A fines de 1847 dos amigos, huéspedes intermitentes de belgas y de franceses, recibieron el encargo de redactar un manifiesto. Ambos pertenecían a una fraternidad cosmopolita y transhumante de obreros, artesanos y hombres de ideas, congregada por entonces en Bruselas y atareada sin fin por un sueño de pólvora y espadas redentoras1. En febrero de 1848 se dio al mundo el escrito, con su célebre comienzo:
Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo.
Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma […]
¿Qué partido de oposición, a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes más avanzados de la oposición como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?
De este hecho resulta una doble enseñanza:
Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa.
Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo entero sus conceptos, sus fines y sus tendencias, que opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido.2
Se trata, por supuesto, del inicio memorable y trepidante de nuestro manifiesto comunista, escrito por Carlos Marx y Federico Engels, publicado por la Liga de los Comunistas. El más famoso de los manifiestos. El más imitado por las vanguardias estéticas y políticas. El único que significó realmente un temor para las clases poseedoras. El que ahora nos permite –en lo que parece una excusa pero esperamos revelar como razón– introducir esta pregunta:
¿Qué es un manifiesto?
Definir
En un libro publicado bajo el eco, todavía estruendoso, del derrumbe del Muro de Berlín leemos: «Desde una perspectiva amplia podríamos definir manifiesto como un escrito en el que se hace pública una declaración de doctrina o propósito de carácter general o más específico»3. Un poco más precisamente:
Manifiesto es dar(se) a conocer determinados valores que serán interpretados en un espacio denominado habitualmente público, donde se juega el carácter de su circulación y recepción. En este sentido su importancia social se relaciona con la conformación e identificación de un determinado grupo.
Se trata entonces de (a) un escrito que (b) da a conocer opiniones (c) de un grupo social (d) en busca de alianzas y delimitaciones (e) relativas a cierto espacio de poder. A estas cinco características se agrega una más, que es del orden de la poesía y que acerca esta literatura política al arte:
En tanto literatura de combate este género se aproxima al discurso militar; de allí la presencia de lexemas, imágenes retóricas, núcleos temáticos, aspectos todos estos comunes al espacio bélico.
Claro que, a partir de esa caracterización, podría decirse que, desde la invención de la escritura, en muchas épocas han existido textos con algunas o todas estas cualidades atribuidas al manifiesto. Pero siempre hay un pero.
Sin embargo, la ampliación del espacio de lo público, la separación de la sociedad civil y el Estado, el desarrollo de las comunidades urbanas a partir de los siglos XI y XII y, principalmente, el incipiente surgimiento del capitalismo mercantil en los siglos posteriores, ayudaron a crear el marco necesario para la circulación de manifiestos. […] La sociedad europea pasa, entonces, entonces, de la organización feudal, cuyo centro era el convento rural y su ideología –el teocentrismo– de una sumisión anónima a Dios, a la ciudad mercantil, que recrea un foro público: el mercado, utilizado al mismo tiempo como espacio de reunión, feria de intercambio de valores y reconocimiento público de la comunidad. Del silencio claustral al vozarrón mercantil.
Ese paso de una sociedad enclaustrada en el silencio a otra que conversa en la feria de la plaza sintetiza las condiciones materiales para el desarrollo de una actitud: la de manifestar ideas. La Carta Magna de 1215 es un ejemplo temprano de partido político que quiere dar a conocer su programa. En el Renacimiento se publican varios textos que intervienen en debates entre corrientes estéticas. Todo esto converge con el desarrollo de otros dos géneros literarios: la utopía y el ensayo.
En 1740, una institución que había surgido bajo el esclavismo, atravesado todo el período feudal y se adaptaba al surgimiento del capitalismo, comenzó a publicar sus manifiestos. El papa Benedicto XIV, publicó Ubi primum para organizar a la propia institución eclesiástica. Las encíclicas dominan el género literario que estamos viendo: lenguaje bélico, delimitación de bandos, metáforas impactantes, tareas a realizar para lograr el triunfo.
Surgido entonces durante los siglos de aparición y ascenso de la burguesía, en las condiciones de un espacio público creciente y tan propicio para el intercambio de ideas como para el intercambio de mercancías, contaminado del relato utópico y la ensayística, el manifiesto es –por su actitud beligerante– un panfleto provocador y ambicioso, cuyo propósito es conformar un grupo, integrar y unificar fuerzas detrás de una serie de valores, opiniones y sentimientos.
Por lo tanto, el manifiesto es lo contrario de la confabulación y el complot. No es secreto: aspira a la máxima publicidad. No se cierra sobre un puñado de conspiradores: se abre a todos los destinatarios que quieran agruparse en torno al manifiesto.
¿A qué viene esta genealogía del género manifiesto? No nos anima un espíritu académico ni literario al brindar esta información. Queremos apoyarnos en ella para pensar dos episodios políticos de trascendencia que acontecieron en las últimas semanas. La encíclica Magnifica humanitas, que el Papa León XIV publicó el 25 de mayo de este año. Y el manifiesto The Technological Republic, lanzado un mes antes por Alex Karp, CEO de Palantir Technologies.
Conciliar
Para hablar de la encíclica papal convocamos a un especialista en el tema: el sacerdote católico Jorge Oesterheld, teólogo y miembro de la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina. Oesterheld observa:
En 1891, León XIII escribió su famosa carta Rerum novarum («De las cosas nuevas»), donde plasmó las grandes líneas de la Doctrina Social con la cual la Iglesia iba a enfrentar los desafíos de cosas nuevas traídas por la Revolución Industrial. Ahora, 135 años después, León XIV profundiza en su Magnifica humanitas («Magnífica humanidad») el camino iniciado por su antecesor y pone su mirada sobre esa inmensa cantidad de «cosas nuevas» que caracterizan nuestro tiempo, como la inteligencia artificial.
Lo hace, sin embargo, con una diferencia de tono central. Buena parte de las interpretaciones de la encíclica publicada hace dos semanas pusieron énfasis en las advertencias y las críticas de León XIV sobre inteligencia artificial, como si hubiera seguido el modelo de León XIII sobre la revolución industrial. Pero donde León XIII buscaba dar cátedra e impulsar una moral, León XIV convoca a un diálogo con la ciencia, la política y las familias. La Iglesia ya no se siente por encima de nadie sino parte de una conversación amplia, en la que no pone reglas sino que propone una sabiduría. En el siglo XIX, la Iglesia se sentía dueña de la verdad; ahora, invita a animarse a la dimensión misteriosa de la vida.4
La iglesia reacciona a las cosas nuevas convocando a un diálogo con la ciencia, la política y las familias, a una conversación amplia, invitando a animarse. «El tono de Rerum novarum se puede describir como combativo, jurídico y correctivo». En cambio, en el tono de Magnifica humanitas «se reconoce que no solo hay “cosas nuevas” en el mundo sino también en la Iglesia, y que ya no es suficiente repetir lo anterior». Por eso, continúa Oesterheld:
En el paso siguiente, León XIV invita a la acción: «Ahora nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación». La frase de León XIV muestra conocimiento sobre el tema y muestra un camino que se reconoce difícil. Por una parte, dice que es necesario «adoptar instrumentos normativos adecuados» y, por otra, señala que la cuestión «no se limita a la regulación». En ningún momento presenta a la Iglesia como dueña de una solución que los demás deben adoptar; más bien ofrece una mirada trascendente, una invitación a elevar la perspectiva y a atreverse a una apertura hacia la dimensión misteriosa de la existencia. […]
Mientras León XIV usa un tono de diálogo, de cercanía y de reconocimiento del mundo contemporáneo, no pocos clérigos siguen expresándose como si el tiempo se hubiera detenido en algún punto del siglo XIX. Hablan con el tono de un León XIII que se dirigía a los gobiernos con la autoridad de quien tiene «pleno derecho» de dictar las condiciones del orden social. Esta pretensión hoy resulta inadmisible cuando los interlocutores son gobiernos elegidos democráticamente y los ciudadanos ejercen su responsabilidad como adultos libres. […]
El trabajo a realizar desde la Iglesia no consiste entonces en imponer una moral sino en entrar en diálogo con científicos, educadores, legisladores, trabajadores, familias y pueblos vulnerables para orientar la IA hacia el bien común, la justicia, la paz y la dignidad. La «cosa nueva» se encuentra en el tono. La Doctrina Social de la Iglesia ya no puede ser presentada como una serie de principios que se deben obedecer. Ya nadie desde la Iglesia se puede presentar «por encima» de los demás, sino «al lado», «junto»; no se está hablando de unas verdades indiscutibles sino proponiendo «una sabiduría».
Como puede advertirse, la encíclica Magnifica humanitas es un manifiesto en toda regla, empezando por su propósito fundamental, su vocación expresa: conquistar voluntades para una tarea colectiva (sobre todo, las voluntades de los propios).
Escrito por un nativo de los EE.UU., se trata curiosamente de un texto europeísta que llama, o pretende llamar, a multitudes alrededor de ciertas ideas burguesas moderadas. Esto es, ideas de burgueses complicados por la dinámica de la acumulación capitalista, la situación geopolítica y los efectos de la competencia.
No es descabellado pensar este manifiesto como respuesta al que se publicó seis semanas antes, el 18 de abril de 2026 en la red X: La República Tecnológica.
Discutir
El manifiesto firmado por Alex Karp, CEO de Palantir Technologies, sentencia en algunos de sus epigramáticos puntos:
III El correo electrónico gratuito no es suficiente. La decadencia de una cultura o civilización, y de hecho de su clase dominante, solo se perdonará si esa cultura es capaz de proporcionar crecimiento económico y seguridad para el público.
V La pregunta no es si se construirán armas de IA;es quién las construirá y con qué propósito. Nuestros adversarios no se detendrán a enfrascarse en debates teatrales sobre los méritos del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad militar y nacional. Seguirán adelante.
X La psicologización de la política moderna nos está desviando. Aquellos que buscan en la arena política nutrir su alma y sentido de sí mismos, que dependen demasiado de que su vida interior encuentre expresión en personas que tal vez nunca conozcan, quedarán decepcionados.
XII La era atómica está terminando. Una era de disuasión, la era atómica, está terminando, y una nueva era de disuasión basada en la IA está a punto de comenzar.
Al comparar ambos manifiestos, incluso sin profundizar demasiado, salta a la vista que sus posiciones son inconciliables aun dentro del campo burgués. Peter Thiel, coautor del manifiesto detrás de Palantir Technologies, adoptó nueva residencia en la ciudad de Buenos Aires y, al respecto, The New York Times comenta:
Thiel, que tiene un historial de coleccionar países de respaldo para protegerse de sus apuestas contra Estados Unidos, está considerando Argentina como otro plan B, según dos personas familiarizadas con su manera de pensar. Nacido en Alemania y criado en Estados Unidos, obtuvo la nacionalidad neozelandesa en 2011 y solicitó el pasaporte en Malta en 2022. […]
Su nuevo afincamiento en Argentina está motivado, en parte, por su preocupación por el rumbo de Estados Unidos, según dos personas familiarizadas con sus ideas, en particular de California, donde una iniciativa en la boleta electoral de noviembre podría derivar en un importante impuesto a los multimillonarios.5
Todas estas citas que transcribimos de la prensa burguesa están para mostrar a nuestros lectores que los estados nacionales siguen vigentes. Por eso la iglesia católica discute, de manera un tanto oblicua, sin nombrar a sus contendientes, con Silicon Valley. Algo que se volvió inocultable en el viaje del Papa a España:
A primera vista, los dos hombres tienen poco en común. Sánchez se declara ateo, es un firme defensor del derecho al aborto y se opone a la participación de la Iglesia católica en la educación pública. Pero, por lo que dice, también canta el mismo himno que el papa León.
Él y el papa tienen «un cierto grado de sintonía», dijo durante un viaje el 27 de mayo para reunirse con León en el Vaticano, ya sea por su oposición común a la guerra, su preocupación por las grandes empresas tecnológicas o su defensa de los emigrantes. «La Iglesia católica y el también el gobierno de España tenemos, creo que una sintonía bastante elevada», añadió Sánchez.6
Lo que nos interesa destacar de todo esto no es el absurdo proliferante de unas conspiraciones ultrasecretas al alcance de cualquiera que tenga acceso a las redes sociales, complots que se urden en la más estricta clandestinidad y son «descubiertos» cuando se publican en medios disponibles para todos. Tampoco nos interesa hacer gala de esa ínfima suspicacia capaz de advertir que no todo lo que se expresa como intención es realmente una intención.
El capitalismo, en tanto sistema de productores privados que compiten entre sí, se parece demasiado a un juego entre tahúres. En general, las declaraciones son jugadas que apuntan a objetivos que están un poco más acá o más allá de lo explícito, como en un regateo de feria, como en toda oferta seria en una negociación mercantil.
Finalmente, tampoco nos interesa destacar de estas manifestaciones que, aunque expresaran la verdadera intención de sus autores, eso no convertiría las palabras, automáticamente, en realidad. Del dicho al hecho hay mucho trecho.
Lo que nos interesa señalar en esta nota es que dos de los movimientos políticos más poderosos del planeta –por poder económico tecnológico o por poder económico asentado en la tradición confesional– siguen necesitando apelar, públicamente, a las voluntades de la población.
El mundo de los papas del catolicismo, como el de los popes de la tecnología, es pródigo en encuentros clandestinos, cónclaves cerrados y secretos escondidos bajo siete llaves. Pero estos llamamientos que citamos, estos manifiestos del siglo XXI, nos indican que las conspiraciones no alcanzan. Que es necesario, aun para la explotación y la desigualdad, construir cierta hegemonía, elaborar un consenso voluntario entre las masas.
En suma, que todo esto prueba la vigencia de la militancia política.
NOTAS:
1 José Sazbón, Historia y representación, Bernal, UNQui, 2002, pp.372-3.
2 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del partido comunista, en Obras escogidas, vol. 1, Madrid, Akal, p. 21.
3 Carlos Mangone y Jorge Warley, El manifiesto. Un género entre el arte y la política, Buenos Aires, Editorial Biblos, 1993, p. 18. Las siguientes citas provienen de aquí.
4 Jorge Oesterheld, «Una Iglesia con menos respuestas y más preguntas», nota publicada en Seúl el 7 de junio de 2026.
5 Emma Bubola y Ryan Mac, «El multimillonario tecnológico Peter Thiel encuentra un nuevo refugio: Argentina», nota publicada en The New York Times el 28 de mayo de 2026.
6 Jason Horowitz, «Uno es el papa, el otro es ateo. Ambos se oponen a Trump», nota publicada en The New York Times el 8 de junio de 2026.




