¡TERMINÓ EL MUNDIAL Y FUE MARAVILLOSO! Sobre la campaña de la Selección Argentina y las campañas anti-argentinas

El Mundial de fútbol permite un disfrute colectivo, el más masivo. Por lo tanto, uno de los más disfrutables. El Mundial es supremo para los que vemos no menos de 300 partidos de fútbol por año:en un mes, cada 4 años, vemos a casi todos (¡Khvicha Kvaratskhelia!) los mejores jugadores del planeta en una competencia de gran nivel. También es muy atractivo para los que sólo ven los partidos del mundial e hinchan por la Selección de manera tan fervorosa como discontinua. Es posible que lo esperen incluso quienes, cuando llega, tienen más de un mes para explicar –a quien no se los pide– por qué no lo ven, por qué no les gusta, o por qué están en contra (de estos últimos, algo más habrá que decir más adelante). En suma, el mundial es un evento carismático que, para los argentinos, pone en evidencia las presencia y las limitaciones de lo nacional. Y, también, los modos más idiotas de eludir esta evidencia.

Intentaremos evitar el camino de tener una teoría previa y, luego, renegar porque el mundo no se adapta a ella. Ese camino nos parece frustrante o interesado. Los socialistas solemos decir que vivimos en una sociedad de clases. Y aunque esa expresión se repite por todos lados, los efectos que se desprenden de ese verbo (vivir) no son tenidos en cuenta. Vivimos en esta sociedad. Esta vida es nuestro único acceso a la cotidianidad y la experiencia. Negarla (a esa cotidianidad y experiencia) no es ir más allá de ella, sino carecer del aparato intelectual más básico y necesario para poder luchar por su superación.

Orgullo y tristeza

El Mundial de fútbol masculino, cuando a la Selección le va bien, nos expone como ninguna otra vivencia a la percepción de que pertenecemos a una comunidad. Esta percepción es, en sí, contradictoria. Por un lado, efectivamente pertenecemos a una comunidad, a un espacio de acumulación común, nacional, que se llama Argentina. Por otro, ese espacio de acumulación es una comunidad desgarrada por sus enfrentamientos de clase.

El hecho de que este desgarramiento no pueda resolverse como unidad nacional –expresión que siempre oculta el desgarro profundizando sus contradicciones– no significa que carezca de existencia real. Somos argentinos, hablamos de manera parecida, usamos una misma moneda y hemos construido una historia y una biografía relativamente comunes. Estas vivencias son totalmente reales, cotidianas, compartidas. Opacan y ocultan –pero no superan ni pueden hacerlo– el hecho de que los trabajadores argentinos (o sea, todos los trabajadores que trabajamos en este espacio de acumulación) somos explotados por explotadores argentinos (y no argentinos, también).

Ese desgarramiento no es un problema marginal: organiza toda la vida. La determinación más general de la vida en la Argentina es su funcionamiento organizado para la acumulación de burgueses (sin importar si los burgueses y sus proyectos cuentan o no con la simpatía de unos u otros trabajadores). Y, a la vez, esta es la única vida común que conocemos.

Esta vida común es concreta, ya que todos vivimos en Argentina organizados por un sistema que integra y determina todos los intercambios. Y al mismo tiempo es evasiva, porque esa integración siempre se ve soterrada en su apariencia por los intereses particulares. El Mundial es una experiencia fascinante precisamente por eso: nos permite la vivencia absolutamente parcializada, limitada e imaginaria de que somos una comunidad (sin llegar a lograrlo en la realidad). Una experiencia absolutamente puntual y acotada de lo que podríamos ser, si superáramos el desgarramiento de las clases sociales. Y que inmediatamente se demuestra imposible, por ese mismo desgarramiento de las clases sociales enfrentadas, que prevalece y perdura.

La alegría por los éxitos de una Selección de fútbol en un Mundial nos brinda un espejismo disfrutable. Este espejismo no contribuye en casi ninguna medida a su propio sostenimiento. Es decir, no oculta ni resuelve los enfrentamientos de una sociedad clasista. No es pan y circo: nos pre-anuncia pan y rosas. Nos permite un respiro, un momento de júbilo tomado en préstamo, una fugaz (pero verdadera) felicidad.

Los problemas, profundos y reales, ni los soluciona ni los crea ese encuentro momentáneo. Apenas genera un contraste superficial, tan frívolo como disfrutable. O, mejor dicho, disfrutable en virtud de su efímera banalidad, que suspende, por un instante (por un mes cada cuatro años, que es un instante en a escala histórica) nuestras abismales, antagónicas e irreconciliables diferencias de clase.

Todas estas afirmaciones suponen la aceptación previa de que existe una sociedad. Y que esta sociedad tiene sus reglas, que no solo rigen su funcionamiento global, sino también los modos factibles de integrarse a ella para sobrevivir. Los modos prácticos y efectivos de reproducir la vida, cuestión central para todas las especies y que, en nuestro caso como seres humanos, se realiza por la integración adecuada a la vida social existente (no a la deseada), por tener una conciencia adecuada de esas condiciones.

Esa percepción –tal vez no teorizada pero tal vez sí experimentada– de que una comunidad sin desgarros sería deseable pero no es la que existe, cobra cuerpo en la vivencia del Mundial (hay otras menores, pero la experiencia es similar). Esta conciencia muy verdadera de las condiciones inmediatas de la vida en la sociedad de clases es lo que alimenta la excepcionalidad de estas semanas mundialistas.

No debemos caer en los errores a los que estas palabras (necesarias por ser las correctas) podrían inducir. Comencemos por reprimir exageraciones. Se trata de una alegría común (y corriente), de un disfrute colectivo (¿quién puede negarlo?). No es ninguna puerta, ninguna vía, ninguna perspectiva abierta para una reconversión de la vida social actual. No hay más lugar a lo común que el que tiene: no es una vía a la «emancipación» ni mucho menos a la revolución. Tras haber experimentado estos días, no salimos mejores ni salimos peores. Salimos… ¡subcampeones del Mundo!

Las tres fuentes

El domingo pasado disfrutamos de la disciplina y la confianza de los jugadores que, en un plan de juego delgado como una navaja, una vez en la final, la disputaron hasta el minuto 120. Bastante rotos y sabiendo que serían superados (durante largos tramos ya habían sido superados por equipos inferiores al de España), hablaron, se quejaron, trabaron, rasparon, agarraron, revolearon, susurraron… todo el tiempo. Sabiendo que podíamos terminar con 11 o con 8. Y que alguno iba a tener que pagar la cuenta, en algún momento, cuando el árbitro empezara a revolear tarjetas.

En una finísima definición en la que el equipo español desplegó durante todo el partido un fútbol de posesión y desgaste paciente, eludiendo la torrencial intensidad que proponía nuestra Selección, hubo riesgo de llegar a los penales. Esta final, en comparación con la payasada del sábado entre Inglaterra y Francia, fue extraordinariamente buena.

El Mundial fue muy generoso. A los que se acercan a cada Mundial para ver qué onda e hinchar, eventualmente, por alguna camiseta, les entregó la coreografía sin corazón del sábado, pletórica de goles y buena educación: «Pase usted y convierta, caballero», «No, por favor, primero usted», se decían entre franceses e ingleses, como si quitarles la pelota a los contrarios fuera una falta de respeto. Y a los que amamos el deporte (esa actividad humana que circula casi mordiendo los pinitos de la pista, al fleje de la red, en el filo y, por lo tanto, a veces desbordada, sucia, desprolija, pero con el ímpetu de imponerse; esa actividad que exige tiempo y aprendizaje para acceder al pleno disfrute), nos regaló una final prodigiosa. Lo masivo del deporte rentado de alto nivel resulta de esa soldadura entre dos públicos, que responden a dos modos masivos de consumo: el de los eventuales y el de los muy metidos en el asunto.

Lamentablemente, pero sin guardarnos nada, salimos subcampeones. Lo decimos así, en primera persona del plural, aunque la mayoría de los argentinos no hayamos jugado, porque así nos expresamos, hablamos de esta manera, en el idioma futbolero que prima momentos como estos. Ese «nosotros» engloba a los que tratan de ganar los partidos dentro de la cancha y a quienes, estando fuera de ella, queremos que los ganen. Por eso al terminar hubo, además de desilusión y tristeza, una generalizada sensación de haber hecho las cosas bien, de haber peleado hasta el último minuto, de haber cumplido objetivos y expectativas. Una falta de reproches que ayudaban a no enmascarar la tristeza.

Esa tristeza, el bajón post-Mundial, tiene varias fuentes de alimentación. La derrota, obviamente, es una de ellas: se trató de un partido que estuvimos muy cerca de arrastrar a los penales. La conclusión de este período emocionante en que dura un Mundial es otra. Una tercera fuente, la más honda, es el duelo porque finaliza un período (tal vez sería más apropiado decir «una época») de nuestras vidas. Porque hay presencias sociales que tiñen, nos guste o no, tramos de nuestra biografía. Messi es una de esas presencias. No abandonó este mundo pero, de ahora en adelante, ya no será el Messi que juega al fútbol de manera divina. Quedará, para los caprichosos, la adjudicación de milagros al Messi terrenal que seguirá por ahí. Pero el Messi sobrenatural, el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, se nos va. Y aunque seguramente, por conveniencia, habrá quienes forzarán el hallazgo de maravillas estelares en el Messi terrenal y ajeno al campo de juego: todas serán falsas, fatuos reflejos de lo que fue, irreales y tramposas. Porque este Mundial fue su despedida y, con ella, la de esta Selección. Una Selección que sin Messi deberá reinventarse y que, por lo tanto, será otra. El domingo, nuestra masiva tristeza común era la de una derrota multiplicada por un adiós. Una tristeza potenciada.

La manera más burda, más torpe, de esquivar esa tristeza es el enojo. Finalizado el Mundial de los tres dolores, una porción de los dolidos se empeñó en encontrar una causa para el enojo. Una injuria universal que los sacara del padecimiento y los enfrascara en una pelea imaginaria (y absurda). A falta de una, se hallaron dos: el complot para impedirnos ganar la final y la campaña anti-argentina.

No somos nada (o casi)

Una de las realidades para las que el Mundial nos brinda un espacio de festejo que la oculta es, como dijimos, la del desgarramiento social. Otra es la insignificancia del país. Argentina se encuentra entre las 30 mayores economías nacionales (sobre casi 200) en cuanto a su PBI. La cifra es en cierto modo engañosa, porque el PBI argentino representa el 0,55% del Producto Bruto mundial. Son muy pocas las ocasiones en que esa insignificancia es contradicha. De esas pocas, algunas se dan en el plano deportivo. Casi nunca los medios internacionales más relevantes hablan de Argentina, la Selección ha logrado en los últimos años protagonizar el evento deportivo más importante del planeta. Entonces, cada 4 años, esos medios hablan del país.

Pero el último pitido del campeonato mundial obra como las campanadas de la medianoche para Cenicienta: la carroza se nos vuelve calabaza. La campaña anti-argentina fue un estertor que se negó a aceptarlo. 4 o 5 salames conocidos dijeron alguna gansada ignorante sobre el país y nos creímos que seguíamos en la competencia, llamando la atención. 5 o 6 figurones de los medios atacan a «la Argentina» y las redes se inundan de cólera y escándalo. Responden, explican, se autoperciben combatientes de la dignidad argentina, replican y recontra responden llevando a cabo exactamente lo que se busca en las redes: visibilidad, publicidad. Una ex actriz porno, devenida influencer dice «Le tiro hate por lo sucio que es el equipo de Argentina. Prefiero ver a una superpotencia colonial avanzar en el Mundial antes que a esos guerreros del VAR» y logra que su objetivo (ganar reacciones que serán inmediatamente monetizadas) se cumpla potenciado por los argentinos. Lo mismo Samuel Jackson. Otros, como el cantante de One Direct, Rosalía o Patti Smith, que supuestamente pidieron disculpas, apenas expusieron su ignorancia (de la que no hay por qué dudar).

También el magazine reformista Jacobin se indignó por «una denuncia masiva» contra «el país»:

Durante el Mundial de fútbol recién finalizado, el enfrentamiento entre selecciones derivó rápidamente en una campaña internacional contra Argentina. Figuras muy diversas, de Rosalía y Patti Smith a Samuel L. Jackson, Yanis Varoufakis y el escritor y activista Ethan Thomas, participaron de una denuncia masiva del supuesto racismo excepcional del país, amplificada por las redes sociales y por buena parte de la prensa occidental, conservadora y progresista.

Cuatro giles. No es una campaña sino en la medida que se consiente que lo sea. No es una campaña hasta que el progresismo se auto-escinde y señala como el meme del Hombre Araña. Lo que escribió Ethan Thomas es esta estupidez:

Hay momentos en el deporte en los que te das cuenta de que la gente ya no solo mira el marcador. Miran los valores. Miran quién habla. Miran quién guarda silencio. Y miran lo que dicen esos silencios. Me encontré pensando en eso durante todo este Mundial. Sobre el papel, la final del domingo parecía sencilla. España contra Argentina. Dos gigantes del fútbol y países con gloriosas historias futbolísticas. Dos naciones cuyos pasados también están marcados por la colonización, la opresión y capítulos de la historia que no deberían borrarse simplemente porque alguien pueda marcar un gol.

¿Se entiende que, si ese fuera el criterio, repudiar a países que tienen un pasado (o un presente) «marcados por la colonización, la opresión y capítulos de la historia que no deberían borrarse», habría que repudiar todo el deporte de EE.UU.? Y también a los otros 47 equipos, ya que provienen de países en los que predomina la división de clases.

Esta es la campaña anti argentina: una gansada. Pero encuentra su caja de resonancia. Y esto es lo único que debemos explicar. ¿A se debe esa resonancia? Al cavernoso eco en las profundas convicciones del progresismo: resistencia cultural y alienación1. Lo que generó que estas superficialidades tuvieran resonancia es que son –no en la forma, pero sí en el fondo– las mismas que los indignados expresan constantemente como propias.

Volvamos a Jacobin. En un artículo anterior al partido de la selección argentina con la inglesa, se afirma sobre el hecho de que los brasileños no apoyen a la albiceleste:

No he investigado el tema, pero tengo una sospecha y una convicción. La sospecha es que la hostilidad fue construida por las dictaduras. ¿Cómo reivindicar el nacionalismo cuando la relación con Estados Unidos es de subordinación? Para eso, es necesario crear un enemigo. La convicción es que la desunión entre países hermanos es una construcción que favorece el colonialismo, incluido el cultural. Temer a quienes se nos parecen y admirar a los dominadores es una disposición afectiva con una larga historia y que hoy vuelve a estar en auge.

La primera oración es la profesión de fe progresista: sin investigar, sus sospechas son convicciones. Así estamos… En ese artículo se acepta y difunde que la rivalidad futbolera es parte de la desunión entre países hermanos, un constructo del colonialismo. Es decir, no se trata del fútbol y su larga historia, que nos precede: el primer Argentina-Brasil de selecciones de fútbol data de 1914; hasta el Sudamericano de 1959, de los 27 disputados, 25 se repartieron entre Argentina, Uruguay y Brasil. De ahí surgen las rivalidades que el progresista burgués atribuye a efectos directos de la «política colonialista». Después, rebajando el fútbol a cobertura superficial de una esotérica conexión cósmica, agrega :

Más allá de los resultados en el campo, la selección dirigida por Scaloni se conectó con la población argentina. Y también gracias a esa conexión consigue resultados memorables en el terreno de juego.

Y prosigue con un desmerecimiento de las adhesiones deportivas, así puede disolverlas en pseudoanálisis políticos:

La rivalidad con los argentinos puede verse como una forma de colonialismo cultural, pero lo que vemos ahora es algo más. En un país polarizado, donde los estadios están cada vez más reservados para la hinchada de un solo equipo, se cultiva una educación sentimental que convierte al rival en enemigo. En la rivalidad se desea vencer; al enemigo se busca aniquilarlo. En la izquierda, la enemistad se impregna de identitarismo, como si alentar a Argentina convirtiera al brasileño en racista, arriesgándose a la cancelación. Tampoco faltan las teorías conspirativas, como si el Mundial estuviera arreglado. En conjunto, lo que se observa es cómo el antiargentinismo encaja en disposiciones afectivas cultivadas en una esfera pública envenenada por el bolsonarismo, también dentro de la izquierda. Es una sociedad que ha sufrido una regresión emocional, incapaz de enfrentar sus propias frustraciones y de compartir las alegrías del otro, del hermano.

También persiste un resabio de colonialismo cultural, propio de quienes prefieren identificarse con una civilización empapada en sangre antes que tenderles la mano a los colonizados. Si la cuestión es el racismo, los tres países europeos finalistas fueron potencias imperiales que provocaron mediante la esclavitud la diáspora forzada de millones de africanos. En el siglo XX, ¿cómo olvidar el papel de Inglaterra en la construcción y el sostenimiento del apartheid? En la actualidad, la discriminación se reactualiza en políticas migratorias racistas en toda Europa.

Para finalizar desalentando cualquier interpretación futbolística del fútbol y obligar una interpretación política, tan forzada cómo imbécil:

Aliento a Argentina porque somos países hermanados por el pasado colonial, las dictaduras y, ahora, la extrema derecha. Sus desgracias también son las nuestras. Y sus alegrías deberían serlo.

Se comprende que para Jacobin (que elige publicar esta nota) no hay diferencias, ni de clase ni de épocas. Simultáneamente ocurren: el tráfico de esclavos, la guerra de la Triple Alianza, la guerra de Secesión, la revolución haitiana, la primera abolición de la esclavitud en América en 1783 en Massachussets, etc. Elija usted el hecho histórico que le plazca y argumente como más le guste. Tampoco existen clases sociales. Brasil y Argentina son puramente obreros y eso es lo que reflejan sus equipos mundialistas. E Inglaterra, Francia y España son plenamente imperialistas, carentes de trabajadores asalariados y explotados en sus territorios, y eso es lo que reflejan sus seleccionados de fútbol.

Así opina el progresismo y por eso la campaña anti-argentina tuvo eco. Porque decía lo mismo que estuvieron diciendo ellos, pero de modo invertido.

Jacobin: como te dice una cosa, te dice la otra

Observamos al comienzo que los países como unidad consistente y sin contradicciones sólo existen de manera superficial y banal en el festejo deportivo, que alegra a países en su conjunto. Pero son países divididos en clases enfrentadas, países desgarrados por esa contradicción.

Podemos leer lo que escribió Ishaab Tharoor en el New Yorker, tres días antes de la final.

Esa imagen de Maradona como un ángel vengador, como tribuno de un pueblo agraviado, trascendía fronteras. Su fama creció en la ciudad sureña italiana de Nápoles, donde apareció a mediados de los ochenta para jugar en el club local de la ciudad, el Nápoli, que no había ganado nada en la memoria reciente y cuyos seguidores se reprochaban a la intolerancia de los italianos del norte. [] «En los estadios de Italia y de toda Europa, el Nápoles siguió ganando, copa tras copa, y cada gol constituyó una profanación del orden establecido y una venganza contra la historia.» Ahora la Argentina de Messi es el orden establecido, el Goliat empujando la cabeza de todos los demás retadores al suelo. En la final, el domingo, el libertario presidente argentino Javier Milei y su compañero de viaje de extrema derecha, el presidente estadounidense Donald Trump, probablemente se sentarán juntos. [] La estrella argentina, por su parte, es apolítica y cautelosa —un cambio significativo respecto a Maradona, que mantenía una famosa amistad con Fidel Castro.

Messi viaja a Nueva Jersey, donde se jugará la final, a punto de lograr una gloria abrumadora. Una de las canciones principales del repertorio argentino este verano ha sido sobre reclamar la «cuarta estrella», un guiño a la posibilidad de ganar un cuarto Mundial. Hay una frase sobre hacerlo por Maradona, por las Malvinas y por la última aparición de Messi en el torneo. Decenas de millones dentro y fuera de Argentina lo estarán dando durante el partido. No seré uno de ellos.

En un próximo artículo expondremos con precisión que el «Maradona plebeyo» es una construcción imaginaria que la verdad histórica no puede sostener. Lo que ahora nos interesa es mostrar que los textos publicados y sus respuestas no constituyen un pensamiento consistente, sino una rapsodia de diapositivas, piezas sueltas de diferentes rompecabezas, afirmaciones superficiales que tanto sirven para un barrido como para un fregado. Inconsistentes, incoherentes, asistemáticas: el reverso de una red conceptual, de una intelección sólida y articulada del mundo. Fragmentos de discurso tan caprichosos que se vuelven contra los propios sujetos de esa enunciación. Conmovido, el progresismo se rasga las vestiduras por sus propias opiniones que, como búmerans, retornan de manera invertida con un golpe.

Jacobin otra vez, pero en otra publicación, expresó días después:

El Mundial es una ocasión para la alegría, el asombro y el descubrimiento: del entusiasmo de los hinchas, del talento de selecciones poco conocidas, de las nuevas proezas que desplegarán los favoritos de siempre. Pero también, según parece, una ocasión para que muchos redescubran las tentaciones de la demonización fácil y las generalizaciones políticas simplistas. Nos entusiasma ver a nuestra selección argentina mostrar una vez más por qué el fútbol es el deporte más bello, aunque acompañada de las polémicas de los sospechosos de siempre, como la prensa tory británica o nuestros rivales tradicionales de Brasil. Sin embargo, resulta sorprendente ver cómo los medios progresistas de todo el mundo anglosajón retoman los planteos más ridículos e infundados sobre nuestro país en su conjunto.

Bien, si esa opinión es sincera, deberían decir que ese mismo medio reniega de sostenerla. Pero así es el progresismo, en eso consiste precisamente el libre pensamiento: ejercitar el derecho a confundir más, allí dónde sería necesario aclarar y distinguir. Jacobin es un ejemplo paradigmático de esto.

Rencor, mi viejo rencor. Rencor tengo miedo de que seas amor

La campaña anti argentina, casi con los mismos ingredientes, fue iniciada por los progres vernáculos que ahora se indignan. Julia Mengolini: «A mí, en lo personal, me cuesta sentir algo por este mundial […] Me paso de politizada… Se me nubla el recuerdo y la felicidad del último Mundial. Me acuerdo y siento una mezcla de felicidad y tristeza». Cynthia García, con su categórico «es un mundial de mierda» antes de ver un solo partido.

La asignación caprichosa de contenidos políticos a modos de satisfacción popular y el juicio sobre los consumos ajenos disfrazados de superioridad intelectual y moral («Me paso de politizada…») son marcas de fábrica del progresismo, heredero de la Escuela de Frankfurt. Dado el carácter insolvente y caprichoso de esta actitud, resulta imposible evitar que sea ejercitada por otros de manera invertida. Todo capricho es soluble en más capricho.

No podía faltar el trotskismo a la cita. La publicación de Miryam Bregman comienza correctamente:

La pelota no se mancha y cada cuál puede hinchar por quién quiere. Es imposible no disfrutar de las asistencias de Olise o esperar el gol de Haaland.

Pero introduce un contraste y desmiente lo afirmado:

Aunque en una situación mundial tan polarizada, atravesada por guerras, genocidios, levantamientos de masas, era impensado que todo eso no terminara colándose en este mundial de fútbol. Las y los fanáticos nos queríamos concentrar en la pelota y todo irrumpía: el maltrato histórico al equipo de Irán, la posibilidad de que juegue Estados Unidos que no le dieron a Rusia en 2022 ya que la FIFA la suspendió por la guerra con Ucrania, la discriminación hacia el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, la intromisión de Trump para que se retire una tarjeta roja, el técnico de la selección de Egipto blandiendo la bandera palestina, la silbatina al propio Trump el día de la final y otros hechos.

Pura fantasía. Nada irrumpe. Precisamente sucede lo contrario. Como dijimos al comienzo, algo extravagante, inusual, tan maravilloso como insustancial, nos permite una alegría colectiva. Bregman desea que algo irrumpa, pero no sucedió ni sucede.

La propia bandera de Malvinas puede ser un hecho que genere alegría en muchos argentinos, pero no es un acontecimiento político. Nada, absolutamente nada, cambió por eso. Una guerra es una guerra: mueren trabajadores, se sufre profundamente. Un Mundial es una competencia deportiva: los sufrimientos y alegrías son de otro orden. No se intercambian. Por eso la bandera pudo llegar al campo de juego y ser retransmitida mundialmente. Por eso no hubo sanciones (a pesar de lo permeable que es la FIFA a torcer la interpretación de las reglas cuando «el imperialismo» lo sugiere, como en el caso Balogun) e, incluso, hubo felicitaciones para la selección argentina de parte de Infantino («La magnífica actuación de la Albiceleste contribuyó de manera decisiva a hacer de esta edición un acontecimiento excepcional que atrajo a millones de aficionados al fútbol de todo el mundo») y Trump. Además de defender el derecho de mostrar la bandera de Malvinas.

¿Cómo no iban a felicitar a uno de los protagonistas principales del Mundial (si no al principal)? ¿Cómo los organizadores no iban a agradecer al equipo que aportó sufrimiento, épica, heroísmo y una súper estrella acorde a la envergadura del evento?

Lejos de este mundo real, Bregman convoca a batallas inexistentes:

En ese contexto, que daría para horas de debate, asoló la ubicación de sectores progresistas de distintas partes del mundo, incluso de la izquierda, buscando argumentos para no hinchar -algo que nadie puede pedirles- ni apoyar a Argentina, aún después que esa bandera de “Las Malvinas son argentinas” cayera flotando sobre la cancha, sea tomada por las manos de los jugadores de la selección y llevada a las tapas de los diarios y redes sociales de todo el planeta. Argentina estalló. No es para menos, tenemos una ocupación colonial en Las Malvinas y un presidente que admira a Thatcher. ¿Cómo no gritarlo como (otro) gol? ¿Cómo no salir a la calle y cantar contra la potencia usurpadora? El conservador diario británico The Telegraph lanzó un ataque delirante contra la selección argentina. Tituló: «España gana el Mundial en un triunfo del fútbol sobre la delincuencia argentina». Un diario que apoyó el colonialismo inglés. Claro, para ellos, en la vida hecha ajedrez, nunca el peón se come al rey. Tanto en los medios de comunicación de Inglaterra como en España, hubo voceros que trataron de poner a la Selección argentina como los malos de la película, como una forma de sacar el foco de la presencia, primero, colonial, y luego imperialista de esos dos países en Argentina y en América Latina. No comemos vidrio.

El progresismo se enredó las patas en la campaña anti-argentina porque padece que hayan sido su propio pensamiento y su propia lógica los que, utilizada por otros contra ellos, arribaran a conclusiones diferentes, adversas.

En el próximo artículo, dejando de lado el fútbol (esto es, el juego, sus alegrías, sus frustraciones, sus detalles técnicos, su historia y tradiciones deportivas), nos meteremos en lo otro: el fútbol profesional como rama económica, su evolución, sus competidores, sus problemas, sus aciertos y su dinámica. Allí donde el progresismo no puede alejarse de los caprichos del ombligo idiota, señalaremos las conexiones de una rama económica particular con el conjunto del sistema capitalista.

NOTAS:

1 Hablamos de esto en «Resistiendo con aguante (El ocaso de la inteligencia)» y «Contra le cultura de izquierda (Por una militancia socialista)».

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *