Indudablemente, la generalización de las condiciones de precarización laboral que ya existen para un amplio sector de la clase obrera –generalización con que la burguesía busca imponer su rentabilidad– es un retroceso para la capacidad de supervivencia de los trabajadores; y, como tal, un proyecto enfáticamente rechazable.
Al mismo tiempo, como militantes socialistas, es preciso evitar caer en el simplismo de apoyar cualquiera de los dos posicionamientos que el arco político burgués nos ofrece, sin la problematización del contexto en el que se desarrolla esta urgencia del capitalismo nacional. Necesitamos recuperar la pedagogía antes de abocarnos hacia una estéril agitación.
Por eso, quizás, en vez de dar por sentado que todos los trabajadores ya saben lo que nos parece que deberían saber y que, por lo tanto, ya tienen una posición tomada en contra de la reforma, convendría hacernos algunas preguntas:
¿Por qué resurge constantemente el tema de la reforma laboral en el horizonte de la política burguesa?
¿En qué consiste la propuesta actual y qué diferencias tiene con las previas?
¿Por qué hay tan poca disposición a enfrentarla?
¿Y qué camino queda abierto para nosotros en esta coyuntura?
A diferencia de lo expresado por el gobierno, los contratos laborales que protegen a los trabajadores han sido obtenidos en momentos de alta tasa de ocupación, como ocurrió en muchos países durante la posguerra. Sin mano de obra precarizada ni desocupada que permita desplazar a los obreros revoltosos en actividad, se le impone a la burguesía algún tipo de negociación para garantizar su propia rentabilidad. De allí provienen las “concesiones”. Por el contrario, cuando hay millones de trabajadores en la fila de los desocupados, precarizados y subempleados, a la espera de un puesto laboral, esto es una amenaza de reemplazo de los organizados que protestan, el patrón es más fuerte y los luchadores quedan más expuestos.
El modelo expansivo e integrador del capitalismo, denominado comúnmente como Estado de Bienestar (en donde la clase obrera encontró condiciones más favorables para su supervivencia), funcionó y fue aceptado por la burguesía mientras existió un mundo por reconstruir (tras dos guerras mundiales) y la necesidad de educar y contratar masas de obreros para ese relanzamiento de la acumulación. Pero cuando estas colosales fuerzas dinámicas alcanzaron su techo histórico, la productividad comenzó a reemplazar obreros por máquinas y la población trabajadora comenzó a “sobrar” para las necesidades del capital. Así, los resguardos conquistados por la clase trabajadora fueron puestos en tela de juicio.
Entonces podemos decir que la reforma laboral es una de las dos soluciones oprobiosas a la contradicción que el capitalismo nos plantea a los trabajadores: o bien participar de una economía dinámica dejándonos explotar de manera espantosa (y convivir con la falta de empleo), o bien integrarnos a una economía estancada, viviendo cada vez más miserablemente (con inflación y pauperización sistemática).
Con esta reforma laboral, una fracción de la burguesía propone ir a fondo, considerando que esta es la oportunidad para liquidar la organización sindical. Exponiendo el innegable desprestigio de la conducción burocrática, este sector de la burguesía intenta quitarle a la clase trabajadora sus mediaciones institucionales para negociar. (Recordemos que los sindicatos existen para defender colectivamente el precio de la fuerza de trabajo).
Otro sector de la clase burguesa quiere mantener el histórico “toma y daca”: quitarnos conquistas a los trabajadores a cambio de mantenerles privilegios y prebendas para los burócratas. Esta fracción burguesa calcula que una mediación de ese tipo ofrece más garantías para la estabilidad de los negocios que destruir el “dique de contención” que históricamente les ha sido tan útil para explotación y el empobrecimiento de la clase trabajadora.
Si tenemos en cuenta el proyecto que firmó Milei, al regresar de su viaje a Oslo, parece imponerse la segunda posición, ya que fueron excluidos dos artículos que afectaban el manejo de las cajas por parte de los burócratas[1].
Sea como fuere, ninguna de las dos propuestas contempla beneficiar a la clase obrera. Son dos maneras de jodernos. Por eso, ante los acontecimientos venideros, sería necesario rechazar tanto el proyecto original como las negociaciones que realiza el peronismo.
Claro que evitar este intento de reforma laboral nos mantiene, al menos, en el mismo piso que hoy. Se trata de una consigna justa dentro de unos objetivos mínimos para el conjunto de la clase. Pero no nos engañemos. Aunque no sea con las mismas palabras y la misma conceptualización, gran parte de la clase trabajadora (registrada, precarizada, desocupada) piensa más o menos lo mismo: carece de entusiasmo y confianza para salir a la calle a defender algo que finalmente puede significar, únicamente, la defensa de las cajas de la burocracia.
De manera que la improbable masividad de las movilizaciones contra la reforma permite varias reflexiones.
Si, del total de los trabajadores, el 52% se ubica dentro de la llamada “informalidad” o “cuentapropismo”, entonces para estos compañeros la pérdida de derechos laborales opera desde hace décadas. No es una novedad. Por otra parte, datos como los que se publicaron esta semana, sobre el aumento de la desocupación, hablan de un incremento de los trabajadores que ya están fuera del mercado laboral y que podrían confiar en que la reforma ayudará a conseguir nuevos empleos.
En suma, no son pocos los asalariados que temen poner en riesgo su laburo para defender a burócratas que se han mantenido históricamente en connivencia con la patronal. Nos referimos a los “informales”, que no tienen ningún “derecho adquirido” que salir a defender. Nos referimos también a los desocupados, que están todavía peor. Ambas fracciones de la clase trabajadora pueden abrigar, legítimamente, alguna ilusión en que nuevas inversiones, con empleos bajo el brazo[2], aparezcan tras la reforma.
Por todo lo dicho queremos resaltar nuestro rechazo, no sólo al proyecto de reforma laboral propuesto por el gobierno, sino a todas sus variantes toleradas y ofrecidas por la llamada “oposición”. Un rechazo que encuentre sus fundamentos no en el color o el partido político burgués a cargo del Poder Ejecutivo, sino en el modo de producción, en la propiedad privada de sus medios, en la forma en que la sociedad capitalista crea la riqueza.
En este contexto, inamovible e inobjetable, el problema para la clase trabajadora es el capitalismo. El punto en el que las condiciones para nuestra supervivencia resultan ser apenas una variable de ajuste para la rentabilidad capitalista.
Foto: Marcela B.
[1] Paula Rossi, “Milei volvió de Oslo y firmó la reforma laboral con un gesto a la CGT: excluyó un ítem que afectaba la caja sindical”, nota publicada en La Nación el 11 de diciembre de 2025.




