En los últimos meses hemos visto repeticiones agravadas. Más de lo mismo, peor. Lo anecdótico de este hecho no anula su carácter de prueba empírica: nos muestra que esa idea según la cual existirían límites previsibles al desarrollo del empobrecimiento, la degradación y decadencia de las cosas, es una idea un poco traída de los pelos.
Somos cautelosos ante cualquier afirmación del estilo: «A partir de acá, sólo se puede ir hacia arriba, porque ya hemos tocado fondo». Tendemos a pensar, más bien, que siempre se puede estar peor. Y nos referimos tanto a la situación económica como a los movimientos políticos.
En 1966 Jorge Altamira anunciaba que «el ciclo histórico del peronismo» se estaba «cerrando por completo». Hoy, 60 años más tarde, lo sigue anunciando. Así, del mismo modo en que se profetiza el inminente final del partido del orden burgués, pero ese final no se ve advenir, también desde hace décadas se presagia el final irreversible de la izquierda reformista. Sin embargo, ésta encuentra formas (a menudo poco novedosas) de reciclarse.
Tomando como punto de partida que nada está escrito ni asegurado de antemano –ora la profundización de la debacle peronista y aun su irreversibilidad, ora el fin de la hegemonía campista en el terreno de la izquierda y aun su reemplazo por una corriente nítidamente socialista–, intentaremos pensar algunas variables que inciden en esto. Nos referimos fundamentalmente a dos: la crisis del peronismo y, a su lado, el estancamiento del FITU.
La ancha avenida del reformismo
Ya que se trata de una batalla en curso –en la que contamos con fuerzas obviamente desfavorables–, consideramos necesario apropiarnos, al menos, de la claridad y la nitidez. Vamos a plantear esto de manera fuertemente esquemática, con las ventajas y dificultades que todo esquema puede presentar.
La gran discusión estriba en las características, la dinámica y la actitud hacia el espacio intermedio. Tanto en el terreno nacional como en el internacional, en asuntos minúsculos como en cuestiones groseras, el debate crucial es qué política a desplegar hacia un espacio social, económico y político que no es A: el imperialismo yanqui, la extrema derecha, la burguesía híper concentrada, las multinacionales ni el sistema financiero. Y que tampoco es B: la clase trabajadora con sus distintas fracciones ni el socialismo.
Se trata de un tercer conjunto, C, que no coincide con el conjunto A y que, bajo ningún punto de vista, está incluido en B: nos referimos a la burocracia sindical peronista y la burguesía de los BRICS; a todas las corrientes internas del PJ y la teocracia iraní; a los movimientos burgueses secesionistas y burguesías que oprimen poblaciones por razones étnicas o religiosas; a burócratas entregadores de compañeros e intermediadores de la pobreza ajena; a lapidadores de mujeres y creadores de granjas de paridoras; al «movimiento nacional y popular» argentino como al PT brasileño; a los demócratas yanquis y los comunistas chinos; a ministros de economía con 270% de inflación (como Sergio Massa) y represores de Guernica que recurren al incendio y la topadora (como Axel Kicillof). Esta ancha avenida del reformismo es lo que llamamos «espacio intermedio».
El debate estratégico –e inmediato– de la política socialista es qué tipo de relación conviene desarrollar con los distintos sectores que expresan disensos reales con aquel conjunto A, que es el bloque más sólido, central y hegemónico de la burguesía mundial.
Refutación del progresismo
Para la política campista1 –o sea, reformista–, el disenso político y económico entre sectores de C y sectores de A resulta más importante que su carácter explotador y opresor frente a la clase obrera. Por lo tanto, la independencia de clase y el socialismo deben atravesar una serie de alianzas, pasos y etapas hasta llegar a expresarse con claridad. Este modelo campista se sostiene en un prejuicio teórico acerca del funcionamiento del capitalismo: la falta de competencia entre capitales. O, dicho en el idioma del campo reformista, el dominio de los monopolios. Como consecuencia de este prejuicio se ve «fascismo» por doquier y un «estado de excepción» permanente.
Semejante razonamiento posterga la lucha socialista, pues se presume que quienes tienen roces con el bloque «imperialista monopólico y fascista» también tienen, consecuentemente, profundas y estables coincidencias con los intereses de los trabajadores. La exageración de las diferencias entre fracciones de la burguesía conduce a que se las considere más sustanciales y estratégicas que el antagonismo de clase. Aunque siempre se anuncia que esa postergación de lo clasista es estrictamente coyuntural, episódica o táctica, se ha vuelto una constante desde hace tres cuartos de siglo.
En la misma lógica, si no hay diferencias entre burgueses que los opongan en competencia, entonces tampoco hay necesidad de debate y juego político. Se concluye por ende que toda actividad política es una mascarada, «fulbito para la tribuna», un engaño hacia las masas que oculta los acuerdos de fondo entre los grandes actores monopólicos, una tapadera de las conspiraciones. De allí se derivan tanto la denuncia de «fascismo» y «estado de excepción», como la conclusión totalmente contraria: que las diferencias van mucho más allá de los intereses propios de la burguesía y, en realidad, todo se trata de profundos proyectos de reorganización social.
¿Puede un «análisis» político quedar tan expuesto al capricho que, desde las mismas premisas, se deriven conclusiones contradictorias? Sí. Es exactamente lo que sucedió en los últimos años. El fracaso del gobierno de Macri se evaluó no como fracaso creciente del capitalismo, sino de «la derecha neoliberal». Por lo tanto, el gobierno defendido por el progresismo, el gobierno peronista, no podía ser peor. Pero lo fue. Lo fue abierta y claramente para la amplia mayoría de la clase trabajadora, afectada por índices crecientemente negativos en todo lo que le concernía (informalidad, indigencia, pobreza, inflación, inseguridad, salud, educación, etc.). Además, el gobierno de Alberto y Cristina mantuvo a gran parte de los trabajadores en situación de extrema precariedad y dependencia clientelar, lo que finalmente sirvió de base a la motosierra de Milei para avanzar sobre ellos. El peronismo afiló la motosierra.
Vale la pena recordar que la campaña por Alberto Fernández prometió que «volvía el asado» sobre la certeza progresista de que el peronismo, sin ser una solución de fondo, siempre es una mejora para los trabajadores. Pero quedó demostrado que no: el gobierno nac&pop de Alberto, con su guitarra y sus filminas, fue peor que el «gobierno de los CEOs» del macrismo. Macri se presentó a la reelección y obtuvo 2 de cada 5 votos; Alberto no pudo ni postularse para la reelección.
Hay quienes le atribuyen el fracaso de Alberto a las condiciones internacionales: la deuda, la pandemia, la guerra. Pero entonces debería reconocerse, igualmente, que los momentos de estabilidad de los gobiernos «progresistas» se apoyaron en otras condiciones internacionales, esta vez extremadamente favorables, como los altos precios de las materias primas y la demanda de ciertos países en expansión impetuosa (nos referimos, por ejemplo, a la «soja a 600 dólares» y al apetito de los cerdos en China). Todo lo cual, como balance más abarcador, deja mal parado al progresismo, ya que demuestra voluntad de repartir un poco cuando hay bastante, a la vez que elije perjudicar a la clase trabajadora cuando hay escasez o problemas.
Diferencias irreales y diferencias reales
Al mirar hacia atrás, se hace más evidente que el peronismo, el pretendido sector intermedio del campo burgués, es estructuralmente parte del campo enemigo. Fueron peronistas los oprobiosos gobiernos del 73 al 76 (con la Masacre de Ezeiza, el Rodrigazo y la Triple A) y del 89 al 98 (con la apertura, la desocupación y la flexibilización). El fantástico hecho de que se pueda negar que esos fueron gobiernos tan peronistas como los demás (o el pretendidamente astuto recurso a «cuatro peronismos», como si no fueran todos en la misma boleta electoral) es efecto de un espasmo defensivo provocado por el esfuerzo negador de lo evidente.
En un terreno más amplio –la creencia en un capitalismo monolítico, supuestamente liderado por los republicanos de EE.UU. y sus empresas monopólicas empeñadas en desguazar al mundo–, sólo podrían tener diferencias aquellos que son lo otro del capital. Porque al no haber competencia interburguesa ni regímenes democráticos burgueses, todo es violencia fascista e imposición monopólica. No rige la ley del valor, sino que hay «formadores de precios». No hay dosis variables de hegemonía y coerción, sino «estado de excepción» incesante. No hay burguesías menores que recurren a modos violentos (más violentos que los de las potencias económicas para reprimir a su población interna), sino naciones antiimperialistas que, en la lucha contra EE.UU., se ven obligadas a aplastar toda disidencia liberal y proyanki, como las mujeres que no quieren usar el velo en Irán o los trabajadores que quieren aumento de salario en Venezuela.
Pero para sostener esta idea de un capitalismo monopólico y sin fisuras, hay que apelar sistemática y embrutecedoramente a teorías conspirativas y absurdamente secretas (absurdas porque, siendo conspirativas y secretas, llegamos a conocerlas… a través de Facebook, X, Instagram…), en las que todos los disensos, en lugar de expresar intereses materiales de diferentes explotadores privados (individuales, sectoriales o nacionales), son apenas una pantomima encubridora de los verdaderos acuerdos, inaccesibles para el común de los mortales. O, con igual arbitrariedad, los roces entre fracciones burguesas expresarían enfrentamientos totales y estratégicos en los que la clase trabajadora tendría la oportunidad de plegarse a uno de los campos, el más propicio para sus propios intereses históricos.
Se nos podría objetar que, así como no pueden conocerse las conjuras y confabulaciones, tampoco pueden conocerse los disensos entre sectores burgueses. Sin embargo, lo que decimos es que las conspiraciones no existen, por eso no pueden conocerse. En cambio, los disensos entre fracciones burguesas son reales y se efectúan de cara a la población y al resto de los burgueses. No de manera clara y honesta, por supuesto, pero sí de manera sistemática: aparecen en la prensa general y en la prensa especializada; moldean los intereses de la educación y de las universidades. Y se presentan, necesariamente, en las campañas electorales.
Veamos cómo estos problemas inciden en la estrategia de la izquierda hegemonizada por el trotskismo.
Claudicante y sectaria
Uno de los aspectos más negativos de esta perspectiva teórica que cuestionamos es que fomenta un embrutecimiento mayor al existente. ¿Por qué? Porque rechaza el estudio y el debate.
En un mundo tan simplificado y sin movimiento, como pretenden las simplificaciones que cuestionamos, todo es como fue y será. Las diferencias entre burgueses, entre naciones e, incluso, entre figuras políticas individuales del personal burgués, o bien son despreciadas como un número circense, o bien son exageradas como el reflejo de rupturas profundas y estructurales. Una vez decidido esto, ya no hay mucho qué pensar.
Por ejemplo, para el PTS el peronismo expresa fractura y enfrentamiento con el bloque explotador monolítico y fascista. De ahí que, en todos y cada uno de los modos en que se expresen estas diferencias, el PTS se alinea de la misma manera: del lado peronista. Aunque esto implique defender la corrupción2.
El segundo gran aspecto negativo de esta perspectiva es que constituye una actitud claudicante y, a la vez, sectaria con respecto al programa mínimo.
Claudicante, porque atribuir a las demandas de los trabajadores un salto que es ajeno a ellas, es decir, una tendencia natural e imbatible al socialismo, conduce a hacer coincidir ese supuesto programa de la izquierda con el de algún sector de la burguesía. Peor incluso: hace coincidir las demandas obreras con las consignas y tareas que la burguesía puede realizar e, incluso, ha realizado. Por ejemplo, los llamados a la «soberanía» e «independencia», que no sólo ya fueron logradas, sino que son la base del veneno nacionalista en la conciencia obrera, que funciona como suelo firme para la conciliación de clases: el reclamo de unión de todos los argentinos. Otro ejemplo: la consigna de una Asamblea Constituyente. Menem ya la hizo y logró una Constitución a su medida sin que ni un solo convencional electo perteneciera a la izquierda. El ejemplo por antonomasia, ya que todo el programa del FITU gira alrededor de esta consigna nacionalista, es ¡NO AL FMI! Ya lo hizo Néstor. De manera que no hay mejor camino para llevarlo adelante que votando al candidato que designe Cristina, no votando al FITU. Pues, como diría el General, mejor que decir es hacer. Y ella gobernó efectivamente dos mandatos presidenciales sin la presencia, las imposiciones –ni los bajos intereses comparativos– del FMI.
Y también sectaria, porque las demandas inmediatas se transforman en un programa político sostenido por agrupaciones que existen a fuerza de una diferenciación irreal. Lo que debería ser el camino para la más amplia unidad en la acción del conjunto de los trabajadores por cuestiones gremiales conocidas, se transforma en el rasgo diferencial de grupos que saben que no proponen (para hoy, sí para un futuro incierto) algo diferente a los otros grupos similares de izquierda, pero tampoco al ala «izquierda» del peronismo3. Esas proliferantes agrupaciones sindicales, que disgregan lo que hay que unir, se diferencian agregándole un poco más de pseudo combatividad a lo que se demande en cada caso, acusando de traidores a los otros porque piden 10 cuando «se debería» reclamar 15, o por mocionar un paro de 24 hs. cuando «habría» que parar 36. Todo esto en desmedro del verdadero fiel de la balanza de la actividad gremial, que consiste en hacer confluir las exigencias con la masividad4.
Por lo tanto, si bien es cierto que la izquierda clasista mantiene su lugar marginal por cuestiones de una magnitud mucho mayor que la que sus fuerzas han provocado o pueden torcer (y de esto no caben dudas), también esa marginalidad (aunque en menor medida: la de sus propias acciones) es alentada por el desarrollo de un programa complaciente. Un programa que se la pasa diciendo «Hay que hacer bien» lo mismo que prometen hacer los movimientos de masas y los políticos burgueses.
Diferenciarse por ser más consecuente y estar más convencido con respecto a un programa ajeno, necesariamente conduce a un callejón sin salida.
Trotskismo rococó
Así, la estrategia del FITU (y el resto de la izquierda que lo cuestiona sin romper con esta estrategia) contribuye al voluntarismo de los trabajadores aunque de manera oscura. El FITU dice las mismas cosas que el peronismo pero sin los diputados, senadores, burócratas sindicales, gobernadores e intendentes que el peronismo tiene. El FITU acusa al peronismo de inconsecuente y, de esa manera, consolida la creencia de muchos de los trabajadores de que hay que votar al peronismo: sólo se trata de encontrar al dirigente correcto, al que puede llevar a cabo el programa nacionalista.
Por eso la popularidad mediática de Bregman no debe encandilarnos. No indica un mayor acercamiento de los trabajadores al socialismo. De hecho, Bregman nunca habla de socialismo. Lo que el reciente incremento de las «reacciones», «likes» y «views» indica es que, al concurrir a la sede del PJ y a la casa de Cristina para ponerse a disposición, permitió que el progresismo soñara despierto: el programa peronista podría ser llevado adelante por una dirigente honesta, luchadora y consecuente. Y rockera. Una «zurda» (así se titula su libro) que está «contra la resignación, la mansedumbre y el conformismo» (así se subtitula).
Todo esto explica cómo la parcialidad atribuida a la justicia en la condena de Cristina condujo a la consigna «Liberen a la chorra», en vez de «Que vayan presos todos los chorros». No se trata de una «agachada» ni de un error puntual. Se trata de una consecuencia inevitable de esta política estratégica que simpatiza con algún sector disidente –porque es menos favorecido en la competencia capitalista– de los explotadores.
De esta cercanía con el peronismo se desprende toda la panoplia trotskista de incomprensibles políticas rococó, con diferencias dignas del cálculo infinitesimal o de un mandala microscópico: «marcha crítica», «oradores propios», «concentración aparte», «columna independiente», «consignas propias», «banderas de otro color», el sí pero no, el no pero sí. Es la otra cara de la política sectaria: hablarle al pequeño círculo íntimo y muy informado por las propias organizaciones de izquierda que, entonces, con escrupulosas indicaciones y la pedagogía pertinente, consigue percibir la diferencia entre apoyar de corazón o apoyar críticamente a Cristina, entre marchar por Avenida de Mayo o hacerlo por Bartolomé Mitre, entre pedir su liberación porque es la líder del pueblo o pedirla porque el pueblo la considera su líder y por eso la condenan.
Invitados a la perplejidad de esa estrategia, lo esencial (e inútil) es invisible a los ojos de los trabajadores, que no pueden discernir (en su sano juicio) las diferencias que sólo los iniciados en los misterios del trotskismo pueden reconocer. No estamos hablando de captar la diferencia entre «subsunción formal» y «subsunción real» del trabajo al capital, sino de inteligir la supuestamente enorme y decisiva distancia que habría entre defender a una chorra burguesa desde su propia casa (el PTS del Chipi Castillo) o desde las redes sociales (el PO de Solano).
La izquierda cultural
La política campista tuvo dos progenitores ya extintos: la amenaza del comunismo, representada en la existencia de la URSS, y el boom de posguerra, motorizado por la reconstrucción y el crecimiento. Aunque este feliz matrimonio sufrió la muerte de ambos cónyuges por causas naturales (el Estado de Bienestar se atascó en su propia caída de la productividad, mientras que la Unión Soviética implosionó), la idea de que existen aliados más allá de la propia clase obrera en los cuales apoyarse para avanzar hacia el socialismo persiste al día de hoy, pataleando en el vacío.
Si manipular AK47 permitía la independencia de las colonias mientras los convenios colectivos de trabajo se mantenían vigentes y mejorados durante el pleno empleo, es decir, si durante la Guerra Fría se lograban mejoras y se defendían conquistas, desde hace 40 años, en la casi totalidad del planeta, de la mano de quienes tienen diferencias con el poder monopólico del imperialismo yanqui, nos hundimos cada vez más.
Hay otro heredero de aquel matrimonio y es la izquierda cultural. Durante los 30 gloriosos años, ante el fenómeno de una clase obrera que no veía (y por lo tanto no se preparaba para) inminentes ataques estructurales del capitalismo, la izquierda recurrió a explicaciones por «el adormecimiento», «la alienación», «el falso disfrute», «la vida inauténtica», la confusión causada por la cultura «burguesa» en general (y se supuso entonces posible la existencia de otra que no lo fuera), por los medios de masas y la publicidad. En consecuencia, se buscó trasladar al centro de gravedad de la lucha revolucionaria, en muchos países y durante muchos períodos, una batalla por el contenido particular de la cultura. Esto significó la confianza en otro espacio intermedio, el arte y la cultura, al que se le adjudicó una finalidad superlativa.
El razonamiento se repitió y se sigue repitiendo en todas las esferas y disciplinas creativas y productivas: si el capitalismo (mediante el sometimiento del trabajo en la gran industria y la baja del costo unitario) degrada, simultáneamente, a los trabajadores en sus tareas y en los objetos con los que reproducen su vida, si esta dinámica obviamente empobrece la educación y consecuentemente la cultura y el arte, entonces, en conclusión, la cultura y el arte son enemigos naturales del capitalismo.
Más allá del absurdo criterio formal de reversibilidad de las causas y los efectos con el que se lo sostiene, este espacio intermedio satisface y prorroga la existencia de una parte del ancho mundo de la cultura y el arte desarrollado en la multidimensional y sofisticada explosión de los «30 gloriosos años», pero ahora ya sin el sustento de la dinámica productiva de ese momento (ni de la educación necesaria para sostenerla) que fue distintiva de ese período5.
Durante décadas, la política cultural constituyó una forma de reformismo adecuada al momento, que permitía obtener condiciones de vida satisfactorias. Ahora constituye un espacio («el arte y la cultura») estéril, impotente, quejoso y narcisista. Gracias a estas características, obtura el trabajo político para la unidad de la clase trabajadora, que es, precisamente, la clase social a la que pertenece la mayoría de los auto segregados trabajadores «del arte y la cultura». El espacio intermedio se puebla de sectores distintos que se adicionan unos a otros a pesar de ser visiblemente contradictorios: la politización del gremialismo y la cultura, junto a la búsqueda de referentes para esa politización en la propia burguesía, se nos presenta como una política perniciosa que podríamos intentar superar.
Unirnos y dividirlos
Si logramos reemplazar la simpleza estática del razonamiento campista por la complejidad dinámica de la competencia capitalista, esto nos obligará a trabajar intelectualmente. Porque entonces las diferencias en el campo enemigo, sus disensiones variables, sus acuerdos y traiciones, sus dificultades para la estabilidad, las concesiones de los intereses económicos a las posibilidades políticas de llevarlos adelante, las relaciones contradictorias entre los sectores de la clase explotadora y los miembros de su personal político, todo ese complejo universo en movimiento perpetuo y choques inevitables, nos puede abrir una perspectiva política para nuestra clase vapuleada, empobrecida y embrutecida.
El poder potencial de la clase obrera se apoya en la lucha práctica por su unidad. Esta es la razón por la cual las agrupaciones gremiales, lejos de representar los estratégicos intereses políticos del partido, deberían ostentar el ancho de las demandas iniciales, trabajando por limitar las particularidades y ampliar las coincidencias. Además, esto requiere ser combinado con un profundo estudio e interés por la incesante inestabilidad y disidencia interna de los explotadores.
La salida no se encuentra en ningún retorno a una «ortodoxia» anclada en los textos clásicos. Mucho menos en la invocación religiosa de algún nombre propio. La perdurabilidad de cada clásico del marxismo estriba en que fueron motivados por la búsqueda de explicaciones para la realidad que tocaba en cada caso. Y por la necesidad de crear un modo de intervención que apuntara hacia el futuro. Ante otra realidad, como la que hoy tenemos enfrente, las citas bíblicas carecen de sentido (a menos que confiemos en un Juicio Final venidero que nos favorecerá por haberlas respetado).
Contrariamente, hay que abandonar la idea de que la clase trabajadora se encuentra incluida en un campo más amplio de enemigos del imperialismo y el fascismo. La clase explotada se encuentra en antagonismo irreconciliable con un campo de explotadores que posee intereses privados en conflicto, no siempre bien articulados con sus representantes políticos, y cotidianamente obligados a competir sin tregua.
La mejor manera de superar el fraccionamiento actual de la clase obrera es educar a su vanguardia en la tarea de unificarla trabajando incesantemente para profundizar, herir, aprovechar, las diferencias entre nuestros explotadores.
NOTAS:
1 Realizamos una breve historia del «campismo» y sus diferencias con el clasismo en nuestra nota editorial #15: «El campo de los sueños: por qué la unidad del “campo popular” es contraria a la unidad de la clase trabajadora».
2 Véase al respecto «CFK Condenada: Sus tropas menguantes soñando con un 17 de octubre y el trotskismo con participar en él» y «Régimen y programa en la política trotskista».
3 Sobre esto se puede escuchar la charla «El gremialismo no es política».
4 Hablamos de esto en «Como institutriz inglesa: debate sobre el sindicalismo de izquierda».
5 Un acercamiento a las principales características de esta explosión pueden leerse en «El dilema de Camus: desventuras del intelectual comprometido». En el mismo sentido, tanto «La solución y los imprescindibles» como «Cine: una de esas mercancías que nos resistimos a ver como mercancía» exploran el mismo problema desde diferentes ámbitos del arte y la cultura.




