo, por ejemplo clasista es todo el que no es traidor. Así lo declaraba un par de años atrás a La Nación en medio de un gran conflicto:
Somos un gremio nacional en el que hay un amplio espectro político: hay militantes de izquierda, peronistas, radicales, de todo… Lo que sí, somos clasistas: cuando decimos que vamos a un conflicto, lo hacemos.
Tampoco reviste mayor profundidad la campaña electoral, que intenta, absurdamente, autodefinirse como el único voto útil y el enemigo estratégico del gobierno libertario.
El legislador de CABA (Solano) subraya: “Si la izquierda crece, el gobierno se debilita, porque la izquierda es el enemigo estratégico del gobierno libertario”. (…) Del Caño refuerza esta idea. “Recordemos que Fuerza Patria en el Senado aprobó de manera unánime el blanqueo de capitales. Eso favoreció a que los narcos pudieran blanquear y le dio aire a Milei. Han colaborado algunas diputadas y diputados de este bloque, al igual que Provincias Unidas, el radicalismo y el PRO. El Frente de Izquierda es la única fuerza que no transa. Es el único voto útil”.
Pero los trabajadores algo saben, el voto útil es el voto al que se le adjudica efecto inmediato, no constructivo y estratégico, y el socialismo no puede ser útil en ese sentido (por peso electoral obviamente) y el enemigo estratégico del gobierno es el peronismo, el socialismo podría y debería ser el enemigo estratégico del sistema capitalista, no de alguno de sus gobiernos en su particularidad. Ambas declaraciones electorales y electoralistas pertenecen a Tiempo Argentino, el lugar en el que se puede contemplar un extraño hallazgo:

Una foto en común de candidatos que pertenecen a la misma lista. Algo poco usual, porque toda la estrategia está diseñada para participar juntos y luego volver a enfrentarse gremialmente.
Un obstáculo para las fotos y actividades comunes es que obligaría a quienes se acusan de pro-patronales, antidemocráticos, alcahuetes y genuflexos, a encontrase, abrazarse y sonreír. Porque mientras el PO señala esto sobre “su” triunfo en el SUTNA:

Sus compañeros de frente electoral veían otra cosa:

Sus compañeros de frente electoral nacional los habían denunciado por escamotear información sobre el destino de la guita de los trabajadores:

El 21 de julio el MST publicó parte de un debate que sintetiza algunas de las acusaciones. Señala que el PO ha publicado que:
“El MST abandona la independencia de clase para tributar a una política manifiestamente patronal ligada a diferentes fracciones del PJ”, afirma el autor de la nota. Y agrega: “El MST da un paso hacia el retorno a un pasado no tan lejano, donde permaneció integrado por un largo período al Proyecto Sur de Pino Solanas y, fundamentalmente, a la burocracia sindical de la Lista Verde de la CTA”.
Pero contraataca explicando que:
La Lista Gris del SUTNA, integrada por compañeros del MST e independientes, ha venido criticando la política y orientación que Crespo y el Partido Obrero han desarrollado en el SUTNA. Transformaron una enorme conquista —un sindicato industrial recuperado de la burocracia podrida de Waseijko y la Lista Violeta— en una conducción marcada por métodos burocráticos, rompiendo con compañeros y listas que piensan distinto. Llevaron al sindicato a su actual parálisis: más de siete meses de atraso salarial, miles de despidos, trabajadores empobrecidos, pérdida de afiliados (de 4500 a 2000 en el último año y medio) y una Obra Social devastada. (…) Tal vez el autor desconozca que en 2012 la Lista Negra se presentó a elecciones nacionales en unidad con la Lista Verde de Pirelli, la misma que ahora acusan de “patronal”. Y que en 2016 se integró al Frente Multicolor junto a las listas Granate y Roja. La Lista Granate se retiró de la Comisión Directiva del SUTNA denunciando que no funcionaba, que se impedía discutir y expresar opiniones diferentes. ¿Por qué no se menciona que en los últimos años se multiplicaron las críticas a la conducción de la Negra por parte de la Lista Gris, la Granate, la Roja y la Marrón, ninguna de ellas ligada a la patronal?
¡Es un cabaret!, diría el Gambeta Latorre. Pero desde el entusiasmo por ensuciar al compañero del trotskismo inauténtico a salpicarse a sí mismos, hay sólo un paso. En un volante, la Lista Gris del MST, al denunciar, se autodenuncia:
Por Asambleas de fábrica que no sean actos donde hablan solo los dirigentes. Como el acto del pasado viernes 18/7 en Pirelli, que se realizó sin trabajadores de Pirelli, con un pequeño grupo de compañeros de FATE y de la lista Negra, donde estuvimos también compañeros de la lista GRIS, la Roja y la Granate. La mayoría del acto eran compañeras y compañeros del Polo Obrero y del MST. Al MST se le negó la palabra y no fue ni nombrado. Al igual que las listas opositoras que participamos del acto. Nada más alejado de la UNIDAD que necesitamos para enfrentar los ataques patronales.
El problema –para el MST– no es aparatear las actividades, vaciarlas de compañeros de base y sustituirlos con compañeros que concurren por disciplina partidaria. El problema es que un aparato no reconozca al otro. Este es el sindicalismo sectario de las agrupaciones gremiales partidarias trotskistas: el ariete de sus disputas internas, el obstáculo a la unidad de los proletarios.
No podemos dejar de mencionar que estas acusaciones se dan entre los dos partidos que fueron juntos en la absurda interna de las PASO 2023. Así lo publicaba Periodismo de Izquierda, órgano del MST:
Se llevará adelante un plenario de la izquierda y los luchadores para resolver sobre las candidaturas, el programa y el plan de acción de la lista que conformarán el MST y el Partido Obrero. En dicho plenario, se pondrá a votación la fórmula presidencial Gabriel Solano – Vilma Ripoll. (y declaró Solano) convocamos un gran plenario este 17 de junio para debatir el programa y las candidaturas del Frente de Izquierda y de Trabajadores Unidad, pero Bregman y Del Caño lo han rechazado y han confirmado una presentación unilateral, con una política de adaptación y guiños permanentes al kirchnerismo. Por eso habrá dos listas e iremos a las PASO.
“Adaptación y guiños permanentes al kirchnerismo”. Sí, no cabe duda de que el FITU hace eso y cada vez más obscenamente (interbloque parlamentario, mateadas con Cristina)[2]. Sin embargo, no hay ruptura. ¿Por qué? Porque, en nuestro país, el dominio peronista en los sindicatos ha dejado su sello, la arquitectura institucional de la nación es mucho más democrática formalmente que la de los sindicatos. La institucionalidad parlamentaria da espacio para el acuerdo, la rotación, la representación proporcional en alguna medida. En los sindicatos, en cambio, con los estatutos peronistas, el que gana manda y los demás a joderse por décadas. El trotskismo no busca desmontar ese edificio, sino ocuparlo. De ahí la ferocidad con la que se enfrentan sus pequeñas agrupaciones sindicales, la enjundia con la que rechazan la tarea de construir una amplia corriente gremial clasista y democrática, imponiéndole la obligación de pronunciamientos que, aunque justos, son absurdos, pues únicamente sirven para la diferenciación en la interna.
Mientras tanto, se lleva adelante la campaña que no hiere a nadie. Sobre todo, no produce ningún impacto en ningún trabajador, porque sólo aspira a reemplazar el representante de una idea ya vieja: ser el que hace bien lo que el votante incauto esperaba de los peronistas. ¿Socialismo? No: honestidad en el Congreso y combatividad en los conflictos.
A todo esto, cabría sumar (más bien, restar) el efecto del Ego-socialismo: nadie que rechace asqueado las egoístas internas entre Cristina, Axel, Massa, Máximo, Scioli, Randazzo, etc., mientras gobiernan, nadie se inclinaría por enredarse en otra interna mezquina e interminable, pero esta vez entre figuras mucho menos conocidas y sin ninguna chance de gobernar[3].
Entre la fórmula y la impotencia
Así se finge demencia ante uno de los hechos que apalancó a Milei hacia la Casa Rosada. Cuando se sufre la situación económica, la clase trabajadora odia a los corruptos, no por una cuestión moral, sino por una cuestión práctica: esos que tienen lo que nos falta son los responsables naturales de la miseria.
Hoy estamos en un momento favorable para explotar esa cuña en la representación: la economía recesiva se complica y hay signos de creciente inflación. La población se indigna. La “Ruta del dinero K”, los “Panamá Papers” y el trencito “Libra$”, “Karina 3%” y “Espert”, permitirían una campaña de agitación, no solo electoral, con “Que vayan todos presos los políticos corruptos”. Lo piensan muchos trabajadores desencantados. Pero el trotskismo no puede ni siquiera pensarla porque se ha jugado a defender a Cristina[4]. Y la campaña de denuncia restringida a los chorros liberales y libertarios… es la campaña de Fuerza Patria.
¿Y entonces? ¡Banalidades! “¡Al Congreso!”, como se gritaba “¡Al Colón!”:

O peor: presentándose como la canalización de un sentimiento. Eso sí, si odiás lo suficiente; esto no es para odiadores tenues[5]. Bronca y odio transformada en fuerza organizada:

O cualquier cosa que eluda convocar a la misma clase a la que se ningunea constantemente con la fragmentación de las agrupaciones sindicales:

Las disputas entre sectarias agrupaciones gremiales que se suponen unidas por un proyecto político es un absurdo lógico, sí. Pero también es un exponente de la coherencia de grupos políticos que no confían en la posibilidad del socialismo, que no tienen por tarea clarificar un programa, preparar una organización política y acompañar (o al menos causar el menor daño posible en) las respuestas colectivas de las masas trabajadoras al empobrecimiento que produce el capitalismo.
[1] Y no cabe echarle la culpa a un dirigente muerto, como escribimos en “La trascendencia de un legado: A 85 años del asesinato de Trotsky”.
[2] Sobre la maniobra legislativa del FITU para darle un lugar extra al peronismo escribimos “Rey Lear: el drama del trotskismo y la esperada herencia peronista”. Sobre la visita a la casa de Cristina, “CFK condenada: sus tropas menguantes soñando con un 17 de octubre y el trotskismo con participar en él”.
[3] A propósito del culto a la personalidad, reseñamos el libro de Myriam Bregman bajo el título “La estrategia del ocaso”.
[4] Expusimos este escollo en “Otra oportunidad perdida: el trotskismo, ese Pierre Nodoyuna de la izquierda”.
[5] Al comienzo de “Proscripciones para todes: el FITU, el PSTU, el PTS y la melancólica parodia de un gag de los Monty Python” señamos este asunto de las consignas sentimentalistas.





