EL SOCIALISMO NO ES UNA EMOCIÓN (Sobre la Marcha de la Bronca)

Este 19 de septiembre se llevará a cabo una movilización contra el gobierno de Milei, convocada por el FIT-U junto a otras organizaciones sociales, y difundida como «la marcha de la bronca». La frase remite a la canción homónima de Miguel Cantilo1, como lo demuestran algunos de sus versos citados en un artículo del PTS2. Este llamado sentimental de coyuntura, esta apelación a las emociones en un contexto particular, puede servirnos de ocasión para pensar el tema desde una perspectiva socialista. En efecto, nombrar una emoción no es lo mismo que ofrecer un diagnóstico o un programa político, y cuando lo primero parece opacar a lo segundo, se pierde exactamente lo que una marcha debería construir.

El argumento que se nos ofrece es el siguiente: sea por la caída del salario, el endeudamiento, los despidos o el ajuste, existe actualmente una bronca suelta y dispersa en la sociedad argentina que debe ser organizada para conducirla a una huelga general. La operación es clara y, al menos en principio, eficaz: en lugar de titular la movilización con una consigna socialista explícita, se la define con una de las emociones más primitivas y rudimentarias del ser humano. Evidentemente, queda abierta la pregunta metodológica sobre cómo se mide y se constata una cierta cantidad de malestar social. Pero, más allá de eso, el problema que nos interesa es otro, más importante: qué relación guarda este recurso propagandístico y sentimental con cierta forma de militancia que, a nuestro juicio, es característica del trotskismo.

La polisemia del sentimiento

En otros artículos3 hemos argumentado que el arte y la cultura son polisémicos: tienen muchos sentidos. Cada quien puede proyectar, para cada obra, un singular marco de interpretación. Como los objetos culturales pueden ser recibidos de muchísimas maneras —la mayoría de ellas, abiertas y ambiguas—, hemos demostrado los errores políticos a los que esta condición puede conducir. Pero el hecho es que la misma crítica que le hacemos a la «militancia cultural» puede aplicarse también al discurso emocional.

Es cierto que la polisemia del lenguaje de los sentimientos, al igual que la del arte, puede ser una ventaja para sumar voluntades dispares bajo una misma bandera. Pero esto es una desventaja si lo que se busca es, más bien, construir un acuerdo sobre el porqué y el para qué de una lucha. Nombrar una movilización como marcha «de la bronca» hace exactamente lo primero: permite que se agrupen, bajo un mismo significante, aquel que está enojado por la inflación, aquel que lo está por la represión a los jubilados, aquel que sólo se resiente por los despidos, e incluso aquel que está meramente disconforme con el accionar actual del peronismo; es decir, reúne una gran «noche en la que todos los gatos son pardos», donde la claridad de comprensión socialista queda oscurecida y mezclada con todo tipo de representaciones.

La Izquierda Diario hace propaganda de esta manera: con «el pueblo» como sujeto, en lugar de la clase obrera; con el «furor» como apoyo, en lugar del socialismo como programa; con el sonido de adolescentes gritando «¡Quiero sacarme una foto con Myriam!», en lugar de alguna crítica al capitalismo; con la defensa de «la educación pública», como si no fuera la educación que la clase burguesa organiza; con el movilero del PTS comentando «Mucha euforia por Myriam, ¿no?»; con el testimonio más extenso anclado en que Myriam «transmite mucha rebelión» y en que desde «distintas ideologías» le «agradecen» por ser la que «más se enfrenta al Presidente» y a «este gobierno de hijos de puta», sin que ni el movilero ni el texto sobreimpreso aclaren que el problema es de clase, no de cualidades morales. En lugar de socialismo, Myriammanía.

Vale la pena notar que esta operación no es privativa de la izquierda. Milei mismo construyó buena parte de su ascenso canalizando una bronca social (contra «la casta», contra la crisis económica, contra un orden estatal percibido como corrupto), transformándola en apoyo electoral concreto, sin que nada de este enojo tuviera, en su origen, un contenido programático particularmente definido más allá del rechazo. Si el mecanismo de captura afectiva de esta marcha es estructuralmente el mismo, la pregunta se vuelve ineludible: ¿qué garantiza que la bronca convocada para el sábado se dirija hacia un proyecto socialista y no hacia cualquier otro?

La circularidad del enojo

En este punto podemos hacer una precisión sobre el problema de las emociones. Este tema no es menor; en 1961, en un prólogo muy famoso y militante, propio de los «treinta gloriosos» (1945-1975), se nos recordaba que «la vergüenza, como ha dicho Marx, es un sentimiento revolucionario»4. Pero, ¿qué es un sentimiento?

Como hemos escrito5, defendemos una concepción materialista y naturalista del ser humano. Esto quiere decir que cada uno de nosotros es sólo una entidad biológica, cultural y social. Dentro de este marco, las emociones son una parte insoslayable de nuestra herencia evolutiva. Si bien poseen una base o matriz neurobiológica —compartidas con otras especies animales, como el miedo y la bronca—, en el humano adulto suelen estar casi enteramente moduladas por los sistemas simbólicos en que fuimos criados. Por eso, algunos neurocientíficos6 hacen una distinción muy útil: diferencian la emoción, como mecanismo fisiológico, del sentimiento, como experiencia consciente mediada socioculturalmente. Esto quiere decir que el alcance, la función y el estilo de la experiencia sentimental de cada individuo están determinados en gran parte por la formación social que este haya recibido. Dicho en una palabra: los sentimientos se educan. Por eso este tema es tan importante para una mirada socialista: no sólo porque son esenciales a todas las actividades que valoramos y que le dan sentido a la vida, sino también porque forman parte de lo que hemos denominado la «pobreza incalculada» de nuestro presente: la crisis educativa y la degradación de las relaciones humanas7.

Acá podemos conectar nuestro punto central con nuestra crítica al discurso emocional, ejemplificado en la consigna de esta marcha. Las teorías de la evaluación sostienen que los sentimientos no son una experiencia pasiva e irracional, una mera descarga automática y reactiva, carente de significado propio. Esa es una mirada prejuiciosa, propia del sentido común. En realidad, los sentimientos son una forma compleja de juicios: son la confesión involuntaria de un cierto mapeo cognitivo y motivacional, de una manera de relacionarse con el mundo, que involucra valores, deseos, creencias, decisiones e interpretaciones. Nuestros sentimientos revelan buena parte de quiénes somos, cuál ha sido nuestra historia, cómo nos llevamos con nosotros mismos, los demás y el entorno; tienen un componente histórico. Por eso, el sentimiento de la bronca, al igual que los demás, implica toda una serie de experiencias y representaciones ya disponibles de antemano. Esto quiere decir que no crea un diagnóstico nuevo de una situación, sino que presupone uno. Presupone que ya se sabe quién agravió a quién, por qué lo hizo, por qué eso es injusto, y qué debe hacerse al respecto, cómo debemos reaccionar. Y ese es el problema fundamental. El llamado político a lo sentimental corre el riesgo de redundar, precisamente, en una mera repetición de lo mismo: puede ser un modo de evitar el trabajo racional que exige la correcta comprensión de una coyuntura; puede apartarnos de la labor intelectual de pensar objetivamente nuestro presente, de someter las creencias y costumbres a un examen riguroso, de salir del circuito de la «bronca» y la «resistencia» constante, de preguntarnos si el diagnóstico que subyace al enojo es correcto, y de discutir qué se sigue políticamente de él. Los sentimientos no son irracionales, pero tampoco son un argumento.

«Con los dos dedos en V»

La marcha puede llenarse de gente; lo que queda pendiente es saber si, además, es capaz de dejarnos algo parecido a una conciencia socialista sólidamente construida, o si, al contrario, cada quien se retirará con la interpretación emocional (y cognitiva) que ya traía puesta antes de asistir. Esto último es una fórmula efectiva para no construir nada verdaderamente novedoso.

La inteligencia implícita de la que son capaces los sentimientos humanos —su riqueza maravillosa— puede ser reducida a la chatura de la mercantilización: eso lo sabemos. Pero también puede ser reducida a la simple reacción de las consignas políticas sin contenido. Otra pobre repetición de lo mismo: «una bronca», dice la canción que nos convoca, «con los dos dedos en V»8.

Como socialistas, este es un riesgo que debemos evitar activamente: no dejando de lado nuestra indignación y vergüenza frente a la miseria capitalista, sino subordinándola a un diagnóstico que las vuelva, por fin, un programa político racional.

NOTAS:

1 Miguel Cantilo – Marcha de la bronca (En vivo)

2 El 19/09. Marcha de la Bronca y acto de Kicillof: ¿aguantar hasta votar o enfrentar a Milei ahora?

3 «NADIE SE SALVA SOLO»: Un eslogan burgués para la unidad nacional – Vida y Socialismo

4 El prólogo de Jean-Paul Sartre a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon.

5 ZURDA, DE MYRIAM BREGMAN: La estrategia del ocaso – Vida y Socialismo

6 Solomon, R. True to Our Feelings.

7 LA POBREZA INCALCULADA, 2: Subsunción real y degradación cognitiva – Vida y Socialismo

8 https://es.wikipedia.org/wiki/La_marcha_de_la_bronca

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