[Editorial #21] SENTIDO Y PRACTICIDAD

1.

Los conjuros, la noche, las alucinaciones, los cuervos, las serpientes, el infanticidio, la locura, los fantasmas, las brujas, los bosques animados, las lechuzas, los murciélagos…

Todas esas cosas que componen el repertorio del género de terror, tal cual lo conocemos, ya se encuentran en La tragedia de Macbeth. Pero esta obra nos interesa hoy por otro motivo: como representación artística de los avatares del poder. En su famosísimo quinto acto, Macbeth exclama:

La vida es un cuento contado por un idiota. Lleno de sonido y de furia y que no significa nada.

Casi cuatro siglos después, Alfredo Zitarrosa registró, en Guitarra negra, «ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador», «esa novela canallesca escrita por un loco». Pero la cita de Shakespeare nos resulta más interesante porque el mismo personaje dice poco después:

Se va desbaratando mi firmeza y empiezo a dudar del equívoco de la bruja que me alucinó.

En el plano de la política, el sinsentido es efecto de una alucinación previa. En Argentina, esta alucinación implica al peronismo. Implica la fe en el peronismo. Una fe que se demuestra al quedar pegado al peronismo, sistemáticamente. Una cercanía buscada y un parentesco no rechazado orientan las acciones de la izquierda hegemonizada por el trotskismo.

Y también, como veremos, aunque esto no llame al trotskismo a la reflexión, orienta las acciones de los libertarios.

2.

Si la potencia bolchevique posterior a 1917 emanaba de haber sabido prever (interpretar) acontecimientos y aprovecharlos (intervenir) exitosamente en la lucha de clases, la disgregación actual del socialismo está íntimamente relacionada con un siglo de desaciertos políticos y malas interpretaciones.

Intervenir, intervenir siempre, intervenir hacia adelante, ha sido una respuesta equivocada a la decepción que produjo una política con expectativas puestas en el campo burgués. Agitar, agitar y agitar la unidad del «campo popular» ha sacrificado el análisis y la interpretación socialistas. O, al menos, ha perdido de vista dos rasgos indispensables para una correcta interpretación desde el socialismo: indagar en los hechos el sentido de clase y evaluar la factibilidad de las acciones desplegadas. Aceptando, previamente, que toda decisión de envergadura en una sociedad de privados en competencia es, necesariamente, una apuesta.

Tras 100 años de desaciertos (basta leer el Programa de Transición como ejemplo de distancia sideral entre lo predicho y lo acontecido), el último recurso del analista de izquierda para esconder su desconcierto ante la realidad es la atribución de sinsentido: locura o crueldad. La única razón es la sinrazón. El único interés relevante no es de clase sino patológico o moral, incluso metafísico: el mal.

Así, enfrentados a la locura y la maldad, no se justifica el esfuerzo por elaborar una correcta evaluación de las circunstancias. Entonces, gracias a esa falta de evaluación acerca de lo que es factible, lo que es inútil, lo que es impracticable y lo que es contraproducente, lo más adecuado al sinsentido es una compulsión sin freno por intervenir. Hay que luchar, luchar y luchar. En todo tiempo y lugar.

3.

El luchismo que embriaga a casi toda la izquierda presenta en la corriente fundada por Trotsky su modelo más acabado: un diagnóstico de la sociedad que ya era erróneo en 1938, una política basada en ese diagnóstico equivocado y la contumacia que –en casi 90 años– no puede contar más triunfos que la proliferación de grupos trotskistas que se detestan entre sí, en una dinámica de diáspora y frente difícil de satirizar.

Veamos cómo el luchismo es una consecuencia desesperada de la falla de origen en la estrategia transicional del trotskismo.

Si las fuerzas productivas dejaron de desarrollarse hace un siglo; si el sistema capitalista ya no puede dar concesiones a la clase obrera; si el fascismo es tan inminente como la revolución socialista; si «la agonía del capitalismo» anuncia una «crisis terminal»; si de lo que se trata es de hallar la consigna adecuada que conecte cualquier reclamo de las masas (siempre traicionadas por sus dirigentes) con medidas de transición al socialismo (eso cuando no suponen, de manera incoherente, la dictadura del proletariado); si la conciencia socialista se forma espontáneamente en la propia lucha por la consigna imposible de realizar… Si todo eso pasa, entonces hay que agitar, hay que salir a la calle, hay que introducir en todo conflicto las consignas transicionales, hay que movilizar cuanto antes, a como dé lugar, sin hacerse preguntas por el fracaso repetido y casi centenario de semejante estrategia.

Como nada de eso funcionó, en ningún lugar del planeta, a lo largo de 90 años, lo único que colma el vacío (ese vacío que propiciaría interrogantes muy incómodos para esa estrategia) es el frenesí militante: hacer «algo», no importa qué, siempre y cuando carezca de objetivos concretos, nítidos, verificables, que impongan, según se alcancen o no, la autocrítica capaz de minar toda la estrategia transicional. Por eso las consignas se cambian de un día para el otro sin ninguna explicación: el fracaso no impone un balance, sino la renovada promesa de éxito.

Se trata, además, de un mesianismo que emparenta la desesperación del exiliado y perseguido Trotksy con la de Walter Benjamin en su funesto, acorralado y último año de vida. Para captar este parentesco no hay que perder de vista que tanto la génesis individual de la conciencia como su desarrollo son históricos y biográficos.

4.

Para no revisar el diagnóstico inicial de 1938, el trotskismo se aísla de la realidad y busca, en una fantasía delirante, el atajo por el cual los trabajadores alcanzarían espontáneamente una conciencia socialista revolucionaria, sin pedagogía, sin preparación, sin distinguir entre el programa mínimo y el máximo, en suma, sin esta dimensión crucial de la militancia (sobre la que volveremos al término de este editorial): el tiempo. El trotskismo vive en la descripción de un mundo que ya no existe (y probablemente nunca existió), milita en la ucronía de 1938, que permanece, quieta e incólume, en la eternidad de un panfleto leído como texto sagrado.

Esa pasión inconmovible por la lucha permanente, en todo tiempo y lugar, explica su correlato en las figuras que destaca como ejemplares: luchadores coherentes y honestos. Desde esa perspectiva, si a pesar del fascismo en el gobierno, el FITU permanece en la resistencia y sus dirigentes son cada vez más conocidos, aunque no se divulguen las ideas socialistas, los militantes de esta tradición pueden valorar cualquier realidad como positiva. El libro autobiográfico de Myriam Bregman, Zurda, es la coronación de esa línea política: no importa el programa sino el personalismo.

Así es que hay un lenguaje común de «la izquierda» que se aleja del marxismo y se acerca al «campo popular». Nos referimos al lenguaje que habla de imperialismo y no de capitalismo; de monopolios y no de competencia; de formadores de precios y no de burguesía; del FMI expoliador y no de las PyMES negreras; de la represión en dictadura y no de la represión peronista; de las Sociedades Anónimas Deportivas y no de los negociados, abusos y degradación de los clubes de fútbol profesional; del negacionismo libertario y no del negacionismo peronista; de los chorros libertarios y no de los chorros peronistas; de «discursos de odio» y no de intereses de clase… Etcétera.

Todo esto se debe al incorregible nacionalismo de la corriente trotskista, también a la vista de cualquiera que contemple en estos días lo que su prensa sostiene acerca de la guerra de Malvinas: si el 24 de marzo el FITU marchó contra la «dictadura entreguista» al servicio del imperialismo, el 2 de abril esa misma dictadura se vuelve «nación oprimida» bajo una «agresión imperialista». En diez días, el trotskismo te dice una cosa y la contraria sin perder un gramo de insensatez. La incoherencia se recubre con agitación en las calles y posteos en redes.

En suma, el luchismo es el síntoma de una ausencia: el programa y la estrategia trotskistas no sirven para generar un polo socialista en la clase obrera (no sirven ni para tener un mínimo de consistencia teórica y política) ni pueden ser cuestionados sin fragmentar aún más (o disolver por completo) a las organizaciones que viven de esa mística.

5.

Como un lector atento, Milei reconoce la realidad inmediata: el peronismo, partido del orden burgués, no puede curarse de su crisis sin regresar al poder y asumir la tarea de garantizar el orden. E, incluso volviendo, no puede garantizar ese orden si no hay suficiente para repartir. Un aparato estatal nacido para el reparto y el aprovechamiento de ese reparto no tiene respuestas para la austeridad. O, mejor dicho, tiene una respuesta que ese mismo aparato se empeña en ocultar: la represión.

Existió un proceso histórico, más o menos reciente, cuya repetición se podría haber ensayado en 2019: el proceso que encaramó a Carlos Saúl Menem en la administración reformista de la sociedad. El partido del orden burgués engendró un mecanismo que le permitiera recuperar legitimidad ante los ojos de las masas peronistas que no habían apoyado al viejo peronismo en 1983. Y, también, ante los ojos de la burguesía. Ese mecanismo, ese proceso, fue la llamada «renovación»: un peronismo racionalizado, socialdemocratizado.

El camino a una eventual reedición de ese proceso, que pudo ofrecer posibilidades para otro peronismo racional, fue cerrado por Cristina con el boicot permanente a su gobernador Scioli, luego a su presidente Alberto y ahora a su ex delfín Kicillof. ¿Esto sucede porque Cristina está loca? No es nuestra tarea diagnosticar en qué condiciones psicológicas se encuentran las figuras públicas.

Lo que sí tenemos es un diagnóstico político: consideramos que la actitud de Cristina responde a las necesidades de supervivencia de un aparato ineficaz para la austeridad que reclama el capitalismo en este ciclo contractivo. De ahí que, refugiado en la provincia de Buenos Aires y ciertos sectores de la nación, el kirchnerismo no pueda retener a los representantes de aparatos menores (las provincias), que pactan con Milei, uno por uno, las migajas que hacen posible continuar al frente de sus distritos.

6.

El discurso de Milei asume y recalca sus dos capitales políticos: resignación obrera, resignación burguesa.

Primero (y dejando aparte el apoyo y la oposición que Milei cosecha entre los trabajadores), hay resignación en un amplio sector de la clase obrera, que se expresa en un rechazo al peronismo que no encuentra vehículo de superación.

Segundo, una consecuente resignación de la clase explotadora, que acepta el comando de una figura relativamente incontrolable para ejecutar el ajuste necesario. En su propia fragilidad, la burguesía argentina suele poner un freno a los procesos de ajuste, en busca de acuerdos y prebendas. Este fenómeno ha sido llamado, por la prensa burguesa, «gradualismo». Un fenómeno que no sólo consiste en negociar con los trabajadores sino, fundamentalmente, entre distintas fracciones de la clase explotadora.

Milei puede parecer un loco, pero no come vidrio. Fate y Techint son ejemplos ilustrativos. ¿Por qué la burguesía no le suelta la mano a Milei? Porque tampoco tiene una propuesta mejor. Los propios burgueses desconfían de ellos mismos. Suponen que conseguir un reemplazo de Milei, además de tener que ganarse el apoyo de los votantes, podría terminar siendo permeable a las demandas de los distintos intereses burgueses y empantanar nuevamente las reformas. Reformas que, a la vez que consideran necesarias en su conjunto, saben perjudiciales de algunos de sus intereses particulares.

Es necesario pensar que el grado de discrecionalidad que los explotadores le consienten a un líder es efecto directo de la dificultad de esa clase social para consentir acuerdos y sostenerlos. Y esto no es un capricho personal o un logro individual, sino un efecto de cierto marco socioeconómico.

7.

No hay «consenso liberal» ni «deriva reaccionaria» de los trabajadores. Es decir, no hay una mayoritaria adhesión a la apertura económica como receta para que bajen los precios ni hay un «devenir fascista del deseo de las masas» demandando la represión abierta (por eso, de hecho, no sucede). Ni convencidos discípulos de Adam Smith ni acierto en el análisis de los que repiten a Deleuze y Guattari. Lo que hay, en una dimensión que consideramos importante, es un profundo rechazo a las frustraciones que prodigó el peronismo. Un profundo rechazo acompañado por una gran resignación y un enorme desconcierto.

El estado mental de Milei es irrelevante para el análisis político. Lo importante es que Milei encarna una representación adecuada para esta nación (es decir, para este espacio burgués de acumulación capitalista) que no puede ni quiere preguntarse adónde ir. Y que se resigna, entonces, a la supervivencia, al día a día, al «vamos viendo». Pero, eso sí, quiere también que el «vamos viendo» sea mínimamente vivible.

La hipótesis de un consenso liberal no explica las elecciones de 2025 (que analizamos acá: abril, mayo, septiembre y noviembre), pletóricas de tacticismo, con decisiones masivas cambiantes y aparentemente opuestas en el lapso de pocas semanas. Este predominio de la inmediatez es un indicador más de que Argentina es un país que no dispone de ninguna clase social con estrategia. La burguesía, por su marasmo histórico (como perdedora en la competencia internacional con otras burguesías); la clase obrera, porque no encuentra la salida del laberinto peronista.

8.

El peronismo perdió 5 de las últimas 6 elecciones generales. Se achica su capital institucional: ya no puede impedir el quórum. Se sostiene en la resignación, obliterando toda perspectiva (recordemos que la última fue «vuelve el asado»): los peronistas son hijos y padres de la resignación. Pero mantienen, como se hizo notorio en las últimas semanas, el control antidemocrático de las organizaciones obreras, casi incuestionado.

No sólo incuestionado por la mengua del activismo, sino por la defección de una tarea indispensable. Ya no se canta ¡Se va a acabar / se va a acabar / la burocracia sindical! Apenas se le exige públicamente lo que no hará. Se busca, así, «exponerla» ante los medios. Como si una banda de millonarios mafiosos fuera susceptible a la mirada, el estigma y los memes. Todo el edificio burocrático y represivo paraestatal de los sindicatos peronistas no ha sido cuestionado por la reforma libertaria.

Al ensañarse con los kukas tirapiedras como «desestabilizadores», el gobierno de Milei explota al máximo su patrimonio político: el enojo con el peronismo y la decepción inmovilizadora.

Ese discurso no es malo ni bueno. Es de lo que podemos servirnos para pensar. Y pensar es una instancia imprescindible de la acción.

9.

Constancia, permanencia, compromiso… son palabras que insisten en nuestro discurso porque implican una dimensión crucial de la militancia: el tiempo. Las cosas llevan tiempo. Las cosas consistentes llevan mucho tiempo. Las cosas consistentes y masivas llevan muchísimo tiempo.

Si nuestra tarea es contribuir a la construcción del socialismo, el obstáculo más importante es obvio: la abrumadora mayoría de los trabajadores no quiere el socialismo. Es más: a millones y millones de obreros les repugna lo que proponemos. Hace medio siglo no era así en el mundo. Ahora es así. Algo pasó en el medio. No sólo tiempo.

Por eso, cuando hablamos del tiempo no estamos filosofando. Hablamos de reagrupar el campo socialista, de elaborar un programa consistente y debatir una estrategia de poder. La estrategia es la conjunción de las tareas y las fuerzas: las tareas que conducen al socialismo y las fuerzas reales de quienes nos proponemos realizarlas. En otras palabras, lo que hay que hacer y lo que se puede realizar no deben habitar continentes distintos. El sentido de clase en los análisis de situación necesita un correlato de factibilidad en las acciones. Las fuerzas disponibles determinan las tareas, no nuestras ganas.

Mucho menos el deber ser: los materialistas no concebimos un punto de partida más débil para la lucha de clases que el imperativo kantiano, la moral, el deber ser. Se lucha cuando no queda otra. Las masas luchan cuando no hay alternativa. Aquí reside la lucha de clases para los trabajadores: luchar por el plusvalor, por la riqueza social, por las condiciones materiales de existencia, por la reproducción de la vida cotidiana. No por abstractas consideraciones de justicia.

En otro lado nos preguntamos «¿Por qué alguien se disciplina?» y nos respondimos que, mucho antes de exigirle disciplina a un militante, hace falta construir confianza. Que ésta se forja en experiencias comunes, en el respeto por las decisiones de los compañeros, en la ampliación de las hipótesis y su coherencia interna (paulatinamente probada en los hechos). De ahí nuestra pasión por juntarnos a dialogar y tratar de ponernos de acuerdo en que hablamos de lo mismo cuando usamos las mismas palabras.

Afianzar los puntos de convergencia y dejar las diferencias bien claras, sin desprecio, sin insultos, sin ninguneo ni ataques personales. Discutir programa, estrategia y organización. Sumar compañeros.

Todo eso lleva tiempo. De ahí nuestra insistencia en la constancia, la permanencia y el compromiso.

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