Dado su incorregible carácter de clase, la economía burguesa considera a la pobreza desde dos ángulos privilegiados: (a) como un factor autónomo, independiente, sin relación estructural con el todo social; y (b) como un fenómeno que puede medirse exclusivamente en términos de dinero (por ejemplo, los 2 dólares de ingreso diario como metro patrón de la pobreza mundial). Así, la burguesía contabiliza factores móviles independientes y persigue su equilibrio: puede contemplar la pobreza, preocuparse por ella, prometer reducirla… pero no puede pensarla. Únicamente puede abordar la pobreza con instrumentos de medición mercantil, que se reducen al equivalente general abstracto de la canasta de bienes para la supervivencia (según condiciones históricas, culturales y productivas): una suma de dinero. Quien no alcanza esa suma es pobre; quien la alcanza no lo es.
Pero la pobreza es relacional, como sabe cualquier socialista. No hay pobres sin ricos1. Es decir, no hay pobreza sin referencia, sin comparación y contraste. Marx daba un ejemplo edilicio (o de urbanística):
Sea grande o pequeña una casa, mientras las que la rodean son también pequeñas cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza. La casa pequeña indica ahora que su morador no tiene exigencias, o las tiene muy reducidas; y, por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso en mayor proporción, el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes.
Observa Marx, a continuación, cómo el salario y los goces que un salario permite son relativos a los goces que la sociedad ha conquistado. En otras palabras, señala cómo las necesidades individuales son relativas a las necesidades sociales:
Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero, y con el nivel de desarrollo de la sociedad en general. Nuestras necesidades y nuestros goces tienen su fuente en la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social, son siempre relativos.2
Este carácter relativo de la pobreza nos indica un indudable origen social: pobre es quien entrega el excedente. O, peor, quien ni siquiera puede producirlo. Rico es, en cambio, quien se apropia del excedente. Por este camino, el problema de la pobreza nos acerca al de la desigualdad, consecuencia necesaria de una sociedad basada en la explotación de una clase por otra3. Y nos aleja de la cuestión del desarrollo las fuerzas productivas, que es el enfoque más consensuado desde el marxismo4. Empecemos por desplegar esto.
Pobreza y fuerzas productivas
En polémica con el programa y la estrategia del trotskismo, Rolando Astarita ofreció estos datos como prueba de que las fuerzas productivas no se han estancado durante el siglo XX. Han crecido:
Entre 1974 y 2024 el producto global creció al 3% anual promedio (es más del promedio al que creció Inglaterra en el siglo XIX). El producto per cápita, entre 1974 y 1999 aumentó al 1,32% anual; y entre 2000 y 2023 creció al 1,68% anual. De conjunto, el producto por habitante creció, entre 1974-2023 a una tasa promedio anual de 1,49%. Pero esto ocurrió a pesar de que la población mundial creció 2,24 veces entre 1970 y 2025: pasó de 3.657.000.000 a 8.195.000.000 habitantes. O sea, si aumentó la población y también aumentó el producto (o ingreso) por habitante, inevitablemente tuvo que haber crecido la riqueza material. Lo cual es lógico porque aumentó la productividad y aumentó la fuerza de trabajo explotada por el capital. Pero entonces no hay manera de sostener que las economías capitalistas están estancadas desde finales de los 1960.
Por otra parte, desde 1970 a la fecha el capitalismo reconquistó los territorios de la ex URSS, Europa del Este, Yugoslavia, Albania, China y Vietnam, y penetra de manera creciente en Cuba. Las relaciones de producción capitalista han penetrado también en áreas campesinas, que cada vez más se someten a las leyes del mercado y la lógica del capital. En este marco, se ubica el crecimiento del mercado mundial: aumentó a una tasa de aproximadamente el 4% anual en los últimos 50 años. Es más que lo que aumentó el producto mundial. Todo esto es inexplicable con la tesis “capitalismo estancado desde hace 50, 60 o 100 años”.5
La estrategia transicional del trotskismo tiene como premisa el estancamiento de las fuerzas productivas, el dominio de los monopolios (es decir, ya no habría competencia entre capitales ni operaría la ley del valor) y millones de trabajadores volcados a la revolución, pero traicionados por sus direcciones sindicales y políticas. A partir de ese diagnóstico del sistema capitalista, el trotskismo despliega toda su política6.
De manera que, si las fuerzas productivas han crecido durante el siglo XX, si perdura la competencia entre capitales y si no hay millones de obreros movilizados en busca del socialismo pero contenidos por sus direcciones traidoras, entonces la política trotskista se funda en un mundo imaginario. Esto explicaría la ineficacia histórica de su estrategia: en 90 años no ha dirigido una sola revolución en todo el mundo. Pero lo que nos interesa destacar aquí es cómo continúa aquel artículo de Astarita:
Otros datos significativos: la esperanza de vida mundial al nacer aumentó de 46,5 años en 1950 a 71,7 años en 2025 (ONU). La tasa de alfabetización, total de adultos, % de personas de 15 años o más, en 1950 era 66%, en 2023 había subido a 87% (Instituto de Estadística de la UNESCO). La educación universitaria global pasó de 100 millones de estudiantes en 2000 a 264 millones en 2023 (en 2023 había 113 estudiantes mujeres cada 100 estudiantes varones; datos UNESCO).
Estas cifras no se condicen con el discurso de Martín Caparrós que citamos la semana pasada7, según el cual en los últimos 50 años se ha producido una catástrofe social. Al menos, la Argentina que “se cae a pedazos” no se parece a ese mundo en mejoría que describe Astarita. ¿Será que estas cifras son promedios que no expresan adecuadamente la particularidad de nuestro país?
Tendemos a pensar que el problema al que apuntamos en esta nota no pasa principalmente por ahí. Sino por un conjunto de aspectos de la vida cotidiana que solemos desestimar en su interconexión orgánica o, como explicamos en otro sitio, en la “sinergia de la complejidad de la vida humana”8. Nos referimos a la degradación educativa, al efecto Flynn, a la impotencia progresiva para mantener la atención, a los resultados de las pruebas PISA, a la decadencia de la facultad mental de la memoria, como ejemplos de lo que está sucediendo y nos alarma.
A esto nos referimos cuando proponemos tomar distancia del tema desarrollo de las fuerzas productivas y acercarnos al problema de la desigualdad para pensar estos problemas. En los términos de aquel planteo edilicio (o urbanístico) de Marx, decimos que nos interesa pensar corriendo del centro, por un momento, el tema de la choza y el palacio para enfocarnos en el tema de los goces y necesidades. O, en palabras del mencionado discurso de Martín Caparrós, queremos pensar por qué, en el plano del conjunto social, “todo nos gusta mucho menos”.
Pobreza y decadencia lectora
“Cuanto más lee el niño, más se incrementa su inteligencia; cuanto más se incrementa su inteligencia, más placentero le resulta leer, y cuanto más placentero le resulta leer, más lee el niño”9. Así resume Michel Desmurget (doctor en neurociencias y director de investigaciones en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia) su cruzada en defensa de la lectura contra la proliferación de pantallas10. Ese círculo virtuoso entre lectura, inteligencia, placer y lectura otra vez, nos permite captar esta sencilla verdad de la vida humana: cuanto más sofisticadas se hacen nuestras necesidades, más placentero se vuelve el mundo.
Pensemos solamente en la lectura, en lo que implica para el cerebro humano aprender a leer. La escritura nació hace 5.400 años, el alfabeto existe desde hace 3.800, esos tiempos son insignificantes en términos evolutivos (millones de años). ¿Cómo hizo el primate humano para convertirse en ratón de biblioteca? ¿Cómo podemos disfrutar de Borges y Pizarnik con el mismo repertorio genético que les permitió sobrevivir a nuestros ancestros cazadores y recolectores?
Para responder a esas preguntas, el neurocientífico y divulgador Stanislas Dehaene elaboró la hipótesis del “reciclaje neuronal”, cuya importancia se extiende desde una descripción del funcionamiento del cerebro hasta una explicación de las invenciones culturales:
Nuestro “instinto de aprendizaje” tiene un papel crucial en nuestra capacidad de aprender a leer. La plasticidad sináptica, que es muy grande en los niños, pero también existe en los adultos, le permite a nuestra corteza visual de primates adaptarse, en parte, a los peculiares problemas planteados por el reconocimiento de letras y palabras. […]
Cuando un preescolar entra a la escuela por primera vez, su cerebro ya está preaclimatado al reconocimiento de letras y palabras. […] No seríamos capaces de leer si nuestro sistema visual no implementara de forma espontánea operaciones afines a las que son indispensables para el reconocimiento de palabras, y si no estuviera dotado de la pequeña dosis de plasticidad que le permite aprender nuevas formas. […]
De acuerdo con esta perspectiva, nuestro cerebro no es una pizarra en blanco o una tableta de cera que registra de forma fidedigna cualquier invento cultural, por arbitrario que sea. Tampoco es un órgano inflexible que, a lo largo de la evolución, de algún modo, ha dedicado un “módulo” a la lectura. Una mejor metáfora sería asemejar nuestra corteza visual a un juego de Lego, con el que un niño puede construir el modelo estándar que aparece en la caja, pero también jugar con una variedad de inventos distintos.11
Dehaene propone pensar nuestro cerebro como un “juego” de elementos, funciones y conectividades lo suficientemente flexible como para variar su combinatoria y lo necesariamente limitado como para impedir hacer “lo que se nos cante”. Si estas investigaciones están bien orientadas, entonces las posibilidades de invención cultural no son infinitas. Continúa Dehaene:
Mi hipótesis está en desacuerdo con el enfoque de la “no existencia de restricciones” tan común en las ciencias sociales, según el cual el cerebro humano es capaz de absorber cualquier forma de la cultura. La verdad es que la naturaleza y la cultura tienen relaciones tanto más intrincadas. Nuestro genoma, producto de millones de años de historia de evolución, especifica una arquitectura cerebral restringida, aunque parcialmente modificable, que impone límites severos a lo que podemos aprender. Los nuevos inventos culturales sólo pueden adquirirse en tanto se ajusten a las propiedades de nuestra arquitectura cerebral. Los artefactos culturales pueden desviarse considerablemente del mundo natural en el que hemos evolucionado: nada del mundo salvaje se parece siquiera remotamente a una página de libro. Sin embargo, cada uno de ellos debe encontrar su “nicho ecológico” en el cerebro, o un circuito neuronal cuya función inicial sea lo bastante afín y cuya flexibilidad sea suficiente para convertirse a este nuevo propósito.
En otras palabras, dado que la evolución biológica es mucho más lenta que la evolución cultural, no fue nuestro cerebro el que evolucionó para propiciar la escritura sino al revés: la escritura evolucionó para ajustarse al cerebro. Tras siglos de ensayo y error, los sistemas de escritura de todo el mundo convergieron en soluciones similares: un conjunto de formas lo suficientemente simples para ser almacenadas y puestas en conexión con nuestras áreas del lenguaje.
Gracias a esas soluciones, en pocos años de esfuerzo social educativo se pueden invadir los circuitos neuronales del lector inicial. Gracias a la socialización familiar, en la infancia ya están presentes el reconocimiento de objetos y el circuito del lenguaje. La alfabetización conecta esos dos conjuntos de regiones cerebrales, transformando de manera drástica el cerebro:
Cuando aprendemos el alfabeto, adquirimos la nueva habilidad de analizar el habla en sus componentes elementales. Nos volvemos conscientes de la presencia de fonemas dentro de lo que inicialmente sonaba como una corriente continua de habla. Los que han leído mucho adquieren un código fonológico universal que facilita el almacenamiento de los sonidos del habla en la memoria, incluso si no tienen sentido. Cuando este código analítico está ausente, los analfabetos sólo pueden basarse sobre analogías toscas con palabras que ya conocen: una estrategia que limita su memoria…12
El citado Desmurget dedica cientos de páginas a presentar los beneficios de la lectura para el cerebro: desarrolla la inteligencia (incrementando habilidades lingüísticas, el nivel de cultura general y la capacidad de razonamiento), enriquece el lenguaje (propiciando un vocabulario más reforzado, una sintaxis más elaborada, una ortografía más fiable y una mejora de las capacidades narrativas), absorbe conocimiento y estimula la creatividad13. Un estudio científico recientemente publicado en la revista iScience prolonga ese listado de beneficios:
Una amplia investigación ha explorado los beneficios de la lectura, desde el avance directo en las habilidades de comprensión, vocabulario, razonamiento lógico, imaginación, inteligencia emocional y empatía, a los vínculos con el rendimiento académico, el empleo rentable, el crecimiento profesional y la implicación en la vida cívica. Leer también puede favorecer la salud, reduciendo el estrés, la ansiedad y los síntomas depresivos. Apoyando un mejor sueño y ralentizar el deterioro cognitivo en adultos mayores, además de aumentar la longevidad. Los impactos de la lectura también pueden ir más allá del nivel individual, siendo importantes las experiencias compartidas en la lectura para salvar brechas culturales, aumentar la comprensión y construir un sentido de pertenencia e identidad.14
Y aclaremos que no da lo mismo cualquier tipo de lectura, como expone Desmurget:
Desde hace casi cuarenta años, numerosos estudios han comparado la contribución de los libros, los cómics, los periódicos y las revistas a la construcción del lenguaje. Sus resultados son sorprendentemente coherentes. Los libros, sobre todo los de ficción, tienen un gran impacto positivo –en eso hay unanimidad– sobre el desarrollo del vocabulario, de la ortografía y de las competencias lectoras […] La influencia de los periódicos, en cambio, fluctúa entre “benéfica” y “sin efecto”. Por su parte, el efecto de las revistas y los cómics es entre “nulo” y “nocivo”.15
Estos datos son importantes para desmitificar argumentos del estilo “Nunca en la historia los jóvenes habían leído tanto como ahora”, “¿Cómo va a haber crisis de la escritura si se la pasan escribiendo mensajitos?” Porque, si tanto leen y escriben los jóvenes de hoy en día, ¿dónde están sus competencias provocadas por el oficio literario? ¿Escondidas? ¿Cómo se explica entonces el espectacular descenso de habilidades medido por las pruebas estandarizadas en los últimos veinte años?
Dejemos las imaginerías y veamos lo que está pasando.
Pobreza y degradación cognitiva
Según el estudio de iScience que recién citamos, Estados Unidos experimenta un descenso constante del hábito de la lectura en las últimas décadas. Maggie Astor, quien cubre para el New York Times la intersección entre salud y política, dijo al respecto:
Investigadores del University College de Londres y de la Universidad de Florida examinaron datos nacionales de 2003 a 2023 y descubrieron que el porcentaje de personas que declararon leer por placer en un día determinado descendió de un máximo del 28 por ciento en 2004 al 16 por ciento en 2023, es decir, una caída de alrededor del 40 por ciento. Durante esas dos décadas bajó alrededor de un 3 por ciento por año.
Los investigadores afirmaron que existen pruebas de que la lectura por placer ha ido en declive desde la década de 1940, pero calificaron la magnitud del más reciente descenso como “sorprendente”, dado que el estudio definía la lectura en términos amplios, incluyendo libros, revistas y periódicos impresos, electrónicos o en audio. […]
Los investigadores también descubrieron que, aunque más del 20 por ciento de las personas encuestadas tenían un hijo menor de 9 años, solo el 2 por ciento leía con un hijo, un dato que se mantuvo en gran medida constante durante todo el periodo de estudio, pero que podría contribuir a un mayor descenso de la lectura entre los adultos en el futuro, dijeron los investigadores.16
Al otro lado del Atlántico, Desmurget registra el mismo fenómeno:
En Francia […] cuando las personas nacidas entre 1945 y 1954 tenían entre 15 y 28 años, el 84% de ellas leía al menos un libro al año (sin contar los cómics). En cambio, este porcentaje llega apenas al 58% entre los conocidos hoy como millennials (los nacidos entre 1995 y 2004). En el caso del cómic, los valores son, respectivamente, del 59 y del 39%. En cuanto a los lectores asiduos (aquellos que leen al menos veinte libros al año, excluyendo los cómics), la proporción ha pasado del 35 al 11% […]
Encontramos una dinámica similar en el Reino Unido, donde se ha realizado un estudio muy amplio sobre el tipo de formatos que se leen. Entre 2005 y 2021, el número de estudiantes (de entre 8 y 18 años) que leía a diario «algo en papel o en pantalla» (ya fuesen libros, revistas, letras de canciones, cómics, blogs u otros soportes) pasó del 38 al 30%. Lo mismo puede decirse de los Países Bajos. […]
Recientemente, un estudio noruego se centró no ya en el porcentaje de usuarios, sino en el tiempo diario destinado a leer. Se examinaron dos cohortes. En la más joven (de 9 a 18 años), se observó una caída del 45% entre 1991 (51 minutos al día) y 2004 (28 minutos al día). En la de más edad (de 16 a 24 años), se identificó una reducción del 65% entre 1970 (35 minutos) y 2010 (12 minutos).
[…] el 49% de los estudiantes del primer ciclo de la secundaria de la OCDE aseguraban que sólo leían si se los obligaba, un porcentaje 8 puntos superior al obtenido en 2009. Y algo aún peor: más de una cuarta parte de ellos (el 28%) estaban convencidos de que leer es una pérdida de tiempo, lo que supone 5 puntos más que en 2009.17
Este problema no empieza ni termina en el nivel secundario: aquellos estudiantes a los que ayer sus familias no les leían de chicos y que hoy rechazan la lectura en el nivel medio del sistema educativo, son los docentes que mañana deberán propiciarla. Así lo comprobó un equipo académico en su análisis exploratorio del uso de libros de texto y hábitos de estudio en el ámbito de la educación superior: ahí también se experimenta un fenómeno de retroceso generalizado de la lectura18.
El problema adquiere toda su relevancia política cuando advertimos que no es indiferente a la división de la sociedad en clases. “Pensar se está convirtiendo en un lujo”, dice la periodista Mary Harrington:
Ahora los niños pobres pasan más tiempo al día frente a las pantallas que los ricos: en un estudio de 2019, cerca de dos horas más al día para los preadolescentes y adolescentes estadounidenses cuyas familias ganaban menos de 35.000 dólares al año, en comparación con sus compañeros cuyos ingresos familiares superaban los 100.000 dólares anuales. Las investigaciones indican que los niños que están expuestos a más de dos horas al día de tiempo de pantalla recreativo tienen peor memoria de trabajo, velocidad de procesamiento, niveles de atención, habilidades lingüísticas y función ejecutiva que los niños que no lo están.19
No obstante el agravamiento del problema es proporcional a la clase social y el nivel de ingresos, se trata de un problema generalizado que afecta a todos los países de la OCDE, según informa Harrington:
Desde que hace aproximadamente un siglo se inventaron los llamados tests de inteligencia, hasta hace poco, las puntuaciones internacionales de coeficiente intelectual (CI) subían de manera constante en un fenómeno conocido como efecto Flynn. Pero hay pruebas de que nuestra capacidad para aplicar ese poder cerebral está disminuyendo. Según un informe reciente, las puntuaciones de alfabetización de los adultos se nivelaron y empezaron a descender en la mayoría de los países de la OCDE en la última década, y algunos de los descensos más dramáticos se observaron entre los más pobres. Los niños también muestran una alfabetización decreciente.
Detengámonos un momento en esto. Se llama “Efecto Flynn” al aumento constante, año por año, de los puntajes obtenidos en las pruebas internacionales de cociente intelectual. Se trata de un fenómeno medido en la mayor parte del mundo. En Gran Bretaña, por ejemplo, la tasa de crecimiento entre 1938 y 2008 estuvo en torno a los 2 o 3 puntos por década. Sin embargo, se registra una desaceleración, detención y aun reversión del efecto en Noruega, Dinamarca, Australia, Gran Bretaña, Países Bajos, Suecia, Finlandia, Francia y los países de habla alemana. Se estima que la desaceleración comenzó en la década de 1990. ¿Nos estamos volviendo más tontos?
Hoy el 90% de las funciones de una película son dobladas, mientras solamente el 10% son subtituladas, según fuentes del sector. Esto no fue siempre así: antes el promedio era de 60% a 40% o 70% a 30% dependiendo del tipo de cine y su ubicación. Este cambio no es un hecho aislado, sino un síntoma más de un consumidor que prioriza la comodidad. Las exigencias son cosa del pasado.
“El índice de subtitulado de todo lo que hay en oferta no debe llegar al 7 u 8% anual”, afirmó en diálogo con Ámbito Adrián Ortiz, programador de más de 200 cines del país. En otras palabras, ver una película subtitulada significa alternativas acortadas: funciones por la noche y en determinadas sedes. Menos opciones, menos posibilidades.
Como todo negocio, el del cine funciona por oferta y demanda. “Hay un público que todavía reclama funciones subtituladas; pero la realidad concreta es que las dobladas tienen siempre mucha más convocatoria que las de en idioma original con subtítulos”, explica Gabriel Feldman, CEO de Cines Multiplex. […]
Hoy el contenido impacta más desde lo auditivo que desde la lectura. ¿Por qué el espectador se va a esforzar si cuenta con un formato que se adapta a sus preferencias? […]
Según Adrián Ortiz, […] el 90% del consumo subtitulado corresponde a Capital Federal, lo restante se divide entre Córdoba y Rosario, mientras que en el interior del país es casi nulo: “Casi en su totalidad sucede en la Ciudad de Buenos Aires porque hay un volumen demográfico muy grande y porque los cines están ubicados en zonas donde todavía el público responde o solicita el subtitulado”.20
Toda esta prensa y la bibliografía que citamos advierten, con mediciones y agudeza, la presencia avasallante e ineludible de un proceso social generalizado de degradación cognitiva. Pero ven las causas en aspectos parciales de la realidad social: “el avance tecnológico”, “la pérdida de los valores tradicionales”, “YouTube y Tik Tok”, “la pandemia”, “la adicción que generan las pantallas”, “las plataformas como Netflix”, “la generación ansiosa”, “la falta de regulación estatal”, etc.
Un ejemplo ilustrativo de este planteo abstracto de un problema real fue estrenado en YouTube el 14 de diciembre de 2025. El periodista Iván Schargrodsky moderó una mesa redonda, para Cenital, integrada por la psicóloga Sofía Calvo, el tecnólogo Santiago Bilinkis, la psicoanalista Alexandra Kohan y la dirigente peronista Ofelia Fernández (quien hace poco estrenó el documental ¿Qué le pasa a nuestra generación?, en el que pretende abordar problemas políticos haciendo coaching de autoayuda). El título fue “Salud mental y tecnología”. En casi 90 minutos de conversación no hubo una sola referencia al sistema capitalista, es decir, al modo en que se organiza la producción social, única instancia a partir de la cual se puede indagar, consistentemente, dónde están las causas de la degradación cognitiva generalizada en nuestra sociedad.
Sin atender a cómo se organiza la reproducción de la vida en el capitalismo no se puede entender el fenómeno social que tenemos ante los ojos. El eclipse de la atención, un libro publicado en 2023, asume a su manera que las causas estriban en el sistema capitalista, pero al conjugar la inconsistencia teórica con la necesidad de ofrecer alguna novedad al mercado editorial, el libro multiplica los neologismos y las alusiones oblicuas al modo de producción de la riqueza social: “infocapitalismo”, “capitalismo postindustrial”, “neoliberalismo”, “economía de la atención”, “sujeto de rendimiento”, “capitalismo de hoy en su forma financiera, neoliberal”, “capitalismo consumista altamente tecnologizado”, “capitalismo virtual”, etc. Otro rasgo llamativo de esta obra es que en doscientas páginas de tratamiento filosóficos y sociológico del problema de una decadencia generalizada de la atención es que no hay una sola cifra, no hay medida del problema, ni siquiera una referencia a las pruebas PISA. Coordinado por Amador Fernádez-Savater y Oier Etxeberria, en el libro hay autores como Silvia Dustchatzky, Bifo Berardi, Diego Sztulwark, Marino Pérez Álvarez, Andrea Soto Calderón e Yves Citton. Ninguno ofrece más salida al problema que la resistencia creativa individual, con la fe puesta en la organización espontánea de pequeños grupos capaces de resistir al imperativo de “rendimiento”. La falta de un marco de análisis coherente (que ataque la propiedad privada de los medios de producción, no este o aquel aspecto del sistema capitalista) conduce a un horizonte político estéril, cuando no directamente nulo.
Veamos el planteo que consideramos más consistente al respecto. Fue publicado en 1867 y es El Capital, de Karl Marx.
Pobreza y subsunción real
“En la manufactura y el artesanado el trabajador se sirve de la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina”. El paso de la industria artesanal a la gran industria hace la diferencia entre un proceso de trabajo controlado por la subjetividad del trabajador y un proceso de trabajo en el que el trabajador es un mero apéndice del movimiento automático, objetivo, de la máquina.
El trabajo mecánico agrede de la manera más intensa el sistema nervioso, y a la vez reprime el juego multilateral de los músculos y confisca toda actividad libre, física e intelectual del obrero. Hasta el hecho de que el trabajo sea más fácil se convierte en medio de tortura, puesto que la máquina no libera del trabajo al obrero, sino de contenido a su trabajo. Un rasgo común de toda la producción capitalista, en tanto no se trata sólo de proceso de trabajo, sino a la vez de proceso de valorización del capital, es que no es el obrero quien emplea a la condición de trabajo, sino, a la inversa, la condición de trabajo al obrero.
Esto no empieza con las máquinas. Empieza con las relaciones sociales capitalistas. No es la tecnología lo que determina el modo de producción. El modo de producción utiliza la tecnología más adecuada a sus fines. También acá se aplica la teoría de la evolución de Darwin: sobreviven los inventos tecnológicos que mejor se adaptan al entorno, que en este caso es el capitalismo (un sistema para la reproducción de la vida humana entre otros posibles). Lo que las máquinas han permitido, dice Marx, fue convertir la lógica del capital en una “realidad técnicamente tangible”.
No es la innovación tecnológica lo que encadena a los trabajadores, sino la lógica ciega de valorización del valor, fundada sobre la división en clases21. La automatización es un efecto de la competencia entre capitales, no la causa de nuestros males. Al menos, no es causa directa sino derivada del funcionamiento del sistema capitalista. Es desde esta perspectiva que podemos comprender este impacto de la maquinaria en la clase trabajadora: cómo las destrezas y saberes proletarios son absorbidos por la máquina.
Mediante su transformación en autómata, el medio de trabajo se enfrenta al obrero, durante el proceso mismo de trabajo, como capital, como trabajo inanimado que domina y succiona la fuerza de trabajo viva. La escisión entre las potencias intelectuales del proceso de producción y el trabajo manual, así como la transformación de las mismas en poderes del capital sobre el trabajo, se consuma, como ya indicáramos, en la gran industria, erigida sobre el fundamento de la maquinaria.22
Esta transferencia del saber obrero a las máquinas es lo que Marx denomina “subsunción real” del trabajo al capital: el telar mecánico hace el trabajo de los hilanderos, el cajero automático desplaza a los empleados bancarios, Uber acorrala a los taxistas, ChatGPT escribe notas periodísticas y la inteligencia artificial amenaza a los guionistas de cine y televisión. La huelga de trabajadores de Hollywood en 2023, que paralizó la industria del cine y la televisión durante casi cinco meses, tuvo entre sus principales rechazos esta sustitución de fuerza laboral por la automatización de los procesos23.
El obrero se vuelve invendible, como el papel moneda puesto fuera de circulación. La parte de la clase trabajadora que la maquinaria transforma de esta suerte en población superflua, esto es, no directamente necesaria ya para la autovalorización del capital, por un lado sucumbe en la lucha desigual de la vieja industria maquinizada; por otro, inunda todos los ramos industriales más fácilmente accesibles, colma el mercado de trabajo y, por tanto, abate el precio de la fuerza de trabajo a menos de su valor.24
Quien piense que Marx hablaba del capitalismo decimonónico en Londres y no de sus leyes generales de funcionamiento puede evaluar este dato: el 20 de mayo de 2025 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó un documento de trabajo titulado IA generativa y empleo: un índice global refinado de exposición ocupacional. Allí expone la incidencia de la inteligencia artificial (IA) en el ámbito laboral: un 25% del empleo mundial se concentra en ocupaciones potencialmente afectadas por la IA, mientras que un 3,3% de los trabajos (que equivale a unos 115 millones de puestos) corren riesgo de automatización debido a los avances tecnológicos.
Analistas financieros, agentes de bolsa y de cambio, brokers de seguros, data entries y operadores de call centers, entre otros trabajos, se ubican en la categoría de exposición máxima.
En el largo listado de riesgo significativo figuran periodistas, recepcionistas, cajeros de banco, matemáticos y bibliotecarios, mientras que en exposición moderada aparecen locutores, diseñadores gráficos, biólogos, curadores de museos, organizadores de eventos, relacionistas públicos y vendedores puerta a puerta, entre otros.
Corren riesgo bajo o mínimo fotógrafos, físicos, pedagogos, empleados de servicios de mensajería, actores, directores de cine y teatro, astrólogos, camareros, trabajadores sociales, cuidadores a domicilio, nutricionistas, decoradores, guías de turismo y urbanistas, entre otros.
Algunos de los que quedarían exentos de ser reemplazados por la IA son los médicos, los agricultores, los mineros, los operarios de máquinas, los mecánicos, los recolectores de basura, los niñeros, los pasteleros, los artistas, los modelos, los peluqueros y los esteticistas.25
“La naturaleza de la gran industria”, escribió Marx, “implica el cambio del trabajo, la fluidez de la función, la movilidad omnifacética del obrero”26. Esta versatilidad del trabajador, la indiferencia ante el contenido de su trabajo –no que al trabajador le resulte subjetivamente indiferente el tipo de empleo, sino que objetivamente “le da lo mismo”: dinero–, el carácter “polimodal” de su capacidad laboral (por recordar la reforma educativa que el peronismo implementó en Argentina durante los años 90), no es algo para celebrar.
Esa “movilidad omnifacética” es lo que le permite al sistema capitalista usar y tirar fuerza de trabajo según sus necesidades de acumulación. O, como dijo Miguel Ángel Ponte con una metáfora que Marx envidiaría: “la posibilidad de entrar y salir del mercado laboral hace a su esencia; es como comer y descomer”27.
Pobreza y política cultural
Los 30 gloriosos años de posguerra sirvieron de humus para el cultivo de una flor extraordinaria: el intelectual comprometido. Un personaje tan seguro del unánime destino entre poesía y revolución, que llegó a confundir la producción de belleza (una canción, una pieza teatral, un concierto, una novela, una danza, un mural) con la emancipación de los oprimidos. O, en términos más prosaicos, llegó a confundir el crecimiento del mercado editorial con el inminente fin de la explotación de clase. Hablamos de esto, largo y tendido, en “El dilema de Camus”. Esa rara flor perdura aun en ciertos invernaderos, al amparo de algún subsidio estatal, alguna beca del sector privado, algún nicho editorial, algún gueto progresista todavía en brazos de la nostalgia por aquellos 30 gloriosos años.
Ese período excepcional del capitalismo generó las condiciones para que una masa importante de trabajadores educados produjera una cultura admirable. Martín Caparrós es un producto de ese proceso histórico. Un proceso que no se explica por la reacción burguesa a la amenaza soviética (que habría forzado la distribución de beneficios entre los trabajadores “de occidente”), sino por una necesidad del capitalismo en expansión. Se creyó que esa cultura era la causa del ascenso social, cuando en realidad era uno de sus efectos. Se creyó también que el estatuto del “intelectual” distanciaba su labor de la que se realiza con el cuerpo, como si el cerebro no fuera parte del cuerpo. Así, la izquierda cultural confundió la producción artística con la organización política: cantar poemas de Violeta Parra o pintar murales “a lo Diego Rivera” eran considerados actos de militancia. Esta concepción explica, por ejemplo, la existencia de la Asamblea de Intelectuales Socialistas del PTS28.
Instalados en circuitos que conectan el sistema universitario, el mercado editorial y la prensa especializada, los “artistas e intelectuales”, hoy, se aferran a los últimos jirones de luz desprendidos de una estrella muerta: el Estado de bienestar. Imaginariamente alejados del resto de la clase trabajadora, a la que realmente pertenecen, estos “artistas e intelectuales” no ven, por ahora, que el único camino con alguna perspectiva de salvación para todo lo que amamos consiste en la unidad de los trabajadores en torno a un programa y una estrategia socialistas.
Foto: Marcela B.
NOTAS:
1 Acerca del carácter relacional del concepto marxista de “clase” escribimos “La estructura de clase: ¿Por qué el trotskismo denomina ‘clase media’ a un enorme sector de la clase obrera?”.
2 Karl Marx, “Trabajo asalariado y capital” (1849), publicado en el sitio marxists-org.
3 Sobre la combinación burguesa entre igualdad formal y desigualdad real escribimos “Fascismo: un tema pop de la izquierda”.
4 E incluso de algunos liberales, como Steven Pinker, quien en 2018 publicó una voluminosa defensa del capitalismo (más de 700 páginas) bajo el título, un tanto engañoso, En defensa de la Ilustración (Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso). No obstante, en el capítulo 20, “El futuro del progreso”, Pinker se pregunta: “¿Cómo evolucionará la tensión entre el humanismo ilustrado, cosmopolita y liberal que se está extendiendo por el mundo desde hace décadas, y el populismo tribal, autoritario y regresivo que lo hace retroceder?” (p. 419). El marco teórico burgués de Pinker le impide ver que esa tensión expresa dos fracciones de la clase trabajadora: la minoría todavía ilustrada, que vive paranoica ante la posibilidad de perder lo que tiene (condiciones materiales de reproducción muy por encima del promedio) y la mayoría embrutecida, que vive en la informalidad, la desesperación y la falta de vínculo con los restos del Estado de Bienestar y los 30 gloriosos.
5 Rolando Astarita, «Izquierda Socialista, catastrofismo crónico», artículo publicado el 20 de julio de 2025.
6 Hemos criticado abundantemente el programa y la estrategia del trotskismo. Por ejemplo, en: a) “Divergencia gremial con unidad política: la fórmula trotskista de la impotencia estratégica”; b) “Proscripciones para todes: el FITU, el PSTU, el PTS y la melancólica parodia de un gag de los Monty Python”; c) “¡Decí algo de izquierda! Sobre el debate en TN entre un trotskista y un libertario”; d) “Rey Lear: el drama del trotskismo y la esperada herencia peronista”; e) “La trascendencia de un legado: a 85 años del asesinato de León Trotsky”; f) “Comunistas del futuro, no en el presente: el curioso caso de la Asamblea de Intelectuales Socialistas”.
7 Nos referimos a “La pobreza incalculada, 1: fetichismo de la mercancía y decadencia de las relaciones”.
8 Al respecto puede verse el apartado “Desigualdad y pobreza” en el autorreportaje “Una larga travesía en el desierto”.
9 Michel Desmurguet, Más libros y menos pantallas (Cómo acabar con los cretinos digitales), trad. Lara Cortés Fernández, Barcelona, Península, 2024, p. 308.
10 Sobras las causas y consecuencias de la proliferación de pantallas hemos publicado Ludditas digitales: parte 1, “Pantallas y degradación educativa”; parte 2, “Pantallas y degradación social”.
11 Stanislas Dehaene, El cerebro lector (Últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia), trad. María Josefina D’Alessio, Buenos Aires, Siglo XXI, 2021, pp. 180-1.
12 Stanislas Dehaene, El cerebro lector (Últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia), trad. María Josefina D’Alessio, Buenos Aires, Siglo XXI, 2021, p. 252. Lo más sorprendente es que la alfabetización no sólo altera la actividad cerebral durante las tareas de escucha del lenguaje, sino que también afecta la anatomía del cerebro (pp. 253-4).
13 Michel Desmurguet, Más libros y menos pantallas, edición citada, pp. 307-37.
14 Jessica K. Bone, Feifei Bu, Jill K. Sonke, Daisy Fancourt, “El descenso de la lectura por placer durante 20 años según la Encuesta sobre el uso del tiempo en Estados Unidos”, publicado en la revista iScience el 19 de septiembre de 2025.
15 Michel Desmurguet, Más libros y menos pantallas, edición citada, pp. 323-4.
16 Maggie Astor, “El hábito de la lectura disminuye en EEUU, según un estudio”, artículo publicado en el New York Times el 21 de agosto de 2025.
17 Michel Desmurguet, Más libros y menos pantallas (Cómo acabar con los cretinos digitales), trad. Lara Cortés Fernández, Barcelona, Península, 2024, pp. 54-7.
18 Thomas Berry, Lori Cook, Nancy Hill and Kevin Stevens, «Análisis exploratorio del uso de libros de texto y los hábitos de estudio: percepciones erróneas y barreras para el éxito», artículo publicado en College Teaching, Vol. 59, No. 1 (Enero-Marzo 2011).
19 Mary Harrington, “Pensar se está convirtiendo en un lujo”, nota publicada en el New York Times el 30 de julio de 2025.
20 Emma Coria Maiorano, “El público ya no elige leer: las películas dobladas desplazaron a las subtituladas”, nota publicada en Ámbito Financiero el 21 de septiembre de 2025.
21 Ver “La estructura de clases: ¿Por qué el trotskismo denomina ‘clase media’ a un enorme sector de la clase trabajadora?”.
22 Karl Marx, El Capital (Crítica de la economía política), trad. Pedro Scaron, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, tomo I, vol. 2, pp. 515-6.
23 Sobre esta huelga escribimos El gremialista Aquiles y el socialista Ulises: parte 1, “Tecnología, huelgas y socialismo”; parte 2, “Gigificación, coraje e inteligencia”.
24 Karl Marx, El Capital, edición citada, p. 525.
25 Josefina Gil Moreira, “Profesiones y carreras: Dime cuál es tu trabajo y te diré si la inteligencia artificial te puede llegar a reemplazar”, nota publicada en La Nación el 1 de agosto de 2025.
26 Karl Marx, El Capital, edición citada, p. 593.
27 “Ponte: ‘Contratar y despedir debería ser natural como comer y descomer’”, nota publicada en Perfil el 9 de enero de 2017.
28 Ver “Comunistas del futuro, no en el presente: el curioso caso de la Asamblea de Intelectuales Socialistas”.





yo voy hacer un comentario breve sobre las fuerzas productivas.Si partimos de que las fuerzas productivas son,,,los materiales ,la maquina tecnificada y la fuerza de trabajo, yo tengo una diferencia con Astarita no hay desarrollo equitativo de las fuerzas productivas si bien es cieto e innegagable el desarollo de la tecnologia, podriamos decir a galope de caballo,la fuerza de trabajo lo hace a paso burro y de tortuga ,porque mientras si estrecha mas el cerco de trabajadores empleados crece la poblacion sobrante precariedad y desempleo.es decir el crecimiento de la fuerza de trabajo es tan evolutivo como desde desde la mas pimaria revolucion agricola.Esto de poner el desarrollo de estas en un mismo nivel me parece erroneo