A mediados de octubre de 2025 nos llegó una invitación de compañeros que se agrupan en el SICAR (Síntesis e Investigación Científica como Acción Revolucionaria) para que participáramos en el panel de presentación del primer número de su revista Síntesis (Para el desarrollo del conocimiento dialéctico). Uno de los seis trabajos incluidos en la revista-libro (230 páginas), “El sujeto revolucionario en la encrucijada marxista: Razón y Revolución (RyR) como el límite de la izquierda argentina”, fue sugerido como eje de debate para el panel. Algunos compañeros del SICAR, de la misma manera que algunos de Vida y Socialismo (VyS), compartimos la experiencia de haber militado en RyR.
Cuando nos tocó hablar en esa presentación (que puede escucharse aquí), centramos nuestro discurso en el cruce entre el espíritu de ese texto (cómo superar la experiencia política atravesada en RyR) y uno de nuestros objetivos fundamentales como VyS: proponer un diálogo respetuoso con todos los compañeros socialistas acerca de cuáles tareas abordar en este momento. Dado que lo nuestro es una hipótesis por desarrollar (es decir, únicamente en su despliegue demostrará o no alguna validez), intentamos mantener el diálogo con todos los compañeros que se presentan luchando por el mismo objetivo general (el socialismo), pero en base a hipótesis de trabajo distintas a las que venimos elaborando.
Nuestra pretensión de diálogo sobre cómo superar una experiencia previa (en este caso, la de RyR) y las condiciones de cualquier panel de debate (en este caso, 20 minutos para cada panelista) nos condujeron a privilegiar el repaso de algunas de nuestras hipótesis por encima de la polémica específica en torno a la superación organizativa y la actividad militante declarada por el SICAR. Intentaremos ahora, aquí, un desarrollo más extenso y estructurado de lo que, en el debate posterior a las exposiciones, se indicó de manera inevitablemente escueta y fragmentaria por parte de nuestros compañeros de panel.
Disclaimer: advertencia al lector
Tanto para quienes no estén interesados en la dialéctica hegeliana y la obra de Juan Iñigo Carrera (JIC), como para quienes únicamente escriben sobre el peronismo o el trotskismo, esta entrada de nuestro blog puede parecer excesiva, innecesaria o las dos cosas. Pero cualquiera que consulte las más de 300 notas que publicamos en estos 3 años de existencia como grupo verá que no dejamos de prestar atención a las grandes fuerzas políticas del país, especialmente el peronismo, tanto como a las fuerzas hegemónicas dentro de la izquierda, especialmente el trotskismo.
Si bien el proceso de fragmentación incesante del campo socialista tiene causas objetivas (gigantescos episodios de la lucha de clases y la historia mundial, derrotas catastróficas en procesos de los años 60 y 70, ignominia y colapso de las experiencias del llamado “socialismo real”, entre otras), hay un aspecto subjetivo de esa fragmentación que nos requiere porciones de tiempo y esfuerzo. Desprovistos del éxito y el poder económico de tal o cual experiencia histórica, los grupos socialistas del presente tenemos que expresarnos, debatir, argumentar y hacer nítidas las diferencias sobre nuestras propuestas. En ese sentido, adelantamos que lo que para el SICAR es ciencia y verdad, para nosotros es una hipótesis más con la cual mantener tanto la conversación y como el debate. Aquí intentaremos avanzar un paso en ése y aquélla.
Declaramos, además, que nuestro esfuerzo de lectura y escucha, reflexión y crítica, conversación y escritura, está basado en el respeto que nos obligamos a tener por otros compañeros que se encuentran –como nosotros– en busca de un camino al socialismo. Dicho respeto no se pondrá de manifiesto en un tono almibarado ni conciliador: queremos aclarar nuestras diferencias porque es la única manera de entender por qué no militamos en la misma agrupación. Pero atenti: cuestionamos ideas y acciones políticas que se desprenden de esas ideas, no a las personas que las llevan adelante. Desconocemos casi todo acerca de los individuos implicados en este debate, de manera que carecemos de elementos para el juicio personal. Y lo que es mucho más importante: los juicios personales no son nuestra vocación ni nuestra tarea.
Advertido todo esto, esperamos que nuestra falta de solemnidad y nuestro exceso de humor sean tomados fraternalmente.
Por qué declinamos glosar a Hegel
Las publicaciones de VyS se proponen agrupar crecientemente a un sector de la vanguardia obrera alrededor de una hipótesis (un programa, una estrategia) apta para el intento de recomponer el campo socialista y la lucha por el éxito de esa sociedad. En cambio, la publicación del SICAR se propone desarrollar un tipo de conocimiento específico, el dialéctico, al que se le atribuyen capacidades superiores a otras acciones militantes:
Síntesis es una revista del SICAR producida para impulsar el desarrollo del conocimiento dialéctico. Como tal, pretende trascender definitivamente la división teórico-disciplinar de la producción científica. Su objeto no es otra cosa que la realidad como tal en la integridad de su estructura orgánica, esto es, la determinación de un sólo y único sujeto: la clase obrera como forma de la materia en el despliegue de su acción revolucionaria. Para avanzar en este camino, ofrecemos al conjunto de nuestra clase esta herramienta científico-militante. (p. 3)
Dado que nos consideramos militantes socialistas y no intelectuales, profesores o científicos, declinamos el envite que estructura la publicación de Síntesis: no nos incluimos en los debates sobre la mejor lectura, interpretación o conocimiento de la Ciencia de la Lógica de Hegel, sobre su cercanía o distancia con respecto a la obra de Marx, ni sobre los avatares posteriores de esta polémica universitaria que llega, menguada, hasta el día de hoy.
Muy por el contrario, lo que haremos será introducir (en la glosa de la glosa, el comentario del comentario, la lectura de la lectura) algunos elementos discrepantes y disgregantes que surgen de la realidad. No porque creamos que el conocimiento profundo de la filosofía carezca de sentido y valor. Sino simplemente porque nos remitimos a nuestra tarea militante, que consiste en emplear los recursos de la ciencia, los de la filosofía o los de la cultura en general, para luchar por el socialismo. De esta manera –y sin menoscabo de la admiración que sentimos por los compañeros que estudian la compleja obra de Hegel– queremos contrastar ciertas afirmaciones incluidas en Síntesis con algunos aspectos que conocemos del mundo en el que vivimos, pues tendemos a pensar que este contraste desestabiliza el edificio teórico construido por el SICAR.
Esa ambición de los compañeros es compartida por todos los que aspiramos a una base lo más sólida y universal que nos sea posible para darle sustento a nuestra actividad. Compartimos esa ambición, no la fe en la capacidad humana de lograrlo acabadamente. Los compañeros del SICAR sostienen, junto al resto de los ateos, que la materia en su movimiento no tiene afuera ni causa exterior. Pero abrigan, junto a los hombres de fe, la seguridad de que el cerebro humano puede dar cuenta exhaustivamente de la materia en su proceso. Se trata de la fe en que un subproducto de un subproducto de un subproducto… el cerebro humano, sea capaz de abarcar el conjunto de las determinaciones del todo generador. Una fe, la del SICAR, que parece no admitir siquiera la teológica modestia de una frase como “Los designios del Señor son inescrutables”.
Según los textos de la revista, sólo se trata de “leer bien”, como hizo JIC. Sin embargo, hay una pregunta ausente en todo el desarrollo del primer número de Síntesis: ¿Por qué la Ciencia de la lógica, una obra escrita en 1812-16, que impactó y dejó su marca en un momento casi inaugural del desarrollo científico moderno, cuya pretensión era explicar el conocimiento humano, fue cayendo en el desuso general y la marginalidad de algunos grupos de investigación universitarios, mientras la propia ciencia práctica, basada en la “representación lógica” y la “fragmentación disciplinaria”, no detuvo ni detiene su tarea de ampliar la intelección del mundo? En términos caros a los compañeros del SICAR, ¿qué “necesidad expresa” esta notable decadencia de ese libro de Hegel, en medio de tanta ebullición de conocimientos? Si la clase obrera va expresando la necesidad del sujeto-capital de concentrar su potencia productiva en escalas cada vez mayores, ¿por qué rechazaría esta “ciencia de la explicación ampliada” disponible desde hace más de 200 años?
Nuestra respuesta comienza por un hecho actual. La ciencia real, la que existe hoy en el mundo, asume expresamente que no es una: lo que llamamos, para abreviar, “ciencia”, es un montón de disciplinas que no se puede unificar por el método, por las características, por la validez, por la utilidad, etc. Incluso mantiene polémicas fundamentales (realismo/antirrealismo) y acepta que la unificación es un “ideal regulativo” que no debe impedir la acción eficiente en cada recorte disciplinario del universo. Esta operación humana en beneficio de la propia especie humana que llamamos, genéricamente, ciencia avanza rengueando y rechaza apoyarse en la muleta dialéctica. Omitir semejante estado de la ciencia como práctica efectiva y forzar una incomprobable actualidad de la obra de Hegel se nos presenta como un gesto más teológico que racional.
En la parte no cabe el todo
La idea de una totalidad material dotada de un auto movimiento necesario, con asiento en las potencias inmanentes de un sujeto, es tan robusta como inútil. Expresa algo así como “Hay arena en el desierto”: si nos preguntamos por qué hay arena, entonces recurrimos a eventos trascendentes, como la alternancia de períodos glaciales; si nos preguntamos por el origen de las glaciaciones, entonces recurrimos a los movimientos de la Tierra; si nos preguntamos por éstos… etc., y así hasta el Big Bang (una conjetura matemática e imaginaria, imposible de comprender con plenitud). Una vez culminada semejante serie abisal de pasos y mediaciones, volvemos al desierto igual de perdidos que antes. Porque lo que necesitamos para movernos en él no es el conocimiento exhaustivo de la totalidad y sus determinaciones, sino este recorte práctico: un mapa. Cumplir condiciones abrumadoras (“la reproducción acabada de las determinaciones materiales por las que la historia natural toma forma concreta en la historia humana, constituye el punto de partida más potente para la crítica del fetichismo de la mercancía”, p. 69) no es un requisito indispensable para actuar con eficiencia en la persecución de un objetivo.
Además, hay dos tipos de problema que esta dialéctica considera resueltos cuando, en el mundo real, no lo están. Por un lado, los increíbles descubrimientos logrados en el terreno de lo infinitamente grande (la astrofísica) y lo infinitamente pequeño (las teorías de partículas) no han conseguido conformarse como una sola teoría consistente. No caben dudas de que vivimos en UN universo, porque genéricamente llamamos “universo” a ese “todo” que nada deja afuera. Pero suena inverosímil que la mente humana sea capaz de reconocer todas las determinaciones, todas las reglas de su funcionamiento. Con todo, la capacidad especulativa de cada disciplina científica se ha mostrado impactantemente productiva. Ha llevado estos puntos de ruptura en la unidad y el conocimiento de las determinaciones (las disciplinas, las especialidades) a un territorio tan lejano que, a la inmensa (la inmensamente inmensa) mayoría de los seres humanos (volveremos sobre esto) nos resulta imposible acceder a las herramientas para pensar siquiera de qué se trata. Aquí el conocimiento se declara provisoriamente universal y necesario. Se trata de una afirmación inestable, modesta, incluso frágil. Pero así se logró poner un pie en la Luna y darle hormonas de crecimiento a Lionel Messi.
Por otro lado –y empeorando las perspectivas de acceso a la totalidad–, en el terreno más íntimo de cada sujeto individual convive una conciencia a la que le podemos adscribir muchas de las consideraciones del fetichismo de la mercancía (como el desconocimiento de su propio lugar en la vida productiva de la sociedad), con otra parte no consciente, mucho más impactada en su formación por el pequeño universo íntimo y singular de nuestros primeros meses de vida, que por las condiciones generales de la vida social. De manera que existe una triple determinación, ya que también interviene, modulando aquellas dos condiciones señaladas, el cuerpo que nos toca: esa suerte de campo de batalla entre los estados de consciencia y los no conscientes. Esta triple determinación (corporal, consciente e inconsciente) abre en la vida humana un espacio de contingencia y libertad que no puede anularse mediante el recurso a las citas de un libro, por más clásico y genial que fuere1.
Ese espacio individual de contingencia y libertad, que se multiplica por cada individuo (miles de millones de seres humanos), modula de manera parcialmente imprevisible los acontecimientos sociales. En ese espacio anclamos nuestra consideración de que, así como las construcciones teóricas de VyS constituyen una hipótesis, nuestras acciones militantes constituyen una apuesta.
Creer en la dialéctica y en Iñigo, su profeta
¿Qué se puede hacer con los presupuestos del SICAR? Veamos este pasaje que transcribimos de la página 6 de su revista (el resaltado en negrita es nuestro):
El CICAR comenzó a reclutar a más y más militantes, traspasando las fronteras de Argentina. En pocos meses, se sumaron camaradas de muchos países de habla hispana que empezaron a reconocer las determinaciones de su propia conciencia a partir de la lectura crítica de las obras de Karl Marx y JIC. Una vez alcanzado el límite absoluto del reconocimiento de estas determinaciones, el CICAR se transformó en el SICAR. Agotadas las discusiones en el ámbito de la formación, se crearon los grupos nucleares de investigación con el objetivo de poner en marcha una maquinaria de producción científica orgánica que avanzara en la revolución del conocimiento dialéctico. Finalmente, el SICAR descubrió que el “gigante” no era JIC, sino el conocimiento dialéctico mismo.
Si la acción revolucionaria consiste en reconocer todas las determinaciones de la vida social mediante el instrumental metódico de la dialéctica, entonces se trata de un tipo de acción para pocos. ¿Quiénes son esos pocos? Los que alcanzaron “el límite absoluto del reconocimiento de estas determinaciones”, los que “agotaron las discusiones en el ámbito de la formación”. Tal vez por eso, cuando el SICAR sale en busca de compañeros más allá de los muros de la academia, tiene que apelar a un piso extraordinariamente alejado de esas pretensiones:

Se nos podría objetar que se trata de un detalle lateral (el texto de un flyer). Pero es tan significativo, que nos conduce al centro de nuestro planteo. Porque si –como pensamos– la propuesta del SICAR es políticamente estéril, entonces no puede abrirse al exterior del propio grupo sin retroceder hasta la “certeza sensible” de la vivencia inmediata: “Sumate y traé tus experiencias”.
Toda fuerza social requiere organización, no una idea brillante. Las ideas solas no hacen nada. El problema del SICAR no es nuevo. Que una religión sea una secta (esto es, que trabaje solamente para su propio mantenimiento) o un movimiento religioso (es decir, se base en la militancia para la ampliación de su base de seguidores), no modifica la necesidad de contar con un profeta. Las ideas necesitan encarnarse. Y las ideas absolutas –se llamen “dialéctica” o “Dios”– necesitan encarnarse en sujetos absolutos. Así lo viven, al borde del éxtasis, los compañeros del SICAR:
Estos jóvenes veían en JIC a un gigante vivo, se perfilaba en la obra de JIC como la acción política revolucionaria por antonomasia… (p. 6)
Con JIC las subjetividades portadoras de esta especificidad encontraban, en el proceso de reconocerse en el conocimiento dialéctico objetivado en sus textos, la potencia para ir más allá de toda apariencia haciendo trizas todas las inversiones ideológicas del marxismo. (p. 15)
…es importante reconocer que la obra de JIC es el intento más osado desde Marx de realizar un avance hacia la verdadera unificación de todas las ciencias […] Usar críticamente El Capital, alcanza una potencia deslumbrante. (p. 18)
JIC pone en perspectiva las consecuencias políticas de un redescubrimiento, a saber: el del carácter privado e independiente del trabajo en la sociedad capitalista […] haciendo gala de una pedagogía sin igual, JIC reproduce paso por paso el desarrollo realizado por Marx. (p. 19)
Hasta aquí podemos afirmar que la obra de JIC opera un reconocimiento de la crítica de la economía política de Marx. Sin embargo, su obra desborda cualitativamente dicha crítica inicial en tanto logra descubrir las determinaciones específicas del sujeto revolucionario, una cuestión que, en El Capital, estaba lejos de resolverse. En este punto podemos comprender la originalidad de la lectura de El Capital que opera JIC. Su aporte original al conocimiento científico respecto de las potencias políticas que porta la relación social enajenada […] JIC encuentra una contradicción no resuelta en la principal obra de Marx, una tensión que acaba por recortar las virtudes de su crítica […] No hay respuesta para este punto en la obra de Marx. Y es aquí donde JIC realiza uno de sus principales descubrimientos: es este mismo proceso de socialización del trabajo el que produce, a su vez, una diferenciación interna entre los órganos del obrero colectivo, en sus propias subjetividades productivas: mientras unos se degradan o se mutilan completamente, otros necesariamente expanden sus atributos para realizar los trabajos de reconocimiento y control de las fuerzas naturales y coordinación productiva… (p. 20)
JIC demuestra que la URSS… (p. 22)
…JIC demuestra todas las potencias abiertas por el conocimiento dialéctico (p. 23)
JIC, para la cólera de anti-soviéticos y pro-soviéticos por igual, nos pone por delante la necesidad de asumir contradicciones tales como que el Holodomor fue la condición de posibilidad del brutal aplastamiento del Tercer Reich o las misiones Sputnik… (p. 23)
Todos estos aportes al conocimiento de nuestro propio ser social no hubiesen sido posibles sin la revolución metodológica que la obra de JIC ha llevado adelante […] Así, JIC ha radicalizado la historicidad de la forma misma de conocimiento que, desde la epistemología, se entiende como producto de una abstracta subjetividad universal. (p. 23)
Cabe señalar que el presente esbozo de biografía político-intelectual de JIC, junto al resumen de sus principales aportes al conocimiento científico, está muy lejos de hacer justicia a la magnitud de su obra… (p. 24)
En este estricto sentido, los lectores y las lectoras deben advertir que, desde este primer número de nuestra revista, no van a encontrar aquí ningún culto a la autoridad, sino más bien todo lo contrario. (p. 25)
Esta apología de Iñigo Carrera, que ocupa un artículo completo (de los seis que componen la revista), tanto como las reiteradas menciones en el resto de las 230 páginas, tienen su explicación en una necesidad. JIC posee una superioridad moral e intelectual de tal envergadura que, aún sin participar concretamente del SICAR –un asunto en disputa con el CICP, como quedó registrado en el audio del debate–, se derrama sobre el resto de los sacerdotes. Su presencia como individuo indeterminado (capaz de llegar allí donde los demás no llegan por su propio impulso personal), como individuo superlativo que se libera de la herrumbre del capital chatarra y accede al parnaso de la totalidad de las determinaciones, justifica al resto de la grey dialéctica. Por eso no sólo se lo menciona con una frecuencia innecesaria, exagerada, paródica, sino que se lo asocia con adjetivos que indican su venerable excepcionalidad.
Ahora bien, si el capital es el único sujeto, ¿qué valor puede tener la intención socialista? Ninguna. Frente a determinaciones tan generales que abarcan la totalidad de la historia natural, ¿qué le queda a cada grupo de esforzados militantes? Menos que nada. Salvo que en su mente hayan alcanzado el reconocimiento exhaustivo de la totalidad de las determinaciones.
Semejante negación de la subjetividad, siempre “enajenada”, siempre “abstractamente libre”, convive con la exaltación fanática de un sujeto particular. ¿Acaso se trata de un sagaz juego dialéctico? No. Se trata de una simple contradicción insuperable.
La revista presentaría mayor consistencia omitiendo el culto a la personalidad. Pero, sin persignación, la actividad de los que hicieron la revista carecería prácticamente de sentido. Como la empresa se sostiene en el deseo, en la decisión de sujetos individuales, aun a costa de debilitar su potencia lógica y racional, hay que incluir al superhéroe. Un superhéroe –digámoslo todo– devaluado. Otros, como Trotsky o el Che Guevara, ofrecieron indudables epopeyas, varios modelos de heroísmo y algunos éxitos en la lucha de clases que no se podrían eludir fácilmente. En cambio, JIC no nos brinda un solo rasgo épico.
Eso sí: al menos justifica la edición de una revista en este rincón del planeta.
Características de la militancia dialéctica
En un texto del año 2013, JIC ya se había enfrentado al problema que hoy enfrentan los compañeros del SICAR: ¿qué hacer con unos postulados que, en su absolutización de lo determinado y necesario, dejan abolida la relevancia de cualquier acción humana? En ese entonces escribió (el resaltado es nuestro):
La mutilación de la capacidad para reconocerse como miembros de la clase obrera por parte de los miembros mismos de esta clase cuyo objeto de trabajo concreto va a ser la gestión de la unidad del movimiento del capital total de la sociedad mediante el ejercicio de una conciencia científica, constituye una negación específica de las potencias de la organización política de la clase obrera. Y lo es, tanto respecto de las condiciones inmediatas de la venta de la fuerza de trabajo, como respecto del desarrollo de la acción superadora del modo de producción capitalista.
El desarrollo de la conciencia de la clase obrera como una conciencia que conoce su enajenación y las potencias históricas que toman forma concreta en ella, es pues una forma necesaria de la acción política de la clase obrera. El punto de partida de este desarrollo se encuentra en el reconocimiento del carácter histórico específico de la mercancía, reconocimiento que lleva en sí el de la conciencia libre como forma histórica de relación social, en oposición a las naturalizaciones ideológicas propias de la economía política al respecto. Éste es, por lo tanto, el punto de partida de la acción de la crítica de la economía política, en el proceso en que los economistas producen su conciencia como miembros de la clase obrera.
En mi condición de miembro de la clase obrera persigo un objetivo político inmediato en la universidad. Este objetivo consiste en participar en el proceso en que otros miembros de la misma clase producen su propia conciencia como una conciencia científica destinada a operar en la organización del trabajo social en el terreno propio de la acción política. Y el punto de arranque de la acción política que me propongo reside en hacer que los estudiantes en cuestión se enfrenten por sí mismos a sus propias determinaciones como miembros de la clase obrera y a las potencias políticas de las que en consecuencia son portadores. A este objetivo político subordino las condiciones concretas en que vendo mi fuerza de trabajo a la universidad. Así lo explicito en cada uno de mis cursos. Tal es mi determinación como sujeto político concreto en este terreno.
En pocas palabras, JIC se jactaba por aquel entonces de su libertad para brindar las clases que le parecían correctas, anunciando públicamente que lo hacía y recibiendo el certificado de su inocuidad por parte de la porción del Estado burgués destinada a producir asalariados para una tarea especifica: gestionar el capital como unidad. Pero los resultados de tan original militancia no se encuentran a la altura del profeta, según los mismos compañeros del SICAR:
En ese contexto, a finales de la década de 1990, JIC entró en contacto con estudiantes y jóvenes graduados de la carrera de Economía de la Universidad de Buenos Aires, entre ellos Axel Kicillof –futuro gobernador de la Provincia de Buenos Aires– y Guido Starosta, dirigentes de la agrupación Tontos, pero no tanto (TNT), una fuerza política de peso en el gremio estudiantil de la Facultad de Ciencias Económicas. Su objetivo era estudiar conjuntamente y en detalle el primer tomo de El capital bajo el amparo de JIC, organizando los encuentros de discusión en bares porteños. (p. 13)
Los estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA no son tontos. Mucho menos los militantes de esa agrupación. Si cursan en la universidad es para formarse con el fin de conseguir el mejor laburo posible. O sea, “servir al capital”, como todos los que pasamos por la educación superior, el secundario o la escuela primaria. De ahí que no sea “lo que nos cuentan” en esas instituciones, las ideas y habilidades que allí circulan, se ofrecen y evalúan, lo que produce cambios en la conciencia (de clase). Estos cambios se producen, eventualmente, en la singular manera de elaborar y resolver el vacío que abren las crisis2. De hecho, Axel Kicillof entendió muy bien de qué se trata la formación universitaria para “la gestión de la unidad del movimiento del capital total de la sociedad”. A eso dedica su energía con notable éxito personal.
Entonces pensamos que la posibilidad de JIC de realizar esa tarea que enuncia, la de determinarse “como sujeto político concreto en este terreno”, no es una acción conscientemente determinada ni una “necesidad de la materia”, sino una conjunción de voluntad y contingencia, una combinatoria de acción propia con arreglo a fines y aprovechamiento del esfuerzo ajeno. Esto es lo que se desprende de la biografía narrada en el texto de presentación de la revista Síntesis. Por un lado, la fortuna de sacarle jugo a la improductividad argentina:
…el CFI entró en un proceso de descomposición “donde no había nada útil para hacer” […] un contexto de salarios congelados, espionaje interno y sensaciones generalizadas de estar realizando tareas inútiles […] Luego de trabajar unos años como contador abandonó definitivamente la profesión al incorporarse como economista en la Junta Nacional de Granos. En los primeros años de su nuevo trabajo, al no tener una tarea específica asignada, ocupaba los largos tiempos muertos en el trabajo leyendo la Ciencia de la Lógica de Hegel… (p. 10)
Por otro lado, el albur de que las construcciones teóricas de JIC dependieron más de intereses personales que políticos:
…la década de 1990 vio nacer el Centro para la Investigación como Crítica Práctica (CICP). Fundado por necesidades prácticas inmediatas, muy ligadas, en principio, a cuestiones legales de la publicación de El conocimiento dialéctico (p. 12)
Y todo girando en el bolillero de una austera lotería en Babilonia, donde los medios de difusión de JIC fueron generados, directamente, por el trabajo de otros:
…inauguró el primer taller de lectura de El capital en el espacio del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierda (CeDinCI) […]
Gracias a la gestión de Axel Kicillof, los talleres se trasladaron a las aulas de Económicas y, posteriormente, a un local prestado. […]
En 2004, tras la victoria de una lista de izquierda en las elecciones departamentales de Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, que llevó al dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), Christian Castillo, a la dirección de la carrera, el CICP pudo ingresar, primero con un seminario y luego con una cátedra, en la carrera de Sociología. En este proceso fue clave el papel de la socióloga Luisa Iñigo, sobrina de JIC, que se estaba formando en los talleres de El capital y que participó en la gestión de Castillo como secretaria académica. […] Al mismo tiempo, JIC dictó un seminario organizado por Razón y Revolución (RyR) sobre el método dialéctico en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, al cual se inscribieron más de 700 personas, pero que sólo 5 lograron terminar. (p. 13)
No han de entenderse estas menciones como una crítica. Todo lo contrario. No es fácil sacar beneficios de la combinación entre el azar y la virtud. Lo que sí nos llama la atención es la presencia de ese dato que revela una devastadora performance del curso sobre el método dialéctico: abortar la permanencia del 99,3% de los inscriptos es un resultado que otros grupos habrían sepultado en el olvido (o, al menos, cajoneado en el archivo del pudor). Pero no el SICAR. ¿Por qué? Porque, si atendemos al tenor hagiográfico de las referencias a JIC y al tipo de tareas que el SICAR considera “acción revolucionaria”, se entiende que ese dato figura allí para insinuar que “muy pocos están a la altura” de la exigencia. Y eso a pesar de que JIC, según los compañeros, sabe enseñar los conceptos “haciendo gala de una pedagogía sin igual”.
El punto que intentamos ilustrar acá es que, en el país “chatarrero” en que vivimos, lo que nos toca no depende sin más de “la necesidad” y “las determinaciones”, sino también del aprovechamiento de la contingencia y la ocasión. Más aún si se abandona la tarea de asumir, de tener en cuenta, alguna de esas variables.
Por decirlo de otro modo, todos podemos llenarnos la boca hablando de “necesidad” y “determinación” (de hecho, son palabras filosóficamente densas, que llenan la boca). Pero en general intervenimos, nos movemos y nos desarrollamos en base a márgenes de contingencia y libertad (que no son palabras, sino hechos). Sobre todo, los que estamos escribiendo esto y los destinatarios de esto que estamos escribiendo. Porque esas “determinaciones” se difuminan según pertenezcamos a estamentos más empobrecidos, más marginales dentro de la pirámide social del capital. O a agrupamientos más pequeños, más menguados. Coincidimos con los compañeros del SICAR en la consideración de que los grandes agrupamientos humanos personifican fuerzas objetivas. Y acotamos: los pequeños agrupamientos se hallan más determinados por improntas personales que por la objetividad de fuerzas sociales; de la misma manera que, a partir de cierto nivel presupuestario, estamos menos empujados a la frontera tecnológica que constreñidos a saber “atar todo con alambre”.
Acaso los compañeros del SICAR rechacen esta “caída” de nuestro argumento en “lo presupuestario”, lo cuantitativo y el número, pues tienden a enfatizar la dimensión cualitativa de la realidad. Pero el tamaño importa. Por eso, por ejemplo, a pesar de que los compañeros del SICAR grabaron en video la presentación y el debate, el archivo que subieron a YouTube sólo tiene audio. No fue un ardid para destacar la presentación inicial por sobre el debate posterior. Ojalá lo hubiera sido. Fue el resultado del carácter artesanal de nuestra actividad política. Porque pretender realizar una actividad de las más onerosas e inaccesibles (la ciencia), sólo reservada para los capitales más competitivos, y encontrarnos en cambio situados en el estadio jipi de no poder contratar un técnico de sonido ni advertir que la cámara dejó de grabar tras los primeros 20 minutos, expone un rotundo desconocimiento de las determinaciones más inmediatas.
Pero volvamos a JIC para conocer una extraordinaria ventaja de la soledad inorgánica: los desaciertos son banales. Resaltamos en negrita:
A finales de la década de 1980, con el colapso del gobierno de Raúl Alfonsín debido a la escalada hiperinflacionaria que condujo a la victoria incontestable de Carlos Menem en las elecciones de 1989, JIC decidió abandonar sus investigaciones metodológicas y centrarse en el estudio de la formación económica de la sociedad argentina. […] En este contexto de ajuste y crisis política, Menem triunfó en las elecciones con la promesa de “salariazo y revolución productiva”. Desde la perspectiva de JIC, Menem, a priori, defendía un programa de gobierno que chocaba con la necesidad de la acumulación de capital de avanzar aún más en el ajuste. Así, para JIC, lo que se avecinaba para Argentina era un nuevo golpe militar, ya que advertía que en 1989 se estaba replicando el mismo patrón que en 1975: el choque entre la necesidad de avanzar en la sobreexplotación de la clase obrera y las formas políticas que no podían personificar esa necesidad. Sin embargo, la historia le depararía una sorpresa: Menem realizó lo que el peronismo no pudo hacer en 1975 y sí la dictadura cívico militar, es decir, profundizó el ajuste sobre la clase obrera a niveles inéditos. La estructura de la clase obrera argentina se había transformado: en los años noventa ya no tenía siquiera fuerza política que justificara el avance sobre sus condiciones de vida mediante formas políticas dictatoriales. (pp. 11-2)
“La historia” (JIC no dialoga con la realidad sino con “la historia”, hasta cuando le pifia) sorprende únicamente al que reflexiona desde la atalaya de las determinaciones más generales y el desprecio a la política, la coyuntura y la militancia. Porque, entre la cacería de zurdos conducida por Perón y la masacre realizada por la dictadura, el peronismo había saneado sus contradicciones internas y estaba en condiciones de tomar el relevo para las necesidades burguesas. Si en 1975 el desgaste le impidió terminar la tarea que inició con la Triple A y el Rodrigazo, para 1989 los milicos (por asesinos) y la UCR (por inflacionaria) habían renovado el carácter que el peronismo tenía, por lo menos, desde hacía 15 años: el partido del orden burgués en Argentina. Pero JIC creyó que se venía otro golpe militar. Y tal vez haya sido en posesión de un conocimiento exhaustivo de las determinaciones de su inocuidad que JIC no se guardó ni se exilió.
¿Cuál es el científico? El del morral y el pan relleno
La acción de JIC es inocua, sí. Pero esto se debe a una colosal confusión previa a esa acción: qué es una “subjetividad productiva expandida”. Aquí está el carozo de la aceituna. De las líneas que siguen podremos derivar nuestra principal crítica a la propuesta del SICAR. Resaltamos:
Antes de especificar esta potencia científica, cabe aclarar que la obra JIC puede albergarla en su seno gracias a un contexto histórico muy particular. A partir de la década de 1970, se asistió a una revolución en la base técnica de los procesos de trabajo que transformó cualitativamente la dinámica de la acumulación de capital a escala mundial. Esta nueva división internacional del trabajo se materializó mediante la reproducción ampliada de su unidad gracias a la fragmentación mundial de los procesos de trabajo, que concentró en una pequeña parte de la clase obrera mundial la subjetividad productiva expandida, es decir, aquella que produce y objetiva el conocimiento científico de los procesos naturales y la cooperación productiva, empujando así contradictoriamente al resto de la clase obrera a su degradación o su completa mutilación. Esta revolución en la base técnica de los procesos de trabajo tomó su forma ideológica, en el ámbito de la teoría científica, en la última “crisis de la razón” que allanó el camino para el dominio casi total del posmodernismo como visión prescriptiva general de la producción de conocimiento. Tal crisis generó la relativización de la herencia previa, que empezó a ser vista, no como la forma de iluminar los aspectos oscuros de la realidad, sino tan sólo como una narrativa más del mundo, tan oscura para sí misma como los objetos por ella figurados desde la soberanía que el proceso de su institucionalización le había otorgado. En otras palabras, dejó de considerarse a la ciencia tradicional como el patrón con el cual dar cuenta del funcionamiento de lo real, para empezar a considerarla como un relato más, inmerso y diluido en los “juegos del lenguaje”. En el seno de este proceso, el marxismo como modo de interpretar el mundo entró en crisis, junto con las formas políticas que lo habían elevado al pedestal de la razón.
Este debilitamiento de la ciencia tradicional fundada en el método de la representación lógica produjo, a su vez, el creciente reconocimiento del carácter difuso de los límites epistemológicos que separan a las disciplinas entre sí. Se empezó a advertir que esas abstractas separaciones por las que cada ciencia particular legitimó su campo específico de intervención ya no eran capaces de capturar la complejidad de lo real. (pp. 16-7)
Observemos que si una jerga hermética no produce confusión en sus hablantes es porque se la utiliza como rezo y no como comunicación. En este caso, el problema comienza con la palabra “ciencia”, que es empleada en dos sentidos opuestos: por un lado, como conocimiento fragmentario, degradado y en crisis; por otro, como conocimiento dialéctico de la totalidad. Despleguemos esto.
El primer sentido es “la ciencia” que todos conocemos: disciplinar, eficiente, provisoria, acumulativa, racional, tendiente a la universalidad (aunque sin lograrla de manera absoluta y acabada). Es eso que se mueve paralelamente y en dirección contraria a la “degradación educativa” (en nuestros términos) o la “subjetividad productiva degradada” (en los del SICAR)3. Es lo que obreros híper calificados realizan para expandir la valorización del valor, desarrollar sucesivas revoluciones técnicas, concentrar capitales mediante la competencia, aumentar la plusvalía relativa. Es eso cuyo tamaño global es tan gigantesco que no hay conciencia individual alguna que sea capaz de captarlo en su totalidad: en consonancia con la propia división y subdivisión disciplinar (que es efecto de esta ampliación y no de un plan macabro contra el conocimiento de todas las determinaciones), esa inmensidad de conocimientos es, para un individuo, única e inexorablemente accesible de manera siempre parcial. Esta ciencia, “la ciencia tradicional”, está en crisis según los compañeros del SICAR (resaltamos):
Por más histórica que sea la conciencia científica que organiza su acción por medio de la representación lógica, sigue necesariamente presa de los límites de su propia forma, esto es, de su externalidad axiomática para apropiar lo real, mostrándose incapaz de poder captar su automovimiento, lo que constituye una contradicción. En ese chocar contra los límites impuestos por su forma teórica, la ciencia tradicional acabó generando su misma crisis y cavando su propia tumba. Ella se cifra en el reconocimiento de que, por sus propias estructuras de inteligibilidad, la teoría científica se muestra impotente para aprehender la totalidad. El elogio del fragmento, la valoración del saber local, la emergencia de una plétora de epistemologías con diversos adjetivos, hasta la aparición de “nuevas ontologías”, señalan que el ecosistema posmoderno no es la negación de la teoría científica sino su fase superior. En nuestros tiempos se hizo realidad efectiva lo que siempre estuvo como potencia a realizar por la teoría científica: la indistinción entre el científico y el ideólogo. (p. 24)
En otros términos, compañeros que se llaman a sí mismos “científicos” afirman que “la ciencia tradicional” ha cavado “su propia tumba”, que su decadencia es palmaria e irreversible y que su incapacidad es tan obvia como inevitable. Esa misma ciencia que ha producido, por señalar dos fastuosas y recientes conquistas del conocimiento humano, el editor de genes CRISPR y la Inteligencia Artificial4. O que ha logrado, por mencionar el episodio científico del año 2025 según la revista Science5, el desarrollo de las energías renovables. Y que, a la vez, ha generado el dominio de las principales bolsas de valores por parte de los conglomerados más ligados a esa misma “ciencia tradicional” (Microsoft, SpaceX, Nvidia, Apple, Oracle, Pfizer, etc.)6. Es muy difícil aceptar que esta ciencia, la ciencia realmente existente, esté en crisis. Y es mucho más difícil aceptar que dicha crisis se deba a “la impotencia para aprehender la totalidad”, es decir, a la falta de perspectiva dialéctica. Para aceptar todo eso tendríamos que abandonar la idea de que al capital le interesa acumular cada vez más, en base a la acumulación previa y la competencia, y que para eso expropia y desarrolla “la ciencia tradicional”.
Nos parece igualmente inadmisible que hoy “el ecosistema posmoderno” sea “la fase superior de la teoría científica”. Es probable que, para la opinión mayoritaria de una población crecientemente degradada, ciertos aspectos del conocimiento científico se anuden con el oscurantismo del “ecosistema posmoderno”. Pero no podemos confundir ese sentido común con el innegable desarrollo de la ciencia para la acumulación de capital. En otras palabras, buena parte de la población puede ser tentada por el horóscopo y el transactivismo7, pero no los científicos en su tarea asalariada (aunque en el resto de la vida cotidiana hociquen ante algunas supersticiones, ante ciertas amenazas ideológicas a la ciencia y ante el activismo irracionalista de ciertos grupos). Dejemos en suspenso, por un momento, la relación entre la población obrera científica y su contraparte necesaria y en expansión: la población obrera sobrante para el capital.
Continuemos con la otra concepción de la ciencia presentada por el SICAR: el conocimiento dialéctico. Porque allí donde los compañeros del SICAR ven la oposición entre una “ciencia tradicional” y la dialéctica, entre “una plétora de epistemologías” y la aprehensión de la totalidad, nosotros vemos la oposición entre una ciencia eficaz, productiva y rutilante (la ciencia real) y un conocimiento ineficaz, marginal e inofensivo (la dialéctica). El SICAR, según nos parece, tiene como punto de partida una idea abstracta del conocimiento que les impone a los compañeros una tarea delirante: la ciencia debe pensar la totalidad. Por eso el SICAR repudia el camino históricamente eficiente de la división disciplinar.
Así, entre una ciencia real, existente, que produce constantemente las maravillas que usamos a diario (y que requiere obreros muy especializados, que cobran salarios de acuerdo con el costo de reproducción de esa fuerza de trabajo especializada), y una idea de ciencia que sale de una corriente filosófica, que ni siquiera es hegemónica en la filosofía, los compañeros del SICAR eligen la segunda opción. Nos preguntamos por qué. Y creemos tener una respuesta.
Una kermese cultural con juegos de mente
Detrás de toda esa parafernalia discursiva, con su fárrago conceptual, el SICAR no puede ir más allá del conocido esfuerzo, en la cultura de izquierda, por organizar oooootra kermese. La existencia del SICAR se sostiene en una impostura intelectual (“somos científicos”), como la existencia de la revista Amancia se sostiene en otra (“somos muy sensibles”)8. Por eso los compañeros no pueden admitir que la ciencia, además de formar parte del capital, sea –por su tamaño, productividad y presupuesto– una actividad inaccesible a las tentativas independientes y artesanales. La propuesta del SICAR supone que cualquier persona, con tesón y Juan Iñigo Carrera, puede producir ciencia. Pero eso equivale a creer que bastaría con que uno reciclara botellas para darle combate a la crisis ecológica.
Esa impostura intelectual impide comprender que la ciencia será una herramienta de nuestra clase por la misma vía en que pudiere serlo el agro: por su apropiación y centralización por parte de la clase obrera mediante una acción política que denominamos “revolución socialista”. Cuando el trotskismo organiza una peña con cuatro docentes que tocan la guitarra y publica que “la cultura resiste”, hace el mismo gesto voluntarista y caprichoso (uno con el cancionero de protesta, otro con titulados universitarios) que nos muestra el SICAR: reducir una rama de la vida social a lo que les agrada de la misma; confundir el programa político con los gustos personales9. Y así como los “sentipensantes” han creado una escala de valores que distingue y separa las expresiones culturales auténticas de las inauténticas, por fuera de cualquier efecto en la vida real, así también los dialécticos han creado lo suyo con el estudio de alguna escuela filosófica en particular con respecto a las otras.
Por este deslizamiento hacia la semántica (los significados de la palabra “ciencia”) y su consecuente alejamiento de la política, nuestro discurso en la presentación de la revista Síntesis en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA quedó “fuera de lugar” en la instancia de debate (o “fuera de foco”, como ese personaje interpretado por Robin Williams en Los secretos de Harry). Convocados por compañeros socialistas de un agrupamiento que porta la palabra “revolucionaria” en su nombre, lo que hicimos fue hablar de construcción organizativa, de combatir al peronismo, del Estado y el gobierno, de las consecuencias del capitalismo en la vida cotidiana de los trabajadores, del oscurantismo hegemónico en esa misma casa de estudios… Por eso nuestro compañero en el panel fue presentado por el SICAR con el título que consideramos de mayor peso y universalidad, “trabajador socialista”, y no con el de Licenciado o Doctor en Filosofía10, que consideramos poco adecuado para un debate político.
La ciencia que permite el desarrollo de la plusvalía relativa es un atributo del capital, sí, pero en manos de los trabajadores de subjetividad productiva expandida. Como dijimos en ese mismo debate en un aula de Puán, ninguno de los que estábamos allí producimos ciencia ni somos científicos o subjetividades obreras expandidas. En el mejor de los casos, tal vez poseemos algún conocimiento lateral, propio de la reproducción de la vida del sector que realmente produce ciencia, pero que es tan indispensable para la expansión de la productividad como el sushi, la peluquería para perros o el rafting en las vacaciones. Estamos –permítannos suponerlo– algo más calificados culturalmente que el promedio de la población obrera argentina. Aceptamos esa calificación estadística, cuantitativa, y es una gran tarea la que nos impone esta diferencia: cómo suturarla en la práctica política. Pero ser un poco más leídos, haber educado nuestra sensibilidad con algún grado de sofisticación o poseer títulos académicos no nos determina tanto como la manera en que reproducimos nuestra vida.
Desde ese razonamiento, consideramos que la descripción del científico en la p. 16 de Síntesis, que citamos más arriba, como “subjetividad obrera expandida” que “produce y objetiva el conocimiento científico…”, omite los efectos del proceso cotidiano de reproducción vital en la propia “subjetividad obrera expandida”. ¿A qué nos referimos? A que, así como la ciencia es inabarcable para cada conciencia individual, así también esa conciencia individual, por fuera de su conocimiento específico, se encuentra en guerra abierta por su propia supervivencia. Los éxitos de la labor científica se vuelven contra el científico individual como amenaza real para su propia reproducción cotidiana, como precarización de esa “subjetividad obrera expandida”, uno de cuyos fenómenos más explícitos es la morosidad en crecimiento geométrico de los créditos estudiantiles en EE.UU. por la disminución tendencial de la demanda de obreros de muy alta calificación. Ese fenómeno es provocado por los mismos científicos que, con herramientas como la IA, instruyen su propio reemplazo paulatino. Si el capital, objetivamente, tiende a la concentración por la mayor productividad y escala, esto se ve reflejado en la conciencia individual de los científicos como pavor y rechazo.
La lógica del capital nos muestra que una “subjetividad productiva expandida” es más onerosa de reproducir que una degradada. De manera que los científicos realmente existentes –no los autopercibidos– se encuentran, en el capitalismo, mejor remunerados. Una versión subjetivista podría suponer que para estos trabajos no rige la ley del valor sino “el odio”, “la crueldad”, “los formadores de precios” y cosas por el estilo. Que el capital “nos quiere brutos”, por usar una fórmula muy extendida en el sentido común izquierdista. Pero nosotros preferimos apegarnos al análisis de Marx.
La idea de ciencia como atributo excéntrico que, al contrario de todos los demás, no es relacional sino autónomo, se nos presenta intelectualmente rechazable. Ahí sí vemos una “conciencia enajenada”, en esa exaltación autorreferencial que se autodefine al margen de las relaciones sociales, por fuera del modo en que la sociedad sanciona el valor de algo en el sistema capitalista. Abandonar el criterio de realidad y derivar de una filosofía del siglo XIX que la presentación de la revista Síntesis fue una reunión de científicos disidentes y rebeldes (y, por lo tanto, Puán sería una especie de Petrogrado redivivo) nos resulta insostenible. Tal como dijimos en el mismo debate, estas sonseras se pueden hacer en la universidad porque no se les cobra el precio que la dictadura del capital factura en los trabajos a la abrumadora mayoría que integra nuestra clase.
Eso, por un lado. Por otro, tenemos la certificación de la lateralidad creciente que la universidad –en rigor, crecientes sectores de ella– va presentando para el “verdadero” capital, el que compite y acumula. Todas las polémicas que están en curso sobre las universidades más importantes del planeta (las yankis) pueden ser pensadas en términos marxistas. E ignoradas en términos dialécticos.
Los científicos reales
Descartada la impostura de que somos lo que no somos, ¿qué papel juegan los verdaderos científicos?
La tremebunda expansión del conocimiento humano es portada por individuos, cada uno de los cuales sólo puede abarcar una porción de ese conocimiento. La figura del polímata quedó en el pasado distante (Síntesis busca rastrearlo hasta más de dos siglos atrás, en Watt y Stephenson) mientras que el saber, como la población, se expande a pasos agigantados. Cada uno de esos “obreros de subjetividad productiva expandida” se encuentra, en su vivencia cotidiana, más cerca del obrero de subjetividad degradada que de imaginarse capaz y destinado a centralizar el capital.
Podríamos decir, con sospechosa jerigonza, que la potencia revolucionaria estriba en una fractura que impide el pasaje al acto: por un lado, la capacidad puramente virtual de los compañeros de Síntesis de abarcar la totalidad de las determinaciones sin participar de un sector relevante de la generación de plusvalía y, por otro, la capacidad de producir plusvalía de los trabajadores que realizan trabajo muy complejo, pero que desconocen esa totalidad y viven en una situación de precariedad que no los acerca a la conciencia socialista más que a otros sectores. Esa fractura se mantiene así excepto –tal como nos enseña la lucha de clases– en cierta coyuntura, en cierta situación que nada tuvo que ver con la prédica dialéctica: la crisis capitalista.
Cuando la dinámica de la economía se les presenta y es percibida por los obreros (incluso los más productivos) como caída abrupta de las condiciones materiales de reproducción o, incluso, como amenaza insoportable de un peligro inminente, entonces hay una crisis en el sentido que más nos interesa: el político. En ese momento excepcional, no son los cursos teóricos sino el programa mínimo lo que puede abrir una senda para la unidad proletaria, que es la senda imprescindible para avanzar en otras tareas contra el capital (el programa máximo).
¿Entonces?
¿Qué hacemos, compañeros?
El camino hacia la unidad proletaria debe atravesar la distancia entre el programa mínimo y su articulación en el programa socialista aplicado a cada uno de los aspectos reales de la vida obrera. Esa articulación contradictoria y universalizante (“Queremos aumento de salario y, a la vez, pretendemos abolir el trabajo asalariado”), cuya bisagra es el tiempo, es la tarea fundamental de la militancia socialista. No el mero discurrir sobre los fundamentos últimos, que desatiende las relaciones fenoménicas, inmediatas y corporales con quienes suponemos que harán una revolución socialista, aunque jamás exploremos cómo se darán cuenta esos otros que deben hacerla.
No ciframos esperanzas en la centralización del capital que se alcanzará, eventual y sencillamente, por su propia dinámica (presuntamente) autotélica. Hay otras dinámicas actuantes: la centralización total del capital es impedida por el capitalismo. El conjunto de los capitales consiente leyes antimonopolios para que se garantice la vigencia de la ley del valor11. Todo lo cual demuestra, por otra parte, que los capitalistas no están lejos de la comprensión de la totalidad.
Lo que permite aspirar a una chance para la lucha socialista no es la adquisición de un saber sobre una ley ciega que busca el socialismo por sus potencias y determinaciones, sino la construcción de una organización preparada para la intervención sobre los efectos de las crisis. Y los compañeros del SICAR rechazan la elaboración de una teoría sobre las crisis porque se trata de una “determinación cuantitativa”. Se colocan así en un terreno moral que desprecia la vida real, cotidiana, concreta. Para miles de millones de seres humanos es exactamente eso que llamamos “crisis” lo único que los obliga a pensar en términos sociales y no personales o familiares. En pocas palabras, un prurito intelectual le oscurece al SICAR la conexión con la abigarrada y agobiante vida del resto de los trabajadores.
La militancia socialista es una apuesta que se hace desconociendo muchas determinaciones y cuya orientación es una hipótesis (o sea, probabilidades, determinaciones cuantitativas). El vínculo con las masas no puede rechazar la conciencia actual de los trabajadores –de la enorme mayoría de los trabajadores– sobre los problemas sociales, esto es, sobre el programa mínimo. Ahora bien, el programa mínimo (tan lejos de ser una serie de tonterías aceptada por los revolucionarios para llevar agua a su molino, como de consistir en “despreciables expectativas de conciencias enajenadas que se conforman con poco cuando hay todo un mundo por ganar”) es la expresión real de la conciencia obrera. Y no hay otra manera de acceder a su formulación que escuchando al resto de los trabajadores para movernos en consecuencia hacia la unidad proletaria y la lucha por el socialismo.
Bonus track
De las confusiones que desplegamos críticamente (el culto a la personalidad, la limitación al gueto universitario de las humanidades, el endiosamiento de la dialéctica hegeliana, la impostada autopercepción de “científicos”), existen derivas hacia la pedantería más injustificada. Así entendida, la incorporeidad de la dialéctica les sienta bien.
En el muro de Facebook de un miembro de La Caja de izquierda se puede leer, acerca del debate al que fuimos invitados (resaltamos en negrita):
Hace unas semanas la organización hermana de La Caja de izquierda, el SICAR, presentó su flamante revista Síntesis. Y digo “hermana” porque el origen del SICAR guarda similitudes con nuestro propio origen, porque el propósito de aquel coincide con el nuestro, porque, de alguna manera, expresamos lo mismo: la necesidad de romper el ciclo económico argentino y, más que nada, la construcción de una acción política revolucionaria.
Somos, si se quiere, el producto de la impotencia y el fracaso del peronismo con ideología socialista que se dice izquierda, somos la expresión de la larga crisis de la fase expansiva de 2002 y la prueba de su inviabilidad, la comprensión de que el ciclo económico argentino se reproduce en una espiral descendente. Somos, sin más, partes del mismo colectivo cuyas tareas son distintas.
[…] el CICP es, claramente, personificado en la figura de Juan Iñigo Carrera, el motor, el punto de partida, el que nos sacudió la modorra inconducente del marxismo y nos obligó a pensar por nuestros propios medios, nos devolvió el carácter científico de la acción política revolucionaria.
[…] Una cosa es tener que darle mayor tiempo a personificar la mercancía y otra muy distinta es abandonar la tarea militante que asumimos porque no existe orden ni disciplina.
Lamentablemente la acción política revolucionaria demanda sacrificios, demanda quitarles tiempo a cosas que son importantes para nuestra vida, por ello es importante el orden, la disciplina y el compromiso con el colectivo. Porque en esa instancia uno trasciende, ya no es uno, empieza a ser los otros, a sentir esa hermosa responsabilidad de que hay otros camaradas que confían en que tal tarea la debe hacer uno, que esperan que la hagamos. Y por eso mismo tiene mayor potencia que el individuo, porque uno es el colectivo. El individuo puede permitirse fallar, posponer, pero el compromiso con los otros fortalece y nos potencia, la visión del colectivo nos puede orientar, ayudar, corregir.
Pero además, insisto, dada la importancia crucial de la tarea, dado el sujeto que la lleva adelante, es decir, la fracción obrera con potencia revolucionaria y subjetividad expandida, dada la enorme responsabilidad que esta fracción debe cargar en la acción política revolucionaria, reproducir la no organización, fomentar el individuo por encima del colectivo, reproducir la pasividad de esperar que cada uno tenga la necesidad apropiada resulta en una acción nociva, negarse a organizar a la única fracción con potencia revolucionaria, negarse a la construcción de un camino claro y efectivo para llevar a cabo la tarea que esas fracciones deben cumplir roza, involuntariamente, una actitud reaccionaria porque se opera sobre la fracción obrera que debe producir el conocimiento como base para la acción política revolucionaria.
[…] Hay que comprender que debemos producir conocimiento científico para la fracción con subjetividad expandida e ideología para el resto de la clase obrera. Pero la debemos producir.
Esto es, la tarea más urgente es construir un aparato disciplinado, ordenado y eficiente para construir el programa científico que no tenemos como base para la construcción de la herramienta política que tampoco tenemos a escala internacional. Y esa tarea es colectiva.
Como puede verse, lo que le cuestionamos al SICAR es susceptible de ser llevado aún más lejos. Ya no se trata únicamente de la autopercepción como determinación social (esa suficiencia de un performativo “nosotros, los científicos”), sino que se deriva lógica y expresamente que lo que le toca “al resto de la clase obrera” es basura (“ideología”, en esos términos, es basura). A falta de reconocimiento por parte de la sociedad, es decir, a falta de un trabajo de alta calificación, alta productividad y alto salario, ser científico puede determinarse por hablar “raro”: escribir, por ejemplo, “darle mayor tiempo a personificar la mercancía”, en lugar de “tener que laburar más horas”. Seguramente, la primera formulación es considerada “científica” mientras que la segunda, “ideológica”.
Sin embargo, lo destacable de este posteo (para nosotros) es que el impetuoso mensaje anti-individualista sea incapaz, en toda su longitud, de explicar por qué “organizaciones” objetivamente “hermanas”, determinadas por la “expresión de una misma necesidad”, no hacen algo tan sencillo como relacionarse. Algo tan básico y elemental como que alguno de La Caja se contacte con alguno del SICAR y participe en la presentación de la revista Síntesis. ¿Cómo es posible semejante desconexión o descalabro?
Tendemos a pensar que algo tan rudimentario como llamar por teléfono o escribir un mensajito para concertar un encuentro no sucede porque esa perspectiva considera que el terreno exclusivo de la acción es el lenguaje. De ahí la hiperactividad en redes. De ahí la falta de extensión corporal fuera de las pantallas: “determinaciones” y “necesidades” son, además de robustos términos técnicos colmados de tradición filosófica, palabras eficaces para eludir encuentros reales.
NOTAS:
1 Sobre este punto hablamos, por ejemplo, en el parágrafo 09 de “El error de Descartes (Notas para el problema de la conciencia)” y en el apartado “Una metáfora no es un concepto” del artículo “El Conde: una película chilena y una metáfora universal”.
2 Para pensar una teoría de las crisis que fuera coherente con nuestras hipótesis convocamos a Rolando Astarita y nos dio esta charla. Hablamos de las crisis políticas en “La oportunidad perdida” y en el apartado “Las crisis y el sujeto” del autorreportaje “Una larga travesía en el desierto”.
3 Hemos escrito al respecto en: a) “Mad Max: la educación argentina antes del váucher”; b) “Intelecto general: el conocimiento y su distribución”; c) “Ludditas digitales, 1: Pantallas y degradación educativa”; d) “Escolares cada vez más brutos, robots cada vez más piolas”; e) “La pobreza incalculada, 2: Subsunción real del trabajo y degradación cognitiva”.
4 “En un pequeño estudio, la edición genética redujo los niveles en sangre de dos grasas que contribuyen a la obstrucción de las arterias y aumentan los riesgos de enfermedades cardíacas, potencialmente de por vida. El tratamiento, descrito a principios de esta semana en The New England Journal of Medicine, consiste en una nanopartícula que envía instrucciones genéticas a las células del hígado para crear un editor de genes CRISPR. El propósito del editor: deshabilitar ANGPTL3, un gen que codifica una proteína que inhibe la descomposición de los triglicéridos y la lipoproteína de baja densidad, también conocida como colesterol “malo”. En una reunión el 8 de noviembre, la empresa de biotecnología CRISPR Therapeutics informó que, en 15 voluntarios con altos niveles de estos lípidos, una infusión intravenosa única del editor de genes redujo de forma segura los niveles de colesterol y triglicéridos en sangre a la mitad durante al menos 2 meses”. Jocelyn Kaiser, “La edición genética reduce los niveles de colesterol en sangre en un estudio pequeño”, nota publicada en Science el 10 de noviembre de 2025. Sobre inteligencia artificial escribimos la serie de cuatro notas El miedo no es sonso: 1) “El temor técnico”. 2) “El temor de los burgueses”. 3) “El temor existencial”. 4) “El temor de los socialistas”.
5 “La revista Science eligió al crecimiento de las energías renovables como el avance científico del 2025”, nota publicada en Infobae el 19 de diciembre de 2025.
6 Hemos publicado al respecto: a) “Chips y cerebros, relocalización y fuga”; b) “ChatGPT: Crisis en la cima liberal del mundo”; c) “La Champions League del capital: Apple, Microsoft, Nvidia y la IA generativa”; d) “Economía e innovación, 1: Salud y avance tecnológico”; e) “Economía e innovación, 2: ‘Perón el remedio que la enfermedad’”.
7 Sobre el transactivismo y las amenazas ideológicas a las ciencias, el tríptico Peor que el terraplanismo: a) “Yo nena, yo princesa”; b) “Una ley contra la racionalidad”; c) “La deriva queer del trotskismo”. También “La biología no es transfobia” y la conferencia de Alan Sokal “Amenazas ideológicas a la ciencia”.
8 Véase la primera parte de este díptico: “Amancia con Síntesis, 1: Del amor delbarquiano”. E invitamos a examinar las dos partes de Capitalismo y esquizofrenia, medio siglo delirando con El Anti-Edipo, porque allí establecimos una relación entre la obra de Deleuze y Guattari y la obra de Juan Iñigo Carrera que presagió, sin que lo supiéramos, una analogía con la relación entre Amancia y Síntesis: parte 1, POLÍTICA; parte 2, CUERPO.
9 Acerca de este capricho, “El agua y la mercancía: cómo el progresismo sustituye la verdad por lo agradable”. También son ejemplos ilustrativos el libro de Myriam Bregman, que reseñamos en “La estrategia del ocaso”, y el libro coordinado por Alejandro Bercovich, que reseñamos en “El país que quieren los dueños: un conjunto de ensayos tan rotundo en su nacionalismo burgués como indeciso entre la ignorancia y la mala fe”.
10 Para evitar ser (como rotundamente fuimos) la nota disonante en el acorde de presentaciones que compuso el panel de debate, nuestro compañero debió, además, haber agregado el título de Coordinador General Estratégico del Grupo de Investigaciones en Vida y Socialismo sobre Cualificación de la Fuerza de Trabajo, Subsunción Real Desde el Capítulo Sexto Inédito y Degradación Educativa En Tanto Explicación Consistente del Abuso de Iniciales Mayúsculas.
11 Para un acercamiento a la importancia que la igualdad formal (“todos somos iguales ante la ley”) tiene para la clase burguesa, “Fascismo: un tema pop de la izquierda”.





No podría agregar nada más. Gracias por articular en palabras la evaluación que venía pensando de esta corriente. La pregunta es fatal: si la lógica dialéctica es el mejor y más útil para estudiar la realidad, ¿por qué todos los avances y progresos científicos de los últimos sigloshasta el día de hoy han sido realizados utilizando matemâtica y lógica formal tradicional, la de los antiguos griegos, y no la de Hegel?
Yo creo que la dialéctica tiene cierto espacio como una herramienta más de entendimiento y análisis, pero no como el principal ni el único.
Finalmente, más allá a la crítica del método, creo que algunos de estos compañeros sí realizan un análisis científico y objetivo de la realidad, o al menos mucho más que otras organizaciones militantes, que han desistido de esa tarea completamente. Y sin embargo estas organizaciones políticas son las más cercanas a la praxis cotidiana, tan necesaria para la famósa dialéctica materialista. Creo que en general si bien utilizan cierta jerga de JIC, la trascienden, dándose cuenta de sus evidentes limitaciones.
Yo personalmente valoro la tarea que hacen ambos y creo que necesitamos ante todo unidas de acción, intercambio y reciprocidad. Complementar las debilidades y carencias de cada tipo de organización (en los partidos políticos, un programa y un análisis de la realidad; en las organizaciones universitarias, una praxis política concreta) es el camino a seguir. Complementarnos, no excluirnos mutuamente. Pero eso requiere primero el reconocimiento de nuestras propias limitaciones.
En fin, muchas gracias por el texto.