Finalmente, las noticias del primer fin de semana del año indican que la intervención de EE.UU. sacó a Nicolás Maduro del poder. La precisión quirúrgica de la intervención militar deja abierta una serie de interrogantes acerca de la dinámica de los próximos días. Una serie que aumenta con las reticentes declaraciones de Trump con respecto a Corina Machado y las ambigüedades en relación con la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Preguntas acechadas por la conjeturable colaboración interior activa para lograr el éxito de un operativo de extracción tan específico.
Pareciera que la fragmentación interna (y totalmente esperable en un régimen tan corrupto) es lo que se encuentra en el centro del proceso: comprar aliados del propio gobierno, pactar con un sector, abrir cauces a la participación burguesa y emplear el actual aparato para mantener el orden del país. En suma: no una invasión sino una negociación forzada y permitida por la inmoralidad del régimen.
La ausencia de resistencia popular era previsible. Si bien se desconocía el día y el modo, la preparación de este operativo, la intención de EE.UU. y su disposición no eran desconocidos por nadie. No hubo solidaridad internacional ni grandes movilizaciones, porque el régimen chavista era indefendible.
Con respecto a Venezuela –y en el marco de su abierta claudicación al nacionalismo–, la izquierda argentina abandonó la histórica tradición de solidaridad con los trabajadores exiliados por persecuciones políticas, o por la miseria extrema de regímenes burgueses, para abrazar la miserable actitud de superioridad y condena moral que ha contribuido no poco a consolidar su inalterable pequeñez (de militantes y de votos), por un lado, y a empujar a muchos trabajadores a la desconfianza con todo lo que lleva el nombre del socialismo, por otro.
Extrema miseria económica, feroz represión política y millones de trabajadores empujados al exilio forzoso. El régimen venezolano, en un cuarto de siglo, no le ahorró a sus obreros ninguna de las condiciones por las que el capitalismo nos conduce a la militancia socialista. Pero la estafa burguesa llamada “socialismo del siglo XXI” fue, por lejos, la peor experiencia de vida en la Sudamérica de este siglo. Ser socialista en Venezuela era muchísimo peor que serlo en Argentina.
La soberanía es una conquista que defendemos únicamente en la estricta medida en que significa mejoras en las condiciones de vida –materiales y morales– para la clase obrera de cada país, no en base a abstractas tomas de partido en las disputas burguesas. Así se explicó, por ejemplo, durante décadas la política internacionalista al estallar la Primera Guerra. Desde esta perspectiva, por poner otro ejemplo, no tuvo sentido la apoteosis patriótica de la guerra de Malvinas. En otras palabras: un país soberano para un sector de la burguesía venezolana, a costa de expulsar a la tercera parte de los trabajadores, no es un país cuya soberanía valga la pena defender desde el socialismo.
Con el caso de Venezuela, la izquierda hegemónica también abandonó la tradición socialista que jamás utilizó la geopolítica burguesa para justificar el apoyo a uno de sus bandos, sino para explicar la identidad de clase de los explotadores sin menoscabar sus diferencias. Esa perspectiva hoy es mantenida en los textos canónicos y negada en cada pronunciamiento diario. Hemos pasado del derrotismo revolucionario en la Primera Guerra a la simpatía indisimulada por regímenes burgueses autoritarios y antisocialistas, apoyada apenas en que les disputan mercados a los yanquis.
No cabe duda de que los EE.UU. están interesados en el petróleo venezolano, pero eso no puede llevar a pensar que China esté motivada por otra cosa. El petróleo nunca fue de la clase obrera venezolana. En este momento, Chevrón opera en Venezuela; pero aun si no lo hiciera, PSDVSA pertenece al Estado burgués, no a los trabajadores. Es probable, incluso, que el próximo gobierno se estabilice con mayor consenso popular. No se necesita mucho para lograr un capitalismo mínimamente funcional en comparación con la catástrofe en curso. Y, muy probablemente, desde la izquierda vernácula y el progresismo asociado se juzgará negativamente a los trabajadores venezolanos por querer vivir.
Lo que, en apariencia, ocurrió en Siria en este año se repetirá, tal vez, en Venezuela. En Siria, el exdirigente “extremista” devenido presidente se impuso porque con muy poco esfuerzo y recursos mejora las condiciones de vida patéticas de la población, además de poseer un aparato militar que le permite garantizar el orden. Se trata de un signo propio de estos tiempos: pactar con un aparato represivo local al que se le “perdonan” sus desavenencias ideológicas pues, al fin y al cabo, son veleidades secundarias. Los burgueses reconocen que hay comunidad de intereses (negocios) y de necesidades (orden público impuesto por algún aparato solvente). La novedad de Trump es su cálculo de que es mejor comprar aparatos bélicos, ya desgastados y en oferta, que enviar y exponer a sus propios soldados. Si la política trumpista consiste en pactar con el diablo mientras éste acepte las condiciones, si además se ve que hay más de uno dando vueltas (Hamas, Putin), ¿por qué no Delcy Rodríguez y parte del chavismo?
La intervención de Trump o la continuidad del chavismo son dos expresiones del creciente espanto que el capitalismo nos propone vivir. Ambas opciones burguesas son nuestras enemigas. No hay –Maduro se ocupó de que no hubiera– una corriente alternativa en la clase trabajadora capaz de rechazar el plan de EE.UU. y relevar, a su vez, a la dictadura chavista.
No hay mal menor. Hay explotación capitalista, miseria burguesa y represión a la clase obrera por donde se quiera abordar el asunto. Esta es la situación y así queremos interpretarla: desde Hillary Clinton, Joe Biden y Kamala Harris, desde Alberto Fernández, Cristina y Massa, hasta Chávez, Maduro y Diosdado Cabello, son todos gobiernos burgueses hambreadores vestidos de progresismo. Mientras esos gobiernos cierran la puerta a la independencia de la clase trabajadora, conducen los procesos hacia el abismo de Trump, Javier Milei o… ¿Delcy Rodríguez?




