LA POBREZA INCALCULADA, 1: Fetichismo de la mercancía y cosificación de las relaciones humanas

A mediados de 2025, Martín Caparrós recibió un doctorado honoris causa en la Universidad de Buenos Aires. En su discurso, publicado por la revista Anfibia, declaró:

mi relación personal con la Universidad de Buenos Aires empezó, si mal no lo recuerdo, el 5 de diciembre de 1968 a eso de las nueve de la mañana, cuando crucé aterrado las puertas monumentales del Colegio Nacional para probar suerte en su examen de ingreso.

La probé y aprobé. Entre marzo de 1969 y noviembre de 1973 el colegio fue mi lugar en el mundo. Más de una vez he dicho que, sin ese bachillerato universitario, mi vida hubiera sido muy distinta –y, en general, el pudor me lleva a aclarar que no sé si peor o mejor pero seguro muy distinta. Es mentira: sé –creo saber, porque uno nunca sabe– que sin el colegio todo me habría gustado mucho menos. […]

Fueron cinco años de aprender y aprender y aprender. En el colegio aprendí que intentar era mejor que no intentar, pensar mejor que no pensar, querer mejor que no querer, coger mejor que no coger, y que tener la ilusión de que podías cambiar el mundo era tanto mejor que no tenerla. Y aprendí que el poder del poder estaba ahí para que hubiera a qué oponerse, y que saber latín era un embole y un orgullo y que saber, en general, era un embole y un orgullo y que sí, que creaba ciertas diferencias y desigualdades y que sí, que muchas desigualdades eran abominables y unas pocas no dejaban de ser justas.

Estamos en la cumbre social de los 30 gloriosos años de posguerra en Argentina1. Caparrós es consciente de las capacidades engendradas en su cuerpo gracias a la educación que recibió: “sin el colegio todo me habría gustado mucho menos”. Medio siglo después de esa experiencia, el escritor se abruma de tristeza con la comparación entre ambos países, el de aquel entonces y el de hoy:

Los datos son demasiado claros. A fines de 1968, cuando yo entraba aterrado por primera vez en el Colegio, uno de cada 30 argentinos estaba “bajo la línea de pobreza” y ahora es uno de cada tres: diez veces más. Y aquella pobreza, solía suponerse, era un estado transitorio hacia una situación mejor, un empleo en una fábrica que permitiera hacerse una casita, mandar a los hijos a la escuela, ganar un poco más, ser mejor explotado, “progresar”.

El mito de la movilidad social seguía imperando, como en toda sociedad inmigrante. La Argentina era un país con una clase media amplia y más o menos educada, que nos desesperaba: un obstáculo para cualquier intento de cambio revolucionario. Una clase media que se forjaba en la escuela pública pensada como una herramienta para implantar ciertas bases comunes –donde aprendíamos todos los que no éramos ni demasiado ricos ni demasiado tontos ni demasiado chupacirios. La diferencia argentina podía sintetizarse en sus escuelas del Estado: si lo privado siempre fue una característica de las sociedades latinoamericanas, Argentina era el país de lo público; ya no. Hace 50 años sólo uno de cada diez chicos iba a la escuela privada; ahora, tres de cada diez –y sí, son los más ricos.

Hace 50 años los hospitales públicos atendían a la mayoría de la población; ahora sólo atienden a los que no tienen más remedio. Hace 50 años el producto bruto per cápita argentino era la mitad del de Estados Unidos; ahora es un cuarto. Hace 50 años un 10 por ciento de inflación anual era un peligro; ahora sería un logro extraordinario. Hace 50 años la Argentina tenía 40.000 kilómetros de vías férreas que armaban un país; ahora no tiene 4.000 y muy pocos funcionan. Hace 50 años la Argentina se autoabastecía en petróleo, gas y electricidad; ahora se endeuda para importarlos. Hace 50 años la Argentina fabricaba aviones y coches de diseño propio; ahora desequilibra su balanza de pagos para comprar autopartes y juntarlas –y de volar ni hablar. Hace 50 años se jugaban partidos de fútbol y las hinchadas se gritaban cosas; ahora nadie se atreve a reunir a dos hinchadas en la misma cancha. Hace 50 años los crímenes eran tan escasos que salían en los diarios; ahora son tantos que salen en los diarios. Hace 50 años los políticos argentinos eran personajes incapaces de alinear un cuarto de idea detrás de otro cuarto; ahora también. Hace 50 años creíamos que la Argentina era el país del futuro; ahora nos preguntamos por qué decíamos tales tonterías.

En este punto, Caparrós observa lo que más nos interesa:

Y no son sólo los datos; lo brutal es que la vida de cada día se nos ha vuelto cada día más incómoda, más hecha de encontronazos que de encuentros, más disgustos que gustos, más impaciencia e impotencia que alegrías y satisfacciones. Conseguimos un raro grado de violencia cotidiana. No en los asaltos, no en las palizas; en las relaciones entre las personas, plagadas de maltrato, de insultos, de rencores.

Queremos analizar la degradación de las relaciones y capacidades humanas. Pero no para adjudicarle las causas, como hace Caparrós en su discurso completo, a un misterioso “fracasamos” (sin programa político ni una sola mención al capitalismo) ni a un enigmático “Soy un cobarde” (sin más proyección grupal, organizativa, que un abstracto y generacional “al menos la peleamos”). Sino para pensar sus causas en el modo de producción social que organiza nuestra supervivencia cotidiana: el sistema capitalista.

Pobreza y marco teórico

La cuestión de la pobreza es un desafío para los socialistas. Se trata del factor crucial de la lucha de clases. No en términos genéricos, sino en la comparación entre cómo vivimos y cómo vivíamos, es decir, en el diferencial con el pasado inmediato, que es el único diferencial perceptible por los cuerpos: lo que acabamos de perder. Quedar desocupados o en la calle, advertir que la plata alcanza hoy menos que ayer, tener que recortar disfrutes, son cosas que el cuerpo percibe con certeza. Y esta pérdida abrupta, sensible, de condiciones materiales de reproducción de la vida impacta de tal manera que puede movilizar el cuerpo a la acción. Por eso el concepto de crisis adquiere en este punto su dimensión política: para que los cuerpos en acción se encuentren con las ideas socialistas se requiere, aunque no lo garantice, una organización. De aquí también proviene la importancia decisiva de una teoría de las crisis en el capitalismo.

Sin embargo, la cuestión de la pobreza es un desafío para nosotros porque advertimos que existe suficiente evidencia de un empobrecimiento social generalizado que es imperceptible para los cuerpos, al menos en comparación con el impacto inmediato que produce perder el trabajo, la vivienda, el poder adquisitivo o la posibilidad de viajar por vacaciones, ir al cine o a la cancha. Nos referimos a ese proceso que describe el discurso de Martín Caparrós: un paulatino empobrecimiento social en las relaciones y capacidades humanas durante los últimos 50 años. Este diferencial de medio siglo no puede sentirse. Pero puede pensarse.

Nuestro marco de interpretación está orientado por dos conceptos que Marx desarrolló en El Capital: el fetichismo de la mercancía (el declive de los lazos humanos reemplazados por relaciones entre cosas) y la subsunción real del trabajo al capital (la expropiación de capacidades humanas que se depositan en las máquinas). Notas como “Clavar el visto” y “Puto el que lee” corresponden a la exploración de fenómenos sociales según el fetichismo de la mercancía. La serie “El miedo no es sonso” y el artículo “Pantallas y degradación social” intentan llamar la atención sobre las consecuencias cognitivas de la subsunción real. Estos escritos (como nuestras notas sobre la conciencia, las redes y plataformas, el fin de los “30 gloriosos”, la degradación educativa, el oscurantismo progresista, el abandono por parte del trotskismo de categorías fundamentales, etc.) no versan sobre historia del siglo XXI, sino que son ensayos de respuesta a una pregunta tan banal como “¿Qué le pasa a la gente a nuestro alrededor?”

En este artículo vamos a concentrarnos en el empobrecimiento de los lazos humanos. La semana que viene abordaremos la degradación de las facultades que colaboran en el pensamiento.

Stranger Things

Algo extraordinario ocurre, cotidianamente, en el capitalismo. Un famoso apartado del primer capítulo de El Capital teoriza esta extrañeza: la relación social dominante asume, para los seres humanos que vivimos en esta sociedad, “la forma fantasmagórica de una relación entre cosas”2. La fascinación de Marx es tal que sólo encuentra palabras adecuadas en “las neblinosas comarcas del mundo religioso”. Porque, así como en ese mundo “los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia”, así también ocurre “en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana”. Si en la religión el ser humano inventa divinidades que cobran vida propia, en el capitalismo los productos del trabajo humano parecen juguetes animados, como los de Toy Story. A este fenómeno Marx lo denomina “fetichismo” y localiza su origen “en la peculiar índole social del trabajo que produce mercancías”:

Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. […] Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio. […] A éstos [los productores], por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabajadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre personas y relaciones sociales entre cosas.

En cualquier forma histórica de división del trabajo, los productores entablan relaciones sociales entre sí. Sólo en el capitalismo esas relaciones sociales se dan indirectamente, a través del mercado. Entonces, para la conciencia de los productores, las relaciones sociales aparecen cosificadas, las relaciones entre personas se representan como atributos naturales de las cosas. Pablo Semán, insospechado de estar en contra de la explotación, observó hace poco, en Canal Abierto:

Transversalmente, lo que se ve es una especie de captura del tiempo, el espacio y los lazos sociales en la práctica, en la esfera del cálculo y la racionalización, en someter todo al cálculo del costo-beneficio. Nadie hace nada si no es por algo. Y todo el mundo está computando cuánto da y cuánto pierde en esa acción.

Entonces brindó este ejemplo:

Un señor, que tiene un lugar de articulación en la zona norte del Gran Buenos Aires, tiene fondos derivados de una actividad social, pero, a su vez, como tiene una casa, quiere poner una pelopincho para que la gente vaya y él pueda cobrarles el chapuzón. Entonces, empieza a aparecer como racional, como posible, lo que Andy Freire (un asesor económico de Macri) había propuesto y era el símbolo de la ridiculez: alquilar la reposera. Pasamos de decir que esa propuesta era “militar el ajuste” a que la gente está alquilando la reposera.

La observación fue tan acertada como obvia. Porque Semán piensa que la causa del fenómeno es un Estado que no le pone límites a la expansión de las relaciones capitalistas, entonces ve un caso regional o suburbano de “triunfo del partido de la exclusión” donde, en realidad, existe la dinámica ciega de un sujeto automático como sistema social planetario: el capitalismo. Por eso no hay novedad en la lógica de lo que Semán observa, aunque el ejemplo puntual pueda ser llamativo. Pero resulta que ni siquiera es novedoso el fenómeno ejemplar que describe, ya que desde hace años opera una aplicación electrónica para facilitar transacciones como la de vender chapuzones o alquilar reposeras:

En Estados Unidos, esta app desarrollada y lanzada durante la pandemia, ya está ganando adeptos, dueños y usuarios, que pactan transacciones que van desde 45 a 60 dólares por hora. Hoy ya son más de 17.000 los propietarios de piscinas ubicadas en todo Estados Unidos, desde Los Ángeles hasta la ciudad de Nueva York, así como en Canadá y, en menor medida, en Australia, que publican sus servicios en la aplicación a precios que van desde 35 a 60 por hora, según la ubicación. Uno de ellos comentó al Wall Street Journal que espera ganar más de 110.000 dólares este año alquilando sus instalaciones de lujo.

Además, Asher Weinberger, uno de los cofundadores de Swimply, informó que los propietarios de las piletas ganan en promedio entre 5 y 10 mil dólares al mes, mientras que la compañía se queda con una comisión del 15 por ciento de los anfitriones y le cobra una tarifa del 10 por ciento a los huéspedes.3

Pablo Semán, coordinador del conjunto de ensayos titulado Está entre nosotros: ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?, emplea el término “economización de la vida cotidiana” para conceptualizar lo que ve en su trabajo de campo. También habla, desde el sentido común del progresismo, de “mercantilización”:

La gente ha monetizado su tiempo, ha visto reducidos sus espacios de circulación, acotándose muchísimo al barrio porque, o bien no hay plata para viajar, o bien la plata que hay para viajar no se compensa con el trabajo que se hace, entonces mucha gente abandona los trabajos que implican mucho costo de tiempo y de dinero en viaje.

Y, además, como la vida social se ha transformado en mucho más cálculo de lo que era antes, hay rupturas al interior de las familias. Una de las cosas que más me llama la atención es que los cumpleaños se festejan en entornos cada vez más chicos. Hay una nuclearización de la familia, más por escasez y por cálculo que por “modernización de los lazos sociales”.

“La venta se ha incorporado a la vida cotidiana de la gente”, dice el sociólogo y antropólogo que, a juzgar por estas reflexiones, olvidó una célebre caracterización, del año 1847, según la cual el ascenso de la burguesía no ha dejado en pie ningún vínculo excepto “el interés desnudo, el insensible pago al contado”. Nos referimos al Manifiesto Comunista, donde leemos, entre otras características del por entonces incipiente capitalismo, qué más ha hecho la burguesía en el poder:

Ha reducido la dignidad personal al valor de cambio, situando, en lugar de las incontables libertades estatuidas y bien conquistadas, una única desalmada libertad de comercio. […] Ha convertido en sus obreros asalariados al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia. La burguesía ha arrancado a las relaciones familiares su velo emotivamente sentimental, reduciéndolas a meras relaciones dinerarias.4

Marx y Engels no conocieron la pelopincho ni la reposera (al menos, tal como fue diseñada en 1928), pero expusieron la lógica de un funcionamiento social y la naturaleza de un problema político: el sistema capitalista, la clase burguesa. No “el neoliberalismo” y “el partido de la exclusión”.

Redes, haters y plataformas

A fines de 2025, Ana Iparraguirre (politóloga, directora de Dynamis Consulting) presentó este informe en LN+ que nos permite un acercamiento estadístico al fenómeno que estamos analizando.

Más de la mitad de los jóvenes de entre 18 y 35 años ha utilizado alguna plataforma para generar ingresos. Hemos escrito sobre las apuestas electrónicas y sobre OnlyFans, sobre los esquemas piramidales y su expansión capilar, sobre su carácter cosificador de las relaciones sociales y sobre lo que implican en términos de degradación educativa5. Nos interesa ahora contemplar el panorama no sólo más amplio de las relaciones sociales cosificadas, sino también más profundo que han propiciado las redes y plataformas6. Porque el comercio a través de medios electrónicos no es un avatar de este tipo de medios: el comercio es, precisamente, la finalidad para la cual fueron creados y puestos en funcionamiento.

Digámoslo así: no es que las redes y plataformas vinculen seres humanos que, cada tanto, comercian. Se trata de medios para comerciar que utilizan vínculos humanos para concretar operaciones de compra y venta. Por eso las relaciones cotidianas adoptan las dos principales características de la cosificación mercantil: eventualidad y disponibilidad. Por eso las aplicaciones de citas parecen una vidriera de personas: porque todas las apps son vidrieras, sólo que algunas ofrecen indumentaria, otras comestibles, otras viajes o ideas… y otras ofrecen seres humanos.

En suma, el anonimato, la virtualidad, la falta de regulación y control que caracterizan al funcionamiento de las redes y plataformas son exigencias del fetichismo mercantil, no trampas tendidas por “ingenieros del caos” que trabajan para “la hora de los depredadores” (como se titulan los dos últimos libros del famoso luddita digital Giuliano Da Empoli). Un reciente estudio de la OCDE (2024) nos muestra la magnitud del problema:

El anonimato, la incorporeidad y la desinhibición ayudan a explicar por qué las personas se comunican e interactúan de manera diferente en línea que fuera de línea, y pueden conducir a comportamientos negativos. Desde 2017, la tasa general de jóvenes que informan dificultades en el funcionamiento cotidiano y se sienten infelices debido al uso de las redes sociales aumentó un 49% […] El acoso cibernético también se está volviendo más común entre los jóvenes, y las niñas experimentan tasas más altas que los niños en promedio.7

Destaquemos esa aclaración relativa a las niñas, porque el sistema de relaciones sociales que subordina a las mujeres por sus atributos sexuales y reproductivos (lo que llamamos patriarcado)8 provee ejemplos cotidianos deplorables de cosificación:

Por beso se pagaba $60.000, 20 más por sexo oral y así hasta llegar a $200.000 por penetración si aún no había perdido su virginidad”, afirmó el fiscal general Eduardo Villalba ante el juez federal de Garantías de Salta Julio Bavio en una audiencia donde cinco sospechosos fueron imputados por el delito de trata de personas con fines de captación, promoción, facilitación y explotación sexual. […]

El representante del Ministerio Público, según informaron fuentes judiciales, reveló que la organización criminal captaba a alumnas de una escuela para explotarlas sexualmente. Reconoció que hubo denuncias previas que “no fueron atendidas debidamente por los organismos del Estado”, por lo que esta organización “continuó actuando y causando daños irreversibles en adolescentes de 16 años”.9

El caso que sacudió a la Escuela de Enfermería de la Universidad Nacional de Tucumán –que empezó con una denuncia anónima y tiene al menos un docente bajo investigación judicial– volvió a acaparar la atención mediática en las últimas horas luego de que una de las imputadas hablara públicamente y contara cómo funcionaba el sistema de coimas y favores sexuales a cambio de aprobar materias.10

De ahí que, para los socialistas, la pobreza no deba medirse únicamente en términos de ingresos monetarios. Hay una pobreza incalculada que se realiza en los vínculos, en las prácticas y en las ideas. Lo vemos cotidianamente, entre las personas conocidas y desconocidas que nos rodean. La lógica del capital tiende a cosificar todas las relaciones humanas. No como finalidad, sino como consecuencia de su finalidad: valorizar valor, acumular ganancias.

La tendencia del capital, razón de nuestro programa

Cuando Marx dice que el fetichismo es un fenómeno real y no una mera ilusión de la conciencia, nos está diciendo que lo concreto, material, cualitativo, se subordina a lo abstracto, ideal y cuantitativo: aquello se vuelve mero “soporte material” del movimiento automático del valor. No importa que la mercancía sea un juguete, una bomba, un chapuzón o una persona; importa que se venda, que realice valor en el mercado. Porque el sistema capitalista tiende a convertir la multiplicidad cualitativa del mundo en valor indiferenciado que se incrementa. Un mundo que va de lo mismo a lo mismo acrecentado, empobreciéndolo todo a su paso.

¿Puede el capitalismo engendrar cosas “buenas, bellas y verdaderas” para la humanidad? Claro que sí, siempre y cuando se vendan, siempre y cuando generen ganancias, siempre y cuando valoricen valor. Los “30 gloriosos años” de posguerra dan sobradas pruebas de esa capacidad. Pero hubo dos guerras mundiales como condición de posibilidad de ese despegue excepcional11.

Si el capitalismo exhibe agresividad contra el mundo no es por su inclinación a la maldad, sino porque esa indiferencia estructural básica necesariamente avasalla la realidad. El abigarrado conjunto de entidades complejas y variadas del mundo se reduce, de manera tendencial, asintótica, a una sola sustancia sin cualidad, que es el valor. Todo ente es, así, susceptible de obtener su código QR.

La semana que viene continuaremos estas reflexiones en “La pobreza incalculada, 2: Subsunción real y degradación cognitiva”.

Foto: Marcela B.

NOTAS:

1 Sobre los 30 gloriosos escribimos “El dilema de Camus”, “La tentación irracionalista”, “Cine: una de esas mercancías que nos negamos a ver como mercancía”, “El campo de los sueños”.

2 Karl Marx, El capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 89. Todas las citas vienen de esta edición.

3 Daniela Chueke Perles, “Pasar el verano. Le propuso alquilarle su pileta y sin buscarlo ideó un negocio millonario”, nota publicada en La Nación el 16 de septiembre de 2021.

4 Karl Marx y Fredrich Engels, Manifiesto del partido comunista, edición bilingüe, trad. León Mames, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 41-2.

5 Nos referimos a estas notas: a) “Me escaneé el ojo y le puse todo al rojo (Apuestas online y degradación educativa)”; b) “OnlyFans: ¿Qué tienen en común los narcos, el porno y el sistema prostituyente”; c) “Redes y prostitución: De posar desnuda a la ‘economía social’”; d) “Cristiano Ronaldo y las revendedoras de Avon”.

6 Escribimos largamente al respecto en “Redes sociales de la soledad (Salud mental, conectividad y aislamiento)” y “Plataformas de la depresión (Instagram, Facebook, TikTok y salud mental en niñas y adolescentes”.

7 “Salud metal y entorno digital”, capítulo 4 del informe OCDE Digital Economy 2024.

8 Sobre el modo en que se vinculan patriarcado y capitalismo: a) “Somos abolicionistas porque somos feministas”; b) “La violación: peronismo, patriarcado y capitalismo”; c) “Patriarcado, 1: los pueblos fantasma”; d) “Por qué somos tan pocas: las mujeres trabajadoras en el 8M 2025”.

9 Gabriel Di Nicola, “‘Por beso se pagaba $60.000 y así hasta llegar a $200.000’: una red de trata buscaba víctimas vírgenes en colegios”, nota publicada en La Nación el 17 de septiembre de 2025.

10 “Una arrepentida contó cómo cambiaban notas por sexo y dinero en el caso que sacude a la Universidad de Tucumán”, nota publicada en Infobae el 17 de julio de 2025.

11 Para descripción de los “30 gloriosos”: a) “El dilema de Camus (Desventuras del intelectual comprometido)”; b) “La solución y los imprescindibles (O por qué la cultura y el arte no son una vía factible para cambiar el mundo)”; c) el apartado “El drama de los dramas” en “Cine: una de esas mercancías que nos resistimos a ver como mercancía” prueba que, aun en medio de un empobrecimiento generalizado, cuando un nicho de mercado hace rentable la producción de calidad, se hace, tal como ocurrió en la más reciente “Era dorada de las series de tv”.

1 comentario en “LA POBREZA INCALCULADA, 1: Fetichismo de la mercancía y cosificación de las relaciones humanas”

  1. La nota esta muy buena pero deberian comunicar con un lenguaje mas acsecible ,por ej, la ultima parte,”la tendencia del capital razon de nuestro programa”esta escrito para obreros intelectuales que estan familiarisados con la filosofia y otras ciencias,yo tengo la primaria y auque tengo conisimientos genericos me cuesta un huevo entender esa parte en general coicido en un todo con lo que escriben ,pero un grupo se sebe comunicar en un lenguaje que llegue a la distentas capas del movimiento obrero.saludos socialiatas

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