1. La madrugada del 3 de enero ocurrió “lo de Venezuela”. ¿Por qué lo decimos así? Porque si escribiéramos “Trump derrocó a Maduro”, diríamos algo opuesto a “Trump invadió Venezuela”. Las palabras no son inocentes. Menos cuando se sabe poco acerca de un suceso[1].
Sin embargo, eso no significa que las palabras determinen los sucesos. Expresan una interpretación. ¿Y por qué nos interesa la interpretación? Porque implica interlocutores, que es lo que en el fondo nos importa. Entre el mundo al que nos referimos y las palabras que usamos para comunicar esas referencias, hay personas conversando. Este es el punto en el que hoy nos queremos detener a pensar: quién habla y a quién le habla.
O, en otros términos: ¿Quiénes somos? ¿Quién es este “nosotros”? ¿Y con quién dialogamos?
2. Si nuestro interlocutor fuera “la humanidad” o “la clase obrera”, es decir, un interlocutor desprovisto de toda característica concreta y parcial, no tendríamos más tarea que anunciar el destino final, sin mediaciones: LOS TRABAJADORES AUTOORGANIZADOS TENEMOS QUE LUCHAR POR EL SOCIALISMO, ¡HAGÁMOSLO YA! Pero esta unanimidad es imposible, por eso la militancia es estratégica: requiere el diseño de un plan hecho de pasos tácticos con rumbo a un objetivo.
A veces la comunicación de las organizaciones de izquierda es un poco más sutil y hay que extraer, de las consignas y llamamientos, quiénes son los interlocutores implicados. Por ejemplo, cuando un pequeño grupo de socialistas convoca a una movilización vemos dos posibilidades: o bien se trata de una convocatoria testimonial, o bien se trata de la integración a otra dirección política (la de los convocantes originales). No es raro, incluso, que ambas posibilidades se fundan en un solo y funesto destino. Por ello, a veces, lo único posible para un pequeño grupo de socialistas –al menos, en el marco de cierta coherencia– es hablar con pocos.
3. Cuando el FITU se pronuncia por la necesidad de que las centrales sindicales latinoamericanas llamen a un paro general por la restitución de Maduro en la cúspide del régimen venezolano, ¿a quién le habla? A sus propios militantes.
No importa que esa agitación pida algo imposible. No importa que las centrales sindicales no luchen ni siquiera por los problemas inmediatos de sus propios afiliados (muchos de los cuales valoran la democracia, inexistente en esas centrales, y no sienten simpatía alguna por el dictador venezolano). No importa, en suma, que exista una desproporción increíble entre el demandante (una deshilachada coalición electoral de grupos de izquierda) y los demandados (una cáfila de millonarios y asesinos al frente de las esterilizadas centrales sindicales de cada nación).
¿Por qué? Porque se trata de hacerles escuchar a los militantes trotskistas lo que éstos necesitan oír para permanecer en la organización. Si el trotskismo se define por ser “luchista” y “antiyanqui”, entonces debe llamar a todos a luchar contra los yanquis.
Estos son los interlocutores del FITU: sus propias bases, los militantes que sencillamente quieren poder decir “Nosotros convocamos y salimos a luchar; ya verá el resto de la clase trabajadora quién es más consecuente y nos dará su apoyo”.
4. ¿Quién escucha una idea nueva? Únicamente aquellos compañeros cuyas ideas viejas se han vuelto un lastre.
Las crisis en la conciencia son objetivas: las produce la vida, las caídas económicas, la imposibilidad de seguir viviendo, más o menos, como hasta entonces. Nuestro cerebro, cuya tarea primordial consiste en asegurar la conservación de la vida, no en fabricar teorías que expliquen el mundo, busca ideas que permitan integrarse en la vida social. No busca ideas brillantes, sino pragmáticas. Cuando las encuentra, se aferra a ellas hasta que una crisis las demuestre inútiles.
Paradoja: aunque la conciencia es individual, la única vía de arribo a la percepción del fracaso de unas ideas políticas es colectiva. O sea, cuando en el espejo de muchos otros percibimos que el salto al vacío de lo nuevo es plausible. Por eso estas crisis duran poco: el salto se produce al coincidir con la percepción de una alternativa capaz de colmar el vacío abierto por la bronca, la desesperación, la necesidad.
De ahí que las ideas políticas y las tareas que median su concreción tenga una breve y esporádica ventana de oferta como alternativa: las crisis. Las ideas no pueden generar las crisis, las voluntades no pueden “provocar la coyuntura”.
5. Somos conscientes del carácter burgués del Estado. Es decir, que el Estado es una maquinaria construida por la clase explotadora para garantizar la conservación del sistema capitalista y la dirección de la sociedad en manos de esa misma clase. De ahí que, en muchas instancias –siempre, las decisivas–, sea necesaria la acción directa que trasciende los canales institucionales, esos mecanismos propios y acotados que el Estado burgués ha previsto y dispuesto (o ha concedido, presionado por la lucha obrera) para la actividad política y la protesta.
Pero la acción directa no es un recurso para todo tiempo y lugar. El criterio para su ejercicio no puede ser, sencillamente, la voluntad de actuar en cualquier ocasión. Los cuerpos importan. La calle y las plazas, los lugares de trabajo y los educativos, son espacios en donde los cuerpos actúan de manera coincidente, sí. Pero no siempre. La acción directa no es parte de nuestra cotidianeidad.
Los que hemos realizado actividades gremiales podemos confirmar que son pocas, muy pocas, las veces en que los cuerpos coinciden para la producción de una ruptura, para el enfrentamiento colectivo contra una medida de gobierno, su aparato represivo, sus matones y rompehuelgas al servicio de la burocracia.
Es entonces cuando retorna una impaciencia, insistente, que con ligeras variaciones dice así: “Todo muy lindo, pero, mientras tanto, ¿qué hacemos?”
6. El “mientras tanto” se convierte en un obstáculo si no cuestionamos tres supuestos. Uno es histórico y literario: los militantes de izquierda estamos afectados por la estructura dramática de la epopeya, como si octubre de 1917 hubiera estado precedido por una agitación desenfrenada que asaltó las calles hasta tomar el poder. No fue así. En 1908 Lenin estaba jugando al ajedrez en la isla de Capri.
Otro es programático y estratégico. Al adoptar la “estrategia transicional”, que establece un continuo entre las demandas mínimas y el socialismo (un continuo anudado por las “consignas adecuadas”), todos los objetivos conducen a Roma: la impostergable lucha en las calles como preludio a la insurrección inminente. Por eso consideramos crucial adoptar la distinción entre programa mínimo y máximo, entre la inmediatez de lo gremial y la mediación de la política, entre la lucha cotidiana y la estrategia histórica.
El tercer supuesto es abstracto y moral: “Hacer algo es estar en la calle”. Este supuesto impide ver que acciones como reagrupar, conversar, organizar, discutir, pensar, aprender, leer, escribir, corregir, son quehaceres.
Para nosotros, el gran problema de la izquierda no estriba en que sea sectaria, trivial, burocrática, en su culto a la personalidad, su acercamiento a la burguesía progresista o al liberalismo individualista. Por supuesto que esos problemas existen y caracterizan a la fuerza hegemónica en la izquierda: el trotskismo. Y por supuesto que la propia supervivencia de cada grupo, tanto desde el punto de vista organizativo como económico, condiciona de manera decisiva todos esos problemas.
Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con las fuerzas burguesas, como el peronismo, la mayor parte de los militantes y simpatizantes de izquierda no está determinada por la renta y el acomodo, sino por una orientación política completamente estéril.
Este es el gran problema: programa y estrategia.
7. ¿Y nosotros? ¿A quién le hablamos? O, para decirlo de manera más ajustada a nuestra realidad, ¿a quién queremos hablarle?
Nuestros interlocutores son algunos compañeros que, sufriendo vicisitudes similares a las del resto de la clase trabajadora, evalúan que las soluciones moderadas y conocidas son infructuosas. Que no alcanza con pelear, repetidamente, por lo mínimo indispensable (un mínimo que, a su vez, se reduce paulatina e incesantemente). Compañeros que llegaron a la conclusión de que hace falta organizarse más allá del programa mínimo, porque la solución que necesitamos requiere muchas, muchísimas, voluntades coordinadas. Y esto exige tiempo, constancia, paciencia. Compañeros que consideran inútiles las ideas políticas conocidas, que hace falta pensar y debatir en torno a nuevas ideas.
Estos son nuestros interlocutores. Los que asumen la necesidad de pasar del gremialismo a la política, de la eventualidad a la permanencia y de la repetición al pensamiento. No es fácil. Pero hay que reconocer, a favor de dar esos pasos, que las tres condiciones pueden estimularse entre sí.
No hay millones de compañeros que se encuentren en esa triple encrucijada. Pero hay muchos. Buscarlos para hacer cosas juntos es nuestra tarea central.
8. Una aclaración necesaria. Cuando hablamos del paso de la repetición al pensamiento nos referimos a cierta manera de pensar, no a cualquier flujo de la conciencia. Nos referimos al ejercicio del pensamiento que se opone al cuerpo para dirigir mejor al cuerpo. Ilustremos esta idea.
Los deseos no colaboran en la construcción de buenas interpretaciones. Por ejemplo, el rechazo visceral que muchos militantes sienten hacia los EE.UU. no sólo elimina las maravillas culturales de ese país, sino que invisibiliza a su clase obrera, que tarde o temprano será protagonista del destino final de la humanidad.
Hay una fuerte disputa inter imperialista entre China y Estados Unidos. De acuerdo. Pero no es para nada evidente el saldo de una comparación entre las fortalezas y debilidades de cada uno de estos contrincantes. Mucho menos lo es el carácter de aliados, enemigos o neutrales de las diferentes naciones, qué tan sólidos son los frentes internos, etc. Por lo tanto, la simplificación “EEUU = malo” y “Demás naciones = menos malo que EEUU” facilita la toma de posición, pero empantana la capacidad de pensar. Ni siquiera la burguesía China es monolítica (aunque sus contradicciones internas nos sean esquivas, dada la feroz censura que aplica el gobierno). Tampoco lo es la burguesía rusa.
En lugar de leer, un poco forzadamente, “debilidad estadounidense contra fortaleza china”, nos interesa evaluar las contradicciones intestinas de cada burguesía nacional. También las de los bloques geopolíticos, incluyendo la batalla EE.UU./China. La competencia, las contradicciones internas y las crisis de sobreproducción son problemas que los socialistas debemos incorporar a nuestras interpretaciones, en reemplazo de las ideas “campistas” y la sumisión a las “teorías del monopolio” y “la dependencia”[2]. No se trata de cuestiones de economía, sino de modalidades de lectura de la vida cotidiana.
Ante a la insistencia de la izquierda con la metáfora del títere, proponemos la del mosaico. La aparente solidez y unanimidad es un efecto de lectura, propio de una mirada desatenta: lo que hay, en el abigarrado devenir de la realidad, es una acumulación de contradicciones que invita a esperar fracturas, quiebres y cismas, crisis y levantamientos. Aunque ahora mismo no los haya.
Ver a los explotadores cómo títeres de un explotador principal sólo sirve a la confianza en alguno de los explotadores de menor envergadura.
9. Veamos, por cierto, qué le está pasando a Donald Trump: obtuvo éxitos en el terreno internacional y esta preocupado por su frente doméstico.
La mayor fortaleza de Trump es, por supuesto, la miserabilidad demócrata. Al igual que en Argentina, el principal obstáculo que ven los trabajadores desilusionados de Trump para iniciar su alejamiento es que es la ausencia de alternativa, más allá de los defraudadores del “Estado presente”. Trump no ha logrado mejorar las condiciones de vida de la población y las elecciones muestran una caída de su popularidad. Las encuestas señalan esto mismo y puede perder la mayoría en el Congreso.
En el terreno internacional, su estrategia consiste en apretar a sus socios para que colaboren con los proyectos comunes y abandonen la propaganda progresista (al menos, si no están dispuestos a pagarla de su bolsillo). Esto afecta tanto al capitalismo europeo como a las universidades yanquis, por dar dos ejemplos de sectores burgueses cuyo reclamo es “No dejes de subsidiarme las críticas que te hago”.
A eso hay que sumar las intervenciones quirúrgicas en el plano militar y su disposición abierta a pactar con el diablo mientras sirva a sus intereses. Todo esto le ha granjeado éxitos palpables: Medio Oriente es ahora un territorio mucho menos hostil a los negocios de los burgueses de EE.UU. que dos años atrás. Por otro lado, la doctrina bélica trumpista es menos mortífera e hipócrita. No convoca a organismos internacionales, no arriesga a sus soldados, no llama “misiones de paz” a las intervenciones militares.
¿Y lo de Venezuela?
10. Los socialistas defendemos las conquistas que la sociedad burguesa obtuvo frente a las sociedades precapitalistas. Entre ellas, la soberanía nacional, es decir, la unidad y autodeterminación de una población en un territorio; y la soberanía popular, es decir, la igualdad formal ante la ley bajo la democracia burguesa.
No las defendemos por abstractas cuestiones morales ni patrióticas, sino porque las naciones unidas y con derechos democráticos permiten el desarrollo de amplias capas asalariadas, a la vez que abren canales para la organización y la lucha. Organizarnos y luchar es mucho más difícil en territorios fragmentados, o bajo regímenes dictatoriales.
En las revoluciones burguesas clásicas, ambas soberanías avanzaban, lentamente, juntas. Pero en el mundo en que nos toca vivir, ambas soberanías pueden oponerse entre sí. ¿Qué debemos hacer los socialistas ante esta oposición?
Polemizamos con la izquierda progresista porque toma partido, unilateralmente, por una conquista contra la otra, invirtiendo la unilateralidad de los imperialismos. Y lo hace a partir de un criterio ajeno a los intereses objetivos de la clase trabajadora: la simpatía por un sector de la burguesía. ¿Cuál sector? Principalmente, el que ejercita una retórica antiyanqui.
La intromisión militar imperialista en Caracas es gravísima. No tenemos dudas al respecto. Como tampoco tenemos dudas de que la constante justificación de los métodos dictatoriales es igualmente grave, porque va en contra de los intereses de la clase obrera y porque contribuye al profundo descrédito que padecemos como corriente ideológica: no sólo somos vistos como herederos de Stalin, sino que somos vistos como defensores de sus métodos, aunque no haya socialismo ni revolución alguna. Este es un elemento importante para comprender cómo “la derecha” pudo aprovechar la consigna “Viva la libertad”.
La debilidad del movimiento socialista ha permitido que esta oposición entre dos soberanías sea vista como contradicción principal, ocultando a la contradicción principal entre el capital y el trabajo. Justo cuando, alrededor del mundo, se expresa sin matices la importancia de lo material, lo económico, la insatisfacción de la vida cotidiana, en fin, esa bandera que los burgueses toman prestada, pero es propia de nuestra clase: la lucha generalizada contra la pobreza.
La burguesía nunca lucha contra la pobreza. Lucha a veces contra los problemas derivados de ella y la contiene para amortiguar estos problemas (las vueltas del tema “seguridad”, por ejemplo). O logra disminuirla, pero no como consecuencia deliberada de una lucha, sino como efecto lateral de su expansión. Tan lateral es este efecto, que la pobreza se relanza apenas la expansión requiere ajustes.
Elegir una conquista burguesa sobre otra es elegir un bando burgués contra todas sus conquistas.
11. El actual poderío, crecimiento y renombre de lo que se llama “derecha radical” o “ultraderecha” no sólo es fruto de sus propios méritos. En gran parte se debe a la decepción y la furia de amplias capas de la población trabajadora, de distintos países, hacia una retórica humanista del campo progresista y sus efectos reales en la economía.
Los llamados “Estados de bienestar” implosionaron, con distintas modalidades, señalando el fin del boom de posguerra. En Argentina fue durante el año 1975, con la Triple A y el Rodrigazo. Luego esa retórica sin materia que denominamos “progresismo” se consolidó como un rechazo, que es el verdadero motor del movimiento, de numerosas capas de la población alejándose de ella. Millones en busca de una manera de oponerse y terminar con la impostura.
La desesperada intención de acompañar al progresismo por parte de la izquierda trotskista, defendiendo su retórica y sus “valores” (es decir, dejando a un lado el materialismo), no puede evitar ensuciarse con los efectos de acompañar su acción real y sus efectos de miseria en la vida de las masas trabajadoras.
Esta es la base del drama, todavía no resuelto, en la militancia socialista.
12. Aun en medio de la degradación educativa, la clase trabajadora sabe –o, al menos, sospecha– que el mundo es muy complejo para pensar que hay un único culpable. Unos títeres villanos que crueles titiriteros manipulan para cagarnos la vida mediante engaños.
Cuando decimos que el problema es el capitalismo englobamos en esa afirmación exactamente lo contrario: el mundo es un complejo sistema, no de malos y buenos, sino de actores sociales determinados y determinantes. No se trata de “crueldad” y “discursos de odio”, de “falta de empatía” y “crisis de valores”. Se trata de flujos de dinero, explotación del trabajo, inversiones, conveniencias, reproducción de la vida cotidiana, disputas en el seno de cada clase, desconfianza en experiencias reales, apuestas arriesgadas e inmovilidades conservadoras.
Comprender estos complejos engranajes materiales que condicionan la vida en esta sociedad es –también– nuestra tarea como militantes. Nuestro sentimiento de rechazo a los explotadores debe ser dotado de inteligencia, análisis, comprensión, crítica, debate.
Esto es lo que nos está faltando.
[1] Sobre “lo de Venezuela” publicamos dos notas: “Venezuela: ¿Alguien piensa en los trabajadores?” y “Para quienes no son venezolanos”. También organizamos una charla y debate: “Venezuela: entre un capitalismo y otro”.
[2] Desarrollamos ampliamente el “campismo” en “El campo de los sueños: ¿Por qué la unidad del ‘campo popular’ es contraria a la unidad de la clase trabajadora?”.




