ACLARACIÓN: Respetamos el inconmensurable dolor de millones de personas por la muerte del Indio Solari. No somos los primeros en escribir algo al respecto. Pensamos que tenemos, para decir, algo que no se ha dicho hasta ahora.
Ante las multitudinarias manifestaciones de duelo por la muerte de Carlos «El Indio» Solari, las redes se colmaron con intentos por descular un misterio fantaseado por sus mismos intérpretes, más o menos ilustrados: ¿Qué lectura política había que darle a semejante movilización popular? ¿Dónde cabía ubicar la figura del Indio? ¿Cumplió alguna función social? Y en ese caso, ¿cuál?
«Fue un héroe argentino», dijo Axel Kicillof. «No sólo despedimos a un artista irrepetible», tuiteó la CGT, «sino a un pilar de la identidad de nuestro pueblo». Gabriel Katopodis recurrió a cierto lugar común: «Nos enseñó que en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida». Maxi Ferraro, de la Coalición Cívica, escribió una variación de esa idea: «Tus letras… nos enseñaron que la poesía podía habitar el rock y que la cultura podía ser una forma de resistencia».[1] El Ministro de Justicia y Derechos Humanos en la provincia de Buenos Aires, Martín Mena, posteó una foto del Indio abrazado con Cristina y dijo: «Nunca se inclinó ante el poder real criminal e insensible. Siempre supo de qué lado de la mecha estar. Bien enfrente de los cobardes, y la injusticia.» Prensa Obrera citó el mismo verso de «Queso ruso», como prueba de que la poesía no sirve para la delimitación política: «Le pese a quien le pese (y aquí entra el propio Solari, quien se definió como un “artista peronista”), hay que fijarse “de qué lado de la mecha te encontrás”»[2]. Pero la coincidencia del Partido Obrero con el ministro peronista fue más amplia y profunda que el gusto por una canción:
Como dijo Gabriel Solano, «Honra al Indio que Menem no quiera que sea velado en el Congreso. Que no te quieran los HDP es un orgullo». Resumió bien algo que, bien mirado, es una obviedad: los fachos están de un lado, las bandas ricoteras del otro.
Tentado por la demagogia, el trotskismo abandona toda sociología (no sólo a Marx) y establece esta contradicción estructural en el capitalismo argentino: fachos versus bandas ricoteras. O «HDP» versus… ¿gente de bien? O, como dice el ricotero peronista Martín Mena, de un lado el poder real criminal e insensible, los cobardes y la injusticia; del otro, por lo tanto, el poder ¿irreal? de Cristina y el PJ, ese poder honesto y sensible, la hidalguía de los valientes y la justicia justicialista. De un lado los anti-pueblo, del otro el campo popular. De un lado los partidos no peronistas, del otro el peronismo y el FITU.
Se trata de una cosmovisión típica del progresismo (aunque no exclusiva de esta mentalidad), según la cual la sociedad capitalista se dividiría en dos grupos moralmente definidos (y que son, en realidad, dos alianzas de clase): los odiantes y los amorosos, el lado malo y el lado bueno de la Historia, lo incorrecto y lo correcto de la vida. O bien, para decirlo con León Gieco y Joan Manuel Serrat, los que son «campesinos de la raza de altroqué» y los que son «turistas del famoso deme tres», los que prefieren «el tiempo al oro, la vida al sueño» y los que eligen «el Rockefeller Center» y «el Séptimo de Caballería». El Bien y el Mal definen por penal. Más claro, echale agua bendita.
«Chunga combinación de polvos»
Desde esa manera de ver las cosas, el Indio Solari y su obra se hallarían en el territorio de todo lo que es Bueno, Bello y Verdadero. Parece que exageramos, pero únicamente desde este moralismo religioso se puede explicar la desorbitada idea que Myriam Bregman repitió, desde un escenario, en un acto del PTS en Neuquén:
Alguien decía en Twitter que si juntamos la fuerza que demostraron los ricoteros y las mujeres el 3 de junio, en una semana tomamos las Malvinas… recuperamos las Malvinas.
Si en esa repartición maniquea y moralista del universo el Ni Una Menos, los ricoteros y las islas Malvinas se ubican en la columna Excel de «todo lo que está bien», entonces ¿qué mejor idea que reunir esos elementos dispares en un solo deseo verbalizado? Podríamos decir que el PTS anda en busca del «significante vacío» que le permita unificar demandas heterogéneas tras una candidatura. Pero la idea de «Nueva clase trabajadora» encuentra su imagen adecuada en la mesa de disección del surrealismo, donde acontece el encuentro fortuito entre una máquina de coser y un paraguas.
Enseguida veremos cómo hasta el Indio supo distinguir que la polisemia de la obra de arte es incompatible con la univocidad del discurso político. Por lo pronto, sin atender al nacionalismo explícito de Bregman (¿juntar tanta gente para realizar esa tarea?), nos interesa señalar el ansia religioso de todos los que piensan que con la muerte del Indio Solari «pasó algo más» que un profundo e inédito duelo masivo. Y queremos señalar, a la vez, cómo esos intérpretes del fenómeno popular se muestran perplejos ante el hecho, harto evidente, de que no pasó nada más –ni nada menos– que una multitudinaria (quizá la más grande en décadas en Argentina) manifestación de tristeza.
Semejante impotencia de los dirigentes políticos para leer la realidad no los obliga (ni a ellos ni a sus militantes) a cambiar el marco interpretativo, sino a manotear cualquier signo que les permita insistir en los errores y prejuicios mediante los cuales quieren explicar el apoyo a Milei desde 2023.[3] El desvarío de Bregman es ejemplar en este sentido: si la marcha del Ni Una Menos y las misas ricoteras son pruebas contundentes del resurgimiento y la potencia de «lo popular», ¿por qué el gobierno de Milei, sin más contratiempos que su propia impericia, «aguanta los trapos» de su programa antiobrero?
Pasemos a algo más serio. Asomémonos al análisis que del pensamiento y la lírica del Indio realizó Natalí Incaminato, más conocida como La Inca.
«Los putos de la luna / erotismo y valor»
La Inca es doctora en Letras, autora del libro Peronismo para la juventud (2021), conocida streamer («Dejé la academia por YouTube», declara en su cuenta de la misma red) y «Peronista de izquierda como el Indio Solari», según su descripción en Tuiter. Como forma de homenaje, dedicó tres horas a exponer una interpretación global de la producción poética y el pensamiento político del Indio, que puede verse aquí.
Hace tres años, en un ejercicio similar (aunque menos ambicioso), la Inca explicitó su marco teórico para el análisis de estas canciones: Jacques Derrida, los formalistas rusos, Bertolt Brecht, Maurice Blanchot… Una tradición de la teoría literaria que niega la posibilidad de una clausura del sentido en lo que al arte (en general) y la poesía (en particular) se refiere. Un tipo de lectura adecuado para la obra del Indio Solari, según sus propias palabras:
La poesía debe ser sugestiva. Una obra es simbólica. Si lo entendiese de otra forma no haría canciones, sino panfletos o política. Nos dicen que nuestras letras son difíciles, pero yo no veo que los chicos las encuentren difíciles; suena más bien a excusa, para justificar una poesía más llana y sin calidad. Uno hace montajes alegóricos, como adivinanzas, para que el otro juegue y se entusiasme.[4]
Distinguir entre el espacio simbólico del arte y la referencia objetiva del discurso militante, entre el género canción y el género panfleto, entre hacer rock y hacer política, nos parece irreprochable. Tal como hemos dicho en más de una ocasión, la confusión izquierdista entre las satisfacciones del cuerpo y los medios de lucha, entre los disfrutes culturales y la militancia socialista, empobrece al arte y desorienta a la militancia[5]. Hemos dado muestras, también, de que el trotskismo ignora esa distinción (o bien, con igual resultado, se esfuerza por abolirla)[6]. Y si el Indio y la Inca dejaran el asunto ahí, en que «una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa», no tendríamos nada que objetar.
Pero hay un pero.
O dos.
Solari elogia la contracultura como alternativa a la militancia, la «política del éxtasis» contra la «política partidaria». Y la Inca piensa, igual que nosotros, que el Indio Solari es un intelectual; pero lo hace por razones que consideramos políticamente estériles[7].
Vayamos por partes.
«Tan caprichoso y novedoso que puede ser…»
La contracultura es una corriente variopinta que tuvo su auge en los «30 gloriosos» años de posguerra. Esbozamos un mapa de sus ingredientes teóricos e ideológicos en «Los libertarios y la finitud de la vida». Agreguemos a ese mapa unos trazos que el Indio ofreció en una entrevista a Rolling Stone durante el año 2000:
–¿Cómo fue tu juventud en La Plata?
Indio: En esa época el aire era gratis. Te tomabas una tripa, te ibas a un bar y estaba todo bien. La psicodelia no era tomar un cuartito, era tomar en serio durante una semana, cosas pesadas. Yo era un hippie con el pelo por acá. La movida en La Plata era muy grossa, jazz, existencialismo, rock… Hablabas de ecología y nadie te daba bola. Estábamos cerca de lo que se llamaba la Nueva Izquierda (Norte) Americana, la parte más combativa del rock, que creía en la universalidad del pensamiento y que estaba convencida de que matarse en la periferia del Imperio era al pedo. Por lo tanto, todos nos censuraban, empezando por la gente de la izquierda local. Te acusaban de dar un paso al costado en una lucha que vendían como inevitable. […]
–La información que tenías, y a la que atribuís el haberte salvado del desastre de tu generación, ¿en qué consistía?
Indio: En un mix de mi profesor de judo con los Beatles con la biblioteca de mi viejo. Esta cosa capricorniana del abrevar en todas las cosas. Cuando leés a Capote, cuando leés El engranaje, de Jean Paul Sartre, dejás de pensar que es posible tomar la Casa Blanca armado con un Maúser. En el mejor de los casos aspirás a contaminar la cultura, aquello que genera un germen perdurable. Elegí escribir canciones y poesía, meter un quintacolumnista en el desfile de las ideas.[8]
Escéptico en relación a «una lucha que vendían como inevitable», el Indio creía en otras fatalidades (además del horóscopo): toda revolución estaría destinada al fracaso y el mejor camino para un cambio social sería el intento de «contaminar la cultura». (Enseguida veremos cómo El engranaje de Sartre es una importante clave de lectura). Esta perspectiva no era extraña en la época. Caetano Veloso, en su libro de memorias, recuerda que cuando estuvo preso (entre fines del 68 y comienzos del 69) un capitán lo hizo entrar a su despacho, se quedaron a solas y el milico inició esta conversación: «Pero ¿eres un ingenuo o crees que puedes tomarnos por tontos?»
…mostrando una discreta vanidad intelectual –narra Caetano– al citar las ideas y los nombres de Freud y Marcuse (mencionó a Marx y Lenin con cierta sequedad, sin la misma emoción), expuso su sofisticada interpretación del tropicalismo. Se refirió a algunas declaraciones mías a la prensa en las que aparecía la palabra «desestructurar» y, usándola como palabra clave, denunció el insidioso poder subversivo de nuestro trabajo. Dijo entender claramente que lo que Gil y yo hacíamos era mucho más peligroso que lo que hacían los artistas de protesta explícita o compromiso manifiesto.[9]
Según este relato, más peligroso que el cancionero de protesta, su mensaje directo y su «poesía más llana», es la experimentación formal, los «montajes alegóricos, como adivinanzas, para que el otro juegue y se entusiasme». Julio Cortázar argumentó lo mismo cuando debatió con Óscar Collazos en 1969: en lugar de escribir algo «al nivel de la comprensión general» (como hacía David Viñas, por ejemplo), Cortázar declaraba ser «un escritor dispuesto a aventuras más extremas», no dirigidas a la sensibilidad del hombre del presente sino a la de un conjetural hombre nuevo (reseñamos el debate en «El dilema de Camus»). De este modo, se pensaba, si el artista era lo suficientemente hábil y arriesgado, podía a la vez sortear la censura y esparcir «despertadores» de conciencia, evitar la bajada de línea explícita y «desestructurar» la percepción social «como quien no quiere la cosa». Este era «el insidioso poder subversivo» de la contracultura.
Nueva izquierda, freudomarxismo, Fidel Castro, revolución sexual, viajes psicodélicos, crítica al «consumo de masas», industria del ocio, unidad obrero-estudiantil, Nietzsche con Mao, «revolución cultural permanente»[10], poetas que tomaban las armas, hippies que atribuían a las flores más poder que a los fusiles, Marx con Rimbaud, Marcuse con Debray, filosofía del deseo y libertarianismo[11]… Todo aquello se mezcló en un guiso intercontinental cuyo fondo de olla todavía se puede saborear en versos como los de este cántico:
Una bandera
que diga «Che Guevara»,
un par de rocanroles
y porro pa’ fumar.
Matar un rati
para vengar a Walter
y en toda la Argentina
comienza el carnaval.[12]
En esa atmósfera contracultural era común que se identificara la política «revolucionaria» con la violencia armada (toda «vía pacífica» era considerada reformista), que se confundiera el «verdadero» cambio social con matar policías (el film La batalla de Argelia es de 1966) y que se hablara de una «emancipación humana» a partir del asalto violento al poder sin mucho estudio de las leyes que regulan el funcionamiento del sistema capitalista. La acción radical reclamaba fierros, no teoría.
La teoría, en todo caso, quedaba en manos de la academia y los eruditos autodidactas. Lo cual no garantizaba consistencia, ya que se podía citar El Capital como si fuera un cadáver exquisito, apto para la edición caprichosa y el montaje alegórico, desde el «corte» althusseriano hasta las «máquinas deseantes» del Antiedipo[13], pasando por la «crítica de la economía política del signo», el Marx nietzscheano de Oscar del Barco[14] y la disparatada afirmación de Lacan según la cual el «plus de gozar» y el plusvalor presentaban «la misma lógica»[15]. El collage y la poesía sustituían al método y al concepto; el happening, los alucinógenos y el «desvío» situacionista reemplazaban el compromiso militante, la organización política y la permanencia laboriosa; y el boom de la industria cultural (libros, revistas, cine, vinilos, tv, conciertos, teatro…) se confundía con la inminencia del socialismo.
La contracultura enfrentaba, así, un dilema: si querías cambiar algo, había que elegir entre la tinta y el plomo. Pero eran dos maneras de atender a un mismo diagnóstico: las masas estaban dormidas y había que despertarlas del sueño dogmático de la alienación burguesa. Ora súbitamente, mediante una acción ejemplar (como el asesinato selectivo), ora insidiosamente, mediante una subversión sensible (como una obra de arte). De un lado el foco guerrillero (capaz de impulsar al combate abierto), del otro una metáfora lúdica (capaz de «desautomatizar» la percepción de las cosas).
«Y cuánto valen tus ojos maquillados»
Los trabajadores educados y los hijos de la burguesía que confluyeron en la contracultura, tan beligerantes contra una vida «alienada» en la «sociedad de consumo» como renuentes a «hacerse matar al pedo en la periferia del Imperio», encontraron en las expresiones artísticas una tercera vía: inocular «un germen perdurable» en la sociedad, «meter un quintacolumnista en el desfile de las ideas».
Pero una cosa es montar un espectáculo musical con monologuistas, bailarinas, payasos y números teatrales (como hacían los Redondos a fines de los 70) porque la única política revolucionaria que se concebía era la de agarrar los fierros y matar o morir, y otra cosa es considerar que la organización de un espectáculo artístico era «una forma de resistencia» a la dictadura militar[16]. «Ningún endecasílabo derribó hasta ahora / a ningún dictador o burócrata», escribió Juan Gelman. Y en 1980 no hacía falta un montaje alegórico, como el de Charly García con la Alicia… de Lewis Carroll («uno de los relatos más duros sobre la dictadura», se ilusiona el trotskismo), para captar que se vivía bajo un régimen de terror. Esa idea de que los trabajadores necesitamos una obra de arte para saber que vivimos para la mierda es, en el mejor de los casos, cándida. En el peor, implica un sólido desprecio por lo que pensamos quienes no tuvimos la suerte de leer a los beatniks en idioma original.
Y ese culturalismo de izquierda, casi ayuno de economía (en el sentido de atender a las condiciones de reproducción material de la sociedad), se pudo ver recientemente cuando, en los días posteriores a la muerte del Indio, la prensa trotskista publicó una nota sobre el espionaje de la policía bonaerense entre los ricoteros, asegurando que eso «evidencia la persecución a un fenómeno cultural y juvenil de resistencia», sin hacer la más mínima mención al negocio de la seguridad gestionado por la policía, los barras y los punteros, en los espectáculos multitudinarios (musicales y deportivos)[17].
También vemos contracultura y falta de materialismo cuando se bautiza «Karl Marx» una cátedra, el tema de debate se titula «¿Cómo recrear un imaginario de izquierda en Argentina?» y las respuestas son: «Ser de izquierda es una forma de vida» (Jorgelina Matusevicius, minuto 9:24), «Quieren capturar nuestra alma» (minuto 13) y hay que defender una «identidad socialista» (Mariano Schuster, minuto 35:47). Entre el título de la convocatoria y las respuestas desplegadas se expresa el mismo énfasis colocado en el orden de «la conciencia», del «imaginario», del «estado de ánimo», de «la subjetividad», de «nuestra alma», del individuo y lo identitario.
Que el dilema entre la pluma y el fusil expresa una misma desorientación política –y un mismo diagnóstico (errado) acerca de cómo funciona la conciencia[18]– se pone de manifiesto cuando alguien como Pedro Cazes Camarero, ex militante del PRT-ERP, ex director de sus órganos de prensa «El combatiente» y «Estrella Roja», preso en dictaduras y en democracia, partícipe en la organización de la fuga de Rawson, escribe en Huellas del Sur que los conciertos del Indio Solari:
…no eran solamente conciertos, sino que funcionaban como territorios existenciales. Durante unas horas, miles de personas escapaban de las identidades ordinarias de trabajador, desempleado, estudiante o comerciante, para convertirse simplemente en «ricoteros».[19]
Ahí vemos, de manera diáfana, el giro subjetivista que considera al trabajador como una identidad y no como una posición objetiva de clase[20]. Ese giro se fortalece en la misma nota de Camarero con las referencias a Deleuze y Guattari, el último Castoriadis y el Mauricio Lazzarato de siempre. Y sólo puede conducir (o provenir de) un subjetivismo más profundo: el que conjetura que el mundo social, la realidad cotidiana, son puro teatro, espejismo, impostura y engaño. Se trata de una suerte de paranoia solipsista como sociología. El Show de Truman como marco teórico.
«Sueño con que duermo, no lleno mi tumba aún»
Retomemos el análisis de la Inca, porque allí señala como clave de interpretación para las letras y el pensamiento de Solari un guión cinematográfico escrito por Sartre en 1946: El engranaje. Esta obra comienza con el juicio popular al líder de una revolución que devino en tiranía, y finaliza con un nuevo gobierno revolucionario que repite la sangrienta traición a la causa. «La pureza es un lujo», dice Jean, el trágico protagonista[21]. Un lujo que sólo pueden darse quienes no hacen «política partidaria». Esa alegoría sartreana cifra el escepticismo del Indio ante la idea de «tomar la Casa Blanca armado con un Máuser»: una senda para el cambio social que conduciría mecánicamente al baño de sangre inútil para regresar al punto de partida.
Por eso, en vez de manchar sus manos con la mierda de la historia, el artista mancha la cultura con sus señales luminosas para alterar el «inconsciente colectivo»[22]. Frente a la violencia inútil de la vía revolucionaria y el pacifismo conservador de la vía reformista, se presenta una sola vía no sangrienta para cambiar el mundo: cambiar la vida. ¿La vida de la clase trabajadora? No. La vida de cada uno, individualmente. ¿La vida material, las condiciones de vida de cada uno? Tampoco. «La vida» en el sentido de la representación que nos hacemos de la vida. «No creo que la música cambie el mundo», dijo el Indio en 2012, «pero a mí me cambió la cabeza y soy partidario de que cuando la cabeza te cambia el mundo también»[23]. En vez de tomar el poder había que tomar conciencia. O tomar «una tripa». Y ya que el comunismo era imposible, había que ensayar el comunitarismo.
Esa perspectiva apuesta por la conformación de guetos y «comunidades», entre otras razones porque da por supuesto que, a su alrededor, las mayorías son estúpidas o viven engañadas. En lenguaje judeocristiano hablaríamos de «caídos», «pecadores», «impuros». La teoría edificada por la Escuela de Frankfurt es la más cabal expresión de esa perspectiva religiosa. Y su más brillante (o brilloso) panfleto es La sociedad del espectáculo, que Guy Debord publicó en 1967:
El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada por las imágenes. (Tesis 4)
A medida que la necesidad se encuentra socialmente soñada, el sueño se vuelve necesario. El espectáculo es el mal sueño de la sociedad moderna encadenada, que finalmente no expresa más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este dormir. (Tesis 21)
La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. (Tesis 30)[24]
«El espectador», «el hombre común», «la gente», no entienden nada de lo que les pasa. Son como los encadenados al fondo de aquella caverna de Platón, que miran sombras creyendo ver la realidad. Con la diferencia de que ahora la caverna, las cadenas y las sombras son un montaje de «las corporaciones». Desde estos supuestos opera el análisis de la Inca:
«No estamos viendo la realidad tal cual fue, sino que la estamos viendo escenificada para que pueda ser televisada» (34:03).
«El poder tira espejismos, tira teatro, tira montajes… siempre interesados» (48:49).
«Para el Indio Solari, el poder siempre se vincula con la mentira. Eso es lo violento. Eso es muy fundamental: entre poder, mentira, violencia, impostura, engaño… está el modo en que él [Solari] piensa el poder» (50:42).
En la entrevista de Cerdos y Peces de 1986, titulada con un textual del Indio «Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI»[25], ratificamos la interpretación de la Inca (y todas nuestras críticas). De hecho, lo primero que dice Solari en esa entrevista es que el hombre común es una marioneta de los medios de comunicación:
Parto del hecho de que el hombre común tiene una noticia muy parcial de la vida, es un prejuicio que se comparte con otros. Esta convención informativa depende de la escala de rangos de este modelo imperial mafioso. La lectura de la realidad que tenés, entonces, depende de las terminales de información a las que tenés acceso. La gente termina brindando obediencia a la información que el modelo sistémico le ofrece.
El Indio, que tendría acceso a más terminales de información que «el hombre común», no brinda obediencia al sistema. Esta posición se refuerza cuando el entrevistador, Enrique Simms, le pide al entrevistado que explique qué es un «modelo sistémico»:
Es un modelo que te ha ido alimentando de todas las interrelaciones. Fijate que el problema actual del estado de esclavitud del hombre depende exclusivamente de la ignorancia, del desconocimiento que se tiene sobre ese orden internacional mafioso. […]
Parece una mezcla del guión de Matrix (1999) con la teoría del monopolio. Ajeno a las categorías más elementales de análisis del capitalismo y cercano a una mirada paranoica y conspirativa de la organización social, el Indio declara que «las corporaciones gobiernan a través de la tecnocracia». La Inca se exalta, «¡Lo dijo hace 40 años!», como si en el capitalismo se gobernara «a través de la técnica» y no a través de la propiedad privada de los medios de producción. Ese resabio de luddismo[26] que comparten la Inca y el Indio (con su fondo de olla heideggeriano), alcanza todo su esplendor cuando Simms le pregunta a Solari qué concepto tiene de la ciencia. Y el capricorniano responde: «La religión oficial, hoy día, son la tecnología y la ciencia».
Ninguna de estas declaraciones fue episódica. A fines de 2007 dijo para el diario Clarín:
Hay como una especie de teatralización irónica que ha congelado todas las miradas y las transformó en fórmula. La industria musical manda y los chicos escuchan cualquier cosa: Juanes, una cumbia, los Redondos. Yo vengo de la contracultura. Para mí el rock no es un género, es una cultura. […]
Yo la curtí cuando el rock era la banda de sonido de un deseo contracultural, queríamos difundir poder, creíamos en una manera alternativa de vivir. Nunca fui hippie, siempre tuve una mirada cínica. Lo mío no era el campo, los sahumerios y la mostacilla; lo mío era un departamento de dos ambientes en la ciudad. Ahora conservo esos valores en mí, pero noto que entre los jóvenes ya no existe aquella épica, que son permeables sólo a lo que ofrece la industria.[27]
Como vemos, el Indio Solari no era una lumbrera del análisis social. Tampoco un visionario de las tendencias en desarrollo. Y no hay nada más alejado de nosotros que exigir semejantes atributos a alguien que vive de la música. Creaba buenos aforismos, eso sí. Epigramas contundentes. «Yo he tenido bandas de combate, no he tenido bandas de entretenimiento», dijo en una célebre entrevista a fines de 2023. Allí ratificó todos los caracteres de la contracultura que venimos enumerando: lo importante es «el ánimo de la gente»; sobre ese ánimo se interviene con «la política del éxtasis»; las canciones no cambian el mundo pero «cambian mi mundo y eso es fundamental»; no importan las ideologías sino «las virtudes»; la revolución empieza por uno mismo; hay que buscar personas «puras», «diáfanas», «limpias»… En fin.
Esas son, más o menos, las ideas políticas y el programa estético del Indio. Se puede estar más o menos de acuerdo con todo eso. Pero no es lo que lo convierte en un intelectual.
¿Por qué decimos esto?
Porque intelectual no es alguien que «trabaja con ideas» o cuya tarea es «pensar». No es un artista, un filósofo, un científico ni un erudito. Esa representación del intelectual como alguien raro porque emplearía su cerebro más y mejor que el resto de la humanidad (midamos la actividad cerebral de un albañil preparando un pastón y de un becario leyendo la Fenomenología del Espíritu) y que, por eso mismo, se merecería un trato excepcional, es la representación que comparten los integrantes de la Asamblea de Intelectuales Socialistas, incluyendo su reaparición en forma de Carta Abierta. Pero no es la idea de intelectual que consideramos políticamente útil.
Carlos «el Indio» Solari, como anunciamos desde el título de esta nota, fue un intelectual. Pero no por sus ideas políticas ni por sus montajes alegóricos, sino por otras razones.
«La moda no es vanguardia!»
Hace un par de días, Pablo Semán dijo algo que nos ayuda a pensar. Semán corrió del centro la figura del intelectual y atendió a sus funciones.
La historia de la relación entre rock y política se entiende mejor desafiando las premisas bajo las cuales se narra el encuentro entre Charly García y David Viñas. Para algunos García habría recibido influencias del intelectual en una reunión que se dio a instancias de Jorge Álvarez. Para otros el encuentro fue efímero y sin mayores consecuencias. Lo que deberíamos interrogar es lo naturalizado en conclusiones tan opuestas: para mí no se trata tanto de saber si el rocker recibió la lección sino de averiguar por qué el literato no tuvo la oportunidad de recibir algo de parte del músico. ¿Acaso no es García un productor de ideas influyentes? ¿Qué otra cosa es un intelectual? ¿¡Alguien que fuma en pipa!? El sistema de jerarquías culturales que le dio a Viñas el rol del político y el intelectual frente a un García ingenuo es como mínimo estrecho, dependiente de una época que estaba superada ya en aquellos tiempos. Ya la sociedad se volvía irreconocible para quienes aspiraban a conducirla e interpretarla. El intelectual era García y sus ideas eran influyentes y transformadoras. Mutatis mutandis lo mismo con el Indio Solari.[28]
Semán define allí al intelectual como «un productor de ideas influyentes». Y señala un cambio de «época» en el cambio de valoraciones de las figuras del político y el intelectual. Nos detendremos en la definición. Pero, antes, le vamos a dedicar un párrafo a la anécdota del encuentro entre Charly García y David Viñas.
A comienzos de los años 70, el empresario editorial y discográfico Jorge Álvarez era productor de Sui Generis y estaba interesado en que las letras de las canciones tuvieran críticas a la sociedad que fueran menos cándidas que las que Charly escribía[29]. Eran los años del «compromiso intelectual», del onírico maridaje entre poesía y revolución, del dilema irresoluble entre la belleza y los oprimidos, sobre el que hemos escrito bastante[30]. Entonces Álvarez le pidió a David Viñas que les diera clases de historia argentina y marxismo a Nito Mestre y Charly García. El registro de ese encuentro es oral y las versiones varían: que fueron varias clases, que fue una sola, que Charly compuso luego inspirado en lo que aprendió, que a Charly le importaba un bledo el encuentro, que a Viñas le parecieron pibes inteligentes, que le parecieron dos boludos, etc.[31]
Ahora, sí: un intelectual es un productor de ideas influyentes, dice Semán. La definición es vaga pero tiene la virtud de proponer un criterio objetivo, social. Si sus ideas son influyentes, entonces es un intelectual. No depende de la persona ser un intelectual, sino de que sus ideas influyan. Eso es un criterio objetivo. No la autopercepción o la simpatía, como creen el grupo Kalewche u Omar Acha[32]. No la «mala conciencia», como creía Sartre[33]. Intelectual, según Semán, sería alguien que trabaja con el intelecto, que elabora pensamientos, que produce ideas. Pero no cualesquier ideas, sino unas capaces de influir socialmente. Esta aclaración es crucial, porque con la primera definición no alcanza para distinguir al intelectual del resto de los mortales.
Todo trabajo humano es intelectual. Toda destreza manual está asociada a la concepción, el aprendizaje y la evaluación de esa tarea, es decir, a actividades del intelecto. No existe un trabajo humano puramente físico, muscular, porque la característica que define al trabajo humano es la mediación del cerebro, la proyección imaginativa, para modificar la naturaleza de acuerdo a un propósito. Toda «acción con arreglo a fines» implica captar esos fines con el intelecto. Todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales[34].
Por eso lo importante es qué función cumple un intelectual en determinada sociedad. Semán dice: «produce ideas socialmente influyentes». Pero –he aquí el límite de esa definición– no explica cómo esas ideas llegan a influir en la sociedad. No enseña de qué manera unas ideas pasan del individuo que las produce a la sociedad donde influyen. En el caso de Charly García o el Indio Solari la respuesta es el mercado: la única vía de valoración social de los productos culturales en el capitalismo es la compraventa.
Eso que para Pablo Semán son «ideas influyentes y transformadoras», para nosotros son productos culturales de la industria capitalista. O, en términos de El Capital, elementos histórico-morales de la reproducción de la fuerza de trabajo: los productos culturales (libros, películas, canciones, espectáculos deportivos, yerba mate, internet, etc.) son consumos que corresponden a la reproducción de la fuerza de trabajo en cierto lugar, en cierto tiempo y en cierta rama de la producción. Hemos hablado bastante sobre esto[35].
Al no explicar cómo se produce la influencia de ciertas ideas, Semán omite la política. Porque las ideas no trabajan solas, no militan solas, no se vuelven influyentes por sí solas. Las ideas necesitan una organización que las conecte con personas que capten, interpreten, discutan, abracen o repudien esas ideas. Y esa tarea de gestión que organiza el contacto entre ideas y personas a través de la palabra, que organiza personas en torno a unas ideas mediante la conversación, es la tarea eminentemente intelectual. Aquí entra el Indio Solari como alguien que encarnaba esta función social.
«Bebamos de las copas más lindas que tenemos hoy»
¿A qué llamamos intelectual, entonces? A la función de organizar, gestionar, dirigir personas para hacer algo. Intelectual no es alguien que lee mucho. No es alguien con título universitario. No es alguien que estudia y posee muchos conocimientos. En pocas palabras, no es alguien. Es una función. Es el ejercicio de una tarea. No un individuo que se dedica a escribir o a dar charlas. Intelectual es la función social que consiste en organizar seres humanos para hacer algo. En pocas palabras, la función intelectual es una tarea de dirección.
Esa tarea de dirección tiene una milenaria historia que se inicia con la división de la sociedad en clases. Este es el origen material de la división manual/intelectual: separar el trabajo de su dirección. Separar a los que ejecutan la transformación de la naturaleza (los productores directos) de los que deliberan y deciden cómo se produce, cómo se distribuye y quién se apropia del producto. El privilegio otorgado al pensamiento por sobre los músculos encubre la dimensión política de la organización social. El dirigente no dirige porque tenga un cerebro más poderoso que el de los demás: dirige porque sabe hacer algo que es reconocido por el resto. No importa si es un chamán analfabeto o un tutelado por Aristóteles, como Alejandro de Macedonia. Se trata de hacer bien la tarea: dirigir personas, organizar algo para que otras personas ejecuten algo, gestionar, prever, administrar. Dirigir, en este sentido, es hacer hacer: hacer para que otros hagan.
Las funciones de dirección se resumen en tres conjuntos de intelectuales: la dirección técnica, que incluye especialistas prácticos en tareas que van desde las militares a las industriales; la dirección moral, que comprende a las que el sentido común asocia a la figura del intelectual (el filósofo, el sacerdote, el periodista); y la dirección política, que interviene en las relaciones de producción, distribución y consumo. Respectivamente: dirigir personas a través de las cosas, dirigir personas a través de las ideas y dirigir personas a través de otras personas. Con el descomunal y cada vez más complejo desarrollo de la sociedad capitalista, la dirección técnica tiende a cristalizarse como ciencia y la dirección moral tiende a definirse como cultura. Queda la dirección política, cada vez más nítida en su función esencial: organizar, gestionar, dirigir.
Desde esta amplia definición (amplia pero, a nuestro juicio, políticamente fértil), intelectuales son los políticos, los sindicalistas, los sacerdotes, los dirigentes, los punteros… Sí. Pero también ejerce la función social de intelectual quien organiza un asado, un campeonato de fútbol, un campamento para chicos, una murga o una sociedad de fomento. Incluso es un intelectual el que administra el grupo de familias en una escuela. Todas estas figuras son intelectuales en la medida en que se trata de organizadores de personas a través de la palabra, la conversación, la escucha atenta.
Así llegamos, al fin, al caso del Indio Solari. Decimos que fue un intelectual porque logró la integración vertical de la empresa Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: desde la composición de las canciones hasta la seguridad en los conciertos –pasando por la interpretación en vivo y en estudio, el merchandising, la logística, la estética, el sello discográfico, la contratación de escenarios, la impresión de las entradas, el manejo de la recaudación y la prensa, etc.–, todo se organizaba bajo la dirección del Indio.[36] Esto permitió realizar los conciertos bajo condiciones singulares, que propiciaron una experiencia única e irrepetible con respecto a otras bandas de rock.
Esto fue lo verdaderamente distintivo en el dolor que expresaron tantas personas por la muerte del Indio Solari: la conmovedora intensidad de un evento organizado de manera absolutamente original en Argentina.
El Indio no fue un intelectual por haber creado una corriente de opinión o por haber iniciado una estética de vanguardia. Lo fue por haber organizado a cientos de miles de personas para vivir una experiencia extraordinaria.
¿Y qué tienen que ver Marx y el Chiqui Tapia con todo esto?
Que si la función intelectual se define mucho más por la capacidad para organizar personas que por la cantidad de bibliotecas leídas, entonces Marx fue un intelectual por la I° Internacional mucho más que por El Capital [37]. Y el Chiqui Tapia lo es por su gestión en la industria del espectáculo deportivo[38], mucho más que por su sistema de ideas o su don de palabra.
De ahí que podamos afirmar que, como Marx y el Chiqui Tapia, el Indio Solari fue –entre otras cosas– un intelectual.
NOTAS:
[1] «La tristeza en el peronismo y la izquierda por la muerte del Indio Solari», nota publicada en Página/12 el 5 de junio de 2026. Señalemos que en este titular se delimita lo que el FITU no se atreve a distinguir: una cosa es el peronismo y otra cosa es la izquierda.
[2] Juan García, «Patéticos: la política tradicional y el Indio Solari», nota publicada en Prensa Obrera el 9 de junio de 2026.
[3] Nuestra lectura del masivo apoyo a Milei está resumida en: a) «El rechazo a las propuestas miserables»; b) «La democracia burguesa en cuestión»; c) «30 ideas para una acción socialista»; d) «Éxito y fracaso de los votantes libertarios».
[4] Marcelo Figueras, «Entrevista histórica con Indio Solari, un año antes de la separación de Patricio Rey: “Los Redondos son lo más importante de mi vida”», nota publicada en Rolling Stone el 21 de mayo de 2023.
[5] Véase, si no, «La seducción literaria, 1: Clara Ramas y el tiempo perdido» y «La seducción literaria, 2: confundir satisfacciones culturales con tareas políticas».
[6] Escribimos al respecto: a) «La solución y los imprescindibles»; b) «Nadie se salva solo»; c) «Todos quieren ser Fogwil»; d) «La tentación irracionalista»; e) «El dilema de Camus»; f) «Contra la cultura de izquierda».
[7] La figura del intelectual profético, que tomamos de La saga de los intelectuales franceses, de Francois Dosse, fue conversada por nosotros en el ciclo de charlas «PERSPECTIVAS» bajo el título «Intelectuales, científicos, eruditos, artistas… y militantes».
[8] Marcelo Figueras, «Entrevista histórica con Indio Solari, un año antes de la separación de Patricio Rey: “Los Redondos son lo más importante de mi vida”», nota publicada en Rolling Stone el 21 de mayo de 2023.
[9] Caetano Veloso, Verdad Tropical (Música y revolución en Brasil), trad. Violeta Weinschelbaum, Barcelona, Salamandra, 2004, p. 343. El libro se puede descargar aquí o, en portugués, aquí.
[10] Es el subtítulo del libro Marx, Freud y la crítica de la vida cotidiana, que Bruce Brown publicó en 1973 y Amorrortu tradujo al castellano dos años después. Se puede descargar acá.
[11] «La nueva izquierda emblemática de movimientos como mayo del 68 en París o la contracultura californiana (la filosofía del deseo) coincidía con el libertarianismo en su crítica al capitalismo monopólico corporativista y el estatismo. La producción de estilos de vida alternativos, radicales y su clamor por los derechos civiles (afro, feminismo, gay) colocaban a la nueva izquierda en sintonía perfecta con el libertarianismo. […] Del mismo modo que la nueva izquierda veía en el deseo, desde Nietzsche y Freud, la salida lícita para fugar de la normalización autoritaria y economicista de Marx, el liberalismo reivindicó el mercado libre desregulado contra el conservadurismo corporativo y normativista. Ambos iban contra los mismos enemigos y con retóricas no muy diferentes: la autoridad y el poder. El socialismo libertario y el liberalismo libertario encontraban sus llaves de acceso: amor libre y mercado libre». Luis Diego Fernández, Ensayos californianos (Libertarismo y contracultura), CABA, Innisfree, 2014, pp. 34-5.
[12] Para un contexto de estos versos, «Crimen de Walter Bulacio: el joven ricotero que mató la policía», informe presentado en YouTube por Filo News el 26 de abril de 2022.
[13] Nuestra crítica al Antiedipo se puede leer en dos partes, bajo el título «Capitalismo y esquizofrenia: medio siglo delirando con El Antiedipo».
[14] Hablamos de ello en «La tentación irracionalista».
[15] Venimos trabajando algunas implicancias y consecuencias de ese disparate en un ciclo de charlas que puede escucharse en nuestro canal de YouTube bajo el título «Lacan versus Marx».
[16] Ni hablemos cuando, tras la aparición Gulp! (1985), primer álbum de los Redondos, el grupo arroja por la borda todo el lastre que le impedía convertirse en (ni más ni menos que) una banda de rock. Sobre la confusión entre disfrutes y militancia, «Resistiendo con aguante (El ocaso de la inteligencia)».
[17] Juan Ignacio Provéndola, «Mucha tropa riendo en la calle: el espionaje de la Bonaerense a Los Redondos durante los 90», nota publicada en La Izquierda Diario el 17 de junio de 2026.
[18] Sobre el problema de la conciencia escribimos «El error de Descartes».
[19] Pedro Cazes Camarero, «El Indio Solari como productor de subjetividad», nota publicada en Huellas del Sur el 10 de junio de 2026.
[20] Un problema que señalamos en «La estructura de clase» y que continúa cuando el PTS habla de «nueva clase obrera» reemplazando la caracterización conceptual por un listado incoherente de actividades: «Hablamos de la clase trabajadora realmente existente bajo este capitalismo decadente: trabajadoras de la salud, docentes, estatales, obreros industriales, jóvenes precarizados, repartidores de apps, trabajadores de comercio, científicos que venden su fuerza de trabajo, artistas proletarizados, estudiantes que trabajan, mujeres que sostienen dobles y triples jornadas, migrantes, sectores ambientalistas y de derechos humanos que chocan todos los días con este régimen social.»
[21] Jean-Paul Sartre, La suerte está echada – El engranaje, trad. Raúl Navarro, Buenos Aires, Losada, 1950, p. 256. El guión completo se puede leer aquí.
[22] La hermosa canción de Charly García titulada «Inconsciente colectivo» posee, originalmente, una estrofa que funciona como prólogo o preámbulo que dice: El ser humano está lleno de preconceptos, lleno de prejuicios / Y la falta de libertad no tan solo se siente / En la libertad colectiva / Si no en la libertad mental de cada persona. Se puede escuchar a Mercedes Sosa recitando ese texto en esta versión.
[23] «Sólo hablarán mis canciones», entrevista publicada en Orsai el 1 de agosto de 2012.
[24] Guy-Ernst Debord, La sociedad del espectáculo, trad. Werner Gempf, edición bilingüe, Madrid, Editora Nacional, 2002, pp. 15, 23 y 31.
[25] Se puede leer la entrevista completa aquí.
[26] Criticamos el fetichismo tecnológico en: a) «Cine II: la venganza de la IA»; b) «Ludditas digitales, 1: Pantallas y degradación educativa»; c) «Ludditas digitales, 2: Pantallas y degradación social».
[27] «Indio Solari: “Siempre tuve una mirada cínica”», entrevista publicada en Clarín el 1 de diciembre de 2007.
[28] Pablo Semán, «La multitud herida», nota publicada en Panamá Revista el 10 de junio de 2026.
[29] Lo cuenta el propio Álvarez en esta entrevista publicada para promocionar la venta de sus memorias.
[30] Por ejemplo: a) «El dilema de Camus»; b) «La solución y los imprescindibles»; c) «La tentación irracionalista»; d) «La seducción literaria, 2: Confundir satisfacciones culturales con tareas políticas»; e) «Del amor delbarquiano»; f)
[31] Véase esta entrevista que Alejandro Galliano y Martín Rodríguez le hicieron a Jorge Carlos Kreimer. O bien esta nota publicada en Panamá Revista. No puede el faltar el trotskismo a la cita con la confusión entre cultura y política, deseos y compromiso, gustos y realidad: «Cuando Charly García se acercó a la izquierda y grabó uno de sus discos emblemáticos».
[32] Puede leerse aquí, entre las firmas, la de Nelson Ávalos, «trovador patagónico y comunicador social, Comarca Andina del Paralelo 42». En cuanto a Omar Acha, nuestra referencia es La nueva generación intelectual (Incitaciones y ensayos),Buenos Aires, Ediciones Herramienta, 2008, p. 17: «hoy, intelectuales son quienes se dedican a escribir libros de todo tema y tamaño, filmar largometrajes y cortos, diseñar escenarios y pensar coreografías; son intelectuales periodistas y docentes, titiriteros y malabaristas, poetas y actrices; componen esa milicia quienes editan libros con mensajes inquietos, organizan blogs, escriben música o la ejecutan de nuevas maneras, y quienes adaptan una novela a un guión cinematográfico».
[33] Jean-Paul Sartre, «El amigo del pueblo», en Alrededor del 68 (Situations, VIII), trad. Eduardo Gudiño Kieffer, Buenos Aires, Losada, 1973, pp. 344-58.
[34] Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, trad. Raúl Sciarreta, Buenos Aires, Editorial Lautaro, 1960, p. 14. «Así por ejemplo», aclara Gramsci en nota al pie, «porque alguien en un determinado momento sepa freír dos huevos o se pueda coser un desgarrón del saco, no por eso se afirmará que es cocinero o sastre». La función social como criterio objetivo es clave: no es cocinero o sastre quien se autopercibe así, sino quien es socialmente reconocido como uno u otro. En el capitalismo esto significa, sencillamente, el que trabaja (recibe un salario) como cocinero o como sastre.
[35] Por ejemplo: a) «El Conde: una película chilena y una metáfora universal»; b) «¿Pensar como Norman Bates o como Sarah Connor»; c) «El materialismo de la ilustración sensible»; d) «El Show de Bad Bunny»; e) «El arte del trotskismo: ¿cómo se supone que el arte sería un factor de cambio?».
[36] También de Skay Beilinson y Carmen Castro (la Negra Poli), por supuesto. Pero el luto multitudinario fue por Solari.
[37] Un resumen de las acciones de Marx que rescatamos para nuestra militancia puede leerse en «Imitar a Marx».
[38] Sobre el Chiqui Tapia como intelectual escribimos: a) «Corporaciones deportivas»; b) «Ni pelota»; c) «La Copa Secanuca»; d) «Gracias, Chiqui, por la sinceridad»; e) «La segmentación programática del PTS: de la “amenaza” de las SAD a la Asamblea de Intelectuales Socialistas».




