LA POBREZA INCALCULADA, 3: El declive de la lectura

Dos notas recientemente publicadas por el diario Clarín sirven de introducción al problema que nos interesa tratar aquí: sobre niños en edad escolar que ya tienen celular propio y sobre la crisis del subtitulado en los cines del país. Veamos.

El trabajo, realizado por Andrea Goldin (Conicet y Universidad Di Tella), Martín Nistal y Tomás Besada (Argentinos por la Educación), reúne datos de la prueba Aprender 2024 de tercer grado, que muestran que el 59% de los alumnos de 8 años ya tiene un celular propio.

Además, el 23% no tiene un dispositivo personal pero usa el de un familiar. Solo el 18% no tiene acceso a un teléfono celular.1

La nota dice que el fenómeno es muy reciente como para contar con mediciones fiables acerca de su impacto en el orden pedagógico. Supongamos que no impactara negativamente en el aprendizaje. Como expusimos en «Redes sociales de la soledad» y «Plataformas de la depresión», de lo que sí hay evidencia empírica (recolectada y evaluada por la máxima autoridad en salud pública de los EE.UU.) es del modo en que el uso de celulares afecta la salud mental, principalmente, de los niños y adolescentes. Enseguida volveremos a este asunto de las pantallas. Veamos la segunda nota, sobre la «crisis del subtitulado» en los cines argentinos:

El país que fue un faro en Latinoamérica por exhibir el mayor caudal de películas europeas, con una platea exigente y seguidora de las filmografías de Federico Fellini, Bernardo Bertolucci, Nikita Mijalkov, Francois Truffaut, Ingmar Bergman, Ken Loach y Woody Allen, hoy atraviesa un cambio rotundo con aroma a ¿retroceso, decadencia, cambio cultural o, simplemente, nuevos hábitos?

Se calcula que el 80 por ciento de las películas que se proyectan en todo el país están dobladas. Se prescinde del idioma original, lo que hasta hace no muchos años hubiera sido señalado como un crimen.2

Aclaremos que el mero dato de qué sistema predomina en un país, doblaje o subtitulado, no alcanza para evaluar el nivel educativo de una población. España, Francia, Italia, EE.UU. y Alemania tienen públicos habituados a ver películas dobladas al idioma nacional. En los cines de Suecia, Portugal, Argentina, Japón y Países Bajos se ha preferido, hasta hace pocos años, el idioma original de las películas, con subtítulos. No se trata de meras peculiaridades de la idiosincracia o de caprichos culturales. Siempre ha estado en juego qué costos puede cubrir una industria local: producir doblajes ha sido históricamente más oneroso que imprimir subtítulos, como sabe cualquier fan de Los Simpson que todavía recuerde la pérdida de las voces originales de los personajes tras la huelga de trabajadores mexicanos en 20053.

Lo que sí puede servir de indicador es el cambio de predominio de un sistema al otro, como ocurre en Argentina. Por eso nos llama la atención, en esa misma nota de Clarín, lo que dice Alejandro Andersson, Director de Instituto Neurológico de Buenos Aires: al leer subtítulos, el cerebro activa determinados circuitos neuronales que, de otro modo, no operan. Por ejemplo, la «comprensión lectora activa en tiempo real». Es decir, comprender qué dice un texto en el contexto de una secuencia de imágenes, una trama que se va construyendo ante los ojos, unos personajes que suelen tener arco dramático, una composición de objetos y colores en el plano, etc. El doblaje no exige –y, por lo tanto, no entrena– esa competencia cognitiva específica.

Tenemos, hasta acá, más pantallas en manos de las generaciones en edad escolar y menos lectura en los cines por parte del conjunto de los espectadores. Tal como señalamos en «Pantallas y degradación educativa», el debate acerca de la prohibición del celular en las escuelas, eje alrededor del cual gira la citada nota de Clarín, se concentra en los efectos de una tendencia social inocultable y, a la vez, evita indagar en cuáles son sus causas históricas y estructurales. O peor: invierte causa y efecto, adjudicándole a la proliferación de pantallas cierto visible ocaso de la lectura.

Nuestra hipótesis es que hay una degradación social generalizada, tanto de las relaciones interpersonales como de las facultades cognitivas. Por ponerle un nombre a este fenómeno y distinguirlo del criterio burgués para medir la pobreza en el capitalismo nos hemos referido a él como «pobreza incalculada»4. Vamos a mostrar algunos datos que, a nuestro juicio, refuerzan la hipótesis de que el sistema capitalista, finalizado el excepcional período de posguerra, no puede mejorar la vida del conjunto de los trabajadores del mundo. Y –lo que es más preocupante– no puede evitar hundirnos en una espiral descendente material, sensorial y cognitiva.

Historicemos –con la levedad que nos permiten este blog y nuestras capacidades– el problema.

La sociedad cambia la educación, no al revés

Michel Desmurget (doctor en neurociencias y director de investigaciones en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia) resume de este modo su cruzada en defensa de la lectura contra el reinado de las pantallas:

Cuanto más lee el niño, más se incrementa su inteligencia; cuanto más se incrementa su inteligencia, más placentero le resulta leer, y cuanto más placentero le resulta leer, más lee el niño.5

Este círculo virtuoso entre lectura, inteligencia, placer y lectura otra vez, ilustra una sencilla verdad de la vida humana: cuanto más sofisticadas se hacen nuestras necesidades, más placentero se vuelve el mundo. Es lo que dice Martín Caparrós, en un discurso que glosamos, al hablar de su paso por el colegio universitario Nacional Buenos Aires: «Sin el colegio todo me habría gustado mucho menos».

La importancia de la lectura para la actividad del cerebro en el disfrute cultural de los trabajadores se elevó desde comienzos del siglo XIX. Ciertamente, las políticas de alfabetización masiva (la educación formal) cumplieron un papel decisivo. Sin embargo, las masas comenzaron un proceso de alfabetización antes de que se universalizara la escuela. ¿Cómo fue esto posible? En virtud de las exigencias de la vida cotidiana, de las relaciones sociales que condicionan la reproducción material de la vida. Dicho de otro modo, porque es la sociedad la que impone el tipo de educación que necesita. No al revés. Así lo explica Martyn Lyons, profesor emérito en la Universidad de Nueva Gales del Sur (Sidney), especialista en historia del libro y de las prácticas de lectura:

…la alfabetización dependía del estatus social. Un burgués del sector del comercio tenía dos veces más probabilidades de saber leer y escribir que un artesano urbano, mientras que apenas una minoría de trabajadores manuales tenía cierto dominio de esas habilidades. Dentro del mismo oficio, también había una gran disparidad de competencias. Los comerciantes minoristas que tenían trato diario con el público, como panaderos y tenderos, eran más propensos a saber leer y escribir que otros. Necesitaban tomar pedidos, llevar cuentas y tratar con proveedores…

El ascenso de la alfabetización dependió más de funciones económicas que de las prestaciones educativas. […] En Gran Bretaña y Francia, la alfabetización masiva se alcanzó alrededor del año 1880, antes de que estos países hubiesen establecido un sistema de educación primaria libre y obligatoria. Para el momento en que Europa occidental contó con una educación primaria universal, ya se había ganado la batalla de la alfabetización. Así, la educación formal respondió a la demanda, en lugar de crearla. La escuela fue simplemente un catalizador de la alfabetización universal en un contexto local que había ya alanzado cierto umbral cultural y literario.6

Entre 1830 y la Gran Guerra (1914), el proceso de producción literaria, con la prensa como elemento motor, se industrializó de cabo a rabo. Las innovaciones tecnológicas en la impresión y la fabricación de papel, la aparición y extensión del ferrocarril, el crecimiento demográfico (acelerado en la segunda mitad de siglo XVIII), la concentración urbana de esa población incrementada, la profesionalización de oficios como el de imprentero, editor y librero, signaron esta transformación social que engendró, hacia fines del siglo XIX, el desarrollo de una cultura literaria de masas.

Para la década de 1890, más del 95% de los habitantes de los países avanzados sabía leer y escribir. Por consiguiente, no fueron los cambios tecnológicos «per se» los que impulsaron la industrialización del libro, sino que se trató de una respuesta al número cada vez mayor de oportunidades que ofrecía el mercado.7

Entre otras maravillas, la educación universal propició la emergencia de un nuevo lector: el niño. Florecieron las revistas infantiles, los abecedarios ilustrados y el mercado de libros escolares (desde allí erigió su imperio el editor Louis Hachette, por ejemplo). En este período conocen el éxito los cuentos del francés Charles Perrault («El gato con botas», «La Cenicienta», «Pulgarcito»…) y los del danés Hans Christian Andersen («El patito feo», «La sirenita», «El traje nuevo del emperador»…). En Italia, Las aventuras de Pinocho (1886) de Carlo Collodi fue best seller antes de convertirse en clásico internacional. El mismo destino tuvieron Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865), La isla del tesoro (1883), Mujercitas (1869) y las sucesivas ediciones de los cuentos recolectados por los hermanos Grimm, sobre los que tal vez no sea del todo ocioso detenernos en una digresión.

Había una vez… un lector exigente

Nos resulta llamativo cómo los cuentos recopilados por los Grimm pasaron de ser una obra con pretensiones científicas, destinada al estudio por parte de los filólogos, a una obra para el consumo y el disfrute de las masas. En primer lugar, porque la cantidad de ediciones nos indica un crecimiento de la alfabetización masiva, como nos cuenta Martyn Lyons:

En las sociedades tradicionales, saber leer y escribir era monopolio de una elite exclusiva. Sólo las clases burocrática y clerical tenían acceso a fuentes de conocimiento escritas, y así querían que siguiera siendo, ya que este atributo especial determinaba su poder y su status. […] En el período comprendido entre la Edad Media y el final del siglo XIX –momento en que Occidente alcanzó la alfabetización masiva–, un número creciente de personas tuvo acceso a ese saber. […]

La gradual democratización de la lectura y la escritura es un aspecto fundamental del ingreso en la modernidad…8

En segundo lugar, porque la cantidad de ediciones y la calidad de los cambios nos revela que la degradación cultural no es una consecuencia necesaria del capitalismo: en sus fases históricas de ascenso y «pleno empleo», no es raro que las exigencias culturales también asciendan. Así, en la primera edición (1812), el párrafo inicial de «El rey rana, o Heinrich el Férreo» decía:

Érase una vez una princesa. Un día, se fue al bosque y se sentó al lado de un fresco pozo. Una bola dorada era su juguete favorito. Ella adoraba entretenerse arrojándola al aire y volviéndola a coger cuando caía.

En 1819:

Érase una vez una princesa que estaba tan aburrida que no sabía qué hacer. Tomó una bola dorada con la que le gustaba jugar y salió al bosque. En medio de los bosques, había un pozo con agua clara y fresca. Se sentó junto a él y se puso a lanzar la bola al aire, cogiéndola al caer, y así fue como se entretuvo.

Y hacia 1857:

Érase una vez, cuando los deseos seguían convirtiéndose en realidad, que vivía un rey que tenía unas bellas hijas. La más joven era tan adorable que hasta el sol, que había visto tantas cosas, se maravillaba cuando brillaba sobre su rostro.

Junto al castillo del rey, había un bosque profundo y oscuro, y en ese bosque, bajo un viejo tilo, había un manantial. Cada vez que el tiempo se volvía realmente cálido, la hija del rey salía a los bosques y se sentaba al borde del fresco manantial. Y si estaba aburrida, sacaba su bola dorada, la lanzaba al aire y volvía a cogerla. Ese era su juego favorito.9

El revolucionario despliegue de la sociedad burguesa –con su competencia feroz y su cada vez más escrupulosa división del trabajo– creó nuevos oficios que, a su vez, exigieron nuevas competencias cognitivas (como la alfabetización). Y estas nuevas competencias propiciaron nuevos disfrutes, más sofisticados, que ponían en marcha aquel círculo virtuoso formulado por Desmurguet: lectura, inteligencia, placer y más lectura.

Pensamos que esta digresión puede servir para ilustrar una idea: la burguesía no nos quiere estúpidos. Quiere valorizar valor. Que en un período determinado de la historia del capitalismo seamos más tontos o más sagaces es un avatar de la acumulación, no su finalidad.

Fin de la digresión.

Necesidades de la fantasía

Hace poco afirmamos que «Ni el PC chino determina cómo se divierten los chinos». Queríamos defender la idea de que los gustos de las masas no son manipulables según el capricho de los burgueses. Mucho menos, de esos sectores de la población que se creen moralmente superiores al resto de los mortales10. Y esto, que vale para el fútbol y otros espectáculos multitudinarios, vale también para el consumo de obras literarias.

Aquella nueva masa de lectores que emergió en el siglo XIX no leía, dócilmente, lo que los moralistas ilustrados de ese entonces consideraban «bueno, bello y verdadero». Leía, en general, lo que se le cantaba. Lo que más disfrute le proporcionaba. Y ya no hablamos de los niños proletarios. Hablamos del proletariado adulto.

Los nuevos lectores, pues, del siglo XIX, incluían también a las clases medias y bajas, a los aprendices de artesanos y a los trabajadores de cuello duro que en todas partes pasaron a engrosar la clientela de las bibliotecas de préstamo. […]

Como sabía muy bien el propio Dickens, la reticencia del lector frente al afán de las bibliotecas de ofrecer una literatura esencialmente moralizante y edificante era considerable. En lugar de atraer a los lectores de las clases trabajadoras, las bibliotecas de préstamo francesas e inglesas pretendían captar más bien a mujeres, estudiantes y trabajadores de cuello duro. Estos nuevos lectores pedían cada vez más literatura amena, prefiriéndola a los manuales prácticos o a las obras instructivas. […]

Los reformadores de las bibliotecas destinadas a las clases medias siguieron recomendando a los trabajadores la lectura de los clásicos […] Su lista incluía a Homero y a Virgilio, la Biblia, Fénelon, Corneille, Molière, Racine y La Fontaine. […]

El lector popular, a quien a menudo se citaba paternalmente como «le grand enfant», tenía sus propias opiniones. […] La selección que hacían los trabajadores para sus lecturas resultaba ofensiva, ya que incluía a Voltaire y a Rousseau, así como a George Sand y Eugène Sue, a quienes se acusaba de atacar el matrimonio y justificar el suicidio y el adulterio. Se consideraba que Rabelais era un autor peligroso. […] Enfantin, Louis Blanc, Fourrier y Proudhon tenían también su lugar en estas bibliotecas de trabajadores…11

Los artículos incluidos en la Historia de la lectura en el mundo occidental (el volumen dirigido por Guglielmo Cavallo y Roger Chartier que estamos citando) coinciden en destacar que la reducción gradual de la jornada de trabajo le permitió a la clase obrera leer más. No perdamos de vista que la lectura constituía una forma privilegiada de placer y entretenimiento para las masas, hasta la aparición de la radio y el cine. En esa misma historia de la lectura se nos cuenta que el Partido Socialdemócrata Alemán quiso, también, dirigir el disfrute lector. Pero su éxito fue escaso, como lo fue para los burgueses que promovían cierto tipo de «lectura útil» con el propósito de que los trabajadores tuvieran un «recreo racional». Estos fracasos nos muestran que, muy lejos del lugar común que repite «Nos quieren ignorantes para esclavizarnos», ocurría realmente otra cosa:

Los patrones y los reformadores de bibliotecas confiaban en que, suministrando una literatura adecuada y fomentando el hábito de la lectura, podrían allanar las tensiones sociales. Se esperaba que los lectores de la clase obrera se apartarían así de la bebida y de la literatura peligrosa de tinte socialista, supersticiosa u obscena. Un cierto tipo de literatura útil para la promoción del «recreo racional» lograría acercar a los miembros más inteligentes de la clase trabajadora a los valores burgueses consensuados. […]

Sin embargo, estos lectores se resistían a aceptar la dieta de literatura útil y moralizante que se les ofrecía. […]

Tampoco en Francia parecían coincidir las prácticas populares con las intenciones de los bibliotecarios. En los años 80 y 90 del siglo XIX, más de la mitad de los libros solicitados en las bibliotecas municipales parisinas eran novelas. Los bibliotecarios subvencionados por la Societé Franklin se quejaban regularmente de que sus clientes rechazaban las obras serias encantándose por Alejandro Dumas o por el «Notre-Dame de París» de Victor Hugo.12

Como podemos ver, un capitalismo en ascenso puede propiciar la lectura masiva de grandes obras literarias. Puede, inclusive, impulsar a una mayor complejidad estilística, como vimos con el lirismo ascendente en las variaciones del cuento «El rey rana…», de los Grimm. Lo que no puede es determinar, de antemano, qué contenidos han de gustarle a las masas13. No se pueden manipular voluntariamente las necesidades «del estómago o la fantasía».

Lo que sí se puede, en el capitalismo, es satisfacer esas necesidades… a cierto precio.

Best sellers, canciones pop y discursos parlamentarios

Hace tres años, al final de «Escolares cada vez más brutos, robots cada vez más piolas», observamos que el debate en Argentina acerca del mejor método pedagógico para alfabetizar omitía las preguntas acerca de los incentivos sociales. En términos muy deficitarios (recién empezábamos a formular estos problemas) alcazamos a aventurar:

Hasta aquí hemos visto cómo, mientras la sociedad experimenta el doble proceso de atontamiento generalizado de humanos y desarrollo de inteligencias artificiales cada vez más potentes, los problemas formulados en educación parecen hacer caso omiso a la realidad en la que esa educación se produce. En otras palabras, mientras la sociedad ve degradarse sus condiciones materiales de vida como consecuencia necesaria del sistema capitalista, un lado del debate que reseñamos defiende la lectura en voz alta y el otro lado defiende el disfrute de la lectura.

Ese diagnóstico, acotado al país (y que evidencia falta de estudio sobre la querella de los métodos de alfabetización), se conecta con una serie de fenómenos internacionales. El proceso generalizado de degradación cognitiva es una consecuencia, creemos, del aumento de población sobrante para el capital: ya no hay una necesidad social masiva de cualificar fuerza de trabajo. Tomemos algunos ejemplos. Veamos qué pasa, en pleno siglo XXI, con los libros más leídos. Es decir, con la literatura de consumo masivo:

Lo primero que destaca es una tendencia descendente clara: en los años treinta y cuarenta del siglo XX, las frases de los libros más vendidos solían contener en promedio entre 20 y 25 palabras, e incluso casos como Frenchman’s Creek de Daphne du Maurier superaban las 30 palabras por oración. Sin embargo, a medida que avanzan las décadas, se observa una reducción progresiva en la complejidad sintáctica. A partir de los años noventa y en especial en el siglo XXI, el promedio cae notablemente hacia un rango más cercano a 12 o 15 palabras por oración, con ejemplos recientes como It Ends With Us de Colleen Hoover, donde el promedio ronda apenas las 10 palabras.

Este fenómeno sugiere un cambio profundo en los hábitos de escritura y lectura. La literatura de consumo masivo parece haberse adaptado a lectores que demandan frases más breves, directas y fáciles de procesar. En lugar de estructuras largas y subordinadas, propias de la narrativa clásica del siglo XX, hoy se privilegia la inmediatez y la claridad. Esto puede estar relacionado con la influencia de la cultura digital, donde la lectura en pantallas, redes sociales y mensajería instantánea fomenta el uso de frases cortas y un estilo más ágil.14

No se trata simplemente de que leamos cada vez menos, aunque eso también es preocupante. Se trata, principalmente, de que nos hallamos ante un cambio del tipo de lectura. Las oraciones son cada vez más cortas y sencillas. El fenómeno puede apreciarse también en las letras de las canciones más populares. Un estudio de 2024 revela:

En este trabajo, investigamos la dinámica de las letras en inglés de la música popular occidental a lo largo de cinco décadas y cinco géneros, utilizando un amplio conjunto de descriptores de letras, incluyendo complejidad lírica, estructura, emoción y popularidad. Encontramos que las letras de la música pop se han vuelto más simples y fáciles de comprender con el tiempo: no solo disminuye la complejidad léxica de las letras (por ejemplo, capturada por la riqueza del vocabulario o la legibilidad de las letras), sino que también observamos que la complejidad estructural (por ejemplo, la repetitividad de las letras) ha disminuido.15

En otro estudio, del mismo año, «Trayectorias y revoluciones en la melodía popular basadas en las listas de éxitos estadounidenses desde 1950 hasta 2023», leemos:

El presente estudio investiga la evolución de una dimensión más abstracta de la música popular, concretamente la melodía, utilizando un nuevo conjunto de datos de melodías populares que abarca desde 1950 hasta 2023. […] El patrón predominante que surge de estos análisis muestra una disminución de la complejidad y un aumento de la densidad de notas en las melodías populares a lo largo del tiempo, especialmente desde el año 2000.

El fenómeno es tan transversal a la sociedad que The Economist advierte cómo «Los discursos en el Parlamento británico son cada vez más cortos y peores»:

En 1938, el discurso promedio tenía casi 1000 palabras. En 1965, James Callaghan pronunció un discurso sobre el presupuesto de casi 19 000 palabras: más que un discurso, una novela corta. Hasta 1970, el promedio seguía siendo de casi 900 palabras. Luego, comenzaron a disminuir drásticamente después de 2015, con la aparición de la función de video en Twitter (ahora X). El año pasado, el promedio fue de 460 palabras: menos que una novela corta, más que unos pocos tuits.

La misma nota señala un declive del debate y su causa probable: «nadie escucha». Un problema que apremia a la propia izquierda (por ejemplo, cada vez que intentamos establecer un diálogo con otros grupos)16. Por su parte, la revista Time registra la misma decadencia pero en el plano de la comunicación oral:

Entre 2005 y 2019, el número de palabras que la persona promedio pronunciaba al día disminuyó un 28%. Así lo revela un estudio reciente realizado por un equipo de investigadores estadounidenses.

«Calculamos que la diferencia fue de aproximadamente 330 palabras menos al día durante cada año de ese período», afirma Matthias Mehl, profesor de psicología social en la Universidad de Arizona. Esto suma unas 120 000 palabras menos al año y millones de palabras menos durante los 15 años que duró el estudio. «Es una pérdida considerable», añade.17

El ocaso de la lectura, sin importar la edad ni la clase social (aunque es más pronunciada entre familias proletarias que entre familias burguesas), indica una pérdida masiva de hábitos de concentración, paciencia, constancia y placeres sofisticados. El problema transciende la intimidad individual del ejercicio lector: «¿Está el declive de la lectura haciendo que la política sea más tonta?», se pregunta The Economist.

Tampoco leen los universitarios

Alguien podría pensar que se trata de un problema generalizado en los sectores sociales «más vulnerables», es decir, en amplias capas proletarias con poco o nulo acceso a una educación exigente. Pero no. El problema afecta transversalmente a los estratos poblacionales que acceden a la educación superior. La periodista chilena Carolina Mardones L. denomina a este fenómeno «Analfabetismo ilustrado»:

La educación superior está recibiendo un problema heredado. Se trata de jóvenes que no quieren sentarse a leer textos largos, o peor aún, no son capaces de comprender textos complejos. Esto, porque muchos de ellos están escritos con un lenguaje que desconocen, en su mayoría. Sumado a la inmediatez que les otorgan las redes sociales sumado a la Inteligencia Artificial como Chat GPT y Gemini.

Por su parte, Rose Horowitch (redactora en The Atlantic) emplea un tono más apocalíptico: «El fin de la lectura ha llegado». En su estupendo artículo nos dice:

La lectura ha llegado a parecer superflua incluso para algunos de los miembros más instruidos de la sociedad . Margaret Rennix, subdirectora de apoyo a las humanidades y las ciencias sociales de Harvard, me contó que había hablado con un estudiante que tenía dificultades para leer un libro escrito en inglés antiguo. El culpable: la novela de Anthony Burgess de 1962, La naranja mecánica . (El estudiante usó ChatGPT para «traducir» el libro a un lenguaje más sencillo). No hace mucho, un profesor de sociología de Harvard, preocupado por las evaluaciones de los cursos en las que los estudiantes decían que les molestaba la cantidad de lectura densa que se les asignaba, le pidió a Rennix que hablara con su clase en defensa de la lectura. Tuvo que explicar —a estudiantes de la universidad más elitista de Estados Unidos, que cursaban una disciplina basada en la observación escrita, la argumentación y el análisis— que los extractos y resúmenes no pueden capturar la profundidad y la sofisticación de un texto original completo. Rennix me dijo que algunos estudiantes ahora ven la lectura como una forma innecesariamente engorrosa de adquirir conocimiento.

La insistente alarma del semanario británicoThe Economist es llamativa: «Los estudiantes están obteniendo peores resultados de lo que crees».

más de 1800 profesores de matemáticas y ciencias de la Universidad de California, uno de los sistemas universitarios públicos más grandes y prestigiosos de Estados Unidos, firmaron una carta abierta que detalla un problema complejo. Según afirman, los estudiantes de primer año llegan cada vez con menos conocimientos básicos para tener éxito. […]

La carta es la más reciente aportación a un debate cada vez más amplio sobre la educación postsecundaria, las prácticas de admisión universitaria y la capacidad intelectual de los jóvenes estadounidenses. Se produce tras un sorprendente informe publicado en noviembre en el campus de San Diego del sistema universitario de California. Los académicos de dicho campus observaron que el número de estudiantes de primer año con conocimientos matemáticos inferiores al nivel de bachillerato se había multiplicado casi por treinta en cinco años, llegando a ser casi uno de cada ocho. Según argumentaron, alrededor del 70 % de estos estudiantes rezagados no alcanzaban el nivel esperado para un joven de 14 años. […]

Cada vez es más común escuchar a académicos encogerse de hombros y decir que quizás los estudiantes ya no necesitan sólidas habilidades básicas, porque gran parte del trabajo que realizarán en el futuro implicará modificar cosas creadas por la IA.

Este fenómeno en general (y este párrafo final que resaltamos, en particular) nos ofrece una clave de lectura para la etapa histórica del capitalismo que nos toca vivir. Si la IA, junto a otras innovaciones tecnológicas, sustituye fuerza de trabajo hasta el punto en que porciones cada vez más grandes de universitarios necesitan cada vez menos formación, ¿no estamos viendo que la población sobrante para el capital incluye, también, a una porción cada vez más grande de estudiantes en los niveles superiores del sistema educativo? ¿No explicaría esto, en buena medida, el ocaso de la formación de excelencia? ¿Y no permitiría un abordaje materialista de los recortes presupuestarios que los Estados burgueses ejecutan sobre las universidades, en lugar de inscribir las disputas en alguna «batalla cultural»?

Tal vez tengamos una chance… en otra sociedad

La nota de Rose Horowitch que citamos recién señala un problema del que hablamos en otras publicaciones: al menguar las capacidades sensoriales y cognitivas, los disfrutes complejos y sofisticados pueden ser compartidos por cada vez menos seres humanos.

Según algunos indicadores, el mundo de los libros sigue en auge. El año pasado, las ventas de libros impresos superaron las de hace una década. Barnes & Noble inauguró más de 60 nuevas tiendas. Casi 400 librerías independientes surgieron en 2025. Substack experimentó un auge en las suscripciones a obras literarias extensas. Celebridades como Dua Lipa y Reese Witherspoon aprovecharon su fama e influencia para lanzar clubes de lectura de gran éxito. Los audiolibros se han convertido en una industria multimillonaria.

Pero los optimistas pasan por alto un detalle crucial en los datos: la lectura de textos está prosperando entre una proporción cada vez menor de la población. Tan solo el 20% de los adultos leyó más del 80% de todos los libros el año pasado. «Se está convirtiendo en una especie de afición de nicho, como coleccionar sellos o cultivar orquídeas», me comentó Leah Price, historiadora de la lectura en la Universidad de Rutgers. Los lectores dedican más tiempo a la lectura cada día que hace dos décadas. Parecen sentir aún más pasión por la lectura que sus predecesores. Pero quienes se entregan a la lectura, quienes obtienen comprensión cultural y conexión intelectual de la palabra escrita, forman parte ahora de una subcultura.

Y agrega una frase que podríamos hacer nuestra: «El hecho de que estés leyendo este artículo casi con toda seguridad te convierte en miembro de ella».

El sistema capitalista amenaza todo lo que amamos. No porque nos quiera analfabetos, narcisistas y poco sofisticados, sino porque la educación y la cultura son funciones de la valorización: los burgueses invierten en lo que promete dar ganancias, no en lo que consideran bueno, bello y verdadero (o malo, antiestético y falso). Lo vimos en el caso de la televisión de alta gama, entre 2010 y 2023: son sólo negocios.

Las relaciones afectivas reemplazadas por aparatos, el placer estético atacado por el embrutecimiento de los sentidos, la vida común torpedeada por el individualismo sin freno, son fenómenos de una decadencia que abarca a mayorías crecientes de la población humana y que acentúa el aislamiento de las minorías en descenso que todavía gustan de disfrutes complejos (pero cada vez pueden compartirlos con menos personas). Hemos hablado de esto en otras notas como, por ejemplo, «Intelecto general: el conocimiento y su distribución».

De ahí viene nuestra pretensión de desplegar una crítica socialista que tenga como punto de partida la vida misma, la vida cotidiana de los trabajadores. No la promesa utópica, el gueto cultural o la excepcionalidad heroica, sino esto que nos pasa cotidianamente y que, bajo este sistema, no deja de ocurrir. Se trata de un hecho actual, verificable, del que partimos: el sistema capitalista no puede garantizar la satisfacción de necesidades para el conjunto de los trabajadores. Y, además, no puede ni siquiera garantizarnos mantener lo poco que tenemos tal como está.

Por eso es necesario el socialismo. No por capricho, idealismo utópico, posicionamiento moral o izquierdismo identitario. Sino por la desesperación que nace de una vida cotidiana cada vez más degradada, envilecida e invivible.

NOTAS:

1 Ricardo Braginsky, «Seis de cada diez chicos de 8 años tienen celular propio y no hay consenso sobre el beneficio de prohibirlo en la escuela», nota publicada en Clarín el 17 de julio de 2026.

2 Javier Firpo, «Crisis del subtitulado en el cine: por qué casi todas las películas ahora son dobladas al castellano en Argentina», nota publicada en Clarín el 29 de mayo de 2026.

3 Haret Peraza, «20 años de “La huelga de Los Simpson”: Lo que implicó para el doblaje», nota publicada en The Hollywood Reporter el 2 de diciembre de 2025. Por todo lo dicho nos parece exagerado sostener posiciones como la del crítico progresista Roger Koza en este pasaje: «Doblar es analfabetizar. Doblar es debilitar nuestra habilidad de combinar signos con imágenes. El doblaje como demagogia encubierta en la que se supone a un público bruto, poco instruido, incapaz de acceder al cine, quitándole la oportunidad de realizar un esfuerzo edificante que resguarda, indirectamente, el acto de leer. El doblaje como operación política destinada a homologar la alteridad del sonido y las lenguas en un ficticio lenguaje nacional. El doblaje como ejercicio discreto pero eficaz de nivelar hacia abajo la tonicidad cognitiva. Ver cine doblado al español es como desconocer el placer del sexo sin condón.»

4 Un problema al que le dedicamos dos notas: «La pobreza incalculada, 1: Fetichismo de la mercancía y cosificación de las relaciones humanas» y «La pobreza incalculada, 2: Subsunción real y degradación cognitiva».

5 Michel Desmurguet, Más libros y menos pantallas (Cómo acabar con los cretinos digitales), trad. Lara Cortés Fernández, Barcelona, Península, 2024, p. 308.

6 Martyn Lyons, Una historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental, trad. Julia Benseñor y Ana Moreno, Buenos Aires, Ampersand, 2024, pp. 190-1.

7 Martyn Lyons, Una historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental, edición citada, p. 272. Nos referimos, claro está, a esa acotada región del planeta donde surgió el capitalismo. Y hablamos, fundamentalmente, de la lógica social que rige estos fenómenos, más que de su cronología empírica. Veamos, como ejemplo comparativo, qué pasaba a fines del siglo XIX en el incipiente Estado nacional argentino: «Si los datos porcentuales sobre escolarización a nivel nacional resultan aquí de escasa o nula utilidad, no es sólo porque ofrezcan información demasiado indirecta para estimar las dimensiones del público lector. La formación de un público lector amplio fue un fenómeno centralizado en la ciudad de Buenos Aires. Los datos porcentuales, por lo demás, tienen muy poco valor en este caso. Las enormes diferencias que presentaban centros urbanos como Buenos Aires y Londres a principios del siglo XIX en tanto posibles mercados para las industrias y comercios de la cultura letrada responden menos a los porcentajes de escolarización, o incluso de alfabetización, que a las cifras absolutas de sus poblaciones. Aunque la alfabetización de Buenos Aires a principios de siglo XIX hubiera sido del 100 por ciento, sus 20 mil o 30 mil habitantes habrían constituido igualmente una demanda por completo insuficiente. Inversamente, importa mucho menos el porcentaje de alfabetización de Londres por la misma época que el hecho, inespecífico pero más gravitante, de que su concentración poblacional supera el milón de habitantes.» Sergio Pastormerlo, «1880-1899. El surgimiento de un mercado editorial», en José Luis De Diego (dir.), Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000, México, FCE, 2006, pp. 2-3.

8 Martyn Lyons, Una historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental, edición citada, p. 179.

9 María Tatar, «Leer los Cuentos para la infancia y el hogar de los hermanos Grimm: orígenes y efectos culturales de la colección», en Hermanos Grimm (Edición anotada), trad. Pedro Piedras Monroy, Madrid, Akal, 2020, pp. xliii-iv. Para una introducción divertida e informada sobre la vida y la obra de los hermanos Grimm recomendamos escuchar este episodio del podcast español Todopoderosos.

10 Acerca del progresismo como conjunto de sectores sociales que se creen moralmente superiores escribimos: a) «Lectores de sensibilidad: Cómo el progresismo construye a “la ultraderecha”»; b) «Doctores en censura: El Directorio del CONICET contra los personajes de historieta»; c) «El progresismo desastrado: idealismo progresista y materialismo liberal»; d) «Despreciar la democracia es de fachos: insultos, ocultamiento y consenso (los modos conservadores)»; e) «El atroz redentor Paco Olveira»; f) «Peteco y la antipolítica: esa costumbre peronista de subestimar los votos»; g) «De un individualismo a otro: quien a hierro mata, a hierro muere»; h) «La casta: los spots reaccionarios del Rectorado de la UBA»; i) «Todos quieren ser Fogwill (A propósito del caso de Leticia Martin en PERFIL)»; j) «Censura progresista: ese cándido recorte de aquello que no agrada al moralmente superior»; k) «Resistiendo con aguante (El ocaso de la inteligencia)».

11 Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (dir.), Historia de la lectura en el mundo occidental, trad. María Barberán, Mari Pepa Palomero, Fernando Borrajo y Cristina García Ohlrich, Madrid, Taurus, 1998, pp. 500-2.

12 Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (dir.), Historia de la lectura en el mundo occidental, edición citada, p. 504-5.

13 Tengamos presente, además, que hablamos de un mercado internacional. Ninguna editorial importante quiere producir únicamente para el mercado interno. Menos en un idioma tan extendido en el mundo como el español. José Luis De Diego observa una paradoja en la industria editorial argentina que nos resulta muy gráfica: durante su «época de oro» (1938-1955), hubo un gran desarrollo de la literatura argentina pero su consumo era de minorías; en cambio, cuando la industria entró en decadencia los lectores se interesaron por la literatura argentina y latinoamericana. ¿Qué pasó? Según De Diego, «durante la “época de oro” se exportaba más del 40 por ciento de la producción, lo que obligaba a proyectar catálogos más “universales” con buena parte de la producción de literatura traducida […]. Por otra parte, cuando se citan grandes éxitos de ventas, por ejemplo, de Espasa-Calpe, suele mencionarse el boom de los diccionarios enciclopédicos vendidos en cuotas. Así, las editoriales de la “época de oro” no parecen haber estado demasiado interesadas en la promoción y difusión del libro de autor argentino, y los reiterados testimonios de escritores argentinos que se quejan de que el público prefiere autores extranjeros no hace sino confirmar la hipótesis. Además, es menester recordar que […] Argentina abastecía el 80 por ciento de la importación de España, lo que justificaría la abundancia de libros de autores españoles en los catálogos analizados. […] A medida que la industria editorial argentina iniciaba su decadencia por la pérdida de mercados externos, encontraba en el mercado interno y, en espacial, en autores argentinos y latinoamericanos, las vías de supervivencia y de su momentánea recuperación». (Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000, edición citada, pp. 111-4).

14 «El promedio de palabras por oración en los bestsellers cae a menos de la mitad (1931–2025)», nota publicada en Universo Abierto, blog de la biblioteca de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca el 11 de septiembre de 2025.

15 Emilia Parada-Cabaleiro, Maximilian Mayerl, Stefan Brandl, Marcin Skowron, Markus Schedl, Elisabeth Lex & Eva Zangerle, «Las letras de las canciones se han vuelto más simples y repetitivas en las últimas cinco décadas», artículo publicado en Scientific Reports el 28 de marzo de 2024.

16 Analizamos el fenómeno en «Contra la cultura de izquierda (Por una militancia socialista)».

17 Markham Heid, «El número de palabras que dices al día está disminuyendo», nota publicada en la revista Time el 28 de abril de 2026.

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