Hemos repetido mucho –no hasta el cansancio, pues no nos cansamos de hacerlo– que una construcción política es una acción colectiva y que nos interesan los intercambios porque nos permiten mejorar nuestra militancia. Esto puede sonar a chamuyo: decir que damos importancia a los otros y, luego, negarlos (o ningunearlos) en los hechos. Pero lo cierto es que nos resultan cruciales los aportes que surgen de los encuentros, las conversaciones y debates. A tal punto, que una supuesta imprecisión semántica, fruto del decir las cosas figuradamente que tanto criticamos, nos ha sido señalada como un error.
Se trata, en principio, nada más (y nada menos) que de una cuestión de palabras: usar unas en lugar de otras. Pero las palabras importan.
Responderemos por ese «error». Ya se entenderán las comillas. Antes queremos desplegar algunas consideraciones acerca de la importancia de las palabras.
A veces la palabra ilustra, otras embrutece
Las palabras han permitido la comunicación entre los seres humanos. La exuberancia del trabajo colectivo. La acumulación de la cultura. La transmisión de leyes no naturales. Han propiciado, las palabras, nuestra inmersión en un mundo sobrenatural (construido más allá de su base natural), pleno de disfrutes y maravillas. Las palabras han permitido, también, la crueldad, la mentira y el sufrimiento extremo, naturalmente innecesario.
Las palabras son una conquista evolutiva. Su desarrollo es un proceso de adquisición permanente, que se repite generación tras generación. Hay momentos históricos en que una sociedad necesita ampliar el pensamiento y profundizar el conocimiento social, entonces el universo de las palabras se expande, incrementando su precisión y riqueza. Y hay otros momentos históricos en que la vida social, con las palabras que corresponden a esa vida, se contrae y degrada1.
Obviamente, nos hallamos en uno de estos momentos declinantes. Los resultados de las pruebas estandarizadas sobre los conocimientos adquiridos por los estudiantes en la escuela primaria causan espanto: los niños no entienden las palabras, no entienden las construcciones de palabras. No adquieren eso que se llama comprensión de texto.2
Pero, además de la comprensión de los textos, es necesario adquirir una comprensión de los contextos. Por esta segunda comprensión es que, algunas veces, nos permitimos ser más poéticos y metafóricos. O nos obligamos, otras tantas, a ser más precisos y conceptuales3.
Hemos observado las dificultades que el trotskismo y la cultura de izquierda siembran con el uso embrutecedor de ciertas palabras: «reforma laboral esclavista», «gobierno fascista», «resistencia cultural», «campo popular», «monopolios», «clase media» y otras4. El caso es que ya estábamos abocados a la escritura de una nota en esa misma dirección, alrededor de la necesaria precisión de las palabras. Así que empezaremos por ahí. Se trata de las palabras «tierra» y «robo».
El campesino y el monoambiente
La palabra tierra es, en sí misma, portadora de significados muy diferentes. La usamos para nombrar el planeta, la mugre, ese sustrato en el que crecen las plantas, ese mismo sustrato pero usado para sepultar a los muertos y, al contrario, como lugar habitable, lugar donde se puede vivir.
En general, el contexto impide la confusión de un uso con otro: «Barrer la tierra debajo de la alfombra» no deja dudas; «Viajar de la tierra a la luna», tampoco; «Está bajo tierra», menos. Pero, en el campo de la acción política, las consignas que incluyen la palabra tierra unen, a veces, dos cosas que pertenecen a órdenes muy distintos, introduciendo cierta confusión en las estrategias a seguir. Veamos.
Existe la tierra asociada a los campesinos o al trabajo rural, la tierra como medio de subsistencia, como posibilidad de generar riqueza o de reproducir la propia vida. Y existe, además, la tierra como plataforma sobre la que se edifican las urbes, es decir, la tierra como nombre impreciso para el problema inmobiliario: un problema que le implica al obrero citadino un costo, que es el de la habitación, el de la vivienda. En el primer caso, la relación con la tierra define, antes que nada, la existencia o no de clases sociales diferentes. En el segundo caso no es así.
En el mundo agrario tener tierra define al poseedor como campesino, burgués o pequeño burgués agrario. No poseer tierra, como obrero rural. En el mundo urbano, tener o no tener tierra, o sea propiedad inmobiliaria, no define la pertenencia de clase (aunque define mucho en relación a las condiciones de vida inmediatas y al carácter de las demandas de un trabajador, según sea o no propietario de una vivienda5). De ahí que nos llame la atención que se confundan estos problemas en libros escritos y editados por la izquierda trotskista. Porque esta confusión niega la amplitud y persistencia de la clase trabajadora al encontrar problemas campesinos en demasiados lugares. Matías Maiello, en De la movilización a la revolución, expone:
Esta búsqueda de «armonizar» diversas reivindicaciones y formas de lucha, tiene mayores fundamentos incluso en la actualidad que hace un siglo, producto de la mayor conexión y entrelazamiento de los diferentes sectores a los que aludía Trotsky en aquel entonces.
Los movimientos campesinos han estrechado sus vínculos con las ciudades –como puede verse, por ejemplo, en la India–. A su vez, el proceso de urbanización trasladó en buena medida el problema de la tierra a las ciudades con la proliferación de los slums (villas miserias, favelas), desarrollando movimientos por la vivienda que están conformados en muchos casos por trabajadores asalariados o desocupados.6
El uso impreciso, que en el texto expresa la confusión lógica del autor (y del partido en el que milita), traslada «en buena medida el problema de la tierra a las ciudades», de manera que la tierra como medio de producción y reproducción se transforma, en ese «traslado», en la tierra como gasto de reproducción. Decimos que no es un capricho semántico o un error de tipeo, sino la base de una confusión múltiple: confundir proletarios rurales con campesinos, confundir la vivienda con la tierra de cultivo.
¿Qué importancia tiene este señalamiento? Que el programa, la estrategia y las consignas basadas en confusiones de análisis de la realidad como ésas no pueden prosperar con consistencia. Se trata de la misma crítica que le dirigimos al Programa de Transición: su diagnóstico equivocado engendra una política impotente (ya van 90 años de su aplicación infructuosa).
El saqueo Mongol y la legalidad burguesa
El otro problema sobre el que hemos intentado enfatizar de diferentes maneras es que, para los marxistas, la explotación no es un robo. En primer lugar, porque el robo está definido por el Código Penal argentino: es delito que comete quien se apodera ilegítimamente de una cosa mueble, total o parcialmente ajena, utilizando fuerza en las cosas o violencia física en las personas. En México se define como el acto de apoderarse de una cosa ajena mueble, sin derecho y sin el consentimiento de la persona que pueda disponer de ella conforme a la ley. En Brasil, sustraer un bien mueble ajeno utilizando violencia física, amenaza grave (intimidación) o dejando a la víctima imposibilitada de defenderse. Siempre un bien, siempre un cambio de la propiedad, siempre forzadamente.
No introducimos estos ejemplos para rendirnos ante el derecho burgués. Lo hacemos para mostrar que hay características profundamente antagónicas entre el robo y la explotación.
El robo, el saqueo y toda una serie de sinónimos se refieren, en general, a un acto violento, que no perdura en el tiempo y es referido a cosas. En cambio, la explotación se refiere a un acto permanente, referido al tiempo de trabajo por el cual se produce la riqueza en el sistema capitalista. La diferencia no es menor. La explotación es un acto legal y recurrente que exige, además, condiciones materiales (una canasta básica de consumos) que le permitan al portador de ese tiempo de trabajo volver a entregar esa fracción que no será pagada, el plusvalor.
En las sociedades previas al capitalismo, la expropiación de excedente se realizaba de manera directa, según cierta proporción de los productos del trabajo. En el capitalismo, en cambio, sucede a través de una proporción del tiempo de trabajo. Las mafias, dentro del capitalismo, operan a la manera precapitalista: exigen tributo, tasa, mensualidad. Como el diezmo eclesiástico y las estafas piramidales. Dependen de que los expoliados continúen con sus trabajos y negocios para poder reclamarles, luego, una parte. Esto es lo que percibieron, muy tempranamente, los esteparios mongoles: en lugar de saquear, se instalaban como dinastías en China, India, Persia.
De esta manera se puede delimitar un acto individual que, siendo condenable, no explica el funcionamiento social. No es lo mismo que nos metan caño en la parada del bondi para afanarnos el celular, que hacernos explotar bajo un patrón para obtener el ingreso que nos permite comprar un celular. Utilizar en las consignas la palabra «robo» (o «saqueo», que es lo mismo) para hablar de «explotación» entorpece comprender cómo funciona el sistema capitalista. El robo es individual, mientras que la extracción de plusvalor es social: una clase explota a la otra.
La explotación implica un complejo funcionamiento social que no es, en principio, aceptado con la resignación de quien entrega el celular a un chorro para no perder la vida. Es aceptado como el único modo de vivir conocido. Rechazarlo exige la lucha no sólo contra éste o aquél problema puntual del sistema, sino contra el persistente, organizado y regular modo de existencia del capitalismo, su explotación y anarquía.
Claro que hay casos híbridos. Cristina Fernández es burguesa y ladrona. Son dos cualidades distintas. Burguesa porque el peronismo es un partido que defiende los intereses de la clase explotadora. Burguesa también porque es propietaria de hoteles y otras empresas que acumulan plusvalor del trabajo obrero. Y ladrona porque se apropió de dinero que estaba destinado a la obra pública (es decir, a mejorar la vida cotidiana de los trabajadores, de manera que el carácter delictivo de este tipo de robos asciende, políticamente, al de crimen social).
Justamente, si los militantes atendemos a la precisión de las palabras podemos ser claros y tajantes en nuestras posiciones políticas. Desde esas definiciones que apuntamos, ¿qué militante socialista podría defender a Cristina Fernández?
En cambio, cuando hay confusión y poesía en lugar de precisión y concepto, «cualquier cosa puede pasar».
Error escrito y error leído
Las figuras y las metáforas son muy útiles cuando su tarea es exaltar y enfervorizar, cuando apuntamos a la sensibilidad de otros trabajadores y su acción. Pero la mayor parte de los intercambios a los que nos referimos –y de los que participamos– se da entre compañeros en busca de aquello que el marxismo tiene que hacer ahora, ya, para volver a instalarse en la cabeza de amplias capas de trabajadores. La mayor parte de estos intercambios se dan en el terreno de la propaganda (muchas ideas para pocos), no en el de la agitación (pocas ideas para muchos)7.
Digámoslo de otra manera.
Si no está en nuestras manos, hoy, provocar la crisis y, sobre todo, su probable consecuencia: la movilización; si no podemos impulsar a nuestro arbitrio, hoy, ese movimiento de masas; entonces es indispensable que hagamos algo que sí está a nuestro alcance: precisar los términos de lo que proponemos. ¿Para qué? Para obtener dos cosas: claridad conceptual y delimitación política.
Es nuestra obligación brindar al resto de los trabajadores ideas nítidas acerca del socialismo y delimitaciones tajantes con respecto a la burguesía y sus partidos. Pero si no podemos hacer esto entre los pocos compañeros que intervenimos en los debates, ¿cómo vamos a hacerlo con trabajadores que no vienen pensando y discutiendo estos problemas?
Aquí llegamos al punto en que acusamos recibo de un señalamiento. El punto en que intentaremos corregir un «error» que cometimos. Se trata de algo que nos ha sido cuestionado en el ida y vuelta del debate que suscitó una encuesta electoral, a propósito de lo que debería hacer la izquierda en los próximos meses rumbo a las elecciones de 2027. Nos han señalado incorrecto especular que el FITU «se convierta en colectora de votos para el peronismo». La letra de nuestro texto, publicada en «Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen» y reproducida en «Romper una lanza por los militantes y la organización», dice lo siguiente:
Vistas así las cosas, la pregunta no es si Myriam Bregman puede construir una fuerte candidatura presidencial capaz de convocar a toda la izquierda. La pregunta es si esa candidatura presidencial puede no ser una colectora para «el compañero Axel», como lo llamó la propia Myriam.
Si «colectora» se entiende en sentido literal, «hacer un frente con» o «ir en la boleta de» el peronismo, entonces nos equivocamos. El FITU es un frente electoral independiente del peronismo, al menos desde el punto de vista organizativo: presenta candidatos propios allí donde puede. Sus militantes, además, no son agentes de la burguesía. Llevan adelante una política que consideramos muy cuestionable, que no es lo mismo.
En suma, podríamos saldar el asunto de un plumazo con esta afirmación: Nunca escribimos que el FITU es una colectora del peronismo. Sin embargo, como pensamos que ningún esfuerzo en busca de claridad es excesivo, queremos aclarar incluso lo que no escribimos pero fue leído. Porque, como dijimos al comienzo, la comprensión de un texto implica a veces (como en este caso) la comprensión del contexto.
Las intenciones y los hechos
En el sistema electoral argentino para las presidenciales, la elección en las generales es, además, el anuncio de una segunda opción en el balotaje. Los dos candidatos más votados en las generales conformarán el dúo de opciones en el balotaje. Esto es una obviedad pero es una obviedad relevante para leer lo que sigue.
A nuestro juicio, el conjunto de acciones que realiza el trotskismo para mantener la independencia respecto de los partidos burgueses no es homogéneo. Estas acciones no expresan igual rechazo o distancia con respecto a la burguesía de conjunto y su personal político. El FITU, digámoslo así, presenta una independencia que varía en grado, tamaño, efervescencia y radicalidad, según a qué fracción de la burguesía y sus representantes se refiera. Furiosa e inequívoca cuando se trata de los candidatos que el trotskismo llama «de la derecha»8, condicionada y eventual cuando se trata de los candidatos peronistas.
Esa diferencia, esa distinción permanente, tiene como resultado objetivo –incluso en contra de los pronunciamientos de los propios dirigentes del FITU– el voto al peronismo en las situaciones de balotaje o similares. Algo que es perfectamente comprensible y natural: que el voto al peronismo no sea «lo óptimo», «lo ideal», pero sea mejor que el voto a «la derecha» es exactamente lo que razona la gran mayoría de los votantes peronistas. A tal punto que expresiones como «votar con la nariz tapada» o «tragarse sapos» son tópicas en la aceptación de candidatos vomitivos pero «menos malos». También expresiones más sofisticadas, que no por infrecuentes son menos hijas de ese razonamiento, como cuando Horacio González, siendo director de la Biblioteca Nacional, habló de votar «desgarrados y con cara larga» al dirigente burgués Daniel Scioli, que hoy integra el gabinete de Milei9.
Veamos, si no, el movimiento de los votos en la última elección presidencial, 2023, cuando millones de trabajadores dejaron de votar al peronismo.
La candidatura de Myriam Bregman, por el FITU, obtuvo en las generales 722.061 votos. Entre esa instancia y el balotaje, los votos válidos totales disminuyeron en 638.354 (que correspondieron a 602.320 ausentes + 36.034 nulos y en blanco).
De manera que, aun suponiendo que todos los ausentes, impugnadores y votantes en blanco en el balotaje, sumados, hayan sido votantes del FITU en las generales (y que ninguno, ni uno solo, haya salido de los 8.181.091 votos que obtuvieron Bullrich y Schiaretti), aun bajo esa hipótesis poco realista, el número de votantes del FITU no equivale al voto de rechazo a la burguesía y sus partidos.
¿Hacia dónde migró gran parte de esos votantes que, en primera instancia, había apoyado la opción «socialista»? Conjeturamos que hacia el candidato al que Myriam Bregman sí saludaba amablemente, al contrario del candidato al que le negaba el saludo. Pero, además de esa conjetura que corre por nuestra cuenta, están al alcance de un click los malabares y sinuosidades para no rechazar el voto a Massa. E, incluso, ahí está el apoyo explícito de Izquierda Socialista al candidato del peronismo en el balotaje10. Este llamado de uno de los cuatro partidos trotskistas del FITU a votar por el partido del orden burgués en Argentina no provocó la inmediata expulsión de ese partido del frente electoral. En otras palabras: el FITU puede tolerar que un partido de la coalición «de izquierda y de los trabajadores» llame a votar por el principal enemigo de la clase trabajadora. Esto no es una especulación sino un hecho: el FITU admite esta diferencia política, a la vez que no admite diferencias más insignificantes en el plano de lo gremial (donde los frentes electorales entre trotskistas se hacen y deshacen constantemente, entre insultos, chicanas y graves acusaciones cruzadas)11.
Por eso no vemos que un eventual aumento en la cosecha de votos del FITU exprese un efectivo rechazo al sistema capitalista, la clase burguesa y sus partidos. Pensamos que eso expresará, a lo sumo, un rechazo al «lado malo de la historia» (libertarios y neoliberales) en convivencia con una «valoración más positiva» del peronismo. El solo hecho de que el FITU, en medio del escándalo de corrupción que gira en torno a Manuel Adorni, no pueda levantar la demanda «TODOS LOS CHORROS PRESOS» para no afectar a una pandilla de maleantes peronistas, es un índice revelador para pensar qué votos se consiguen con la política que desde el trotskismo se nos llama a apoyar12.
En suma, si lo que crece es la imagen de un anti-liberalismo honesto y combativo, esa no es la imagen de la independencia de clase y el socialismo. Es la silueta del peronismo soñadamente utópico de sus «desgarrados» votantes.
Presentada así la candidatura de izquierda, como la vanguardia de la lucha contra la proscripción de Cristina y no de la independencia de ella y de cualquier otro burgués, es muy difícil que esa simpatía no pavimente el camino de retorno a la matriz de esa imagen, hacia el campo popular, hacia el peronismo bueno.
O, simplemente, al menos malo que Milei.
NOTAS:
1 Entre los problemas que tenemos pendiente tratar en alguna charla o artículo está el llamado «lenguaje inclusivo», un fenómeno que indica, a nuestro juicio, cómo la degradación educativa puede combinarse con el capricho de los universitarios progresistas. Mientras nos hacemos del tiempo y la energía para elaborar nuestra crítica al respecto, compartimos este análisis que consideramos adecuado: el de María Victoria Escandell-Vidal, catedrática de lingüística en Universidad Complutense de Madrid, titulado «En torno al género incluisvo».
2 Sobre la degradación educativa hemos escrito varias notas. Por ejemplo: a) «Mad Max: La educación argentina antes del Váucher»; b) «Me escaneé el ojo y le puse todo al rojo (Apuestas online y degradación educativa)»; c) «Ludditas digitales, 1: Pantallas y degradación educativa». Acerca de las pruebas estandarizadas y la negación del trotskismo para usarlas, escribimos: «Ademys y la interpretación: Qué hacemos con las evaluaciones externas».
3 Sobre la distinción entre metáfora y concepto escribimos en «El Conde: una película chilena y una metáfora universal» y en «La seducción literaria, 2: Confundir satisfacciones culturales con tareas políticas».
4 Es difícil decidir a qué razones atribuir el uso de ciertas palabras por parte del trotskismo. «Fábrica militante sin patrones», por ejemplo, cuando el PTS habla de la fábrica Zanón. ¿Qué se intenta decir al resto de los trabajadores con ese uso de las palabras? ¿Que para el funcionamiento del sistema capitalista el contenido «militante» o no de una fábrica es algo atendible? ¿Que «el patrón» que rige ese funcionamiento es una persona que ostenta ese título, en vez una persona que personifica las leyes de productividad, acumulación y, competencia (ahora personificadas por una cooperativa)? Estos interrogantes no tienen cabida en el libro de Myriam Bregman, Zurda (Apuntes la resignación, la mansedumbre y el conformismo), en cuyo capítulo dedicado a Zanón no hay un solo dato del nivel productividad, salarios o condiciones laborales, sino un listado exhaustivo de las bandas de rock que tocaron en festivales realizados en la fábrica.
5 Para no mencionar el caso de los trabajadores que, además de un salario o jubilación (que es un salario diferido), reciben ingresos por rentas. Establecimos este tipo de casos en «La estructura de clases: ¿por qué el trotskismo denomina “clase media” a un enorme sector de la clase trabajadora?».
6 Matías Maiello, De la movilización a la revolución (Debates sobre la perspectiva socialista en el siglo XX), CABA, Ediciones IPS, 2022, pp. 56-7.
7 Criticamos el recurso permanente a la agitación en «Contra la cultura de izquierda. Por una militancia socialista».
8 Otro obstáculo sembrado por la imprecisión de las palabras. Véase al respecto, por ejemplo, «Es el capitalismo, no “la derecha”».
9 Invitamos a leer «Scioli da cátedra: peronista, libertario y docente».
10 Por ese entonces nos preguntábamos: «Ante el balotaje, ¿eterno resplandor de una mente sin recuerdos?».
11 A este respecto puede leerse: «Divergencia gremial con unidad política: la fórmula trotskista de la impotencia estratégica» y «1° de Mayo: fácil y difícil». También «Como institutriz inglesa: debate sobre el sindicalismo de izquierda».
12 Sobre la coherencia de esta política trotskista (fueros de De Vido, caso $Libra, Ficha Limpia…) escribimos «Otra oportunidad perdida (El trotskismo, ese Pierre Nodyuna de la izquierda)».




