«La máquina de la avaricia de la FIFA se pone en marcha a ritmo forzado», ¿dice la prensa trotskista? No. Se trata de un titular del portal financiero Bloomberg, propiedad del multimillonario demócrata Michael Bloomberg. Los analistas económicos del sitio, prolijos conocedores de la gestión pública y privada, no hablan de «privatización» sino de un «te fuiste de mambo»:
No hay nada de malo en principio en que la FIFA, como autoridad global del fútbol, establezca una entidad separada para gestionar las operaciones comerciales […]
Lo que merece desaprobación es la forma en que se ha formulado y presentado el plan. Parece que no ha habido consultas previas con los miembros de la FIFA.1
Regresaremos, más adelante, al contenido de esta nota. Ahora queremos subrayar el ejercicio de la seriedad por parte de los capitalistas: los lectores del portal Bloomberg (o al menos una parte considerable de ellos) buscan orientación para los negocios y sus perspectivas. Cuando en cada decisión se juega el patrimonio, lo que se necesita es objetividad, mesura y datos empíricos. Por eso Bloomberg informa a esos lectores que hubo una desproporción, un exceso, una desmesura en la propuesta. Advierte así que hay altas probabilidades de fracaso en el plan.
Muy por el contrario, el progresismo vernáculo, desprovisto de toda seriedad, mesura y simpatía por los datos objetivos de la realidad, lanza al ciberespacio sus (cancheros) telegramas desde Narnia:

Humanos inventan un deporte. Clubes sin fines de lucro lo desarrollan y popularizan. Federaciones crean el espectáculo más impresionante del mundo. En 2026 empresarios privados quieren quedarse con todo. Sin haber hecho nada. La historia del capitalismo.
Esta disparatada afirmación solicita una lectura atenta, porque es una muestra del típico procedimiento pseudo intelectual del progresismo que consiste en multiplicar categorías y opacar la realidad. El mundo que el historiador de la UBA Ezequiel Adamovsky nos presenta (en un microrrelato digno de Eduardo Galeano) se organiza en cuatro clasificaciones: humanos, clubes, federaciones y empresarios. Cuatro categorías que se relevan entre sí porque se excluyen: cuando aparece una, la otra se va.
Pero el mundo real, con su historia real, contradice a la torpe lírica progresista. En aquel lejano año 1863, cuando se crearon las primeras reglas del juego (inventar un deporte es establecer sus reglas), había humanos (qué sorpresa), había clubes (quién lo diría) y –atención–, en ese mismo instante comenzó a existir The Football Association, la FA, es decir, una federación, la primera y más antigua.
Los nombres de aquellos humanos se conservan en polvorientos registros enmohecidos. Y en Wikipedia. Arthur Pember, Francis Maule Campbell, Thomas Dyson Gregory y G.W. Shillingford, entre otros, representando a los clubes: Barnes F.C., Civil Service F.C., Crusaders F.C., Forest of Leytonstone (que más tarde cambió su nombre a Wanderers F.C. y ganó la primera FA Cup), No Names Club, de la localidad de Kilburn, Crystal Palace (no el actual equipo profesional), Blackheath F.C., Kensington School, Perceval House, Surbiton F.C. y Blackheath Proprietary School, que constituyeron la Football Association.
Al contrario de la sucesión que narra el aforismo de Adamovsky, al mismo tiempo actuaron los humanos, los clubes y la asociación.
¿Y las federaciones? Por entonces, no había con quién federarse. La FIFA, primera federación de fútbol de la historia, surgió en 1904 y no tuvo a la FA entre sus fundadores (razón por la cual es uno de los pocos organismos internacionales cuyo nombre no fue concebido en inglés). En esa reunión fundacional de la FIFA, además de humanos, clubes y federaciones, había… empresarios. Siempre los hubo. El primer presidente de la FA, firmante del primer reglamento de fútbol, fue Arthur Pember, corredor de bolsa y abogado. En Argentina, sin ir más lejos, entre los presidentes que hicieron grandes a muchos clubes, a menudo se encuentra un empresario: Godfellow en Platense, Roberts en El Porvenir, Ohaco en Racing o los tres empresarios gallegos que inventaron y financiaron la gira de Boca por Europa de 1925, evento determinante en la grandeza actual del Club de la Ribera. De todo esto hablamos con lujo de detalles en el libro Historia de los trabajadores del fútbol.
La negligente sucesión de categorías discretas y cerradas que nos brinda el tuit del historiador queda pedaleando en el aire ante el funcionamiento real del sistema capitalista, donde hay seres humanos organizados en instituciones diversas y donde hay empresarios que, atención, también son humanos. Lo que permite explicar los cambios, los problemas, las amenazas y las posibles soluciones en el capitalismo no es la sucesión de categorías, sino las relaciones entre clases y la dinámica global de la sociedad.
Interpretaciones como la que citamos no forman parte de un esfuerzo poético ni, mucho menos, didáctico: se trata de la promoción interesada de la ignorancia. Si es difícil resistir a la tentación irracionalista, igualmente cierto es que algunos la abrazan con fervor militante. La seducción literaria incita a crear una mitología allí donde lo necesario es comprender, con inteligencia, un funcionamiento. Por eso, a medida que se despliega la acumulación, se desvanecen las criaturas literarias del progresismo y hay que engendrar nuevos personajes. Así, el «lado bueno de la historia», el «lado correcto de la vida», que hasta ayer veía a los clubes regenteados por burgueses menores y burócratas sindicales como si fueran Luna de Avellaneda, ahora alberga a las federaciones continentales para luchar contra Infantino y sus planes demoníacos.
Hay otro motivo que empuja al progresismo a explicarse el mundo mediante ocurrencias: blindarse ante la razón2. Sobre la fantasía no es posible, políticamente, debatir, acordar, disentir, avanzar ni crecer. A su lado, las Fake News llevan ventaja: al menos se ven obligadas a fingir materialidad y consistencia.
Nuestro enfoque es materialista, por lo tanto se opone al enfoque literario del progresismo (que es, además, el enfoque predominante en la izquierda hegemonizada por el trotskismo). Desde esta interpretación de la realidad social intentaremos comprender qué está sucediendo con el negocio del fútbol.
La última apuesta de Infantino
Retomemos la nota del portal Bloomberg. Allí se nos informa que, tras el impresionante éxito financiero del Mundial 2026 –éxito del que no se puede decir que haya sido acompañado por un declive futbolístico–, el presidente de la FIFA Gianni Infantino propuso crear una empresa dedicada a la organización de los grandes eventos planetarios de fútbol, tanto de selecciones como de clubes: la FIFA Forward Enterprise. Propuso, además, que esta nueva empresa fuera dirigida por la FIFA, que la FIFA se quedara con el 79% del paquete accionario y que el resto (valuado en unos 4 mil millones de dólares) fuera vendido a un probable comprador ligado al hermano del yerno de Donald Trump.
Antes de indignarnos y adoptar una de las posiciones en danza, intentemos pensar lo que sucede.
Hay dos maneras de interpretar esa propuesta. Una piensa que «capitalismo» es la denominación genérica para un campo de batalla entre países opresores y países oprimidos, entre burgueses imperialistas y burgueses Nac&Pop, entre explotadores crueles y explotadores compañeros. Para este enfoque el capitalismo no es un sistema, sino el terreno en el que se enfrentan capitales malos y capitales buenos (o mejores que los otros, o «no tan malos»), y ante ese enfrentamiento debemos tomar partido por algún bando burgués, por algún capital. Es lo que se llama sentido común.
La otra manera es la que defendemos en VyS: se trata de conflictos entre fracciones burguesas en competencia3.
El deporte profesional, el negocio del deporte, ha sido desde sus inicios una actividad privada. Y ha sido desde entonces, además, una competencia mercantil en la misma medida en que se fue desarrollando como competencia deportiva. Ambas condiciones –que son la misma pero vista de ángulos diferentes– son las determinantes constitutivas de esta actividad. El resto (la función social, la identidad local, la salud de las personas, la educación de los niños y los jóvenes) son elementos accesorios que se expanden o desvanecen de acuerdo con la competencia y la acumulación.
Claro que hay distintas formas jurídicas de la propiedad privada y distintas relaciones entre ellas. Pero ninguna es opuesta a las otras: todas son complementarias. Por eso el dueño de una empresa puede crear una fundación sin fines de lucro y aportar dinero a una asociación civil (también sin fines de lucro), en tanto la primera le permite mejorar su situación fiscal y la segunda le brinda una vía muy efectiva para hacer publicidad.
No es raro que en ambos casos sea innecesario recurrir a una maniobra financiera, a alguna trampa. Ahí está la Fundación Proa, en el barrio de La Boca, creada por Techint; ahí está también el RB Leipzig, creado por Red Bull. Estas diferencias, similares a las que existen entre una empresa privada y una empresa pública –en el sentido de cotizar en bolsa– no son menores a la hora de pensar sus desarrollos, sus estrategias y objetivos. Pero nunca las ponen por fuera de la necesidad de acumular, de la cual son origen o complemento. Por eso el Banco Mundial promovió en los últimos 40 años el «tercer sector», la oeneginización de la vida. Por supuesto, nadie la concibió de manera tan profundamente reaccionaria como Perón: la Fundación que creó para su señora esposa anticipó en décadas al Banco Mundial.
Entre las particularidades de los emprendimientos capitalistas, a las empresas que cotizan en bolsa se las llama públicas o «de capital abierto»; a las que no lo hacen se las denomina privadas. Una empresa de capital abierto puede retirarse, bajo ciertas condiciones, del mercado de valores y quedar en manos de un dueño o un grupo restringido de dueños que posean la totalidad de la propiedad. A este procedimiento se lo denomina going private, «yendo a lo privado», que no es «privatización de algo estatal» sino cambio jurídico del tipo de propiedad privada. No se va de lo estatal a lo privado sino de lo privado a lo privado (bajo otra modalidad).
Dicho todo eso, aclaremos también que lo estatal, lo que pertenece al Estado burgués y es administrado por el personal político de la burguesía, está lejos de parecerse a lo colectivo o lo social, que es nuestra aspiración como socialistas. Lo estatal es un complemento del sistema cuya función es garantizar la actividad privada lucrativa y competitiva. Lo colectivo o lo social, en cambio, implica una transformación revolucionaria del modo en que se organiza el conjunto de la producción.
Detrás del horror a la privatización de lo privado, detrás del fervor con el que se defienden distintas formas típicas o complementarias de la propiedad capitalista, se encuentra el olvido, el desconocimiento o el ocultamiento deliberado de las contradicciones inherentes al capitalismo. Por ejemplo, las que se dan entre la acumulación y la concentración, que elevan la productividad y la riqueza producida, a la vez que intensifican «la expropiación del capitalista por el capitalista, la transformación de muchos capitales menores en pocos capitales mayores»4 y, por eso mismo, la ruina de sectores crecientes que ven hundirse sus condiciones materiales de existencia.

De ahí que repudiar sólo una parte del sistema sea un modo, el mejor, de sostener el conjunto. Es el papel que asume Marcelo Bielsa en el conservadurismo burgués. El capitalismo desarrolló un negocio desde hace 120 años en el terreno del deporte profesional. Cada vez más concentrado, con mayor infraestructura, público más numeroso, mercados más amplios y salarios agigantados para la elite a la que pertenece el mismo Bielsa. Forzarse a creer que se combate este conjunto de problemas entrelazados mediante el gesto de mirar al suelo en las sesiones de fotos, o a través de quejas rebuscadas en largas conferencias de prensa, es desconocer que «el cabrón aburrido» también es parte del show… y que siempre lo fue.
Sin fines de lucro… inmediato
Los clubes de fútbol que figuran como «asociación civil» o «sociedad anónima deportiva», las asociaciones nacionales y las federaciones continentales, casi en su totalidad, funcionan bajo el mantra jurídico «Sin fines de lucro». Funcionan como eslabón complementario para estimular la acumulación. Con un número creciente de especialidades accesorias: distintas categorías de gerentes, sponsors, gestores de estadios, representantes de jugadores, instituciones educativas que habilitan para las actividades laborales, etc.5
Estas asociaciones deportivas profesionales de carácter nacional constituyen, por lo menos hasta el presente, un «monopolio natural»: no hay más que UNA liga profesional por cada deporte rentado. Puede haber categorías inferiores (y de hecho las hay), pero existe una única «gran liga», no varias (como sí puede haber varias cadenas de cine importantes, o varios complejos teatrales en competencia por ganar espectadores).
Las ligas profesionales de los distintos deportes se apoyan en gigantescas inversiones para infraestructura (estadios, campos de entrenamiento, espacios de formación) y sobre una cuantiosa inversión en jugadores de gran jerarquía. De este modo, hay elevados costos de retención y salarios, lo cual representa una barrera importante (por onerosa) para cualquier tentativa de creación de una nueva liga, paralela, alternativa y competidora. Además, a esos costos fijos muy elevados les corresponden costos marginales sensiblemente reducidos: una vez creada la estructura (algo que lleva mucho tiempo y mucho dinero), sumar espectadores cuesta, en general, muy poco.
Por último, para el público aficionado, repartir los mejores jugadores o los mejores equipos en competencias diferentes no suma nada. Al contrario, le quita casi todo el interés al espectáculo. Distinto es lo que sucede con el cine o el teatro, donde la oferta puede saturar la demanda sin apagar o destruir el interés del espectador: una obra no es mejor o peor porque haya otras en cartel; en cambio, un campeonato que no cuenta con los mejores deportistas compitiendo entre sí, disipa las expectativas6.
Se admite que estos monopolios no sean combatidos por la legislación, aunque en los últimos años hayan surgido planteos discrepantes en deportes individuales (como la creación de una liga saudita de golf paralela a la PGA, o una competencia de patinadoras individuales que recurrieron a la justicia y recibieron fallos favorables). Pero se trata, por ahora, de seducir individuos y no de apropiarse de instituciones.
Hinchar por equipo, pensar una salida social
Desde el punto de vista estrictamente futbolístico, no se busca ni se trata de encontrar quiénes son «los buenos», «los nuestros», los que habría que apoyar. Eso se decide de antemano, por capricho: se elige, se toma partido, sin ninguna explicación, silogismo ni justificación. Los buenos son los que tienen nuestro colores. Punto. No importa qué arbitraria y sinuosa historia tejamos para legitimar esta pasión: decidimos que así fuera, independientemente de que lo hayamos vivido como una decisión. Esto es el fútbol, esto es el deporte: una pasión encarnada en el cuerpo y orientada por la agonística de un enfrentamiento artificialmente reglado y finito.
Pero ahora estamos hablando del negocio del fútbol, de la incrustación de esta rama de la economía en la vida social general. Entonces el procedimiento es inverso: una y otra vez debemos preguntarnos cómo funcionan las cosas para poder decidir, después, por quién tomar partido.
La apariencia y la forma en que se nos presentan los acontecimientos y las personas oculta bastante el funcionamiento real. Y así como ser hincha de un equipo (o jugar para un equipo) implica el riego de ser derrotado en la cancha, tratar de comprender cómo funcionan las cosas sociales implica el riesgo de tener que cambiar nuestras suposiciones y prejuicios. Es decir, sufrir la derrota de nuestros caprichos, de nuestra tendencia a sustituir la verdad por lo agradable7.
De ahí nuestra insistencia en que el fútbol es solo fútbol y su análisis, en tanto fútbol, ha de restringirse a lo que sucede en la cancha durante 90 minutos (a menos que haya alargue o penales).
Otra cosa es hablar del negocio del fútbol: analizar el fútbol como rama de la economía nos exige ampliar y agudizar nuestra mirada para inteligir las conexiones entre ese negocio y la totalidad de la vida social. En otras palabras: no se juega como se vive.
Jugar es un hábito o acontecimiento que intenta recortarse de la vida cotidiana, ponerla entre paréntesis y diferenciarse de ella. El olvido de esta diferencia es el alimento de la histérica respuesta a la «Campaña Anti Argentina»: creer que vivimos como se juega y que somos lo mismo que nuestra Selección. No aceptar que, en el mismísimo instante en que terminó el Mundial, ese instante en que finalizó la carrera mundialista de Messi, terminó el juego y volvimos a nuestra vida en un país insignificante para el resto del planeta.
No hubo un quiebre, sino una inmensa expansión
En el desarrollo de esta rama económica (el deporte profesional) se sucedieron muchos desajustes con los modelos iniciales a medida que pasaban las décadas. Complejidad creciente; mercados más segmentados y de mayor envergadura económica; infraestructuras enormes y complejas que pueden significar un alto lucro cesante si son mal aprovechadas; ampliación del alcance geográfico y de la complejidad financiera; necesidad de formas de apalancamiento y sinergia que exceden la capacidad local. Algunos equipos-clubes renunciaron a continuar por ese camino y desaparecieron (Alumni). Otros se estabilizaron en una dimensión barrial (GEBA). En los equipos conocidos y las ligas, el avance de la gestión profesional ha sido indetenible. Pero no comenzó ahora: se inició cuando los jóvenes entusiastas del fútbol, que los habían fundado, se vieron desbordados por las actividades y las responsabilidades, y cedieron su lugar dirigente a patrones, políticos burgueses, militares y burócratas sindicales. Este proceso aconteció hace un siglo8.
Dejando de lado a los que se automarginaron (que son, desde el punto de vista de la gran pasión deportiva, irrelevantes), en las ligas deportivas profesionales que realmente existen y convocan a seguidores de distintas categorías (desde los asistentes religiosos al estadio todos los partidos, hasta los telespectadores eventuales de los resúmenes deportivos) hay dos maneras de organización: el sistema abierto y el sistema cerrado.
El que más familiar nos resulta, propio del fútbol en casi todas las latitudes, es el abierto: categorías sucesivas y conectadas por ascensos y descensos en el territorio nacional, enlazadas a su vez (desde la década del 1960) con las competencias internacionales. Todos estos pases de categorías se ganan y se pierden por méritos deportivos. El comercio de jugadores no tiene otro límite que el fair play financiero: el lavado de guita. No importa si son asociaciones civiles, sociedades anónimas o conviven ambas categorías jurídicas.
En el sistema cerrado ocurre otra cosa. Los equipos pertenecen a franquicias, cuyos dueños designan a un comisionado que administra la competencia, sus reglas y modificaciones (en acuerdo con ellos, obviamente). Los dueños no son libres de actuar a su arbitrio, ya que los jugadores suelen pertenecer a la liga. Hay límites salariales estrictos y excepciones rigurosamente circunscriptas en las chances de contratación. La liga es la dueña del deporte y el espectáculo, no los dueños individuales de cada franquicia.
El sistema cerrado recibe elogios por su previsibilidad, algo crucial para el nivel de inversiones que son actualmente necesarias y para el tipo de acuerdos colectivos que deben solventar esas inversiones. Por ejemplo, la MLS norteamericana nació a mediados de la década del 90 sin infraestructura propia y alquilando estadios de fútbol americano. Tuvo una política restrictiva en las contrataciones y dirigida a financiar infraestructura. Columbus Crew inauguró, en 1999, el primer estadio propio. Actualmente, casi todos los equipos cuentan con estadio propio y el conjunto de la MLS pasó a una nueva etapa de desarrollo de los planteles, con la regla del jugador franquicia (tres estrellas que superan el límite salarial), la expansión de las academias (el equivalente a nuestras inferiores), etc.
Una característica del sistema abierto es que se integran categorías disímiles de competidores en el gobierno de las asociaciones y federaciones. Y se consolida una burocracia deportiva especializada en la representación y la gestión de la diferencia. El sistema cerrado es más práctico y dinámico para las decisiones económicas e infraestructurales. El abierto está repleto de mediaciones y, por lo tanto, de escritorios, comisiones y arribistas.
En Argentina, la burocracia deportiva del fútbol (como toda burocracia) tiene en su horizonte la supervivencia. De manera que, al presentarse como los representantes de los socios para poder usar el capital acumulado por décadas, su objetivo declarado es el desarrollo del fútbol en todos los niveles, como rezan los estatutos de la AFA. Pero el objetivo concreto es hacer negocios y permanecer al frente de la organización.
El carácter fuertemente presidencialista de los clubes, permite, además combinar esfuerzo voluntario y amor por los colores en las directivas con un bonapartismo hábil para negociar comisiones y sobres en la cúspide. Montado sobre esta tensión, se encuentra la dirección de la AFA. Su estrategia es la misma, pero en un escalón superior, ya que participa de otro extracto más elevado: las federaciones continentales y la FIFA.
El momento Ícaro de Infantino
Infantino, al igual que el Chiqui Tapia –y como todo burócrata encaramado en una organización–, obtiene un primer beneficio: el contacto permanente con el poder. Los políticos también se codean con el poder, pero deben seducir primero al electorado que lo delega. En cambio, la capa superior de la burocracia debe seducir a otros burócratas. Y esto se hace, generalmente, con cheques.
Además de codearse con la cumbre del poder, tanto Infantino como Tapia saben que el punto débil de la burocracia deportiva es que ni la FIFA ni la AFA se encuentran a su nombre, no son sus dueños. Por lo tanto, los burócratas se ven empujados con insistencia a obtener, de los organismos que dirigen, más de lo que ya tienen. Se trata de una tensión tan poderosa como la que los lleva a permanecer en el cargo el mayor tiempo posible. Todos los curros de la cúpula a la AFA (que no detallaremos hoy) expresan esa tensión.
Infantino parece haber actuado en el mismo sentido pero con un mal cálculo. Según la prensa norteamericana, envidia las remuneraciones que obtienen los comisionados de las ligas profesionales estadounidenses (mucho mayores que las que la FIFA le asigna su presidente). Una empresa autónoma de la FIFA a la que ésta le encargara la organización de los eventos multimillonarios es la vuelta que los burócratas han encontrado desde siempre para obtener dinero de la organización que dirigen. Los sindicatos tercerizan actividades y las empresas encargadas son propiedad de sus familiares. En este caso, lo que aparentemente se calculó mal fue la enérgica reacción de la UEFA, que arrastró a la CONCACAF. Esto significa que casi la mitad de las asociaciones federadas se pronunció inmediatamente en contra. ¿En defensa del fútbol? No. En defensa de un modo de gestionar el negocio, ante la amenaza de ser relevados por otro modelo. Infantino no intentó hacer algo original sino lo mismo que salvó a la liga inglesa:
En 1983, Irving Scholar, socio mayoritario de un Tottenham Hotspur que atravesaba serios problemas económicos, fue quien se dio cuenta que la clave era crear una nueva empresa cuyas normas no estuviesen regidas por la federación inglesa y de esa manera pudiera manejar con libertad sus acciones y su dinero. La llamó «Tottenham Hotspur PLC» (Compañía Pública Limitada), con ella pudo entrar en la Bolsa de Valores de Londres y capitalizarla en tres millones de libras con las que logró saldar sus deudas, y el club de fútbol original pasó a ser subsidiario de la nueva compañía.
La trampa dio sus frutos, y por supuesto, el resto de las entidades del fútbol inglés no tardó en copiar la misma ruta. Al cabo de una década, el modelo se había extendido por las ligas más fuertes del continente.9
La diferencia, ahora, era que Infantino disponía de un montón de dinero: ¿para qué crear una nueva entidad que juntara lo que la FIFA ya junta en pala mecánica? Más de un burgués se hizo esta pregunta, indicadora de una resistencia generalizada:
El propósito de la inversión externa propuesta por Infantino sigue sin estar claro para muchos. Él y la FIFA han dicho que todo se trataba de desarrollar el fútbol global. Sin embargo, muchos no entienden por qué era necesaria una escisión en una entidad comercial con ánimo de lucro cuando la FIFA cuenta con miles de millones en reservas. Las empresas suelen requerir inversión únicamente cuando están en apuros o cuando se requiere apoyo para grandes proyectos de infraestructura. Infantino había presentado una solución sin definir el problema que debía resolverse, lo que facilitaba que los rivales se desmoronaran. Si Infantino quería aumentar las recompensas para las asociaciones miembros, ya estaba en el poder de la FIFA hacerlo.
Sus críticos propusieron teorías alternativas. La UEFA le ha acusado de «usar nuestro deporte para enriquecerse a sí mismos y a sus amigos.» Varias fuentes dijeron que quería crear un puesto de comisario para el nuevo vehículo —una idea que la FIFA negó— y que se ha inspirado en la capacidad de Trump para establecer contactos y ganar dinero. Varios de los que han trabajado con él describen a Infantino como obsesionado con los salarios que ganan los comisionados de ligas deportivas de EE.UU., decenas de millones de dólares al año (mientras que él gana alrededor de 6 millones de dólares al año).
Infantino también ha tenido en los últimos años aspiraciones de hacer crecer la marca FIFA, coqueteando con conceptos como hoteles y estadios con la marca FIFA. Ha intentado replicar los poderes de aprobación blanda que le proporcionaba el videojuego FIFA, es decir, antes de que el deseo de FIFA de aumentar el pago anual llevara a separarse de EA Sports, que ahora fabrica el juego EA FC sin el organismo rector mundial.
Las sospechas sobre el plan de la FIFA Forward Enterprise se multiplicaron cuando el mundo descubrió que el principal inversor externo se apellidaba Kushner. Varios ejecutivos destacados se mostraron discretamente furiosos por el cortejo tan público de Infantino hacia Trump en la antesala del Mundial, con la FIFA pagando alquiler al negocio familiar de Trump por un espacio de oficinas en Manhattan. Apretaron los dientes y se mordieron la lengua cuando el presidente de la FIFA regaló a Trump su premio de la paz.
Sin embargo, la noticia de que Infantino había aceptado, a través del banco JP Morgan, hipotecar los futuros ingresos de la FIFA a un fondo propiedad de un familiar lejano de Trump siempre iba a ser un polvorín. No existía un proceso abierto y público para valorar una participación o subastar como medio para asegurar al socio más adecuado.
Una presentación preparada por JP Morgan, publicada por The Athletic, decía que la FIFA necesita «miles de millones» para profundizar la interacción con los aficionados y afirmaba que la Copa del Mundo —a la que en la cubierta se denomina «FIFA»— había sido «submonetizada» en comparación con la NFL, NBA y Premier League, especialmente dadas sus enormes cifras de audiencia.10
Los defensores de la teoría del monopolio, la dependencia y el imperialismo podrían señalar algunos signos a su favor: estas maniobras de los dirigentes y sus giros caprichosos tal vez expresan que todo está digitado desde las sombras y que los resultados –incluida la derrota argentina– integran los perversos y crueles diseños de una conspiración internacional. Pero no. Hay otros protagonistas, muy interesados en el Fair Play del sistema que los beneficia: el juego limpio y la competencia deportiva. Por ejemplo, desde España:
La categoría de Socio Patrocinador está integrada por Ebro, Mapfre, Movistar, Iberdrola y Halcón Viajes, empresas que mantienen acuerdos comerciales con la RFEF y participan en campañas de comunicación, activaciones y eventos relacionados con la selección.
Por su parte, los Patrocinadores Oficiales son Loewe, Google Gemini, La Roche-Posay, TCL, Cervezas Victoria, Iberia, Tierra de Sabor, FC-26, ElPozo y Old Spice. Estas compañías han acompañado a la selección durante el ciclo mundialista y ahora podrán capitalizar el impacto del campeonato en sus estrategias de marketing y publicidad.
De este lado del Atlántico, en la asociación albiceleste:
Según el organigrama de sponsors de AFA, Lexar comparte el título de main sponsor global con Adidas. Los demás patrocinadores globales de la selección son TCL, DiDi, Coca-Cola, American Express, Sancor Seguros, YPF, Schneider, BetWarrior, Zanella, Cotti Coffee, Panini, Naldo, BGH y Sur Finanzas.
Discrecionalmente manejados, la AFA junta más de 100 millones dólares en sponsors y se llevó el trofeo de la asociación con más patrocinios en todo el mundo.
En el terreno de las indumentarias (otros garantes del Fair Play), los competidores son menos y Adidas le propinó una paliza a su rival Nike y a su pariente Puma. Este último alcanzó a colar 2 cuarto-finalistas (Marruecos y Suiza), pero ahí quedó. Nike logró llegar con 3 a los cuartos de final y con 2 a las semifinales, pero ambos quedaron afuera de la final. Adidas llegó con 3 a cuartos de final y 2 de ellos pasaron a semifinales; después a la final y se quedó, obviamente, con el campeonato.
Estos sponsors, empresas que invierten millones de dólares para publicitar sus marcas, son las que velan por «Que gane el mejor»: garantizan que no se perjudique su inversión, que su apuesta sea limpiamente considerada. Esta ha sido la dinámica del fútbol a lo largo de un siglo entero: cuando no había mucho dinero, los incentivos eran escasos; ahora que sí lo hay, ese dinero alienta la vigilancia recíproca.
Por eso el tema de las apuestas es visto como un cáncer por todas las asociaciones deportivas, que investigan a sus jugadores y sus posibles apuestas. La paradoja es que los promotores principales del juego de apuestas son los Estados. Valga este botón de muestra: al inicio de 1893 algunos clubes privados fundaron la AFA y, seis meses más tarde, el Estado argentino fundó la Lotería Nacional. Estado presente, ahora y siempre.
El problema es de clase, no nacional
La inclinación a encontrar enemigos determinados y propensos a concitar el rechazo proviene de haber hallado, primero, elementos simpáticos y progresistas en la clase explotadora: burgueses compañeros. O al menos, burgueses del amor que vence al odio, burgueses de «La Patria no se vende» (porque ellos mismos son los dueños), en fin, burgueses nacionales y populares. A medida que la simpatía y el supuesto progresismo se vuelven más esquivos, el recurso se vuelve más sofisticado: inventa blancos más odiosos y circunscriptos, enemigos que permitan una mayor amplitud del frente «Anti-Todoloquenomegusta».
En la enumeración de Ezequiel Adamovsky que citamos al comienzo podemos ver la migración, hacia el lado de «Todo lo que está bien», de las federaciones, o sea, de los Chiqui Tapia (AFA), los Ceferín (UEFA) y los Domínguez (Conmebol). En esa formulación del problema, los empresarios (que «quieren quedarse con todo») habrían llegado al fútbol la semana pasada, según el autor de Historia de la Argentina (2020) e Historia de la clase media argentina (2009).
Contrariamente, como socialistas tenemos que atender, sí, al trazo grueso del capitalismo (la explotación, la miseria creciente, la anarquía productiva) y, además, a los modos particulares en que esa generalidad se despliega y concreta para cada rama de la producción, en cada país, en cada sector y en cada momento histórico.
Esta es la diferencia entre los librepensadores letrados del progresismo y nuestra apuesta por una militancia socialista: no hablamos para un público que piensa que hay burgueses buenos; no hablamos para ratificar esa creencia e indicar cuál sería el burgués bueno de turno. Hablamos por una clase que, siendo golpeada por la miseria y la degradación capitalista, busca escuchar cómo funciona el sistema y entender cómo darle fin.
NOTAS:
1 Matthew Brooker, «La máquina de la codicia de la FIFA entra en marcha», nota publicada en Bloomberg el 31 de julio de 2026.
2 En VyS atendimos varios casos. Por ejemplo, el de Darío Z, cuando convierte el mundo descrito por el Manifiesto Comunista en «texto» y «semántica». O esas ondulaciones en la obra de Eduardo Grüner, que exhiben cómo un refinadamente culto marco teórico se contorsiona según gobierne el peronismo o no. U Oscar del Barco al hacer de Nietzsche «el otro Marx», confundir su declive personal con el declive del mundo y depositar esperanzas revolucionarias en los internos del Borda o en el éxtasis que provee la ingesta de hongos. O, ya que mencionamos los alucinógenos, el libro de Myriam Bregman, donde para hablar de la fábrica Zanón no se proveen datos de productividad y salario sino el listado de bandas de rock que allí tocaron. O el peronista barroco Diego Sztulwark, quien después de haber votado, apoyado y militado al partido del orden burgués durante décadas, predica seguir a Kafka como estratega político. O la incógnita dirigente de Podemos Clara Ramas San Miguel, para quien no hay mejor camino de transformación de la realidad que leer En busca del tiempo perdido, de Proust. O el doctor en filosofía Facundo Nahuel Martín, miembro de la peculiar Asamblea de Intelectuales Socialistas, quien dice hacer «materialismo filosófico del deportista» con citas de Marx, pero no ve al deporte como práctica social sino como puro goce liberal del individuo con cuenta de Instagram.
3 Para más exposiciones del enfoque que intentamos defender en VyS: a) Curso de formación socialista; b) «El Rubicón de la mercancía»; c) Crítica al Programa de Transición; d) «Reforma laboral… Ni esclavista ni fascista ni imperialista: capitalista».
4 Karl Marx, El Capital (Critica de la economía política), trad. Pedro Scaron, México, Siglo XXI, 2009, Tomo I, Vol. 3, p. 778.
5 Hablamos de este vínculo capitalista entre el lucro y lo «sin fines de lucro» en NEOEMPERADORES: La burocracia peronista y sus gurúes letrados. También en LA COPA SECA NUCA: Ese trofeo adecuado al capitalismo argentino.
6 Nuestra próxima nota tratará la crítica a la teoría del monopolio en la industria cinematográfica, a partir de la reciente puja entre Paramount y Netflix por comprar Warner. La nota se titula «Cine III: cuando acecha el monopolio» y será la tercera de una serie que arrancó con «Cine: una de esas mercancías que nos resistimos a ver como mercancías» y continuó con «Cine II: la venganza de la IA».
7 Así titulamos una de nuestras notas: «El agua y la mercancía: cómo el progresismo sustituye la verdad por lo agradable».
8 Para un resumen de esta historia, véase «¿Pensar como Norman Bates o como Sarah Connor? Presentación del libro HISTORIA DE LOS TRABAJADORES DEL FÚTBOL (por Ricardo Maldonado)».
9 Rodolfo Chisleanschi, «Las SAD en Europa, modelos distintos, objetivos semejantes y una pregunta sin respuesta: ¿a quiénes pertenece de verdad el fútbol?», nota publicada en La Nación el 20 de julio de 2024.
10 Adam Crafton, James Horncastle, Megan Feringa y Dan Sheldon, «En la semana que conmocionó a Gianni Infantino, la FIFA y el mundo del fútbol», nota publicada en el New York Times el 2 de agosto de 2026.




