CINE II: La venganza de la IA

En su ensayo «Los destructores de máquinas», el sociólogo anarquista Christian Ferrer intenta rescatar al movimiento luddita de esta imagen transmitida por sus infamadores: «una tumultuosa horda simiesca de campesinos iracundos golpeando y aplastando las flores de hierro donde libaban las abejas del progreso». La poética tarea asumida por Ferrer contiene una interrogación del pasado dirigida al presente:

Los ludditas nos hacen preguntas. ¿Hay límites? ¿Es posible oponerse a la introducción de maquinaria o de procesos laborales cuando éstos son dañinos para la comunidad? ¿Importan las consecuencias sociales de la violencia técnica? ¿Existe audición para las opiniones comunitarias cuando son lanzadas en contra de la corriente? ¿Se pueden discutir las nuevas tecnologías sobre consideraciones morales y no solamente sobre supuestos optimistas? ¿La novedad y la velocidad, son valores? A nadie se le escapa la actualidad de estas cuestiones.1

En efecto, hay mucha actualidad en estas cuestiones. Pero no la que cree Ferrer en ese ensayo. Sin ir más lejos, hace unos días, taxistas, remiseros y choferes de plataformas digitales se agarraron a trompadas en el Consejo Deliberante de Mar del Plata2.

El conflicto en torno a Uber y Cabify no era –como querría Ferrer– de carácter moral, sino económico. No se discutía sobre «novedad y velocidad», sino sobre competencia entre propietarios de fuerza de trabajo (laburantes, bah). Y no era «la técnica» lo que engendraba la violencia, sino las relaciones sociales que utilizan esa técnica (las plataformas digitales) para extender la escala de negocios, elevar la productividad, reducir el costo unitario y aumentar la explotación. Hablamos, claro, del sistema capitalista.

A Ferrer no se le escapa que vivimos en el capitalismo (la palabra «capitalismo», al menos, figura en el ensayo), pero llama la atención que cargue las tintas contra «la técnica» como causa de los sufrimientos obreros y no contra la propiedad privada de los medios de producción, en manos de una clase social minoritaria: la burguesía.

Quedémonos con el grano de acierto en la cita de Ferrer. Hay actualidad en la cuestión de las máquinas que sustituyen mano de obra. Nuestro ejemplo más interesante en los últimos años ha sido –y sigue siendo– el conflicto entre los trabajadores de Hollywood y esa flor de silicio donde liban las abejas de la explotación: la IA generativa.

La fábrica de sueños

La huelga de 2023 en Hollywood duró 148 días. La alianza entre el sindicato de guionistas (WGA), el de productores de cine y televisión (AMPTP) y el de actores (SAG-AFTRA) paralizó la producción cinematográfica y televisiva en el corazón de la industria del entretenimiento. Los reclamos gremiales era numerosos: desde aumentos salariales hasta el pago de regalías por los productos emitidos en plataformas (cuyos números de reproducción se mantienen bajo llave), pasando por la defensa del trabajo de los craftspeople o «artesanos» (escenógrafos, vestuaristas, utileros, técnicos de sonido o de efectos especiales, directores de fotografía, maquilladores, peluqueros, etc.). Pero el núcleo del conflicto era el avance de la IA generativa, una amenaza latente hasta noviembre de 2022 en que apareció ChatGPT3.

En medio de la huelga, la revista Variety explicó:

En Hollywood, el auge repentino de las plataformas de creación de contenido con IA no ha hecho sino agravar la ya enorme brecha entre los sindicatos del entretenimiento y las mayores empresas del sector. La IA generativa —plataformas informáticas avanzadas capaces de crear textos e imágenes a partir de ingentes cantidades de material de referencia— se ha convertido en la principal responsable del actual conflicto laboral. Este verano, los carteles en las protestas sindicales lucían lemas anti-IA como «La IA no es ARTE», «Esto lo escribió ChatGPT» y «La IA no toma nota de tus estúpidas notas».

En resumen, la WGA y la SAG-AFTRA quieren garantías inquebrantables de estudios y streamers de que los robots no serán sustitutos de intérpretes y guionistas.4

La lucha contra los robots parece un tema de ciencia ficción. Pero el actor Bryan Cranston (protagonista de la serie Breaking Bad), desde una tarima frente a los piquetes, pronunció un emocionante discurso que incluía esta frase: «¡No permitiremos que nos quiten nuestros trabajos para dárselos a robots!» Por su parte, la actriz Christine Baranski (ganadora de dos premios Tony y un Emmy) vociferó ante la multitud en huelga: «¡No viviremos bajo el feudalismo corporativo!»5 Quien busque las imágenes de estas y otras intervenciones no hallará la iconografía anarquista ni el destrozo de máquinas a martillazos. Sin embargo, el discurso luddita es obvio: las máquinas roban trabajo, los patrones son señores feudales. Metáforas eventualmente útiles para la agitación. E irremediablemente inservibles para comprender cómo funciona el capitalismo. ¿Por qué decimos esto?

Porque hoy, tres años después de semejante huelga, Martin Scorsese (director de Taxi Driver, Cabo de miedo, Buenos Muchachos y El Lobo de Wall Street) se asoció a una empresa para conseguir una IA capaz de encargarse de los storyboards (la secuencia de ilustraciones que traduce un guión a imágenes fijas, hasta ahora a cargo de dibujantes)6. El actor, director, productor y burgués Ben Affleck le vendió a Netflix el desarrollo de otra IA (una para hacer películas)7. Las actrices Reese Witherspoon y Sandra Bullock declararon públicamente su apoyo al uso de IA en cine y tv8. Darren Aronofsky (director de Réquiem por un sueño, La Ballena y El cisne negro) ya produce una serie «sobre la Independencia de los EEUU» hecha enteramente con IA9. Steven Spielberg (quien en 1993 sustituyó el artesanal trabajo de stop motion por imágenes computarizadas para los dinosaurios de Jurassik Park) observó que «no le gusta» cuando la IA «roba un puesto de trabajo» pero se reserva el juicio «sobre la IA hasta que vea realmente cómo se está utilizando»10. Los actores Michael Cain y Matthew McConaughey se asociaron a otra empresa para que sus voces fueran versionadas por una IA11. El listado no termina aquí. Ni parece que vaya a cerrarse sino todo lo contrario.

Lo que estamos narrando ejemplifica las enormes virtudes y el aciago defecto de la huelga de 2023: un altísimo –y envidiable– grado de organización y combatividad en el orden de lo sindical, junto al casi nulo entendimiento, en el orden de lo político, del papel que las máquinas y la automatización tienen en el sistema capitalista.

Si Disney despertase

En enero de 2026, más de 700 «artistas, escritores y creadores de todo tipo» publicaron una declaración titulada Robar no es Innovar. Firmada, entre otros, por Scarlett Johansson, Joseph Gordon-Levitt, Cate Blanchett, Fran Drescher (presidenta nacional del sindicato de actores durante la huelga), el grupo musical R.E.M., la cantante Cyndi Lauper, el guionista Vince Gilligan (creador de Breaking Bad, Better Call Saul y Pluribus), la declaración completa dice:

La comunidad creativa de Estados Unidos es la envidia del mundo y genera empleo, crecimiento económico y exportaciones.

Pero en lugar de respetar y proteger este valioso recurso, algunas de las mayores empresas tecnológicas, muchas de ellas respaldadas por fondos de capital privado y otros inversores, están utilizando el trabajo de creadores estadounidenses para construir plataformas de IA sin autorización ni respeto a la ley de derechos de autor.

Artistas, escritores y creadores de todo tipo se unen con un mensaje sencillo: robar nuestro trabajo no es innovación. No es progreso. Es robo, así de simple.

Existe una mejor alternativa: mediante acuerdos de licencia y colaboraciones, algunas empresas de IA han optado por la vía responsable y ética para obtener el contenido y los materiales que desean utilizar. Es posible tenerlo todo. Podemos contar con una IA avanzada y en rápido desarrollo, y al mismo tiempo garantizar el respeto de los derechos de los creadores.

Pero un petitorio no es una huelga, aunque lo firme todo Hollywood cantando «We are the World». Para colmo, los firmantes ni siquiera se reconocen como trabajadores. Se declaran «artistas», miembros de «la comunidad creativa de Estados Unidos». En Argentina también existe «el mundo de la cultura», que participa en marchas con columnas separadas del resto de los trabajadores (columnas que suelen incluir, además, a una porción de la patronal), que realiza actividades especiales para reclamar subsidios y se considera el último refugio de la resistencia contra el capitalismo12. Incluso tenemos una «asamblea de intelectuales» del Frente de Izquierda13.

Este es un obstáculo que hemos señalado en varias notas: el mundo del arte y la cultura considera, en general, que sus actividades poseen un plus inapresable por la lógica del capital, una esencia indómita al movimiento de valorización del valor. Si en otros tiempos se decía que «el Ejército es la reserva moral de la Patria», hoy muchos piensan que los artistas son la reserva creativa de la humanidad. A fines del año pasado, por ejemplo, Fito Páez recibió un doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de Rosario y disertó:

La expresión es un elemento central de la humanidad. No se puede monetizar la expresión humana, no se puede mercadizar todo. Eso nunca se va a poder atrapar con ninguna IA. Pueden volvernos idiotas a todos pero no van a hacer un Spinetta por IA…14

Un año antes de que Páez pronunciara estas palabras ya se podía escuchar en YouTube esta versión del «Bombón asesino» cantada por un Spinetta hecho con IA. Y en 2019 el ingeniero Alex Ingberg explicó en un artículo cómo desarrollar una IA para crear letras al «estilo del Flaco»15. Pero dejemos de lado los ejemplos y concentrémonos en la idea que Fito quiso ilustrar: «no se puede monetizar la expresión humana»16. Esto significa, según entendemos, que habría un residuo inatrapable por el capital. Una esencia genéricamente humana, tan creativa y rebelde, que escaparía a la mediación mercantil. Una suerte de «la pelota no se mancha» para ciertas actividades humanas: las consideradas eminentemente artísticas e intelectuales. Toda la cultura de izquierda sostiene esa concepción17. Especialmente en la corriente hegemónica de la izquierda vernácula: el trotskismo18.

Nuestra distancia con respecto a esa concepción del arte y la cultura se funda en la crítica de la economía política. Vamos a explicitarla.

Lo mismo Brecht que Sofovich

Atendamos a dos indicaciones en la obra de Marx que podrían parecer obvias pero, a juzgar por la cultura de izquierda, no lo son. La primera se encuentra apenas comienza El Capital, en el segundo párrafo del bodoque:

La mercancía es, en primer lugar, un objeto exterior, una cosa que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas del tipo que fueran. La naturaleza de esas necesidades, el que se originen, por ejemplo, en el estómago o en la fantasía, en nada modifica el problema.19

Tras el memorable comienzo de esta obra («La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza»), se aclara enseguida que no importa si la mercancía satisface la necesidad de comer o la de fantasear. En otras palabras, que no es relevante para la crítica de la economía política si las necesidades de las que se trata son «básicas» (comer, beber, abrigarse, reproducirse…) o «sofisticadas» (escribir poemas, escuchar música, hacer ciencia, jugar a la seducción…).

Agreguemos: ¿qué mercancía es puramente del estómago, sin nada de sentido? ¿Y qué mercancía es puramente del sentido, sin nada tangible? Cuando tomamos una cerveza o nos compramos un calzado, no tomamos cualquier tipo de cerveza ni compramos cualquier tipo de calzado. En ambos casos se ponen en juego múltiples capas de sentido que no tienen que ver directamente con la necesidad «elemental» de saciar la sed o proteger los pies de la intemperie. De manera que no hay, por seguir con los ejemplos que da Marx (él mismo dejó escrito que son «ejemplos»), mercancías puramente del estómago ni mercancías puramente de la fantasía. Hablamos de necesidades del cuerpo. Y las necesidades del cuerpo (humano) son –seguramente en proporciones variables– tanto «del estómago» como «de la fantasía».

La segunda indicación es un derivado de la primera: el concepto de mercancía se ejemplifica ya en el primer tomo de El Capital (1867) con un listado muy heterogéneo de objetos, que incluye lienzo, trigo, café, chaqueta, oro, biblia, hierro, té, aguardiente, perlas, dinero, diamantes… Hemos citado en otras ocasiones cómo, también allí, se equipara la producción de enseñanza con la producción de embutidos20.

En la Contribución a la crítica de la economía política (1859) ya encontrábamos el mismo criterio supuesto en una serie de mercancías que hablaba de algodón, pan, cobre, vidrio, seda, cebada, papel… También en esa obra leemos: «El valor de cambio de un palacio se puede expresar en un número determinado de potes de betún». E incluso que un libro de poemas puede equivaler a una cantidad determinada de sustancia esnifable:

De este modo, un volumen de Propercio y 8 onzas de rapé pueden ser el mismo valor de cambio, a pesar de los dispares usos del rapé y la elegía.21

El punto es que no importa cuál sea el «uso dispar» que se le dé a una mercancía. Un paquete de arroz puede satisfacer necesidades del estómago, al comerlo, o de la fantasía, al arrojarlo sobre una pareja de recién casados. Asimismo, «Un actor, incluso un clown, puede ser… un obrero productivo si trabaja al servicio de un capitalista»22, sin importar el contenido del producto: a la lógica del capital le da lo mismo si el actor interpreta una obra de Bertolt Brecht o una de Hugo Sofovich. Lo que no da lo mismo es que venda entradas o no, porque esa es la única manera de validar socialmente una obra de teatro (o cualquier mercancía) en el capitalismo: que alguien pague por ella. Si el valor de una mercancía no se realiza en el mercado (es decir, si no se vende), entonces el trabajo puesto en la producción de esa mercancía es socialmente nulo, como si no hubiera existido, como si nadie hubiera gastado tiempo y energía, como si nadie hubiera trabajado.

No hay saberes o destrezas humanas invulnerables a la automatización. El saber de un artesano tejedor transferido a la máquina de tejer no es de naturaleza distinta al saber de un músico, un escritor o un clown transferido a una IA generativa. Son saberes humanos. Que algunos se hayan automatizado en las máquinas antes que otros no los hace de naturaleza diferente. Cuando los empleados bancarios fueron sustituidos por cajeros automáticos, los programadores de esos cajeros se pensaron a salvo… hasta la aparición de la IA. Cuando los diarios en papel fueron sustituidos por portales online, los periodistas redactores se creyeron a salvo… hasta la aparición de la IA. Cuando la pantalla verde (Chroma Key) reemplazó a los escenógrafos y los equipos de operarios para las locaciones exteriores, los guionistas y actores se pensaron a salvo… hasta la aparición de la IA.

¿Y la expresión como «elemento central de la humanidad»? ¿Dónde queda la capacidad creativa del artista? ¿No es el último bastión de la naturaleza humana contra la inteligencia artificial?

No.

¿Entones nos encontramos frente a una novedad del capitalismo?

Tampoco.

De 1867 a 2026

Cuando los trabajadores de Hollywood hacen huelga para detener el avance de la IA sobre los puestos de trabajo, no luchan tanto contra sus patrones como contra el medio de trabajo mismo (la IA que incorpora saberes y destrezas de la clase trabajadora). Es el fenómeno que Marx analizó en ese extraordinario capítulo de El Capital titulado «Maquinaria y gran industria»:

no es sino con la introducción de la maquinaria que el obrero combate contra el medio de trabajo mismo, contra el modo material de existencia del capital.23

A continuación, Marx menciona la breve insurgencia del movimiento luddita a comienzos del s. XIX, pero no para celebrar a los ludditas con nostalgia (como hacen Ferrer y todo el romanticismo progre), sino para observar esta transformación en la conciencia de los trabajadores:

Se requirió tiempo y experiencia antes que el obrero distinguiera entre la maquinaria y su empleo capitalista, aprendiendo así a transferir sus ataques, antes dirigidos contra el mismo medio material de producción, a la forma social de explotación de dicho medio.24

«Se requirió tiempo y experiencia», dice Marx. También se requirió organización y estudio. La crítica no brota espontáneamente del cerebro y las ideas no se encarnan en los cuerpos sin organización que ofrezca condiciones para el debate y el esclarecimiento.

Por otra parte, queremos señalar que Marx no es ambiguo sobre lo que significa el proceso de automatización en el capitalismo. No hay ningún embellecimiento del «Progreso» ni hay idealización de la máquina en El Capital:

La maquinaria no sólo opera como competidor poderoso, irresistible, siempre dispuesto a convertir al asalariado en obrero «superfluo». El capital proclama y maneja, abierta y tendencialmente, a la maquinaria como potencia hostil al obrero. La misma se convierte en el arma más poderosa para reprimir las periódicas revueltas obreras, las huelgas, etc., dirigidas contra la autocracia del capital. […] Se podría escribir una historia entera de los inventos que surgieron, desde 1830, como medios bélicos del capital contra los amotinamientos obreros.25

Si los trabajadores que se autoperciben miembros de alguna «comunidad de creadores», «intelectuales» y «artistas», dejaran de mirarse el ombligo y observaran lo que sucede a su alrededor, verían dos fenómenos insoslayables. El primero: la IA no impacta sobre ocupaciones completas, sino sobre tareas específicas26. Es decir, su amenaza no recae tanto sobre puestos laborales plenos como sobre actividades parciales que componen esos puestos: dibujar storyboards, versionar voces, escribir un guión, clonar la imagen de un actor…

Los artistas que trabajan en películas informan que cada vez ven más ilustraciones generadas por IA en sus trabajos. […] Los trabajadores temen que los estudios simplemente contraten menos trabajadores para cada proyecto, sabiendo que la IA los hará más productivos. […] los casi 6.000 miembros del Gremio de Animación, que representa no solo a artistas y diseñadores de personajes, sino también a escritores y directores, enfrentan amenazas aún mayores de la IA que otros miembros de IATSE. Los estudios de animación a menudo subcontratan el trabajo a talleres no sindicalizados, y algunos estudios no sindicalizados parecen decididos a experimentar con la IA.27

El segundo fenómeno insoslayable es que el avance de la automatización de las tareas para aumentar la productividad es un movimiento necesario del sistema capitalista. La organización y el combate gremial pueden aplicar paliativos, pero no curar la enfermedad. Pueden contener por un tiempo la caída de un sector de trabajadores. Pero no pueden cambiar la dirección del movimiento general del sistema, que afecta al conjunto de la clase obrera.

Por eso es necesario dar el salto de lo gremial a lo político, como decíamos al final de la primera entrega de esta serie de notas dedicada a la industria cinematográfica28.

PD: Como era de esperarse a una exitosa serie sobre la industria cinematográfica, ya está confirmada por nuestros estudios otra secuela: CINE III, dedicada a los monopolios, donde veremos por qué Netflix es para la cinefilia progre lo que el FMI es para el trotskismo.

NOTAS:

1 Christian Ferrer, Los destructores de máquinas y otros ensayos sobre técnica y nación, CABA, Biblioteca Nacional, 2015, p. 14.

2 «Los taxistas se fueron a las piñas con los choferes de Uber en el Concejo de Mar del Plata», nota publicada en La Política Online el 8 de junio de 2026.

3 Hablamos de inteligencia artificial en cuatro notas, que corresponden a cuatro «temores» diferentes: (i) «El temor técnico»; (ii) «El temor de los burgueses»; (iii) «El temor existencial»; (iv) «El temor de los socialistas».

4 Todd Spangler, «“Esto es una amenaza existencial”: ¿Realmente la IA eliminará a los actores y arruinará a Hollywood?», nota publicada en Variety el 6 de agosto de 2023.

5 Joe Otterson, «Bryan Cranston le dice a Bob Iger que “la IA no nos quitará nuestros trabajos” en un discurso conmovedor: “No nos quitarán nuestra dignidad”», nota publicada de Variety el 25 de julio de 2023.

6 Virginia García, «Martin Scorsese respalda a una empresa de IA con la que podría crear próximas películas», nota publicada en Infobae el 2 de junio de 2026.

7 «Netflix pagará hasta 600 millones de dólares por la empresa de IA de Ben Affleck», nota publicada en La Nación el 12 de marzo de 2026.

8 Ethan Shanfeld, «Reese Witherspoon se enfrenta a las críticas por su apoyo a la IA», nota publicada en Variety el 21 de abril de 2026.

9 Hareth Peraza, «Darren Aronofsky produce serie animada hecha con IA», nota publicada en Hollywood Reporter el 30 de enero de 2026.

10 Laura Mafud, «A días del estreno de su película “El día de la revelación”, Spielberg le pone un freno a la IA: “No hay sustituto para el alma”», nota publicada en Forbes el 9 de junio de 2026.

11 Renzo González, «Actores ganadores del Oscar firman acuerdo con empresa de IA para que use sus voces», nota publicada Infobae el 13 de noviembre de 2025.

12 Sobre esta «resistencia» escribimos «Resistiendo con aguante (El ocaso de la inteligencia)». Acerca de las distinciones entre artista, trabajador y patrón, «La cultura (peronista) es la sonrisa (burguesa)».

13 Véase, por favor, «Comunistas del futuro, no en el presente: el curioso caso de la Asamblea de Intelectuales Socialistas».

14 «Fito Páez honoris causa», nota publicada en TN el 6 de diciembre de 2025.

15 Alex Ingberg, «Oraciones artificiales. Escribiendo canciones como Luis Alberto Spinetta mediante machine learning», artículo publicado en su blog Ciencia y Datos el 19 de abril de 2019.

16 Shakira cantó exactamente lo contrario cuando Bizarrap musicalizó los versos «Las mujeres ya no lloran. / Las mujeres facturan». Se trataba, como explicaron las productoras del programa de Ernesto Tenembaum, de «monetizar el dolor», es decir, de convertir en dinero una de las emociones más intensas que experimentamos los seres humanos. Nuestro primer Sencillito habló de esto: «Shakira, Bizarrap y el feminismo».

17 Hemos publicado varias notas sobre el tema. Recomendamos leer «Contra la cultura de izquierda. Por una militancia socialista».

18 Véase «El arte del trotskismo: ¿Cómo se supone que el arte sería un factor de cambio?» y, de paso, proponemos escuchar esta exposición de Ariane Díaz (militante del PTS) titulada «Arte, trabajo e industria cultural», en la que de entrada distingue la producción artística del resto de la producción en el capitalismo.

19 Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, Tomo I, p. 43.

20 Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, México, Siglo XXI, 2009, Libro I, p. 616. Citamos el pasaje en «El dilema de Camus» y en «La seducción literaria, 2: Confundir satisfacciones culturales con tareas políticas».

21 Karl Marx, Contribución a la crític de la economía política, trad. Jorge Tula, León Mames, Pedro Scaron, Miguel Murmis, José Aricó, México, Siglo XXI, 2008, p. 10.

22 Karl Marx, Historia crítica de la teoría de la plusvalía – Tomo IV (Desde los orígenes de la teoría de la plusvalía hasta Adam Smith), Buenos Aires, Cartago, 1956, p. 137.

23 Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, México, Siglo XXI, 2009, Libro I, p. 521.

24 Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, México, Siglo XXI, 2009, Libro I, p. 523. Resaltamos en negrita.

25 Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, México, Siglo XXI, 2009, Libro I, p. 530.

26 Josefina Gil Moreira, «Profesiones y carreras. Dime cuál es tu trabajo y te diré si la inteligencia artificial te puede llegar a reemplazar», nota publicada en La Nación el 1 de agosto de 2025.

27 Noam Scheiber«¿La IA cambiará el trabajo de los trabajadores de cuello blanco? Pensemos en el editor de Hollywood», artículo publicado en el New York Times el 30 de julio de 2024.

28 Nos referimos, puntualmente, al último apartado de «Cine I: Una de esas mercancías que nos resistimos a ver como mercancía».

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