16 de octubre, Teatro Metro (La Plata). Sala colmada. Se escuchan cantitos de apertura: “Oh, vamos a volver” y “Traigan al gorila de Milei / para que vea / que este pueblo no cambia de idea, / lleva la bandera de Evita y Perón”. Sobre el escenario, un panel integrado por Julio Alak (intendente peronista de La Plata), Axel Kicillof (gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires), Alejandro Bercovich (autor principal del libro que se está por presentar y declarado votante del FITU) y Jorge Taiana (excanciller peronista y, en ese momento, primer candidato peronista para diputado). En primera fila, Itaí Hagman, por entonces candidato peronista a la legislatura en CABA. Y, señalado por Bercovich como “gran responsable” del evento, Cristian Girard, director ejecutivo de ARBA, la agencia de recaudación de la provincia.
Todo parece indicar que se trata de un acto de campaña. Sin embargo, al peronismo y al progresismo los indicadores observables les importan un bledo[1]. En el minuto 46:44, Kicillof asegura: “Esto no es ni un acto de campaña ni un acto político tradicional, tampoco es una clase; es una presentación de un libro”. Dos exactos minutos después, elogió la gestión de Alak (en torno al parque de diversiones República de los Niños, no de la vida cotidiana de los niños en La Plata), señaló en qué lugar de la boleta única se encontraba Taiana y nombró a Hagman para que se pusiera de pie y lo aplaudieran como candidato en CABA. Ni hablemos de las precedentes intervenciones de Alak y Taiana, con referencias al 17 de octubre, citas del canon nac&pop (“Alpargatas sí, libros no”) y atribuciones delirantes a las efemérides como parte del folclore anti-intelectual y anti-científico que caracteriza al peronismo[2].
Pero no fue un acto de campaña, según Kicillof. No lo desmintió Bercovich, que vive de ofertar su palabra y opinión como mercancía confiable. Y es que no importa lo que se hace. Importa lo que se dice que se hace. Este privilegio del discurso por sobre los hechos es una característica saliente del peronismo, el progresismo y el trotskismo en esta época: “el gobierno de Milei es fascista”, no importa que la fuerza política argentina históricamente fascistoide haya sido y siga siendo el peronismo; “el gobierno de Milei es el más represivo de la historia”, no importa que tenga menos muertos y desaparecidos (hasta ahora, cero) que los gobiernos peronistas; “el gobierno de Milei es negacionista por sus dichos”, no importa que el peronismo lo sea por sus hechos, su historia y sus medidas políticas[3]. Y así.
Ese “giro lingüístico” (que valora las palabras por encima de las cosas) completa el individualismo liberal con un “giro sentimentalista”: lo que siente un individuo está por encima de lo que sucede en la realidad, o sea, se vuelve más real el sentir subjetivo e individual que el hecho objetivo y común. Hemos escrito bastante al respecto, principalmente en torno al borrado de las mujeres como sujeto político del feminismo[4]. Por este camino, Alejandro Bercovich, economista egresado de la UBA y compilador del libro en cuestión, nos entrega desde el Teatro Metro de La Plata esta pieza de literatura fantástica:
A los dueños les calzó el programa de ajuste, en tanto acreedores, y les calzó el programa subdesarrollista, a nivel productivo, en tanto renunciaron a encabezar ellos mismos un proyecto de desarrollo local que los tenga como orientadores, que los tenga como principales beneficiarios. Claro, si Paolo Rocca se siguiera sintiendo siderúrgico, si se siguiera sintiendo, ante todo, un fabricante de acero, a él le convendría mucho más que los argentinos ganáramos buenos sueldos para que compráramos más autos, más lavarropas, más heladeras, más tostadoras… Pero en algún momento de esta última década, el heredero de uno de los clanes industriales más importantes de la Argentina, los Rocca, empezó a sentirse más petrolero que productor de acero. Y al petrolero que produce para la exportación […] no le importa tanto que los argentinos ganemos bien. Y cuando el empresario deja de ver en su empleado un potencial cliente pierde de vista la importancia del mercado interno y empieza a desdeñar la lógica que puede tener un capitalismo dinámico en nuestras latitudes.
Ahí están comprimidos los rasgos políticos y teóricos que nos enfrentan a la posición de un libro como El país que quieren los dueños: nacionalismo burgués, concepción subjetivista del funcionamiento del capital, individualismo epistemológico, caracterización anacrónica de las cadenas de valor, desprecio por la clase obrera, sentimentalismo identitario. En fin, peronismo.
Veamos qué dice este libro, llamativamente no editado por una pyme sino por los multinacionales dueños del Grupo Planeta.
“¡Sean nacionalistas!”
“¿Con qué país sueñan los dueños de la Argentina?”, pregunta Bercovich en la introducción del libro. “¿Es una idea de desarrollo nacional autónomo o apenas un plan de negocios subordinado a intereses extranjeros?” (p. 9) Todo el libro intenta demostrar que esa idea ha sido y es lo segundo. Pero, a la vez, quiere convencer a “los dueños” (el irrisorio lector esperado por los autores) de la necesidad, para el futuro, de tomar lo primero como proyecto de país.
De entrada, este libro explicita su anhelo de que “los dueños” asuman un rol de burguesía nacional comprometida con los intereses del conjunto de la población argentina. Así, Gustavo García Zanotti argumenta que la economía argentina no crece porque la burguesía “se la fuga al exterior” en lugar de invertir acá (pp. 67, 80-1). Cecilia Rikap, en su ensayo sobre las apps y “unicornios”, denuncia que “Galperín sólo emprende para Galperín” (p. 124), que las principales empresas tecnológicas del país “no son campeonas nacionales” (p. 130) y que no son “motivo de orgullo nacional” (p. 134). Juan Odisio establece una periodización, que abarca más de un siglo, según la cual “se observa una tensión permanente entre las necesidades del desarrollo económico nacional y los intereses inmediatos de los sectores más poderosos” (p. 169), como si hubiera una burguesía nacional querendona e impotente (o a la que le impiden, desde afuera, el crecimiento). Lara Bersten sostiene que el desarrollo de Vaca Muerta “permitiría al Estado argentino superar la restricción externa que históricamente la ha caracterizado” (p. 200), pero Milei habría ofrecido tantas concesiones que los burgueses “desconfían” (pp. 173, 195-201) y por eso no invierten.
En el acto de campaña que citamos al comienzo, el gobernador Kicillof sintetizó la apuesta de estos ensayos en un pedido, exhortación o una súplica (cada uno sabrá interpretar), dirigido a los burgueses argentinos. Dejó el llamado para el épico final de su discurso en el Teatro Metro: “¡Sean nacionalistas!”. El mandato se ajusta adecuadamente a la obra en cuestión: “La gran renuncia” que titula el primer capítulo de El país que quieren los dueños, firmado por Bercovich, es “la renuncia de los patrones a acaudillar la industrialización del país” (p. 47; también en la introducción: p. 16)[5].

Todo el libro que estamos reseñando promueve la alianza de clases. Muy por el contrario, nosotros pensamos en consonancia con las conclusiones de otro libro, también recientemente publicado, sobre la burguesía industrial argentina durante el mismo período que toma el compilado de Bercovich: Capital industrial y representación orgánica (La acción política de la UIA en la posconvertibilidad), de Cristian Caracoche. En esta obra leemos:
Al ratificar que los intereses de la burguesía industrial se presentan en clara oposición a los de la clase trabajadora, también podemos afirmar que, dada la lógica general que opera en el capitalismo, cualquier alianza política entre ambos grupos sociales no puede traer consigo más que penurias para el proletariado.[6]
Por esta razón, los llamados a la unidad nacional son lo contrario del socialismo. La unidad del “campo popular” es contraria a la unidad de la clase trabajadora. La consigna “patria o colonia” esconde la contradicción fundamental de la sociedad capitalista entre capital y trabajo, burguesía y proletariado, explotadores y explotados. Los intereses materiales en juego son antagónicos e irreconciliables.
Estado neutral
“Este libro propone un debate pendiente para una democracia que nunca supo, nunca pudo o nunca quiso discutir el rol de la élite empresarial” (p. 10), escribe Bercovich. Todo discurso que habla de “democracia” sin hablar de capitalismo enmascara, detrás de un régimen de gobierno (en este caso, la democracia burguesa), cómo se organiza la producción social[7]. A su vez, la categoría “élite empresarial” se utiliza para eludir hablar de la burguesía como clase explotadora: una élite empresarial no son todos los empresarios, sino únicamente los antipáticos. Pero antes de desplegar estas categorías, zanjemos cuál es su principal función: persuadirnos de que el Estado es neutral y de que, en virtud de esa neutralidad, cuando gobierna una fuerza “nacional y popular”, la “élite” se opone al Estado, aun al punto de darle “guerra”.
¿Guerra? Sí, guerra entre el Estado y la élite. Bercovich insiste tanto con la idea que no deja página sin enfrentamiento: “relación del gran capital con el poder político-estatal” (p. 10), “guerra abierta que estalló entre el establishment corporativo y el kirchnerismo” (p. 11), “Hasta qué punto es capaz de incidir la democracia sobre el rumbo productivo del país y su patrón de acumulación” (p. 12), “pulseada entre Estado y capital” (p. 13), “disputa entre Estado y capital” (p. 15) y el remate del primer capítulo:
La guerra entre el Estado y el gran capital se libra en todo el mundo, con todo tipo de armas. Acá la élite se enamoró de una: la motosierra. (p. 53)
Ahí apareció una precisión acerca de la categoría “élite empresarial”: el gran capital. Pero no como fracción más concentrada de la clase explotadora, sino como conjunto de empresarios moralmente ruines, codiciosos por voluntad personal (no por necesidad de la competencia), egoístas que abominan del gesto solidario y altruista que consistiría en compartir, entre sus explotados compatriotas, el plusvalor que atesoran (para Bercovich, los “dueños” prefieren amarrocar en vez de acumular) con suma crueldad e imperdonable falta de empatía. Nada que ver con los otros dueños, los dueños compañeros, los explotadores copados, los buenos patrones…
los dueños de una fábrica, de un comercio, empresarios pyme que la están luchando muchas veces al lado de sus empleados, con temor de que su empresa tenga que cerrar porque, no sé, una tasa del descubierto del 150% o un préstamo de capital de trabajo del 100% les dio vuelta el balance…[8]
Para Bercovich los individuos se alzan por sobre la relación social predominante (capital y trabajo), entonces lo que importa es qué sienten, cuál es su identidad, si “la están luchando” o no “al lado de sus empleados”… En El país que quieren los dueños no hay personificaciones sino sólo personas singulares. Por supuesto que también se trata de personas, pero Bercovich parece no ver que, a la vez, cumplen funciones de representación de intereses objetivos de clase[9].
Esta concepción subjetivista del modo en que la burguesía toma decisiones se articula con una concepción del Estado burgués como instrumento sin finalidad, como herramienta que sirve a cualquier plan, maquinaria que anda según la voluntad del conductor. Esta idea del Estado como forma sin contenido es la preferida por la clase que nos explota. Porque, en el sistema capitalista, el Estado es burgués. No es “nuestro” ni “todos somos el Estado” ni es un “árbitro que se alza por encima de las contradicciones de clase”. La naturaleza del Estado capitalista es burguesa, su función consiste en garantizar las condiciones de acumulación para el conjunto de la burguesía[10]. Valorizar valor: esa es la finalidad del sistema y el Estado existe para velar por su cumplimiento. Manda el flujo de capital, no el Estado.
El mismísimo Bercovich cita, en la p. 26, la célebre y sintética caracterización marxista del Estado que figura en el Manifiesto Comunista: “el poder ejecutivo del Estado moderno no es sino un comité para la gestión de los asuntos comunes de la burguesía en su conjunto”[11]. Sin embargo, asombrosamente, Bercovich no lee allí lo que cita (el carácter incorregiblemente burgués del Estado capitalista), sino una “puja intraburguesa… en torno al Estado… A su tamaño, sus atribuciones y su rol político” (p. 26), al punto de “definir a qué país se le hacía la guerra y con cuál se tejían alianzas” (p. 26). Por eso anota:
Milei hace explícita como nunca esa contienda [entre Estado y capital] y también su posición, abiertamente del lado del capital… Su “desprecio infinito por el Estado” es un grito de guerra de los patrones en general” (p. 12)
¿Cómo “de los patrones en general”? ¿No era sólo “la élite empresarial”? ¿Ahora se incluye también al abnegado patrón de una pyme patriota? ¿Y a los dueños del Grupo Planeta? Dejemos estas preguntas de lado. Nos interesa otra cosa: la incapacidad de Bercovich para leer la letra del panfleto de Marx y Engels que él mismo transcribe no reside en la falta de educación, sino en un obstáculo epistemológico (y afectivo): su progresismo peronista.
Progresismo peronista
Dos lugares comunes del progresismo peronista pueblan las páginas de El país que quieren los dueños: la omisión del gobierno Perón-Perón de 1973-1976 y la omisión de los dos gobiernos peronistas de 1989-1999. El Rodrigazo, la Triple A, el Plan Cóndor, los 1.500 muertos en las calles, etc., son borrados con el relato de que todo comenzó el 24 de marzo del 76: “un aparato productivo todavía condicionado por las secuelas de una dictadura que la misma clase dominante apoyó decididamente” (pp. 10 y 25). Y el peronismo no gobernó entre el 89 y el 99: fueron “los años noventa”, “el neoliberalismo” o, a lo sumo, “el menemismo”.

Eso nos trae otro aspecto saliente en la retórica de El país que quieren los dueños: Milei es ubicuo en el libro, el peronismo no. Curioso para un conjunto de ensayos de amplio recorrido histórico. “El mayor ajuste de la historia de la humanidad” es atribuido (sin comillas) a Milei (p. 31), mientras que “la devaluación salarial de 2001-2002” (p. 11) es anónima. Cuando Bercovich declara qué justifica este libro, todo adquiere mayor nitidez:
Ya hay suficientes libros sobre Milei y por qué ganó. Es hora de preguntarnos para quiénes gobierna y hacia dónde quieren ir ellos. (p. 18)
¿Importa recién ahora para quiénes gobiernan los que gobiernan? ¿Antes de 2023 no era hora de preguntarnos por el rumbo de “los dueños”? Este es otro lugar común del progresismo peronista: cuando el peronismo gana las elecciones, el pueblo votó “bien”, “responsablemente”, “con conciencia” y “no es el gobierno que los dueños quieren”; en cambio, cuando las gana una fuerza no peronista, el pueblo es facho, estúpido o fue engañado (para el caso, da lo mismo) y “es el gobierno de los CEOs” o “el gabinete del JP Morgan”[12].
Milei se alojó en un hotel del grupo Elsztain, nos cuenta el libro (p. 85) y Bercovich lo repite cada vez que tiene un micrófono abierto. Pero no se menciona ni una sola vez que Cristina Fernández es una burguesa hotelera, como Elsztain. En su ensayo sobre los paraísos fiscales, García Zanotti intenta ilustrar las “prácticas monopólicas” con el Grupo Clarín y la “fusión con Cablevisión a finales de 2017” (p. 88) sin decir que Néstor Kirchner, en 2007, autorizó la fusión de Cablevisión y Multicanal. Con la misma deshonestidad intelectual, Cecilia Rikap observa que las empresas tecnológicas “se han acogido a los beneficios de la Ley de Economía del Conocimiento” (p. 133), promulgada durante el gobierno de Macri (con aprobación peronista en el Congreso, pero esto tampoco se dice), omitiendo informar al lector que se trata de una actualización de la Ley de Promoción de la Industria del Software (2004), promovida por Néstor Kirchner y prorrogada dos veces por Cristina. El capítulo sobre Vaca Muerta, a cargo de Lara Bersten, dedica buena parte de sus páginas al sector de hidrocarburos, con el eje puesto en YPF, desde mediados de los años 70 hasta el presente: no hay una sola mención a los Eskenazi y el grupo Petersen[13].
Estos ejemplos prueban la deshonestidad intelectual, la mala fe, de un grupo de autores guiados por el afán proselitista de que el peronismo gobierne. Oh, vamos a volver…
Otro recurso retórico: para no responsabilizar al peronismo, Bercovich multiplica los apellidismos hasta el ridículo. En la p. 34 leemos:
Durante décadas, esas laberínticas oficinas de Honduras y Bonpland [las de Eduardo Eurnekián] albergaron a antiguos y futuros altos funcionarios de todos los colores políticos. La frepasista y luego albertista Vilma Ibarra, los peronistas Rafael Bielsa y Eduardo Valdés y los mileístas Guillermo Francos y Nicolás Posse son sólo algunos.
Y doce páginas antes, en el mismo capítulo:
Rocca se fotografió sonriente con Guillermo Francos y pidió un aplauso para el flamante ministro del Interior, un antiguo referente cavallista que conoció a Milei en la Corporación América de Eduardo Eurnekián y que representó al país ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) durante casi todo el gobierno del Frente de Todos gracias a su amistad con el también cavallista Gustavo Beliz.
No gobernaba el peronismo, gobernaba el Frente de Todos. Francos no era peronista, era amigo de Béliz. Béliz tampoco era peronista, era cavallista. Francos incluso es mileísta, además de cavallista, pero no peronista. Bielsa y Valdés sí, ellos sí son peronistas. ¿Nicolás Posse? Mileísta, bien Berco. Pero Vilma Ibarra no, ella es frepasista y albertista, ni siquiera calificó para “frentedetodista”.
Esta clasificación políticamente escurridiza, donde cualquier nombre propio puede flexionar en un “ismo”, no sólo es cuestionable por el simple hecho de haberse negado a la colaboración del razonamiento. Para los socialistas, esta clasificación confunde y opaca lo único que importa: ¿qué intereses de clase representa ese personal político: los intereses de la clase explotadora o los de la clase explotada?
Lo mismo podemos decir con relación a las listas de apellidos y grupos concentrados, los villanos del relato, que no incluyen al mencionado grupo Petersen ni a Electroingeniería, como tampoco a Franco Macri o el multimedios Octubre. Esta memoria selectiva nos regaló una piedra preciosa en ese yacimiento de citas antológicas que fue la presentación del libro en el Teatro Metro de La Plata. En el minuto 1:27:10, Kicillof se detuvo a observar que “Milei está destruyendo al turismo”. Durante varios minutos denunció la situación y, a pesar de la insistencia en “nombrar a los responsables”, ni el gobernador ni el periodista se acordaron del actual Secretario de Turismo, Ambiente y Deportes: el ex vicepresidente de Néstor Kirchner, dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires, candidato a presidente por el peronismo en 2015, embajador en Brasil durante el gobierno de Alberto y Cristina, el ex motonauta Daniel “Pichichi” Scioli.
Para colmo, en el minuto 1:58:40, Kicillof se indigna: “Malvendieron las empresas argentinas en los 90, las fundieron, las vaciaron, las liquidaron y después tuvo que venir un gobierno peronista a recuperarlas y a ponerlas a funcionar de nuevo”. ¿No gobernó el peronismo entre 1989 y 1999? Cinco elecciones seguidas ganó Menem. ¿Las ganó sin la CGT, los gobernadores, el PJ, los sectores de la Iglesia y los movimientos sociales que integran el partido del orden burgués en Argentina?
El peronismo tiene que torturar la historia para negar lo evidente: los gobiernos no deciden el flujo del capital. El flujo del capital decide qué gobiernos necesita. No importa la ideología, no importa el discurso, no importan los sentimientos. Importa la estructura social de acumulación. No es personal. Son sólo negocios.
Deficiencia teórica
El mayor desacuerdo que tenemos con la posición del libro es su intelección del sistema capitalista. Bercovich adscribe a la teoría de la dependencia (pp. 53-4) y esto implica pensar que las economías de los países subordinados (o dominados) están condicionadas y dependen de las economías del centro en un grado tal que les imposibilita tener un desarrollo capitalista dinámico, con fuerza propia[14]. Por eso El país que quieren los dueños no está en contra del capital, sino en contra de la injerencia del capital extranjero en los asuntos de la burguesía argentina. Los capítulos de Bercovich y Rikap son los más nítidos en ese enfoque.
Asimismo, la tesis de Lenin del dominio del monopolio[15] juega un rol clave aplicada al nacionalismo: “Salvo honrosas excepciones”, dice Bercovich, “el empresariado argentino no condena a los monopolios ajenos sino que los envidia” (p. 37). También aplicada a lo financiero: las “guaridas fiscales”, el capítulo de García Zanotti, donde se afirma “Desde ya, la apuesta del mundo de las apps consiste en convertirse en monopolio para de esa forma cobrar mayores comisiones por su uso” (p. 90)[16]. Y la teoría del monopolio se halla en la base de la novedad, más editorial que conceptual, del “tecno-feudalismo”: Bercovich cita el libro de Yanis Varoufakis; Rikap cita el artículo de Shoshana Zuboff sobre “capitalismo de vigilancia”. Pero tanto la tesis tecno-feudal como la del “capitalismo de plataformas” (p. 29) –el sistema capitalista habría pasado de la explotación de plusvalor como motor a la “extracción de datos”[17], y del desarrollo de las fuerzas productivas al de las “fuerzas de depredación”[18]– se desmoronan en cuanto se las confronta con el funcionamiento real de los negocios[19].

La teoría de la dependencia, la tesis monopolista y la hipótesis según la cual un sector de la burguesía (“los dueños”) conspira contra los intereses de la patria, componen el enfoque subjetivista que domina los ensayos de este libro. La coronación de este enfoque es el libro que vemos en la cima del pilón fotografiado por Bercovich:
Especialistas como Thomas Piketty y sus discípulos vienen advirtiendo desde hace más de una década que si el fisco no interrumpe con acciones decididas la vertiginosa carrera actual hacia la concentración de ingresos y riqueza en cada vez menos manos, los superricos no solo van a controlar los resortes del poder de las democracias occidentales –como ya lo hacen– sino que van a terminar por enterrarlas como forma de gobierno, ante la creciente resistencia que generarán sus privilegios y el descrédito en que se sumirá la ficción de que somos “iguales ante la ley” al margen de nuestro patrimonio.
Malas noticias: el futuro ya llegó y ese mal augurio empieza a corporizarse. (p. 29)
Se trata del viejo programa keynesiano (Kicillof fue profesor de Bercovich, tal como se explicitó en el Teatro Metro) consistente en atenuar ciertas diferencias sociales para asegurar la lógica del sistema capitalista. Maquillar lo que ofende al sentido común del progresismo para preservar el sentido común burgués de la explotación del trabajo[20].
Los burgueses quieren ganar dinero, no velar por el país en el que les tocó desarrollar su actividad. Y no quieren ganar dinero porque sean avaros y malignos (aunque muchos puedan serlo, como pueden serlo muchos trabajadores), sino porque la competencia capitalista se los exige: el que no acumula, muere. Es un mandato objetivo del capital, no un vicio moral de un grupo de individuos. El anhelo de una “burguesía nacional” es producto de un total desconocimiento acerca de cómo funciona el sistema capitalista. Si los precios fueran manejados por un puñado de “magnates”, entonces no habría ley objetiva del valor ni base empírica para una teoría de los precios. Pero si algo nos muestra la realidad cotidiana es que la competencia se expresa en una guerra de precios:

El capital no tiene patria. Lo que tiene es un funcionamiento objetivo general y un funcionamiento igualmente objetivo, pero específico, según el lugar que ocupa, en el sistema mundial, cada espacio regional de acumulación. De manera que Argentina no es el resultado de lo que quieren sus burgueses locales, sino que estos burgueses locales son el resultado del capitalismo argentino. No es el país que quieren los dueños, sino los dueños que el país necesita.
El último capítulo es el más inocuo en términos teóricos. “El planeta de los dueños”, firmado por Agustín Tartufoli, es una descripción chismosa de ciertos aspectos de la vida cotidiana de algunas familias de la alta burguesía. Este capítulo expone que ninguno de los autores del libro conoce (o adopta) la distinción marxista entre consumo improductivo y consumo productivo, entre consumo personal del burgués y la reinversión del plusvalor explotado en más medios de producción y más fuerza de trabajo[21]. Por más dionisíaco y despilfarrador que sea un burgués, hay un límite orgánico a su consumo: no puede leer un millón de libros en su vida ni tomar cien litros de whisky en un día ni viajar en 2 aviones privados simultáneamente. Por eso lo importante, en términos económicos y políticos, no es lo que ese burgués haga con el plusvalor que gasta en consumos personales, sino lo que hace con la otra parte del plusvalor que explotó: la reinversión, la acumulación de capital, la reproducción ampliada del sistema.
Citemos al didáctico Maxi Nieto a este respecto:
Cuando el plusvalor se destina íntegramente al consumo personal del capitalista no hay acumulación y el ciclo de valorización se repite en la misma escala anterior, como proceso de reproducción simple del capital. Pero si al menos una parte del plusvalor se acumula, los sucesivos ciclos productivos se repiten entonces a una escala cada vez mayor y tienen lugar un proceso de reproducción ampliada o acumulación del capital. La acumulación es el estado natural de la circulación y la reproducción general capitalista, pues cada capital individual se ve forzado por la competencia de los demás a reinvertir una parte creciente del plusvalor obtenido –de hecho, la competencia obliga incluso a acumular a crédito, anticipando ganancias futuras– para mejorar la capacidad productiva, reducir el coste unitario de sus artículos y ganar cuota de mercado, evitando así ser barrido por los capitales rivales.[22]
En suma, para los ensayos reunidos en este libro, los burgueses invertirían por mera preferencia o voluntad individual, no en base a expectativas de rentabilidad e intereses de clase en una competencia feroz entre capitales.
Contra la alianza de clases: socialismo
“El gran desacuerdo nacional que interrumpió aquel ciclo de crecimiento fue sobre cuál debía ser el tamaño del Estado” (p. 11), dice Bercovich. Y aclara, en la página siguiente:
En realidad, lo que se presenta públicamente como una discusión en torno al tamaño del Estado o a la supuesta eficiencia del mercado no es más que un velo para tapar la verdadera disputa: cuánto de la riqueza social administran los dueños del capital y cuánto se apropian los trabajadores activos, los inactivos (como los jubilados) y otros sectores sociales cuya supervivencia no garantiza el libre juego de la oferta y la demanda. Lo que estuvo permanentemente en disputa desde aquel crac de la convertibilidad es qué porción de la economía se mantenía bajo el control del capital y cuánto se le escurría. Hasta qué punto es capaz de incidir la democracia sobre el rumbo productivo del país y su patrón de acumulación, incluso aunque los dueños también condicionen y decidan sobre el Estado, sin someterse a elecciones, como siempre ocurrió en los países capitalistas.
Para Bercovich, el Estado burgués (con un gobierno nacionalista) sería progresivo para la clase trabajadora, en tanto le disputaría riqueza social a la clase burguesa con el fin de repartirla entre los explotados. En “la guerra” entre capital y Estado, una “porción de la economía” quedaría en manos del primero mientras que otra porción “se le escurriría” gracias al virtuosismo de los empresarios nacionalistas y su partido del orden: el peronismo. De esta manera, el compilador de El país que quieren los dueños no sólo no entiende cómo funciona el capital, sino que cierra los ojos ante la función del Estado burgués que él mismo citó del Manifiesto Comunista.
Seamos claros y tajantes. Los socialistas no debatimos acerca de cuál es el mejor rol del Estado burgués. Pensamos que cualquier Estado que garantice la propiedad privada de los medios de producción (es decir, el poder del mercado y los inversores) es sencillamente funcional a la valorización del valor. El socialismo no se propone la administración del Estado para que “redistribuya mejor” el plusvalor, sino suplantarlo, junto con el resto del sistema capitalista, por otra organización de la producción social.
El libro compilado por Alejandro Bercovich quiere una alianza con nuestros enemigos de clase. Nosotros queremos una sociedad sin clases.
[1] Escribimos una serie de cuatro notas sobre la discalculia peronista: “El cálculo de las autopercepciones” (a propósito del Censo Nacional 2022); “El desprecio por la verdad” (acerca de la metodología empleada para el mismo Censo); “Apalear chanchos para detener la lluvia” (sobre el oscurantismo explícito de los dirigentes peronistas); “La muralla y los censos” (sobre el histórico esfuerzo peronista por esconder la miseria que produce).
[2] “Quizá parte del problema”, dijo Taiana con la cadencia propia de una revelación inminente, “es que nosotros festejamos el Día de la Industria en el día en que se realizó el primer contrabando desde la Argentina”.
[3] Expusimos esto en “La ESMA y el negacionismo peronista”, “24 de marzo, de memoria y de lucha”, “Ante el ballotage: ¿Eterno resplandor de una mente sin recuerdos?”, “Memoria completa: Rodrigazo, Triple A y Plan Cóndor (50 años recordando al peronismo en el gobierno)”.
[4] Por ejemplo, “Ser mujer no es un sentimiento”, “La biología no es transfobia”, “Peor que el terraplanismo, 1: Yo nena, yo princesa”, “Cárceles queer”, “Las infancias trans no existen”.
[5] Curiosamente, en ese mismo capítulo, se observa la incapacidad de esos patrones “para pegar el salto de clase dominante a clase dirigente” (p. 25). ¿Renuncia voluntaria o incapacidad para cumplir el sueño de un “desarrollo nacional autónomo”? Quién sabe. La inconsistencia de los argumentos es otra característica de este conjunto de ensayos.
[6] Cristian Caracoche, Capital industrial y representación orgánica: La acción política de la UIA en la posconvertibilidad (2002-2015), Editado por la UNLZ, Libro digital PDF, 2024, p. 242. Puede verse aquí la charla que el compañero nos dio sobre su libro. También nos dio un seminario sobre su libro anterior, Duhaldismo, Kirchnerismo, Macrismo, sobre la recurrencia histórica del capitalismo argentino, que puede verse aquí.
[7] Hablamos de la diferencia entre régimen de gobierno, dictadura de clase y modo de producción en “Ante la urgencia y el frenesí: pensar, reagruparnos, debatir”.
[8] Esto dijo Bercovich en la presentación de La Plata.
[9] En “Tarea necesaria: Un balance socialista de las elecciones legislativas” desarrollamos la relación y la diferencia entre persona y personificación.
[10] Aquí consideramos de suma utilidad el concepto de Estructura Social de Acumulación (ESA), que nuestro compañero Cristian Caracoche tomó de David Gordon: se trata del “conjunto orgánico de los distintos aspectos económicos, sociales y políticos que configuran el ámbito donde se desarrolla la acumulación capitalista”. Tan importante es atender al aspecto político de la ESA como a su articulación con los económicos y sociales: “Una estructura social de acumulación será más sólida en términos políticos cuanto más consolidada se encuentra la coalición gobernante o los lineamientos generales que la misma propone. En este sentido una coalición gobernante que posee dominancia política o una alternancia ordenada de coaliciones que no genere grandes cambios institucionales aseguran cierta estabilidad en la legislación empresarial y laboral a la vez que garantiza cierta continuidad en los grandes trazos del rumbo económico. Finalmente, dado su carácter unitario, los distintos aspectos de la Estructura Social de Acumulación poseen una fuerte interrelación entre sí. Esto implica que la solidez o la debilidad de algunos de los distintos aspectos incide fuertemente en el estado de los otros”. Capital industrial y representación orgánica: La acción política de la UIA en la posconvertibilidad (2002-2015), Editado por la UNLZ, Libro digital PDF, 2024, p. 16.
[11] El aparato de referencias bibliográficas de Bercovich es impropio de un graduado del Colegio Nacional Buenos Aires. Cita libros completos, sin precisar las páginas de donde dice extraer ideas puntuales. No fue una decisión editorial, ya que los ensayos de Odisio y Zanotti son sumamente prolijos al respecto. Pero la negligencia de Bercovich con la cita del Manifiesto Comunista nos despertó suspicacias: no tiene más referencias que sus autores, el título y el año ¡1848!, que es el año de la publicación original. No hay traductor ni ciudad de edición ni empresa editorial. El descuido es notable porque se trata de la única referencia a una obra de Marx en todo el libro (un cliché del trotskismo contemporáneo: citar el Manifiesto y no citar El Capital, porque lo importante es la lucha, no la comprensión del funcionamiento del sistema). Y, he aquí lo llamativamente sospechoso, la fórmula “no es sino un comité” nos sonaba menos tajante que las traducciones que recordábamos. Así que fuimos a contrastarlas: “El poder estatal moderno es solamente una comisión administradora de los negocios comunes de toda la clase burguesa” (Manifiesto Comunista, trad. León Mames, Crítica, Barcelona, edición bilingüe, 1998, p. 41). “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocioso comunes de toda la clase burguesa” (Obras Escogidas, trad. Instituto de Marxismo Leninismo del PCUS, Madrid, Akal, 2016, vol 1, p. 24; o bien, con el mismo título, Moscú, Progreso, 1976, pp. 34-5; también es la traducción de Miguel Vedda para la edición del PTS: Buenos Aires, Ediciones IPS, 2023, p. 25). “Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.” (Manifiesto Comunista, sitio marxists.org). Como no dábamos con la cita que transcribió Bercovich, la googleamos entrecomillada y así develamos el misterio: la cita no viene del Manifiesto Comunista sino de un texto de Trotsky titulado “A 90 años del Manifiesto Comunista”. El hallazgo fue doble, porque Trotsky comenta esa cita afirmando todo lo contrario a lo que sostiene El país que quieren los dueños: “Esta fórmula sucinta, considerada por los dirigentes de la socialdemocracia como una paradoja periodística, encierra de hecho la única teoría científica del Estado. La democracia modelada por la burguesía no es, como pensaban Bernstein y Kautsky, un saco vacío que puede llenarse tranquilamente con cualquier especie de contenido de clase. La democracia burguesa solo puede estar al servicio de la burguesía”. No estamos seguros acerca de dónde ubicar exactamente la deshonestidad intelectual de Alejandro Bercovich: ¿en la tergiversación del comentario de Trotsky?, ¿en el desconocimiento de la fuente de procedencia de la cita?, ¿en la forma taimada de esconder la referencia bibliográfica? Lo cierto es que no citó lo que dijo haber citado.
[12] Al respecto escribimos: a) «Doctores en censura: los investigadores del Conicet contra los personajes de historieta»; b) «The Waliking Dead: intelectuales con sueldos del Estado ven las elecciones como si fuera una película de George A. Romero»; c) «Despreciar la democracia es de fachos»; d) «El atroz redentor Paco Olveira».
[13] Por otra parte, el encomio de la “reestatización” que produjo “la petrolera de bandera” (pp. 186-7) ignora u omite lo que es fundamental para nosotros: el conflicto no reside en el dilema “patria o colonia”, “nación o imperio”, sino entre distintos grupos de explotadores. Ver Rolando Astarita, “La estatización de YPF”, nota publicada en su blog el 21 de abril de 2012.
[14] En todo este apartado nos basamos, fundamentalmente, en el libro de Rolando Astarita Economía política de la dependencia y el subdesarrollo (Tipo de cambio y renta agraria en Argentina), Bernal, UNQ, 2010.
[15] Nos referimos a la que expuso en el panfleto El imperialismo, fase superior del capitalismo, marco teórico de las teorías del monopolio. Para una crítica de ese enfoque recomendamos, de Rolando Astarita, “Imperialismo en Lenin, análisis crítico”, “La izquierda y Lenin, sobre imperialismo y explotación de países” y este análisis crítico del panfleto en cuestión.
[16] Ver Rolando Astarita, “Paraísos fiscales y globalización del capital”.
[17] Nick Srnicek, Capitalismo de plataformas, trad. Aldo Giacometti, Buenos Aires, Caja Negra, 2018, pp. 91-116.
[18] Cédric Durand, Tecnofeudalismo (Crítica de la economía digital), trad. Víctor Goldstein, Adrogué, La Cebra, 2021,pp. 241-2.
[19] Véase el artículo de Evgeny Morozov, “Crítica de la razón tecnofeudal”, publicado en la New Left Review 133/134, marzo-junio 2022. Uno de los ejemplos preferidos de Bercovich es Techint, que domina casi todo el mercado interno en Argentina. Pero Techint no vende el acero al precio que se le antoja, pues compite en el país con empresas de China o Brasil, por ejemplo. Además, Techint exporta y vende al precio internacional, no al precio que le dicta el capricho. La teoría del capital monopólico es inconsistente: si miles de pymes pudieran vender más barato que “los grandes monopolios”, entonces éstos no podrían ser “depredadores” de “renta”. Las grandes empresas que economistas como Bercovich denominan “monopolios” venden más barato porque poseen mayor productividad (innovación tecnológica) y alcanzan una escala superior (que permite reducir el costo unitario). Por esta vía, se reduce el tiempo de trabajo necesario e incrementa el plustrabajo (al ofrecer bienes de consumo a menor precio), todo lo cual marca la tendencia al abaratamiento del salario. Es el problema que gira en torno al concepto marxista de plusvalor relativo.
[20] Para una crítica al libro de Piketty, Michael Roberts, “Desmontando a Piketty”, en El debate Piketty sobre El Capital en el siglo XXI, compilado por Matías Eskenazi y Mario Hernández, CABA, Editorial Metrópolis, 2014, pp. 103-18. También la serie de artículos que publicó Rolando Astarita en su blog bajo el título “Reflexiones desde el marxismo sobre el libro de Piketty”.
[21] Este es uno de los problemas clave que Marx analiza (junto a Engels, como editor) en el Tomo II de El Capital, “El proceso de circulación del capital”. Este año hicimos un curso para estudiar ese tomo. El curso está en YouTube. En 2024 estudiamos el Tomo I y en 2026 estudiaremos el Tomo III.
[22] Maxi Nieto, Cómo funciona la economía capitalista (Una introducción a la teoría del valor-trabajo de Marx), Madrid, Escolar y Mayo, 2015, pp. 132-3.




