DOS ACLARACIONES (O TRES). El 28 de febrero publicamos «La negación del patriarcado», del compañero Hernán Riccioppo, un texto escrito en 2019 (con ligeras modificaciones para nuestro blog) que conocimos a través de Facebook. Roxana Kreimer, cuya perspectiva es objeto de crítica en ese texto, reaccionó invitando a Hernán a debatir (se puede ver aquí) y redactando una respuesta (que puede leerse aquí). Tanto en el debate como en su respuesta, Roxana no advirtió que «La negación del patriarcado» NO ES una crítica al libro El patriarcado no existe más, publicado en 2020. ¿Por qué la filósofa youtuber creyó que «La negación del patriarcado» criticaba un libro del que no aparece una sola referencia en todo el texto? Porque pusimos como imagen en el blog la portada de su libro.
No previmos –mala nuestra– que alguien se dejaría llevar por la impresión visual habiendo un texto para leer. Asumimos, pues, nuestra parte en el malentendido. Así que, a continuación, publicamos una crítica al libro El patriarcado no existe más, con abundancia de citas de allí y de su respuesta, con el doble propósito de reencauzar el despiste y mostrar cómo este ejercicio resultó muy útil para reafirmar nuestra crítica original.
Aclaramos, asimismo, que aunque vaya firmado por Hernán, este artículo fue trabajado colectivamente en VyS para su publicación. Y que seguimos conversando y debatiendo con Hernán y otros compañeros: (i) la idea de que el patriarcado es una estructura derivada del capitalismo (en su lógica de funcionamiento, no en su historia empírica); (ii) el grado de relevancia que tiene la socialización diferenciada según el sexo a la hora de evaluar qué tan «libres» son las elecciones o qué tan condicionado está el consentimiento; (iii) qué pueden aportar el marxismo y la teoría feminista al análisis de fenómenos como la explotación sexual y la explotación reproductiva.
Finalmente, nuestras posiciones acerca de los problemas centrales del feminismo pueden leerse, por ejemplo, en: a) «Somos abolicionistas porque somos feministas»; b) «Explotación reproductiva: deseos, mercancías y derechos»; c) «Only Fans: ¿qué tienen en común los narcos, el porno y el sistema prostituyente?»; d) «La violación: peronismo, patriarcado y capitalismo»; e) «Feminismo no vota perucas»; f) «Patriarcado, 1: los pueblos fantasma»; g) «Peor que el terraplanismo, 1: Yo nena, yo princesa»; h) «Genes van, piñas vienen: el caso Khelif, la izquierda progresista y un delirio peligroso»; i) «Un nuevo 8 de Marzo (Y un problema no tan nuevo)».
Buen provecho.
VyS.
EN EL MISMO LODO, TODAS MANOSEADAS
Comencemos por esta verdad: Kreimer, lo reconozca o no, efectivamente «lleva agua al molino antifeminista». ¿Pero cómo, ella no se reconoce como feminista? Veamos qué dice en su libro El patriarcado no existe más:
Soy consciente de que no hay un solo feminismo, de que no se trata de una doctrina ni de un movimiento político unitario y coherente. No obstante, englobo a los feminismos existentes en el término «hegemónico», considerándolos uno solo, a partir de elementos en común que encuentro decisivos para el diagnóstico de las problemáticas de género:
(1) Carece de una perspectiva científicamente informada porque ignora el impacto que tuvo la evolución en el cerebro de hombres y mujeres y, sí lo toma cuenta, lo hace sin convocar bibliografía reciente y mediante prejuicios infundados.
(2) Su encuadre es posmoderno, de modo que en general no cree que haya una cosa más verdadera que la otra, y abreva en autoras de escritura inútilmente enrevesada como Judith Butler.
(3) Funda parte de su teoría en una pseudociencia como el psicoanálisis y en teóricos que manejan datos sesgados o que no están respaldados por la evidencia. […]
(4) No está abierto al debate: desarrolla una actitud intolerante o indiferente cuando se cuestionan sus ideas.
(5) Ignora que los varones también padecen sexismo y desventajas, y cuando se anoticia de ello minimiza su impacto.
(6) Cultiva un victimismo que trata a la mujer como una eterna menor de edad.
(7) Quiebra principios constitucionales como la igualdad ante la ley, el principio de legalidad o la presunción de inocencia.
(8) Considera que todas las mujeres están subordinadas, son explotadas y padecen un sexismo estructural, con independencia de su ubicación social, cultural o económica.
(9) Es corporativo; si hombres y mujeres padecen el mismo problema en igual medida, destaca sólo las desventajas de las mujeres. […]
Para cumplir con la caracterización de «feminismo hegemónico» no hace falta tener todos y cada uno de los rasgos enunciados, pero sí muchos de ellos.1
Muy bien, toda esta parrafada empieza cometiendo una falacia bastante común: la de generalización indebida. ¿Somos exagerados? En absoluto. Decir que todos los feminismos existentes tienen «muchos» de esos rasgos (¿muchos?, ¿cuántos?) y que, por eso, se pueden englobar en una única categoría es ya, bajo cualquier luz científica, una aseveración falsa. La caracterización que propone Kreimer de un supuesto «feminismo hegemónico» es metodológicamente insostenible porque junta sin ton ni son a corrientes profundamente divergentes entre sí. Bajo una misma etiqueta incluye perspectivas materialistas, liberales, posestructuralistas y psicoanalíticas, muchas de las cuales se critican mutuamente, y luego selecciona de cada una aquellos elementos que desea impugnar, configurando así un objeto artificial que no corresponde a ninguna corriente real. Así, por ejemplo, el feminismo materialista de Christine Delphy o Colette Guillaumin sostiene un análisis estructural de la explotación que rechaza tanto el relativismo posmoderno como el biologicismo; la teoría de la reproducción social en autoras como Lise Vogel o Tithi Bhattacharya se apoya explícitamente en categorías materiales y evidencia empírica; el feminismo liberal de Martha Nussbaum o Susan Moller Okin se fundamenta en principios jurídicos y racionalismo normativo; mientras que el feminismo posestructuralista de Judith Butler, que Kreimer toma como ejemplo paradigmático, es justamente objeto de críticas sistemáticas por parte de las corrientes anteriores. De este modo, Roxana amalgama bajo una misma etiqueta enfoques incompatibles, atribuyéndoles simultáneamente relativismo epistemológico, desinterés por la evidencia y dependencia de marcos pseudocientíficos como el psicoanálisis, cuando tales rasgos no coexisten en un mismo corpus teórico coherente. En lugar de analizar tradiciones específicas con sus supuestos y límites, la autora recurre a una generalización que invalida su diagnóstico: no refuta a un feminismo realmente existente, sino a una construcción conceptual imaginaria. La típica «falacia del hombre de paja». Una vez construido su Frankestein feminista, pasa a arremeter contra los molinos de viento del «feminismo hegemónico».
Ahora bien, criticando nuestra postura sobre el «feminismo científico», Kreimer denuncia que «este planteo implica ubicar como enemigo a quien formula críticas al feminismo desde dentro del propio feminismo»2. Pero no es eso lo que dijimos. Leamos con detenimiento:
El problema de la posición del llamado «feminismo científico» es que parte de la negación del patriarcado (entendido en un sentido amplio), y entonces es fácilmente utilizable como arma ideológica arrojadiza por la derecha burguesa (de corte antisocialista, y que va desde el conservadurismo filocatólico de un Laje hasta el liberalismo libertaroide un Jordan Peterson o de un Javier Milei) para denigrar a la movilización de las mujeres de aquí y de allá. No por casualidad Kreimer fue convocada, en tiempos kirchneristas, para programas de TV y de radio, con el objeto (bastante obvio en algunos casos) de construir opinión pública contra el feminismo, independientemente de la intención personal de la filósofa.3
¿En qué lugar he dicho que Kreimer es «el enemigo»? Más bien digo que ha sido utilizada, ingenuamente, por fuerzas políticas con las que posiblemente no coincida en otros aspectos. ¿Cuándo se produce esto? Cuando la movilización feminista estaba consiguiendo imponer en la opinión pública una agenda en favor de los derechos reproductivos, con debates que llegaron al recinto parlamentario en 2018 y en 2020. Allí, justamente allí, en 2019, se forma un grupo llamado «Libertad y Equidad», abocado, según distintos medios de prensa, a «impedir el avance del feminismo autoritario»4, con el respaldo de los siguientes próceres del pensamiento: el letrado Francisco Oneto (hoy abogado de Milei y de Máximo Thompsen), el periodista Nicolás Morás (libertario radical), la filósofa Roxana Kreimer (??), la médica Concepción Chinda Brandolino (conocida «antivacunas» y antiabortista), el inefable Jorge Rulli (sin comentarios) y el escritor Gonzalo Garcés, entre otros. Pero citemos a la propia Roxana:
Aunar fuerzas es una forma en que las personas pierden el miedo a pronunciarse públicamente sobre ciertos temas. Mientras escribo estas líneas observo que mis primeras participaciones para hablar sobre estos temas en medios audiovisuales de gran audiencia -los programas de televisión Terapia de noticias, Intratables, Incorrectas, conducido por Moria Casán, la entrevista de Luciana Vázquez en el canal de La Nación y la de Alfredo Leuco en Radio Mitre, entre otros-, en un mes alcanzaron en YouTube más de medio millón de vistas. Ei desencadenante había sido mi nota de opinión en el diario Clarín del 4 de enero de 2019, donde planteaba el quebrantamiento de garantías constitucionales por parte de muchas representantes del feminismo hegemónico y el clima de autoritarismo que se genera a partir de lo que no parece adecuado en términos de corrección política.5
Me pregunto si todos esos medios la convocaron para hablar de cómo «hacer más científico al feminismo» o para arrojar dardos contra él. Dice el viejo dicho: «Dime con quién andas…». ¿Con quién andaba Roxana? Ella nos lo cuenta.
Poco a poco, no obstante, comienzan a abrirse algunos espacios para exponer la perspectiva critica que sostiene este libro, que continúa un camino abierto por personas como la filósofa Christina Hoff Sommers, Camille Paglia, Janice Flamengo, Helen Pluckrose, Peggy Sastre, Cathy Young, Natalie Ritchie, Belinda Brown y los filósofos del derecho Pablo de Lora, Jorge Malem Seña y Manuel Atienza, entre tantos otros investigadores y activistas. Mientras escribía este libro, una de las más reconocidas activistas en derechos humanos de la Argentina, Graciela Fernández Meijide, me invitó a su programa de Radio Municipal. ¿Por qué? Para hablar sobre esta perspectiva crítica del feminismo. Participó la historiadora Sabrina Ajmechet, que también tiene una mirada crítica sobre el feminismo y es un placer escuchar por sus informados y equilibrados análisis sobre las cuestiones de género.6
Busco a alguno que se acerque aunque sea un poquitito a algo que se pueda parecer a algo «de izquierda». Pero solo encuentro a liberales y a conservadores. Entonces, ¿aunar fuerzas con quién?
SU PATRIARCADO Y EL NUESTRO
Vayamos al núcleo del problema: ¿el patriarcado existe o no? Porque ese es el asunto central para definir si, hoy por hoy, una política feminista tiene sentido o es un simple juego de palabras utilizado para agitar a incautos y desinformados. Kreimer nos dice:
Hernán Riccioppo me atribuye haber definido el patriarcado únicamente como «gobierno de los padres». Según su lectura, mi tesis de que el patriarcado ya no existe se basaría en la antigua acepción literal y jurídica del término, es decir, en la idea de un sistema en el que los padres ejercen autoridad legal sobre la familia. De acuerdo con Riccioppo, yo utilizaría esta definición estricta para concluir que, al alcanzarse la igualdad ante la ley en las sociedades occidentales, el patriarcado habría sido abolido.7
Y a continuación, nos dice que ella presenta «muchas definiciones», entre ellas las de feministas radicales. OK. Pero en su libro ella dice:
Si en Occidente las mujeres no cobran distinto por el mismo trabajo, si no son discriminadas en virtud de su sexo para acceder a un trabajo ni para mantenerlo, si alcanzaron la igualdad jurídica en relación al varón, si pueden -como hemos visto- acceder a los cargos jerárquicos de las profesiones que eligen, si hombres y mujeres padecen la violencia (y los hombres la padecen en mayor medida si sumamos los ámbitos doméstico y público), no podemos sostener que la mujer esté estructuralmente oprimida por el varón, es decir, no es posible sostener respaldados en la evidencia que vivimos en un patriarcado.
Se puede argumentar aquí que Kreimer coloca algunos elementos más como condiciones para hablar de «patriarcado». Pero la igualdad ante la ley es fundamental, ya que, en su mirada, si existen actos de «discriminación» que se contradicen con la ley, estos pueden ser achacados a decisiones individuales y no estructurales.
Analicemos. Una de las condiciones para que no haya «patriarcado» según Roxana es «que no haya discriminación en virtud de su sexo», o sea, habla de lo que vulgarmente se denomina «sexismo», que no es más que una actitud consciente y activa para dejar de lado, o considerar inferiores, a las personas de determinado sexo en distintos ámbitos. En su «Respuesta», Roxana dice:
Para Riccioppo, el patriarcado no funcionaría como una confabulación deliberada, sino como «una serie de automatismos impersonales que disparan desigualdades estructurales de muy largo plazo». No tengo objeciones a esa formulación ni a otras similares que propone. En ningún momento sostuve que el patriarcado opere necesariamente como un plan consciente o deliberado.8
Pero en su libro señala:
Esto no implica decir que no haya más sexismo o que no queden temas pendientes en la agenda feminista, pero también hay sexismo contra el varón y temas pendientes en su agenda.9
Aquí se empieza a ver lo primordial: para Kreimer, puede haber discriminación en forma individual, pero no encuentra procesos estructurales. ¿Por qué no los encuentra? Porque su metodología le dice que tiene que observar «decisiones individuales». Si se pusiera a observar la «evidencia empírica» que sostiene que hay muchos «automatismos impersonales que disparan desigualdades estructurales», no diría tan frescamente que «no hay discriminación en razón del sexo». Porque la «discriminación», cuando se trata de procesos impersonales, no es necesariamente «discriminación consciente», y lo veremos más adelante.
En segundo lugar, Kreimer menciona explícitamente a «la iguadad jurídica», dentro de la que se incluye, por supuesto, la posibilidad de acceder a los cargos jerárquicos que las mujeres deseen. Ese es uno de los argumentos centrales que utiliza para desacreditar, por ejemplo, el fenómeno llamado «techo de cristal»: ¡si las mujeres pueden elegir llegar a altos cargos, pero no lo hacen (porque eligen ser madres), entonces «no hay sexismo», y si «no hay sexismo» (o sea, discriminación consciente) y tampoco hay obstáculos legales para acceder a los derechos básicos, y entonces no hay desigualdad estructural! Veamos cómo cita, en la p. 523 de su libro, a Helen Pluckrose, historiadora liberal que comparte su «perspectiva crítica»:
«Es claro que hoy el Reino Unido, los Estados Unidos y buena parte del mundo Occidental ya no son patriarcados. Ellas ya no están obligadas a obedecer a sus maridos, tienen plena igualdad legal y acceden a posiciones públicas. A menudo brindan como evidencia del patriarcado el hecho de que los varones están sobrerrepresentados en la política y en los negocios, pero no hay una ley que diga que no pueden acceder las mujeres. Hay poca evidencia de que ese desbalance se origine en la discriminación más que en las diversas elecciones hechas por las mujeres.»
Kreimer comenta:
Para esta historiadora inglesa, el patriarcado existió en Occidente y aún existe en los países musulmanes, pero no hay razones para suponer que perdura en los países occidentales, lo que no quita que sigan existiendo algunas conductas sexistas contra las mujeres y contra los hombres. En el pasado, a las mujeres se les pedía que obedecieran al marido y en Inglaterra no tuvieron derecho a la propiedad hasta 1870, ni derecho a decidir sobre sus movimientos y los de sus hijos, ni a trabajar sin el consentimiento del marido. No podían ejercer ninguna profesión y los cargos políticos les estaban vedados. En el nivel ideológico más profundo, señala, se suponía que el varón regía y la mujer era subordinada. Esto no implica que ellas carecieran de otras formas de poder: el ámbito del hogar era a menudo el de la negociación, básicamente porque los hombres amaban a mujeres a las que querían ver felices.
Pluckrose sostiene que las mujeres siempre fueron influyentes en alguna medida, porque formaban parte de la sociedad y porque la exigencia de adoptar un rol jerárquicamente inferior no implicaba necesariamente su cumplimiento, pero en el nivel de las leyes tenían una sumisión forzada establecida por reglas de la iglesia y de la comunidad. […]
Aunque Pluckrose considera que ya no vivimos en un patriarcado, discrepa con las lecturas que niegan que en el pasado haya existido. Sólo los varones tenían derecho al sufragio, a la propiedad, a estudiar, a regular los delitos contra la libertad sexual, a la custodia legal de sus hijos. Sólo se admitía el apellido paterno, el lenguaje a su modo de ver admitía sexismo y no existían derechos reproductivos.10
¿Qué nos dice aquí la Pluckrose? Que, pese a que las mujeres «tenían otras formas de poder» (y aquí se acopla a las pavadas que mencionan autores como Ester Vilar en su libro «El varón domado» o Daniel Jiménez en su libro «Deshumanizando al varón»: que las mujeres de algún modo «tienen agarrado» al varón, y este las «protege» y hace lo que ellas quieren por el mero hecho de que «quieren verlas felices»… o quieren sexo), la delimitación fundamental que hace que antes haya existido patriarcado y ahora no (en Occidente) son las leyes. Ni más, ni menos. Porque si no fuese ese el punto fundamental, entonces hablaríamos de «discriminaciones individuales», de hombres y mujeres «con distintas formas de poder», de «sexismos específicos». ¿Más claro? Échele agua. Eso sí: lo dice la Pluckrose, lo cita Kreimer sin criticar su perspectiva. ¿Nos dirá que ella solo cita a autores? Esperemos que no.
Por si las dudas, Kreimer analiza la realidad no-patriarcal en Argentina:
En la legislación argentina ya no existe ninguna norma que subordine a la mujer bajo el poder del varón. A partir de 1947 las mujeres adquirieron el derecho al voto. Ya no hay ley de patria potestad que otorgue más autoridad al varón.
En el artículo de Claudia Peiró «Argentina, país sin patriarcado y donde los varones dieron poder a las mujeres» (2018), el profesor de Derecho Constitucional Félix Lonigro señala que en las sociedades occidentales, donde el patriarcado es un recuerdo del pasado, es donde con más virulencia se lo «combate», y agrega que «en nuestro país, las dos principales conquistas en materia de derechos políticos de las mujeres fueron iniciativas de varones: el voto femenino, en 1947, por Juan Domingo Perón, a través de su esposa Eva Perón, y el cupo femenino en las listas electorales de 1991, por Carlos Menem. Esta última ley hizo posible, por ejemplo, que en el Congreso argentino hubiese más mujeres que en el de Francia, país considerado de vanguardia en la materia». Lonigro destaca que puede haber resabios machistas, pero en nuestra legislación no hay ninguna norma que entre en la categoría patriarcal. «Es más –agrega–, la última reforma estableció la paridad de género en las listas electorales, de modo que hay igualdad entre varones y mujeres desde el punto de vista de nuestra legislación».11
Citas como esta se repiten en el libro de Kreimer, dando a entender con demasiada claridad que, si no hay leyes que discriminen a las mujeres, se ha dado un paso decisivo en la superación del patriarcado, porque toda discriminación a título personal (o sea, ilegal) no es estructural sino un problema puntual corregible a través de la denuncia penal.
En tercer lugar, Kreimer dice que si hombres y mujeres padecen la violencia, y los hombres la padecen en mayor medida si sumamos los ámbitos doméstico y público, ¡voilà!, ahí ya no hay patriarcado. Esta tercera cuestión, que analizaremos más adelante, nos sugiere ver la realidad como un conjunto de sucesos apilables: ¿quién sufre más? Los hombres se caen más de la escalera, y las mujeres son manoseadas en el tren: ¿quién tiene ventaja? Justamente, analizar los «automatismos impersonales» que nos llevan desde el trabajo de cuidados no equitativo (Vogel12, Bhattacharya13), hacia la brecha salarial (Blau y Kahn14, Goldin15), y desde esa desigualdad de ingresos hacia la desigualdad de poder en el seno de las unidades domésticas (Becker16, Sen17, Agarwal18, Duflo19) nos permite comprender por qué las mujeres «toleran» más la violencia que los varones en la pareja, y por qué sufren más control coercitivo (Stark20, Johnson21) y violencia letal en el seno de la familia. Contraponer esto con la idea de que «los varones mueren más en la calle», a manos de otros varones, es como tratar de analizar las causas del COVID y decir que «no hay pandemia» porque hay más gente que se muere del corazón.
En cuarto lugar, Kreimer dice que «si las mujeres no cobran menos por el mismo trabajo» entonces «no hay patriarcado». Pero aquí el problema, una vez más, no es si las mujeres sufren de una «injusticia» moralmente condenable porque «no reciben lo que merecen por su justa labor» (después no quiere que le cuelgue el sambenito de «liberal»). Aquí el problema es que las mujeres, precisamente por causas que la propia Kreimer reconoce (fundamentalmente la maternidad, aunque no lo único), objetivamente reciben en forma personal mucho menos dinero que los varones: hacen trabajo a tiempo parcial, trabajan en ramas que tienen salarios relativamente bajos, interrumpen sus carreras, etc., etc., etc. Y el problema no es «la justicia» en abstracto: el problema es que la diferencia de ingresos genera una relación de poder asimétrica, que hace que, por ejemplo, si la pareja se separa, la mujer quede en condiciones económicas más vulnerables, como lo demuestra la mayor tasa de pobreza en las familias monoparentales, que son mayoritariamente regenteadas por madres. Así, para explicar estructuras de poder (o sea, para explicar quién tiene la posibilidad de imponer su voluntad contra la voluntad del otro) no importa si «el salario es proporcional» o si «se corrigen variables» (cosa que puede ser útil para otras cuestiones, pero no para esta). Lo que importa es que las mujeres dedican una mucho mayor cantidad de horas de trabajo a tareas que por su naturaleza social (no mercantilizada) no tienen remuneración, en una sociedad en la que el poder lo otorga el dinero. Punto y aparte.
Roxana nos dice que ella, como está «científicamente informada», recurre a índices «objetivos» para demostrar la «desigualdad de género» a nivel mundial. Y recurre, nada más ni nada menos, que al llamado Índice Básico de Desigualdad de Género, diseñado por Stoet y Geary. ¿Qué nos dice este índice? Que «mientras las mujeres enfrentan mayores carencias en naciones menos desarrolladas, los hombres presentan desventajas críticas en sociedades avanzadas»22. ¿En qué se basa ese índice? En tres dimensiones: educación básica, esperanza de vida y «satisfacción subjetiva». Primera dimensión. La escolarización básica, como sabemos, ha avanzado a pasos agigantados en las sociedades capitalistas desarrolladas, y en ella se ha incluido a las mujeres en su proceso de «ciudadanización» plena. Incluso hay investigaciones de la OCDE («Education as a Glance») que plantean que las tasas de graduación femenina superan a las masculinas en casi todos los países miembros. Pero aquí ya aparece un pequeño problema: eso no se traduce en el acceso a puestos de trabajo mejor remunerados en comparación con los varones. Ese sutil problema no lo capta el nivel de educación básica. Segunda dimensión. La esperanza de vida es un indicador que también favorece a las mujeres. Pero la mayor mortalidad masculina está vinculada al sistema inmunológico y hormonal, a mayores conductas de riesgo, a ocupaciones peligrosas o a menor prevención. La enorme mortalidad femenina que ocurría tras los partos se redujo notablemente con los avances médicos del último siglo. Así, las mujeres parecen «correr con ventaja» también en este índice. Sin embargo, esto no nos dice absolutamente nada sobre relaciones de poder y de dominación. Tercera dimensión. «Satisfacción subjetiva» es un índice que permite comprender cómo piensan la sociedad distintos sectores. Pero nada nos dice sobre sus condiciones reales de vida. Amartya Sen, Martha Nussbaum, Daniel Kahneman y Richard Easterlin23 han estudiado con precisión el hecho de que las personas en condiciones de privación ajustan sus expectativas, y eso puede generar niveles de satisfacción relativamente altos y distorsivos.
En resumen, el «Índice de Desigualdad de Género» omite dimensiones tan significativas como ingresos y riqueza, acceso a posiciones de poder, distribución del trabajo remunerado y violencia de género, con lo cual distorsiona el análisis a más no poder. Dice Roxana: «los resultados del análisis indican que la desigualdad de género es un fenómeno multidimensional y complejo que varía según el contexto socioeconómico. En última instancia, se sugiere que el uso de fórmulas estadísticas incompletas distorsiona la realidad social y limita la efectividad de las políticas públicas.»24 Sus propias palabras aplican al propio índice que utiliza.
EL FEMINISMO, O EL «ESTADO DE DERECHO» EN PELIGRO
¿Qué línea política sostiene el planteo de Roxana Kreimer? ¿Es su análisis, en el fondo, liberal? Veamos lo que dice con respecto a mi nota:
Riccioppo sostiene también que mi referencia al Estado de derecho implicaría aceptar el «individualismo liberal». Escribe: «En primer lugar, la filósofa «compra» plenamente el discurso del individualismo liberal, que define al Estado burgués actual como «Estado de derecho», bajo cuya autoridad existen habitantes o ciudadanos con «libertad individual» para elegir «lo que quieren», y que, en todo caso, gozan de ciertos «derechos» reconocidos legalmente por la normativa vigente». El problema es que Riccioppo no cita ningún fragmento de mi libro en el que yo sostenga algo semejante, o que pueda dar lugar a esa interpretación. De hecho, en todo su artículo solo aparecen dos citas relativamente completas de mis textos25.
Muy bien, el problema aquí es que la Kreimer omite precisamente lo que sigue en mi nota:
En segundo lugar, y fiel a este esquema liberal, parece desconocer (o minimizar) los efectos que la estructura social produce en la conducta individual, tal como puede constatarse en la literatura sociológica desde Marx hasta Bourdieu. En tercer lugar, implícitamente toma al sistema político como una creación consciente de las personas (que está en la base del contractualismo clásico) y desconoce (o minimiza) la naturaleza no-coordinada e impersonal del sistema social capitalista, que se basa en una serie de automatismos que no están controlados conscientemente por ningún actor social, sino que se imponen como «rasgos emergentes» (inconscientes, diría Levi-Strauss) con regularidad pero sin la necesidad de que existan «confabulaciones» ni «discriminaciones» deliberadas perpetradas por gente concreta. (…) Este planteo demuestra claramente que la mirada de Kreimer parte de una sociología liberal: somos todos individuos, algunos con más «ventajas», otros con menos, que estamos de algún modo situados unos al lado de los otros en una estructura social que no posee contradicciones y/o antagonismos entre distintos grupos sociales, sino meras «diferencias» de ingresos, de profesiones, de gustos, etc. Este liberalismo «desagrega» la existencia de grupos, de comunidades, de clases, para diluirlas en una «sopa individualista» en la que cada persona nada como puede.26
Roxana dice:
El feminismo liberal no adoptó el concepto de patriarcado, buscó la igualdad jurídica de la mujer mediante el acceso al voto, a la educación, al derecho de propiedad, a los derechos reproductivos y, en términos generales, a la igualdad ante la ley. La palabra liberal aquí debe ser asociada a la conquista de derechos y a las libertades republicanas y no, tal como es entendido este concepto en Argentina, como un modelo de Estado mínimo y políticas de libre mercado.27
Entendemos que Roxana no es una «libertaria». Podría argumentarse que esta es una frase que simplemente está describiendo al feminismo liberal, pero casualmente esta descripción se ajusta bastante bien a la propuesta kreimeriana: igualdad jurídica, sumada al reconocimiento de «derechos y libertades». Claro, ella no se queda solo con los «derechos de primera generación», sino que también es partidaria de los de «segunda generación» (derechos laborales y sociales). En su «Respuesta a…», señala:
Otra posibilidad es que Riccioppo esté pensando en la crítica formulada por Marx en «La cuestión judía» (1844), donde cuestiona las declaraciones de derechos de la Revolución Francesa por considerarlas insuficientes y por limitarse a defender al «hombre egoísta» burgués, si estos derechos no son acompañados por derechos económicos y sociales como la vivienda o la salud. Comparto en parte esta crítica, y en mi libro no legitimo derechos liberales que no estén acompañados por derechos sociales.28
¿En qué lugar de «Sobre la cuestión judía» dice Marx que hay que «acompañar» a los derechos cívicos con «derechos económicos y sociales»? En ninguno. Decía Marx:
Ninguno de los llamados derechos del hombre trasciende al hombre egoísta, al hombre como miembro de la sociedad civil; es decir, un individuo retraído en sí mismo, dentro de los límites de sus intereses y caprichos privados, y separado de la comunidad. En los derechos del hombre, este dista mucho de ser concebido como un ser de la especie; por el contrario, la vida misma de la especie, la sociedad, aparece como un marco externo a los individuos, como una restricción de su independencia original. El único vínculo que los mantiene unidos es la necesidad natural, el interés privado y la preservación de su propiedad y de su egoísmo.29
Kreimer convierte a Marx en un amable socialdemócrata. El problema es que entre la crítica que hace Marx en «La cuestión judía» y la propuesta política de Kreimer hay un abismo más grande que la fosa de las Marianas. Porque justamente donde Marx denuncia la naturaleza burguesa del Estado moderno, sostenida en que los vínculos entre las personas aparecen siempre mediados por la mercancía, Kreimer ve a un «hombre egoísta» que debe ser corregido por «derechos sociales». El abismo entre la revolución socialista y el reformismo socialdemócrata. La cuestión de fondo es que ese reformismo «rosado» sigue teniendo como base la concepción liberal que cree en el «individuo libre» actuando en sociedad.
Por eso Kreimer dice:
Las mujeres son libres para elegir los trabajos que quieren desarrollar, y si no prefieren en promedio lo mismo que el varón, es por una conjunción de factores biológicos, psicológicos y culturales, y no por discriminación o sólo por reproducción de estereotipos. Destacamos asimismo en el capítulo sobre los derechos del varón todas las circunstancias en las que ellos padecen sexismo y desventajas.30
Y también dice:
La hipótesis que el informe no contempla es la que supone la libre elección de mujeres autónomas, el mayor apego de las mujeres y de los mamíferos en general por el cuidado de sus crías, interés que está presente en la sobrerrepresentación femenina en profesiones y oficios vinculados con la salud y la educación.31
Para que no tengamos dudas, reafirma:
La mayor o menor participación femenina en ciertas áreas y especialidades, y la menor producción teórica, contribuyan a explicar las diferencias de participación de hombres y mujeres en cargos jerárquicos del sistema judicial, que como hemos visto no es uniforme, puesto que en algunas áreas hay más mujeres que varones en los cargos jerárquicos. Esto reforzaría la evidencia que descarta la hipótesis del sexismo en favor de la hipótesis de la preferencia o de la libre elección de las mujeres.32
Que las mujeres eligen «libremente» su destino en las sociedades capitalistas contemporáneas es algo de lo que Kreimer no parece tener dudas. Quizás las únicas coacciones que pueden sufrir las féminas son fruto del autoritarismo, el sexismo discriminatorio, o restricciones legales o amenazas violentas que, por ser un fruto estrictamente individual y no estructural, simplemente deben ser denunciadas en forma personal.
No puede dejar de sorprender que queriendo empoderar a las mujeres, el feminismo hegemónico niegue la autonomía de su voluntad. Si no eligen igual que un varón y prefieren disciplinas típicamente femeninas, conjeturan que están alienadas por los estereotipos del patriarcado. A sus ojos son como niños que no saben lo que es bueno.33
¿Qué hay de la «división sexual del trabajo»? ¿Hay aquí alguna cuestión estructural, quizás el problema de la reproducción social con la forma de la familia privada, quizás la especialización en las tareas de cuidado imposibles de delegar en ese esquema? ¿Hay alguna cuestión que nos recuerde siquiera lejanamente los trabajos de Lise Vogel, Silvia Federici, Tithi Bhattacharya, Cinzia Arruzza, Mariarosa della Costa o Johanna Brenner? ¿Será un horizonte legítimo la socialización cada vez mayor de los trabajos de cuidado? No. Kreimer dice:
Subrayo la posibilidad de una consensuada división del trabajo por la cual los hombres trabajen más horas fuera de casa y las mujeres consagren más horas a la tarea doméstica y de cuidado, no porque la sociedad o su marido se lo impongan, sino porque ellas lo prefieren así. ¿Coincide en parte con los estereotipos? Puede ser. ¿Pero cuál sería el argumento para invalidar de plano todo estereotipo? El problema no son las generalizaciones -de las que el estereotipo da cuenta-, sino en tal caso las que resultan inadecuadas. Nada de esto tampoco va en desmedro de que, si la división de tareas fuera desigual —sea porque ellos deberían participar más del cuidado o del trabajo doméstico en general, o porque ellas deberían trabajar más horas fuera de casa, especialmente cuando sus hijos crecen—, se demande un equilibro en los acuerdos que formula cada pareja para la vida en común, pero en ejercicio de su autonomía las personas son libres de establecer la división del trabajo que les venga mejor en función de sus deseos y posibilidades.34
Es a ese «consenso» del «contractualismo familiar» al que me refiero como parte de una «sociología liberal». Una vez liberados de las leyes discriminatorias y del sexismo, cada quien hará «lo que le venga en gana».
Por supuesto que, una vez construida esta concepción sociológica (la del contractualismo más derechos, digamos), la defensa del «Estado de derecho» se impone como consecuencia casi necesaria. Cabe aquí aclarar que el concepto de «Estado de derecho», entendido como un conjunto de principios formales universales (generalidad, publicidad, previsibilidad, no arbitrariedad, coherencia de las normas, procedimientos democráticos) podría ser compatible con tipos de Estado no capitalistas (Lon Fuller, Jürgen Habermas). Pero si ese conjunto de procedimientos es defendido junto con una idea de igualdad formal (en la que todos los individuos son tratados como iguales abstractos) en contraposición a la igualdad sustantiva (que reconoce que existen posiciones desiguales materiales previas), entonces sí estamos en presencia de una defensa de esta forma particular del Estado burgués.
Como veremos, la objeción de Kreimer a figuras como el femicidio no se deriva del concepto de «Estado de derecho» en sí mismo, sino de una interpretación particular de la igualdad ante la ley, propia del liberalismo clásico, que concibe a los individuos como sujetos abstractos. Sin embargo, otras tradiciones jurídicas, incluidas aquellas compatibles con un «Estado de derecho no capitalista», admiten que la igualdad puede requerir tratamientos diferenciados cuando existen patrones sistemáticos de violencia o subordinación. Pero justamente esta concepción es, para Kreimer, la destrucción de su propia concepción de lo que es un «Estado de derecho».
Dice Kreimer:
La consigna del feminismo hegemónico «Yo te creo, hermana», que equivale a creerle a una persona por el mero hecho de pertenecer a un sexo determinado, tira por la borda los pilares del Estado de derecho, garantías constitucionales básicas que presuponen un marco de racionalidad y objetividad, una actitud incompatible con la de creer a ciegas en virtud de la pertenencia a un grupo.35
OK. Aquí, en primer lugar digamos que el «Yo te creo, hermana», que es una consigna que implica invitar a la generalización de la actitud social de romper el aislamiento a que eran sometidas muchas víctimas de abuso, si bien puede malinterpretarse, no propone la acusación sin pruebas, sino una perspectiva que cambie la manera en la que son abordados los casos, contrapuesta a la idea de la «sospecha sistemática» (¿hiciste algo para que te violara?). Pero para Kreimer esto «echa por la borda la «racionalidad y objetividad» del «Estado de derecho», o sea, del derecho burgués, el mismo que critica Marx al ver cómo se enseñorea la desigualdad debajo del manto de igualdad de la ley.
Con el propósito de proteger a la mujer mediante procedimientos cuestionables, se está perjudicando a miles de hombres que pierden el derecho a la dignidad mediante escraches públicos, pierden su libertad, tiempo y dinero. De esta manera se retrocede en lugar de avanzar en favor de la igualdad ante la ley dentro del marco que establece el Estado de derecho.36
Por si no nos quedaran dudas de cómo han avanzado las libertades individuales en el mundo burgués contemporáneo, Kreimer, cuando critica a las «ecofeministas», reafirma:
Y de lo que no hablan […] es de cómo es esa misma racionalidad occidental la que permitió que hoy haya más mujeres que gozan de libertades que en ninguna otra época de la historia de la humanidad.37
No parece estar defendiendo aquí un modelo de racionalidad socialista alternativo al del capitalismo. Las libertades son su logro. Bueno, se nos dirá, es verdad que en el avance del capitalismo las formas de dependencia personal (esclavitud, servidumbre, peonaje por deudas) han perdido terreno ante la «libertad» propia de la clase obrera, libre de morirse de hambre bajo un puente si quiere. Por eso quizás Kreimer se preocupe por algunas libertades obreras fundamentales, amenazadas por el feminismo moderno:
Dos vertientes feministas afectaron y buscan afectar libertades garantizadas por las constituciones modernas: el feminismo radical y su pretensión de prohibir el porno, y el feminismo abolicionista y su pretensión de prohibir el trabajo sexual38.
Pornografía y prostitución, así hermanadas como libertades constitucionales, deberían ser defendidas por un «feminismo científicamente informado».
Tanto en el caso de la pornografía como en el del trabajo sexual, la búsqueda de una actividad mejor remunerada que otras parece ser la motivación principal de quienes la ejercen. Ampliar las posibilidades laborales para hombres y mujeres es un camino para que, por ejemplo, una persona no deba apelar al trabajo sexual como una de las escasas vías para obtener ingresos económicos. Pero negar que puede haber actrices y actores porno o trabajadoras sexuales que ejercen ese trabajo por propia voluntad y prohibirlo, lejos de ayudarlos, podría afectar todavía más su economía precaria y favorecer la intromisión del Estado en la esfera de los derechos individuales.39
A esto es a lo que me refiero como la situación por la que Kreimer compra «el discurso del individualismo liberal». En lugar de observar, medir y analizar las razones estructurales que llevan a que millones de mujeres, por la más pura necesidad económica, «elijan» una actividad degradante como la prostitución, para encontrar soluciones alternativas que disminuyan esa práctica, Kreimer cree que, tratando de «prohibir» la prostitución y la pornografía, el malvado Estado se «entromete» en el derecho individual de las mujeres prostituidas a una «mejor remuneración».
Los pasajes citados ponen en evidencia que la crítica de Kreimer no se limita a señalar excesos o errores del feminismo contemporáneo, sino que se inscribe en una defensa normativa del Estado liberal (quizás un «social liberalismo» con «derechos de segunda generación») como forma privilegiada de organización social. La centralidad que otorga al Estado de derecho, a la igualdad formal ante la ley y a las garantías individuales como criterio de racionalidad política implica una reducción del conflicto social a desvíos procedimentales, dejando fuera del análisis las estructuras de poder y las condiciones materiales que esos conflictos expresan. En este marco, el feminismo legítimo queda redefinido como aquel compatible con el orden constitucional, mientras que las corrientes que lo cuestionan son caracterizadas como amenazas a las libertades. Lejos de ser una posición neutral o puramente empírica, se trata de una toma de partido en favor de un modelo histórico específico: el Estado burgués liberal, presentado como horizonte racional universal.
LA BRECHA SALARIAL: LA MANO INVISIBLE DEL PATRIARCADO
Dice Kreimer que «una de las razones por las cuales Riccioppo sostiene que existe el patriarcado es porque hay “desigualdades en el ingreso: brecha salarial y techo de cristal”»40. En rigor, eso es verdad, aunque no constituye toda la explicación. Pero comencemos por el principio.
En su texto parece reconocer que la brecha salarial entre hombres y mujeres no proviene de una desigual paga por el mismo trabajo. También admite que las cifras que habitualmente se difunden sobre la brecha salarial no suelen ajustar variables relevantes, como el hecho de que, en promedio, las mujeres tienden a elegir trabajos con menor remuneración o a trabajar menos horas fuera del hogar. Sin embargo, el único estudio sobre brecha salarial que Riccioppo menciona es uno realizado en España. En su artículo no aparece un solo comentario ni una sola crítica a las más de cuarenta fuentes y estudios específicos sobre el tema salarial que cito en el capítulo VI de mi libro, donde analizo la brecha salarial en decenas de países. Respaldándose en ese único estudio sobre España, Riccioppo sostiene que, aun controlando variables, la brecha salarial se reduce a una diferencia cercana al 5%, mientras que cuando no se controlan variables oscila entre el 10% y más del 40%. El problema es que el artículo que cita controla únicamente dos variables: tiempo de trabajo y tipo de empleo. Sin embargo, existen otras variables relevantes. Por ejemplo, si las personas tienen hijos a cargo, la transferencia de recursos dentro de la pareja en economías domésticas compartidas o la distancia entre el hogar y el lugar de trabajo. Cuando se convierten en padres, los hombres tienden con mayor frecuencia a aceptar empleos que se encuentran más lejos de su casa que los que suelen elegir sus mujeres.41
Pasemos a explicar primero lo elemental. La «brecha salarial» es real y determina que las mujeres asalariadas, en números agregados, reciben a título personal aproximadamente, y según los países, entre un 10% y un 40% menos dinero que los varones. En mi nota menciono un estudio, que puede ser complementado por muchos otros -O’Neill y Polachek, (1993), Weichselbaumer y Winter-Ebmer (2005), Elvira y Graham (2002), Boll y otros (2017) o Marie y Leth-Petersen (2017)-42 que demuestran que, aún corrigiendo ciertas variables, la brecha sigue existiendo. Aquí Kreimer da una serie de razones que podrían explicar esa brecha «inexplicada», y no tengo ningún problema en tomarlas como explicaciones probables que acerquen luz al «misterio». Con esto quiero decir que no necesariamente esa brecha es resultado de «discriminación» o «sexismo» en el mercado laboral (aunque no los excluye), sino que puede deberse a factores «estructurales» no contemplados. Independientemente de que mi nota tenga una sola fuente (acorde con su formato de pronunciamiento político, ya que no es un paper académico), la cuestión es que el dato es correcto, y punto.
Pero lo más importante no es si la «brecha corregida» es mucha o poca. Lo importante es la brecha original, aunque no lo parezca. Veámoslo más detenidamente. En primer lugar, al «ajustar variables», Kreimer reconoce y documenta ampliamente que la principal razón por la cual la diferencia salarial «no corregida» es notoria es la maternidad. No citaré en extenso a Roxana, porque sobreabunda en ese tipo de datos:
Un estudio que analizó los ingresos en Dinamarca entre 1980 y 2013 observó que la mayor parte de la desigualdad de ingresos entre hombres y mujeres se debe al momento en el que las mujeres se convierten en madres.43
En Gran Bretaña el Institute for Fiscal Studies publicó en 2016 un informe sobre la brecha salarial y concluyó también que cuando las mujeres tienen un hijo su salario en promedio desciende 10% en relación al de los hombres, que ellas trabajan menos horas y cuando el niño alcanza los 12 años su salario es en promedio 30% inferior al de los hombres.44
No discrepamos en nada con Roxana en estas conclusiones.
Sin embargo, partiendo de los mismos datos, nuestra interpretación no puede ser más dispar. ¿Por qué? Porque Kreimer, igual que muchos otros investigadores, pone el acento en que hay que hacer «ajuste de variables» ya que lo que pretende dilucidar es si la remuneración salarial de las mujeres es «justa» o «injusta» (en términos marxistas, podríamos decir, si se ajusta o no a la ley del valor). Así, si la diferencia en la sumatoria de salarios globales favorece a los varones porque estos trabajan más horas como asalariados, o porque ocupan puestos que demandan una mayor calificación (trabajos complejos), entonces, en el «reino de la justicia mercantil» de Kreimer, no hay nada que reprochar: «tú trabajas más, varón; tú ganas más: aquí nadie obliga a nadie, aquí no hay patriarcado». Pero aquí se pierde de vista que la diferencia salarial, sumada a la menor participación femenina en el trabajo remunerado, genera una brecha de ingresos aún mayor, y que todo esto se traduce en una brecha de patrimonio persistente y sólida45.
Dice Kreimer en su «Respuesta a…»:
Riccioppo afirma además: «La elección femenina está profundamente condicionada por la maternidad, y esto implica desigualdad de remuneraciones y desigualdad en el control del poder». En este punto coincido con él, aunque no lo mencione. Esta es precisamente la clave del fenómeno de la brecha salarial, tal como lo señaló Claudia Goldin, ganadora del Premio Nobel por haber identificado empíricamente esta variable.46
Si Roxana coincide conmigo en que la maternidad, en la sociedad capitalista actual, implica desigualdad de remuneraciones y desigualdad en el control del poder, pues entonces está de acuerdo con uno de los elementos centrales de la tesis feminista del «patriarcado»: debido a un hecho biológico (la maternidad) existente en el seno de una estructura social (el capitalismo), el ingreso y el poder están distribuidos de manera desigual entre varones y mujeres. ¿Está entonces Kreimer de acuerdo con nosotros, como puede aparecer a priori? Vamos a ver que no.
Precisamente por esta razón sostengo que uno de los temas pendientes en la agenda de género es el «mejoramiento de la remuneración de los trabajos que más frecuentemente desarrollan las mujeres, asociados a la educación y al cuidado de personas y no a la tecnología», algo que Riccioppo omite mencionar. En ese mismo pasaje agrego que «ser psicóloga, médica, veterinaria o bióloga —todas carreras con un mayor porcentaje de mujeres— no es menos valioso que ser físico, matemático o ingeniero».47
Analicemos esta frase porque, pese a que pareciera coincidir con nuestros planteos, en ella radica buena parte de nuestras diferencias. Roxana piensa que el precio de un determinado tipo de fuerza de trabajo depende de su estima social: «luchemos porque a las biólogas les paguen más, porque se lo merecen». Teoría subjetiva del valor en su esplendor. Nosotros creemos, por el contrario, que el salario, que oscila alrededor del valor de la fuerza de trabajo, depende de la magnitud de tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Esto quiere decir que el monto de los salarios está determinado, en su base, por lo que Marx llamaba «factores biológicos» (la necesidad de alimentarse, alojarse, criar a los hijos etc.), a lo que se suma una cifra asociada a la complejidad del trabajo (insumos educativos, insumos profesionales), y también los «factores histórico-morales» (que hacen que sean distintas las necesidades sociales según el país o la época histórica). Todos estos factores son objetivos, y se originan en las condiciones materiales concretas en las que se desenvuelve al trabajo asalariado explotado por el capital. O sea que, en promedio (porque así se determinan los salarios), un profesional universitario gana más que un cajero de supermercado, un trabajador que necesita más alimentos para sobrellevar su actividad regular gana más que uno que no necesita de esa cantidad de calorías, y un obrero que vive en el África Subsahariana gana menos que otro que vive en Nueva York. Por más que los progresistas del mundo se juntaran para demandar una «mejor remuneración» para las obreras no calificadas empobrecidas de Angola, claramente la lógica del sistema capitalista se encargará de que los capitales pequeños, que no pueden sostener salarios altos, procedan a fundirse y destruir los salarios tan duramente conseguidos por nuestras obreras angoleñas, que probablemente emigrarán a mercados más potentes.48
¿Qué tiene que ver todo esto con el salario de las mujeres? Mucho. ¿Por qué? Porque la evidencia científica muestra en forma robusta que hay procesos reconocidos por análisis tales como la «teoría de la devaluación por feminización». Investigaciones como la de Levanon, England y Allison (2009)49, basadas en datos longitudinales de medio siglo, muestran que el salario promedio de una ocupación tiende a disminuir a medida que aumenta la proporción de mujeres que la integran, incluso tras controlar por educación, experiencia y tipo de tareas. Este resultado cuestiona directamente las explicaciones basadas en elecciones individuales, ya que indica que el valor económico del trabajo no es independiente de su composición de género, sino que está sujeto a procesos de devaluación asociados a la feminización. ¿A qué se debe esta devaluación del salario en ramas feminizadas? A la mismísima ley del valor, postulada por Marx. Sigamos este derrotero: tenemos una rama cualquiera en la que la mayoría de los trabajadores son varones. Se produce en la rama alguna de estas transformaciones: expansión, caída de la rentabilidad, cambio tecnológico. Esto genera presión a la baja sobre los salarios, estandarización de tareas y/o pérdida de autonomía profesional. En este contexto, las mujeres ingresan en mayor proporción, porque hay menores barreras a la entrada, porque los puestos más estandarizados se flexibilizan y permiten trabajo a tiempo parcial. El trabajo empieza a ser percibido como «femenino», menos técnico, y los salarios a la baja se estancan. Los varones comienzan a retirarse de ese tipo de ocupaciones, y «se fugan» a ramas mejor pagas.
Señala Nicolás Águila:
El valor de la fuerza de trabajo de la familia obrera se distribuye (…) entre más de uno de sus miembros, generando una reducción del salario del varón adulto lo cual, a su vez, genera una liberación de plusvalía, dado que permite expandir la cantidad de obreros y el grado de explotación de cada uno (al tener un valor individual menor). Teniendo en cuenta que el proceso de compra-venta de la fuerza de trabajo, como toda compra-venta de mercancías, se realiza de manera privada y atomística, la forma normal de regularlo es de manera indirecta. Esto es así, ya que el capital total de la sociedad no tiene forma de dirimir la condición individual de cada vendedor de fuerza de trabajo, por lo cual, la regulación del proceso se realiza justamente a la inversa, es decir, borrando las singularidades, imponiendo una norma bajo la forma de un promedio. Dado que la condición normal sigue siendo que una cantidad relativamente mucho mayor de varones adultos se comporten como vendedores de fuerza de trabajo, el promedio del salario de los varones tiene que ser mayor al de las mujeres. Esto se debe a que el primero presupone la manutención de la mujer, que en su generalidad no trabaja; mientras que el segundo no supone la manutención del varón, dado que en su generalidad sí trabaja. En esto, encontramos una explicación del por qué de la existencia de brechas salariales que supera la forma concreta en la cual se presentan, es decir, la discriminación por ser mujer. Incluso más, la idea misma de brecha salarial presente en la economía feminista, refiere a una idea de salario con determinación individual que, desde nuestra perspectiva, es contario a la idea de valor de la fuerza de trabajo presente en Marx50.
Concluimos: el valor de la fuerza de trabajo no es un resultado de «voluntades individuales» por ganar la «valoración subjetiva» de la sociedad, sino fruto de una estructura propia del modo de producción. Y ha generado, hasta ahora, diferencias en los salarios recibidos por varones y mujeres. Esas diferencias, sin embargo, en la mirada de Kreimer no son más que consecuencias de decisiones personales «en busca de la felicidad». Citando a una investigación británica de 2019, dice:
Los hombres en promedio mostraron la mayor satisfacción si trabajan a tiempo completo, sin horas extras, pero ni su satisfacción laboral ni su satisfacción con la vida en general se vieron afectadas por la cantidad de horas que trabajan. Sólo les afectaba carecer de trabajo. Sin embargo, las mujeres prefirieron los trabajos a tiempo parcial, y el nivel de satisfacción que tenían con su vida en general no se veía afectado por las horas de trabajo. Las mujeres sin hijos no se preocupaban por sus horas de trabajo en absoluto, mientras que las mujeres con hijos eran significativamente más felices si tenían un trabajo, independientemente de cuántas horas les ocupara. La autora del artículo, Alison Booth, de la Universidad de Essex, comenzó a trabajar a tiempo parcial cuando tuvo el primero de sus dos hijos, y luego volvió a un trabajo de jornada completa. Su conclusión fue: «Las mujeres prefieren trabajos de tiempo parcial. Las mujeres con niños son significativamente más felices si tienen un trabajo. Quieren encontrar un trabajo significativo pero que sea posible realizarlo alrededor de su vida hogareña». La investigadora se sorprendió con el hallazgo, ya que los trabajos de tiempo parcial tradicionalmente han estado peor pagos y vinculados con trabajos no calificados.51
Presentándolo así, ¿quién se atrevería a desafiar la felicidad colectiva de millones de hombres y mujeres que «deciden libremente» trabajar de esa manera? Kreimer es categórica (p. 279):
Sin considerar estos tres elementos (preferencias, común acuerdo, transferencias), no es posible hablar de desigualdad de género, salvo que se considere que la mujer no es un ser autónomo, capaz de efectuar elecciones libres, y que si no elige trabajar la misma cantidad de horas que un varón y si no opta por los mismos tipos de trabajo que elige un varón, estamos ante un problema. El feminismo hegemónico parece sugerir esto último: si hombres y mujeres no realizan elecciones idénticas, estamos ante una situación de injusticia. Con este razonamiento en realidad se genera una lógica inversa a la de la igualdad de derechos que originariamente propulsó el feminismo, que no debe ser confundida con la igualdad identitaria sino con la de individuos autónomos que deben ser respetados en sus decisiones.
¡Y después no quiere que la motejemos de «liberal»!
Kreimer dice en su respuesta:
Riccioppo parece suponer que, si una mujer que se convierte en madre decide dedicar más tiempo al cuidado de sus hijos y trabajar menos horas fuera de su casa, esto constituye necesariamente una expresión de ideología liberal. Escribe: «Aquí Kreimer se pone la camiseta liberal porque dice que las mujeres quieren trabajar menos horas porque son madres y criar a un hijo da mucho trabajo».52
Pero esta cita tergiversa lo que digo, que cito textualmente:
Aquí Kreimer se pone una vez más la camiseta liberal y dice que «las mujeres quieren trabajar menos horas» porque «son madres y criar un hijo es mucho trabajo». Así, de este modo, despacha a la brecha salarial como resultado de una «elección individual libre» propia de «sociedades avanzadas modernas». El argumento central es que entonces no hay «discriminación» sino «preferencia». Muy bien, comencemos cuestionando esta idea: el patriarcado no necesariamente implica «discriminación», sino que es un conjunto de instituciones que arroja resultados regulares. Por más que nadie discrimine a nadie en el trabajo, la elección femenina está profundamente condicionada por la maternidad, y esto implica desigualdad de remuneraciones y desigualdad en el control del poder y en la jerarquía. ¿Puede no verse esto y «naturalizarse» diciendo que es una simple «elección libre»? Sí, claro, de la misma manera que la mayoría de aquellos que crecen en condiciones educativas precarias «eligen» trabajos mal pagos y de baja calificación y «no tienen deseos» de estudiar.53
Lo que yo digo no es que una mujer se convierte en liberal porque quiere cuidar a sus hijos (por otra parte, ¿podría hacer otra cosa?), sino que es Kreimer la que adopta un contractualismo de raíz liberal argumentando que las elecciones de las mujeres son «libres», frutos de una «autonomía» individual. O sea, una versión de género comparable al tristemente célebre «acá no estudia el que no quiere», o peor, al «acá es pobre el que quiere».
Profundiza Kreimer:
Mi afirmación no expresa un juicio normativo ni un deseo personal, sino la síntesis de numerosos estudios internacionales que muestran que, cuando se convierten en madres, muchas mujeres prefieren trabajos a tiempo parcial. En el libro cito ocho informes y estudios internacionales que respaldan esta afirmación. Al igual que en el ejemplo que puntualicé párrafos atrás, Riccioppo interpreta la cita de un estudio como un aval valorativo o normativo de sus resultados.54
Pero en su libro dice:
¿Tiene sentido esta asimetría según la cual en promedio las mujeres trabajan menos horas que los varones? Hay evidencia de que tanto en animales no humanos como entre seres humanos, las hembras asignan más valor al rol de proveedores de los machos. Quizás la humanidad no hubiera llegado hasta aquí sin esa distribución de roles, particularmente en especies como la nuestra que, al igual que la mayoría de las especies, suponen una mayor inversión parental por parte de las hembras (más tiempo de gestación y de cuidado hasta que la cría sea autónoma). ¿Tiene sentido que esta asimetría continúe? Este es un tema más arduo de elucidar, especialmente cuando en muchos países hay ayudas económicas estatales para la crianza de los hijos. Sin embargo, aún así, pareciera que si una mujer tiene uno o dos hijos, al transitar por etapas de mayor vulnerabilidad en el embarazo, en la lactancia y en el período de cuidado posterior, aún cuando cuente con la ayuda del padre, disponer en lo posible de mayores ingresos económicos suministrados por su pareja no suena poco razonable. Si se trata de un acuerdo explícito o tácito de división del trabajo, no sólo debe ser respetado, sino que puede resultar un buen acuerdo, que no necesariamente debe quedar establecido de ese modo para el resto de la vida, cuando los hijos han crecido.55
Si yo digo que algo es bueno, ¿no lo avalo?
Aquí uno de los problemas es que no se tiene en cuenta en absoluto los procesos de internalización de mandatos sociales: aquí la larga tradición de pensadores como Pierre Bourdieu (con su concepto de habitus), Antonio Gramsci (con su concepto de hegemonía), Herbert Marcuse (con su concepto de falsa conciencia), John Jost (con su concepto de system justification), o Erving Goffman (con su análisis de la internalización del estigma)56 a Roxana le pasan por el costado, dispuesta a defender a capa y espada las «decisiones libres» de muchas mujeres, incluso las más oprimidas por el sistema.
Juzgar como resultado del sexismo lo que podría obedecer fundamentalmente a la elección que en promedio realizan las mujeres, que no es idéntica a la que realizan los hombres, podría ser entendido como una forma de paternalismo y sexismo en sí misma. La mujer sería vista como alguien privado de autonomía, incapaz de seguir su voluntad, puesto que unos estereotipos la dominarían y le ordenarían las conductas que está obligada a observar.57
Pero no podemos pasar por alto que la aceptación subjetiva de situaciones objetivamente desventajosas no constituye una anomalía, sino un fenómeno ampliamente documentado en la teoría social. Las estructuras de dominación operan también a nivel de la subjetividad, produciendo disposiciones, creencias y formas de identidad que llevan a los individuos a percibir como legítimo el orden que los subordina. En este sentido, la satisfacción con la propia situación no puede ser tomada como evidencia de igualdad o justicia, ya que puede ser el resultado mismo de los mecanismos de reproducción social.
Y por si esto no fuera suficiente, el pequeño problema es que esos «acuerdos libres» entre varones y mujeres vendedores de sus fuerzas de trabajo, como reconoció la misma Kreimer, no son inocuos en términos de poder, y «esto implica desigualdad en el control del poder». Explicaremos por qué.
AUNQUE NO LO VEAMOS, EL TECHO SIEMPRE ESTÁ
En su libro El patriarcado no existe más, Roxana Kreimer sostiene lo siguiente:
Reconocer las raíces de nuestra especie en términos evolutivos es el punto de partida para debatir este tema, no porque estemos determinados por la biología, sino justamente porque no se trata de un punto de llegada sino de un debate extenso que debería tener como objetivo el establecimiento de políticas públicas basadas en una perspectiva científicamente informada. Pero sin una visión adecuada de la naturaleza humana, valiéndonos del reduccionismo sociológico, esto no será posible. En virtud de todo esto, propongo abandonar la tesis del «techo de cristal» y, en caso de que haya puntualmente evidencia de discriminación en un caso particular, denunciarla58.
Anótese bien: abandonar la tesis del «techo de cristal».
Comenzamos con esto porque el llamado «techo de cristal» es un fenómeno tan bien documentado que hoy por hoy muy pocos lo ponen en duda. Investigaciones de Albrecht (2003), Arulampalam (2007), Francine y Kahn (2017), Lazear (1981), Bjerk (2008), Kleven (2019), Bertrand (2010)59, y muchos más, corroboran que el acceso de las mujeres a los escalones más altos de la actividad empresarial se va haciendo más pequeño en la medida en que se va escalando en puestos de mayor prestigio, dinero y poder. Así, cuando hablamos de «techo de cristal», no estamos describiendo una percepción, sino un fenómeno empíricamente medido en múltiples ámbitos: empresas, burocracias estatales y, de manera muy clara, en la política. A nivel global, las mujeres representan alrededor del 40% de la fuerza laboral, pero su presencia cae drásticamente a medida que se asciende en la jerarquía. Por ejemplo, en las grandes corporaciones de Estados Unidos, solo alrededor del 10–11% de los CEO de empresas Fortune 500 son mujeres60. Este patrón ha sido estudiado sistemáticamente. Pero quizás el dato más fuerte es que este fenómeno no se limita al mundo empresarial: se replica en la política. Según datos internacionales analizados por el Council on Foreign Relations, las mujeres ocupan aproximadamente 22-27% de las bancas parlamentarias, 21% de los cargos ministeriales y 23% de los puestos en las cortes supremas61. Y lo más relevante: poquísimos países en el mundo han alcanzado la paridad real en alguno de estos niveles de poder62. Incluso más: en decenas de países, la representación femenina en parlamentos está por debajo del 10%. Esto es clave, porque muestra que el «techo de cristal» no es un fenómeno sectorial, sino transversal a distintas instituciones sociales, con independencia del nivel de desarrollo económico, aunque la brecha se ha reducido significativamente en las últimas décadas: de 5% de representación parlamentaria en 1950 a 27% en la actualidad63. Brecha demasiado constante para ser un resultado aleatorio de decisiones individuales y demasiado cambiante en su tendencia actual como para ser un fenómeno fundamentalmente «natural».
Por lo tanto, lo que está en discusión no es el fenómeno del «techo de cristal», como sugiere Kreimer en su libro, sino las causas de dicho «techo de cristal». Y esto es decisivo. Dice Kreimer:
Inferir discriminación a partir de elecciones diversas que realizan las mujeres en relación a los hombres, suponer que las mujeres siempre deben estar dispuestas a hacer del trabajo su principal objetivo de vida, que las madres necesariamente desean delegar el cuidado de sus hijos por largas horas no parece el análisis más plausible del fenómeno que ha sido denominado «techo de cristal», y que busca graficar una voluntad femenina que se vería obstruida de alcanzar los cargos jerárquicos más altos de la sociedad. La mayoría de las mujeres, tal como surge de la evidencia disponible, prefieren un trabajo de tiempo parcial que les deje espacio para fines extrínsecos al mercado laboral y, cuando son madres, para involucrarse en la vida de sus hijos. Esa forma de concebir el trabajo implica a menudo rechazar las responsabilidades que implican los cargos de máxima jerarquía.64
Para Kreimer, entonces, la «idea pseudocientífica» del «techo de cristal» solo debería ser un problema «feminista» objetivo si fuera resultado de alguna forma de discriminación (una vez más, aquí ronda la idea del «patriarcado como conspiración consciente de los varones para discriminar a las mujeres»), pero como es el resultado de «elecciones libres», de «preferencias individuales», entonces ya no debería esto ser interpretado como una cuestión estructural a modificar. Lo dice explícitamente:
La falta de rigor y las distorsiones cognitivas en el manejo de los datos se ven reflejadas en tres temas que forman parte del núcleo duro de los reclamos del feminismo hegemónico: (1) el «techo de cristal», que es el supuesto sexismo que regiría para el acceso de mujeres a cargos jerárquicos, (2) la brecha salarial, y (3) la violencia que padecen las mujeres.65
Para Kreimer, «techo de cristal» es igual a «sexismo». Si no hay «sexismo», no hay techo de cristal patriarcal. Desaparecen aquí todas las determinaciones sociales impersonales que reconocía en su «Respuesta», que ya citamos.¿En qué quedamos?
Tanto identifica al «techo de cristal» con el «sexismo» que, al presentar contraejemplos según los cuales se falsa la hipótesis, nos otorga una larga lista de sectores en los cuales las mujeres sí llegan a cargos altos. Esto, obviamente, desmiente la hipótesis de paja que ella utiliza: que el problema fundamental es la discriminación consciente. Pero no refuta la hipótesis más importante, la que afirma que las causas de ese «techo de cristal» no están en la ideología (aunque lógicamente algo de ideología siempre se va a filtrar) sino en el funcionamiento mismo del mercado.
El error de fondo es este: confundir poder dentro de un sector con poder en la estructura social. Porque, que haya mujeres dirigiendo enfermería o educación primaria o recursos humanos no dice nada sobre quién controla el capital, quién dirige a las grandes empresas ni quién ocupa posiciones de decisión macro. Lo que describe Kreimer es, en realidad, algo bien conocido: la segregación ocupacional por género, pero esos sectores feminizados o masculinizados no tienen el mismo poder (bajos salarios en educación inicial, enfermería subordinada a medicina, rol auxiliar de RR.HH. en las empresas). Incluso donde hay «jefaturas femeninas», estas suelen ser intermedias, subordinadas o confinadas a esos sectores feminizados.
Con esto borra algo clave: el patriarcado no implica ausencia total de poder femenino en toda la realidad social, sino la distribución desigual del poder socialmente relevante. Así, los que deciden mayoritariamente sobre políticas públicas y económicas, sobre qué guerras comienzan y qué guerras terminan, sobre cuánto se invierte en distintas esferas de la economía, sobre qué agenda mediática se impone, sobre a quién se encarcela o a quién se le da voz, etc., son, hoy por hoy, varones. He ahí la verdadera importancia del «techo de cristal».
El capítulo V es uno de los más originales del libro ya que, además de evaluar diversos estudios científicos, analiza en forma directa datos provenientes de diversos ámbitos en los que es posible observar que no hay evidencias que permitan sostener que a las mujeres las discriminan, impidiéndoles ocupar cargos jerárquicos. Las jefaturas de hombres y mujeres tienden a ser proporcionales a la cantidad de hombres y mujeres que ocupan un área laboral y, por otra parte, el hecho de que la mayoría de las mujeres sean madres y de que la mayor parte de las mujeres no se sientan felices concentrando su vida exclusivamente en el trabajo juega un papel que analizaremos en detalle.66
Roxana insiste: si no hay discriminación, y las mujeres son más felices así, ¿qué se le va a hacer? Y machaca con testimonios como este:
«Quizás el nuevo feminismo sea sexista. Por un lado sostienen que somos libres, que tenemos derecho a elegir qué hacer con nuestro cuerpo y nuestra vida. Pero cuando elegimos ser madres ven un conflicto. Es cierto que actividades vinculadas con la vida profesional quedan relegadas con la crianza. Pero es una elección que hacemos. Una elección libre. Yo trabajaba y estudiaba cuando quedé embarazada. Decidí continuar trabajando y dejar de estudiar, porque seguir mi carrera me dejaba con poco tiempo para estarcen mi bebé y mi familia. Pero fue mi elección. No fue un sistema patriarcal que impide tácitamente que me desempeñe como mujer en un puesto jerárquico. No. […]El feminismo nos trata como seres pasivos, como víctimas de un rol tradicional y establecido».67
Ante esta declaración, entendible en una madre que analiza la realidad desde un punto de vista individual, Kreimer no refuta nada, no matiza nada, no corrige nada: da por sentado que la elección libre es la elección libre, y que aquí no hay ningún tipo de determinación estructural, social. Se entiende que combata al sociologismo, pero en ese combate se le olvida la sociología misma.
Ah, no, perdón, «En la página 162 de El patriarcado no existe más escribí: “Es claro que resulta necesario modificar los tiempos y dinámicas del trabajo social para que sea compatible con la crianza de los hijos y con el cuidado de quienes lo necesitan”».68 ¿Cuáles son las propuestas de Kreimer? Más guarderías, licencias parentales equivalentes, flexibilización de las horas de trabajo, cupos políticos, pago del trabajo doméstico. Y, por supuesto, aquí plantea ejemplos de los países nórdicos. Pero el problema es mucho más intrincado: ¿cómo conseguir que el capital más ineficiente, el que opera en la mayor parte del planeta, consiga admitir gastos públicos en guarderías, «desperdicio de tiempo» en licencias simétricas, desembolsos estatales en «salarios del ama de casa», sin colocarse a sí mismo en el borde de su desaparición? ¿Podrían implementarse todas estas conquistas en economías que operan en grandes proporciones «en negro»? Entonces ahí volvemos al viejo Marx: el problema es que el capitalismo global es incompatible con que estas «reformas» lleguen a todo el mundo por igual. Podrán quizás implementarse en regiones o países que están en el centro de la acumulación mundial, en donde se podría proclamar entre fanfarrias «el fin del patriarcado»69, pero difícilmente son ampliables a todos los países capitalistas.
Dice Kreimer:
Peterson recuerda que los puestos de poder en grandes empresas tienen niveles de responsabilidad enormes, complicaciones, enemigos, hay que viajar casi todo el tiempo porque es necesario mantener esas relaciones y «las mujeres en promedio no suelen preferir este nivel de estrés, se preguntan; “¿Por qué diablos yo querría esto? ¿Por qué querría despertarme temprano un domingo para hablar cuatro horas con un cliente japonés que no quiere interrupciones?” A eso las feministas responden: hay que hacer estructuras menos exigentes, pero eso (en el capitalismo) es imposible, porque ese cliente japonés se va rápidamente con otro». De modo que el problema no parecería estar vinculado sólo con una cuestión de género, sino con las exigencias del trabajo y las estructuras jerárquicas del capitalismo.70
¡Bravo! Coincidimos. El problema es el capitalismo. Pero coincidir en este diagnóstico no significa, ni que coincidamos en las soluciones propuestas (Kreimer parece inclinarse por una sociedad de mercado de estilo «Parecon»), ni que, entonces, el capitalismo no tenga características patriarcales. Si para mantener la estructura competitiva, el mercado elegirá fundamentalmente a varones en puestos de poder, entonces no cabe duda: el capital genera asimetrías de poder patriarcales. A confesión de parte, relevo de pruebas. Ahora bien, una vez más Kreimer parece quedarse en la superficie del problema: si bastasen un par de reformas, como las que ella propone, hace rato el capitalismo habría dejado de ser patriarcal. Pero por el momento lo sigue siendo, mientras ella dice que no, y alivia la conciencia nominalmente igualitaria de los defensores liberales del capitalismo.
PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO
Una vez analizado por qué fenómenos como el «techo de cristal» llevan a una asimetría de poder en la alta burocracia burguesa y estatal, pasemos al universo más cotidiano de las relaciones familiares, que no por ser familiares están exentas de formas de poder concretas y específicas.
OK, dice Kreimer, es verdad que las mujeres reciben menos dinero en concepto de salarios, pero esto invisibiliza un flujo de dinero que «compensa» dicha desigualdad: la porción del salario de esposos que se destina a la reproducción de la vida de sus esposas. Citamos:
No sorpresivamente, los hombres cuyas mujeres no trabajan en promedio ganan más que aquellos cuyas mujeres trabajan (Jacobsen y Rayack, 1996), con lo que cabe esperar una transferencia de recursos de los varones a sus parejas convivientes, algo que no se tiene en cuenta cuando se mide la denominada brecha salarial…
Shokida infiere que las mujeres son más pobres que los varones porque ganan menos. Pero no controla la variable del dinero que pueden recibir de sus parejas, ni del Estado, ni ninguna de las otras variables decisivas que hemos señalado.
El hecho de que las mujeres dediquen más horas que los hombres al trabajo doméstico repercute en sus ingresos, pero este dato debería ser cruzado con la transferencia de recursos de los varones que conviven con mujeres, algo que los estudios disponibles no hacen.71
La idea de la supuesta compensación de la desigualdad a través de transferencias intrafamiliares tiene un problema serio: se basa en una concepción del hogar que la propia economía hace décadas viene cuestionando. Utilizando ese criterio, autores antifeministas (como por ejemplo Daniel Jiménez) podrían sostener que el viejo modelo de familia nuclear victoriana, en la cual el varón trabajaba fuera del hogar y la mujer se dedicaba a las labores de cuidado doméstico, era un simple «mutuo acuerdo» en el cual los varones gozaban de mayor «status» mientras que las mujeres gozaban de mayor «protección». Esa es la razón por la cual, según Jiménez72, el concepto mismo de «patriarcado» debe ser puesto en duda como concepto útil a lo largo de toda la historia humana, ya que incluso en las civilizaciones antiguas la mujer era «protegida» y no iba a la guerra, por ejemplo.
Gary Becker73, en los años ‘70, pensaba el hogar como una unidad armónica donde los recursos se distribuyen eficientemente. Ese modelo fue criticado justamente porque invisibilizaba el conflicto y las relaciones de poder dentro de la familia. Pero Becker señalaba algo que puede mantenerse: el poder de un cónyuge depende de su «opción de reserva» o «punto de amenaza», es decir, de qué tan bien le iría si su matrimonio se disolviera. Cuando el «punto de amenaza» sube, nace el «efecto empoderamiento» (la mujer puede irse de casa) y al mismo tiempo, justo en el momento en que se produce una mayor igualdad de ingresos, se da un «efecto retroceso», que desata mayores niveles de agresividad por parte del varón. Trabajos como los de Pollack74 plantean que la especialización femenina en el hogar que reduce su «capital humano» aumenta los riesgos de violencia. Partiendo de estos datos, la idea kreimerista de «un buen acuerdo entre partes» oculta una dimensión central: la dimensión del «poder de negociación»: estudios de la OCDE muestran que, por cada 10% de aumento del ingreso relativo de la mujer, su capacidad de decisión sobre el gasto del hogar aumenta de 3% a 5%.
Autores como Amartya Sen75 desarrollan lo que se conoce como modelos de negociación intrafamiliar: la distribución de recursos no depende del altruismo, sino del poder de negociación de cada miembro. Y ese poder no es abstracto: depende de ingresos propios, acceso al mercado laboral, redes sociales y posibilidades reales de salida. Bina Agarwal76 lo muestra con claridad en estudios sobre propiedad y tierra: las mujeres que poseen activos tienen significativamente mayor capacidad de decisión y menor exposición a situaciones de abuso. Esther Duflo77, por su parte, aporta evidencia empírica muy contundente: en múltiples estudios de países pobres, cuando las mujeres controlan ingresos, aumenta de manera sistemática la inversión en salud y educación de los hijos. En algunos casos, como en Sudáfrica con las pensiones transferidas a mujeres, se observa un aumento medible en indicadores nutricionales de las niñas. Es decir, no es lo mismo quién gana el dinero: importa quién lo controla. Entonces, hablar de ‘transferencia de recursos’ como si eso resolviera la desigualdad es profundamente engañoso. Porque transferir no es lo mismo que compartir poder. La transferencia puede coexistir perfectamente con relaciones de dependencia económica y con asimetrías fuertes en la toma de decisiones.
Pero hay un punto más, que nos parece central: este modelo supone estabilidad. Así, cuando aparece el conflicto (y esto es particularmente visible en contextos de crisis económicas) esa supuesta complementariedad se rompe, y no de manera simétrica. La evidencia internacional muestra que los hogares monoparentales presentan tasas significativamente más altas de pobreza. Según datos de organismos como la CEPAL y la OCDE78, el riesgo de pobreza en estos hogares puede duplicar o incluso triplicar al de los hogares biparentales, y el 90% de los mismos está regenteado por mujeres (de ahí que se hable de «hogares monomarentales»). Esto revela algo fundamental: si la ‘transferencia masculina’ fuera un mecanismo estructural de compensación, su ausencia no debería generar este nivel de vulnerabilidad diferencial. Pero lo que vemos es lo contrario: cuando el vínculo se rompe, las mujeres quedan, en promedio, en peores condiciones materiales. En síntesis, el problema de la teoría de la transferencia de recursos no es que describa una práctica existente, sino que la interprete como un mecanismo equilibrador. Y la evidencia muestra que no lo es: la distribución de recursos dentro del hogar está atravesada por relaciones de poder, y esas asimetrías se vuelven especialmente visibles cuando el sistema entra en crisis.
Kreimer argumenta que hay que tomar en cuenta transferencias estatales hacia las mujeres. ¿Hay mediciones sobre la cantidad de dinero que transfieren los estados nacionales a las mujeres en el mundo? Hay evidencia parcial, pero no existe una medición global directa y sistemática del tipo «los Estados transfieren X dinero a las mujeres como compensación de la brecha de género». Esa formulación es una interpretación teórica apoyada en ciertos datos reales, pero no un indicador estandarizado en economía pública. Los Estados y organismos internacionales miden beneficiarios de programas sociales por sexo, gasto social total (no siempre desagregado por sexo), e impacto de políticas sobre brechas de ingreso. Por ejemplo, el indicador de gasto social de la OCDE mide transferencias públicas, pero no distingue sistemáticamente cuánto va a mujeres y cuánto va a varones. O sea que sabemos cuánto se gasta, pero no siempre a quién exactamente por sexo a escala global.
Hay un patrón bastante consistente: los hombres concentran más ingresos y patrimonio, y las mujeres reciben más transferencias estatales. Este patrón se observa en muchos sistemas de bienestar (Europa incluida), aunque con distinta intensidad. ¿Esto implica «compensación de la brecha de género»? No necesariamente. Lo que sí se puede afirmar con evidencia es que los sistemas de protección social redistribuyen ingresos hacia sectores más vulnerables, y esos sectores tienen sobrerrepresentación femenina, por lo tanto, de hecho, una parte del gasto social termina beneficiando más a mujeres. Ahora bien, decir que eso constituye una «compensación estatal de la brecha salarial de género» no tiene contraparte numérica precisa. Programas de tipo AUH en Argentina, que son recibidos en forma abrumadoramente mayoritaria por mujeres, apenas representan entre un 10% y un 30% del ingreso de un hogar pobre. Por otra parte, no hay indicador estándar tipo «transferencias netas por género como % del PIB», lo que debilita cualquier afirmación fuerte a escala mundial. Por otra parte, el hecho de que una proporción significativa de mujeres dependa de transferencias estatales revela límites estructurales en su autonomía económica. Aunque estas políticas mejoran el bienestar inmediato (el «patriarcado privado» puede verse debilitado), no dejan de ser, en estructuras políticas masculinizadas, otra forma oblicua de asimetría de poder entre burócratas estatales varones, que deciden otorgar o no subsidios sociales, y muchas mujeres que reciben esas ayudas por estar empobrecidas (el «patriarcado público» se fortalece).
Dediquemos un último párrafo a la cuestión de la hipergamia. Dice Kreimer:
Un estudio de David Buss sobre este tema, realizado con 37 muestras de 33 países localizados en seis continentes y cinco islas, y del que participaron más de diez mil personas, encontró que en promedio las mujeres requieren más que los varones que sus candidatos den señales de poseer recursos económicos, mientras que la capacidad reproductiva (asociada al pico de la edad fértil, que es en la juventud) era más preferida en promedio por los varones (Buss, 1989). Este fenómeno es denominado «hipergamia” y en inglés se ilustra con el término marry up (casarse «para arriba”): es el acto de buscar pareja o cónyuge de mejor nivel social o económico que uno mismo. Es una diferencia de sexo inherente a la selección sexual, con hombres motivados a buscar mujeres en edad reproductiva y mujeres que buscan hombres que puedan proporcionar los recursos necesarios para la supervivencia de la familia.79
Dejaremos para el próximo tema la cuestión de los orígenes biológicos o no de fenómenos como la «hipergamia». Pero por ahora, digamos una sola cosa: la idea de la hipergamia como tendencia femenina universal, «inherente a la selección sexual», tiene un problema empírico serio: los datos muestran que está cambiando rápidamente. En Estados Unidos, por ejemplo, en los años ‘70, más del 80% de los matrimonios seguían el patrón clásico: varón con mayor nivel educativo. Pero hoy ese esquema cayó a alrededor del 40%, mientras que en aproximadamente un 30% de las parejas las mujeres tienen mayor educación que sus compañeros80. En ingresos pasa algo similar: cada vez más mujeres eligen parejas que inicialmente ganan más o igual que ellas81. Esto tiene una doble lectura: por una parte, la evolución del capitalismo ha tendido a cierta igualación relativa de ingresos (de la «familia victoriana» a la familia en la que la mujer tiene «doble jornada»). Pero por otra parte, si estuviéramos frente a una predisposición biológica fuerte, no veríamos cambios tan marcados en apenas dos o tres generaciones. Así, hoy en día cada vez más mujeres eligen a varones que son más pobres que ellas en el momento en el que forman pareja, pero luego la diferenciación de ingresos se termina invirtiendo, y se vuelve al patrón tradicional, tras la maternidad82. Lo que muestran estudios como los de Schwartz y Esteve83 es entonces que las elecciones de pareja están fuertemente condicionadas por la estructura social: educación, mercado de trabajo, ingresos. De este modo, más que una constante natural, la hipergamia aparece como un patrón histórico que se debilita cuando cambian las condiciones materiales. Las «decisiones libres» aparecen mediadas por los cambios en el modo de producción.
En el acápite de su libro que se refiere a «Libros sobre los derechos del varón», Kreimer se explaya minuciosamente en la explicación de teorías como las de Daniel Jiménez, David Benatar y Roy Baumeister. Las explica en detalle, pero jamás hace un balance crítico sobre las mismas: en qué pueden aceptarse y en qué no, cuáles de sus datos son confiables y cuáles no, cuáles de sus conclusiones son acertadas y cuáles son equivocadas. La descripción de cada autor es complaciente, tratando de llevar agua hacia el molino de su propia argumentación fundamental, que es que hay un fundamento para el desarrollo de un «movimiento masculinista» análogo al feminismo. Y en estas detalladas explicaciones se filtran afirmaciones como las siguientes:
La antropóloga Belinda Brown destaca cómo gracias a que el Homo sapiens desarrolló una herramienta sofisticada como el lenguaje pudo sobrevivir en virtud de que adquirió, a diferencia de otros Homos que no sobrevivieron, un largo período de cuidados en la infancia. Para que las madres pudieran dedicarle tanto tiempo al cuidado de sus hijos, ese macho proveedor fue de fundamental importancia, no sólo por los recursos que aportó, sino por su participación en la crianza, creando un lazo social con los hijos y un lazo con el afuera de la familia.84
¿Avala Kreimer estas conclusiones? En este punto, Roxana se defiende: «Cuando cito estudios científicos, Riccioppo suele interpretar erróneamente que «avalo» sus resultados, como si fueran juicios valorativos o normativos, un razonamiento problemático porque analizar un fenómeno no implica su aprobación, del mismo modo en que sería absurdo culpar a Marx de avalar el capitalismo por el solo hecho de haberlo estudiado.»85 Pero aquí hay un problema. En su libro, Kreimer presenta en varias ocasiones a múltiples autores (a veces con posiciones incompatibles), los integra en un mismo hilo argumental, no explica claramente con quién coincide, con quién discrepa ni por qué, y luego, ante una crítica, responde: «yo solo cito distintas posturas». Pero una cosa es hacer un «estado de la cuestión» para presentar un balance de distintos autores que tienen opiniones disímiles sobre un mismo objeto de estudio, y otra cosa bien diferente es citar a dichos autores como autoridad implícita, sin criticarlos en absoluto, parrafada tras parrafada, tal y como Kreimer hace con fragmentos de la obra de Paglia, de Baumeister o de Sommers. En teoría del discurso, esto es bastante conocido: se llama ambigüedad enunciativa o polifonía no resuelta. Es decir: el texto contiene varias voces, pero no queda claro cuál es la del autor. Entonces el autor puede moverse entre posiciones sin hacerse responsable de ninguna del todo. Las citas no son neutrales. Cuando se incluye una cita en un argumento, se la está seleccionando, se la está insertando en un contexto, y eso le da una función. No existe la «cita inocente» dentro de un argumento. En fin.
En definitiva, ¿Kreimer avala o no la teoría del «macho proveedor»? ¿Es biologicista o no? Pasemos a analizarlo en el próximo acápite.
DOMINANTES Y DOMINADOS: DE LOS PECES A LOS HUMANOS
Pasemos al espinoso tema del falso dilema entre «biologicismo» contra el «constructivismo social». Porque aquí el planteo de Kreimer se apoya en un falso equilibrio entre un supuesto determinismo biológico extremo, identificado con el nazismo, y una caricaturización del constructivismo social, «izquierdista», que atribuiría absolutamente todo a la cultura.
Por un lado tenemos el extremo del régimen nazi, que todo lo atribuía a la biología (a partir de estudios que no han resistido el paso del tiempo), y por el otro el de la izquierda, que considera que absolutamente todo es una construcción cultural. Hemos visto y veremos más adelante cómo hay sobrada evidencia de que no todo puede ser atribuido al medio ambiente. El extraordinario avance en el estudio del cerebro humano que tuvo lugar en años recientes sumó evidencia en favor de la tesis de que hay predisposiciones diversas en hombres y mujeres que son irreductibles a la influencia cultural. Investigar las diferencias de sexo en el cerebro es importante por muchas razones, entre ellas por su impacto en la salud y el bienestar. Por ejemplo, hombres y mujeres no se deprimen por igual —siempre en promedio—, las mujeres se deprimen más, así como padecen más la ansiedad, y en varones el autismo es cuatro veces más común, así como los trastornos del lenguaje.86
Esta contraposición no refleja el estado actual del debate científico, donde existe un amplio consenso sobre la interacción entre factores biológicos y ambientales. De hecho, en la obra colectiva, feminista e «izquierdista», «Sociología y género», dirigida por Capitolina Díaz Martínez y Sandra Dema Moreno, se lo enuncia con claridad:
Lo biológico y lo social no son ni separables, ni antitéticos, ni alternativos, ni complementarios.Todas las causas del comportamiento de los organismos son, en el sentido temporal al que deberíamos limitar el término causa, simultáneamente sociales y biológicas, y todas ellas pueden ser analizadas a muchos niveles.Todos los fenómenos humanos son simultáneamente sociales y biológicos, del mismo modo que son al mismo tiempo químicos y físicos. Las descripciones holísticas y reduccionistas de los fenómenos no son «causas» de estos fenómenos, sino simples «descripciones» de los mismos a niveles específicos.87
¿Por qué entonces achacar al conjunto de los feminismos, o a «la izquierda» en general, un constructivismo que no todos comparten?
Digamos algo básico: si bien es correcto afirmar que existen diferencias promedio entre hombres y mujeres en ciertos indicadores psicológicos, conductuales o de salud, el pasaje de estos datos a la afirmación de predisposiciones «irreductibles» resulta problemático, ya que omite la evidencia sobre la plasticidad cerebral, la influencia de la socialización y los sesgos en los sistemas de diagnóstico. Más aún, la utilización de estos datos para cuestionar explicaciones sociales de fenómenos complejos introduce una confusión entre niveles de análisis, al sugerir que diferencias biológicas promedio pueden explicar directamente configuraciones históricas y estructurales. De este modo, lo que se presenta como una posición equilibrada termina funcionando como una forma de naturalización de desigualdades sociales.
«Riccioppo afirma que “Kreimer avala la teoría del macho proveedor”. Sin embargo, no cita ningún fragmento que demuestre que yo sostengo eso».88 Pero Roxana dice textualmente en su libro:
Sin embargo, el rol de machos proveedores con estatus, presente en varias especies animales, incluyendo a la nuestra, tal como hemos visto en los primeros capítulos de este libro, hace que su desempeño también esté ligado a la biología, aunque es cierto que tuvieron y tienen un rol importante pero subsidiario respecto a la madre en relación a los hijos, más allá de que en términos evolutivos sería inexplicable y contradictorio que sólo las mujeres estuvieran ligadas a la biología.89
Y también señala:
¿Tiene sentido esta asimetría según la cual en promedio las mujeres trabajan menos horas que los varones? Hay evidencia de que tanto en animales no humanos como entre seres humanos, las hembras asignan más valor al rol de proveedores de los machos […] Quizás la humanidad no hubiera llegado hasta aquí sin esa distribución de roles, particularmente en especies como la nuestra que, al igual que la mayoría de las especies, suponen una mayor inversión parental por parte de las hembras (más tiempo de gestación y de cuidado hasta que la cría sea autónoma).90
Ahora bien, el problema fundamental del planteo de Kreimer no es que «sostenga la teoría del macho proveedor» a secas. Toda su defensa de la psicología evolucionista tiene una doble cara: asegurar machaconamente que «tanto la biología como la cultura influyen», mientras se plantean argumentos en defensa de que hay «predisposiciones irreductibles a la cultura» que son fruto de la herencia biológica, y que pueden explicar las desigualdades por su propio peso (ver, si no, el acápite titulado: «¿Pudo el patriarcado haber surgido porque las mujeres prefirieron hombres con recursos?»). La «naturalización» (que sugiere con la mano mientras luego borra con el codo) brota en cada renglón:
Los varones modernos heredaron de sus ancestros mecanismos psicológicos que no sólo priorizan la adquisición de recursos, sino también el hábito de asumir riesgos para lograrlos. Este esquema se mantiene, señala Buss, ya que las mujeres que ganan más que sus maridos tienen el doble de posibilidades de divorciarse que las que están en pareja con los que ganan más.91
Así, explica el «efecto backlash» (bien documentado) con razones de herencia biológica, desconociendo transformaciones culturales que explicarían el fenómeno92. El salto desde el Homo erectus en la sabana africana hacia el divorcio en el mundo capitalista contemporáneo es lo que se le critica, con fundamento, a la psicología evolucionista más «dura». Porque los problemas son dos: el primero, suponer una forma específica de organización social en el Paleolítico, que está lejos de tener un consenso absoluto entre los especialistas93; el segundo, que esas predisposiciones biológicamente forjadas en la prehistoria se hayan mantenido sin cambios sustanciales hasta la actualidad, por la sencilla razón de que fueron «irreductibles» a la cultura. Según la bióloga Tang-Martínez:
«Nuestras suposiciones tradicionales sobre los roles sexuales (según la definición de Darwin, Bateman y Trivers) se han hecho añicos al darse cuenta de que la poliandria es común entre las mujeres; que los machos de muchas especies son exigentes, mientras que las hembras son competitivas; y que los roles sexuales pueden cambiar incluso dentro de una especie, en diferentes momentos, debido a cambios demográficos o ambientales.»94
Si miramos la evidencia comparada, las supuestas «constantes universales» deben relativizarse. Estudios antropológicos como los de Sarah Hrdy95 muestran una enorme variabilidad en los sistemas de cuidado y cooperación, incluyendo formas de crianza colectiva que desmienten la idea de una división sexual rígida «natural». Y trabajos más recientes en economía del desarrollo, como los de Seema Jayachandran96, muestran que las diferencias de género en preferencias —por ejemplo, hacia el riesgo o la competencia— varían significativamente según el contexto social e institucional. Más aún: cuando se diseñan experimentos controlados, muchas de las diferencias que se atribuyen a la biología se reducen o desaparecen. Un caso clásico es el de Gneezy y List97, que muestran que las diferencias de género en competitividad cambian radicalmente entre sociedades patrilineales y matrilineales. Es decir: no estamos ante rasgos fijos, sino ante comportamientos sensibles a la organización social. De este modo, el argumento evolucionista fuerte, que intenta derivar directamente desigualdades actuales de adaptaciones ancestrales, queda en una posición muy débil. No porque la biología no importe, sino porque no alcanza para explicar la forma concreta que adoptan esas desigualdades.
¿Soy exagerado y juzgo a la postura de Kreimer como «biologicista» en forma sesgada? Para que lo juzgue el lector, transcribiré algunos de los pasajes de su libro, para que hablen por sí mismos.
Dice Kreimer:
El pez payaso hembra tiene un harén de machos. Cuando ella muere, el macho destruye su testículo, desarrolla un ovario nuevo y se convierte en hembra. Dominantes y dominados: una estructura común entre peces y humanos. Es el tema que estudia el biólogo el investigador del CONICET Matías Pandoifi, que se especializa en la sociobiología de los peces. La biología social, también conocida actualmente como psicología evolucionista, estudia el comportamiento a la luz de la evolución.
Pandolfi refiere también a la hembra pez de los abismos, cuyo tamaño es inmensamente superior al del macho. Cuando el macho encuentra una hembra se le pega, come a través de su piel y viaja todo el tiempo a través de ella. Se lo conoce como «marido parásito».
Entre los animales, la agresión se acrecienta cuando escasean los recursos. Los peces que pierden la batalla se convierten en subordinados. Las hembras patrullan territorios y seleccionan uno en el que entregarán sus huevos. A los subordinados, las hembras ni los registran, un gesto que conserva un aire de familia con conductas humanas que veremos más adelante.
Claro que no sólo las hembras eligen a los más vistosos, señala Pandolfi, también resultan más visibles y atractivos para los predadores: peces más grandes y aves acuáticas. Cuando los dominantes –que a menudo son los más vistosos– son capturados por un predador, el subordinado ocupa su lugar. La dominación y la subordinación van cambiando con el tiempo.
Entre los peces y los humanos también hay continuidad. Pandolfi establece un paralelo con los niños que ya establecen relaciones de dominancia en el jardín de infantes. Y especula que entre nuestros antepasados de la sabana africana los dominantes podían ser muertos por un predador, y los subordinados ocupaban su lugar.98
Y en otra parte:
Por ejemplo, la mayor parte de los caballos macho nunca se aparea, sólo lo hace el dominante (alfa), y ese estatus se mantiene de ser necesario mediante confrontaciones en las que se impone el que tiene más fuerza física. Hacía el final de su vida, el dominante es vencido por el más joven. Si un caballo que no es el alfa se aparea, corre el riesgo de que el dominante lo ataque. Descendemos de una minoría de machos que eran más fuertes o tenían más estatus, los preferidos por las hembras, que en promedio todavía muestran esa preferencia.99
Estos pasajes, en los que Kreimer establece paralelismos entre la organización social de diversas especies de animales y las relaciones humanas, constituyen ejemplos extremos de extrapolación indebida basada en analogías superficiales. La acumulación de casos, que incluyen desde peces con cambio de sexo hasta formas de parasitismo reproductivo, no aporta evidencia sobre la estructura de las sociedades humanas, sino que recurre a la idea vaga de un «aire de familia» entre conductas biológicas radicalmente distintas. El salto que lleva de estas observaciones a la afirmación de una continuidad entre dominación animal y jerarquía social humana omite las mediaciones fundamentales que caracterizan a nuestra especie: cultura, instituciones, lenguaje simbólico y organización económica. En este sentido, el argumento no constituye una explicación científica, sino una naturalización de relaciones de poder históricamente determinadas a partir de analogías carentes de valor explicativo.
Esta naturalización es la que la lleva a afirmar cosas como esta:
Somos una especie altamente flexible, hemos cambiado ideas, conductas e interacciones más que otros animales mediante la transmisión de conocimiento que habilita el uso del lenguaje, aunque todavíano sabemos hasta qué punto podremos cambiar ciertos rasgos sin manipulación genética. ¿Habrá alguna vez más mujeres que hombres que trabajen como mecánicos o más hombres que mujeres empleados como enfermeros? No lo sabemos,aunque me atrevería a decir que lo dudo,si bien la influencia social podría incrementar la propensión de las mujeres a seguir ciertas carreras en determinados contextos sociales.100
¿Por qué lo duda (que en ese contexto es como decir: «no pasará nunca»), si es que considera que biología y cultura influyen en la misma magnitud? Porque le otorga a lo biológico un peso mucho mayor que lo que hoy reconoce la ciencia.
Sigamos. Kreimer dice en su libro:
Satoshi Kanazawa analizó las biografías de 280 científicos y observó que la mayoría produce su descubrimiento fundamental en el pico de su edad reproductiva, lo que resulta consistente con la tesis de Miller de que la cultura –y, en este caso, la ciencia en particular– es un subproducto de la competencia sexual de los machos por las hembras para publicitar sus buenos genes.101
¿Se leyó bien? «La ciencia es un subproducto de la competencia sexual para publicitar sus buenos genes» (??). La coincidencia entre edad reproductiva y productividad intelectual puede explicarse por factores mucho más inmediatos, como la disponibilidad de energía cognitiva, la menor carga institucional o el acceso a redes académicas, sin necesidad de recurrir a hipótesis evolucionistas especulativas. Reducir la cultura y la ciencia a una forma de «publicidad de buenos genes» implica ignorar su carácter colectivo, institucional e históricamente situado, y transforma un fenómeno complejo en una narrativa adaptacionista difícil de falsar. En este sentido, el argumento no constituye una explicación científica, sino una simplificación extrema que proyecta sobre la producción cultural una lógica biológica no demostrada.
Sin embargo, Kreimer defiende a capa y espada a la psicología evolucionista:
En los últimos veinte o treinta años, la psicología evolucionista brindó una teoría unificada para comprender la mente humana. Sólo esta disciplina ofrece una teoría consistente sobre la maternidad, la sexualidad, la paternidad, la agresión y muchos otros fenómenos. Predice, por ejemplo, que un estatus elevado incrementa las oportunidades de apareamiento. No es cierto, como aducen algunos de sus críticos, que sus hipótesis sean infalsables. Testea sus hipótesis mediante experimentos, estudios arqueológicos y genética molecular, entre otros. Se falsaron hipótesis evolucionistas tales como que la homosexualidad evolucionó para el cuidado de los parientes y la que sugiere que evolucionó una preferencia masculina por la virginidad. Como señaló Karl Popper, el conocimiento también avanza refutando hipótesis sin evidencia, y esto abre la puerta al estudio de nuevos patrones explicativos.102
La caracterización que Kreimer hace de la psicología evolucionista como una teoría unificada y prácticamente exclusiva para comprender la mente humana constituye una afirmación difícil de sostener en el campo científico contemporáneo, donde coexisten múltiples enfoques103 con capacidad explicativa sobre fenómenos como la sexualidad, la parentalidad o la agresión. Su apelación a la falsabilidad, apoyada en una lectura parcial de Popper, tampoco resuelve las objeciones metodológicas más relevantes dirigidas a esta corriente104, que señalan el carácter frecuentemente especulativo y post hoc de muchas de sus hipótesis (de ahí viene la frase de Gould: «just so stories», traducida al español como «cuentitos», cuando se explica, por ejemplo, el modelo de vínculo familiar entre las bandas paleolíticas105).
¿Qué objetivo persigue toda esta defensa de la psicología evolucionista? A no dudarlo: criticar al «feminismo hegemónico», al que considera en forma monolítica como «posmoderno y constructivista social». Kreimer arremete con ejemplos:
El feminismo hegemónico no tiene una sola hipótesis para explicar este fenómeno denominado varianza. Lo ignora por completo o diría, apelando a la explicación simplista de siempre, «es el patriarcado». Pero lo que no explica esta narrativa es cómo es que muchas más mujeres que hombres han logrado reproducirse.106
Pero resulta que este planteo se apoya en una caracterización reduccionista del feminismo, al que atribuye la ausencia de explicaciones sobre este fenómeno o su supuesta apelación automática al patriarcado como respuesta simplista. Sin embargo, diversas corrientes feministas y de las ciencias sociales han analizado históricamente la organización de la reproducción, señalando factores como la poliginia, el control institucional de la sexualidad, los matrimonios arreglados y las estructuras de propiedad, todos ellos compatibles con una mayor proporción de mujeres que de hombres reproduciéndose107. En este sentido, el dato que presenta Kreimer no refuta la noción de patriarcado, sino que puede ser perfectamente coherente con sistemas en los que una minoría de varones concentra poder y acceso reproductivo. Su argumento, por lo tanto, no evidencia una falla de las explicaciones estructurales, sino que omite deliberadamente interpretaciones alternativas para sostener una conclusión que no se desprende necesariamente de la evidencia.
¿Significa todo esto que «la biología no cuenta»? En absoluto. Creemos que la biología es fundamental para explicar el origen y el desarrollo de las distintas formas de desigualdad de género que han existido en la historia. Sin ir más lejos, la feminista Gerda Lerner108 (que imaginamos forma parte del «feminismo hegemónico») analiza por qué las mujeres, al cumplir con una función reproductiva en las bandas cazadoras-recolectoras (y luego en las aldeas neolíticas), terminaron formando parte de una división sexual del trabajo que sería inexplicable desde un costado puramente «cultural» (el embarazo, el parto y la lactancia obviamente no son un «constructo social» alterablea piacere). Otra cosa bien distinta es pretender explicar que esa división del trabajo se debe a «predisposiciones psicológicas» originadas en la prehistoria. O sea: lo importante no es decir que «la biología cuenta», sino de qué manera cuenta.
A LA MONA LISA NO LE INTERESA LA POLÍTICA
No dejemos de tener en cuenta toda la argumentación kreimeriana sobre predisposiciones «irreductibles», para analizar su planteo sobre la participación de las mujeres en la política. Kreimer dice:
También escribe que «se dan por naturalizadas dos cosas: que las mujeres ‘naturalmente’ no eligen ‘la política’ por causa de determinaciones evolutivas» y que la dominación masculina en el poder se explicaría «por una cuestión que hunde sus raíces en la biología (los hombres serían más competitivos, etc.)». Pero en ninguna parte justifico la dominación masculina en función de la biología ni afirmo que las mujeres no elijan la política por razones evolutivas.109
Desmenucemos con más detalle.
En su libro, Roxana describe con mucha información un hecho de la realidad social contemporánea: a las mujeres, en promedio, les interesa menos la política, al menos la política en su forma actual: competitiva. Llega a citar un diálogo de la película «La sonrisa de la Mona Lisa», en la cual Julia Roberts intenta convencer infructuosamente a una alumna de estudiar una carrera, mientras ella prefiere un destino feliz como «ama de casa». Y utiliza este argumento para criticar al feminismo que habla de discriminación contra la mujer. De este modo, si los varones manejan el poder estatal en el mundo, no es porque existan estructuras sociales que arrojan ese resultado en forma regular: simplemente se trata, una vez más, de elecciones personales.
Sin reconocer que a las mujeres les interesa menos la política, nunca haremos buenos diagnósticos para enfrentar la subrepresentación de las mujeres en ámbitos de decisión del poder ejecutivo. Las feministas se seguirán quejando de que no las dejan acceder a los puestas de decisión, sin darse cuenta de que a menos mujeres de las que suponen les interesa la política, máxime tratándose de una actividad que suele ser tan absorbente y difícil de compatibilizar con la maternidad.110
Pero el problema son las causas de esto que ocurre. Ya al mencionar a la maternidad nos encontramos con una pista de constricciones estructurales: ¿el problema es que a las mujeres no les gusta la política porque sus gustos están influidos por sus cerebros forjados en la prehistoria? ¿O porque es una actividad incompatible con el trabajo de cuidados familiares, que es una labor que la sociedad adjudica a la mujer?
Kreimer aquí respondería que las dos cosas van juntas: las mujeres en realidad «eligen» ser madres, que es un trabajo reconfortante:
Una hipótesis es que las mujeres que pertenecen a los grupos económicamente más favorecidos no parecen dispuestas a participar del juego de la selva que a menudo supone el mundo del trabajo y prefieren sacrificar ingresos y estatus por tiempo pasado junto a su familia.111
Además, participar del juego competitivo de las empresas y la política sería para ellas «insano», porque demasiado dinero no correlaciona con bienestar, tal como señala Jordan Peterson. Ahora bien, ¿por qué entonces las mujeres hacen esas elecciones «libres»? ¿Porque son más inteligentes que los varones, metidos en el «juego de la selva»? No, en la lectura del libro de Kreimer nos queda claro que es un resultado de que ellas están mejor predispuestas al trabajo con personas y cuidados, mientras que los varones se focalizan más en objetos o sistemas, según los estudios de Lippa. Y presuntamente la política entraría dentro de esta segunda categoría. A la vez, las mujeres heredaron de sus ancestras una mejor predisposición a elegir machos exitosos112, mientras que los varones heredaron mayor competitividad, que sería más compatible con la política moderna. «Desde esta perspectiva, los varones actuales heredaron de sus ancestros su carácter competitivo para la adquisición de recursos y el hábito de correr riesgos para lograrlos»113, dice Kreimer.
Y, fiel a su criterio de citar a autores y no someterlos a crítica, cita a Baumeister:
A poco de vincular a las mujeres con estereotipos, la temperatura emocional de algún lector o de alguna lectora tal vez se eleve. Convendría que esto no ocurra, por un lado porque cualquiera sea la verdad, no es sexista. No pertenece al orden del deber ser. Por el otro, porque los estereotipos femeninos no son necesariamente negativos y porque lo que Baumeister quiere decir es que sin estar menos capacitadas para hacerlo, ellas no han competido en la esfera de las producciones culturales y políticas porque han respondido a presiones evolutivas distintas.114
Lo que nos debería quedar claro es que las mujeres, menos competitivas que los varones por, en buena parte, influencia evolutiva, optan por no participar en la política, que bajo el capitalismo actual está fundada en la competencia.
Aquí surge un problema: ¿efectivamente la política, por más competitiva que sea, se incluye dentro del conjunto de «objetos o sistemas», en las categorías de Lippa? ¿El trabajo político, no involucra tratar todo el tiempo con personas, algo en lo que supuestamente los cerebros de las mujeres se habrían especializado desde su pasado prehistórico? Kreimer plantea que participarían más mujeres en política si esta se volviera más «práctica». Pero, ¿la política actual, no tiene un altísimo grado de «practicidad»? No parece muy adecuado comparar la participación en altos puestos de la burocracia estatal (labor muy concreta y práctica) con dedicarse a escribir ensayos sobre filosofía política en una universidad (labor, seguramente, más teórica). ¿Se justifica el salto que da la psicología evolucionista? Kreimer nos lo aclara:
Como vimos en capítulos anteriores, desde el encuadre de la psicología evolucionista se postula que «módulos» —«programas de computadora» que operan en el cerebro, como la propensión al cuidado— pueden haber persistido como una ventaja adaptativa en las mujeres, brindándoles beneficios no sólo en términos de continuidad genética, sino también en el establecimiento de su universo de intereses, en el cuidado de su salud y en la preservación de su vida y la de sus hijos. Tener mayor interés por las personas y por lo vivo es independiente del deseo de una mujer de ser madre. Ese «módulo» podría estar presente más allá de las elecciones reproductivas que realice.115
Se entiende que ese mayor interés «genético» por «las personas y por lo vivo» excluye a la política competitiva actual, que sería más «objetual» o «sistémica».
La teoría de la empatía-sistematización puede ser utilizada para explicar las disimilitudes sexuales en las preferencias de los niños por los juguetes, y en la adultez, las preferencias ocupacionales. La física y la ingeniería son el equivalente de los juegos mecánicos y constructivos de la niñez. La sistematización incluye sistemas técnicas (computadoras, vehículos y otras máquinas), naturales (ecología, geografía, química, física, astronomía o geología) y abstractos (política, economía).116
¿Es la política «sistémica» en esos términos? Permítasenos dudarlo, cuando gran parte de la actividad política actual está atravesada por ejes como diplomacia, liderazgo, movilización, negociación parlamentaria, militancia, mediación social, construcción de consenso, que requieren lectura emocional, capacidad de contención, comunicación interpersonal y empatía.
Por otra parte, otro de los problemas fundamentales es que esos «programas de computadora» están lejos de tener una corroboración científica rigurosa. La idea de que existirían «programas» específicos en el cerebro, como un supuesto módulo del cuidado en las mujeres, constituye en gran medida una metáfora teórica más que una descripción confirmada por la neurociencia contemporánea, que enfatiza el carácter distribuido y plástico de los procesos mentales.
Ahora bien, lo peor de todo esto es que, aún si existieran esas predisposiciones biológicas, y estas lograran explicar la menor participación de la mujer en la política tal y como es hoy, esto de ninguna manera significa que no estemos ante una estructura patriarcal, en la que los varones evidentemente tienen mayor poder y control. Esto solo cuestionaría a la tesis del patriarcado si lo definiéramos como una forma de discriminación, o una desigualdad ante la ley. Pero si efectivamente la forma en la que está diseñada la sociedad contemporánea, en combinación con ciertas determinaciones biológicas, arrojara como resultado recurrente una subrepresentación femenina, la estructura no deja de ser asimétrica y patriarcal, con todas las consecuencias que ya analizamos y analizaremos. Entre ellas, la asimetría de la violencia, doméstica y sexual.
SI TE AGARRO CON OTRO, TE MATO
Con respecto al tema de la violencia de género, Kreimer dice:
En relación con la violencia, Riccioppo señala que, aun cuando en el ámbito doméstico una mujer mata a un hombre por cada tres hombres que matan a una mujer, cuando una mujer mata, ese delito no puede ser equiparado al mismo delito cometido por un varón. Para ilustrarlo, propone la siguiente analogía: «Si un buen día un esclavo tiene ‘un día de furia’, se despierta, agarra una escopeta y le pega tres tiros a su amo maltratador, ¿puede equipararse con la violencia, suave y cotidiana del amo que lo hace trabajar de sol a sol y lo trata como a un objeto? Subestima a la mujer al asumir que cualquier homicidio cometido por ella surge de un sometimiento inevitable, como si siempre actuara como «esclava». De este modo borra su responsabilidad y su capacidad de acción autónoma, equiparando su violencia a una reacción justificada. Sin embargo, una mujer puede y suele matar por las mismas razones que mata un hombre, sin que el argumento del «esclavismo doméstico» la exima de responsabilidad.117
Aquí Roxana me atribuye tres cosas: que equiparo violencia femenina con reacción de «esclavo», que eso borra la responsabilidad individual, y que relativizo la violencia según el grupo que la comete. Y refuerza con el ejemplo de Nahir Galarza, como si la cita de un caso particular pudiera dar cuenta de las regularidades estadísticas que debemos tener en cuenta para hablar de un rasgo sistémico. El tema es que Kreimer termina planteando una oposición rígida: o hay responsabilidad individual (¿otra vez el sustrato liberal?), o hay explicación estructural («no hay patriarcado que te justifique»). Pero esa oposición es falsa. Porque yo nunca dije que la mujer no es responsable de los crímenes que cometa, sino que el significado social de esa violencia es distinto. Si una mujer mata a un varón, merecerá una condena, y punto: nadie plantea «absoluciones automáticas». Pero Roxana mezcla el nivel jurídico (la responsabilidad penal individual), con el nivel moral (la evaluación ética del asesinato), con el nivel sociológico (que es lo que se está discutiendo). Kreimer dice que yo digo que «la mujer siempre actúa como una esclava», pero eso es una clásica caricaturización, para llevar al absurdo una realidad palpable: que hay relaciones estructurales asimétricas. Mi ejemplo apuntaba a señalar que, en una situación de dominación o subordinación, entre el polo dominador y el dominado puede haber violencia recíproca, y esto no impide hablar de dominación. Al mismo tiempo, si aquel que ejerce la dominación tiene más y mejores medios para ejercer esa violencia (por poder económico el esclavista, por fuerza física el varón), es esperable que cause más daños en forma persistente. La comparación intenta analizar la estructura de la violencia en su aspecto formal más general. Creo haber sido claro:
Si pudiéramos construir una estadística de «violencia en el seno de la unidad productiva esclavista», no nos sorprendería que las agresiones fuesen recíprocas (y en momentos de rebelión de esclavos, ni qué hablar). Ahora bien, tampoco nos extrañaría que hubiese más esclavos muertos que dueños muertos, y esto tiene que ver con la desigualdad en el ejercicio del poder. Eso es lo que pasa, exactamente, con la violencia de género. Desde un criterio jurídico e individual, el esclavista que mata a un esclavo, y el esclavo que mata a un esclavista, serían dos casos de asesinato, igualmente punibles por violar la ley. Pero nada de esto nos habilita para decir que el esclavismo no existe.118
Convertir a esta comparación formal en una identificación, según la cual la dominación masculina es esclavista, es sencillamente una tergiversación para construir una hipótesis rival tan débil como tonta, fácilmente refutable.
«Arrojar un objeto es igual venga desde donde venga», dice Kreimer. Perfecto. Pero la violencia masculina es mucho más letal, no cumple el mismo rol en la reproducción del poder y no ocurre en condiciones simétricas; de ahí la figura del femicidio. «La agresión es condenable venga de quien venga»: cierto, pero irrelevante para el problema que se discute (la existencia del patriarcado), porque nadie discute que la violencia sea condenable, sino cómo se distribuye, qué función cumple y qué estructura expresa. «Explicar el contexto puede ser útil para comprender por qué alguien actúa de determinada manera, pero otra cosa muy distinta es otorgar un estatus moral diferente al mismo acto violento». La cuestión aquí es que, cuando analizamos la tesis del patriarcado, lo que estamos buscando es justamente lo primero: comprender el contexto de la violencia. Y el status moral será interesante para determinar cuestiones jurídicas puntuales, pero se encuentra en otro nivel.
Uno de los problemas del enfoque de Kreimer es que confunde niveles de análisis: toma datos de interacciones puntuales (quién golpea a quién en una discusión) y pretende con eso negar patrones estructurales de dominación. Dice Kreimer en su libro:
Los seres humanos venimos dotados de una serie de estrategias biológicamente adaptativas llamadas emociones, como es el caso de los celos. Nos afectan trastornos de personalidad, tendencias a la depresión y al suicidio, el consumo de drogas y el alcohol. Sin embargo, la teoría feminista ignora todo eso y sostiene que el hombre sólo actuaría por machismo. Si esto fuera así, señala el psiquiatra, se abriría una línea de investigación interesante. El problema es que no hay ninguna evidencia de este patrón de conducta, y en cambio la hay en favor de la hipótesis de que en esencia las motivaciones de hombres y mujeres de cualquier edad y orientación sexual son las mismas.119
Pero cuando uno mira la evidencia más fina, esa simetría de motivaciones se convierte en asimetría de poder y de daños. Por ejemplo, Michael P. Johnson120 mostró hace ya años que no existe «una» violencia de pareja, sino al menos dos fenómenos distintos: la violencia situacional, que puede ser bidireccional, y el «terrorismo íntimo», que implica control sistemático, coerción y dominación. Y este último es abrumadoramente masculino121. En la misma línea, Evan Stark122 demuestra que el núcleo del problema no es el golpe, sino el control coercitivo: aislamiento, control económico, regulación de la vida cotidiana. Eso no es meramente un conflicto: es una forma de subordinación. Y cuando uno introduce variables materiales, el argumento de Kreimer se debilita aún más. Estudios como los de Dan Anderberg123 muestran que la violencia aumenta cuando las mujeres pierden autonomía económica y disminuye cuando la pierden los varones. Es decir, no estamos ante impulsos biológicos constantes, sino ante relaciones de poder. Esto se confirma también a nivel institucional: Betsey Stevenson y Justin Wolfers124 encontraron que la introducción del divorcio unilateral redujo significativamente la violencia doméstica y el suicidio femenino. Si la violencia fuera solo un problema de celos o psicopatología individual, un cambio legal no debería tener ese efecto. Entonces, el problema no es negar que existan factores individuales (alcohol, historia personal, etc.), sino entender que esos factores operan dentro de una estructura donde hay desigualdad de recursos, hay asimetría en la capacidad de salida y hay patrones sistemáticos de control.
Dice Kreimer:
«Las mujeres han matado a lo largo de la historia al igual que el hombre», escribe Velazco de la Fuente (2018). «En la actualidad, la delincuencia femenina se ha convertido en un problema social por el elevado número de delitos. Existen mujeres sicarias no sólo en México sino en todo el mundo. Son asesinas a sueldo, también hay mujeres narcotraficantes, al mando de grupos de trata de blancas, que matan a sus maridos, hijos o incluso a la familia entera. No somos seres inofensivos […] La mayoría de asesinatos y homicidios cometidos por mujeres se hacen a través del método del envenenamiento. El 70 % de ellas han utilizado esta antigua técnica desarrollada a lo largo de la historia. Es el arma homicida por excelencia de las mujeres, y sumamente cruel. En el momento de cometer el crimen, la malhechora lo ha planificado y premeditado con tiempo. Es consciente de que está matando a su víctima y la persona ni siquiera lo sabe. Los datos nos hablan de veneno, sobre todo en la comida, en el pescado y los mariscos en el caso de que quieran matar al marido y a los hijos. Hoy en día también son muy utilizados psicofármacos como las benzodiacepinas, los famosos tranquilizantes».125
Pero aquí el problema no es demostrar que las mujeres pueden ser asesinas, como rezaba el título del viejo programa de televisión. El problema es que el 82% de las víctimas de homicidio de pareja son mujeres.126 Y el 47% de las mujeres asesinadas globalmente son asesinadas por su pareja o familiares directos. Trabajos como los de Fridel y Zimmerman, Browne, Wilson y Daly, Putkonen, Eriksson127, muestran que, en el asesinato entre parejas, los varones homicidas tienen más historial violento general, más abuso de sustancias, más agresividad previa, y presentan mayor incidencia de control y dominación, mientras que las mujeres homicidas suelen ocurrir en contextos de abuso prolongado, antecedentes de victimización, aislamiento, violencia doméstica o amenazas persistentes.
Vuelvo a proponer una analogía, aún a riesgo de que se la malinterprete: en la revolución de independencia hispanoamericana, los patriotas ejercieron violencia. No toda esa violencia fue justificada, ni política ni moralmente (el «decreto de guerra a muerte» de Bolívar llevó a matanzas de civiles y prisioneros en forma arbitraria e indiscriminada, por ejemplo). Sin embargo, esa violencia debe ser contextualizada si es que se pretende entender por qué la mayor parte de los actos violentos tenían una motivación política, brotada de una relación de subordinación colonial. Terminada la guerra revolucionaria, es legítima la pregunta: ¿quiénes deben pagar por esos crímenes? Y ahí se entrará en una discusión judicial. Pero eso no nos evita estudiar las razones estructurales de esa violencia, que radican en el colonialismo.
Es precisamente ese análisis estructural el que nos lleva a decir que
«… si se analiza al sistema social en su conjunto (esto es, al capitalismo con sus instituciones patriarcales), deben observarse todos sus elementos (coercitivos, ideológicos, materiales) que se retroalimentan para dar lugar a los actos violentos. Podríamos decir que todo ese haz de violencias individuales y sociales son fruto de un sistema de relaciones sociales, en el cual ambos sexos participan de dicha violencia, brotada de la naturaleza competitiva del capital, pero en el cual también existen diferencias biológicas (nivel de fuerza) y culturales (socialización diferenciada) que, cuando se ponen en juego, arrojan niveles de abuso absolutamente desnivelados».128
Si en las sociedades del capitalismo tardío matan a cinco varones por cada mujer asesinada129, el problema básico es comprender el sistema de relaciones sociales que llevan a esa violencia. Hacer un «cuenta-muertos» (al estilo de quienes tratan de defender a las dictaduras militares latinoamericanas argumentando que «los subversivos también mataron gente») no nos permite hurgar en el sistema, y no nos deja ver que los perpetradores absolutamente mayoritarios de las formas de violencia más letales y significativas son varones. De este modo, si tenemos una enorme cifra de actos violentos en los que una minoría de varones dañan a otros varones, y a las mujeres en general, al mismo tiempo que eso no sucede al revés (es decir, no hay una minoría de mujeres que ejerza violencia sobre otras mujeres y contra los varones), podemos hablar de una asimetría de poder bastante clara, que las feministas incluyen en su definición de «patriarcado».
Pero hay además algo que debemos remarcar con claridad: cuando hablamos de «patriarcado» estamos recortando determinadas características (las relaciones entre sexos, mediadas por sus expresiones culturales, de género) de un objeto de estudio (que es la sociedad como un todo). Del mismo modo que, si estudiamos la inflación, y hablamos de «regímenes inflacionarios», eso no quiere decir que el concepto agote a todas las determinaciones económicas de la sociedad en cuestión. Así, si dos varones se acuchillan entre sí por el resultado del último partido de fútbol del domingo, esa violencia no puede quedar bajo la lupa del análisis de las relaciones de género (o quizás quede muy oblicuamente), y tampoco si un varón mata a una mujer atropellándola con su automóvil porque conducía borracho. ¿Son esas formas de violencia graves? A mi juicio, sí. Pero no pueden introducirse en una discusión sobre la asimetría entre hombres y mujeres.
Pongamos un ejemplo que verse sobre otra forma de opresión presente en la sociedad capitalista: la opresión racial. Tomemos el caso de la Sudáfrica democrática, post-apartheid. Allí, hay igualdad ante la ley, pero el ingreso promedio de hogares encabezados por blancos es casi cinco veces mayor que el de hogares encabezados por negros africanos. El ingreso per cápita de los blancos en 2019 era comparable al de Dinamarca, mientras que el de los negros era comparable al de Bangladesh. Y los puestos de alta dirección privada están en un 65% en manos de blancos, mientras que la pobreza sigue concentrada en la población negra. Desde un punto de vista jurídico, kreimeriano, no hay opresión racial. Desde un punto de vista estructural, sí la hay. El problema no es el «racismo» como ideologia, sino la estructura. Y eso no significa que, en ciertos sectores de la industria (minería, manufactura) algunos trabajadores negros calificados no puedan tener ingresos relativamente estables mientras que algunos sectores de blancos pobres (como en el «Free State») puedan estar desempleados y marginalizados. ¿Estudiar entonces la opresión racial estructural (que puede incluir cierto racismo subjetivo, pero no necesariamente omnipresente) invisibiliza la explotación feroz de los obreros blancos pobres? Creemos que no. Pasa algo similar con las poblaciones indígenas latinoamericanas: aunque sin duda hay poblaciones no indígenas en barrios precarios que experimentan mayores dosis de violencia que los indígenas, nadie niega la opresión histórica de las comunidades originarias (que puede medirse por su marginalización cultural, menor acceso a salud, educación e infraestructura, etc). ¿Significa esto que los reclamos indígenas son invalidados porque hay no-indígenas con problemas de violencia más serios? Creemos que no.
Del mismo modo, ¿significa esto que todos los actos violentos que no son perpetrados por varones sobre mujeres deben ser invisilibilizados y barridos debajo de la alfombra? No, y enfáticamente no. «Riccioppo responde que «ninguna feminista dice que no importa la violencia entre varones». No hace falta que lo digan explícitamente: el feminismo hegemónico suele ignorarla y presentar a la mujer como mucho más perjudicada que el varón en esta y en muchas otras esferas de la vida»130. Pero que se presente a la mujer como mucho más perjudicada y se coloque a su situación en el centro de la escena no significa que se desconozca todo lo que no está en ese centro. ¿Invalida al ecologismo el hecho de que hay otros problemas urgentes en la sociedad, como el hambre o la pobreza? Creemos que no. «La rivalidad que deberíamos observar para avanzar en el conocimiento de las cuestiones de género no es la que se daría entre hombres y mujeres, tal como sugiere el feminismo hegemónico, sino la que se ha producido y se produce entre varones»131, dice Kreimer. Precisamente, una parte del movimiento feminista se ha encargado de analizar esas violencias entre «masculinidades» jerarquizadas, como Raelwyn Connell132, Allan Johnson133 o la misma Heidi Hartmann, que afirma, ya en 1979, que el patriarcado «es un conjunto de relaciones sociales que tiene una base material y en la cual hay relaciones jerárquicas entre los hombres y solidaridad entre ellos, lo que les permite dominar a las mujeres».134 Y autoras feministas como Shulamite Firestone, Kate Millet, Andrea Dworkin, Catharine McKinnon, Silvia Federici, Christine Delphy, bell hooks o Judith Herman135 han analizado la violencia contra los niños como parte de la estructura patriarcal familiar, porque las relaciones de dominación atraviesan el conjunto de la organización doméstica136. Kreimer replica, frente a esto, que «si todo se explica por patriarcado, el concepto pierde poder explicativo». Eso sería válido si el concepto se utilizara de manera indiferenciada, pero no es así en la teoría feminista más sólida. En autoras como Sylvia Walby137 o Raelwyn Connell, no se trata de una explicación monocausal, sino de un marco estructural que incluye la forma de organización de la familia, la división sexual del trabajo, jerarquías de autoridad y normas de género. Así, el abuso infantil puede analizarse como una relación adulto-niño, y al mismo tiempo como parte de una estructura más amplia. Kreimer plantea un falso dilema: el abuso infantil es una relación adulto-ñino, y no de género, como si una dimensión excluyera a la otra. El caso de Lucio Dupuy es un caso extremo, que no representa patrones generales, y como bien Kreimer sabe, usar un caso excepcional para refutar una explicación estructural es un error. Roxana cita estudios donde las madres aparecen como más frecuentes perpetrando violencia física a los niños, situación que es atribuible a que pasan más tiempo con sus hijos, están sobrerrepresentadas en tareas de cuidado y entonces sin duda habrá más registros en violencia leve o disciplinaria. Sin embargo, los varones están sobrerrepresentados en abuso sexual, violencia severa y homicidios infantiles138: el mismo patrón que encontramos en la violencia en el vínculo entre varones y mujeres.
Pero la retórica sentimentalista de Kreimer nos dice que:
«…al poner en un mismo grupo al hombre asesino y al hombre víctima, olvidando que solo una ínfima minoría del conjunto de los hombres mata, Riccioppo termina criminalizando el mero hecho de ser varón, una actitud que, por lo demás, puede ser calificada como sexista. Aunque una ínfima minoría comete este delito, la generalización indebida responsabiliza a todos los hombres. ¿Acaso él mismo, en tanto hombre, es un asesino en potencia?».139
Confieso que este párrafo me da vergüenza ajena: ¿quién criminaliza a los hombres en cuanto tales? Puede que haya algún sector feminista que generaliza y acusa al varón en general, cosa que es, sin dudas, equivocada. Pero, ¿hay patrullas de feminazis encerrando a varones inocentes por las calles? Si yo no mato a nadie, nadie me juzgará. Ahora bien, como vivo en una sociedad en la que hay más probabilidades de que yo mate a una mujer de mi familia que posibilidades de que esa mujer me mate a mí, sé que tendría una pena mayor si la asesino. Otra vez: confundir estructura (probabilística, general) con moral (individual, jurídica). Y si el problema son las «falsas denuncias», eso deja de lado el hecho tan simple como tremendo de que la mayoría de las mujeres abusadas no denuncian140, siendo entonces bastante ineficientes como «policía antimasculina». Es decir que yo, como varón, tengo más posibilidades de violar a una mujer y quedar impune, que de que me acusen injustamente.
Lo único que plantean figuras penales como las del femicidio es que habrá una pena mayor por crímenes cometidos por varones en determinados contextos. Y esa es una decisión social que se basa en condiciones históricas concretas. Por ejemplo: si mañana surge una moda según la cual bandas de rubios salen a matar pelirrojos por las calles, y el Estado decide aumentar las penas cuando un rubio mata concretamente a un pelirrojo, el problema en todo caso es determinar la eficiencia de esas penas, pero nadie discutiría las razones, ni podría argumentar con cierta seriedad que se está «destruyendo el Estado de derecho», o que «se criminaliza a todos los rubios». Si mañana los asesinatos en condiciones íntimas perpetrados por los varones se equilibraran con los perpetrados por las mujeres, justo sería desde un punto de vista penal transformar o eliminar la figura jurídica del femicidio. Pero mientras la posibilidad de que una mujer sea asesinada por su pareja sea entre 5 y 8 veces mayor141, la figura del femicidio será un intento, relativamente superficial, de «nivelar la cancha» hacia la igualdad (material), y no hacia desigualdad (formal).
Digamos algo como conclusión sobre el tema de la violencia: la violencia no es ni la causa, ni la esencia de un sistema en el que existe dominación o subordinación. La violencia es un fenómeno que se da en un contexto de relaciones de poder que son desiguales. Todo sistema de dominación y/o de explotación genera necesariamente violencia, y la violencia en general degrada la vida social humana. Mi comparación con la sociedad esclavista tenía esa intención: poner en blanco sobre negro cuáles son los patrones de violencia que es muy probable que emerjan de una sociedad explotadora y opresiva. Y esos patrones se dan también en las relaciones entre varones y mujeres: ejercicio de actos violentos recíprocos, y mayor daño llevado a cabo por el polo dominante. Nada más, nada menos.
LA MASCULINIDAD… AL PALO
En su libro, Roxana dice:
El masculinismo es un movimiento que busca enfrentar la discriminación y las desventajas que padecen los varones en distintos ámbitos de la sociedad. Es análogo al feminismo, al que no se opone sino que, por el contrario, complementa.142
Y en su «Respuesta», reafirma:
Al mismo tiempo, un enfoque científicamente informado permitiría reconocer también los problemas específicos que afectan a muchos hombres, como las mayores tasas de obstrucción del vínculo con sus hijos, el mayor padecimiento de denuncias falsas y encarcelamientos injustos, de mortalidad laboral, suicidio, abandono escolar, participación en guerras o victimización por homicidio. Esto permite adoptar una perspectiva antisexista que reconozca de manera equilibrada los problemas de ambos sexos, en lugar de centrarse únicamente en uno.143
La propuesta metodológica de Kreimer es clara: analizar «problemas» como dinámicas aisladas, «específicas de cada sexo», que eventualmente pueden «unirse» en una «perspectiva antisexista» por la igualdad. Pero su inconveniente fundamental está, precisamente, en no ver las determinaciones más globales, que implican una clara asimetría. En la historia nos encontramos con ejemplos históricos en los que la dominación es indiscutible y, sin embargo, el grupo dominante carga con costos significativos derivados de sostener ese orden. En los regímenes esclavistas del Atlántico, por ejemplo, las élites blancas no sólo concentraban riqueza sino que debían vivir en sociedades fuertemente militarizadas, con patrullas constantes, temor a rebeliones y una disciplina interna rígida que restringía incluso su propia vida cotidiana; en los imperios coloniales europeos, los ciudadanos de las metrópolis (especialmente los varones jóvenes) eran enviados a guerras lejanas con altísimas tasas de mortalidad y secuelas físicas y psicológicas, lo que no anulaba sino que hacía posible la dominación imperial; en la Sudáfrica del apartheid, la población blanca gozaba de privilegios estructurales, pero al mismo tiempo estaba sujeta a conscripción obligatoria, a una vida social atravesada por la violencia estatal y a los costos morales y políticos de sostener un régimen de segregación; en el sur de Estados Unidos bajo leyes Jim Crow, los blancos pobres podían vivir en condiciones materiales muy duras, incluso peores que ciertos sectores negros en situaciones específicas, pero aun así formaban parte de un orden racial que les garantizaba supremacía jurídica y simbólica, a la vez que los impulsaba a reproducir activamente ese sistema; en el Imperio Romano, los ciudadanos libres (varones) tenían derechos políticos y status superior, pero también estaban sujetos a servicio militar prolongado, campañas expansionistas extremadamente riesgosas y una disciplina estatal que estructuraba sus vidas; en las economías capitalistas industriales, incluso las clases dominantes enfrentan presiones estructurales (competencia, crisis, necesidad de acumulación constante) que generan inestabilidad y riesgo, sin que eso cuestione su posición de poder. En todos estos casos, como también sugieren autores como Karl Marx o Pierre Bourdieu, el punto clave es que los costos que recaen sobre los grupos dominantes no son evidencia de «opresión invertida», sino condiciones de reproducción del propio sistema de dominación: son el precio de ocupar una posición estructural superior en un orden jerárquico que, precisamente por ser tal, distribuye de manera desigual tanto los beneficios como los riesgos. Si la naturaleza competitiva de sistemas explotadores como el esclavismo o el capitalismo demandan que ciertos sectores de varones deban afrontar la guerra y la muerte, con más razón el sistema necesita otorgar un status simbólicamente privilegiado como compensación.
También (debemos reconocer) es verdad que, cuando una forma de dominación entra en crisis, por agudización de las luchas sociales, por cambios en las fuerzas productivas, o por agotamiento de las condiciones de reproducción, a veces las clases dominantes recurren a un recurso de última instancia, que es el de tomar algunas reivindicaciones de los explotados u oprimidos, otorgarle privilegios a una pequeña fracción de ellos, y legitimar así su accionar con un discurso «progresista» que amortigüe los conflictos de fondo. Así, los plebeyos fueron integrados a la República Romana sin alterar la esclavitud, algunos burgueses fueron integrados a la burocracia absolutista mientras se mantenía el modo de producción feudal y el privilegio nobiliario, o algunos miembros «colaboracionistas» de etnias conquistadas recibieron su lugar bajo el sol en imperios esquilmadores como el español (nobleza indígena) o el británico («indirect rule»). Pero la maniobra no puede ocultar lo fundamental: la naturaleza del sistema, con su esencia explotadora y sus opresiones resultantes.
Dice Kreimer:
Es una distorsión cognitiva sostener que todo está destinado a beneficiar a los hombres, tal como afirma el feminismo hegemónico. El estudio sostiene que hoy en día la mayoría de las personas tiene estereotipos más favorables hacia las mujeres que hacia los varones. No siempre fue así. Hasta más o menos los años 60, la psicología (y la sociedad en su conjunto) tendía a ver a los hombres como la norma y a las mujeres como su versión ligeramente inferior. Durante los 70, hubo un breve período en el que se decía que no había diferencias, tan sólo estereotipos. Sólo desde aproximadamente 1980, continúan los autores, la visión dominante es que las mujeres son mejores y los hombres, su versión inferior (Baumeister, 2017).144
Con el capitalismo, y sus consecuencias patriarcales, sucede algo parecido a lo que sucedía en otros sistemas opresivos, y una parte de lo que Kreimer llama «feminismo hegemónico» es, en realidad, una fracción de mujeres que recibe privilegios para «lavarle la cara» (pinkwashing) a un sistema opresivo, con lo que no es extraño que comiencen a surgir estereotipos pseudofeministas. La burguesía podría volverse feminista, en el discurso, si le conviene. Pero el problema aquí es que los condicionamientos materiales concretos (difíciles de quebrar bajo el capitalismo si no se modifica el predominio del trabajo familiar privado feminizado) impiden la consecución de esa igualdad de fondo. Y entonces, esos «feminismos» terminarán por ser cuestionados por otros «feminismos» que pongan el dedo en la llaga de la desigualdad/asimetría/opresión real no modificada por los discursos superficiales. A su vez, la coexistencia de un «discurso feminista» con la irresolución de problemas sociales graves, como la desigualdad social, la pobreza, la guerra, el desempleo, la falta de vivienda, la degradación educativa, etc., que también son sufridos por varones, pueden crear una «tormenta perfecta» que dé origen a «masculinismos» que pongan el acento en esos problemas generales sin resolver, contraponiéndolos a los problemas generados por las asimetrías patriarcales.
Así, lo que se puede perder de vista en una mirada «antisexista» en general es que, tanto ese «feminismo hegemónico» (cuando es reformista), como el «masculinismo» (que por su naturaleza negadora de la «opresión» en general tiene altas probabilidades de terminar derivando hacia la defensa del capitalismo), son variantes utilizables por distintas fracciones de la burguesía en su intento de legitimarse agitando problemas que las masas ven como preocupantes. Resumiendo, creo que lo que no ven los defensores del «masculinismo» es cómo se ha ido deslizando la necesidad de legitimación ideológica de las clases dominantes, primero, hacia una mirada simpática con un feminismo reformista (tras la crisis de los años ‘70), y luego, hacia el acople con una agitación antifeminista reactiva (en las crisis actuales).
TÚ TAMBIÉN, SUECIA
Al hablar de la llamada «paradoja nórdica», Roxana me echa en cara lo siguiente: «Riccioppo sostiene que el llamado “feminismo científico” presenta a las sociedades nórdicas —Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca— como ejemplos de igualdad de género. En realidad, en mi libro no afirmo eso»145. Pero Roxana dice:
Es claro que resulta necesario modificar los tiempos y dinámicas del trabajo social para que sea compatible con la crianza de los hijos y con el cuidado de quienes lo necesitan. El modelo que más se acerca a esto es el de los países escandinavos, donde se suele trabajar menos horas, en horarios más flexibles y con la posibilidad de que tanto la madre como el padre no vayan a trabajar si tienen un hijo enfermo.146
Dejemos que la propia Kreimer nos explique en qué consiste la «paradoja» (p.138):
Los países con las protecciones legales y culturales más sólidas para la igualdad de género, que al mismo tiempo son los que tienen las redes de seguridad social más fuertes, como es el caso de Suecia, Suiza, Noruega y Finlandia, tienen la menor cantidad de mujeres graduadas en física, matemáticas, ingeniería y ciencias de la computación (STEM).
Asimismo:
Analizaremos también en el capítulo IV la llamada «paradoja de la igualdad», por la que en los países con mayor igualdad de género y en los grupos económicamente favorecidos, parece haber una mayor tendencia a que las mujeres desarrollen oficios típicamente femeninos y ambos sexos muestren rasgos típicos de personalidad para cada sexo.147
Y lo que yo digo es lo siguiente:
…las sociedades escandinavas son, en efecto, de las más «igualitarias» en términos legales y jurídicos. Sin embargo, la amarga verdad vuelve a asomar su cabeza: la brecha salarial, el estereotipo de la mujer-«destino de madre criadora», y la persistencia de la prostitución son propias de la continuidad del capitalismo y del conjunto de instituciones patriarcales, por más «liberal» que sea. ¿Puede sorprendernos que las mujeres, incluso en Suecia, «elijan» ser madres y quedarse con trabajos a tiempo parcial, manteniendo las desigualdades en el ingreso?.148
Es decir, volvemos al viejo tema de la igualdad formal contra la igualdad material: decir que en los países escandinavos hay «mayor igualdad de género» a secas no se mete en las profundidades de las relaciones sociales, en las cuales podemos descubrir las desigualdades. Justamente eso es lo importante para quienes han cuestionado el trabajo de Stoet y Geary. ¿Cuál es la explicación más sólida para Kreimer?
La hipótesis más plausible para explicar este fenómeno es que, en los países que han alcanzado mayores niveles de prosperidad económica y bienestar social, las preferencias promedio de las mujeres se manifiestan con mayor claridad. Cuando las condiciones materiales son favorables, muchas personas pueden elegir ocupaciones más acordes con sus intereses, en lugar de aceptar trabajos que no elegirían si su situación económica fuera más restrictiva. Estas preferencias no son puramente culturales ni puramente biológicas, sino el resultado de la interacción entre ambos factores.149
Pero otros investigadores no opinan lo mismo. Veamos.
En 2020, Breda y otros150 publican un trabajo que utiliza datos de 300.000 estudiantes de 64 países para medir estereotipos internalizados sobre matemáticas (por ejemplo, la creencia de que «las matemáticas no son para niñas»). Y sus resultados mostraron que, en países desarrollados y con más igualdad formal, los estereotipos que asocian matemáticas con hombres tienden a persistir o incluso intensificarse. En el mismo año, Connolly y otros151 publican otro trabajo que contrasta predicciones evolucionistas con enfoques biopsicosociales y encuentra que, aunque las diferencias entre hombres y mujeres en la elección de carreras son más grandes en países con mayor igualdad, no hay evidencia de que sea la igualdad de género la que haya causado esas diferencias, ya que la relación observada puede deberse a desarrollos históricos diferenciados (segregación ocupacional durante la industrialización en el siglo XX) y a «trayectorias laborales heredadas». También en 2020, Richardson y otros152 mostraron que si se usan índices de igualdad distintos que los que usaron Stoet y Geary, la paradoja desaparece. En 2024, Ilmarinen y Lönnqvist153 muestran que gran parte de la evidencia a favor de esta hipótesis se basa en el uso de «difference scores», una técnica estadística que resulta intrínsecamente ambigua, ya que distintas configuraciones de los datos pueden producir los mismos resultados agregados. Al descomponer estos indicadores y analizar por separado las trayectorias de hombres y mujeres, los autores encuentran patrones altamente heterogéneos y concluyen que no existe evidencia de una «paradoja» como fenómeno general. Y en 2025, otra investigación de Berggren y Berg154 sugiere que muchos hallazgos que vinculan directamente mayor igualdad con mayores diferencias desaparecen si se controlan variables culturales o calidad de medición: se trataría de una «paradoja de Simpson» por la cual una relación aparente a nivel agregado desaparece o se invierte al desagregar datos.
Es muy interesante el tema de las historias culturales desagregadas por país. Un cruce entre los resultados de Stoet y Geary y la tipología de sistemas familiares propuesta por Emmanuel Todd permite cuestionar la supuesta universalidad de la «paradoja de la igualdad». Mientras que países con tradición de «familia troncal» como Alemania o Japón presentan fuertes diferencias en la elección de carreras, independientemente de sus niveles de igualdad, otros casos como Francia, asociada a una «familia nuclear igualitaria», muestran una mayor participación femenina en áreas científicas. Estos patrones sugieren que las variaciones observadas no responden, obviamente, a una simple «liberación de intereses personales» en contextos de mayor igualdad, sino a configuraciones culturales e históricas, y entonces, ¿cómo cuantificar la importancia relativa del «factor biológico» frente al «factor cultural»? Lo que Stoet y Geary ven como una «elección por gusto», autores como Gøsta Esping-Andersen155 lo ven como una elección estructuralmente condicionada por la organización social del cuidado y las trayectorias laborales asociadas a la maternidad. En contextos como Suecia, las mujeres tienden a concentrarse en sectores como el público, que ofrecen mayor compatibilidad con responsabilidades familiares, mientras que sectores más competitivos del ámbito privado, como la ingeniería, suelen implicar mayores penalizaciones asociadas a interrupciones laborales. De este modo, las decisiones educativas y ocupacionales no responden simplemente a preferencias individuales, sino a la interacción entre instituciones, mercado de trabajo y división sexual del trabajo.
MEMORIA DE LAS PUTAS TRISTES
Pasemos al tema de la prostitución. En su largo libro, Kreimer menciona muy pocas veces la palabra «prostitución», quizás considerándola una cuestión no suficientemente central en el vínculo entre varones y mujeres en la sociedad actual, mientras se preocupa más por temas como «las denuncias falsas» o «la estigmatización de los varones». Sin embargo, sí se detiene en algunas cuestiones, a veces en defensa del «trabajo sexual», entendida como una agencia de las mujeres ante posibilidades económicas. Kreimer señala, correctamente, que el modelo nórdico, que penaliza la compra de servicios sexuales y no su venta, es el que presenta niveles más bajos de prostitución visible y menor demanda declarada, lo que no significa que la actividad no se haya desplazado hacia otras formas menos visibles o clandestinas. Coincidimos, pero no es esta la discusión que planteamos.
Partamos de una base: la prostitución es una actividad que resulta particularmente degradante, porque pone a disposición del consumidor no simplemente la fuerza de trabajo sino el acceso al propio cuerpo en sus aspectos más íntimos, algo que hace que la mercantilización de ese «servicio» implique una forma de alienación radical. Incluso en el caso de trabajos en malas condiciones, y que ponen en riesgo severo la salud o la integridad física, no existe en el ejercicio de la actividad misma ese grado de subordinación/dominación que significa que alguien, por pagar, tenga el derecho a penetrar en el cuerpo ajeno y a disponer de él a su voluntad: el «producto» vendido es el acto mismo de subordinación156. Y en un sistema social basado en la competencia capitalista, se convierte en «más vendible» el producto de «mayor calidad», es decir, el que se subordina más al deseo del cliente. La alta prevalencia de trastornos de estrés postraumático, disociación, violencia física y sexual157, y consumo problemático de sustancias asociado a la prostitución dan cuenta de su naturaleza.158 Además, se trata de un «servicio» que no sería necesario si el conjunto de la humanidad practicara una satisfactoria sexualidad consentida y gratificante.
Así, antes de hablar de la «trata» en general, entonces, hay una cuestión central que debemos tener en cuenta: ¿la prostitución «no esclavizada» es un «trabajo libre» equiparable al de cualquier otra profesión asalariada? Kreimer pareciera decirnos que sí, ya que su prohibición significaría una «intromisión del Estado» en «los derechos individuales». Nosotros creemos que no, por las razones que antes señalamos: la prostitución presenta, en la mayoría de los casos (prostitución asalariada), un grado de subordinación que experimenta una dominación doble: la que proviene de la explotación a manos del proxeneta, y la que proviene de la venta de su sumisión directa al «putero». De este modo, la diferencia entre prostitución «libre» (coacción económica) y prostitución «forzada» (coacción extraeconómica) no altera la naturaleza de la actividad misma. La trata simplemente es la forma más aguda del «sistema prostituyente»159.
Kreimer reconoce que «la prostitución es un fenómeno mayoritariamente feminizado. Revisiones comparativas estiman que entre el 80 % y el 90 % de las personas que realizan trabajo sexual son mujeres»160. Perfecto. Eso es lo que mencionábamos en nuestra nota, que además señala la conexión que se da entre las sociedades occidentales desarrolladas (en las que, según el Índice de Stoet y Geary «las mujeres corren con ventaja») y las sociedades empobrecidas del Tercer Mundo. Allí digo:
Aquí, en una actividad en la cual la relación entre sexos es clara como el agua (porque se trata de una interacción directa –genital– entre personas de un sexo y del otro) es también prístina la subordinación (al varón) y explotación (al capitalista) que afecta a las mujeres. Hasta el día de hoy, el espeluznante despliegue de las redes locales, regionales y mundiales de trata de mujeres con destino de comercio sexual es algo imposible de desmentir. Aquí particularmente se conectan las dos formas de patriarcado que Kreimer «separa» para negar una de ellas: la de «Occidente» y la de «Oriente». En la prostitución internacional se observa claramente cómo se refuerzan mutuamente el patriarcado «de viejo tipo» (estamental) de sociedades «del Tercer Mundo», como las de muchos países musulmanes (que proporcionan mujeres empobrecidas para ser pasto de la violencia sexual institucionalizada) con el patriarcado «de nuevo cuño» (formalmente igualitarista pero socialmente perverso) que nutre al mercado de varones dispuestos a mantener relaciones sexuales forzadas con mujeres que saben vulnerables pero sin importarles un comino.161
El problema es claro: en una actividad, lucrativa a más no poder, que presenta un grado particularmente agudo de opresión, el predominio absoluto de las explotadas es femenino, y su clientela es abrumadoramente masculina. Y esto, una vez más, no es casual: ya sea que se trate de predisposiciones diferenciadas de demanda de sexo (heredadas biológicamente o adquiridas socialmente), o que se trate de condicionamientos económicos (mayor vulnerabilidad de mujeres), la realidad es que la combinación entre esas «predisposiciones» o «condicionamientos» y la economía de mercado arrojan como resultados regulares la permanencia de toda una rama «productiva» altamente rentable y, por lo tanto, altamente reproducible, en la que las mujeres venden mayoritariamente su «sumisión» a consumidores mayoritariamente varones. Las repercusiones ideológicas de dicha actividad son también clarísimas: el varón (aparentemente más interesado que la mujer en hacerlo) puede comprar su acceso al cuerpo femenino, lo que es una verdadera escuela que socializa formas de sexualidad en las que el deseo es asimétrico (está de un lado y no del otro). De ahí a la «doble moral» hay un solo paso.
Kreimer observa:
Riccioppo también señala que la trata sexual perjudica más a las mujeres que a los varones. En efecto, aproximadamente el 79 % de las víctimas de trata con fines de explotación sexual son mujeres. Sin embargo, este dato suele presentarse de forma incompleta. De acuerdo con datos de la Organización Internacional del Trabajo y al mencionado estudio de Stoet y Geary, cuando se analizan todas las formas de trata —no solo la sexual— el panorama cambia significativamente. Aproximadamente el 67 % de las víctimas de trata para trabajo forzoso son varones, un dato que Riccioppo omite.162
Kreimer plantea datos correctos, como por ejemplo que existe prostitución masculina, y que la trata laboral no sexual (o sea, el «trabajo forzoso», unfree labour) afecta más a varones. Pero luego usa estos datos para sostener que no se pueden describir estos fenómenos como «patriarcales» porque esto simplifica una realidad que es compleja. Estamos de acuerdo con que la realidad es compleja. Pero la estructura no es simétrica. Sobre todo si consideramos a la prostitución como una actividad con niveles de enajenación cercanos a la esclavitud163.
Hagamos un racconto de «trabajos forzados». Las estadísticas de la OIT164 dicen lo siguiente: en el mundo nos encontramos con un total de unas 28 millones de personas sometidas a trabajo forzado, de las cuales 6,3 millones son explotación sexual forzada. En el trabajo forzoso no sexual, la proporción de explotados es de 55-60% (12-13 millones) de varones, contra 40-45% (8-9 millones) de mujeres: una proporción similar a la participación femenina en el mercado laboral «voluntario». Mientras que, en la prostitución forzosa, el 95% de las explotadas son mujeres y niñas, y solo el 5% son varones. A su vez, las mujeres que participan en el sistema prostituyente a nivel mundial en forma «no forzada» son de 26 a 39 millones. Si sumamos a esta cifra los 6 millones de mujeres prostituidas a la fuerza, tenemos un total de 40 a 50 millones de mujeres en la actividad, mientras que los varones son de 5 a 8 millones. Agreguemos el hecho de que 28 millones de personas viven en matrimonios forzados, con un 68% de mujeres (unos 19 millones) contra un 32% de varones (unos 9 millones): concedamos, para simplificar, que en estos matrimonios forzados, tanto varones como mujeres deben trabajar en los cuidados domésticos. ¿Prueba esto que a las mujeres «les va mejor» o «peor», adicionando todas estas formas de sujeción? En realidad, si agregamos los datos de maneras distintas, obtendremos diferentes proporciones. Pero el juego numérico nos puede ocultar muchas cosas.
En primer lugar, el trabajo forzoso a nivel mundial nada nos agrega a lo que ya sabemos del mercado de trabajo mundial: hay más varones explotados como asalariados, porque hay más mujeres en su casa cuidando a sus hijos (y en ambos casos hay relaciones mantenidas a la fuerza). Ahora bien, si un empresario europeo (grupo que, como sabemos, presenta mayoría de varones) explota como esclavo a un inmigrante empobrecido (varón) de un país africano, ¿prueba esto la ausencia de diferencias de poder entre varones y mujeres? Creemos que no. En segundo lugar, de las 45 millones de prostitutas (la mayoría abrumadora de prostituidas son mujeres) que se ponen a disposición de los varones para «ser consumidas» en una relación íntima de dominación sexual, ¿se puede deducir que hay relaciones de poder asimétricas entre varones y mujeres? Creemos que sí. En los datos, una vez más, aparece «la cancha inclinada» hacia un lado: la mayor parte de los consumidores de la prostitución masculina son, a su vez, varones. Encontramos otra vez el patrón de jerarquización entre un sector de varones con derecho a «consumir» el cuerpo de mujeres y de otros varones, mientras que no encontramos la reversa: un grupo de mujeres que «consuma» el cuerpo masculino y el de otras mujeres. Otra vez: asimetría clara, asimetría que por sí sola no explica el patriarcado, pero si se analiza de conjunto con todas las desigualdades anteriores, aportan más evidencia y resulta coherente con las tendencias opresivas generales.
PATRIARCADO Y CAPITALISMO, ¿UN MATRIMONIO INFELIZ?
Al hacer referencia al problema de la prostitución, Kreimer plantea algo importante: «Su asociación entre prostitución y capitalismo no cuenta con respaldo empírico. La prostitución es muy anterior al capitalismo y también existió en sociedades no capitalistas, incluidos diversos regímenes comunistas».165 También en el debate hizo referencia a la idea de que, como obviamente ha habido «patriarcado» en sociedades precapitalistas, el patriarcado no puede derivarse del capitalismo, por ser anterior a él.
Comencemos por un principio teórico: el concepto de «opresión», desde el punto de vista marxista, tiene tres dimensiones básicas: una es la del del poder, que implica dominación en un polo y subordinación en el otro polo; la otra es la desigualdad de condiciones de vida, que implica carencias en el polo dominado; y el tercero es el de la ideología, en el plano simbólico. Cuando en una sociedad encontramos que un determinado grupo de personas experimenta en forma sistemática esas condiciones de opresión, hablamos de «sistemas opresivos» (patriarcal, colonial, imperialista, racializado, etc). Evitamos hablar de «privilegio» o de «ventaja», porque dichos conceptos tienen una carga semántica que invita a pensar en que, quien los «posee», tiene una situación material «superior» que solo puede existir si otros no la tienen.
En distintas épocas de la historia humana han existido diferentes sistemas sociales que incluyeron, entre sus características intrínsecas, formas de «opresión» regulares. En sociedades esclavistas, tributarias o feudales existió, ¿cómo no?, la opresión hacia las mujeres, que no podía tomar otra forma más que una forma estamental, de desigualdad jurídica entre los sexos.
La pregunta no es si «el patriarcado existió como sistema antes del capitalismo», sino si el patriarcado, como característica opresiva sobre las mujeres, tiene los mismos mecanismos de funcionamiento en cada época histórica. Con respecto a esta cuestión, las respuestas del marxismo han sido variadas. Hay autores, como Christophe Darmangeat166, que afirman que la dominación masculina aparece ya en el Paleolítico. Algo similar plantea Shulamith Firestone. Otros marxistas, basándose en Engels, creen que el patriarcado nació con el surgimiento de la sociedad de clases, como Gerda Lerner. Autoras como Silvia Federici sostienen que la opresión femenina ha empeorado con el entronizamiento del capitalismo, mientras que Ellen Meiksins Wood plantea que el capitalismo es «ciego» al género, y por eso permitió el despliegue feminista.
Nuestra mirada entiende que en las sociedades preestatales existió ya una «división sexual del trabajo», que comenzó a generar desigualdades entre varones y mujeres, bien estudiadas por Darmangeat. Aquí aparecen ya gérmenes del «patriarcado privado» (Walby167) en el seno de las unidades familiares, pero la dominación masculina completamente estructurada solo puede consolidarse con el surgimiento del Estado, manejado en forma abrumadoramente mayoritaria por varones.
Como no entendemos al «patriarcado» como un sistema que estructure per se las relaciones sociales, sino como un resultado persistente de distintos modos de producción concretos en las relaciones de opresión entre sexos, podemos decir que las formaciones sociales precapitalistas (basadas en vínculos de dependencia personal, en la coacción extraeconómica y en la desigualdad jurídica) han dado origen a formas patriarcales específicas, que pueden analizarse históricamente, desde los modelos más «benignos» como el del Egipto faraónico o la Roma Imperial tardía, hasta estructuras tremendamente más opresivas como las de la China imperial (vendado de pies), la India de la sociedad de castas (sacrificio de la viuda) o el Medio Oriente musulmán (velo)168. Las formas variaron, pero no se modificó lo fundamental. Incluso sistemas de descendencia matrilineal no han escapado a la dominación masculina como regla. Entendemos que estas continuidades no fueron principalmente fruto de «módulos cerebrales» heredados biológicamente, sino de la persistencia de la división sexual del trabajo en todos estos modos de producción, que se impuso por selección cultural al resultar más eficiente en la competencia productiva y militar entre civilizaciones.
La llegada del capitalismo, por su parte, revolucionó la forma en la que se organizó la producción social, y por esa razón hizo brotar otras formas de asimetría entre sexos, cualitativamente distintas de las que existían en las sociedades previas. La familia como unidad de producción y consumo, propia de las sociedades de base campesina y artesana, cedió su lugar a la familia obrera, con la cual surgieron nuevas determinaciones, muchas de las cuales hemos tratado de describir en este texto. La división sexual del trabajo bajo el capitalismo dio origen a la familia nuclear proletaria, que siguió un derrotero marcado por cambios indetenibles. Primero, la incorporación de mujeres y niños al trabajo asalariado con la primera industrialización fabril, lo que llevó a peligrosas tendencias de «disolución familiar» que fueron combatidas por el propio movimiento obrero, hasta llegar a la división clásica del trabajo entre «hombre proveedor» y «madre ama de casa» en el maduro siglo XIX. Segundo: los cambios tecnológicos que provocaron el acortamiento de los tiempos de trabajo doméstico, lo que permitió la «liberación» de fuerza de trabajo femenina y su reincorporación al mercado laboral, con las consecuencias necesarias de la «doble jornada» y el estallido de conflictos personales que llevó a gestar la famosa frase: «lo personal es político».169 Tercero: la creciente indiferenciación del trabajo como «trabajo abstracto» independiente del sexo, etnia o nacionalidad, que ha creado por primera vez la base para superar la división sexual primigenia.
Dice Darmangeat:
El hecho de que el capitalismo sea la primera sociedad de toda la historia humana en producir el ideal de igualdad entre los sexos no es en absoluto casual. (…) Todos los productos del trabajo tienden a adoptar la forma de mercancías, es decir, a ser intercambiados por un equivalente llamado «dinero». Como ya mostró Karl Marx, el dinero representa el trabajo humano, pero un trabajo humano abstracto, es decir, indiferenciado. Así, el hecho de que los productos del trabajo pasen a estar destinados a la venta en el mercado mundial significa que las características concretas de los productores de cada mercancía, como su identidad sexual, se funden y se disuelven en un inmenso crisol, donde subsiste únicamente la cantidad de trabajo humano que ella encarna. (…) Estas evoluciones, por sí mismas, no suprimen la división sexual del trabajo ni su carácter desigual; no impiden que las mujeres puedan, de hecho o de derecho, ser segregadas en determinados empleos o ser víctimas de prohibiciones. Pero —y este es el punto crucial— crean las condiciones para su desaparición, demostrando cotidianamente que, a partir de ahora, los trabajos de los hombres y los de las mujeres no existen cada uno por separado, en esferas distintas, sino que tienen la misma naturaleza, la misma sustancia, de la cual el dinero es la medida. (…) Y, al establecer de este modo la naturaleza común del trabajo y de los trabajadores de ambos sexos, rompió una barrera milenaria y abrió el camino hacia una concepción de la sociedad en la que el sexo ya no sea la base de distinción entre los seres humanos, ni en el trabajo ni en el resto de la vida social. (…) Al generalizar la forma mercancía, hizo aparecer una nueva realidad: la del trabajo indiferenciado sexualmente, que permite vislumbrar el momento en que la división sexual del trabajo será arrojada al montón de las antigüedades superadas, «junto al Estado, la rueca y el hacha de bronce», parafraseando a Friedrich Engels. En este sentido, el capitalismo, en la cuestión de la emancipación de las mujeres como en tantas otras, cumplió un papel revolucionario. No porque, en sí mismo, la situación de las mujeres sea «mejor» que en las sociedades anteriores. A este nivel de generalidad, esa apreciación tiene poco sentido. Y la situación de las mujeres en el capitalismo, según la época, el país y el medio social, es tan diversa como podía ser en las primeras sociedades humanas. Pero, del mismo modo que creó las bases económicas y sociales que vuelven obsoletas las fronteras nacionales y la propiedad privada de los medios de producción, también volvió obsoleta la división de tareas y de roles sociales según el sexo170.
Dicho esto, se podría argumentar, en forma genuina, si la transformación del capitalismo clásico en economías de planificación centralizada tales como la Unión Soviética, las llamadas «democracias populares» de Europa del Este, la China maoísta, la Cuba castrista, o las sociedades dirigidas por partidos comunistas en el Sudeste Asiático ha llevado a la abolición de las desigualdades y opresiones de género que documentamos. Y la respuesta corta y sencilla es: no, no lo hizo. ¿No lo hizo porque el «patriarcado» es un sistema transhistórico primordial que atraviesa la historia humana sin que lo rasguñen siquiera los cambios en las condiciones de producción? Creemos que no.
Es verdad que la modificación de algunas variables (como por ejemplo, guarderías generalizadas en algunos países del Europa Oriental) hizo que las mujeres pudieran encontrar espacio para relaciones amorosas menos dependientes del vínculo monetario, tal como señala Kristen Ghodsee:
Aunque cada país adoptó una política diferente, en general el socialismo de Estado redujo la dependencia económica de las mujeres respecto de los hombres al hacer a ambos beneficiarios de los servicios del Estado socialista. Estas políticas ayudaron a desvincular el amor y la intimidad de consideraciones económicas. Cuando las mujeres disfrutan de sus propias fuentes de ingresos y el Estado garantiza la seguridad social en la vejez, la enfermedad y la discapacidad, las mujeres no tienen motivos económicos para permanecer atadas a relaciones abusivas, alienantes o insanas por el motivo que sea.171
Pero en esas economías de planificación central, sencillamente, no se llegó a modificar ni el trabajo asalariado que lleva el ingreso a los hogares, ni la reproducción social en los marcos de la familia nuclear. De ahí en más, las consecuencias de esta forma de reproducción en el ámbito social: brecha salarial, techo de cristal, violencia doméstica, prostitución, estereotipos, etc., siguieron teniendo vigencia. Con respecto a la prostitución, por ejemplo, esta situación hizo que los efectos de las políticas «prohibicionistas» de este tipo de Estados tuvieran consecuencias similares a las del abolicionismo en países capitalistas nórdicos: disminución de la demanda abierta y pasaje a la clandestinidad de lo que quedara funcionando (turismo, por ejemplo). La «explosión» de prostitución abierta tras la caída de estos regímenes políticos habla también bastante de los efectos de las políticas regulacionistas más permisivas.
Pero lo fundamental está en lo siguiente: si bien cada época histórica desarrolló formas distintas de «patriarcado», eso no significa que la continuidad de ciertas prácticas (como la prostitución) deban atribuirse a rasgos «inherentes a la especie», ni tampoco a estructuras transhistóricas independientes de cada organización social concreta (lo mismo pasa con cuestiones como la explotación, el Estado o la religión). Más bien parece una tesis más convincente la que señala que fue la permanencia de la división sexual del trabajo (división que no pudo ser quebrada por ninguna sociedad hasta el momento, aunque comienzan a verse sus signos de desintegración) la que causó que distintas formas de organización social compartieran rasgos opresivos en común.
Dice Kreimer: «Uno de los problemas centrales del enfoque de Riccioppo es que parte de un diagnóstico previo que luego intenta aplicar a una amplia variedad de fenómenos sociales muy diferentes entre sí».172 Es al revés: de la constatación de numerosos fenómenos sociales convergentes es que extraemos una hipótesis que busca caracterizar las propiedades de un sistema social. «Cuando todo se interpreta a través de una única categoría explicativa —el patriarcado— el análisis corre el riesgo de convertirse en una forma de reducción teórica que simplifica excesivamente una realidad que es compleja».173 No tengo dudas de esto: el problema es que yo no parto de una única categoría explicativa para todo (el «patriarcado») sino que lo considero una parte significativa de la realidad social, que emerge de un entramado en el que hay muchos otros elementos: explotación (como categoría fundamental) y opresiones varias, entre las cuales se cuenta la patriarcal. Que no sea la única categoría no significa que haya que desecharla.
«En el libro sostengo que muchas de las desigualdades entre hombres y mujeres que se observan en las sociedades contemporáneas no pueden explicarse únicamente por relaciones de dominación estructural. En numerosos casos intervienen factores múltiples: decisiones individuales, diversidad de preferencias, dinámicas familiares, incentivos económicos, instituciones laborales, factores culturales y también de personalidad.»174 La discusión es esa: todos esos factores, ¿no son resultado, en buena medida, de relaciones de dominación estructural? ¿Elige una madre entre trabajar afuera o cuidar a sus hijos sin estar determinada su decisión por el marco social en el que no eligió nacer? ¿Es la personalidad una «esencia inmanente» o se forma en la interacción social, que está estructurada de una cierta manera? ¿Las dinámicas familiares no forman parte de la estructura social? ¿Los incentivos económicos, no son el resultado de un sistema basado en la mercancía como relación social dominante? La mirada dialéctica implica ver la unidad de estos procesos, y no «factores múltiples» desconectados entre sí, que luego «interactúan». He ahí la cuestión. Dice Kreimer: «Desdiagnosticar no implica negar que existan desigualdades o injusticias que afectan a las mujeres. Significa simplemente examinar cada fenómeno empíricamente, evitando atribuirle automáticamente una hipótesis explicativa prefijada por un enfoque ideológico. En otras palabras, implica sustituir los diagnósticos ideológicos por diagnósticos basados en evidencia».175 Pregunto entonces: ¿por qué hay que analizar «cada fenómeno» por separado? Ya enfocar la investigación desde un criterio de lógica formal desechando la dialéctica, y considerar que las hipótesis explicativas globales son «ideológicas», es una postura «ideológica». La oposición entre «diagnósticos ideológicos» y «diagnósticos basados en evidencia» constituye un falso dilema, ya que toda interpretación empírica presupone categorías teóricas que organizan los datos y les dan sentido. La propuesta de «desdiagnosticar» fenómenos sociales, si bien puede servir como advertencia frente a generalizaciones apresuradas, corre el riesgo de fragmentar el análisis y perder de vista regularidades estructurales que requieren precisamente marcos explicativos más amplios. En este sentido, el problema no radica en la existencia de teorías estructurales, sino en su uso simplificado; eliminarlas no conduce a mayor objetividad, sino a una forma de empirismo que describe fenómenos aislados sin explicar las condiciones sociales que los producen.
EL PATRIARCADO COMO ESTRUCTURA
Decimos que el «patriarcado» es una realidad social estructural. Para evitar una definición tautológica, no entendemos por «estructura» cualquier conjunto de desigualdades sociales, sino la existencia de mecanismos sociales que cumplen al menos cuatro condiciones: a) producen regularidades observables en distintos contextos, b) operan con relativa independencia de las intenciones individuales, c) son identificables en términos de procesos concretos (institucionales, económicos o culturales) y d) configuran un campo de opciones con costos diferenciales sistemáticos.
Volvamos a los elementos que caracterizan al patriarcado según Sylvia Walby:
«a) Desigualdades en el ingreso: brecha salarial y «techo de cristal». (…). b) Predominio de los varones en las funciones públicas y de poder. c) Trabajo femenino doméstico no remunerado y «doble jornada». d) Desigualdades en el ejercicio de la violencia: violencia doméstica, simbólica, asesinatos, violaciones, etc. e) Extensión y afianzamiento del ejercicio de la prostitución como negocio local, nacional y global, con la consiguiente cosificación-mercantilización de los cuerpos femeninos como tales. f) Subsistencia de estereotipos culturales e ideológicos que colocan a las mujeres en un rol de subordinación o inferioridad con respecto a los varones. g) Dependiendo de qué países, limitaciones al reconocimiento legal de derechos reproductivos: aborto, anticoncepción segura, planificación familiar. (…) Walby propone seis aspectos a considerar en la opresión patriarcal: las relaciones de producción en el hogar (c y d), el trabajo remunerado (a y c), el Estado que muestra un sesgo patriarcalista (b), la violencia masculina (d), las relaciones en el ámbito sexual (d y e), y las instituciones culturales (f)».176
Lo interesante del intento de teorización de Walby es que busca, desde un punto de vista estructuralista, encontrar los feedbacks entre los distintos elementos. Para el marxismo, la realidad social no es una mera «red de nodos», sino que cree que hay una base material de la que brota una superestructura política, jurídica e ideológica. Analicemos entonces esta secuencia que presento a continuación. En las relaciones entre los sexos, la base material bajo el capitalismo está determinada por la forma familiar privada de reproducción social, estudiada por Vogel, Bhattacharya, Brenner y otras, lo que genera como regularidad el predominio del trabajo no remunerado por parte de las mujeres, lo que a su vez causa tanto la «brecha salarial», de ingresos y de riqueza, como el «techo de cristal» (algo que la propia Kreimer reconoce, pero sin cuestionar a la forma familiar, colocándola en el lugar de «un acuerdo provechoso posible entre individuos autónomos»). A su vez, la «brecha salarial» genera tanto diferencias en la disponibilidad de dinero en general en la sociedad (más dinero recibido por varones, más poder social expresado en él) como en el «poder de negociación» en el ámbito familiar, facilitando que la violencia masculina (control coercitivo) sea más tolerada por las mujeres si no quieren caer en la vulnerabilidad de las familias monoparentales. Estas diferencias económicas y de poder microsocial, además, facilitan la difusión de la prostitución como mecanismo adicional de subordinación sexual, devenido en negocio lucrativo. Siguiendo con la secuencia, el «techo de cristal» genera una clara subrepresentación de las mujeres en la política estatal: Estados «masculinizados». Y todo ese conjunto de relaciones sociales desiguales, que generan relaciones de poder desiguales, hace nacer formas ideológicas, que a veces toman la forma de «sexismo» (pero no siempre) y que cristalizan en los famosos «estereotipos» de género con los cuales son socializados la enorme mayoría de varones y de mujeres, según las distintas culturas, reforzando en muchos casos las desigualdades y formas de dominación antedichas.
Describimos toda esta secuencia porque creemos que los «indicadores» señalados por Walby no son simples «problemas a ser analizados por separado», sino que son resultados regulares de una misma forma de organizar la sociedad, basada en el capital como relación predominante. Y lo más interesante es que, al actuar todos al mismo tiempo, si alguno de esos elementos se debilita, pero no consigue modificarse la base material de la que brota, la influencia del resto ejercerá una presión social en el sentido de mantener la estructura. Ejemplo 1: bien pueden debilitarse los «estereotipos», como resultado de las luchas feministas, pero sin embargo, la necesidad de disponer de horas para cuidar a los hijos reproduce brechas salariales. Ejemplo 2: los cambios en la tecnología del trabajo hogareño pueden ampliar la entrada de mujeres al mercado laboral, disminuyendo las brechas de ingresos y de poder de negociación familiar, pero la socialización diferenciada entre varones y mujeres puede dar lugar al «efecto retroceso» (backlash) de más violencia doméstica ante la no aceptación del varón de un status económico más parejo. Ejemplo 3: la necesidad de fuerza de trabajo femenina en las guerras puede aupar a las mujeres a puestos de trabajo antes ocupados por varones, pero los estados siguen siendo dirigidos por ellos, manteniendo la asimetría de poder de decisión global. Ejemplo 4: existen países en los que por razones políticas (la estrategia de «cupos» en México, el genocidio en Rwanda) hay más mujeres con acceso a la burocracia estatal, pero en la distribución de ingresos, de la propiedad y del poder familiar, la dominación masculina sigue siendo clara (femicidios o predominio de varones con poder económico en México, control de la tierra en Rwanda). Esa es la razón por la cual podemos encontrar sociedades en las cuales las ideologías dominantes adoptan, incluso, formas formalmente «feministas» y, sin embargo, siguen reproduciendo desigualdades patriarcales (pasar de la «doble moral» al discurso de «la prostitución como liberación sexual de mujeres empoderadas», por ejemplo). Y esa es la razón por la cual podemos no hallar «sexismo» sin dejar de hallar «techo de cristal». Podríamos seguir enumerando «interacciones» que tienden a mantener la «inercia» de las formas patriarcales, interacciones que Kreimer ve, en su análisis sin síntesis, solo como “decisiones individuales, diversidad de preferencias, dinámicas familiares, incentivos económicos, instituciones laborales, factores culturales y también de personalidad».177
La identificación de una estructura requiere no solo observar regularidades, sino también reconocer los mecanismos que las producen. En este caso, dichos mecanismos pueden localizarse en la organización del trabajo social: la estructuración de las trayectorias laborales en torno a una disponibilidad temporal extendida, la distribución desigual del trabajo de cuidados y la segmentación ocupacional generan efectos sistemáticos sobre los ingresos y el acceso a posiciones de poder. Estos mecanismos, a su vez, no operan anulando la capacidad de elección de los individuos, sino configurando un campo de opciones con costos diferenciales. Las decisiones individuales (por ejemplo, reducir la jornada laboral, o priorizar el cuidado) pueden ser efectivamente elegidas, pero se inscriben en un contexto en el que las consecuencias de cada alternativa no se distribuyen de manera equivalente. En este sentido, la persistencia de ciertos patrones no requiere suponer falta de autonomía, sino reconocer que dicha autonomía se ejerce dentro de un sistema de opciones estructuralmente asimétrico. No describe otra cosa el concepto de «patriarcado del consentimiento» de autoras como Ana de Miguel178.
Observamos, así, que el patriarcado se expresa como una forma de «opresión», dimensión constituida tanto por la dominación (política, macro y micro) como por la desigualdad (económica, social, ideológica) entre varones y mujeres en general. Lógicamente, esa «generalidad» de la dominación no puede ser la fuente para un corpus jurídico, que necesita discernir el caso por caso, y hay que evitar la generalización indebida. Pero la propuesta feminista del marxismo, lejos del pinkwashing, no propone simples reformas en las leyes, sino cambios cualitativos en las relaciones sociales. Y si no se tienen claras las regularidades, no se tiene claro el objetivo de eliminarlas. Y mucho menos se querrá eliminarlas si se consideran fruto de «predisposiciones irreductibles» a la cultura.
Por supuesto que esto no impide criticar a aquellas posturas que, desde una postura también feminista, despegan el problema de las relaciones de género del resto de los problemas sociales, y se quedan solo con ese aspecto para definir la totalidad, negando la importancia del sistema social que las origina: el capitalismo. Tal como señala Sartelli:
Cualquiera reconocería que toda persona (toda cosa) es el resultado de múltiples determinaciones. Que es obrero, blanco, negro o amarillo, que tiene o no educación, que es nativo o inmigrante, que es varón, mujer o transexual, bisexual o cualquier otra cosa. Lo que diferencia al análisis científico de la superficialidad empirista (eso y no otra cosa son los Estudios Subalternos: tomar la cosa tal como se muestra a sí misma), es la defensa de la existencia de una jerarquía de determinaciones, jerarquía en la cual la relación de clase resulta la más importante. En torno a ella se organiza el resto, o mejor, que la relación de clase es el organizador del conjunto de las determinaciones. El posmodernismo del «fragmento» aísla en forma arbitraria una de las determinaciones (la de género, por ejemplo), y la reifica bajo la forma de «identidad». La «política de la identidad» consiste en esta separación arbitraria (…) propia del liberalismo burgués entre hombre y ciudadano, donde ahora «hombre» es reemplazado por las «identidades reprimidas»: «mujer», «indio», «homosexual», etc. No es casual que el objetivo de esa política sea, finalmente, la eliminación imposible de esa separación: la democracia burguesa. Algo que el feminismo burgués ya había planteado hace mucho y promovido como la «discriminación positiva», como las leyes de «cupos» que, como todo el mundo sabe, han servido para «familiarizar la política», en tanto el cupo se completa con la esposa del político burgués. La mujer obrera, mientras tanto, sigue fuera de la política igual que el obrero en general, hasta que la transformación radical de sus condiciones de existencia cree en su vida espacios para algo más que trabajar para otros.179
Lo mismo ocurre con aquellos que adoptan posiciones ecologistas, antirracistas, antidictatoriales o antiimperialistas: se nubla la capacidad de comprensión, si mirar el árbol tapa la visión del bosque. Ese es el problema de la llamada «teoría de la interseccionalidad».180 Pero todo eso no implica otra cosa: que haya movimientos políticos o sociales que absoluticen a esos problemas no significa que dichos problemas no existan.
Dice Kreimer:
Si en Occidente las mujeres no cobran distinto por el mismo trabajo, si no son discriminadas en virtud de su sexo para acceder a un trabajo ni para mantenerlo, si alcanzaron la igualdad jurídica en relación al varón, si pueden –como hemos visto– acceder a los cargos jerárquicos de las profesiones que eligen, si hombres y mujeres padecen la violencia (y los hombres la padecen en mayor medida si sumamos los ámbitos doméstico y público), no podemos sostener que la mujer esté estructuralmente oprimida por el varón, es decir, no es posible sostener respaldados en la evidencia que vivimos en un patriarcado. Esto no implica decir que no haya más sexismo o que no queden temas pendientes en la agenda feminista, pero también hay sexismo contra el varón y temas pendientes en su agenda.181
En contrapartida, decimos nosotros: si en el mundo entero las mujeres no cobran distinto por el mismo trabajo, pero reciben menos dinero a título personal en una sociedad en la que el dinero estructura las relaciones sociales; si no siempre son discriminadas para acceder a un trabajo pero terminan eligiendo trabajos peor pagos para compatibilizarlos con la maternidad; si alcanzaron la igualdad jurídica en relación al varón, pero no la igualdad material o sustancial; si pueden acceder a cargos jerárquicos pero en los hechos no lo hacen en las esferas que representan mayor capacidad de decisión y de poder; si hombres y mujeres padecen la violencia, pero en la violencia que involucra relaciones entre varones y mujeres los varones causan mayor daño y ejercen mayor control, y son los principales perpetradores de dicha violencia; podemos sostener, respaldados en la evidencia, que sí vivimos en una sociedad en que las mujeres están estructuralmente oprimidas, con relaciones de género asimétricas en su detrimento, situación que una vertiente del feminismo ha denominado «patriarcado» (pero podría recibir cualquier otro nombre: «dominación masculina», «neopatriarcalismo», «sistema asimétrico de género», «opresión femenina», etc., etc). Esto no implica decir que el sexismo sea el único estructurador o causa de esa opresión, ni que no haya costos y perjuicios sufridos por los varones en el ejercicio de esa dominación social. Pero la «agenda» es única, y está en superar las relaciones de producción capitalistas para que se creen, por primera vez en la historia humana, las bases materiales que permitan la eliminación de esas desigualdades y relaciones de poder desbalanceadas entre un sexo y el otro.
Porque tal y como he leído en un short publicado en redes sociales en conmemoración del 8 de marzo, día internacional de la mujer182: «No luchas contra los hombres, luchas contra un sistema que nos perjudica a todos. Porque el feminismo no divide: señala una división que ya estaba ahí». Aunque no la veamos.
NOTAS:
1 Kreimer, R. (2020). El patriarcado no existe más. Galerna. pp. 15-6. En adelante, citamos esta edición.
2 Kreimer, R. «Respuesta a la crítica de Hernán Riccioppo al libro “El patriarcado no existe más”». En adelante, «Respuesta».
3 «La negación del patriarcado».
4 Javier Llorens, «Lanzamiento de Libertad & Equidad en contra del feminismo radical», nota publicada en Striptease del poder el 9 de marzo de 2019. También: https://www.elojodigital.com/contenido/17502-argentina-un-manifiesto-contra-el-feminismo-autoritario
5 El patriarcado no existe más, pp. 35-6.
6 El patriarcado no existe más, p. 542.
7 Kreimer, R. «Respuesta a…»
8 Kreimer, R. «Respuesta a…»
9 El patriarcado no existe más, p. 527.
10 El patriarcado no existe más, pp. 521-2.
11 El patriarcado no existe más, pp 524-5.
12 Vogel, L. (1983) Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory. New Brunswick, NJ: Rutgers University Press.
13 Bhattacharya, T. (ed.) (2017). Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression. Pluto Press.
14 Blau, F. & Kahn, L. (2017) «The Gender Wage Gap: Extent, Trends, and Explanations», Journal of Economic Literature.
15 Goldin, C. (2021) Career and Family: Women’s Century-Long Journey toward Equity. Princeton University Press.
16 Becker, G. (1981) A Treatise on the family. Harvard University Press.
17 Sen, A. (1990). «Gender and Cooperative Conflicts». En Persistent Inequalities (Tinker, ed.).
18 Agarwal, B. (1994). A Field of One’s Own: Gender and Land Rights in South Asia. Cambridge University Press.
19 Duflo, E. (2006). «Égalité des sexes et développement», en Le Livre noir de la condition des femmes.
20 Stark, E. (2007). Coercive Control: How Men Entrap Women in Personal Life. Oxford University Press.
21 Johnson, Michael P. (2008). A Typology of Domestic Violence: Intimate Terrorism, Violent Resistance, and Situational Couple Violence. Northeastern University Press.
22 «Respuesta a…»
23 Sen, A. (1992). Inequality Reexamined. Oxford University Press; Nussbaum, M. (2001). «Adaptive Preferences and Women’s Options». Economics and Philosophy, 17; Kahneman, D., Diener, E., & Schwarz, N. (1999). Well-Being: The Foundations of Hedonic Psychology. Russell Sage Foundation.; Easterlin, R. (2001). «Income and Happiness: Towards a Unified Theory». Economic Journal.
24 «Respuesta a…»
25 «Respuesta a…»
26 «La negación del patriarcado».
27 El patriarcado no existe más, p. 514.
28 Kreimer, R. «Respuesta…»
29 Marx, K. (1843), Sobre la cuestión judía. Deutsch-Französische Jahrbücher, en https://www.marxists.org/archive/marx/works/1844/jewish-question/
30 El patriarcado no existe más, p. 513.
31 El patriarcado no existe más, p. 205.
32 El patriarcado no existe más, p. 210.
33 El patriarcado no existe más, p. 163.
34 El patriarcado no existe más, p. 226.
35 El patriarcado no existe más, p. 366.
36 El patriarcado no existe más, p. 398.
37 El patriarcado no existe más, p. 494.
38 El patriarcado no existe más, p. 33.
39 El patriarcado no existe más, p. 537-8.
40 «Respuesta a…»
41 «Respuesta a…»
42 a) O’Neill, J. E., & Polachek, S. W. (1993). «Why the gender gap in wages narrowed in the 1980s». Journal of Labor Economics, 11(1), 205–228. b) Weichselbaumer, D., & Winter-Ebmer, R. (2005). «A meta-analysis of the international gender wage gap». Journal of Economic Surveys, 19(3), 479–511. https://doi.org/10.1111/j.0950-0804.2005.00256. c) Elvira, M. M., & Graham, M. E. (2002). «Not just a formality: Pay system formalization and sex-related earnings effects». Organization Science, 13(6), 601–617. https://doi.org/10.1287/orsc.13.6.601.493. d) Boll, C., Leppin, J. S., Rossen, A., & Wolf, A. (2017). «Magnitude and impact factors of the gender pay gap in EU countries».European Commission (Study Report). e) Boll, C., & Lagemann, A. (2018). «Gender pay gap in EU countries based on SES (2014)». Hamburg Institute of International Economics (HWWI). f) Marie, O., & Leth-Petersen, S. (2017). «Gender differences in the labor market: Evidence from administrative data».
43 El patriarcado no existe más, p. 259.
44 El patriarcado no existe más, p. 261.
45 Según el World Inequality Lab, las mujeres reciben el 35% del ingreso laboral total global, y de la riqueza total las mujeres solo ostentan un 20 a 25%. De la propiedad de la tierra, FAO señala que solo un 15% pertenece a mujeres.
46 «Respuesta a…»
47 «Respuesta a…»
48 Kreimer presenta un caso que pretende desmontar el «mito de la desventaja salarial femenina», introduciéndonos el ejemplo de la FIFA. Dice así (El patriarcado no existe más, p. 273):
Cuando en 2015 el equipo de fútbol femenino de los Estados Unidos le ganó en Los Ángeles el campeonato mundial de fútbol femenino a Japón, Hope Solo, una de las vencedoras, publicó en su muro de Twitter la foto de una Jan reclamando igual paga por el mismo trabajo. La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), organizadora de los Campeonatos Mundiales, señaló que en el fútbol las remuneraciones son proporcionales a las ganancias (Quijano, 2015). El equipo de fútbol femenino obtuvo 2 millones de dólares por su victoria en Los Angeles. En el Campeonato Mundial de Fútbol de 2011 en Alemania, el fútbol masculino obtuvo 73 millones de dólares y el femenino, 10. El Campeonato masculino de 2010 en Sudáfrica recaudó 3,7 billones de dólares. Los jugadores obtuvieron el 9 % de esa cifra, mientras que en el campeonato de Alemania de 2011, las jugadoras mujeres obtuvieron 13 % de las recaudaciones, es decir, un porcentaje mayor en términos relativos y menor en términos absolutos. En todos los casos estamos hablando de cifras millonarias, pero aún así, si se plantea el problema en términos de equidad, es legítimo preguntarse si, tal como sostiene la FIFA, se debe pagar de acuerdo al dinero que se recauda o al esfuerzo de los jugadores.
Este ejemplo es interesante para comprender cómo Kreimer mira los datos económicos. Justamente la mayor tasa de ganancia que registra el fútbol masculino puede deberse tanto a una mayor tasa de plusvalía como a una mayor rotación del capital. No casualmente, ese es el fenómeno que se registra muchas veces en el mercado mundial: ramas de producción que generan una tasa de ganancia más elevada en países centrales, combinada con salarios con «componente histórico-moral» alto; conviviendo con tasas de ganancia más bajas en países periféricos, combinada con salarios bajos. No se me ocurriría mejor ejemplo ilustrativo para comparar asimetrías históricas: patriarcado, subdesarrollo. El problema, obviamente, no es «el esfuerzo», sino la ley del valor.
49 Levanon, Asaf; England, Paula; Allison, Paul (2009), Occupational feminization and pay: Assessing causal dynamics using 1950–2000 U.S. census data, American Sociological Review.
50 Águila, N. (2017). «La unidad de las esferas de la producción y la reproducción en el debate sobre la participación de las mujeres en el mercado laboral», Lavboratorio, 27. Creemos que la hipótesis de Águila se corrobora cuando se observa a los hogares «monomarentales» que tienen mayor incidencia de pobreza.
51 El patriarcado no existe más, p. 177.
52 «Respuesta a…»
53 «La negación del patriarcado».
54 «Respuesta a…»
55 El patriarcado no existe más, p. 182.
56 Bourdieu, P. (2012 [1979]). La distinción: Criterios y bases sociales del gusto. Taurus; Gramsci, A. (2000–2005). Cuadernos de la cárcel (6 vols.). Ediciones Era; Marcuse, H. (1993 [1964]). El hombre unidimensional. Planeta-De Agostini; Goffman, E. (2006 [1963]). Estigma: La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu. Jost, J. T. (2020). A Theory of System Justification. Harvard University Press.
57 El patriarcado no existe más, p. 232.
58 El patriarcado no existe más, p. 234.
59 Albrecht, James y otros (2003), «Is There a Glass Ceiling in Sweden?», Journal of Labor Economics; Arulampalam, Wiji y otros (2007), «Is There a Glass Ceiling over Europe?», Industrial & Labor Relations Review; Blau, Francine & Kahn, Lawrence (2017) «The Gender Wage Gap: Extent, Trends, and Explanations», Journal of Economic Literature; Lazear, Edward & Rosen, Sherwin (1981) «Rank-Order Tournaments as Optimum Labor Contracts», Journal of Political Economy; Bjerk, David (2008), «Glass Ceilings or Sticky Floors?», Journal of Human Resources; Kleven, Henrik et al. (2019), «Child Penalties across countries: evidence and explanations», American Economic Journal: Bertrand y otros (2010), «Dynamics of the Gender Gap for Young Professionals in the Corporate and Financial Sectors», AER.
60 Ranking Fortune 500, https://fortune.com/ranking/fortune500/
61 Council of Foreign Relations, Women’s Power Index, https://www.cfr.org/articles/womens-power-index
62 Tras una serie de reformas constitucionales, México ha logrado paridad en su Congreso (50,4%), en su Gabinete ministerial y, tras la reforma judicial de 2025-2026, se garantiza que la Suprema Corte de Justicia tenga una composición paritaria (actualmente con una mayoría de 5 ministras de 9 integrantes). Rwanda supera ampliamente la paridad en el Parlamento (63,8%) y mantiene la paridad en su Gabinete (52%). Aunque su Corte Suprema no siempre alcanza el 50% exacto, es uno de los países que más se acerca a la “paridad real” en todos los niveles. Países como Bolivia, Cuba, Nicaragua, Andorra y Emiratos Árabes Unidos ya tienen paridad (50% o más) en sus cámaras legislativas, pero a menudo fallan en replicar ese mismo porcentaje exacto en la cúpula del poder judicial.
63 Según datos de la Inter-Parliamentary Union. Digo en Riccioppo, H. «La negación del patriarcado»: «¿Por qué, entonces, pasamos, en el último siglo, de tener casi ninguna mujer en la política a tener unas cuantas? ¿Cambiaron las condiciones sociales o los cerebros femeninos experimentaron una mutación súbita?»
64 El patriarcado no existe más, p. 233.
65 El patriarcado no existe más, p. 26.
66 El patriarcado no existe más, pp. 26-7
67 El patriarcado no existe más, p. 216. Testimonio del grupo de Facebook «Feminismo Científico», Flavia Sierra, 25 de septiembre de 2019.
68 «Respuesta a…»
69 Si el mismísimo Alberto Fernández pretendió haberle dado fin a la dominación patriarcal, no nos sorprendería que gobernantes de países más desarrollados lo intenten en el futuro. https://www.infobae.com/politica/2021/01/14/alberto-fernandez-promulgo-la-ley-del-aborto-estoy-muy-feliz-de-estar-poniendole-fin-al-patriarcado/
70 El patriarcado no existe más, p. 218.
71 El patriarcado no existe más, pp. 227, 250 y 254, respectivamente.
72 Jiménez, D. (2019). Deshumanizando al varón. Pasado, presente y futuro del sexo masculino. Oro Ediciones.
73 Becker, G. (1981). A Treatise on the family. Harvard University Press.
74 Pollak, R. A. (2005). «Bargaining Power in Marriage: Earnings, Wage Rates and Household Production». NBER Working Paper No. 11239. Cambridge, MA.
75 Sen, A. (1990). “Gender and Cooperative Conflicts”. En Persistent Inequalities (Tinker, ed.).
76 Agarwal, B. (1994). “A Field of One’s Own: Gender and Land Rights in South Asia”. Cambridge University Press.
77 Duflo, E. (2006). «Égalité des sexes et développement», en Le Livre noir de la condition des femmes.
78 CEPAL (2019, 2022) – Panorama Social de América Latina; OECD (2011, actualizado 2019) – Doing Better for Families.
79 El patriarcado no existe más, p. 57.
80 Bertrand, M., Pan, J., & Kamenica, E. (2015). “Gender Identity and Relative Income within Households”. Quarterly Journal of Economics; Esteve, García-Román & Permanyer (2012), «The Gender-Gap Reversal in Education and Its Effect on Union Formation»; Van Bavel, Schwartz & Esteve (2018); «The Reversal of the Gender Gap in Education and Its Consequences for Family Life»; Schwartz & Han (2014), «The Reversal of the Gender Gap in Education and Trends in Marital Dissolution», Goldscheider, Bernhardt & Lappegård (2015); «The Gender Revolution: A Framework for Understanding Changing Family and Demographic Behavior»; Klesment & Van Bavel (2017); «The Reversal of the Gender Gap in Education, Motherhood, and Union Stability»; Boertien & Permanyer (2019), «Educational Assortative Mating as a Global Phenomenon»; Qian (2017); «Gender Asymmetry in Educational and Income Assortative Marriage».
81 No sucede lo mismo con la llamada «brecha de ingresos», que sigue siendo significativa y en aumento. Según Bessiere y Gollac (2023). The Gender of Capital. How families perpetuate wealth inequality, la diferencia de patrimonio entre varones y mujeres en Francia era de 9% en 1998, y llegó al 16% en 2015.
82 Está documentado el hecho de que, incluso en parejas en las que las mujeres comienzan a igualar el ingreso del varón, son las esposas las que siguen realizando el grueso de la labor doméstica y de cuidados. Bittman, M., England, P., Sayer, L., Folbre, N., & Matheson, G. (2003). When Does Gender Trump Money? Bargaining and Time in Household Work. American Journal of Sociology, 109(1), 186–214; Tichenor, V. J. (2005). Maintaining Hierarchy: Shared Work and Dominant Power in Dual-Earner Households. Rutgers University Press; Greenstein, T. N. (2000). Economic Dependence, Gender, and the Division of Household Labor in the United States: A Replication and Extension. Journal of Marriage and Family, 62(2), 322–335; Legerski, E. M., & Cornwall, M. (2010). Working-Class Job Loss, Gender, and the Household. Gender & Society, 24(4), 447–474; Campillo, R. (2019). Economía política feminista: Sostenibilidad de la vida y reproducción social.
83 Esteve A, Schwartz CR, Van Bavel J, Permanyer I, Klesment M, Garcia J. (2016). «The End of Hypergamy: Global Trends and Implications». Popul Dev Rev.
84 El patriarcado no existe más, p. 467.
85 «Respuesta».
86 El patriarcado no existe más, p. 86.
87 VV.AA. (2013). Sociología y género. Editor digital: Titivillus ePub base r3.0 (ePub 3)
88 «Respuesta a…»
89 El patriarcado no existe más, p. 516.
90 El patriarcado no existe más, p. 181.
91 El patriarcado no existe más, p. 84.
92 Faludi, S. (1991). Backlash: The Undeclared War Against American Women. Crown.
93 Conkey, M. W., & Spector, J. D. (1984). «Archaeology and the Study of Gender. Advances in Archaeological Method and Theory», 7, 1–38; Conkey, M. W. (1997). «Mobilizing Ideologies: Paleolithic «Art,» Gender Trouble, and Thinking About Alternatives». En L. Hager (ed.), Women in Human Evolution (pp. 172–207). Routledge; Wylie, A. (1991). «Gender Theory and the Archaeological Record: Why Is There No Archaeology of Gender?». En J. M. Gero & M. W. Conkey (eds.), Engendering Archaeology: Women and Prehistory (pp. 31–54); Blackwell. Kuhn, S. L., & Stiner, M. C. (2006). «What’s a Mother to Do? The Division of Labor among Neandertals and Modern Humans in Eurasia». Current Anthropology, 47(6), 953–981; Haas, R., Watson, J., Buonasera, T., Southon, J., Chen, J. C., Noe, S., et al. (2020). «Female Hunters of the Early Americas”. Science Advances, 6(45), eabd0310.
94 Tang-Martínez, Z. (2016). «Rethinking Bateman’s principles: Challenging persistent myths of sexually reluctant females and promiscuous males». Journal of Sex Research, 53(4-5): 532-559.
95 Hrdy, S. B. (1981). The woman that never evolved. Cambridge, MA: Harvard University Press; Hrdy, S. B. (1999). Mother nature: A history of mothers, infants, and natural selection. New York, NY: Pantheon Books.
96 Jayachandran, S. (2015). «The roots of gender inequality in developing countries». Annual Review of Economics, 7, 63–88.
97 Gneezy, U., Leonard, K. L., & List, J. A. (2009). «Gender differences in competition: Evidence from a matrilineal and a patriarchal society». Econometrica, 77(5), 1637–1664.
98 El patriarcado no existe más, p. 51
99 El patriarcado no existe más, p. 79.
100 El patriarcado no existe más, p. 18.
101 El patriarcado no existe más, p. 64.
102 El patriarcado no existe más, p. 69.
103 Suárez-Ruíz, E. J.; López-Orellana, R. (eds) (2019). «Perspectives in Philosophy of Biology», Revista de Humanidades de Valparaíso, No. 14; Winegard, B. M., Winegard, B. M. & Deaner, R. O. (2014). «Misrepresentations of Evolutionary Psychology in Sex and Gender Textbooks»; Woodley of Menie, M.A., Sarraf, M.A. (2021). «Controversies in Evolutionary Psychology». En: Shackelford, T.K., Weekes-Shackelford, V.A. (eds) Encyclopedia of Evolutionary Psychological Science. Springer.
104 Ginnobili, S. y Blanco, D. (2007). «Gould y Lewontin contra el programa adaptacionista: elucidación de críticas», Sci. Stud. 5 (1), marzo/2007.
105 Kreimer se escandaliza de que algunas investigadoras feministas, antidarwinistas según su mirada, dicen que el planteo de la psicología evolucionista es «un cuentito». Pero resulta que esa frasecita la había acuñado un paleontólogo y biólogo evolutivo de primer nivel, que lejos estaba de negar a Darwin. https://cienciasdelsur.com/2020/11/24/por-que-la-psicologia-evolucionista-es-tan-criticada/
106 El patriarcado no existe más, p. 80.
107 Therborn, Göran. (2004). Between Sex and Power: Family in the World, 1900–2000. London: Routledge; Preston, Samuel H. «The Changing Relation Between Mortality and Level of Economic Development.» Population Studies 29, no. 2 (1975): 231–248.
108 Lerner, G. (1986). La creación del patriarcado. Crítica/Grijalbo.
109 «Respuesta a…»
110 El patriarcado no existe más, p. 155.
111 El patriarcado no existe más, p. 217.
112 «…al igual que en la mayoría de las especies animales en las que la hembra realiza una mayor inversión parental que el macho (Trivers, 1972), las mujeres enfrentaron presiones evolutivas que las llevaron a preferir hombres con recursos que auguraban una inversión de bienes materiales y el cuidado de los hijos, a preferir rasgos como la ambición o el estatus, que muestran o predicen la provisión de recursos en el futuro. Sin estas particularidades del hombre, en el pasado los hijos tenían menos posibilidades de sobrevivir. Comida, vivienda y protección son tres elementos preferidos por las mujeres a través de diversas culturas, y los hombres han competido entre sí para obtenerlos» (El patriarcado no existe más, p. 267).
113 El patriarcado no existe más, p. 519.
114 El patriarcado no existe más, p. 85.
115 El patriarcado no existe más, p. 128.
116 El patriarcado no existe más, p. 108.
117 «Respuesta a…»
118 «La negación del patriarcado».
119 El patriarcado no existe más, p. 314.
120 El trabajo de Michael P. Johnson (A Typology of Domestic Violence, 2008) es la refutación técnica más directa a la “simetría” que cita Kreimer. Johnson demuestra que mezclar todos los actos violentos en una sola estadística es un error metodológico. La Violencia de Pareja Común (Common Couple Violence) es bidireccional, surge de conflictos específicos y no busca el control total. Es lo que Kreimer cita para hablar de igualdad. Pero el Terrorismo Íntimo (Intimate Terrorism) es unidireccional (mayoritariamente masculina), persistente y utiliza una combinación de violencia física, económica y emocional para dominar a la pareja. Las mujeres víctimas de “Terrorismo Íntimo” sufren lesiones mucho más graves, tienen más síntomas de estrés postraumático y son las que terminan en los refugios o muertas. Al promediar ambos tipos de violencia, Kreimer invisibiliza el componente de dominación política del varón sobre la mujer.
121 Choudhury, A.A., Martland, N. & Luzon, O. «Women’s Experiences of Coercive Control in Intimate Partner Relationships: a Qualitative Systematic Review». J Fam Viol (2025) En Reino Unido, por ejemplo, 95% de las víctimas de control coercitivo son mujeres, y 74% de perpetradores son varones.
122 Evan Stark (2007), Coercive Control: How Men Entrap Women in Personal Life. Stark sostiene que la violencia física es solo la “punta del iceberg”. El control coercitivo es un patrón de dominación táctica que incluye: aislamiento de la familia y amigos, control de las finanzas y el transporte, y regulación de las actividades diarias (qué comer, qué vestir). Stark demuestra que el control coercitivo es casi exclusivamente ejercido por hombres. Las mujeres pueden dar cachetazos en un conflicto, pero rara vez logran (o buscan) encarcelar psicológicamente al varón, controlando su dinero y sus vínculos sociales.
123 El estudio de Dan Anderberg, Helmut Rainer, Jonathan Wadsworth y Tanya Wilson, publicado en The Economic Review, titulado “Unemployment and Domestic Violence: Theory and Evidence” en 2016, aporta la prueba de que la violencia es una variable económica. Utilizando datos del Reino Unido, demostraron que el aumento del desempleo masculino reduce la incidencia de violencia doméstica (probablemente porque el varón pierde estatus y poder de negociación), mientras que el aumento del desempleo femenino la aumenta. Si la violencia fuera puramente biológica (celos, impulsos), no fluctuaría de forma tan precisa con las tasas de empleo. Este estudio prueba que la violencia es una herramienta de control que el varón ejerce con más fuerza cuando la mujer tiene menos opciones de salida (menos dinero).
124 Betsey Stevenson y Justin Wolfers (University of Pennsylvania) publicaron en 2006 “Bargaining in the Shadow of the Law: Divorce Laws and Family Distress”. Su investigación es un golpe demoledor a la idea de que la violencia es un problema individual. Analizaron los estados de EE. UU. que pasaron del divorcio por culpa al divorcio unilateral (donde cualquiera puede romper el vínculo sin permiso del otro), y encontraron una caída del 8% al 16% en el suicidio femenino y una reducción del 30% en la violencia doméstica. Esto demuestra que el “patriarcado legal” (la dificultad de divorciarse) es un facilitador de la violencia. La violencia disminuye cuando la mujer tiene poder legal para irse, algo que Kreimer subestima al enfocarse solo en la psicología del agresor.
125 El patriarcado no existe más, p. 318.
126 UNODC. (2018). Global study on homicide.
127 Fridel, Emma E., & Zimmerman, Gregory M. (2022). Putting Intimate Partner Homicide in Context: An Examination of Risk Factors and Gender Differences in the Use of Firearms. Crime & Delinquency, 69(9), 1670–1700. SAGE Publications; Browne, Angela. (1987). When Battered Women Kill. New York: Free Press; Wilson, M., & Daly, M. (1992). Who Kills Whom in Spouse Killings? On the Exceptional Sex Ratio of Spousal Homicides in the United States. Criminology, 30(2), 189–215. Putkonen, Hanna; Weizmann-Henelius, Ghitta; Lindberg, Nina; et al. (2011). Gender Differences in Homicide Offenders’ Criminal Career, Substance Abuse and Mental Health Care Use. Journal of Interpersonal Violence, 26(17), 3398–3414. Eriksson, L., & Mazerolle, P. (2015). Female Perpetrated Intimate Partner Homicide: A Systematic Review. Canberra: Australian Institute of Criminology.
128 «La negación del patriarcado».
129 La cifra de «nueve a uno» parece ser algo exagerada. https://apps.who.int/violence-info/homicide
130 «Respuesta».
131 «Respuesta».
132 Connell, R. W. (2005). Masculinities. University of California Press.
133 Johnson, A. G. (2014). The Gender Knot: Unraveling Our Patriarchal Legacy (3ª ed.). Temple University Press.
134 Hartmann, H. (1979). ‘El infeliz matrimonio del marxismo y el feminismo’, Capital y Clase, nº 8.
135 Firestone, S. (1970). The dialectic of sex: The case for feminist revolution. New York: William Morrow; Millett, K. (1969). Sexual politics. New York: Doubleday; Dworkin, A. (1974). Woman hating. New York: E. P. Dutton; MacKinnon, C. A. (1989). Toward a feminist theory of the state. Cambridge, MA: Harvard University Press; Federici, S. (2004). Caliban and the witch: Women, the body and primitive accumulation. New York: Autonomedia; Delphy, C. (1984). Close to home: A materialist analysis of women’s oppression. London: Hutchinson; hooks, b. (1984). Feminist theory: From margin to center. Boston: South End Press.;Herman, J. L. (1992). Trauma and recovery: The aftermath of violence—from domestic abuse to political terror. New York: Basic Books. Esto no significa que estemos completamente de acuerdo con todos los planteos de cada autora: no creemos en que haya un «modo de producción doméstico» como cree Delphy, ni coincidimos con el «autonomismo» de Federici, por ejemplo. Pero sin duda las feministas han abordado el tema de la violencia contra los niños dentro de la familia, en una crítica de la institución como tal.
136 Creo que esta es una de las razones por las cuales sigue siendo apropiado el término «patriarcado», entendido como una relación de poder no solo en la esfera pública («archos»=gobierno) sino también en la esfera familiar, que incluye dominio de unos varones sobre otros, sobre las mujeres en general y sobre los niños.
137 Walby, S. (1990). Theorizing Patriarchy. Basil Blackwell.
138 Guterman NB, Lee Y, Lee SJ, Waldfogel J, Rathouz PJ. Fathers and maternal risk for physical child abuse. Child Maltreat. 2009 Aug;14(3):277-90. Cui, N., Liu, J. Cognitive and behavioral risk factors for child physical abuse among Chinese children: a multiple-informant study. Child Adolesc Psychiatry Ment Health 10, 36 (2016). Assink, M., van der Put, C. E., Meeuwsen, M. W. C. M., et al. (2019). Risk factors for child sexual abuse victimization: A meta-analytic review. Psychological Bulletin.
139 «Respuesta».
140 La evidencia empírica disponible en criminología, salud pública y estudios de género coincide en que la violencia contra las mujeres está masivamente subreportada. En Estados Unidos, el informe del National Research Council estima que entre el 81% y el 84% de las violaciones no se denuncian, mientras que estudios de victimización directa, como el de Ceelen et al. (2016), encuentran cifras similares, con alrededor de 80% de no denuncia en casos recientes. A nivel comparado, la European Union Agency for Fundamental Rights muestra que solo 11,3% de las mujeres denuncia violencia fuera de la pareja y apenas 6,1% en violencia de pareja, lo que implica que la gran mayoría de los hechos nunca ingresa al sistema judicial. Investigaciones en América Latina refuerzan este patrón: en Brasil, por ejemplo, se estiman niveles de subregistro de 89,4% en violencia sexual y hasta 98,5% en violencia psicológica. Revisiones sistemáticas recientes concluyen que este fenómeno es estructural y persistente, con tasas de no denuncia que en distintos contextos oscilan entre 70% y más del 90%, explicadas por factores como el miedo a represalias, la dependencia del agresor, la estigmatización y la desconfianza en las instituciones. En conjunto, estos datos indican que las estadísticas oficiales capturan solo una fracción del problema, por lo que cualquier análisis basado exclusivamente en denuncias tiende a subestimar significativamente la magnitud real de la violencia.
141 Los datos más consistentes (EE. UU., Europa, Canadá, Australia) muestran lo siguiente: Mujeres. Entre 40 % y 55 % de las mujeres asesinadas mueren a manos de su pareja o ex pareja. Varones. Entre 5 % y 10 % de los varones asesinados mueren a manos de su pareja o ex pareja. Si lo expresamos en términos comparativos, una mujer tiene entre 5 y 10 veces más probabilidad que un varón de ser asesinada por su pareja íntima. Ejemplos concretos de datos: Estados Unidos (Centers for Disease Control and Prevention), 55 % de las mujeres víctimas de homicidio a cargo de sus parejas o ex, contra 7 % de los varones. Relación de 8:1. Europa (Eurostat): 30–35 % de mujeres asesinadas por su pareja, contra 5 % de varones. Relación de 6:1. Canadá (Statistics Canada): 45 % mujeres asesinadas por su pareja, contra 6 % de varones. Relación de 7:1.
142 El patriarcado no existe más, p. 441.
143 «Respuesta».
144 El patriarcado no existe más, pp. 229-30.
145 «Respuesta a…»
146 El patriarcado no existe más, p. 162.
147 El patriarcado no existe más, p. 26.
148 «La negación del patriarcado».
149 «Respuesta».
150 Breda, T., Jouini, E., Napp, C. & Thebault, G. (2020). «Gender stereotypes can explain the gender-equality paradox». Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
151 Connolly, F. F., Goossen, M. & Hjerm, M. (2020). «Does gender equality cause gender differences in values? Reassessing the Gender-Equality-Personality Paradox». Sex Roles.
152 Richardson, S. S., Reiches, M. W., Bruch, J., Boulicault, M., Noll, N. E., & Shattuck-Heidorn, H. (2020). “Gender Equality Paradox” in STEM Reformulated: A Reply to Stoet and Geary (2018). Psychological Science, 31(3), 338–341.
153 Ilmarinen, V. J. & Lönnqvist, J. E. (2024). «Deconstructing the gender-equality paradox». Journal of Personality and Social Psychology. Swedish School of Social Science, University of Helsinki.
154 Berggren, M. & Bergh, R. (2025). «Simpson’s gender-equality paradox». PNAS.
155 Esping-Andersen, G. (2009). The Incomplete Revolution: Adapting to Women’s New Roles. Polity Press.
156 Es una situación similar a alguien que ofreciese el «servicio» de que pudieran pegarle con un palo a cambio de un dinero. El servicio mismo es la violencia. Pateman, C. (1988). The Sexual Contract. Stanford University Press.
157 Estudios internacionales muestran que el 71% de las mujeres prostituidas fueron víctimas de agresión física, y 63% fueron violadas durante el ejercicio de la prostitución. Farley, M., et al. (2003). Prostitution and Trafficking in Nine Countries: An Update on Violence and Posttraumatic Stress Disorder. Journal of Trauma Practice
158 Ekman, K. E. (2013). Being and Being Bought: Prostitution, Surrogacy and the Split Self. Spinifex Press. (Edición en español: El ser y la mercancía, Bellaterra, 2017); Moran, R. (2015). Paid For: My Journey Through Prostitution. W. W. Norton & Company. (Edición en español: Pago por ello, Capitán Swing, 2017); Kraus, I. (2021). The Nordic Model: A change in perspective in protection of human dignity.
159 Barry, K. (1979). Female Sexual Slavery. NYU Press. (Edición en español: Esclavitud sexual femenina, La Sal, 1988).
160 «Respuesta a…»
161 «La negación del patriarcado».
162 «Respuesta a…»
163 Es verdad que hay mujeres prostituidas que son técnicamente «pequeñoburguesas» (algunas «escorts» autónomas), pero no son más que una minoría, de aproximadamente un 15% del total (Fundación Scelles, CATW).
164 Informe 2022 de la Organización Internacional del Trabajo.
165 «Respuesta…»
166 Darmangeat, C. (2024). Primitive communism is not what it used to be. At the origin of male domination. Brill.
167 Walby, S. (1990). Theorizing Patriarchy. Basil Blackwell.
168 Todd. E. (2011). L’Origine des systèmes familiaux. Gallimard.
169 Seiffer, T. (2023), «Capital, transformaciones de la clase obrera y olas del feminismo». Prólogos. Revista de historia, política y sociedad, Volumen XVI, 31-70.
170 Darmangeat, C. (2017). A opressão das mulheres no passado e presente – para acabar no futuro! Uma perspectiva marxista [recurso electrónico]. Rio de Janeiro : Rizoma, 2017.
171 Ghodsee, K. (2019) «Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo, y otros argumentos a favor de la independencia económica». Capitán Swing. Pág. 22.
172 «Respuesta…»
173 «Respuesta…»
174 «Respuesta…»
175 «Respuesta…»
176 «La negación del patriarcado».
177 «Respuesta…»
178 De Miguel, A. (2015). Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Cátedra.
179 Sartelli, E. (2022). La sal de la tierra: clase obrera y lucha de clases en el agro pampeano, 1870-1950. Buenos Aires: RyR. Tomo I. Pág. 47.
180 Para hacer un crítica de la teoría de la «interseccionalidad» desde un punto de vista marxista, cfr. «Crítica marxista a la teoría de la interseccionalidad», canal Red Planeta, en https://www.youtube.com/watch?v=yCMybwPz1rI&t=1563s
181 El patriarcado no existe más, pp. 527-8.




