[Editorial #23] YA QUE ARRANCARON TAN TEMPRANO A JUNTAR VOTOS…

La izquierda en Argentina, a partir de encuestas, se ha entregado a una fiebre imaginativa que abruma todas las construcciones conceptuales, disgrega toda la teoría, que los trabajadores socialistas hemos acumulado arduamente durante casi dos siglos para bregar por nuestra emancipación.

Para ver a qué nos referimos, vamos a ser exageradamente esquemáticos y, luego, iremos a los detalles. Queremos pensar nuestras inscripciones colectivas. Lo haremos en cuatro modalidades. De ahí trataremos de sacar algunas conclusiones sobre las posibilidades y fracasos que las articulaciones entre esos modos permiten. Las cuatro inclusiones colectivas son: individuos, militantes, masas, población.

Nos parece muy importante tratar estas distinciones, porque sobre la confusión y la mezcla de esas categorías se construye la extravagante polémica que nos rodea.

Individuos

Comencemos por la inscripción individual como inscripción colectiva. A primera vista, «individuo» es lo contrario de una categoría colectiva: una persona aislada. Pero en rigor se trata de una categoría colectiva que reniega de serlo. No existe el self made man, el «hombre causa de sí»: nadie se hace a sí mismo ni vive de sí mismo. Mucho menos al interior del sistema capitalista. Robinson Crusoe no estaba solo en la isla y no nos referimos a Viernes, sino a la compañía de la historia y la cultura de la Inglaterra del siglo XVIII. En la película El Náufrago vemos lo mismo: el personaje interpretado por Tom Hanks no sólo necesita que el mar vaya arrojando a la playa mercancías que le permitan sobrevivir (cintas, cajas, patines, herramientas…), sino que sólo alguien educado en la civilización puede extraerse una muela cariada con un solo golpe, encender una fogata frotando vegetales, construir una balsa impulsada vela o calcular sin mapas ni calendario las condiciones de regreso desde una isla en medio de la nada. La autonomía del individuo, como la independencia del sujeto, es una ilusión moderna.

En virtud de esa ilusión, el librepensador, el intelectual crítico, se considera «independiente». Pero en general no es independiente de la academia ni del mundo editorial, sino únicamente de la organización política y el compromiso militante. Bien visto, este intelectual es un emprendedor pretencioso, seguro de que sus servicios merecen un trato privilegiado frente a otros, como el reparto de empanadas o la reventa de Avon. Por eso el librepensador recurre a las redes y plataformas como principal mediación con el mundo: publica en un blog o en Instagram de la misma manera que se hacen encargos por Pedidos Ya. Los librepensadores no pueden evitar la relación con el mundo, así que la establecen en términos unidireccionales y sometida a una gestión ajena.

En suma, el individuo habla al mundo como quien arroja una botella al mar (o un producto al mercado). En cambio, nosotros queremos que nos escuchen con el mismo entusiasmo con el que nos disponemos a escuchar. Son posturas opuestas.

Militantes

El reconocimiento de esa realidad, más la voluntad de potenciarla, nos transforma en militantes en la medida en que comprometemos nuestro accionar con el de otros. Pero los militantes socialistas somos –casi siempre– una minoría dentro de la clase trabajadora. Una minoría ínfima o una minoría apreciable, pero siempre una minoría.

Militar por el socialismo implica reconocer una diferencia con el resto de nuestros compañeros de clase. Una diferencia temporal, en el mejor de los casos. Una diferencia en torno a un posible error, en el más desfavorable. Pensamos que cada experiencia acumulada y elaborada, los avatares de cada biografía, nos han conducido a (o nos han permitido) percibir un poco antes que otros que el sistema capitalista es un camino sin salida para el conjunto de los trabajadores. Y, a la vez, todavía no podemos demostrar que no estemos completamente equivocados: tal vez los que actúan racionalmente, más cerca de la verdad, sean los otros, los que evitan luchar o militar por el socialismo.

Claro que podemos esgrimir nuestra pretensión de sostén en la ciencia, en la organización consistente de un conjunto de datos y tendencias que nos darían la razón. Pero si no logramos –y no lo estamos consiguiendo– el concurso de las masas y la población para llevar adelante nuestras ideas, entonces la jactancia es una presunción fundada en algo de conocimiento, con jirones de rebeldía y un considerable esfuerzo.

Los socialistas coincidimos, como mínimo, en que el capitalismo –organizado alrededor de la ganancia y la competencia– aumenta progresivamente el número de desgraciados y miserables. No hablamos únicamente de pauperización material relativa, de la desigualdad en aumento por la polarización social y de las consecuencias de esta desigualdad en la vida cotidiana (desde los problemas de seguridad hasta los de participación en las instituciones de la democracia burguesa). Hablamos también de una «pobreza incalculada»: degradación cognitiva, sensorial y social. En semejante panorama, el «Nadie se salva solo» es falso: algunos ciertamente se salvan solos en este sistema. Pero esa soledad dotada de privilegios es también (y cada vez más) una desgracia.

No obstante, hay que aceptar que la mayor parte de nuestros compañeros de clase no ve las cosas de esta manera. Y que, para colmo, no tenemos muy claro el camino para que esos compañeros se sumen a esta lucha.

Esta falta de claridad es compartida por otros grupos socialistas: de ahí las diferencias acerca de cuál sería el camino más adecuado al socialismo. Diferencias que no son perjudiciales por sí solas, ya que una variedad de ideas en diálogo podría mejorar nuestras posicionamientos, armarnos de mayor nitidez y permitirnos ofrecer al resto de los trabajadores alguna propuesta superadora. Pero muchas opiniones repudiándose entre sí, evitando escucharse y –en demasiados casos– siendo tan parecidas que ni sus defensores advierten cuáles son las diferencias, es una terrible desgracia. Decenas de grupos trotskistas manteniendo su independencia en base a la posesión –según cree cada uno de ellos– del verdadero trotskismo, no solo evidencian su carácter sectario, sino que además nos sugiere desconfiar de cada una de las propuestas de unidad que lanzan al aire. Sin ir más lejos, los partidos trotskistas del FIT-U (cuya «U» es la sigla de «unidad»), convocan por un lado (PTS) a «coordinadoras regionales» y «comités Bregman presidenta», mientras por otro lado (PO e IS) convocan al «plenario sindical combativo» y los «comités unitarios».

Con un problema adicional –dice Rolando Astarita en la nota que publicamos hace unos días–: ¿cuál es el estatus de esos comités con respecto a los cuatro partidos que conforman el FIT-U? Una posibilidad es entenderlos como organismos de frente único para agrupar luchadores contra el gobierno de LLA. Otra interpretación es que sean organismos de apoyo al frente trotskista. Alternativamente, serían comités de simpatizantes del PTS y MST, por un lado; y del PO e IS, por el otro. Aunque esto deja abierta la pregunta de en qué instancia se decide la estrategia y política del FIT-U. ¿Los comités son solo organismos de difusión de las consignas decididas por las direcciones del FIT-U? ¿O tendrán poder de decisión? Al respecto, un antecedente que podría examinarse: a comienzos de los 1990 el MAS convocó a la izquierda opositora, (esto es, «la plaza del No» contra Menem), a participar de un Congreso Abierto, que se suponía a la vez partidario. Lo cual generó bastante desorientación.

Nos preguntamos, retóricamente, qué formación obtiene así un militante. ¿Qué mapa y qué brújula sirven de guía para el pensamiento político y la intervención inmediata? ¿Qué criterio le permite al militante jerarquizar las tareas?

Masas

Llamamos «masa» a la parte activa de la población. Al sustrato que los militantes que podemos representar. Se trata de una porción de los habitantes que fluctúa, en número y características. Esa porción es siempre ajena la militancia pero, en tanto se trata de elemento susceptible, inquieto, dispuesto a la acción, es el objeto de nuestra labor política cotidiana.

Esto no significa que los militantes –es decir, los trabajadores conscientes de la necesidad del socialismo– no integremos la clase obrera. Significa que los trabajadores (por ahora) no conscientes de esta imperiosa tarea (trabajadores que pueden ocupar posiciones reaccionarias y aun alcahuetas) son también parte de la masa. De ahí que la disputa por lo que piensan, por cómo lo piensan, la lucha por la interpretación de los fenómenos cotidianos, apoyándonos en lo que hacen esos trabajadores que componen la masa, es nuestra gran tarea.

En suma, nuestra tarea inmediata y más urgente consiste en disputar lo que piensa el sector más activo de clase obrera. Disputar lo que piensa sin poder orientar lo que hace.

¿Por qué?

Porque somos pocos y dirigimos menos.

Población

La población es más que la masa: la totalidad de los habitantes de un espacio de acumulación (nacional o regional). No sólo incluye a la minoría explotadora, sino que, como población, nunca protagoniza de manera unitaria movimientos políticos y sociales. La masa es una porción de la población tan significativa que es innegable su influencia e importancia. Pero establece relaciones de oposición, confianza, liderazgo o apatía con la población.

Pongamos un ejemplo para integrar los conceptos que definimos hasta acá: el movimiento de DDHH.

Durante determinados períodos, el de DDHH ha sido un movimiento de militantes que no llegaba a ser de masas. En otras etapas, ha sido un movimiento de masas vinculado de diversas maneras con el resto de la población. Cuando el peronismo atacó las conquistas de este movimiento, a principio de los años 90, lo que había sido multitudinario y contaba con simpatías generalizadas en la población se desarticuló. El movimiento de los DDHH se redujo por entonces a un movimiento de militantes: pocos activistas, de religiosa y comprometida presencia, prácticamente ignorados por la población. Tras la crisis de 2001, el peronismo desconoció su propia política previa, se reconvirtió y el movimiento de los DDHH volvió a ser de masas y ganar adhesiones en la población. Pero a medida que episodios como la Fundación Sueños Compartidos (con los hermanos Schoklender), los asaditos en la ESMA (encendidos por La Cámpora), la impunidad para César Milani (designado Jefe del Ejército) y la utilización partidaria de esta lucha se profundizaba (un avión de los Vuelos de la Muerte como puesta en escena para la campaña presidencial de Sergio Massa, por ejemplo), la masividad alcanzada se desconectó de la población. De manera que, aunque las marchas siguieron siendo multitudinarias, el apoyo de la población declinó. Todo lo cual se expresa en los resultados electorales.

Esta realidad puede llevarnos, como militantes, a revisar qué se ha hecho mal o qué no pudimos impedir que se hiciera mal: para el ejemplo de los DDHH, haber permitido que los impostores peronistas se pusieran a la cabeza de una lucha que habían intentado destruir durante una década. O bien culpar a las masas y al resto de la población por no haber permanecido detrás de unas banderas que dejamos pisotear.

Relaciones

Como vemos, los militantes pueden tomar decisiones autónomas sobre sus acciones, pero el concurso de las masas depende de una correcta lectura de su situación. Todas las agrupaciones de jubilados de la izquierda pueden proponerse y aun lograr concurrir, cada miércoles, al Congreso para protestar, bancarse la represión y sostener regularmente esa presencia. Pero no superan el centenar de convocados y mantienen una relación extraña, distante, con los casi 7 millones de jubilados (sin contar decenas de millones de sus familiares directos) que padecen la política del actual gobierno.

Cuando decimos que los militantes no condicionan a las masas, que no es la insistencia, la perseverancia o el ejemplo lo que las mueve a actuar, no renunciamos a luchar. Renunciamos a sustituir la lucha de masas, su espíritu, su humor o disposición, por nuestros deseos y nuestra impaciencia.

Y esto sucede en sintonía con el funcionamiento del sistema, en el que nunca se sabe qué negocio va a funcionar y cuál no, independientemente de la publicidad y los esfuerzos de cada burgués por asegurar el éxito. Lo mismo pasa con la política socialista. Y con la política, en general: nunca se sabe bien hacia dónde apuntará el humor de la población, cuáles tendencias cobrarán preponderancia y qué movimientos de masas presenciaremos.

Por eso, retomando el ejemplo, si bien todos los gobiernos (peronistas, macristas y libertarios) han aplicado recortes a los jubilados, el malestar sólo pudo canalizarse cuando el peronismo así lo permitió: cuando gobernaba Macri. Para canalizar la bronca contra los gobiernos peronistas había que sortear dos obstáculos: la confianza en esos gobiernos y el control peronista de las organizaciones de masas. La conjunción de población indignada, repudio de las masas y convocatoria de esas organizaciones controladas por el peronismo, propiciaron la movilización de diciembre de 2017 y sus «14 toneladas de piedras».

Hoy, en cambio, vemos cómo la bronca es soterrada: la población desconfía de los que se movilizan, presume que sólo llevan agua al molino del siguiente ajuste peronista. A esa presunción desmovilizadora («hay que elegir entre el ajuste recesivo y el ajuste inflacionario») cabe agregar la percepción (en igual o mayor medida desmovilizadora) de que hay que elegir entre dos modos de corrupción. O, mejor dicho, entre dos personificaciones de la corrupción. Y en este punto hay que destacar la contribución del FITU y de Myriam Bregman: al repudiar las condenas a una dirigente burguesa y reclamar el proceso a otros dirigentes burgueses, el trotskismo se desentiende del repudio generalizado a la corrupción y los corruptos, e intenta un quirúrgico procedimiento de salvataje de la «diferencia peronista».

La política no consiste en convencer que hay que luchar. Consiste en explicar con qué programa, con qué bandera conviene hacerlo, por cuáles horizontes o sueños vale la pena luchar. Y explicar, convencer, propagandizar, que es por el programa que proyecta la unidad de la clase y excluye a los explotadores.

El horizonte de una participación de masas es real pero, hoy, es ajeno. No es la construcción puntillosa de un grupo voluntarioso. Sobra decirlo: los últimos 50 años nos muestran que es así. El voluntarismo no es sólo infructuoso, sino contraproducente: tiende a arrojar a los militantes socialistas en brazos de la burguesía, en tanto algún sector de esa burguesía se ofrece como posible atajo, se ofrece como esa herramienta que la voluntad puede utilizar a falta de una realidad que se preste sumisa a sus designios revolucionarios.

De todas las maneras en que podemos captar las simpatías del movimiento de masas, la electoral es la más frágil. Esto no significa que importe poco: para quien detenta el poder, alcanza con mantener ese frágil hilo con la confianza electoral para seguir teniéndolo. Es una regla que suele cumplirse: hace falta menos energía para mantener lo que hay (el capitalismo), que para construir otra realidad para sustituir la existente (el socialismo).

Por eso es importante distinguir entre la frágil simpatía por una figura pública, la adhesión a un programa político y la disposición a movilizarse para defender u obtener conquistas. De igual manera, no es lo mismo estar dispuesto a votar e incluso a fiscalizar, que organizarse en un partido. Ni es lo mismo decenas o centenares de miles de votos, que algunos miles movilizados con la simpatía de la población.

Los comités de apoyo

Inventamos estas distinciones porque necesitamos pensar nuestro presente como militantes para dedicar esfuerzos a las tareas inmediatas, a las que son posibles. Es indispensable advertir cuáles son los pasos que todavía no están al alcance de nuestros pies. Somos muy leninistas en este aspecto: no proponemos hacer lo que es imposible hacer. Entre las tareas imposibles se encuentra, por ejemplo, la de «cambiarle el sentido a la campaña del PTS». Esta ha sido una las particularidades de las respuestas que los distintos grupos e individuos de izquierda han dado a la encuesta electoral que aguijoneó inoculando entusiasmos desproporcionados.

Aunque no estamos de acuerdo con las estimaciones que se realizan sobre el impacto y las posibilidades electorales de una candidata trotskista, hay algo que no podemos negar (sobre todo porque lo reconocen todos los protagonistas): Myriam Bregman se ha convertido en la figura preponderante de la izquierda para el resto de la población. Lo ha conseguido sin que sus nuevos simpatizantes hayan tenido que abandonar sus adhesiones a los partidos burgueses. ¿Cómo? Encarnando un ideal de coalición entre los luchadores honestos y patrióticos, que no le cerraría las puertas al peronismo. No ha sido un golpe de suerte, como Del Caño en Mendoza, sino una política deliberada del PTS. Detengámonos en esto.

Si la presencia de Bregman es significativa, si las simpatías que concita son reales, esto significa que el PTS, autor intelectual de la estrategia, es el dueño legítimo del éxito. Hemos sido muy críticos de la política del PTS. Y, específicamente, lo hemos sido de la que fomentó colocar a Bregman en el lugar que hoy ocupa. No estamos en contra de obtener simpatías. Estamos en contra de la «versión del socialismo» que Myriam Bregman personifica: patriótico, etapista, queer, frankfurtiano, honestista, voluntarista y electoralero.

Por eso, como ya hemos escrito, de ninguna manera nos imaginamos que, en su momento de mayor éxito, el PTS necesite nuestros consejos, nuestras reseñas críticas o nuestras recriminaciones. Somos pocos, pero no somos tan tontos. Si se organizan comités electorales alrededor de una candidata, la organización a la que pertenece esa candidata es la que dirige el conjunto de los comités. Con mucha más seguridad, cuando se trata de un rejunte de grupos que no paran de acometerse entre sí zancadillas, acusaciones y traiciones. Es insostenible pensar que, en este momento de éxito del PTS, los mecanismos democráticos que no han existido durante más de una década dentro del universo trotskista aparecerán de pronto, súbita y soviéticamente. Y que estos grupos y partidos, que han sabido agredirse con rabia por migajas de un mendrugo, abandonarán las peleas ahora, sólo porque se han servido churros y medialunas.

Si la figura de Myriam Bregman, si el éxito del PTS, es lo que valida encolumnarse tras ella, entonces ya existen los comités para esa tarea: son las células del PTS. Y si ese partido que es el que va a dirigir la campaña, darle letra a su candidata y marginar a todos los demás, como ya hizo el Primero de Mayo, no merece nuestro apoyo y militancia.

Escenarios

Por ahora, esta situación no se desestabilizará. No hay ninguna oleada de luchas, ningún combate de masas. Incluso a quien no estuviera en contacto con la realidad le bastaría con leer los textos de agitación en la prensa de izquierda para notar esa ausencia: un mar de luchas en latencia (siempre tabicado y traicionado por la burocracia sindical) del que apenas emergen los cuatro o cinco conflictos del momento. Esta famélica enumeración es un índice que revela una bajísima conflictividad obrera. Por eso quienes se acercan a la izquierda no son activistas en busca de una orientación política para sus batallas inmediatas, sino desencantados votantes que perciben en esta actividad de ínfima intensidad (el sufragio) un camino viable.

Nada de esto cambia mucho nuestra perspectiva general. Las diferencias que teníamos con el PTS no se han diluido en una encuesta, como sí parece sucederles a tantos grupos militantes e individuos letrados. Vemos, pues, tres escenarios posibles:

1. Que lo preponderante sea el imán de «la Rusa», lo cual cerraría el poco diálogo que podemos sostener con los simpatizantes de izquierda, ya que serían educados y organizados en lo contrario de lo que pensamos y proponemos.

2. Que lo preponderante sean el desencanto y la búsqueda, lo cual nos abriría un horizonte de acercamiento, debate, aprendizaje y, tal vez, adhesión de nuevos compañeros.

3. Que las encuestas no acierten demasiado, tal como ha venido ocurriendo en los últimos años, lo cual nos dejaría en una situación similar a la que vivimos en las últimas dos elecciones.

Para los tres escenarios nos estamos preparando.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *