EDITORIAL N°9: Éxito y fracaso de los votantes libertarios

Hay un renacimiento de la vida y el debate político en la Argentina, al menos en las instituciones del orden burgués. Es decir, no bajo las condiciones que muchos hubiéramos elegido, pero ya se sabe que se hace historia sin elegir las condiciones en las que se puede hacerla.

No hay vida política sin disputas sobre lo que sucede y no hay disputa profunda mientras las interpretaciones acostumbradas mantienen su validez. En estas semanas vemos desarrollarse, entre otros debates, uno transversal acerca de cómo interpretar lo que está ocurriendo: ¿Qué es esto? Vemos una interpretación que ha sucumbido ante los embates de la realidad, aunque se aferra a su agonía, y vemos que es necesario volver a interpretar lo que nos pasa.

La vieja interpretación (que, aun abatida, sigue siendo, para muchos, un escudo en defensa propia o un manto de niebla para evitar la realidad) sostiene que los pobres son –como escribió Aristarain en Página/12– «un grupo lamentablemente numeroso de imbéciles, ignorantes y zombies», por eso se los engaña fácilmente, por eso han sucumbido a los cantos de sirena de «la derecha» y ahora reciben el peso del ajuste. Algunas variaciones de esta interpretación moribunda llegan a caracterizar a los trabajadores que votaron a Milei como «masoquistas» que buscan el látigo del amo, enfermos del síndrome de Estocolmo y aun «masas que» como las hitlerianas «desearon el fascismo». En sus versiones más o menos forzadas, esta interpretación insiste en que el peronismo es la reserva moral de la Nación, que las mayorías que no lo voten no merecen respeto y que no vendría mal alguna forma del voto calificado.

El primer inconveniente para creer en la existencia de ese límite infranqueable entre el bien y el mal, el amor y el odio, la patria y la patria, es el mismísimo gabinete de Milei. Mezcla de capricho personal y unidad nacional, se trata de un gabinete libertario-radical-pro-peronista en el que sólo quedó afuera el sector de Victoria Villarruel.

Hay un segundo inconveniente para trazar los límites de esa geografía moral, sentimentalista y patriotera: en esa conjunción de todas las fuerzas políticas relevantes, la que ha brindado el personal político de mayor trayectoria es el peronismo con su ex vicepresidente, ex gobernador del principal territorio del país y ex candidato a presidente apoyado por 12 millones de votantes peronistas (800 mil más que los obtenidos por Massa 8 años más tarde), ministro y embajador del gobierno peronista de Alberto y Cristina hasta el último día, y uno de los precandidatos que le dejó el lugar al ministro de economía Sergio Tomás.

Pero el problema no es sólo cartográfico o catastral, no es que solamente los mapas estén borrosos o que los límites sean móviles. Cierta duplicidad de todos los actores (están y no están con el gobierno) se puede percibir, por ejemplo, en que fue un gobernador peronista el más firme aliado de Milei en el Congreso (Jaldo, de Tucumán) y fue uno del PRO el que le planteó la rebelión más taxativa (Ignacio Torres, de Chubut).

¿Acaso Jaldo y Scioli han sido expulsados del PJ? Obvio que no. El peronismo real pone huevos en todos los nidos del poder. El sueño húmedo de sus militantes («Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes») se reformula en la árida vigilia: «Con algunos dirigentes siguiendo a una cabeza y los otros a la cabeza alternativa».

El desprecio progre por los pobres

Como puede deducirse, el ataque contra los votantes de Milei es proporcional a la necesidad de negar una realidad y, sobre todo, de olvidar un pasado reciente: el del gobierno oprobioso de Alberto, Cristina y Massa. Es decir, olvidar la causa del éxito de Milei y endilgarle su arribo a la Rosada no al fracaso de Unión por la Patria/Frente de Todos, sino a quienes supieron sacarse de encima a ese gobierno.

Un rasgo preponderante de esta interpretación es el desprecio por el derecho a pensar que tienen los pobres. Los trabajadores registrados, sobre todo los de la cultura que se encuentran sobrerrepresentados como opinión pública, asumen un derecho de propiedad sobre el pensamiento estratégico, las tácticas y los rodeos, que en el mismo acto les es expropiado a los sectores más desfavorecidos. Tomemos algunos ejemplos.

Los votantes de Milei denuncian que los peronistas son ladrones sin escrúpulos que se aprovechan del Estado en beneficio propio y de sus seguidores. Por caso, en el tema de los DD.HH. La campaña peronista se lanzó exponiendo que esas afirmaciones eran ciertas. Se trajo del exterior, como acción del Estado, un avión de los vuelos de la muerte. Y se lo utilizó en el marco de indiferenciados actos estatales y de campaña, para lanzar la candidatura presidencial de un funcionario determinante de ese mismo Estado que, además, seguiría prestando servicios a ambos lados del mostrador: gobernando para favorecer su propia campaña como candidato de una facción particular. Sin embargo, el peronismo arguye que aceptaba todo eso como el mal menor frente a un proto fascista en ciernes.

Otro tanto sucede con el desguace de la ESMA para que un club construya un espacio privado y pago, hecho de diversión y esparcimiento. Se lo oculta porque los planes del nuevo gobierno son más ominosos, se lo juzga con indulgencia porque las intenciones son buenas, aunque el hecho sea de negacionismo categórico y factual, no meramente discursivo.

Y aunque no coincidimos con ellos, consideramos justo reconocer que los votantes de Milei han cosechado un éxito inmenso. Han quebrado el pacto de silencio que el peronismo y sus militantes habían impuesto sobre la ignominia, la degradación y el envilecimiento argentinos. Ni desapariciones como la de Astudillo Castro, ni represiones como en Guernica, ni el regalo de media ESMA para que privados hagan un lugar de recreo, ni los negociados con las vacunas para favorecer a los amigos del gobierno (tanto en la aplicación como en la fabricación), ni las fiestas de Olivos. Pero, sobre todo, la debacle salarial y el deterioro de las condiciones de trabajo, que eran prolijamente silenciadas por la burocracia sindical peronista.

Una inflación de tres dígitos fue considerada un logro digno de ser premiado con el voto; el aumento de los que necesitan cobertura de un plan social fue aplaudida como «el Estado presente»; la disminución del valor de esos mismos planes, como una jugada estratégica. Toda la miseria regada por el país se disimulaba con algunos subsidios y una caída algo más lenta de la clase media cultural con respecto al resto de la sociedad. Mientras tanto, todo ese conjunto social, atado al paragolpes de la marcha del gobierno peronista, era arrastrado por el barro de un desastre creciente.

Todos los que detentaban voz y representación miraron para otro lado durante meses y años. Inconmovibles, sin sacar los pies del plato. Como la ministra de la mujer y la diversidad, que nada hizo cuando nombraron a Manzur, forzador de partos de niñas violadas, como su jefe en el gabinete. Todas las patitas en el plato y en silencio. «Jugadas magistrales», «estrategas brillantes», «comprensión del cuadro de situación».

De pronto, más de medio país, sin voz ni representación, con los dientes apretados de bronca, hizo sonar una palma en la superficie de la mesa. Ese sujeto continúa sin voz. Pero se hace oír. Desde el 10 de diciembre, el Congreso funciona como afiebrado, vota, discute, aprueba o complica. La CGT reúne al comité central confederal y lanza algo parecido a una medida de lucha (no le sale bien, por falta de práctica y porque nadie le tiene confianza). Los metalúrgicos recuerdan que son un gremio poderoso. Un gobernador del PRO amenaza con dejar sin energía al país, a la vez que el vicepresidente de Néstor, dos veces gobernador de la principal provincia argentina y candidato del kirchnerismo en el 2015 «para frenar a la derecha», se integra al gabinete libertario-radical-pro-peronista de unidad nacional. ¿Ya lo dijimos?

Tomemos el caso de las mujeres. Sus muertes por actos violentos machistas, los femicidios, no han disminuido. La brecha salarial no se ha achicado. Las vías de acceso al sistema prostituyente (y su faz audiovisual: la industria de la pornografía) han mejorado su estatus social (OnlyFans) y los cuerpos de las mujeres han sido rebajados a objetos descartables para el goce de los millonarios («subrogación de vientres», es decir, explotación reproductiva). Todo eso a cambio de medidas laterales que benefician a minorías insignificantes. Y si alguien nos señala la IVE («el fin del patriarcado», según Alberto Fernández), le recordamos que el peronismo no es causante de su aprobación tanto como sí es responsable de haberla impedido con su mayoría absoluta durante más de una década (sólo en este siglo, porque si contamos el siglo pasado, son varias décadas). ¿Es extraño que millones de mujeres ninguneadas, cagadas de hambre y amenazadas con la muerte real en manos de hombres violentos no se sientan representadas por, ni se comprometan con la defensa de, un ministerio que viven como totalmente ajeno a sus vidas cotidianas?

Y sin embargo, algo les salió mal a los votantes de Milei. Y no es precisamente el ajuste, con el que contaban desde un principio, pues nunca les fue del todo ocultado. Lo que no fue tenido en cuenta por ellos es el negacionismo peronista, el grado de cinismo e hipocresía del partido conservador del orden burgués en Argentina. Apenas asumió Milei y sus primeras medidas golpearon al peronismo de clase media, ésta recordó que hay hambre con la misma prontitud que olvidó que el peronismo acababa de gobernar y de contribuir al hundimiento del país y del nivel de vida de los trabajadores. Alegando demencia se encaramaron a la lucha contra los problemas que el mismo peronismo profundizó hasta hace un par de semanas atrás.

(El ardid no es novedoso. El peronismo mató a 1.500 compañeros, ensangrentó al país, hizo mierda la economía –Rodrigazo–, le entregó el gobierno a los milicos, le aportó 180 intendentes a la dictadura, negoció la amnistía para las juntas militares, se negó a enjuiciarlas, se negó a la Conadep, miró luego para otro lado y fingió ser adalid de los DD.HH., de tal modo que ahora les canta a los gobiernos que no son peronistas: «Fulano, basura, vos sos la dictadura»).

Pero eso fortaleció a Milei. Quien mantiene, a pesar de las brutales medidas que aplica contra trabajadores, jubilados, inquilinos… su 56% de apoyo. ¿Por qué? ¿Cómo es posible? ¿Qué es esto? Milei aparece como la única alternativa contra quienes nos trajeron hasta acá. Contra quienes motivaron el voto libertario de los trabajadores.

Los problemas (permanentes) de un país inviable

No nos explayaremos aquí sobre la inviabilidad, aun en términos burgueses, de un capitalismo libertario, sin Estado. Baste señalar lo ocurrido con uno de los regímenes más antiliberales del país: el de promoción industrial en Tierra del Fuego. La famosa iniciativa privada a la que los burgueses encomiendan el crecimiento (y en esto no ha habido diferencias entre las propuestas de los distintos espacios burgueses) es tan raquítica, tan temerosa y se encuentra tan atada a las concesiones que les pueda hacer ese mismo Estado, que no hay manera de sostener un gobierno en esa iniciativa. E, inmediatamente, surge la necesidad de elegir a quienes se va a favorecer. Es la causa económica del armado político mencionado: no habrá lucha contra la casta, sino una reducción de sus integrantes, un reacomodamiento de sus sectores, una resurrección decepcionante, como un ave fénix que renace de sus cenizas pero no espléndida sino cachuza, desplumada, torpe, con una vitalidad subvencionada. Esa es toda la revolución libertaria posible.

Por eso, por arriba se da un tumultuoso y constante ajuste de todas las fuerzas políticas burguesas. Recomponer una economía inviable como la argentina requiere la eliminación de muchos sectores económicos y de no menos espacios políticos. Y esto produce la resistencia de los que temen ser el pato de la boda. Muchos sectores económicos subsidiados, sí, pero también estructuras clientelares que mantienen una estabilidad política necesaria para el desarrollo de los negocios.

Como todos saben que esto es así, actúan a dos puntas: si el experimento, sostenido en el odio a los políticos burgueses, llega a buen puerto, nadie quiere quedar afuera de la Nueva Argentina que se erguirá iluminada al final del túnel; si el experimento, que tiene que pasar por un estrecho desfiladero de posibilidades, fracasa, nadie quiere cargar con haber sido parte de él, renglón de un episodio más de la Vieja Argentina que se desgaja en escombros hacia el interior de un pozo. Y todos querrán ser los padres de la oposición.

El problema, en estos cien días, es que no se puede saber qué va a pasar. Los números macroeconómicos que se exhiben para el optimismo son los números de una estabilidad comprometida, propia del coma profundo: nadie puede estimar qué pasa si el paciente comienza a moverse ni cómo podría hacerlo. Por eso, la dinamizada vida política se torna incomprensible: los mismos actores aprueban y reprueban, apoyan y combaten. Reclaman recortes para otros y excepciones para ellos.

El problema del Titanic argentino es que ni siquiera hay lugar en los botes para la primera clase. Mucho menos en la tabla capitalista para la clase obrera, a la que le reservan el destino de Jack.

Tejer con paciencia una nueva interpretación

Cuando un atajo es demasiado corto, probablemente ni siquiera se aleje del punto de partida. Ése es el riesgo para las propuestas socialistas. Un amplio repudio obrero a los políticos burgueses se canalizó hacia un político burgués desconocido y rupturista. Una gran derrota que no se resuelve con la mera oposición al presidente libertario, sino interpretando ese repudio que surge de la miseria y la mentira peronistas. Reconstruirnos como alternativa sin ser arrastrados por los mismos que han propiciado esta elección paradójica es un camino largo y trabajoso.

Ese camino implica abandonar la interpretación tradicional de la izquierda según la cual el peronismo es un mal menor, una corriente contradictoria, un aliado posible en ciertas circunstancias: la gran hipótesis de que el peronismo no es la derecha. El partido del indulto, de las relaciones carnales y de la Masacre de Pacheco, no es la derecha. Esa hipótesis es la que ha cerrado los caminos al crecimiento de la izquierda como alternativa durante los últimos 50 años, como mínimo.

Si nuestra interpretación es correcta en lo central, nos espera un período de obstáculos significativos. Únicamente largas explicaciones, como las que intentamos acercar en nuestras publicaciones, pueden dar cuenta de cómo y por qué la interpretación clásica de la izquierda ha caducado. Que el peronismo no es lo menos malo de la oferta burguesa, que no lo es en la conciencia de amplios sectores, la mayoría de la clase trabajadora, y que no lo es objetivamente, porque ha sido quien nos llevó hasta Milei hundiendo la economía y la vida social. Pero a esta interpretación, parafraseando al propio Milei, no la ven. Lo cual nos coloca ante la tarea inmediata de ganar para esta interpretación a un reducido, sólido y persistente núcleo de vanguardia.

¿Dónde está esa vanguardia? Hay que buscarla, no esperarla. Tenemos que encontrarnos con el otro allí donde el otro está. No hacer una cita donde nos queda cómodo, aunque no venga nadie. Cada uno de nuestros compañeros de laburo tiene una idea general, que comparte con el resto de la población del país: la mitad piensa que Milei es una alternativa al peronismo, la otra mitad piensa que tiene que volver el peronismo. Pero además tiene una interpretación propia, un sesgo particular, y nuestra militancia consiste en encontrar a esa persona de carne y hueso con la que podemos tener un diálogo, esa persona capaz de abrirse a la pregunta: tanto el gobierno que asumió como el que se fue, ¿no serán dos mierdas? Vanguardia es alguien que, en principio, ve algo en esa pregunta. En cambio, alguien que esgrime una sofisticada explicación basada en la prevalencia histórica de la plusvalía relativa por sobre la plusvalía absoluta para votar a Massa, no es la vanguardia. Saber muchas cosas no es condición suficiente (ni necesaria) para «verla venir». Una desconfianza generalizada en todas las fuerzas burguesas es imprescindible para ser vanguardia. Pero no alcanza.

Una vanguardia tiene que combinar tres difíciles tareas. Luchar contra el ajuste y la reducción de las condiciones de vida de la clase obrera, en cada conflicto y en cada pulseada particular con patronales y gobiernos. No sucumbir al programa peronista ni a la defensa de las iniciativas privadas (ni al «Hay 2027»). Y aceptar que la izquierda debe refundarse bajo una bandera independiente, socialista, lejos del mal menor y con conciencia de la larga tarea que es necesario emprender: la tarea de explicarnos y explicar, de debatir y pensar, qué es el socialismo. Con ayuda de los libros y con ayuda de los compañeros, confiando en nuestras intuiciones y desconfiando, en mayor medida, de ellas. Buscando respuestas y buscando también formulaciones más agudas a las preguntas.

2 comentarios en “EDITORIAL N°9: Éxito y fracaso de los votantes libertarios”

  1. Buenas tardes, les escribo por acá debido a que no encuentro un contacto para enviarles un email. Estoy interesado en cursar el taller de El Capital de Uds. Si me pasan un contacto, me hacen un favor. Gracias.

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