ELECCIONES EN SANTA FE: Qué indican sobre el gobierno, el peronismo y la izquierda

Las elecciones de Santa Fe, aunque muy locales, permiten encontrar algunas respuestas a preguntas muy generales. Para nuestra perspectiva socialista y desde nuestras posibilidades actuales hay tres preguntas que podemos realizar e intentar responder, al menos, tentativamente.

La primera interroga la estabilidad en el terreno social y económico que ha conseguido el gobierno en este año y medio: ¿se consolida una nueva fuerza con clara hegemonía nacional? ¿O se mantiene frágil en lo institucional, cortando clavos para no tropezar y obligada a mantener constantemente el centro de la escena? En otras palabras, ¿el gobierno está parapetado en el reconocimiento social a sus logros (sobre todo la inflación)? ¿O su principal sostén es el consolidado repudio al peronismo hambreador que llevó a Milei a la Casa Rosada?

La segunda pregunta se dirige a la oposición burguesa: ¿conquista y concentra el descontento social que el ajuste provoca? ¿O continúa siendo considerada parte del problema más que de la solución? Aquí se presenta un matiz, ya que la falta de una propuesta superadora por parte del peronismo podría resolverse por la vía de algún liderazgo carismático.

La tercera cuestión, menos decisiva a nivel general, pero muy importante para nosotros: ¿cómo pensar la intervención y los resultados de la izquierda trotskista? Es decir, cuáles son las perspectivas de la izquierda en relación con sus resultados y sus análisis de esos resultados.

Elecciones parciales con proyecciones generales

El cuadro político general es de gran dispersión: espejo del futuro para lo que sucederá en CABA y, luego, en las nacionales. No se trata sólo de que haya muchas listas. Se trata de que esas listas no se encolumnan con firmeza detrás de referentes indiscutidos. Este déficit incluye a Milei, como vemos en la pelea entre Zago y Almirón, en la sangría constante de diputados y funcionarios, en las listas paralelas que le dividen votos (Marra en CABA; Amalia Granata en Santa Fe). Ni hablar del PRO, cuyos referentes parecen hijos de padres divorciados: algunos días duermen con Milei y otros con Mauricio. Por supuesto, también el peronismo: dividido entre kirchneristas y no kirchneristas, a su vez los kirchneristas divididos entre kicillofistas y cristinistas, éstos últimos divididos a su vez… Lo mismo pasa entre los radicales. Sin privarnos de casos como el de Kueider: políticos que se pasan de un campo a otro, luego son detenidos y ambos campos tratan de encajarle el garrón al otro. Ni siquiera la izquierda escapa a esta dispersión generalizada, pero hablaremos de esto un poco más adelante.

De semejante quilombo, lo que nos parece más destacable es que el declive de la participación política no se detiene, sino que se profundiza:

Un índice revelador de este declive (que también expresa una certidumbre por parte del conjunto del arco político burgués) es el abandono de los nombres tradicionales de los partidos políticos que han gobernado la provincia de Santa Fe desde 1983: no hay justicialismo ni peronismo, no hay radicalismo ni socialismo, no hay siquiera PRO. Las listas se llaman: Activemos, Acuerdo Ciudadano, Confluencia Santafesina, Frente Amplio por la Soberanía, Frente de la Esperanza, Más para Santa Fe, Moderado, Política Abierta para la Integridad Social, Somos Vida y Libertad, Unidos para Cambiar Santa Fe.

Claro que son los conocidos (y sospechosos) de siempre, de manera que no es una tarea de baqueano hallar los viejos partidos detrás de los nuevos nombres. Pero ese empleo deliberado de las máscaras y antifaces, en medio de semejante dispersión interior y una notable ausencia de entusiasmo popular, converge en el elemento causal que se pretende eludir: rechazo y desazón.

Sólo dos listas mantuvieron sus nombres propios sin temor ni vergüenza: La Libertad Avanza y el FITU. Del trotskismo hablaremos luego. LLA se embanderó sin disimulo porque esperaba ser el receptor de ese malestar generalizado con los grandes agrupamientos burgueses. No lo logró.

Los burgueses no recuperan la confianza política

La democracia es un régimen que sirve para gestionar decisiones en una sociedad. Tiene, por lo tanto, un rango de eficacia y de interés. Cuando las cosas funcionan y la estabilidad es duradera, los seres humanos –en general– se desentienden de la participación porque no consideran necesario intervenir. Por eso ciertos países muy estables presentan una característica en apariencia similar a la de aquellos otros países en donde la democracia no proporciona ni estabilidad ni soluciones: la apatía. Esta característica no es un rasgo esencial o gentilicio de algunos individuos (o colectivos de individuos) con respecto a otros. La apatía es una respuesta lógica a ciertos acontecimientos de la vida cotidiana. Y es el elemento preponderante en este momento.

Comencemos por el peronismo. Todo análisis selecciona elementos y los interpreta. Las marchas realizadas durante estos 2 años, desde las mateadas asamblearias celebradas en diciembre de 2023, han sido leídas sistemáticamente como el comienzo del fin del gobierno: «resistencia del pueblo», «crisis» y «ruptura», junto al resurgimiento de una «alternativa popular» llevada en andas por los viejos dirigentes peronistas. De no querer pisar las calles durante el ajuste de Alberto este sector había pasado, por esa misma razón, a no poder hacerlo durante el gobierno de Milei. La CGT se animó a «sumarse» a la marcha universitaria en octubre de 2024, el gobernador Axel Kicillof marchó contra «el fascismo y el racismo» en febrero del 2025 y, en las variopintas convocatorias de los miércoles en apoyo a los jubilados, el peronismo ha querido ver el renacimiento de la confianza en esa fuerza que hambreó al país hasta hace dos años. Pero… ¿es realmente así? Además de estar encorsetados por los dictatoriales sistemas de representación de las organizaciones gremiales que controla el peronismo, ¿los trabajadores están volviendo a creer en esa fuerza política burguesa? El resultado de las elecciones en Santa Fe parece responder que no.

El peronismo, con Lewandoski a la cabeza, pasó de los 544.468 votos en las elecciones previas (el 30,85%) a sumar 212.162 votos (15,15%) con Monteverde y 118.207 votos (8,44%) del mentado Lewandoski. Esto suma 330.369 votos, o sea una merma de 114 mil voluntades. El repudio al oficialismo nacional y provincial no fortaleció la idea de un frente anti-Milei. Algo que ni siquiera seduce a sus esperables protagonistas, que desisten voluntariamente de ir en una lista unificada.

Por su parte, las «fuerzas del cielo» pasaron de obtener 642.829 votos (el 32,32%) en las elecciones generales de 2023, a arrimar 197.509 (el 14,11%). Esto sin poder integrar en su lista a Amalia Granata, quien consiguió por su cuenta 172.864 (el 12,35%). Con todo, si sumamos las dos listas, los libertarios apenas arañan unos decrecientes y escuálidos 370.373 votos (una merma del 40%).

El oficialismo de Pullaro, radical con simpatía libertaria, quedó a las puertas de conquistar una reforma constitucional que le permita ir por la reelección. Pero su apoyo se desmorona: de 1.031.964 (el 58,47% de los votos obtenidos el 16 de julio de 2023 para gobernador), cayó a 484.562 (el 34,61%). Encima, su alianza se desarticuló para intervenir en las elecciones nacionales, de manera que pierde aun más peso electoral.

Como vemos, el rechazo al estado de las cosas no dejó títere con cabeza. E indica un crecimiento de la desconfianza en el personal político burgués. Además de la sangría de votos y la dispersión de las listas, el desdoblamiento del calendario electoral que los gobernadores urden en cada provincia expresa la carencia de liderazgos burgueses eficaces.

Si todo esto no se manifiesta de manera más explicita y violenta es porque el repudio al peronismo y el temor a Milei se miden como dos luchadores de sumo jugando al ajedrez: la perplejidad ante el tablero paraliza, empantanando, las posibilidades de la clase trabajadora. Este equilibrio inestable se resuelve uniendo ambos rechazos en un nivel superior: la defensa irrestricta del sistema capitalista.

Esos rechazos en pugna (a Milei y al peronismo) y esta armonía preestablecida (la explotación incuestionada) explican tanto el resultado de las elecciones en Santa Fe como la algarabía del FITU.

El FITU, en cambio, no pierde su fe en lo inútil…

La izquierda, hegemonizada electoralmente por el trotskismo del FITU, merece una observación que integre los datos con sus expresiones, análisis y balances posteriores. Esto nos permite advertir no su incongruencia o banalidad, sino todo lo contrario.

Comencemos por el resultado. El FITU oscila en Santa Fe como en el país en general: entre el 1,5 y el 3%. Posee un caudal de votantes propios y consolidados que ronda los 30 mil en la provincia. Tal como ha sucedido en otras provincias (fundamentalmente en ciertas elecciones en Mendoza, Salta y, con mayor persistencia, Jujuy), condiciones particulares en cierto momento y en ciertos distritos presentan resultados sorprendentes. Pero enseguida todo vuelve al «promedio FITU», lo cual parece probar que se trata de fenómenos esporádicos, coyunturales, que no responden a la construcción sistemática y propicia para obtener esos resultados sorpresa. Maquiavelo diría que son frutos de la fortuna más que de la virtud.

Por todo lo dicho, si tomamos los votos a diputados nacionales (que es la variable más regular y, también, la más parecida a los convencionales constituyentes que podemos emplear para la comparación) de la provincia de Santa Fe, observamos una clara tendencia declinante, compensada en cierta medida por la declinación general de la participación que disimula los porcentajes. Veamos los números en gráficos que muestran esta tendencia.

Los mejores resultados se obtuvieron en dos situaciones puntuales. Durante 2013, cuando participaron dos listas (FIT y MST) que, sumadas, llegaron a los 85 mil votos. Y en 2015, cuando sólo el FIT pudo avanzar hacia las generales desde las PASO: el MST logró 7.266 votos; el FIT, 40.374. En las generales, el FIT alcanzó los 71.909 votos (un incremento del 33% con respecto a las PASO). Efímeras rarezas muy alejadas del promedio. Que estos dos árboles no nos tapen el bosque de arbustos.

El FITU declina. Posee un suelo firme de 30 mil votantes y ha llegado a duplicar esos resultados por razones tan ajenas a su estrategia que no ha podido consolidarlos. Esta elección en Santa Fe es una más en la que reproduce el promedio electoral general de la izquierda marxista en el país: cerca, por debajo, del 3%.

La Izquierda Diario, principal medio de la prensa de izquierda en el país, publicó su balance bajo un título previsible: «Santa Fe. Retroceso de Pullaro, derrota de Milei e importante elección de la izquierda». A primera vista parece un título inexplicable, pero no lo es.

El FITU mantiene el número de votos y mantiene el promedio marginal de un casi 3% ora cuando hay un sólido liderazgo burgués (CFK 2011), ora cuando hay uno emergente y polarizador (Macri 2015), ora si se manifiesta un repudio generalizado a los políticos conocidos (Milei 2023), ora en medio de la apatía y una profundización de ese repudio (2025). Su estrategia no ha logrado un crecimiento sustantivo en década y media. Pero sus balances mantienen la idea de que se han hecho grandes elecciones y que se han logrado los objetivos. Consideramos que un análisis serio debería tomar también en serio estas afirmaciones.

En general, las críticas provenientes del campo en el que nos ubicamos (el de la propia izquierda) al estancamiento y consolidación en un promedio que está siempre por debajo del 3% ponen el énfasis en asociar este conservadurismo al interés de un puñado de dirigentes por sostener el aparato, las rentas, los asesores y otros beneficios que brinda el sistema electoral. Asumimos que estos beneficios explican, en parte, la responsabilidad de las direcciones trotskistas ante los resultados obtenidos. Pero pensamos que el énfasis en esa explicación interpreta de manera mecánica la relación causal entre los efectos y las condiciones materiales. Esa relación existe. Decimos que es insuficiente como explicación.

Y decimos que es insuficiente porque, aunque sean inmensos para la envergadura de otros grupos de izquierda, los aparatos de cada organización del FITU son pigmeos políticos en términos de capacidad financiera.

Hay que decir también que, si bien este conservadurismo le impide al FITU crecer, tampoco lo hace estallar y, digámoslo todo, lo mantiene como corriente hegemónica dentro de la izquierda. En otras palabras: no se trata sólo de que los dirigentes trotskistas (presuntamente beneficiados o impactados por las posibilidades del aparato) inventan excusas, sino que esas excusas son tomadas como argumentos razonables por su base militante. Así, aunque los partidos, cada uno de ellos individualmente, sufran hoy crisis permanentes con rupturas, desprendimientos y migraciones de militantes en el archipiélago trotskista, el conjunto de los militantes coincide con los dirigentes en que la estrategia general es acertada.

De esa manera, la única instancia alternativa y superadora que la militancia de izquierda parece concebir es el relevo de una dirigencia por otra, sin tocar la misma política a desarrollar. Cada grupo trotskista (o guevarista, o autonomista… no es fácil distinguir qué los diferencia cuando todo lo que proponen se resume en ser «más luchadores, más honestos y más consecuentes» que el peronismo en la defensa de intereses ajenos a la clase obrera) parte de una sola premisa: la estrategia es correcta, la dirección es incapaz de llevarla adelante.

En ese sentido, asumir el traslado mecánico entre ciertas condiciones materiales y una estrategia política reduce la conciencia militante a un espejo sin mediaciones. Pero hay, como mínimo, una mediación: la tradición política que sostiene la teoría de los campos y una concepción de la conciencia de clase según la cual ésta no es una construcción paciente sino un despertar abrupto. Para esta tradición, la construcción sistemática, coherente, pasa a un segundo plano. Por eso cualquier crecimiento sostenido en el tiempo sólo prestaría servicios a la interna del FITU: el verdadero salto, para esta tradición, se producirá de manera espontánea, automática y sorpresiva.

Debido a todo ello, para los militantes intermedios y de base, estas elecciones en Santa Fe han sido «un logro importante de la izquierda»: confirman al trotskismo como un polo pequeño pero tenaz, que se niega a desparecer y que mantiene la hegemonía dentro de la izquierda. Claro que el FITU no ha logrado hacer visible su programa. Pero ha logrado hacer visibles a sus figuras públicas. Desde su perspectiva, esto es suficiente y merece festejarse. ¿Por qué? Porque, según la lectura del conjunto de sus militantes, ante la amenaza del fascismo, el FITU es un polo alternativo que resiste el avance de «la derecha» y ofrece a la vez una alternativa para el momento en que los trabajadores quieran romper con el FMI y elijan «una salida por izquierda».

e insiste con figuras en vez de un programa

Tomemos un ejemplo ilustrativo de transposición estratégica. Es muy difícil armonizar la construcción de figuras públicas con la denuncia de la burocracia sindical. Las dos cosas implican permanencia inalterable. La lucha contra la burocracia exige la implementación de relevos, incluso los no propiciados, ya que los métodos democráticos suponen un margen de azar desfavorable y de apuesta que puede salir mal. Pero llevar al Pollo Sobrero, a Mónica Schlotthauer, a Romina Del Pla o a Vilma Ripoll de candidatos sempiternos estropea una herramienta de combate contra los Baradel y los Pianelli: ratifica el dogma peronista según el cual la clase obrera no puede proveer suficientes dirigentes capacitados, entonces hay que conformarse con unos pocos que están en condiciones de hacerse cargo de esas tareas para siempre.

Sustituir la estrategia socialista por la táctica burguesa (evitar el debate mediante la cancelación, preferir el collage antes que la coherencia), reemplazar el programa socialista por un programa no socialista («No al FMI» no es una consigna socialista sino una demanda de reacomodamiento al interior de las fracciones burguesas), son decisiones que se prolongan en la erección de líderes que conducirán, llegado el momento, a las masas incapaces de acceder a las ideas de independencia de clase, desde el primer escalón dentro del sistema capitalista hasta el cielo del socialismo. Todo en un movimiento de avance permanente que no es necesario divulgar antes de tiempo.

Por eso el trotskismo considera que no es necesario agitar el programa socialista en esa gran oportunidad que son las elecciones burguesas. No. Lo que se debe hacer, según el trotskismo, es edificar un polo visible de «luchadores coherentes y honestos» para cuando los trabajadores, espontáneamente, decidan inclinarse hacia «la izquierda». Si a pesar del fascismo en el gobierno el FITU permanece en la resistencia y sus dirigentes son cada vez más conocidos, aunque no se divulguen las ideas socialistas los militantes de esta tradición pueden valorar los resultados de las elecciones en Santa Fe como positivos. El libro autobiográfico de Myriam Bregman, Zurda, es la coronación de esa línea política.

Así, hay un lenguaje común de «la izquierda» que se aleja del marxismo y se acerca al «campo popular». Este lenguaje oficiará de puente cuando la clase trabajadora decida romper con «la derecha» y pasar al «campo popular» (la misma clase deberá discernir, luego, entre los verdaderos «luchadores coherentes y honestos» y los falsos). Nos referimos al lenguaje que habla de imperialismo y no de capitalismo; de disidencias y no de mujeres; de formadores de precios y no de burguesía; del FMI expoliador y no de las PyMES negreras; de la represión en dictadura y no de la Triple A; de las Sociedades Anónimas Deportivas y no de los negociados, abusos y degradación de los clubes de fútbol profesional; de los grupos de tareas y no de los barrabravas; del negacionismo libertario y no del negacionismo peronista; de los chorros libertarios y no de los chorros peronistas; de «discursos de odio» y no de leyes objetivas de acumulación capitalista… Por eso cuando Grabois dice públicamente lo que piensa es acusado por el FITU de «hacerle el juego a la derecha» y no, como hacen cuando un libertario dice exactamente lo mismo, de «facho».

Hay que cambiar la estrategia, no sólo los dirigentes

En suma, las elecciones en Santa Fe nos dan que pensar. El gobierno no está en problemas y, a la vez, no consolida su propio espacio. El frente anti-Milei, impulsado por la izquierda y el peronismo, no hace pie ni en los votantes ni en los protagonistas. Los trabajadores, por su parte, ven crecer su desencanto con el régimen y no sólo con alguna encarnación personificada él. En cuanto a la izquierda trotskista, parece cómoda en una estrategia diseñada hace 100 años para un mundo que ya obtuvo gran parte de las demandas que esa estrategia levantaba como banderas.

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