PSICOLOGÍA Y POLÍTICA: Rechazar la estafa que propone el PTS

«Lo que distingue a un partido revolucionario», explicó hace poco Emilio Albamonte, co-fundador y dirigente nacional del PTS, «es que su construcción está ligada a aquello que decía Marx de que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos». Categóricamente, concluye: «Si no entendemos esto no entendemos a qué se refería Marx»1.

Desde esa perspectiva, con la que coincidimos, se puede aspirar a conducir una rebelión o el descontento hacia determinado programa. Pero no se puede persuadir a los trabajadores para que realicen lo que no están dispuestos a hacer.

Sin embargo, eso es lo que propone el PTS cuando difunde, en su prensa, la perspectiva que los socialistas deberíamos desarrollar en el terreno de la psicología: despertar, sacudir, a los tristes, conformistas, alienados y tontos trabajadores.

Sostenemos que la atención psicológica es un reclamo del programa mínimo, tan legítimo como el salario o la vivienda. Explicaremos por qué. Y argumentaremos que el PTS propone, para ese campo de la salud, un tipo de intervención que consideramos una estafa, pues no separa la clínica de la militancia.

Para exponer todo eso daremos un rodeo por la genealogía y la función social de la atención psicológica.

De las sociedades a los dioses

Lo social puede pensarse desde dos enfoques. El liberalismo clásico parte de la sumatoria de individuos: la adición de intereses individuales conduciría a la satisfacción del interés colectivo; la dinámica particular determinaría a la general. En esto, los liberales coinciden con los anarquistas. Por eso, cuando una mayoría tiene la posibilidad democrática de elegir un gobierno y su rumbo, la perspectiva liberal entiende que eso es necesariamente perjudicial y lo explica por condiciones extravagantes de «alienación» y engaño operando sobre la conciencia. Así, aunque la vida cotidiana lo desmienta constantemente, el liberalismo le atribuye a la conciencia misteriosas capacidades que nunca se manifiestan, mudos poderes, tácitas destrezas. «¿Cómo puede ser que voten en contra de sus intereses?», «Son manipulados por los medios», «Son masoquistas», «Los guía el odio, no la razón».

El liberalismo emite juicios de ese estilo porque no concibe al cerebro y la conciencia como un órgano y su producto, evolutivo y adaptativo, sino como un talento autónomo y abstracto, una disposición innata al conocimiento teórico, una capacidad naturalmente inclinada al Bien y la Justicia, hábil para superar los condicionamientos de la supervivencia e independizarse del organismo biológico que es su condición material de existencia. Es la «tesis de la excepción humana», con su ruptura radical entre naturaleza y cultura2.

La política socialista, en cambio, camina en la senda de Darwin y parte de otra concepción: toda sociedad es una manera de organizar la vida para su reproducción. Su permanencia como forma colectiva de garantizar la vida cotidiana no depende de las abstracciones mentales de los que integran la sociedad, sino de la capacidad social para obtener una reproducción aceptable para esas vidas. Qué es aceptable y qué no para un individuo humano jamás se desprende de una evaluación teórica, de la comparación con utopías o de la aplicación de tesis filosóficas. Sólo la experiencia biográfica de ese individuo construye el criterio de lo aceptable. En otras palabras, aceptable es la vida social que aprendimos y tenemos… hasta que deja de ser aceptable.

¿De dónde sale entonces la experiencia de una vida inaceptable, esa que provoca reticencias, revueltas y revoluciones? No de la reflexión abstracta, las arengas exteriores o las consignas transicionales. Surge de las crisis. De las crisis que impiden seguir practicando la vida social como hasta ese momento. De las crisis que interrumpen o cortocircuitan el modo de vida concebido hasta entonces en la experimentación diaria. Por lo tanto, los socialistas pensamos que el empuje para cambiar la vida de manera radical no proviene más que del fracaso de las posibilidades para desarrollar la vida cotidiana.

¿Por qué esas interrupciones de lo aceptable no ocurren todo el tiempo? Porque la sociedad está provista de variados mecanismos de corrección parciales, corporativos o individuales, que resuelven o amortiguan inconvenientes de la vida cotidiana. En esta decisiva dimensión social se apoya el programa mínimo. Si una sociedad permite a los individuos acceder a elementos defensivos y respuestas satisfactorias de ese programa mínimo, si puede garantizar una dinámica de expansión de la riqueza y algún tipo de movilidad social ascendente, entonces decimos que esa sociedad es sólida.

Sin embargo, incluso en la más sólida de las sociedades, el individuo humano experimenta cierta tensión –a veces insoportable– entre las expectativas de esa ventaja evolutiva que llamamos conciencia y otras expectativas, también originadas en el organismo humano, pero ajenas a la conciencia. Este malestar, en su origen y resolución históricos, ha sido comúnmente atribuido a los dioses.

De la religión a la psicología

En el modo secular de vida que impusieron, poco a poco, la ilustración europea y el capitalismo naciente, los seres humanos fuimos quedando huérfanos de herramientas religiosas para lidiar con aquella tensión recurrente. Por eso, desde su aparición, la psicología conservó los recursos básicos de las religiones monoteístas del Mediterráneo: el trabajo con la palabra sobre un sufrimiento cuya expresión verbal requiere ser interpretada; la operación dialógica sobre una queja que, de manera tortuosa, brinda indicios de una fuente del malestar. Curiosamente, cuando ese trabajo retrocede, en su actuación, hasta períodos históricos previos a aquellas religiones, cuando retoma la intervención forzada sobre el cuerpo y la utilización de sustancias psicoactivas (aunque, esta vez, sobre una base científica), ya no hablamos de labor psicológica sino de psiquiatría.

Las innumerables querellas y disputas entre escuelas psicológicas, los distintos modos de tratamiento del malestar psíquico e, incluso, de todas las psicologías con las religiones y los «chamanismos», ratifican como un acierto la técnica que comparten. Con independencia de que nos resulte más o menos razonable, las disciplinas que trabajan con el sufrimiento del sujeto se encuentran, socialmente, disputando terreno con las religiones y otras creencias.

Por otro lado, debemos reconocer que los debates entre corrientes psicológicas y psiquiátricas pasan a un segundo plano ante el mutuo reconocimiento, práctico y cotidiano, en la formación y el trabajo profesional. Primero, porque todas acreditan sus saberes y competencias bajo el paraguas de una misma institución: el Estado burgués. Segundo, porque todas admiten trabajar en el aparato sanitario que regula ese mismo Estado. Por eso vemos un abismo entre las rabiosas polémicas intelectuales de las capillas «psi» y la tranquila convivencia práctica en las instituciones de salud. No es que las controversias sean falsas o irrelevantes. Es que son secundarias con respecto al hecho de que todas esas escuelas y corrientes pertenecen al mismo tipo de actividad. Los debates son posibles porque habitan un espacio social común y cada perspectiva lucha por su prevalencia en él. Todo lo cual nos indica que la existencia de estas actividades «psi» en la sociedad moderna es un reclamo propio del programa mínimo. Se trata de actividades necesarias para la reproducción social.

Así, una de las condiciones que la sociedad debe cumplir para garantizar la reproducción de la vida es atender al reclamo por mecanismos de ajuste subjetivo. Atención que puede brindarse de diversas maneras: reemplazo de dispositivos tradicionales, como la religión; ajustes para nuevos desajustes que condiciones cambiantes de vida provocan; suplencia mediante un retorno a lo religioso –como sucede hoy con los evangelistas– para producir esos reajustes en las masas más embrutecidas y sin tradición secular… Estos fenómenos, que vemos cotidianamente, son parte de un reclamo legítimo y social que no puede considerarse de manera distinta con respecto a otros elementos del programa mínimo, necesarios para una mejor adaptación al sistema: aumento de salario, tasa de ocupación, derecho a la vivienda, posibilidades educativas, seguridad, esparcimiento, etc.

De la psicología a la religión

En los días 25 y 26 de septiembre de este año, se desarrolló en Brasil el II Congreso Internacional de Clínica Histórico-Cultural. La Izquierda Diario publicó el discurso de apertura de Mafe Macedo, «psicóloga y militante del MRT (Movimiento Revolucionario de Trabajadores, partido hermano del PTS)», bajo el título «Psicología. Manifiesto político contra la desesperanza». Allí leemos:

«Bloqueamos todo». Fue lo que dijeron los trabajadores portuarios italianos que, en 2025, formaron parte de la organización de una huelga general que llevó a más de dos millones de personas a las calles en solidaridad con el pueblo palestino.

«Moderada nunca», dijo el 1 de mayo de este año Myriam Bregman, la comunista que hoy es la figura política de Argentina con la mejor imagen positiva entre todos los políticos del país.

«Parecemos un pueblo tan pequeño, pero somos gigantes cuando enfrentamos al enemigo», dijo Alessandra Munduruku en el momento en que el pueblo de Tapajós derrocó el decreto que intentaba privatizar sus ríos.

Para Vigotski, la palabra es la unidad de análisis fundamental de la conciencia. ¿Qué posibilidades de imaginación señalan palabras como estas, pronunciadas en momentos históricos decisivos, en un mundo en el que entre las palabras que más escuchamos son «no da la correlación de fuerzas»?

Sin un mínimo balance de esa lucha puntual de los portuarios italianos (¿qué objetivos cumplió y cuáles no?, ¿hubo aciertos o errores?, ¿se modificó la política exterior del gobierno de Meloni?); sin alguna explicación de por qué el acto del PTS el 1° de mayo (abandonando la calle, separándose de los otros partidos del FITU y aislándose en un microestadio techado) habría sido un «momento histórico decisivo»3; y sin relacionar la lucha contra un decreto con el funcionamiento del sistema capitalista (esos ríos amazónicos pertenecen a un espacio de acumulación burgués, ¿qué relevancia tiene que sean «públicos» o «privados»?) e inscribir ahí el carácter reaccionario del particularismo indígena4, las palabras que señalarían «posibilidades de imaginación» dejan demasiado margen para la imaginación.

Pero detengámonos en la última frase citada por el manifiesto: «No da la correlación de fuerzas». Porque el congreso internacional reunió a 200 psicólogos, docentes, investigadores y estudiantes de Brasil, Argentina y México. La Facultad de Psicología de la UBA cuenta con 25.000 alumnos. El AMBA, con 50.000 psicólogos. La población de los países involucrados alcanza los 393.000.000 de habitantes. La frase «no da la correlación de fuerzas» suena sensata. E invocar a Vigotski no resuelve este problema numérico sino que lo agrava: ¿qué debe hacer un psicólogo, que eligió formarse y trabajar desde otra escuela, no vigotskiana, si quiere sumarse a la causa socialista? Según el manifiesto difundido por el PTS, debe abandonar lo que constituye su medio de vida y resetearse como vigotskiano.

Hay otra invocación al apellido ilustre: Spinoza.

De la mano de las pasiones tristes, como las denomina Spinoza, la desesperanza se articula con la parálisis de la acción, un estado psíquico que te anula como sujeto, que no te permite verte capaz de transformar aquello que te entristece.

Hemos visto cómo Andrea D’Atri y Myriam Bregman (dirigentes nacionales del PTS) escribieron en el libro Zurda acerca de «las pasiones tristes que promueve la ultraderecha» y de cómo «es lógico que nos inunden las pasiones tristes de las que hablaba Spinoza»5.

La edición brasileña del libro.

El monismo materialista de Spinoza, que puede apreciarse como un antecedente filosófico del materialismo histórico, se convierte aquí en un frívolo relevo de Marx para defender una suerte de fenomenología de las emociones y los sentimientos6. De ahí que el subtítulo del libro de Bregman se encuentre perfectamente alineado con el manifiesto que estamos discutiendo, mucho más cerca de la literatura de autoayuda que de la crítica de la economía política: «Apuntes contra la resignación, la mansedumbre y el conformismo».

Según el manifiesto difundido por el PTS, el capitalismo no es una organización para la reproducción de la vida7, sino un objeto dócil a la maldad y el capricho de los poderosos: «La desesperanza es una ideología cuidadosamente alimentada… por los empresarios», «las clases dominantes… orquestan esta barbarie», «Se trata de algo elaborado, exagerado y cuidadosamente fomentado por todos los medios de difusión, de arriba hacia abajo». Consecuentemente, para este discurso trotskista el problema no es la acumulación y la competencia8, por eso Marx no es el autor central del manifiesto, sino Vigotski y Spinoza. El problema es la maldad. Y dado que la maldad pertenece a un orden moral metafísico, el enfoque del «Manifiesto político contra la desesperanza» tiene que imprimirle una disfuncionalidad catastrófica a la realidad:

La persistencia de la crisis capitalista ha generado acontecimientos que antes parecían solo guiones de distopías de la industria cultural. Es imposible no conmoverse ante las imágenes de los palestinos frente a la masacre de Israel. Hemos visto cómo el mar se incendia y los ríos de la Amazonía se secan. Los patrones y la burguesía racista, machista y LGBTfóbica alardean de su riqueza, planeando viajes al fondo del océano o a la Luna, pagados con la sangre y el sudor de nuestra clase.

Todo anda tan mal que «es imposible no conmoverse». Pero los trabajadores no se dan cuenta. Por eso hay que «sacudir a quienes están adormecidos por la rutina», realizar acciones ejemplares de lucha que «sacudan nuestra conciencia demostrando que es posible imaginar un futuro diferente». Palabras que sacudan, acciones que despierten. Se trata de la concepción elitista de la conciencia alienada que abrazó la contracultura como estrategia y que analizamos en ocasión del duelo por la muerte del Indio Solari:

La contracultura enfrentaba, así, un dilema: si querías cambiar algo, había que elegir entre la tinta y el plomo. Pero eran dos maneras de atender a un mismo diagnóstico: las masas estaban dormidas y había que despertarlas del sueño dogmático de la alienación burguesa. Ora súbitamente, mediante una acción ejemplar (como el asesinato selectivo), ora insidiosamente, mediante una subversión sensible (como una obra de arte). De un lado el foco guerrillero (capaz de impulsar al combate abierto), del otro una metáfora lúdica (capaz de «desautomatizar» la percepción de las cosas).9

Observamos, más arriba, que la psicología y la religión se parecen, en tanto técnicas, porque ocupan el mismo lugar en la vida social: ofrecer un ajuste subjetivo a quien sufre en condiciones que no puede hacer concientes. Pero ese parecido de función no las iguala. La religión explica el sufrimiento por un orden trascendente y lo resuelve en una redención fuera del mundo. La psicología, en cambio, busca sus causas en este mundo y sus explicaciones pueden ser revisadas, refutadas y corregidas. El reemplazo de una por otra es, dentro del capitalismo, un progreso. Por eso lo que propone el PTS con ese manifiesto no es una psicología más política, sino una psicología más religiosa: una clínica que diagnostica una caída (la desesperanza inoculada por el poder) y promete una redención (despertar, recuperar las pasiones alegres).

Esta re-teologización de la psicología no es un desvío del PTS sino una consecuencia necesaria del programa de transición trotskista.

Del oráculo a la biografía

Durante décadas, Jorge Altamira ha profetizado una crisis terminal del sistema capitalista, la catástrofe de un Juicio Final con guerras interplanetarias que trastocarían nuestras condiciones de vida, obligándonos a prepararnos para la revolución inminente. Esto ha sido, en todo ese tiempo, un llamado urgente a abandonar las «banales» tareas de la supervivencia, el «alienado» disfrute cotidiano y los «individualistas» proyectos personales. Altamira bramó año tras año, sin que acaeciera, el augurio de una batalla final a punto de ocurrir. Esto en simultáneo con su reconocimiento público como personaje de la política y mientras consumaba acciones que el capitalismo permite, socialmente aceptadas y legalmente reguladas por la democracia burguesa. Es más: las peores zozobras que padeció Jorge Altamira en los últimos 40 años fueron provocadas por sus propios compañeros de partido: humillantemente lo dejaron afuera de la organización que fundó, cambiándole la cerradura de los locales y expulsando a centenares de militantes con un golpe de Whatsapp.

La vida de Emilio Albamonte, principal inspirador teórico del PTS, ha transcurrido por carriles similares a los de Altamira, aunque con mucha menos exposición pública. Más cerca del estrellato mediática, el «Pollo» Sobrero, de Izquierda Socialista, o Vilma Ripoll, del MST, no están lejos de Altamira y Albamonte, generacional, institucional y legalmente: sus actividades gremiales y políticas tienen reconocimiento y aceptación social.

Esta apelación a los nombres propios no está aquí para denunciar «adaptación al régimen» y tonterías por el estilo. Si se conquistan libertades políticas es tan legítimo y deseable aprovecharlas, como absurdo sería denunciar una automarginación ilusoria y una persecución impostada. Lo que nos interesa remarcar con esta breve lista de nombres (que podríamos extender a otras figuras salientes de la estrategia transicional)10 es que, durante largos períodos, esos y otros dirigentes socialistas anunciaron el colapso y la catástrofe mientras vivían una pacífica –y aun confortable– cotidianeidad. Con esto queremos decir que la vida cotidiana es real, mientras que el Apocalipsis es un discurso.

Por lo tanto, en la medida en que la crisis que podría empujar a las masas a la acción no se haga presente, en la medida en que la propia acción de las masas no se haga presente, nos parece ridículo pretender que las actividades militantes se dediquen a denunciar como falsa, alienada y «colonizada por las pasiones tristes» una vida que es real, vivible y consistente11.

Del «deber ser» a lo que es

Esa concepción de la política, que implica un modo religioso de interpretar la realidad, se expresa en la propuesta del manifiesto que difunde el PTS para los psicólogos socialistas: luchar contra la adaptación al sistema.

La desesperanza que vemos hoy, como emoción, se constituye por la imposibilidad de pensar en una alternativa real que supere al capitalismo, por la aceptación resignada de este orden social.

En psicología, esto se manifiesta desde su origen: el de responder a la demanda de proporcionar conceptos e instrumentos «científicos» de medición que garanticen la adaptación de los individuos al orden social. Si queremos superar este origen, haciendo honor a la génesis de la Psicología Histórico-Cultural, es necesario comenzar por no naturalizar el mundo tal como se presenta hoy.

Este enfoque supone que «ser revolucionario» es un deber. Supone también que la hipótesis política (el programa) es una verdad infalible, que puede prescindir de la aceptación o el rechazo, crítico y conciente. Se trata, por lo tanto, de una propuesta antidemocráctica: busca imponerle a un sujeto soluciones contra sus expectativas y contra su voluntad. Paradójicamente, esto es la contracara de lo que se plantea en términos de «política identitaria», donde cualquier capricho –incluso irreal, egoísta y socialmente inviable– debe ser atendido y satisfecho12.

Nosotros pensamos que la movilización de las masas y su disposición al cambio social son efectos de la manera de vivir, de la imposibilidad de reproducir la vida como hasta cierto momento dado. No de inflamados manifiestos políticos contra la desesperanza ni de la actividad que realizan los psicólogos para evitar la adaptación al sistema. Quien va a un consultorio psicológico (y no a un local partidario) no es un tonto, un alienado, un dormido o un «colonizado por las pasiones tristes». Es alguien que expresa una decisión y una expectativa. Si un psicólogo cobra por una tarea a realizar sobre el malestar individual, sobre el sufrimiento subjetivo que se padece desde la perspectiva singular de quien paga por esa tarea, y ese psicólogo brinda otra cosa, eso es una estafa.

Siendo la acumulación la ley fundamental que rige el funcionamiento del sistema capitalista, el crecimiento o la contracción de la economía, la distribución o no distribución de la riqueza, la mayor o menor expectativa en el futuro, la menor o mayor satisfacción con las condiciones de vida, no son variables que dependan de la conciencia. Dependen de la propia acumulación. En la conciencia social, la huelga de inversiones (que es un recurso de los capitalistas ante su desconfianza en las posibilidades de acumulación) es mil veces más poderosa y eficaz que 200 psicólogos tratando de convencer a alguien de la necesidad de ser rebelde.

En oposición a los dichos de Albamonte que citamos al comienzo, en el «Manifiesto político contra la desesperanzo» no hay respeto hacia las razones objetivas por las que los trabajadores son reticentes al combate. No hay lugar, por ejemplo, para el hecho de que las organizaciones de masas estén bajo el control de partidos burgueses como el PT, MoReNa y el peronismo. O que Myriam Bregman haya ido a llevarle apoyo a domicilio a la burguesa y ladrona Cristina Fernández13.

NOTAS:

1 Matías Maiello, «Partido, movilización y autoorganización: debates sobre cómo aprovechar la ubicación de Myriam Bregman y la izquierda», entrevista con Emilio Albamonte, publicada en Ideas de izquierda el 5 de julio de 2026.

2 Desarrollamos la crítica a la tesis de la excepción humana en «El error de Descartes: Apuntes para el problema de la conciencia». Esta concepción metafísica de la conciencia subyace a la idea de que el sexo no es una determinación biológica, objetiva, sino voluntaria y subjetiva: «La biología no es transfobia (El delirio queer contra las mujeres y la ciencia)». En cuanto a los juicios despectivos contra la democracia cuando la mayoría vota lo que a los liberales no les gusta, hemos regidos unos cuantos en: a) «Despreciar la democracia es de fachos»; b) «The Walking Dead: Intelectuales que tienen sueldos del Estado ven las próximas elecciones como su fuera una película de George A. Romero»; c) «El atroz redentor Paco Olveira»; d) «Peteco y la anti-política: esa costumbre peronista de subestimar los votos»; e) «Despotismo ilustrado: Cómo los progres afianzan el voto libertario».

3 Expusimos los problemas de ese acto en Ferro: «Romper una lanza por los militantes y la organización (Sobre la Carta Abierta y los asesores letrados)».

4 Sobre «privatizar recursos elementales», como un río, escribimos «El agua y la mercancía: Cómo el progresismo sustituye la verdad por lo agradable». Sobre los particularismos, «Contra la cultura de izquierda. Por una militancia socialista».

5 Reseñamos el libro de Bregman en «La estrategia del ocaso».

6 Véase al respecto: «El socialismo no es una emoción (Sobre la Marcha de la Bronca)».

7 En el este curso de formación socialista expusimos qué es la sociedad para nosotros.

8 Tomamos la puja entre Netflix y Paramount por la compra de Warner para mostrar la inutilidad de la teoría del capital monopólico (que es la que adopta el trotskismo) como explicación del funcionamiento de la sociedad en que vivimos: «Cine III: cuando acecha el monopolio (O cómo explicar el capitalismo a partir de la maldad)».

9 El artículo es «Como Marx y el Chiqui Tapia: Indio Solari, intelectual».

10 Nos interesa más la lógica que encarnan los nombres propios, por eso escribimos «Nuestro mayor problema, 1: TRANSICIÓN».

11 Para analizar estos problemas escribimos un tríptico bajo el título «Las dos vidas del trotskismo»: i) «La educación sentimental (política) del progresismo»; ii) «Interrogar nuestra militancia»; iii) «El progresismo es opuesto al socialismo».

12 Véase «La deriva queer del trotskismo».

13 Al respecto escribimos «CFK Condenada: Sus tropas menguantes soñando con un 17 de octubre y el trotskismo con participar en él». También «REY LEAR: El drama del trotskismo y la esperada herencia peronista».

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