A raíz de la autodenominada “Marcha del Orgullo Antirracista y Antifascista” convocada el primero de febrero de 2025, a la cual adhirieron el FIT-U, el gobernador peronista Kicillof, La Cámpora, y un amplio espectro del progresismo, hemos encontrado pertinente realizar un breve artículo sobre el fascismo y que incluya una explicación sobre por qué motivo no es correcto identificar al gobierno de Milei como fascista.
¿Qué es el fascismo? Aclaremos, para empezar, qué fue el fascismo histórico: un régimen político surgido luego de la Primera Guerra Mundial en Italia, que portaba ciertas características, de las cuales se destacan:
- el totalitarismo antidemocrático,
- la conformación de un partido-milicia con bandas armadas que respondían al partido
- un nacionalismo tendiente a la expansión militar a través de la guerra y
- la amenaza del comunismo (la revolución rusa fue en 1917), encarnada en obreros organizados en partidos y sindicatos que el fascismo aniquilaba.
El fascismo, como experiencia histórica y material, significa un régimen distinto a la democracia, en el que los derechos y posibilidades del quehacer socialista y obrero se encuentran coartados. El uso concreto de la violencia y la represión imposibilita la libertad de expresión, de organización, de protesta, de sufragio, etc. El fascismo es aquel régimen político que reemplaza a la democracia por un sistema que efectivamente limita o prohíbe aspectos esenciales de las libertades civiles y políticas de los ciudadanos para salvaguardar los intereses de la burguesía, en un contexto donde la lucha de clases cuestiona las relaciones de propiedad existentes.
La Argentina de 2025 dista ampliamente de ese escenario. Ni hay un movimiento revolucionario de la clase obrera (cuanto mucho, hay luchas aisladas y defensivas), ni se está disputando la estructura económica. En este contexto, la propia convocatoria a aquella marcha “Antifascista”, como su realización efectiva con propaganda pública y sin consecuencias represivas, constituyen una prueba de que no nos encontramos ante un régimen fascista. Ya que, si surgiera uno, la realidad material, concreta, no dejaría lugar a dudas y no tendrían sentido los análisis subjetivos sobre la pertinencia del término: ante un régimen que anula el Estado de derecho, solo queda el silencio o el combate. Entonces una marcha promovida libremente y sin consecuencias ni censura, una marcha que culmina con festivales donde se anuncia fecha, hora y lugar, refleja justamente que no estamos ante un régimen fascista.
¿Podría surgir una experiencia fascista? La respuesta más breve es “Sí, podría”. Para eso tengamos en cuenta que, en el capitalismo, la democracia es burguesa. La sociedad en que vivimos se compone por la clase trabajadora (inmensa mayoría de la población mundial, los que únicamente poseemos fuerza de trabajo para vender y subsistir) y la burguesía (aquella que posee los medios de producción y vive de explotar la fuerza de trabajo de la clase obrera). Esta sociedad de clases, a diferencia de otras sociedades pasadas, contempla la igualdad formal: los derechos civiles y políticos que tenemos todos los ciudadanos (ante la ley somos todos iguales y gozamos de los mismos derechos). Pero también existe la desigualdad real: la diferencia que existe entre los trabajadores y los burgueses, entre la pobreza y la riqueza.
El marco en el que prefiere operar la burguesía para acumular ganancias está compuesto por una serie de condiciones: estabilidad política y económica, paz social, leyes claras, previsibilidad para invertir, políticas a largo plazo, etc. Esto se llama Estructura Social de Acumulación. Dentro de esta estructura, la igualdad formal es parte del marco necesario (pero no indispensable) para acumular ganancias, recurrir a la justicia en disputas interburguesas, etc.
Pero, ante una crisis que ponga en entredicho la desigualdad real y que, por lo tanto, cuestione las relaciones de producción y la propiedad privada, la burguesía es capaz de sacrificar la igualdad formal en pos de seguir gozando de la desigualdad real. Es ahí, ante la crisis y la incertidumbre que la clase poseedora puede elegir renunciar a la democracia burguesa y refugiarse detrás de un régimen fascista, cediendo para sobrevivir.
En conclusión, el fascismo no es una percepción, no es un sentimiento de libertades perdidas o un clima cultural, sino un régimen político concreto. Los convocantes a la marcha “Antifascista” buscan ocultar el fracaso de su gobierno y llamar a una alianza de clases. Por eso consideramos que el uso impreciso del término “fascismo”, más allá de su error teórico e histórico, constituye un peligro para la clase obrera, en la medida que banaliza la experiencia de los regímenes fascistas. Para profundizar en este tema, se puede leer “Fascismo: un tema pop de la izquierda”




