El conocido refrán «Que el árbol no tape el bosque» nos inspira esta variante: Que la efeméride no opaque el tiempo. El 8M es una ocasión importante para manifestar nuestro repudio a la estructura de subordinación que llamamos patriarcado y nuestra reivindicación de la agenda histórica del feminismo. Pero si la mayoría de las organizaciones convocantes defiende la explotación reproductiva, el sistema prostituyente y los estereotipos sexistas (el género), si la mayoría de esas organizaciones no sólo niega que las mujeres seamos el sujeto político del feminismo (un sujeto reemplazado por «las disidencias» y «el transfeminismo») sino que niega incluso nuestra existencia objetiva («ser mujer es un sentimiento», aseguran), si todo eso está sucediendo de hecho, ¿no tendríamos que pensar, juntas, qué ocurrió para que llegáramos así al 8M 2026? ¿No tendríamos que pensar, juntas, cómo pasamos de una agenda histórica e ilustrada a su contrario misógino y oscurantista? ¿En qué nos equivocamos –ya que, como mínimo, en algo nos equivocamos– para que el Encuentro Nacional de Mujeres se convirtiera en un instrumento del peronismo para captar votos, en una incoherente hilera de siglas y en un blanco fácil para la reacción conservadora representada, en buena medida, por La Libertad Avanza?
Pensamos que sin asumir, de entrada, la profundidad de las derrotas que como feministas venimos sufriendo, se hace imposible explicar cómo llegamos hasta acá y muy difícil emprender las tareas de reconstrucción del movimiento.
El peronismo es un enemigo, no un aliade
Señalemos al elefante en la habitación. El peronismo. De los últimos 35 años de democracia, 28 fueron gobernados por el partido del orden burgués en Argentina: el 80% de ese tiempo transcurrido. ¿Qué ha hecho esa fuerza política por la agenda histórica del feminismo?
Empecemos por el fenómeno que da nombre al colectivo peronista Ni Una Menos: los femicidios. El Estudio sobre homicidios en Argentina: un análisis del período 2001-2021, realizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de Inseguridad y Violencia CELIV-UNTREF, concluye en su página 63: Cada año mueren aproximadamente entre 250 y 300 mujeres víctimas de femicidio. Si bien la cantidad de homicidios dolosos en Argentina disminuyeron notablemente en los últimos años, no sucede lo mismo con los femicidios. Desde el año 2012, en el que se incorpora en el código penal el agravante por violencia de género, los números se mantienen relativamente estables. La estabilidad en la tendencia de los femicidios durante esos 20 años, a diferencia de la baja en los homicidios dolosos, es un hallazgo que «abona el argumento de que los homicidios de mujeres por razones de género responden a causas distintas» (página 57). Cuando accedemos a los datos del Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina, que llegan hasta 2024, vemos que tampoco hubo caída de la curva durante el gobierno de Alberto «Decime algo lindo» Fernández.
¿Qué pasó con el pañuelo verde? Durante 23 años, los gobiernos encabezados por Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández se negaron a promover un debate por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. ¿Cuántas miles de mujeres murieron innecesariamente durante casi un cuarto de siglo a causa de esa negativa del peronismo, mientras estuvo a cargo del Poder Ejecutivo? Y ya que hablamos de símbolos y efemérides, no hay que olvidar que en 1998 Argentina fue el primer país del mundo en establecer el Día del Niño por Nacer, que Javier Milei y Victoria Villarruel celebran cada 25 de marzo. No lo decretó Milei, no lo decretó Mauricio Macri, no lo decretó la dictadura de Videla. Lo decretó Menem y no lo abolieron Duhalde, Néstor, Cristina ni Alberto. Es una fecha digna de lealtad peronista: católica, castrense y misógina.
¿Qué hizo el peronismo para erradicar el sistema prostituyente, institución que reproduce, revitaliza y refuerza, en acto, una de las formas más violentas de subordinación de las mujeres y las niñas? Nada, excepto declararse regulacionista, como hizo Wado de Pedro en 2023, cuando parecía que iba a ser candidato a presidente. O mostrarse directamente putero, como hizo Martín Inzaurralde desde un yate en el Mar Mediterráneo, durante la campaña presidencial de 2023. O encolumnarse detrás de Georgina Orellano, guardiana de puteros y proxenetas e instructora de niñas para que sean violadas por dinero. Eso sí, con factura en blanco, como pidió el infame Pablo Ferreyra:

Pablo Ferreyra (hermano del militante socialista asesinado por una patota sindical peronista, Mariano Ferreyra) muestra orgulloso la factura que lo prueba como putero: «1 francesa» y «1 convencional».

Esta campaña regulacionista se realizó en 2015 y no faltaron un periodista de Clarín y un dirigente del PRO. Pero estamos hablando del peronismo y acá vemos a Hugo Yasqui (por entonces secretario general de la CTA) y a Marcelo «Nono» Frondizi (secretario adjunto de la CTA, en ese momento), junto a Pablo Ferreyra.
¿Qué políticas impulsó el peronismo para denunciar, repudiar y movilizarse contra la explotación reproductiva, en la que se utiliza a las mujeres obreras como incubadoras humanas, comercializando sus órganos y a los bebés? Ninguna. Todo lo contrario: en los 15 años que van desde el 11 de marzo de 2009, en que el peronismo presentó el primer proyecto para regular el mercado de bebés, hasta octubre de 2024 (en que se publicó esta nota en Perfil), suman 21 las iniciativas parlamentarias. Ninguna fue firmada por La Libertad Avanza (a pesar de haber sido Milei quien verbalizó lo que las demás fuerzas burguesas ya habían puesto por escrito).
¿Qué posición tiene el peronismo ante los derechos de las mujeres basados en el sexo? Está en contra. El peronismo lanzó una ofensiva rabiosa contra la existencia objetiva de las mujeres mediante políticas como la ley de Identidad de Género y el DNI no-binario, combinadas con el Censo 2022, que computó autopercepciones y el fomento de una neolengua llamada «lenguaje inclusivo», en virtud de la cual, por ejemplo, una mujer es «una persona con útero» y la leche materna es «leche pectoral» (no vaya a ser cosa que los hombres autopercibidos mujeres se ofendan por ser excluidos de la definición científica de mujer). Recordemos, también, la promoción de los estereotipos sexistas más conservadores a través de la confusión entre orientación sexual e identidad de género en los materiales para la ESI escolar y en los cursos de la Ley Micaela para los trabajadores del Estado. No olvidemos que esa idea según la cual hay que adaptar el cuerpo a un alma (la «identidad de género») condujo y sigue conduciendo a los bloqueadores de la pubertad, la hormonización cruzada y la amputación de órganos sanos. Tampoco dejemos pasar el rol que cumplió el peronismo en la sustitución del histórico Encuentro Nacional de Mujeres por el «Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries» y en el saqueo misógino de la memoria feminista al adoptar el ordinal 35°, apropiándose así de los 34 años de lucha anteriores.
Basta de femicidios, Derecho al aborto, No al sistema prostituyente, No a la explotación reproductiva, No a los estereotipos sexistas: el peronismo se cagó en todos los pilares de la agenda histórica del feminismo. ¿Hace falta nombrar a José Alperovich, a Juan Manzur, a Alberto Fernández, a Fernando Espinoza? ¿Hace falta recordar el caso de Cecilia Strzyzowski? ¿O el triple femicidio de Lara Gutiérrez, Brenda del Castillo y Morena Verdi? ¿Acaso tenemos que ir más atrás en la historia, hasta la prohibición peronista de métodos anticonceptivos en 1974, la legalización peronista de los prostíbulos en 1954, las obreras telefónicas torturadas bajo el peronismo en 1949: primera vez en la historia argentina que se aplicó picana eléctrica a mujeres?
El peronismo es enemigo de nuestra agenda histórica.
Y ahora convoca al 8M.
La agenda feminista y el déficit teórico
Sabemos que hay convocatorias abolicionistas del sistema prostituyente para esta conmemoración. Convergemos con esas compañeras en un punto fundamental: el combate sistemático contra la institución más cruenta y retrógrada de subordinación patriarcal, que incluye la industria del porno y plataformas como OnlyFans. Discrepamos, principalmente, en dos puntos que ponemos a consideración para encontrarnos y debatir al respecto sin la presión de una actividad inminente.
Primero, ¿por qué pasar la convocatoria del domingo 8 al lunes 9? En España, Uruguay y México se hará el 8; en Inglaterra, la histórica marcha «Millon Women Rise» se hace hoy, sábado 7; también en Bolivia se convoca para hoy (en el departamento de Tarija); en Chile, habrá actividades el 8 y el 9. No vemos que haya una convocatoria internacional y ni siquiera una nacional (en varias ciudades de Neuquén y Río Negro, por ejemplo, algunas organizaciones marchan el 8, otras el 9, algunas el 8 y el 9). ¿Se trata de seguir la iniciativa peronista (y del trotskismo) que convoca a un «Paro de mujeres»? Si así fuera, nos preguntaríamos por el principio de realidad que orienta semejante convocatoria: en un país que tiene casi la mitad de la fuerza de trabajo en la informalidad, con un porcentaje de afiliación gremial que ronda el 30% del total, con la burocracia sindical peronista protectora de abusadores, proxenetas y violadores, ¿a quién le habla ese llamamiento? ¿A quién interpela la consigna «Huelga general»? ¿Conmemoramos el 8M con un día de atraso, o el 1° de mayo con dos meses de antelación? ¿No habría sido más realista aprovechar la imposibilidad objetiva, material, de la enorme mayoría de las mujeres, para realizar una huelga y, en su lugar, organizar una convocatoria unificada el 8 de marzo, domingo?
Segundo, ¿por qué no hay un documento común que exprese acuerdos políticos? En su lugar, se nos invita a multiplicar las consignas por el número de individuos o agrupaciones feministas presentes. Rechazamos esa concepción liberal de los pronunciamientos colectivos. No sólo porque exhibe la imposibilidad empírica de alcanzar acuerdos comunes, sino también porque promueve la incoherencia lógica del eclecticismo. El contenido de una convocatoria depende de los objetivos de su dirección política: ninguna cartulina escrita a mano, por más indiscutible que fuere su consigna, puede alterar el sentido que esa dirección le imprime. Si la peronista Georgina Orellano encabeza la marcha, nuestras buenas intenciones abolicionistas sumarán para esa conducción. Y en cuanto a la lógica: ¿es coherente un abolicionismo limitado al sistema prostituyente, que no ataca ni los estereotipos sexistas ni la explotación reproductiva? ¿Cómo podemos decir que somos feministas si ni siquiera estamos de acuerdo en que el sujeto político del feminismo somos las mujeres y NO «las disidencias» ni los varones que gustan de usar vestido y maquillaje? ¿Qué coherencia mostraría juntar, en un mismo sitio, la consideración de la existencia objetiva de las mujeres con la consideración de que «ser mujer es un sentimiento»?
Estas dos discrepancias principales nos exigen pensar juntas. Requieren que nos pongamos a estudiar. Que discutamos honesta y respetuosamente, sin temor a ser claras y tajantes, los elementos fundamentales para la reconstrucción del movimiento.
En este sentido, los debates que a nuestro entender nos debemos son dos: cómo caracterizar al peronismo y cuál es nuestra agenda histórica. Mientras no afrontemos estos dos problemas, seguiremos tanto a merced de conducciones políticas ajenas al feminismo como empantanadas en la confusión conceptual proveniente de una notable debilidad teórica (que explica, en una proporción a evaluar, nuestra actual debilidad política).
Contra lo disponible y eventual: compromiso y permanencia
Las redes sociales se caracterizan por vincular cosas con la lógica del mercado. Esto incluye el vínculo entre seres humanos, tomados por esa misma lógica como si fuéramos cosas. Para eso fueron creadas las redes y plataformas: para la compraventa. No es un secreto. De ahí que sus dos cualidades fundamentales sean la disponibilidad y la eventualidad. Una cosa tiene que estar todo el tiempo lista, disponible, para el encuentro fortuito, eventual, con otra cosa: un vendedor para un comprador, una oferta para una demanda, una mercancía para un dinero. Es la relación capitalista básica, la que aprendemos desde la infancia, pero refinada por una pantalla y un algoritmo. Si Tinder parece una vidriera con seres humanos en exhibición es porque todas las aplicaciones son vidrieras y algunas, por qué no, exhiben seres humanos. Muchos vínculos entre personas se parecen a esos vínculos entre cosas, como si fuéramos mercancías, disponibles y eventuales: ghostear, clavar el visto, spamear sin decir ni «Hola», agredir desde el teclado, buscar likes, views y reacciones, lanzar consignas al tuntún como si las ideas trabajaran solas…
Contra la disponibilidad y la eventualidad, apostamos al compromiso y la permanencia. Contra la «llegada» a un público anónimo, apostamos al diálogo con personas concretas. Pasar del lazo virtual al real. Generar confianza mediante el arduo trabajo de encontrarnos regularmente en busca de acuerdos cada vez más profundos y extensos. O, en su defecto, al menos encontrar nitidez en cuáles son nuestras diferencias. La conciencia humana es un resultado tardío de la evolución de la vida en la Tierra y su función primordial no es la explicación conceptual sino la supervivencia. Nuestro cerebro es un órgano para la conservación de la vida: tiende al pragmatismo, no a la elaboración teórica. Por eso pensar nos exige pensar contra el cuerpo, contra las satisfacciones inmediatas, contra las ideas que alguna vez nos fueron útiles para representar la realidad y ahora ya no nos sirven. En este sentido queremos enlistar otra serie de diferencias, secundarias en relación con las anteriores, pero muy relevantes para nosotras como problemas a conversar y discutir en el camino de reconstrucción del movimiento feminista.
Por ejemplo, pensamos que la «acción ejemplar» no sirve más que para las convencidas. Nosotras no provocamos la coyuntura ni le cambiamos las ideas a nadie. Nosotras no podemos elegir cuándo será el momento en que miles de mujeres se vuelquen a las calles para exigir la igualdad entre los sexos. Tampoco podemos sembrar ideas nuevas en alguien que no está en crisis con sus ideas viejas. Un gesto marginal (radio abierta, performance, coreografía, muralismo, stencil…), al costado de una convocatoria multitudinaria, puede suscitar reacciones de admiración y respeto por la fidelidad a ciertos principios, puede conquistar la adhesión de un saludo y una simpatía, pero dudosamente sumará compañeras a las tareas de organización, discusión de un programa y debate de una estrategia. Somos muy pocas y estamos divididas en decenas de grupos: ¿por qué no usar algo de ese tiempo y algo de esas energías en la construcción de un espacio común de debate frontal y honesto? No podemos inventar una movilización masiva, pero sí podemos prepararnos para cuando llegue: reagrupar a las compañeras más lúcidas, darnos una formación, un estudio, un suelo común de acuerdos, que nos permita lograr un piso programático para disputar el «hacia dónde ir» y el «por cuáles objetivos» luchar. Cuando hablamos, un poco pomposamente, de «las tareas de reconstrucción» nos referimos precisamente a esto: prepararnos para la disputa por la interpretación de la historia y por la dirección del movimiento.
Otro ejemplo: poner todas las fichas en un encuentro anual de reunión. ¿Podemos revisar esta estrategia? ¿Qué tal si tomáramos una parte del tiempo, trabajo, dedicación que implica la organización de estos encuentros anuales y la destináramos a reunirnos con mayor frecuencia, virtual y/o presencialmente, para debatir, estudiar, pensar, esclarecer acuerdos y desacuerdos, sobre los problemas centrales de la agenda y la teoría feminista? ¿Qué tal si utilizáramos esa enorme capacidad y energía para crear comisiones de trabajo con el propósito de redactar artículos, difundirlos, buscar espacios para debatir públicamente y hacer conocer más ampliamente nuestra posición? Consideramos que el anhelo de masividad, que compartimos intensamente, no tiene que nublar la visión realista de nuestras condiciones actuales de posibilidad.
Todo esto que decimos se parece a la crítica al «luchismo» que venimos elaborando con relación a las organizaciones trotskistas (también las guevaristas, maoístas, autonomistas, etc., pero la izquierda en Argentina está hegemonizada por el trotskismo). Según un diagnóstico del mundo escrito en 1938 (el Programa de Transición), para el trotskismo las fuerzas productivas se estancaron desde 1914; las masas se movilizan imparables hacia la revolución, apenas obstaculizadas por sus direcciones traidoras; la burguesía no puede hacer concesiones, entonces debe recurrir al fascismo (esto explicaría la fase decadente de la democracia); toda demanda mínima, en tanto se ha vuelto irrealizable dentro del sistema capitalista, conectaría directamente con una consigna de transición al socialismo; por lo tanto, la tarea del partido no es otra que conducir a las masas a la acción. Agitar, agitar y agitar. Por eso «hay que estar en las calles», «la lucha está en las calles» y «hay que mostrar que estamos en las calles», como «todos los miércoles con los jubilados» (aunque «los jubilados» sean un puñado de los 5 millones que hay en Argentina). Esta concepción de la militancia, que la circunscribe a un activismo frenético que enfrasca la mirada en una realidad paralela, es muy pobre. Las dirigentes y teóricas que admiramos (desde Olympe de Gouges hasta Carole Pateman, desde Flora Tristán hasta Gerda Lerner, desde Alexandra Kollontai hasta Simone de Beauvoir…) no estaban permanentemente en las calles agitando consignas según el capricho de cada una: la mayor parte de sus tareas políticas y teóricas pasaban por la paciente y laboriosa preparación de una vanguardia que fuera capaz de intervenir en los momentos de lucha, que son esporádicos e imprevisibles. No se lucha todo el tiempo. No se agita todo el tiempo. Y la militancia política no se reduce a luchar y agitar.
Por eso, para nosotras, resulta determinante comprender que ciertas tareas, como discutir, leer, escribir, conceptualizar, estudiar, pensar, conversar, reunir voluntades, avanzar en acuerdos cada vez más profundos y duraderos, revisar los supuestos que se han vuelto incuestionables… son también acciones políticas, son también formas de la militancia política y son –digámoslo– actividades mucho más decisivas para el movimiento que estar en la calle ritualmente, en un margen de la convocatoria principal, cuando somos tan pero tan pocas.
Cultura no es política, metáfora no es concepto
Amamos el arte y la cultura. Intensamente. Una de las principales razones por las que somos socialistas es que el capitalismo amenaza todo lo que amamos, empezando por el arte y la cultura. Pero el arte es necesariamente polisémico, invita a la interpretación creativa, rechaza la univocidad y la definición de los límites. Por supuesto que puede provocar efectos en la conciencia, pero el azúcar también puede hacerlo: nos interesan los efectos en la conciencia política, no cualquier tipo de efecto. Por eso el arte NO es útil para la política, que requiere claridad, nitidez, orientación evidente. Más todavía en una sociedad arrasada por la degradación educativa: no podemos esperar a que un poema, un reel, una performance, una copla o un color en la indumentaria hagan el trabajo complejísimo de señalar al resto de las compañeras qué es lo que pensamos acerca del patriarcado y el feminismo. Los productos del arte y la cultura satisfacen necesidades del cuerpo, no son medios de lucha. Y los medios de lucha (la acción directa, el programa, la organización, la estrategia) no son ni tienen por qué ser, necesariamente, satisfactorios. El disfrute estético no tiene relevancia para la disputa por la conciencia de las compañeras. Hacer política nos exige definiciones claras y tajantes, no metáforas y símbolos. Necesitamos debates profundos que engendren las delimitaciones teóricas y políticas, no imágenes sugerentes para «resonar» lo que a cada una le pinte.
Por eso preferimos juntarnos a tomar un café para discutir con las compañeras que estén masticando interrogantes parecidos, que se vean asediadas por inquietudes sobre el feminismo y lo que nos ocurre a las mujeres, en lugar de participar en actividades dirigidas a las compañeras que ya están convencidas y que consideran que juntándose para el disfrute de sus preferencias culturales están haciendo política o militando contra el patriarcado.
Claro que los productos del arte y la cultura tienen importancia para la crítica feminista de la socialización diferenciada. Basta ver cómo se organiza una juguetería o cuánto tiempo se ocupan de su pelo un niño y una niña para advertir que no da todo lo mismo. Pero una cosa es el plano de la crítica (una crítica que no se ejerce intentando competir contra Netflix mediante pegatinas) y otra cosa es el plano de la política: para organizarnos en función de objetivos necesitamos conceptos, no metáforas. Necesitamos más escritura y menos cine debate.
Compañeras, ¿qué hacemos?
En principio, asumir dónde estamos. Darnos tareas en función de nuestras necesidades y de acuerdo a las fuerzas con las que contamos. Si no podemos reunir cien compañeras para hacer un acto propio el 8M, entonces tal vez nuestra tarea inmediata y urgente consista en arrimar compañeras, en conversar regularmente para saber qué pensamos y por cuáles razones, en discutir para poner a prueba la consistencia de los argumentos y fortalecerlos. O reemplazarlos por otros.
No nos creemos muy originales en lo que pensamos. Tampoco nos creemos intelectualmente brillantes. Tiene que haber más mujeres haciéndose preguntas parecidas. Encontrarlas es nuestra tarea. De ahí nuestras dudas: ¿A quién le hablamos cuando organizamos una actividad? ¿En qué interlocutores estamos pensando? ¿Nuestra prioridad es sumar compañeras u obtener la gratificación de «haber hecho algo»?
Cuando no dirigimos nuestras acciones hacia «afuera», la militancia se vuelve indistinguible del autoerotismo. ¿Por qué, por ejemplo, no organizamos una convocatoria propia el 8M, invitando a conocidas, cercanas, para conversar y discutir, en lugar de sumarnos a la convocatoria de la misoginia peronista el lunes 9? ¿Por qué no ocurrió algo así?
Quizá tengamos un problema lógicamente anterior: ¿Quién es este «nosotras»? ¿Qué ideas comunes hacen, de la dispersión, un sujeto político como el que damos por supuesto? Volvemos aquí a la necesidad de discutir y acordar una agenda propia, feminista. Esto nos conduce a tomar una decisión: ¿qué hacemos con las diferencias políticas entre compañeras? ¿Las asumimos como inabordables o nos proponemos discutir a fondo, honesta y respetuosamente, con el fin de aumentar el piso de acuerdos?
Nosotras consideramos que hay que discutir. Y que esta es la diferencia entre un grupo de amigas y hacer política: con las amigas sabemos qué tópicos no tocar, para preservar la amistad. «Fingimos demencia», en el buen sentido, para conservar vitales lazos afectivos. En cambio, entre compañeras militantes debemos discutir precisamente los puntos álgidos, porque buscar acuerdos incrementa la confianza y da mayor consistencia a los argumentos.
El año pasado nos preguntamos por qué somos tan pocas feministas en las calles. Ahora nos preguntamos, además, por qué estas pocas no podemos reunirnos en busca de afianzar acuerdos y clarificar diferencias.





Muchos puntos de acuerdo. Hay q volver a pensar y pensarnos, salir a los barrios. Construir un feminismo…un movimiento de mujeres horizontal, no jerarquico, anclado en nuestras realidades. Político (sobre todo dentro del movimiento político, social y cultural del feminismo) …pero no partidario donde bajemos los decibeles de enfrentamiento y anulación del q “no me sigue” y podamos incluirnos y seguir charlando. Es mi parecer q así crecimos hasta provocar esta tremenda reacción patriarcal q hoy nos convoca.
ABRAZO