Nota de VyS. Tradujimos este artículo para el blog con el mismo propósito por el que transcribimos la conferencia de Alan Sokal “Amenazas ideológicas a la ciencia”: aportar a la claridad de nuestra posición en el debate existente entre la tradición científica moderna y las corrientes irracionalistas que intentan minarla.
Incluimos, bajo las referencias bibliográficas que están al final del artículo, un glosario de términos técnicos para facilitar la lectura.
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Nota del autor. Este ensayo reproduce íntegramente mi comentario publicado en Archives of Sexual Behavior como parte de su serie «¿Cuántos sexos hay? ¿Cuántos géneros hay?». El comentario refuta sistemáticamente los cinco marcos teóricos que pretenden negar la naturaleza binaria del sexo. Todos los argumentos que he encontrado contra el binarismo sexual se ajustan a uno o más de estos cinco modelos, y todos se derrumban al analizarlos críticamente.
Explico por qué el sexo biológico es binario en todas las especies anisógamas, definido estrictamente por el tipo de gameto —espermatozoide u óvulo— que el sistema reproductivo de un organismo tiene la función biológica de producir.
Considero este comentario, y la serie a la que pertenece, una reafirmación de la claridad empírica en un campo largamente oscurecido por la ideología. El binarismo sexual resurge con fuerza y la cordura científica se restablece en la biología del sexo.
Si buscas una obra académica para citar que exponga rigurosamente por qué el sexo es binario —y por qué todos los modelos alternativos fracasan o presuponen tácitamente la definición gamética—, esta es la indicada.
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En las especies anisógamas, la existencia de dos sexos —y solo dos— es un hecho establecido en la biología moderna (Lehtonen et al., 2016; Parker et al., 1972). El término «macho» designa a los organismos cuya función biológica es producir gametos pequeños (espermatozoides), y el término «hembra» designa a los organismos cuya función biológica es producir gametos grandes (óvulos) (Hilton & Wright, 2023; Minot, 1888; Smith, 1978). Esta nomenclatura refleja dos estrategias reproductivas divergentes que se repiten en una amplia gama de taxones (Togashi & Cox, 2011). Al igual que con la evolución misma, los debates científicos contemporáneos hace tiempo que dejaron de cuestionar si el binarismo sexual es un hecho para centrarse en cómo evolucionó la anisogamia, por qué persiste y cuáles son sus consecuencias evolutivas.
En los últimos años, sin embargo, este hecho, antes indiscutible, ha sido cuestionado en el discurso popular (Fuentes, 2023; Kralick, 2018; Viloria y Nieto, 2020) y, cada vez más, en publicaciones científicas académicas (Ainsworth, 2015; Fuentes, 2025; McLaughlin et al., 2023; Velocci, 2024), aparentemente impulsado por debates culturales y políticos en torno al concepto de «identidad de género» y los derechos de las personas transgénero. Los medios de comunicación populares publican ahora con frecuencia artículos que afirman que existen más de dos sexos o que el sexo es un «espectro» no binario concebido como un continuo o como un conjunto multivariado de rasgos. Los artículos académicos han ampliado este enfoque al caracterizar el binarismo sexual como excesivamente simplista, obsoleto e incluso opresivo, e instan a su sustitución por modelos más amplios y supuestamente más matizados (Ainsworth, 2015).
Aquí sintetizo evidencia evolutiva y del desarrollo para demostrar que el sexo es binario (es decir, solo hay dos sexos) en todas las especies anisógamas y que los machos y las hembras se definen universalmente por el tipo de gameto que tienen la función biológica de producir, no por cariotipos, características sexuales secundarias u otras correlaciones.
Comienzo con una breve descripción de la reproducción sexual y la evolución de la anisogamia, explicando por qué evolucionaron dos tipos de gametos diferenciados a partir de ancestros isógamos y cómo este dimorfismo funcional fundamenta las categorías de «masculino» y «femenino». A continuación, analizo cinco argumentos recurrentes utilizados para socavar la naturaleza binaria del sexo: (1) confundir los «tipos de apareamiento» con los sexos; (2) tratar las aneuploidías de los cromosomas sexuales y la variación del cariotipo como sexos adicionales; (3) reclasificar las diferencias/trastornos del desarrollo sexual como evidencia de un «espectro sexual» no binario; (4) reformular el sexo como un conjunto politético de rasgos; y (5) proponer modelos «multinivel» que asignan etiquetas sexuales no a organismos individuales, sino solo a rasgos específicos. Finalmente, expongo los beneficios científicos y sociales de la claridad definicional y concluyo explicando por qué los intentos de descentrar los gametos son inherentemente contraproducentes, ya que todas las vías coherentes hacia «masculino» y «femenino» siguen siendo inteligibles únicamente con respecto a los espermatozoides y los óvulos.
LA BASE EVOLUTIVA Y BIOLÓGICA DEL BINARISMO SEXUAL
Qué es el sexo y por qué evolucionó
La reproducción sexual es la formación de un nuevo organismo mediante la fusión de gametos haploides (singamia) producidos por meiosis (Alberts et al., 2014). Al reorganizar la variación genética mediante recombinación y cruzamiento, la reproducción sexual genera genotipos novedosos y puede reducir la carga genética, lo que ayuda a explicar su persistencia a pesar de los costos (Kondrashov, 1988; Otto, 2009).
A nivel gamético, la reproducción sexual se produce en dos modalidades principales que difieren en el tamaño de los gametos que se fusionan (Togashi y Cox, 2011). En la isogamia, la fusión involucra gametos de igual tamaño. En la anisogamia, la fusión involucra gametos de diferente tamaño (Lehtonen et al., 2016). Se cree que la anisogamia evolucionó hace más de mil millones de años (Butterfield, 2000) a partir de ancestros isógamos mediante selección disruptiva que favoreció dos tipos distintos de gametos: gametos pequeños, generalmente móviles, optimizados para la cantidad y la tasa de encuentro (espermatozoides), y gametos grandes, ricos en nutrientes, optimizados para el aprovisionamiento (óvulos) (Levitan, 2006; Parker, 2011; Parker et al., 1972). Al actuar conjuntamente, estas estrategias divergentes maximizan el éxito de la fertilización y la supervivencia de la descendencia.
Los sexos —masculino y femenino— se refieren a estas dos estrategias reproductivas distintas en las especies anisógamas. Los machos se definen como el sexo que produce numerosos gametos pequeños (espermatozoides). Las hembras, por el contrario, se definen como el sexo que produce menos gametos, pero de mayor tamaño (óvulos) (Parker, 2011; Williams, 1975). En consecuencia, los individuos se clasifican como machos o hembras según si su sistema reproductivo tiene la función biológica de producir espermatozoides u óvulos, respectivamente (Bogardus, 2025). Dado que los espermatozoides y los óvulos son las únicas dos clases de gametos en los sistemas anisógamos, solo existen dos sexos. Este dimorfismo gamético fundamenta la concepción del sexo como un sistema binario (Hilton & Wright, 2023).
ARGUMENTOS COMUNES CONTRA EL SISTEMA BINARIO Y POR QUÉ FRACASAN
Sexos como tipos de apareamiento
Artículos divulgativos y académicos a veces afirman que ciertos hongos y mohos mucilaginosos tienen «cientos» o incluso «miles» de sexos (GrrlScientist, 2019; Scharping, 2017). Estas afirmaciones cometen un error categórico al confundir los tipos de apareamiento con los sexos (Lehtonen et al., 2012). En los taxones isógamos, los tipos de apareamiento son clases de compatibilidad definidas genética o molecularmente que regulan qué gametos pueden fusionarse; no se diferencian por el tamaño del gameto (Hurst & Hamilton, 1992). Por el contrario, los sexos en los taxones anisógamos se definen por el dimorfismo gamético: la producción de gametos pequeños (espermatozoides) frente a gametos grandes (óvulos). Algunas especies anisógamas también pueden poseer sistemas de tipos de apareamiento superpuestos a las funciones masculinas y femeninas, pero las especies isógamas, por definición, carecen de sexos.
Las afirmaciones sobre cientos o miles de sexos se refieren, por lo tanto, a muchos tipos de apareamiento en sistemas isógamos, no a sexos. Cuando la reproducción es anisógama, el número de sexos sigue siendo dos —masculino y femenino— definidos por el tipo de gameto (Lehtonen, 2021).
Sexos como cariotipos
Un argumento común para socavar la naturaleza binaria del sexo consiste en tergiversar el binarismo sexual, presentándolo como un sistema binario de cariotipos humanos (XX = mujer; XY = hombre), y luego citar aneuploidías de los cromosomas sexuales (p. ej., XXY en el síndrome de Klinefelter; X0 en el síndrome de Turner) o casos raros de hombres XX y mujeres XY para afirmar que debe haber «más de dos sexos» (Ainsworth, 2015; Blackless et al., 2000). ¿Cómo podría el sexo ser binario y estar determinado por los cromosomas sexuales, argumentan, si existen más cariotipos sexuales viables en los seres humanos además de XX y XY?
El error fundamental radica en confundir cómo se determina el sexo con cómo se define (Capel, 2017; Griffiths, 2021; Hilton y Wright, 2023). En biología del desarrollo, la determinación del sexo se refiere a los mecanismos que desencadenan y regulan el desarrollo sexual. Estos mecanismos varían ampliamente entre los distintos taxones (Bachtrog, 2014). Algunos ejemplos son los mecanismos cromosómicos (p. ej., el gen SRY en el cromosoma Y de los mamíferos), los dependientes de la temperatura (p. ej., las temperaturas más altas producen machos en muchos reptiles), la haplodiploidía (p. ej., los huevos haploides no fecundados dan lugar a machos en la mayoría de los himenópteros) y los ambientales (p. ej., las señales químicas en Bonellia viridis).
Sin embargo, independientemente del mecanismo que determine el sexo, el sexo de un individuo —masculino o femenino— se define universalmente por el tipo de gameto (espermatozoide u óvulo) que su sistema reproductor tiene la capacidad biológica de producir (Goymann et al., 2023). Por lo tanto, las aneuploidías de los cromosomas sexuales representan variaciones dentro de los dos sexos, no sexos adicionales.
El sexo como un espectro
Si bien es común afirmar que existen “más de dos sexos”, la objeción más frecuente a la naturaleza binaria del sexo sostiene que este constituye un “espectro” (Ainsworth, 2015; Fuentes, 2025). Desde esta perspectiva, “masculino” y “femenino” no son categorías biológicas distintas, sino extremos teóricos de una distribución continua que los individuos solo pueden aproximar estadísticamente. Este modelo implica que los individuos solo pueden describirse en grados de masculinidad y feminidad, en lugar de ser estrictamente masculinos o femeninos. La principal evidencia que se invoca para respaldar el modelo del espectro es la existencia de trastornos/diferencias en el desarrollo sexual (DSD) (Sax, 2002), incluidas formas de atipicidad genital o gonadal, que a menudo se presentan visualmente a lo largo de un continuo que va desde lo “típico femenino” hasta lo “típico masculino”.
Sin embargo, la existencia de tales condiciones no invalida la naturaleza binaria del sexo, ya que esta no implica que cada individuo pueda ser clasificado inequívocamente como masculino o femenino. Más bien, se afirma que en los organismos anisógamos existen solo dos tipos de gametos, espermatozoides y óvulos, y por lo tanto, solo dos sexos. La ambigüedad sexual no constituye un tercer sexo ni un sexo intermedio, puesto que la variación en el desarrollo no se corresponde con la producción de nuevos tipos de gametos.
Los sexos como categorías politéticas
Una categoría politética es aquella en la que los miembros comparten características superpuestas, sin que un solo rasgo sea necesario o suficiente para pertenecer a ella. La inclusión se basa en el «parecido de familia»: cada miembro comparte suficientes rasgos con los demás para ser reconocido como parte del conjunto, aunque no todos los miembros compartan la misma combinación de rasgos (Needham, 1975; Wittgenstein, 1953).
Los defensores de un modelo politético del sexo se basan en esta idea para concebir el sexo como multivariado (en lugar de univariado, como en un simple “espectro”). Desde esta perspectiva, el “sexo” es un conjunto de rasgos —cromosomas, gónadas, gametos, hormonas, neuroanatomía, características sexuales secundarias y otros rasgos dimórficos sexuales— y a los individuos se les asigna un grado de masculinidad o feminidad según cómo su perfil general se alinea con lo que se considera típico de los hombres o de las mujeres (Dreger, 2000; Fausto-Sterling, 2000).
Sin embargo, masculino y femenino no son categorías politéticas. Son clases reproductivas definidas por un único criterio: el tipo de gameto (espermatozoide u óvulo) que el sistema reproductivo de un organismo tiene la función biológica de producir. Todos los demás rasgos —cariotipo, morfología genital, perfiles hormonales, dimorfismos neurológicos y somáticos— suelen ser causas, indicadores o consecuencias de esa distinción funcional. Considerar estos correlatos como definitorios conjuntos confunde los determinantes y los efectos posteriores del sexo con el sexo mismo.
Además, el enfoque politético es lógicamente contradictorio (Griffiths, 2021). Los rasgos se etiquetan como «típicos de hombres» o «típicos de mujeres» porque se correlacionan con hombres y mujeres ya identificados de forma independiente, en última instancia, mediante referencia a los gametos. En otras palabras, el modelo presupone las categorías binarias basadas en los gametos que pretende reemplazar y luego infiere esas categorías a partir de sus correlatos. Como marco descriptivo para la variación de rasgos, un resumen multivariante puede ser útil; como definición de sexo, carece de sentido.
El modelo sexual multinivel
El modelo multinivel combina enfoques espectrales y politéticos al distribuir el concepto de «sexo» en varios «niveles» hipotéticos, que suelen incluir cromosomas sexuales, anatomía reproductiva interna, genitales externos, características sexuales secundarias, perfiles hormonales y comportamiento, y que en ocasiones se extiende a la «identidad de género» (Migeon y Wisniewski, 1998). En lugar de clasificar a los organismos como machos o hembras, el modelo asigna etiquetas de sexo a rasgos o niveles (p. ej., «sexo genético», «sexo endocrino», «sexo morfológico», «sexo conductual», etc.) (McLaughlin et al., 2023; Sun et al., 2023).
Como lo expresan McLaughlin et al. (2023), el sexo se concibe como una categoría construida que opera en múltiples niveles biológicos, con cuatro niveles principales: genético, endocrino, morfológico y conductual. Esta concepción confunde los determinantes y correlatos del sexo con el sexo mismo (Bachtrog, 2014; Capel, 2017). Los genes y las redes génicas inician y regulan la diferenciación sexual; las hormonas median el desarrollo posterior y los dimorfismos fenotípicos; la morfología y muchos comportamientos están influenciados por el sexo de un organismo. Sin embargo, ninguno de estos rasgos define el sexo. El sexo es una clase reproductiva a nivel de organismo, vinculada al tipo de gameto que este tiene la capacidad biológica de producir. Considerar los reguladores previos (p. ej., la actividad del gen SRY, el entorno hormonal) o los resultados posteriores (p. ej., la morfología dimórfica, el comportamiento) como niveles equivalentes del sexo constituye un error de análisis.
Además, el modelo multinivel hereda la misma circularidad que el modelo politético. Los rasgos se etiquetan como «típicos del macho» o «típicos de la hembra» únicamente porque se correlacionan con organismos ya identificados como machos o hembras; una identificación que, en especies anisógamas, se realiza en última instancia en referencia a los gametos. Una vez eliminada esta referencia, la tipología pierde su fundamento interpretativo. Como marco descriptivo para integrar hallazgos genéticos, endocrinos y morfológicos en el diagnóstico diferencial clínico, el esquema multinivel tiene valor pragmático; como definición de sexo, resulta incoherente.
Conclusión
Este comentario plantea una afirmación sencilla con amplias consecuencias: en los organismos anisógamos, los sexos —masculino y femenino— son clases funcionales definidas por el tipo de gameto que un individuo tiene la función biológica de producir (Bogardus, 2025). Los machos tienen la función biológica de producir espermatozoides; las hembras, de producir óvulos (Parker et al., 1972). Esta definición es universal en todos los taxones anisógamos. Gran parte de la confusión actual surge al confundir cómo se determina el sexo (es decir, cómo se desarrolla) con cómo se define (qué es el sexo), y al confundir determinantes genéticos y correlatos genéticos del sexo con el sexo mismo. Según esta perspectiva, las aneuploidías y los trastornos del desarrollo sexual (DSD) describen la variación en el desarrollo o la función dentro de los dos sexos; los «tipos de apareamiento» pertenecen a los sistemas isógamos y son clases de compatibilidad, no sexos; y las representaciones «multivariadas» o de «espectro» cuantifican la variación de rasgos dentro y entre los dos sexos sin alterar el número de sexos.
El valor científico de las definiciones claras y precisas es enorme (Dawkins, 2025). Una definición basada en gametos evita la propagación de errores en biología comparada, fisiología, ecología y medicina. Preserva la interpretabilidad de los fenómenos ligados al sexo —selección sexual, dimorfismo y compensaciones en el ciclo vital— y mantiene la disciplina conceptual al situar los mecanismos de determinación (p. ej., vías SRY, sistemas ZW, determinación dependiente de la temperatura, señales sociales) en su ámbito explicativo adecuado. Además, garantiza la coherencia entre taxones: independientemente de si una especie es gonocórica o hermafrodita, y de si la determinación es cromosómica, ambiental o social, los términos «macho» y «hembra» siguen siendo comparables de forma significativa porque están anclados a la función reproductiva, en lugar de a un conjunto de rasgos que varían ampliamente entre taxones.
Las implicaciones sociales y éticas también son significativas. La biología precisa es distinta de las cuestiones de dignidad, derechos y cómo nos tratamos entre nosotros. Las disputas políticas no deben dirimirse redefiniendo —o eliminando— las realidades reproductivas que, en primer lugar, hacen del sexo un concepto científico útil. Cuando se difuminan las categorías por razones no científicas, propiciamos consecuencias negativas: protocolos clínicos confusos, epidemiología comprometida, protección legal debilitada o contradictoria y menor confianza pública en la ciencia.
En los taxones anisógamos, los machos y las hembras se definen por el dimorfismo gamético. Las propuestas para redefinir el sexo en términos de cariotipos, características sexuales secundarias, comportamiento u otros correlatos son incoherentes e invariablemente presuponen esta base, porque las categorías “macho” y “hembra” solo son inteligibles en referencia a los espermatozoides y los óvulos.
Referencias
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Glosarito para no biólogos
Gametos son las células sexuales, masculina y femenina, cuya unión forma un cigoto, e inicia el proceso de desarrollo del embrión (embriogénesis). Gametos haploides son células sexuales (óvulos y espermatozoides) que contienen un solo conjunto de cromosomas. Singamia es la fusión de dos gametos (generalmente uno masculino y otro femenino) para formar un cigoto (una nueva célula) durante la reproducción sexual. Meiosis es la división de una célula diploide (con dos juegos de cromosomas) para generar células haploides (con un solo juego de cromosomas) que son genéticamente distintas entre sí y de la célula madre, proceso crucial para mantener la variabilidad genética en las especies. Gónada es el órgano formador de gametos masculinos o femeninos.
Anisogamia (a veces traducida como heterogamia) es un tipo de reproducción mediante la fusión de dos gametos de distinta forma y tamaño. En la isogamia los gametos que se unen son morfológicamente idénticos, sin diferencias de estructura o tamaño.
Taxones son grupos de organismos emparentados, que son clasificados por la biología de forma ordenada y jerárquica.
Dimorfismo es la condición de una especie que presenta dos formas o aspectos anatómicos diferentes, el tipo más común es el dimorfismo sexual, que se refiere a las diferencias visibles entre machos y hembras.
Gonocorismo es la condición de un individuo de tener solo uno de los dos posibles sexos.
Diferencias en el desarrollo sexual (DSD) soncaracterísticas atípicas de nacimiento que afectan al sistema reproductivo o las características sexuales secundarias humanas, determinando el desarrollo atípico cromosómico, gonadal o anatómico. Incorrectamente agrupadas y nombradas como intersexualidad.
Genotipo se define como la información genética que posee un organismo en particular, en forma de ADN, normalmente el genoma de una especie incluye numerosas variaciones en muchos de sus genes.
Cariotipos son los conjuntos completos de cromosomas, la imagen que se obtiene de esta organización permite identificar anomalías numéricas o estructurales en los cromosomas.
Aneuploidía es una alteración en el número de cromosomas en una célula, En los seres humanos, la aneuploidía implica cualquier número de cromosomas que no sea el habitual de 46.
Carga genética es la acumulación de variantes genéticas perjudiciales en una población, lo que disminuye la aptitud media de sus individuos
Himenóptero es un orden de insectos como abejas, abejorros, avispas, hormigas. En estas especies la determinación del sexo ocurre por haplodiploidía, los machos se desarrollan de huevos no fecundados (son haploides) y las hembras de huevos fecundados (son diploides).





Felicito a los compañeros del blog por compartir esta publicación tan necesaria para devolver el debate sobre el sexo – no la sexualidad y los géneros- al campo del debate científico y de base empírico- argumentativa.
La discusión sobre el campo orgánico del sexo entiendo que confluye a distinguir entre macho y hembra para los que nos reproducimos por sexuación heterógama, presuponiendo que ambas nominaciones se transforman en categorpias que definen identidades de sexo -no sexuales-.
Y que invalorable se torna la articulación transdisciplinaria (Sexos y Géneros) con la disciplina (Biología) y el resto del conjunto disciplinario implicado, para encontrar acuerdo sobre lo verdadero (materialidad efectiva) y lo imaginario (materialidad ideológica efectiva) en la construcción de las realidades sociales.
Siempre recuerdo algo que ha instituido el profesor Malfé sobre la distinción en Vico de lo Dado de aquello Construido por nosotros mismos. Creo vigente en este terreno transdisciplinar.