Cuando hablamos de la prensa militante destacamos una función esencial: definir, mejor que ninguna otra herramienta, la acción militante.[1] Por eso la prensa socialista debe ser, o esforzarse por ser, clara y rotunda. (Sin confundir esta contundencia y esa claridad con el insulto y la arrogancia). No sólo para el militante orgánico que se forma leyéndola, sino también para los interlocutores de ese militante. La prensa debe propiciar un suelo común para conversar con la vanguardia de nuestra clase: esos compañeros que se hacen preguntas, que no confían en las propuestas burguesas y que tampoco ven con nitidez una alternativa coherente, basada en un diagnóstico y unas tareas razonables.
La prensa debe ser, además, consistente con la realidad. Caracterizar como «régimen fascista» a una democracia burguesa, llamar «reforma laboral esclavista» a un marco jurídico capitalista, aplicar una doble vara según se trate de una fuerza burguesa no peronista o del peronismo, por no abundar en ejemplos, provoca perplejidad y rechazo en el obrero con sentido común. O, peor, indiferencia. Porque la prensa es una interpretación de la realidad social y es la línea política del grupo que la difunde. La falta de realismo elemental y de delimitación socialista con respecto a las corrientes burguesas favorece la confusión. Y si bien la autoexigencia de nitidez pedagógica y consistencia realista tiene que ser un faro para cualquier grupo que quiera el socialismo, el esfuerzo ha de ser mayor en condiciones de degradación educativa como las que nos toca vivir. De aquí nuestra insistencia, por ejemplo, en criticar la teoría del monopolio y en señalar el coqueteo permanente, de las agrupaciones que integran el FITU, con el peronismo[2].
A diferencia del formato libro, la prensa es un instrumento más apropiado para intervenir sobre los acontecimientos: la periodicidad permite el diálogo constante con la coyuntura, cobija el debate y la denuncia, el reconocimiento de errores y la elaboración de nuevas hipótesis. En tanto serie viva de publicaciones (notas, artículos, entrevistas, reseñas…), la prensa puede expresar el sentido de un período histórico y, en tanto obra colectiva, todo cabe en sus páginas porque nada (o casi nada) le es ajeno: educación, conciencia, feminismo, tecnología, militancia, cultura, economía, intelectuales, gremialismo, deportes, salud, violencia… por enlistar las categorías más genéricas que hay en nuestro propio blog.
Claro que nada de lo dicho hasta aquí le resta importancia a la biblioteca creada por un partido o agrupación. Ocurre que un libro impone otras exigencias a la lectura: memoria, largo aliento, concentración, sistema, articulaciones conceptuales de gran alcance, múltiples matices, altos niveles de abstracción, tiempo. Cuando la editorial de una agrupación publica un libro hay dos posibilidades: o bien el libro coincide (total o parcialmente) con la línea política de la agrupación, o bien debate con ella pero presenta argumentos atendibles. En todo caso, la ausencia de delimitación mediante un prólogo o nota crítica deja en manos del lector la tarea de interpretar qué coincide y qué no con la línea política defendida. Si un prólogo de ese tipo oscurece o confunde, no tiene razón de ser desde nuestra perspectiva.
Decimos todo esto porque el PTS acaba de presentar, casi en simultáneo, dos libros: Leer a Marx, de Christian Castillo (dirigente nacional del PTS), editado por Siglo XXI, y Agrupémonos todes, de Jorge Remacha (militante de la CRT española), publicado por Ediciones IPS (la editorial del PTS).

Los leímos. Pero aclaremos algo. Esto no es una reseña de dos libros. Esto es la exposición de inconsistencias teóricas, políticas y editoriales expresadas en dos libros. ¿Por qué nos importan? Porque pertenecen al principal partido de la hegemonía trotskista en la izquierda argentina. Ambos libros nos permiten un acercamiento directo a algunos de los principales problemas que tenemos en la izquierda socialista.
El vicio antifilológico
Bajo el subtítulo «Marx y su replanteo del materialismo», el capítulo 1 de Leer a Marx repasa las «Tesis sobre Feuerbach» (un repaso que no es exhaustivo ni profundo). Christian Castillo no aclara qué son estas tesis: un breve apunte inédito de Marx, sin título, que como todo grupo de aforismos tienta al ejercicio de la libre asociación de ideas. Contiene frases sugestivas y condensadas reflexiones sobre la historia de la filosofía (o, al menos, eso parece). Pero es, a fin de cuentas, un apunte traspapelado y esto hay que decirlo. Al menos, si se pretende que los lectores en general y los militantes socialistas en particular nos eduquemos en la consideración seria de los textos y no en la lectura mística de cualquier cosa atribuida a un autor, como ilustra el caso del narrador de «Las listas de Metterling».
Recurrir a citas presuntamente «decisivas» que remiten en realidad a textos de carácter sumario y circunstancial (o, como en el caso de las «Tesis…», borradores fragmentarios) es una operación demasiado frecuente en la izquierda. A nuestro juicio, resulta perjudicial para la formación teórica y política. Por eso nos llama la atención que se proponga «leer a Marx» de esta manera: no hay en todo el libro una sola aclaración o encuadre que permita establecer la más mínima jerarquía entre las fuentes citadas. El 18 Brumario, los Grundrisse, la correspondencia, las obras en colaboración con Engels, La guerra civil en Francia, El Capital… todo da lo mismo. Se escribe «Marx dice…» y listo.
No acordamos con esa lectura precipitada y anárquica. La calificaríamos de «religiosa» si Felipe Martínez Marzoa –alguien mucho más capacitado que nosotros para opinar sobre esto– no hubiera acuñado el término «vicio antifilológico» en su libro La filosofía de El Capital, donde explica:
Incluso dentro de lo escrito por Marx, no siempre se distingue como se debiera entre obras propiamente dichas y otras cosas, ni entre los diversos tipos de estas otras cosas. Por ejemplo: manifiestos, programas y declaraciones de una asociación o de un partido político, aunque hayan sido escritos de hecho por una determinada persona, no son en principio «obras» de las que esa persona sea autor; un texto que uno aprueba o propone para firmar colectivamente no tiene por qué ser (y, de hecho, ordinariamente no es) una obra propia, aunque uno mismo haya sido el redactor material. No digo que ese tipo de escritos (bastante abundante en el corpus marxiano y, algunos de ellos, mucho más conocidos que cualquier capítulo de Das Kapital) no deban ser tenidos en cuenta; sólo digo que son un tipo de dato histórico esencialmente distinto de una obra, y de rango inferior, si lo que se trata de estudiar es el pensamiento de un pensador.
Otra distinción entre tipos de textos, que igualmente suele quedar ignorada bajo el universal «Marx dixit», es la que hay entre obra concluida (o parte concluida de una obra) y borradores o apuntes preparatorios de una obra en vías de realización. El carácter subordinado de estos últimos, para una interpretación filosófica, no es, desde luego, tan marcado como en el caso de los otros escritos a los que anteriormente hemos atribuido tal carácter. Ello es debido a que, en la distinción a la que ahora nos referimos, ambos términos son trabajo teórico: los Grundrisse son, para nuestra interpretación, material mucho más primario y decisivo que los manifiestos, programas y declaraciones del Consejo General de la Internacional; no sólo porque tengan un contenido más interesante, sino también porque son un dato de mayor autoridad desde el punto de vista de los objetivos de nuestro trabajo. Pero es preciso tener en cuenta el carácter peculiar de esa autoridad, y no es admisible escribir sin más «Como dice Marx en los Grundrisse…», ya que Marx no publicó, ni entregó, ni dio a conocer esos textos, y, por lo tanto, el sentido de la palabra «dice» en tal contexto tendría que ser precisado. Incluso dentro de Das Kapital hay distinciones a tener en cuenta, en razón de la historia del texto y de su publicación.[3]
Algo que llama la atención en Leer a Marx es que el texto más citado sea el Manifiesto comunista (1848): aparece en la introducción y los capítulos 2, 3, 4 y 5. Ninguna otra obra de Marx tiene tantas referencias en el libro como ese panfleto (co-escrito con Engels, a instancias de un encargo del segundo congreso de la Liga de los Comunistas). A su vez, casi no hay citas de El Capital (1867), que es sin dudas la obra más importante de Marx (nos referimos principalmente al primer tomo, que fue el único publicado mientras Marx vivía). Este dato ya es un índice revelador del modo en que el dirigente nacional del PTS nos propone leer a Marx: con la atención puesta en un panfleto circunstancial, escrito a las apuradas, más que en la arquitectura expositiva de una laboriosa explicación –fruto de 20 años de investigaciones– acerca de cómo funciona la sociedad capitalista.
Para peor, una de esas poquísimas citas de El Capital (la que se encuentra en las páginas 106 y 107 de Leer a Marx) remite en la bibliografía al Manifiesto comunista, no a El Capital. Buscamos la cita en la canónica edición de Siglo XXI pero ni el número de página ni la traducción coincidían. ¿Por qué? Porque la cita proviene… ¡de la traducción publicada por Akal! Disipada nuestra sorpresa, vimos dos explicaciones posibles: o bien el profesor Christian Castillo no verificó su propia bibliografía, o bien tomó la cita de una fuente secundaria sin abrir El Capital.
Martínez Marzoa sostiene que quien se habitúa al «vicio antifilológico» da pruebas de «desprecio» por los textos. No iremos tan lejos. Digamos que hay un tratamiento descuidado de la obra que Christian Castillo propone leer, a pesar de que el PTS bautizó «Karl Marx» al Instituto del Pensamiento Socialista (IPS).
Por su parte, en Agrupémonos todes, al contrario de lo que podría sugerir la ilustración de tapa, las 14 páginas colmadas de bibliografía (más de 240 entradas) incluyen sólo dos referencias a Marx: las «Tesis sobre Feuerbach» y el capítulo 24 de El Capital, sobre la acumulación originaria. Es decir, un borrador inédito, que ocupa una carilla, y un capítulo aislado del sistema expositivo en el que funciona. Curiosamente, hay tres libros completos de Foucault (Vigilar y castigar, el curso titulado Defender la sociedad y el primer tomo de Historia de la sexualidad) y uno de Judith Butler (Cuerpos que importan) citados como marco teórico. Tal vez interpretamos mal la portada del libro y lo relevante no sea la caricatura de Marx sino la performance de «drag victoriana». Reconocemos, a su vez, que hay seis entradas para Trotsky: 4 libros, 1 folleto y 1 capítulo de libro. Esto mismo nos suscita una pregunta: ¿por qué la portada del libro no tiene una caricatura de Trotsky con vestido largo, medias de red, uñas pintadas y rodete? ¿No habría sido más adecuado al contenido del libro?
Pero las incoherencias no se dan únicamente entre esos dos libros, en exterioridad. Hay, al interior de Leer a Marx, un uso contradictorio de las propias publicaciones del IPS. Vamos a detenernos en la más grave.
El materialismo de Schrödinger
Para hablar de «La actualidad del punto de vista materialista» (pp. 47-52), Christian Castillo toma la Historia de las filosofías materialistas, de Pascal Charbonnat, y los «Ensayos polémicos en torno a la teoría, la praxis y la naturaleza» que el filólogo marxista Sebastiano Timpanaro reunió, hacia 1970, en un libro que publicó el IPS. Hasta acá, nada que objetar de nuestra parte. El problema emerge cuando esas sólidas posiciones se conectan a las de otro libro, también publicado por el IPS y citado a continuación por Christian Castillo: Ilustración Sensible, del doctor en filosofía Facundo Nahuel Martín, una obra a la que le hemos dedicado una extensa reseña crítica. ¿Cuál es el problema? Que Ilustración Sensible es anti-materialista.
En las páginas 50 y 51 de Leer a Marx, Castillo cita a Timpanaro para defender lo siguiente (resaltamos):
Entendemos por materialismo, ante todo, el reconocimiento de la prioridad de la naturaleza sobre el «espíritu» o, si se quiere, del nivel físico sobre el biológico, y del biológico sobre el económico-social y cultural: bien en el sentido de prioridad cronológica (el larguísimo tiempo transcurrido antes de que la vida apareciese en la Tierra, y desde el origen de la vida al origen del ser humano), bien en el sentido del condicionamiento que sigue ejerciendo la naturaleza sobre el ser humano y que seguirá ejerciendo por lo menos en un futuro previsible. En cuanto al conocimiento, por tanto, el materialista sostiene que la experiencia no se puede reducir ni a la producción de la realidad por el sujeto (sea la que sea la forma en que se conciba tal producción), ni a una recíproca implicación de sujeto y objeto. En otras palabras, no se puede negar o eludir el elemento de pasividad que hay en la experiencia…[4]
Veamos lo que dice Facundo Nahuel Martín en la página 67 de su libro, bajo la pregunta «¿Dos sexos naturales bien diferenciados?» (resaltamos):
Ahora bien, ¿hay en la naturaleza dos sexos claramente diferenciados? ¿Todas las personas venimos de fábrica con un paquete biológico masculino o femenino, con independencia de que las pautas culturales y/o nuestras decisiones libres nos lleven a aceptar o rechazar esa condición biológica original? No exactamente. El binarismo masculino/femenino tiene dimensiones biológicas, pero también es, en parte, una construcción cultural.
Para Timpanaro –y la ciencia actual– esas tres preguntas se responden «Sí, sí y sí». Hombre y mujer, macho y hembra de la especie humana, se determinan por la función que cumplen en la reproducción: fecundar o gestar. Lo determinante no es la anatomía ni los genitales o las hormonas, mucho menos la voluntad, la opinión o el padecimiento de cada individuo. Ni hablemos de las «construcciones culturales». La especie humana es sexualmente binaria por los gametos: los individuos que producen óvulos son hembras, los que producen espermatozoides son machos. No hay gametos intermedios ni combinados. Y esto no es una maquinación del hetero-cis-patriarcado o del logo-falo-centrismo, sino un hecho natural, objetivo. Es la «prioridad cronológica» de la que habla Timpanaro: la ciencia está discutiendo si la reproducción sexual tiene 2000 millones o 3500 millones de años de existencia sobre la Tierra.
Para Ilustración sensible, como para todas las posiciones enmarcadas en la «ideología de género», las mujeres no tienen existencia objetiva: un hombre puede ser una mujer, si así lo decide, lo piensa o lo siente. Hemos publicado, con el fin de fortalecer nuestra posición al respecto, dos textos: «¿Por qué existen exactamente dos sexos?», del biólogo evolutivo Colin Wright, y «Amenazas ideológicas a la ciencia», del profesor de física Alan Sokal (co-autor del libro Imposturas intelectuales).
Facundo Martín no ha abandonado esa posición, como vimos hace poco en su elogio del libro El tiempo perdido, escrito por la dirigente reformista Clara Ramas San Miguel: allí el filósofo denuncia «La añoranza por un mundo perdido donde los hombres tenían patria, las mujeres, vaginas y los obreros, sindicatos». ¿Qué tiene que ver esta concepción anti-materialista de la realidad con la posición de Timpanaro aprobada por Castillo? Nada.
Negacionismo… de la consistencia lógica
Agrupémonos todes no tiene coherencia ni para las siglas que reivindica: «LGBTIQ+», según la presentación de Celeste Murillo y Pablo Herón; «LGBTI», según el prólogo de Santiago Lupe y el resto del libro. En ningún caso aparecen las siglas «NB», que corresponden a «no binario», a pesar de la insistencia con esta «identidad» a lo largo de Agrupémonos todes. Y es que las incoherencias son tan inevitables que, cuando el gobierno peronista de Alberto Fernández promulgó el «DNI no binario», un grupo de activistas irrumpió en la ceremonia agitando la consigna «No somos una “X”». Gesto rebelde que nos sigue pareciendo irreprochable: una vez rota la consistencia lógica de las categorías, cualquier absurdo es legítimo.
Aclaremos que es la especie humana la que posee el atributo de ser sexualmente binaria. No los individuos que componen la especie. Lo mismo pasa, por ejemplo, con «vertebrado» o «mamífero»: son atributos de la especie, no de los individuos. Los individuos de la especie no pueden declararse sexualmente «no binarios» sin caer en el ridículo. Semejante absurdo equivale a decirse «no vertebrado» o «no mamífero». De ahí a cantar «soy un pedazo de atmósfera» (en la versión de Federico Peralta Ramos o en la de Cha Cha Cha) o postular «soy no-humano» no hay distancia. Por eso está razonablemente señalada la continuidad entre la «ideología de género» y el fenómeno de los therians: comparten el mismo suelo de supuestos metafísicos.
El problema de las siglas y su jactancioso irracionalismo exhibió su potencia política cuando arrasó con el Encuentro Nacional de Mujeres (ENM). Realizado en Argentina con independencia política y de manera autogestiva desde 1986, perdió su nombre y pervirtió su historia en 2022, cuando el peronismo, con fondos del Estado provincial de San Luis, lo transformó en «Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries» (cuyas siglas adecuadas serían, probablemente, EPMLTTBIyNB).
El partido del orden burgués no actuó solo: el FITU y otros grupos trotskistas apoyaron esta acción de reemplazo del sujeto político del feminismo –la mujer– por «las diversidades» y «las disidencias», es decir, por eufemismos que ocultan el ingreso de hombres en los espacios de organización construidos históricamente por y para las mujeres. Y no sólo en los espacios de organización: las categorías deportivas femeninas, las cárceles de mujeres, los baños y vestuarios, los premios y las becas, las estadísticas diferenciadas por sexo y la figura jurídica de «femicidio», entre otros derechos basados en el sexo, ahora son vulnerados por la «ideología de género», que postula que un hombre puede ser una mujer [5]. Ni hablemos de la promoción fármaco-quirúrgica de bloqueadores de la pubertad, hormonización cruzada y amputación de órganos sanos, que ya ha convertido a miles de seres humanos en pacientes crónicos alrededor del mundo.
La izquierda hegemonizada por el trotskismo defiende esta peligrosa corriente oscurantista. Expusimos largamente todo esto en «La deriva queer del trotskismo».
Misoginia y homofobia de la «ideología de género»
Agrupémonos todes no sólo opera la confusión –ora deliberada, ora producto del desconocimiento de las categorías elementales del debate– entre sexo, género, orientación sexual e identidad de género, que analizamos críticamente en «Una ley contra la racionalidad», sino que evita (a lo largo de 190 páginas) decir qué es una «persona trans», como si travesti, transexual y transgénero fueran más o menos lo mismo, y como si un niño de 2 años que dice «Yo nena, yo princesa», una adolescente de 16 que quiere ser varón y un hombre de 50 que afirma sentirse mujer fueran fenómenos equivalentes.
Digámoslo una vez más. El sexo indica la función en la reproducción de la especie: gestar o fecundar. No existe un tercer sexo y las diferencias en el desarrollo sexual (DDS), que son aproxiadamente cuarenta, orbitan todas en torno a una de esas dos funciones. El género, por su parte, es el conjunto de estereotipos sexistas que, impuesto socialmente por una estructura impersonal de instituciones (lo que llamamos patriarcado), tiende a reproducir regularmente la subordinación de las mujeres a los hombres. La orientación sexual es la atracción erótica basada en el sexo (de ahí las siglas LGB, cuyo sentido estriba en el sexo). Y la identidad de género es una noción metafísica, inverificable, similar al alma premoderna, que distrae la atención sobre malestares reales con la posibilidad irreal de haber nacido en un cuerpo equivocado.
Pero atención, porque, así como señalamos las inconsistencias teóricas, políticas y editoriales del PTS, también reconocemos su coherencia en la defensa misógina de la «ideología de género».
Hace algunos años, La Izquierda Diario publicó dos notas de Siobhan Guerrero McManus, un hombre «autopercibido» mujer, en polémica con la filósofa mexicana Laura Lecuona: «Cuando lo trans sí es transgresor» (el 19 de febrero de 2017) y «Mis encuentros y desencuentros con Laura» (seis días después). El PTS no sólo evitó publicar las intervenciones de Lecuona para que el lector pudiera considerar los argumentos de ambas posiciones, sino que las dos notas de McManus contienen hipervínculos a artículos sobre el movimiento queer, Judith Butler y las siglas LGTBI, pero ningún enlace a las intervenciones de Lecuona. De esta manera, el PTS publicó las críticas de un hombre contra la posición de una filósofa feminista y censuró a la mujer en el debate.
Tenemos dos charlas con Laura Lecuona en nuestro canal de YouTube. La segunda se tituló «Lesbianas, homosexuales e identidad de género», pues quisimos conversar con la filósofa de qué manera la «ideología de género» atenta no sólo contra los derechos de las mujeres basados en el sexo, sino también contra el libre disfrute de la orientación sexual. En su libro Cuando lo trans no es transgresor, sobre el que versó la primera charla que tuvimos con la autora, leemos:
A lo largo de este libro se ha mostrado que las lesbianas y los gais son grupos a los que la militancia de la identidad de género afecta particularmente. Como se ha visto, buena parte de los niños y niñas a los que hoy se considera infancias trans son en realidad futuros gais y lesbianas. Los testimonios del personal de la Clínica Tavistock, las experiencias de las destransicionadoras, los transtimoniales de jovencitas que están siendo heterosexualizadas por la Asociación para las Infancias Transgénero y las historias de lesbianas y gais hoy adultos lo confirman. […]
Lo confirman con sus acciones todas esas obedientes aliadas trans que, en sus malogrados intentos de entender este debate, adoptan los puntos de vista de los hombres que dicen tener una identidad de género femenina. Excluyen, porque ellas decidieron que eran discurso de odio, los de las feministas radicales y las lesbianas […] Encerradas en sus burbujas progresistas, convencidas de su superioridad moral, y sin concebir que existan opiniones distintas de las suyas, ven la transfobia en el ojo ajeno y no la lesbofobia en el propio.[6]
En la misma línea, pero desde el otro sexo, Sandra Mercado Rodríguez ofrece su testimonio de detransición, conceptualiza el problema y concluye: «Lo que se denomina “transexualidad” es terapia de conversión para homosexuales»[7].
El método de la incoherencia
¿Cómo se conjuga la oscurantista «ideología de género» con la moderna tradición ilustrada? Igual que la misoginia con el feminismo: de ninguna manera, excepto en Agrupémonos todes. ¿Y cómo pueden convivir el materialismo de Sebastiano Timpanaro con el posmodernismo de Facundo Nahuel Martín? En flagrante contradicción, excepto para Leer a Marx.
Hemos visto hasta aquí el tratamiento que el PTS le brinda a los textos, al materialismo y a las mujeres. En la segunda y última parte de esta nota veremos qué ocurre en estos dos libros con la teoría de las crisis, el problema de la conciencia y la política cultural del trotskismo.
NOTAS:
[1] Dedicamos tres notas al problema: 1, «Nuestra herramienta indispensable»; 2, «Jacobinos reformistas»; 3, «¿Cómo puede la prensa burguesa ayudarnos a pensar?».
[2] Para una crítica de la teoría del monopolio, véase nuestro comentario a la puja entre Netflix y Paramount por la compra de Warner en «CINE III: Cuando acecha el monopolio (O cómo explicar el capitalismo a partir de la maldad)». Acerca del coqueteo del FITU con el peronismo ver, por ejemplo, «Romper una lanza por los militantes y la organización (Sobre la Carta Abierta y los asesores letrados)».
[3] Felipe Martínez Marzoa, La filosofía de El Capital, Madrid, Abada Editores, 2023, pp. 13-4.
[4] La cita corresponde a la p. 27 del libro de Timpanaro (Sobre el materialismo, Buenos Aires, IPS, 2022). El párrafo que continúa inmediatamente después de la cita de Castillo dice así: «Tal acentuación del elemento pasivo de la experiencia no pretende ser, por supuesto, una teoría del conocimiento (teoría que, por lo demás, solo puede ser construida por vía experimental, en el ámbito de la fisiología del cerebro y de los órganos sensoriales, y no por vías meramente conceptuales o filosóficas); pero es la condición preliminar de cualquier teoría del conocimiento que no se contente con soluciones verbalistas e ilusorias». Este es un punto de partida consecuente con el materialismo para pensar el problema de la conciencia en general y de la conciencia política en particular, en oposición crítica las elucubraciones que buscan explicar ciertos fenómenos de la lucha de clases a partir de conceptos metafísicos como «en sí» y «para sí», que son los que usa Leer a Marx, como veremos en la segunda parte de esta nota. Reunimos algunos apuntes sobre el problema de la conciencia en «El error de Descartes». Bajo ese marco teórico escribimos «Una hipótesis demasiado optimista».
[5] Escribimos al respecto: a) «Genes van, piñas vienen: el caso Khelif, la izquierda progresista y un delirio peligroso»; b) «Cárceles queer»; c) «Cárceles queer II»; d) «La biología no es transfobia»; e) «Ser mujer no es un sentimiento»; f) «Las “infancias trans” no existen».
[6] Laura Lecuona, Cuando lo trans no es transgresor (Mentiras y peligros de la identidad de género), Barcelona, Deusto, 2025, pp. 331-3.
[7] Sandra Mercado Rodríguez, La estafa del transgenerismo (Memorias de una destransición), Polígono Santa Cruz, Tierra de Nadie Editores, 2022, pp. 101-2.




