Nuestro mayor problema, 1: TRANSICIÓN

Nuestro mayor problema en la izquierda socialista es la falta de inserción en la vanguardia de la clase obrera. Este problema se expresa en la práctica cotidiana de las organizaciones. Y esta práctica, a su vez, deriva de un programa y una estrategia que consideramos inservibles para luchar por el socialismo.

Hay dos ideas poderosas, capaces de organizar teorías y acciones, aun de grupos muy disimiles. Son las ideas de transición y prefiguración. Consideramos que es necesario interrogar –en la medida de nuestras capacidades– su historia, sus fundamentos y sus efectos. Porque pensamos que, sin superar el atractivo imaginario –debido a la costumbre más que al éxito, a la literatura más que a la política– que provocan las inconsistencias de la transición y la prefiguración, la militancia y la propaganda socialistas se vuelven tareas inviables en el presente.

Vamos a analizar esas ideas en dos artículos, por separado, para evidenciar mejor sus rasgos característicos. Luego, en un tercer texto, integraremos el análisis en un examen de la organización política: el grupo, el partido.

1. Cómo reconocer el reformismo

El reformismo suele ser caracterizado por rasgos superficiales. Ora por no recurrir a la acción directa y la violencia, ora por participar en instituciones del régimen político, ora por sostener formas de organización «demasiado» democráticas. Consideramos fetiches al imperativo de luchar constantemente, a la prohibición de participar en mecanismos institucionales burgueses y a la definición de una única línea de pensamiento para la intervención inmediata. Nada de eso define al reformismo, esencialmente, para nosotros.

Hay dos expresiones clásicas de política reformista. Una corresponde a los períodos expansivos de la acumulación y sostiene que la clase obrera puede beneficiar su vida mediante mejoras graduales y permanentes dentro del capitalismo, sin cambiar de sistema. La otra expresión del reformismo se presenta en períodos de crisis: agita la necesidad de luchar contra el sistema mediante una serie de cambios que conducirían al socialismo sin necesidad de ruptura revolucionaria. Allí, se cree que el capitalismo podría perfeccionarse. Aquí, se cree que la nueva sociedad germina «en los poros» (agudización de contradicciones) de un capitalismo en fase terminal.

Esta segunda expresión del reformismo es la que da sentido a los conceptos de transición y prefiguración. Bajo la tesis de que siempre estamos crisis, hay una apuesta permanente a que cualquier lucha inmediata se conecte con otras, igualmente inmediatas, y todas se metamorfoseen, mediante la alquimia de un cóctel espontáneo, en una gran lucha revolucionaria.

Garrahan, jubilados, asambleas ambientalistas, pueblos originarios, diversidades y disidencias, jóvenes precarizados, artistas e intelectuales, obreros de Fate, docentes universitarios, orquestas infantiles… infinitos particularismos amontonados en un solo conjunto en virtud del enemigo común (no de la inmediata pertenencia de clase) reunirían un pliego de demandas imposible de satisfacer, de manera que este choque contra los límites del sistema empujaría a las masas (orientadas por el dilema «socialismo o barbarie») hacia el partido de la vanguardia socialista y la revolución inminente.

Como eso no sucede (ni ha sucedido nunca), en cada reivindicación particular se fuerza la penetración de consignas que no están entre las tareas inmediatas de la conciencia obrera: «Reparto de horas de trabajo», «Asamblea Constituyente», «Milicias populares», «No al pago del FMI», «Palestina libre», «Huelga general». Así, la estrategia transicional mantiene vivas las palabras socialismo y revolución, pero subordinadas a la espera de que una serie acciones propias de la vida cotidiana en el capitalismo haga florecer la superación del sistema.

Por eso, por ejemplo, el esfuerzo dedicado a explicar por qué no hay que pagarle al FMI sustituye el esfuerzo orientado a exponer las razones por las que es necesario derribar el capitalismo y construir el socialismo1. Ambas explicaciones están lejos de la conciencia obrera, pero una es digerible por la burguesía y la otra es la razón de ser (supuestamente) de los grupos socialistas.

El reformismo puede ser gremial, sectario, cultural, armado, anti-institucional… Lo relevante es que sus manifestaciones concretas comparten la misma lógica: el paso gradual, progresivo, continuo, desde una acción integrada al sistema hacia su auto-negación, el fin del sistema, sin saltos ni ruptura. De ahí que su metáfora privilegiada sea el puente.

2. Transición como progreso

1789 brindó el modelo de revolución como paso de una sociedad antigua a otra moderna. No como vuelta o ciclo que retorna al punto de origen, sino la revolución como progreso, como paso a algo nuevo y mejor, conducido por una clase social (la burguesía) en alianza con otras (artesanos, campesinos). Se trata de la transición desde una sociedad precapitalista (feudal o colonial) a una capitalista.

Las tareas que la burguesía se planteó para este tipo de transición revolucionaria han sido: la unificación de territorios fragmentados, la independencia política del espacio de acumulación que lo necesitara, el cambio de soberanía divina y monárquica por alguna forma de soberanía popular y, fundamentalmente, la más amplia libertad para la circulación de mercancías (entre ellas, la fuerza de trabajo), el ejercicio pleno de la propiedad privada y su compraventa. Moneda común, impuestos, aduana, monopolio de la violencia, marco jurídico (igualdad formal ante la ley) son también condiciones necesarias para el desarrollo de una sociedad capitalista. Su tamaño y dinamismo no la hacen más o menos capitalista. Lo importante es qué relaciones son las dominantes, qué lógica rige el funcionamiento social que garantiza la reproducción material de la vida humana.

Inglaterra en 1648, EE.UU. en 1776, la Francia de 1789, América Latina a comienzos del s. XIX… son ejemplos de esa transición revolucionaria conducida por la clase burguesa. Pero, a partir de 1848, en Europa, las burguesías ya no están dispuestas a ir hasta el final manteniendo su alianza con los explotados: una vez conquistado el poder, los burgueses detienen o hacen retroceder las transformaciones. El Manifiesto comunista, publicado en ese mismo año, expresa una lección indispensable y una tarea urgente: desconfiar de la clase burguesa y unir a los proletarios del mundo.

En 1871, la derrotada Comuna de París ratificó esa lección y brindó algunas otras, nuevas. Casi medio siglo después, un insólito tipo de transición revolucionaria se plasmaría en la realidad.

3. Transición como salto

Tras la Gran Guerra, la revolución de febrero de 1917 puso en el poder a un gobierno provisional que no resolvió las tareas pendientes del zarismo. A los nueve meses, la revolución bolchevique tomó estas tareas (propiedad de la tierra, régimen político, paz) y las enlazó con tareas socialistas: la tierra se transformó en propiedad privada para una alianza de los campesinos, que apoyaron la socialización de la industria, la banca y el comercio.

En efecto, se creaban condiciones para el desarrollo de una clase burguesa y un capitalismo ruso (ahí estaban los campesinos, flamantes propietarios). Sin embargo, el poder estaba en manos de un partido obrero socialista y las medidas encaradas iban más allá de las necesarias para desplegar, en ese momento, una sociedad burguesa rusa. Aquí tenemos una segunda idea de transición. Una que ya no va desde una sociedad precapitalista hacia el capitalismo, sino desde una sociedad precapitalista hacia una socialista.

Esta nueva idea de transición implica una ruptura y un salto: quiebre del Estado zarista e imposición del Estado soviético. Las demandas inmediatas, que en otros casos habían sido satisfechas por la burguesía, se enlazaron con la construcción del socialismo. Y los resabios no socialistas en la propiedad soviética se resolvieron de manera sangrienta, por ejemplo con la colectivización forzosa de la década del 30.

El debate entre dos estrategias, «revolución por etapas» (primero una revolución democrático-burguesa y, después, el socialismo) o «revolución permanente» (obreros a la cabeza de los campesinos para concretar tareas… a como dé lugar), suponía un suelo común: (a) que el territorio de intervención no estaba totalmente delimitado; (b) que las incipientes burguesías locales eran relativamente débiles; y (c) que existía una clase que no era proletaria ni burguesa: el campesinado. Y giraba en torno a dos preguntas. La primera, ¿qué hacer con las dos clases no proletarias: burguesía y campesinado? La segunda, ¿qué hacer con las ideas de esas dos clases (las ideas que expresan los intereses objetivos de esas dos clases) en la conciencia proletaria?

Esta segunda pregunta es el problema clave de la lucha socialista.

4. El caso ruso convertido en arquetipo

La experiencia soviética se empantanó en una feroz dictadura y abordó los problemas irresueltos a sangre y fuego, mientras era carcomida desde adentro por sus propias limitaciones. En simultáneo, los dos tercios del planeta que se organizaban en regímenes coloniales conquistaron su independencia política. Casi al mismo tiempo, la revolución verde y otras innovaciones tecnológicas mecanizaron el campo, transformando al campesinado en población urbana proletarizada, proletariado rural o vendedores de mercancías para el mercado mundial. Es decir, casi todos los campesinos del mundo se integraron a la clase obrera y el resto se convirtió en pequeña burguesía.

Al elevar la revolución rusa a modelo o arquetipo de la revolución, se perdió de vista que Rusia no era el mundo y que el mundo era capitalista. Si en 1917 la apuesta había consistido en combinar instancias heterogéneas (revolución burguesa y proletaria; intereses campesinos y obreros; autodeterminación nacional y revolución mundial) mediante un proceso revolucionario, ahora la izquierda socialista se veía obligada a localizar, en una situación homogénea (naciones plenamente capitalistas), las justificaciones para una teoría que supone la existencia de instancias heterogéneas.

Dicho en forma de pregunta, ¿cómo dar el salto desde unos resabios precapitalistas hacia el socialismo, si esos resabios ya no existen? Una respuesta posible era abandonar la estrategia transicional. Otra respuesta, la que caracteriza al trotskismo, consistió y consiste en inventar un mundo paralelo, ficticio, poblado de colonias, semicolonias, pueblos originarios, campesinos sin tierra y otras fantasías auxiliares. Este forzamiento interpretativo se expresa, por ejemplo, en el recurso a las explicaciones del capitalismo mediante la teoría del monopolio, su fase imperialista y la corriente de la dependencia2.

5. El Programa de Transición

La formulación clásica de la estrategia transicional es, por supuesto, la que Trotsky plasmó, en 1938, bajo el título Programa de Transición (PT) y el elocuente subtítulo La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional.

La realidad nunca funcionó como enseña el PT. Ni la traba absoluta al desarrollo de las fuerzas productivas que necesariamente precipitaría toda disputa en la agriada acción directa. Ni la defección de las direcciones traidoras, que por ser traidoras no harían más que exponerse y ser abandonadas por las masas en medio de sangrientos choques. Ni la imposibilidad de conquistas en el marco burgués (desde la independencia nacional hasta las leyes laborales y los aumentos de salario), que empujarían a millones de obreros a luchar. Ninguna de esas fue la característica de estos 90 años. De hecho, sucedió lo contrario. Especialmente, durante el período histórico inmediatamente posterior a la formulación del PT, el «boom de posguerra»: crecimiento de las fuerzas productivas, fortalecimiento de las direcciones «traidoras», independencias nacionales y concesiones al movimiento obrero realizadas preventivamente, ante la amenaza, evitando la lucha abierta. Etcétera.

Trotsky fue asesinado antes de advertir estos errores. Pero los trotskistas se han encargado de defenderlos como si fueran aciertos. Por eso alucinan tareas burguesas irresueltas, capitalismos incompletos. Y por eso las «actualizaciones» del PT se esfuerzan por categorizar a los países («semicolonias», «sur global», «oprimidos») y abortar la interrogación marxista de las clases sociales con denominaciones antimarxistas («poderes fácticos», «grupos concentrados», «gente rica», «élites gobernantes», «oligarquía», «tecnomagnates»). Ocurre que Trotsky diseñó esa estrategia para «una época de guerras y revoluciones», no para épocas de estabilidad democrática. Sus consignas eran transicionales, no electorales. Se trataba de la acción directa, no de la representación parlamentaria. La propaganda apuntaba al socialismo, no a la campaña de una figura. Esta es la dimensión colosal del extravío que señalamos en la política del trotskismo.

Nuestra crítica al método transicional –observa Rolando Astarita en su ya célebre crítica– consiste en que, en gran medida, se erige sobre una imposibilidad lógica (o teórica) […], ya que convoca a las masas a exigir al Estado capitalista (o al capitalismo) que aplique medidas de transición… al socialismo. Por eso no se trata sólo de que el PT contiene consignas «empíricamente» desajustadas (esto es, referidas a posibilidades concretas inexistentes) […]. Por encima de este problema, el PT encierra una incoherencia derivada del carácter «anti natura» (contrario a las categorías y al concepto mismo de capital y Estado) de las consignas transicionales planteadas como demandas al Estado. Por ejemplo, llama a los obreros a movilizarse para exigir –al capital o al Estado– el reparto de horas de trabajo, con salarios móviles, hasta acabar con la desocupación. Es claro que, de lograrse esta medida, se anularía la ley económica del salario y, con ello, la explotación capitalista. Con lo cual concluimos que el PT llama a demandar al Estado capitalista que acabe con la explotación capitalista; pero es tan absurdo pedir a este Estado que acabe con la relación de explotación asalariada como lo es hacerlo con el capital.3

Al suponer que el socialismo es la prolongación gradual de los mejores aspectos del capitalismo, su progresiva expansión social empujada por el propio sistema, la educación política transicional es necesariamente reformista. Por eso las consignas transicionales se inspiran en exigencias comparadas con las del sector burgués ubicado (por el trotskismo) en el «campo popular», «progresista», «del lado correcto de la historia». Sólo así se entiende que Myriam Bregman caracterice al peronismo como «moderado» por no defender con energía suficiente a la burguesa y ladrona Cristina Fernández.

Dado que la presión reformista debe ser contrarrestada para la supervivencia de la autonomía de los grupos de izquierda, la violencia en sí se transforma en característica programática. La violencia en su doble sentido: la que se ejerce sobre los enemigos de clase, con pocos exponentes reales para enorgullecerse, y la que se está dispuesto a padecer, como ilustran los puntos de sutura en la cabeza de Luca Bonfante, expuestos en la televisión como argumento4. O este «debate» que Eduardo Castilla le convidó al gurú letrado del peronismo5 Jorge Alemán:

¿Cómo olvidar aquel Nicolás del Caño baleado en la Panamericana en 2014, cuando marchaba en apoyo a los trabajadores de Lear? ¿O al mismo Nico y a Myriam reprimidos por Vidal y Macri en la puerta de PepsiCo en 2017? ¿O a la militancia del PTS y otros sectores combativos poniendo el cuerpo junto a las familias pobres en Guernica, reprimidas por Berni y Kicillof en 2020?

Este heroísmo testicular y martirológico (según el cual alguien es más revolucionario cuanto más disposición tenga a que lo caguen a palos) se funda en la impaciencia mesiánica por acudir a la cita con la insurrección, que puede acaecer en cualquier momento. (Es interesante comparar al Trotsky del PT con el Walter Benjamin de las tesis sobre el concepto de historia, tan citado por el PTS; lo hicimos en «Interrogar nuestra militancia»). El signo típico de esta impaciencia es el catastrofismo permanente del diagnóstico, que ve «crisis», «agonía», «decadencia» y «agotamiento» por doquier y a toda hora. Un buen ejemplo de esta perspectiva es el libro Estrategia socialista y arte militar, que el PTS publicó en el año 2017:

Se ha abierto un período de tendencias al nacionalismo económico y a mayores disputas entre las grandes potencias. Guerras comerciales, pero también conflictos militares en los que estas se vean involucradas, forman parte del horizonte en la etapa actual. […]

Frente a estas tendencias y a la «globalización» imperialista que llevó a la situación actual, más que nunca es necesario oponerles un antiimperialismo y un internacionalismo que una a la clase que forma los más de tres mil millones de trabajadores del planeta junto con los pueblos oprimidos del mundo para terminar con el sistema capitalista. […]

Un capitalismo en crisis, una hiperpotencia en decadencia, una creciente polarización política, darán muchos más motivos aún para la irrupción violenta de las masas. […]

De esta hipótesis estratégica dependerá el triunfo de la revolución y la posibilidad de evitar que el nuevo siglo sea escenario de guerra y barbarie capitalista.6

En síntesis, el esquema de la estrategia transicional se puede resumir así: las fuerzas productivas ya no pueden crecer — la burguesía ya no puede dar concesiones — crecen la desilusión y la lucha — las direcciones traidoras y «moderadas» defeccionan — las masas reconocen que sólo los trotskistas son honestos, luchadores y consecuentes — revolución.

Esta guía para la estrategia lleva casi 90 años de aplicación infructuosa por parte del trotskismo.

6. El fallo telepático

Una característica de las aplicaciones del Programa de Transición o, mejor dicho, de las contorsiones efectuadas para salvar su validez, consiste en confundir lo que moviliza hacia el poder con lo que se debe realizar desde el poder (y que también es parte de la transición al socialismo). Dado que las consignas transicionales diseñadas por Trotsky no movilizan a las masas, el trotskismo desplaza su operatividad al casillero de medidas inmediatas de gobierno.

De la misma manera, se confunde lo que las masas deberían pensar con lo que las masas trabajadoras piensan. La corriente social y política Marabunta lo dice en estos términos:

El método de transición ya fue sugerido por Marx y Engels en la última sección del Manifiesto Comunista (1848). Pero fue la Cuarta Internacional la que le dio su significado moderno en El Programa de Transición de 1938. Su punto de partida es la necesidad, para las y los revolucionarios, de ayudar a las masas en su lucha cotidiana a establecer un puente entre las demandas actuales y el programa socialista de la revolución. Este puente debe incluir un sistema de reivindicaciones transitorias partiendo de las condiciones y la conciencia actuales de amplias capas de la clase obrera; el objetivo es dirigir las luchas sociales hacia la conquista del poder por el proletariado.

Un «puente» apoyado en «las condiciones y la conciencia actuales» de amplios sectores obreros. La cita proviene del Manifiesto por una revolución ecosocialista (2025) y continúa con una serie de consignas que, hoy, nadie piensa ni sostiene en el movimiento obrero:

La mayoría de las reivindicaciones transitorias mencionadas en el Programa de 1938 siguen siendo actuales. Entre otras, la escala móvil de los salarios y de las horas de trabajo; el control obrero de las fábricas, la apertura de los libros secretos de cuentas de las empresas; la expropiación de los bancos privados; la expropiación de determinados sectores capitalistas.

Una cosa es proponerse un objetivo alto y negociar con la realidad, con lo posible, con la situación concreta. Otra, de tinte absurdo, es comenzar con demandas menores para, luego, ir exagerándolas hasta alcanzar al poder y el socialismo. Cualquier negociante sabe que la realidad funciona al revés: para bajar, siempre hay tiempo; para subir, rara vez.

No puede extrañarnos el aislamiento social que semejante estrategia tiene por sustrato. ¿En qué conflicto gremial, en qué lucha real, sucede lo que los trotskistas imaginan? ¿Cuándo acontece que, ante el rechazo de lo reclamado, la decisión de luchar se intensifique, aumente el número de los decepcionados y se pretenda exigir más?

A nuestro juicio, un programa jamás propone lo que los destinatarios piensan, sino lo que se les propone hacer. Al contrario, el Programa de Transición les atribuye a los obreros unas ideas que no tienen, para plantear una estrategia doblemente imposible: ni toma como punto de partida lo que los obreros piensan, ni alcanza el punto de llegada que los socialistas proponemos.

7. Agitación de masas sin masas

Si ya es un problema defender una teoría que habla de un mundo inexistente, la cosa se agrava cuando las organizaciones socialistas seguimos pensando en guiar a las masas al triunfo cuando la nueva tarea es… conquistarlas. No le vemos ningún sentido a hablar en «idioma Comintern», como si fuéramos una organización política de masas con prestigio internacional, cuando somos pequeños grupos marginales.

El libro Argentina 2050 (Una Vía Socialista posible), firmado por Eduardo Sartelli, nos brinda un ejemplo ilustrativo (resaltamos):

Un gobierno que nace, entonces, para superar la democracia burguesa, se ve constreñido, rápidamente, a defenderla frente a algo peor. Y defenderla (o superarla) con muy pocas herramientas, porque conquistar el gobierno es relativamente fácil. Lo difícil es conquistar el poder. […] dada la situación política argentina, no sería extraño que un partido muy a la izquierda fuera llevado al gobierno. En ese contexto, la izquierda trotskista, maoísta o guevarista, no sabría qué hacer, puesto que no se ha preparado para esa ocasión.

Argentina 2050 fue publicado en 2022 para cambiar el país, en tres décadas, con una «propuesta realista». Han pasado 4 de esos 30 años y el partido VS (antes RyR) ni siquiera ha conseguido la personería electoral para presentarse a elecciones.

No se trata de falta de inteligencia o de lecturas. Se trata de una teoría de la transición que nos cuesta abandonar, como señalamos hace poco en «Ir al hueso», a propósito del hiperbólico discurso de Política Obrera (el grupo liderado por Jorge Altamira). También hablamos de esa dificultad en «Una hipótesis demasiado optimista», cuando advertimos dos tareas urgentes para la militancia socialista: elegir al destinatario de la propaganda (la vanguardia de nuestra clase) y desarrollar una gimnasia de la argumentación y el cuestionamiento (para romper con el dogmatismo característico de las organizaciones trotskistas).

La agitación de masas pasó, a lo largo de un siglo, de tener multitudes atentas a que no nos escuchara ni el loro. El Programa de Transición también expresa este drama histórico como tragedia biográfica: escrito por alguien que había sido masivamente escuchado pero que, en 1938, se encontraba asolado por el exilio y la desesperación. Por eso el PT puede leerse como un texto-puente entre esos dos usos de la agitación de masas: la de quienes cuentan con bastiones obreros que escuchan y la de quienes le gritan al viento sin cara.

Desde el asesinato de Trotsky, el trotskismo constituyó una anomalía: un «-ismo» internacionalmente reconocido que no surgió de un triunfo revolucionario y un Estado que lo respaldara, sino de una derrota política y de la tozudez de sus militantes. Esto determinó la mayor de sus virtudes como corriente militante: sobrevivir en condiciones extremadamente adversas, como la Guerra Fría, teniendo a ambos bloques como enemigos. Y determinó también el mayor de sus defectos: no poder asumir que el diagnóstico de Trotsky estaba equivocado y, en consecuencia, empeñarse en negar la realidad.

8. El problema de la conciencia

La ideología burguesa es la manera concreta, cotidiana y obvia de vivir. No es una falsedad, sino un acierto vital. Para vivir en el capitalismo, lo mismo que para luchar contra él, es necesario comprender cómo funciona. La estrategia transicional se basa en una incomprensión del modo aprendido de vivir en esta sociedad, que impone la necesaria adecuación a las condiciones normales de venta de la fuerza de trabajo. Esta incomprensión trotskista exige el recurso metafísico de la alienación. Se salva así la validez de la estrategia acusando a los obreros reales de no ser los obreros ficticios que describe la teoría: obreros que luchan todo el tiempo contra las direcciones traidoras y por la revolución socialista.

La estrategia transicional supone que la lucha determina la conciencia, por eso insiste en «politizar» toda reivindicación mínima con la adición de demandas que «amplíen» la conciencia. El método de consignas escalonadas se obstina en que todo se deslizará naturalmente, desde el aumento de salarios hasta la autodeterminación de Palestina y la necesidad de tomar el poder e implantar el socialismo.

Nosotros, en cambio, pensamos que es necesaria una laboriosa tarea de propaganda, que reorganice políticamente a lo más ávido y avanzado del conjunto en lucha: la vanguardia de nuestra clase. No es la lucha la que transiciona desde lo inmediato hasta los objetivos finales. Es la conciencia la que puede ver el callejón sin salida de las demandas actuales y romper con el reformismo.

Consideramos urgente la tarea militante de acumular fuerzas que se unan, con nitidez teórica y consistencia empírica, por el objetivo socialista para intervenir cuando sea el momento. Estudiar. Propagandizar. Organizar.

Los compañeros trotskistas dicen que, si se formulan correctamente las consignas de transición, «siempre es el momento». Nosotros, en cambio, reconocemos que el socialismo es sólo «para los días de fiesta». Es decir, los días en que la clase se encuentre movilizada y podamos proponer la construcción de otra sociedad en lugar de esta. El trotskismo no espera ese día. Sin embargo, lleva casi un siglo desesperando por algo que dice negarse a esperar.

NOTAS:

1 De ahí que el trotskismo cite constantemente el Manifiesto comunista y casi nunca El Capital. Véanse las reseñas que escribimos sobre los libros Zurda, de Myriam Bregman, y Leer a Marx, del Chipi Castillo: «La estrategia del ocaso» y «La incoherencia metódica».

2 Realizamos un curso de formación socialista para militantes, a cargo de Rolando Astarita, en el que trabajamos los conceptos de monopolio, imperialismo y dependencia según la tradición que estamos criticando. Se puede escuchar aquí.

3 Rolando Astarita, Crítica del programa de transición, 1999, p. 19.

4 Ver «¡Decí algo de izquierda! (Sobre el debate en TN entre un trotskista y un libertario)».

5 Le dedicamos más de una nota a Jorge Alemán: a) «Volver socialista al psicoanálisis»; b) «No me defiendas, por favor (Sobre la respuesta de Grüner a Jorge Alemán)»; c) «NEOEMPERADORES: La burocracia peronista y sus gurúes letrados».

6 Emilio Albamonte y Matías Maiello, Estrategia socialista y arte militar, CABA, Ediciones IPS, 2017, pp. 574-6.

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