No hubo fútbol profesional este fin de semana. Sobrarían los motivos para reclamar y detener, como forma de presión, el espectáculo deportivo en Argentina: inseguridad durante los partidos y endeblez de las instalaciones, deudas con los jugadores, precarización y bajos salarios de los empleados, falta de profesionales idóneos en las divisiones menores (trabajadoras sociales, psicólogas, médicos especializados en el desarrollo infantil), disminución sistemática del presupuesto destinado a actividades sociales o deportivas amateur… En fin.
También abundan los actores que podrían intervenir y reclamar: Futbolistas Argentinos Agremiados, por los numerosos deportistas que, carentes de fama, son maltratados y mal pagados por las conducciones de los clubes; UTEDYC, que agrupa a quienes realizan las tareas no competitivas pero necesarias para el funcionamiento de una entidad deportiva; las asociaciones deportivas amateurs y las de la salud, que no cortan ni pinchan en la caprichosa gestión de los clubes1. Y, por supuesto, los socios, cuya voz es silenciada, incluso en las tribunas, por las cada vez más frecuentes censuras de los barrabravas ante el descontento con la dirigencia que los apaña y mantiene2.
Nada de eso. El espectáculo deportivo ni fue suspendido por alguno de estos actores ni por alguna de aquellas causas. Que los hinchas nos quedáramos sin fútbol fue decidido por los burgueses a cargo de los clubes profesionales de fútbol (muy emparentados con algunos gobiernos provinciales), en el marco de una disputa con otros burgueses: los que hoy están en el gobierno nacional.

Estos burgueses, los que administran los clubes en su beneficio, son particularmente miserables. Ni siquiera arriesgan su patrimonio: apenas ponen a funcionar el patrimonio ajeno (pero privado) en su beneficio. En este caso, en lugar de buscarse un buen abogado al que deberían pagarle, Tapia, Toviggino y algunos más que temen ser arrastrados si se tira del piolín, les quitaron a los hinchas algo que ya habían pagado, para exponer una posición de fuerza ante otros burgueses. A ningún socio le devolverán el proporcional de la cuota por una semana menos de fútbol en el estadio, que es la principal (si no la única) razón por la cual la mayor parte de los socios de los clubes profesionales paga su cuota. Tampoco le devolverán a los abonados de la televisación la semana perdida de un espectáculo televisivo por el que también pagan. No.
Este accionar no fue un paro. La actividad se detuvo y no es inocente que los medios burgueses hayan recurrido a la palabra «paro», tan propia de la clase obrera, en lugar del mucho más adecuado término lock out o cierre patronal. No es inocente, no es casual ni es un descuido: decir lock out habría revelado que se trata de peleas entre burgueses y, por lo tanto, que los clubes no sólo no pueden ser privatizados porque ya son privados, sino que se probaría lo absurda que es la defensa de un formato jurídico que no permite ninguna injerencia de los hinchas en las decisiones reales.
Esto no es nuevo y lo hemos señalado en otras ocasiones: la decisión más trascendente que transformó los clubes en su siglo y pico de vida (abandonar la precarización y pagar salarios a sus empleados, en 1931) fue tomada a espaldas de los socios por dirigentes que habían llegado a la dirección de esos clubes prometiendo exactamente lo contrario (socios y dirigentes burgueses coincidían en aumentar el patrimonio de los clubes negreando y precarizando trabajadores)3. Y lo que motivó esa decisión no fue un súbito ataque de bondad o de conciencia de lo reaccionaria que era esa modalidad, sino el hecho de que el profesionalismo se imponía en el mundo y el mercado se volvería implacable con reacios y rezagados: los jugadores se irían a otros países, allí donde mejor les pagaran, y se derrumbaría el negocio (que no por ser más pequeño que el de hoy dejaba de ser un negocio con todas las letras).
Frente a tan notoria realidad, la posición reformista, trotskista, es reflejada en estos párrafos de la prensa del PO:
Por su parte, el gobierno nacional aprovecha el desprestigio de Tapia para volver a imponer en la agenda su proyecto de Sociedades Anónimas Deportivas, que plantea cambiar el actual esquema de «negocios controlados» por los caudillos de cada club por un ingreso irrestricto de capitales extranjeros que adquieran de forma directa la propiedad de las instituciones deportivas: un salto de calidad en el proceso privatizador en marcha.
A confesión de parte, relevo de pruebas. Ante la mugre inocultable, el PO recula y ya no dice que los clubes son de los socios, sino que son controlados por «caudillos». Otro concepto novedoso, que violenta al marxismo: esos caudillos, ¿no pertenecen a ninguna clase social, no responden a intereses objetivos? ¿Son seres humanos genéricos, apenas distinguibles por su tarea inmediata? No. Sin embargo, si el PO –y todos los demás partidos trotskistas que van en yunta en las elecciones– describiera a esos agentes en términos de clase, toda la estantería reformista del FITU se caería a pedazos. ¿Qué estantería? La defensa de esta modalidad jurídica y este modo de gestión, contra otra que, en sus términos, sería peor y habría que rechazar:
El Grupo Clarín, dolido demás por la reciente pérdida de los derechos de transmisión televisiva del fútbol el ascenso, se ha convertido en una usina de propaganda pro SAD, con argumentos ridículos de que una privatización del fútbol traería aparejada mayor transparencia, cuando los negocios capitalistas traen aparejados los entramados financieros más oscuros, sin ninguna obligación de rendir cuentas ante los socios.
Caracterizar de «dolido» a un conglomerado de empresas, en lugar de afectado en sus intereses, también nos muestra el ocultamiento de la estructura de clases y su reemplazo por un repertorio sentimental y moralista.
La guerra por el control del fútbol –continúa el PO– expresa la naturaleza de la rapiña capitalista que viene a hacer estragos en el deporte nacional, entre una variante que pretende defender los negocios de un puñado de dirigentes y empresarios y otra que busca abrirle paso al capital financiero: ambos desnaturalizando la naturaleza social y deportiva del fútbol. El mayor límite a esta crisis es la ausencia de una corriente independiente que plantee la recuperación a manos de socios y trabajadores de las instituciones deportivas, expulsando a los gerenciadores y privatistas del fútbol.
¿La naturaleza de la rapiña capitalista viene a hacer estragos en el deporte? ¿Ahora vienen los problemas, según el PO? No se puede desconocer, a esta altura del partido, que esto es efecto del mecanismo clave del usufructo de los clubes por parte de los burgueses: usarlos en su beneficio y, luego, esperar la ayuda del Estado, las colectas de los socios, la venta del patrimonio acumulado en un siglo, la colaboración y defensa de sus modos de apropiación por el progresismo «bien pensante» y mejor pagado4.
La posibilidad del ingreso de sociedades anónimas deportivas ¿sería mejor? La respuesta es que el desarrollo de los negocios capitalistas tiene su propia dinámica y desenvolvimiento: dentro del sistema las cosas marchan, a la corta o a la larga, de acuerdo con ese movimiento automático5. Pero para los trabajadores, ambas opciones, SAD o esquilmar a los socios, son negativas6.
Los clubes de fútbol profesional son privados desde su nacimiento. Y desde hace más de 100 años se encuentran dirigidos por políticos burgueses, patrones o burócratas: los únicos capaces de disponer del tiempo, el dinero, los contactos y los matones necesarios para estar al frente de una entidad privada de este tipo.
Por supuesto que no todos los clubes, de los miles que directa e indirectamente están afiliados a la AFA, encajan perfectamente en esta descripción que hacemos. Pero entre los que son determinantes por su peso económico, lo hacen TODOS. Y, de acuerdo con los estatutos antidemocráticos de la AFA y su voto calificado, esos clubes son los que cortan el bacalao institucional7.
Lo importante es que la política reformista del trotskismo se expone y propone aquí con toda su profunda banalidad: bastaría con crear una corriente de socios y trabajadores del sector para «recuperar» los clubes. Después haríamos lo mismo los hospitales, con las fábricas, con el campo, y así «recuperaríamos», poquito a poco, lo «perdido». Pues ya no se trata de luchar contra un sistema, sino del más modesto cambio de equilibrio de fuerzas entre «los de arriba» y «los de abajo». Ya no hace falta una vanguardia socialista, sino meros defensores de formatos jurídicos burgueses más sensibles al procedimiento democrático del sufragio.
La deriva real e histórica del deporte profesional aquí y en el mundo poco importa. Si Clarín «está dolido», entonces los socios «pueden ilusionarse» con esta tontería sin sustento. Después de todo, se ha renunciado a la lucha de clases para tomar el camino del sentipensar y las ilusiones progresistas.
NOTAS:
1 Véase «Violencia y fútbol en Argentina». También «Golpes en el piso a la esperanza infundada». Y «Un campeón mundial por cada millón de pibes desechados». O «El proletariado del fútbol».
2 Al respecto, «La Copa Seca Nuca: ese trofeo adecuado al capitalismo argentino».
3 Escribimos un libro, Historia de los trabajadores del fútbol, que puede descargarse en PDF. Quien prefiera leer algo más breve puede probar con la presentación de ese libro, que titulamos «¿Pensar como Norman Bates o como Sarah Connor?».
4 Véase, por ejemplo, «La colecta diabólica de Santi Maratea».
5 Hablamos de esto en «Corporaciones deportivas: “No pinto de rosa a Jürgen Klopp ni al Chiqui Tapia…”». Y en «Amenazas para el deporte amateur: El acuerdo de las universidades yanquis para, finalmente, pagarles a sus atletas».
6 Ver «SAD, la amenaza fantasma». También «La segmentación programática del PTS: De la “amenaza” de las SAD a la Asamblea de Intelectuales Socialistas». Y «Noticias deportivas: Un sistema sin excepciones».
7 Para un comentario de este funcionamiento antidemocrático, «Gracias, Chiqui, por la sinceridad».




