“Escuchemos un momento a los inspectores de fábricas”, recomendaba Marx en El Capital. No para aceptar el criterio burgués con el que redactaban sus informes, sino para interpretar los datos a la luz de un criterio socialista.
Hemos visto, en otra nota, cómo el trotskismo prefiere negar las estadísticas disponibles cuando le resultan desagradables, en lugar de usarlas para criticar el desagradable sistema que produce esos resultados[1]. Y, dado que el criterio trotskista se guía por la subjetividad del gusto más que por la objetividad de los datos, cuando un resultado le agrada, asume el criterio burgués sin cuestionarlo. Este fue el caso en un balance de las elecciones legislativas de octubre.
Veamos cómo recibióLa Izquierda Diario el análisis que Carlos Pagni ofreció, hace algunas semanas, para el público de La Nación:
Para analizar la composición del voto [a] Milei, Carlos Pagni, en su editorial del lunes, muestra [en] este gráfico [cómo] los votos de Milei ya dejaron de ser votos de sectores populares, como lo fue en el [año] 2023. Su voto se va transformando [en] un voto más [de] derecha clásico y
en[de] sectores sociales medios para arriba. El fin del fenómeno barrial[,] en el sentido de un movimiento de arraigo en sectores populares y plebeyos, es un proceso sin retorno.[2]

Imagen de la nota en La Izquierda Diario.
“Sectores populares”, “derecha”, “sectores sociales medios para arriba”, “sectores populares y plebeyos”… son términos propios de un enfoque sociológico convencional, tan propio de liberales como de peronistas.
Según ese enfoque, la población se divide en “estratos” que reúnen personas aisladas, individuos que se incluyen en algún conjunto donde se comparte un rasgo identitario particular. Por eso la prensa burguesa y la prensa reformista recurren a él. Se trata de un enfoque basado en una escala de posiciones según el grado en que los individuos poseen algún atributo: nivel de ingresos, estudios alcanzados, nacionalidad, color de piel, orientación sexual, etc. Desde esta perspectiva, algunos grupos sociales poseen ciertos atributos y otros no, sin que pueda establecerse relación estructural alguna que permita explicar el origen histórico de esas diferencias o la relevancia política de, por ejemplo, el color de piel o la orientación sexual[3].
La idea de “sectores sociales medios” o “clase media” no implica más que un rango de ingresos, bastante caprichoso, que engloba y separa sectores de la clase trabajadora (generalmente, a los registrados). Esto cuando no se trata de una autoimagen, una consideración subjetiva, que no dice absolutamente nada acerca del lugar que se ocupa en la estructura productiva y en las relaciones de propiedad[4].
Entre un rango arbitrario de ingresos y la autopercepción identitaria, el trotskismo en general y el PTS en particular han abandonado conceptos básicos del marxismo. Nos disponemos a mostrar, de manera concisa, algunos de esos conceptos para defender su potencia explicativa y su pertinencia política.
El concepto
El concepto marxista de clase[5] es relacional: capital y trabajo se implican, no puede haber uno sin el otro. La burguesía o clase capitalista implica la existencia del proletariado o clase trabajadora. A diferencia del corte burgués en estratos (“clase alta”, “clase baja”, “clase media”, “clase media baja”, “clase media baja baja pero con bicicleta y secundario completo”, “clase media alta media pero marrón y lesbiana”), que expulsa del análisis la relación social que estructura al capitalismo, el concepto marxista de clase incluye la estructura en la propia caracterización: la pertenencia a la clase trabajadora implica una relación estructural con la clase burguesa y viceversa.
Esa relación entre las dos clases sociales es de antagonismo: los burgueses quieren aumentar la explotación, los trabajadores queremos disminuirla. Es decir que los intereses materiales en disputa son irreconciliables: no hay alianza posible entre ambas clases sociales, porque los intereses de una están en contra de los intereses de la otra. De ahí la necesidad de la lucha de clases.
La base de ese antagonismo entre las dos clases es la explotación: una clase vive del trabajo de la otra. Por eso una clase no necesita trabajar para vivir (aunque haya burgueses que trabajen), mientras que la otra está obligada a trabajar para vivir (aunque haya obreros que no trabajen, como veremos más abajo).
Y la explotación remite al proceso de producción, donde las posiciones y funciones se asignan estructuralmente. O sea que este concepto de clase que estamos viendo no presupone ningún elemento subjetivo: la conciencia, la cultura, la organización y la acción colectivas, no son relevantes para establecer la pertenencia a una clase social. Estos elementos subjetivos dependen de otro tipo de mediaciones (políticas, ideológicas, educativas, institucionales, etc.), cuya naturaleza es siempre contingente, no estructural. En otras palabras, las posiciones de clase son generadas automáticamente por el funcionamiento del sistema capitalista. En cambio, la organización en un partido o la afiliación a un sindicato, la lectura cotidiana de la prensa de izquierda o el amor por las enciclopedias, el disfrute de la discografía de Alfredo Zitarrosa o de Hiromi Uehara, el título universitario o el secundario incompleto, la religiosidad o el ateísmo, la simpatía por un club de fútbol o un club de ajedrez, no.
La estructura
Estas consideraciones son útiles para el análisis de la lucha de clases como forma de acción colectiva. Si los miembros de una clase social comparten intereses materiales (determinados por las relaciones sociales de producción), entonces todos se enfrentan objetivamente a las mismas disyuntivas y posibilidades de acción para mantener o aumentar el bienestar económico. La clase obrera está obligada a luchar organizadamente si no quiere perder bienestar material. Y la clase burguesa está obligada a elevar la explotación, la extracción de plusvalor, si quiere sobrevivir en el mercado[6]. Esto no depende ni de un supuesto heroísmo proletario ni de una presunta crueldad capitalista. Individuos heroicos e individuos crueles puede haber en cualquier clase social, porque eso depende de contingencias biográficas. Los intereses de clase, por el contrario, son objetivos, se imponen socialmente, no son subjetivos ni dependen de lo que a cada individuo le parezca, le agrade o le disguste hacer. Ni los sentimientos ni las opiniones, ni las actividades ni los pasatiempos, ni las “pasiones tristes o alegres”[7] son relevantes a la hora de evaluar los intereses históricos de las dos clases sociales antagónicas en el capitalismo.
La estructura, hasta acá, es nítida: la burguesía es propietaria de los medios de producción y explota al proletariado, que sólo es propietario de su fuerza de trabajo (y la vende, si tiene suerte, por un salario). Se podría objetar que este modelo puro, teórico, sirve para distinguir al capitalismo de otros modos de producción (como el feudal o el esclavista), pero no sirve para analizar su realización material, ya que las delimitaciones y contornos de clase son difusos y cambiantes en la realidad empírica. Sin embargo, tenemos dos respuestas para esta objeción.
Una es de orden conceptual, en el sentido de cómo nos representamos la realidad, es decir, cómo la pensamos. Para entender la sociedad y actuar en ella conviene atender más a la estructura general que a sus detalles relativamente escurridizos[8]. Es decir, se trata de ir de lo general a lo particular, no al revés. Todo lo cual es coherente con pensar la política en base a las mayorías, de manera que este orden conceptual es también una orientación militante. Por emplear un ejemplo análogo: el hecho de que en el continuo “estatura de los seres humanos” podamos ordenar al conjunto de la población mundial, desde la persona más diminuta hasta la más “rascacielos”, y no exista un punto de corte nítido, objetivo y tajante, a partir del cual se pudiera decir que terminan los “petisos” y empiezan los “altos”, esto no significa, como es obvio, que no existan seres humanos petisos y seres humanos altos.
La otra respuesta es un poco más de orden empírico. Si bien la composición interna de la clase obrera es cada vez más compleja debido al desarrollo de la división técnica del trabajo y los cambios institucionales, la dinámica expansiva del capital tiende a simplificar la estructura social hacia el modelo de las dos clases. Es decir que, si bien todo lo dicho hasta acá se da en un plano general de abstracción y que este plano suprime necesariamente ciertas diferencias para conceptualizar, no es menos cierto que el movimiento real del capitalismo polariza la vida cotidiana acercando el mundo a la teoría, de tal modo que el plano teórico posee un correlato empírico bastante fiel (y, progresivamente, cada vez más fiel). El Capital, de Marx, es más útil hoy (con el capitalismo extendido en todo el planeta) que en el siglo XIX (cuando apenas existía en regiones marginales).
Todo lo cual no quiere decir que los detalles carezcan absolutamente de pertinencia para el pensamiento y la política.
Los detalles
Las sociedades reales combinan diferentes relaciones de producción. Nunca hubo esclavismo, feudalismo ni capitalismo puros. El propio sistema capitalista incluye la más o menos conflictiva pervivencia de formas de producción no mercantiles, como el “trabajo esclavo” en el sistema prostituyente o los inmigrantes en los talleres clandestinos: no son trabajadores libres únicamente coaccionados por la miseria económica, sino personas obligadas por la fuerza directa (aunque, a diferencia del régimen esclavista, sin reconocimiento legal de esa relación). Sin embargo, lo que importa es caracterizar el dominio de un tipo específico de relaciones sociales de producción. De ahí el conocido primer párrafo de El Capital:
La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.[9]
Además de esa “impureza” del modelo, que combina relaciones de producción diferentes, su realización material implica, para el análisis, atender a la pertenencia real, concreta, empírica de los individuos a una determinada clase. Existen situaciones mixtas o intermedias que, aunque son minoritarias en la estructura general de clases, pueden ser importantes para comprender la dinámica social de la lucha de clases.
Por ejemplo, los directivos y cuadros gerenciales, que desempeñan funciones del capital en el proceso de trabajo (tareas de dirección, organización y control) y, al mismo tiempo, son formalmente asalariados (aunque su remuneración esté más determinada por las ganancias de la empresa que por el valor de la fuerza de trabajo). Estas posiciones se encuentran con un pie en cada una de las dos clases sociales en lucha. No así los altos ejecutivos de las grandes empresas, que participan directamente de las ganancias y pertenecen, por eso, a la clase explotadora sin reparos ni matices.
Otro ejemplo de mixtura se da en los individuos que ocupan simultáneamente varias posiciones de clase, sin desempeñar funciones del capital en el proceso de trabajo. Por ejemplo, un obrero que posee, además de su salario, ingresos de renta por alquilar un departamento de su propiedad. La renta es una forma de explotación, de manera que ese obrero vive de ser explotado y, a la vez, de explotar a alguien. Las combinaciones entre asalariado, cuentapropista, socio capitalista en un negocio, jubilado, rentista, etc., no son mayoritarias en la sociedad, pero existen.
Por último y más importante que los casos anteriores, hay que tener en cuenta las llamadas “posiciones indirectas”, que pueden ser de dos tipos: las llamaremos “estatales” y “pasivas”.
Estatales son las posiciones y funciones que remiten a instancias y aparatos del Estado burgués: cuadros políticos, altos funcionarios, ejército, policía, personal eclesiástico, de salud, docentes, administrativos, etc. Dentro de estos aparatos cabría distinguir a su vez entre posiciones burguesas (vinculadas estrechamente a las distintas fracciones de la clase dominante: altos funcionarios, miembros del gobierno, etc.), contradictorias (aquellos puestos intermedios encargados de llevar a la práctica las decisiones políticas) y obreras (trabajadores del sector público sin responsabilidad política).
Pasivas son las posiciones que no ejecutan labores remuneradas. Nos referimos a los desocupados, los niños, los jubilados, los discapacitados y las personas que realizan tareas domésticas, de cuidado y/o de crianza (generalmente encargadas a las mujeres, merced a relaciones sociales que naturalizan estas tareas en uno de los dos sexos). ¿Se puede distinguir un discapacitado burgués de uno proletario? ¿Una mujer obrera “ama de casa” de una mujer burguesa “ama de casa”? Sí, a eso vamos.
No hay que perder nunca de vista que lo decisivo es el carácter de clase de la unidad familiar a la cual pertenecen los individuos. Obviamente, las posiciones en el proceso de trabajo son ocupadas por individuos. Pero la “trayectoria de clase” está determinada por la familia. La familia determina, para sus miembros, la necesidad o no de vender la fuerza de trabajo. Por más que formalmente el hijo de un burgués pueda ser un asalariado, el hecho de que no esté económicamente obligado a vender su fuerza de trabajo para vivir es la razón por la cual no pertenece a la clase obrera, sino a la clase capitalista. Y, al revés, por más que un niño no trabaje (porque lo mantienen sus padres), el hecho de que pertenezca a una familia obrera es la razón por la cual ese niño es proletario.
Como puede verse, estos conceptos son categorías políticas objetivas. No ponen en juego la moral, los hábitos culturales, las autoimágenes, las actividades ni los sentimientos de los individuos. Federico Engels pertenecía a la clase burguesa. Jorge Luis Borges, a la clase obrera.
Lo importante
Hay dos maneras de leer la sociedad (y de leer un texto): o bien yendo a lo estructural, sustancioso, masivo y estratégico; o bien deteniéndonos en el detalle, lo accesorio, marginal y táctico.
Cuando el trotskismo apela a “trabajadores, mujeres, jóvenes, disidencias, pueblos originarios, estudiantes, infancias (sic), artistas, intelectuales, científicos…” y otras tantas etiquetas, no sabe de qué habla: mezcla una relación de clase con profesiones liberales, a las hembras de la especie con un rango etario, una actitud con una tradición cultural, un neologismo (¿cuántas “infancias” hay?) con una actividad productiva, la posesión de un título universitario con la condición de rentado en un partido trotskista y así. Al carecer de un criterio objetivo que remita a las relaciones sociales de producción, como el que hemos expuesto en esta nota, el trotskismo abraza un caos nominal, una serie incoherente de clasificaciones alocadas[10]. Así, en lugar de esgrimir un criterio capaz de colocar los intereses objetivos, comunes, de clase, como principio de la estrategia socialista, se adoptan diversos criterios solapados, contradictorios o insensatos.
En base a semejante desorientación conceptual, se yuxtaponen elementos aislados que, después, tienen que ser reunidos a la fuerza bajo alguna consigna mágica y abstracta, algún “significante vacío” como el “No pago al FMI”, “Fuera Macri” o “Fuera Milei” (nunca “Fuera Cristina” o “Fuera Alberto”), “Palestina libre” o “El agua no es un negocio”, cuando no se intenta esa reunión forzada mediante la imaginaria lucha contra un régimen fascista inexistente[11].
Ese eclecticismo desastrado, que se expresa con vigor en el catálogo de Ediciones IPS y la Asamblea de Intelectuales Socialistas[12], no puede siquiera tomar distancia del criterio burgués con el que Carlos Pagni expuso su análisis de las elecciones que citamos al comienzo.
Muy por el contrario, consideramos que una tarea fundamental de los socialistas es la elaboración de un criterio claro, tajante y consistente con la realidad para referirnos a la lucha de clases e intervenir en ella.
[1] Lo vimos en “Ademys y la interpretación: Qué hacemos con las evaluaciones externas”, a propósito del rechazo, por parte de la dirección del sindicato docente, a las pruebas estandarizadas que miden el rendimiento de los alumnos en los niveles primario y secundario del sistema educativo argentino.
[2] Nicolás Laguna, “Análisis. Elecciones 2025: datos, números, ganadores, perdedores y mucha abstención”, nota publicada en La Izquierda Diario el martes 28 de octubre de 2025. (Hasta el 13 de diciembre, en que publicamos esta nota, el texto no había sido corregido, por eso tuvimos que agregar enmiendas entre corchetes). Como vemos en la imagen, en lugar de recortar el clip directamente desde el canal de LN+ en YouTube, el PTS retomó la cuenta de X “Resistencia Nacional” con el resaltado, en mayúsculas, de la caracterización según la cual La Libertad Avanza “SE ESTÁ VOLVIENDO MÁS GORILA”. Un gesto que educa a los trabajadores en el sentido común peronista (“somos todos compañeros del campo nacional y popular”), no en la independencia de clase. Además, “gorila” es el mote que aplican los peronistas a todo el que cuestiona al partido del orden burgués en Argentina. No es un argumento (es un adjetivo), no es una definición política (un liberal y un trotskista pueden ser igualmente “gorilas”) ni señala lugar alguno en la estructura productiva capitalista (un burgués y un trabajador pueden recibir la etiqueta sin matices): “gorila” es una palabra que sirve, única y exclusivamente, para cancelar al interlocutor, marcar la cancha en términos de “Pueblo versus anti-pueblo” (donde “pueblo” siempre incluye a los explotadores que son “compañeros”) e impedir toda crítica y debate.
[3] Así, el número de estratos considerados es siempre arbitrario: sólo en virtud de esta abstracción, que aísla los elementos y los deshistoriza, se puede pensar que el nivel de ingresos (la capacidad de reproducir materialmente la vida cotidiana) es una variable equivalente al color de piel o la orientación sexual.
[4] Algunos ejemplos recientes del subjetivismo que supone la noción de “clase media”: Francisco Jueguen, “Cuánto se necesita para ser de clase media y quién gana con el modelo de Milei”, nota publicada en La Nación el 23 de junio de 2025. Mariano Zalazar, “Más de la mitad de los argentinos se identifica como clase media o media baja”, nota publicada en Infobae el 3 de septiembre de 2025. “Clase media en Argentina: las dramáticas cifras de un nuevo estudio”, nota publicada en El Economista el 26 de marzo de 2025.
[5] Para la elaboración de estos apuntes, además de apoyarnos en El Capital, de Marx, recurrimos (sin adoptarlo al pie de la letra) a Maxi Nieto, Cómo funciona la economía capitalista (Una introducción a la teoría del valor-trabajo de Marx), Madrid, Escolar y Mayo, 2015, pp. 138-53.
[6] A este respecto escribimos “Belocopitt, ¿demoníaco u obediente?”. También “La Champions League del capital: Apple, Microsoft, Nvidia y la IA generativa”. Sobre la necesidad del sistema de equilibrar las reglas de la competencia, “Monopolios y Estado burgués: El proceso contra Google y los disensos entre capitalistas”.
[7] Véase la banalización de esos términos spinozianos en el libro de Myriam Bregman: “La estrategia del ocaso”.
[8] Un buen ejemplo acerca de cómo empleamos este criterio es el debate en torno a las categorías deportivas por sexo en las competencias profesionales: “Genes van, piñas vienen: El caso Khelif, la izquierda progresista y un delirio peligroso”.
[9] Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, México, Siglo XXI, 2008, p. 43.
[10] Véase “Peor que el terraplanismo (Parte 3): La deriva queer del trotskismo”.
[11] Recordemos la marcha del 1° de febrero de este año, acerca de la cual escribimos, antes, durante y después de la marcha, el tríptico Sobre marchas y travestis: i) “Contra la lógica del péndulo burgués”; ii) “No seamos tan sonsos, otra vez”; iii) “Mujeres, clase y conciencia”. También escribimos al respecto “El orgullo de la marcha 1F: Gran acto de Axel Kicillof, tras ajustar a los médicos y gasear a los más pobres”.
[12] Escribimos sobre este problema en “Comunistas del futuro, no en el presente: el curioso caso de la Asamblea de Intelectuales Socialistas”. Sobre la consolidación por la coherencia y no por el eclecticismo, “La prensa, 1: nuestra herramienta indispensable”.





Pedagógicamente militante. Claro y ameno.
Es evidente que el sovietismo y el stalinismo resultaron una máquina demoledora de una mirada del mundo alternativo al capitalismo en la construcción del socialismo colectivista. Entre la vergüenza y la necesidad de agradar se pierde las referencias básicas.
Volver a enfocarse desde la perspectiva clasista es la tarea de quien quiere la salida por la vía del socialismo rojo.
La categoría “clase media” ha sido una “victoria” del sentido común del capitalismo (ideología o “batalla cultural”) y expresa los sentimientos y anhelos de vivir felizmente aspirando al “ascenso de clase”. Como sugieren algunos sociólogos como Ezequiel Adamovsky clase media es una identidad, no una clase social [ver https://www.conicet.gov.ar/la-identidad-de-clase-de-los-sectores-medios-surge-de-contextos-politicos/ ]. La Teoría de la Identidad Social de Tajfel sostiene que las identidades sociales son producto de la tipificación que realizan los colectivos al asumir e identificar su pertenencia a una categoría determinada. Observo en algunas investigaciones sobre clase que existe esta perspectiva que es el estudio del autoconcepto o autopercepción de clase [precedida por una diferenciación entre el componente subjetivo (lo que creo ser) y objetivo (lo que soy por el trabajo o los ingresos reales)]. Pero esto es desde un criterio de sentido común. Claro está que existe una sociología peronista y liberal que afirman la existencia de una clase media, por ejemplo usando como parámetro el ingreso y la capacidad de consumo; algunos le agregan el “capital simbólico” como es nivel de estudio y algunos otros accesos y consumos.
Agradecemos, Marcelo, la lectura militante, el comentario reflexivo y el link. Saludos!
https://www.conicet.gov.ar/la-identidad-de-clase-de-los-sectores-medios-surge-de-contextos-politicos/
el enlace anterior no es el específico