El resultado electoral obtenido por el “socialista democrático” Zohran Mamdani en el centro de las finanzas mundiales, nos suscitó la publicación de “La jaula, el oso y el asado de Alberto”, ya que el suceso se encuentra directamente vinculado con nuestra lucha por el socialismo. Este vínculo es doble. Por un lado, tal como intentamos exponer la semana pasada, desde la perspectiva de la mayor objetividad: en qué contexto emerge Mamdani, qué lugar ocupa en el bipartidismo estadounidense y a qué estrategia responde (tanto como a qué políticas ha respondido) el Partido Demócrata en el pasado reciente. Por otro lado, lo que intentaremos ahora: dialogar y debatir con las interpretaciones acerca de lo que el fenómeno (que no es lo mismo que “suceso”) significa y representa. En otras palabras, vamos a hacer un esfuerzo por ver qué hay detrás de la “apariencia Mamdani”.
Militantes socialistas, no creativos publicitarios
Para nosotros, la militancia es la construcción colectiva de un mapa de la realidad, un programa para movernos en ella, con una expectativa: que cuando el resto de la clase trabajadora, empujada por la crisis y el mal vivir, irrumpa en la vida social y profundice la acción independiente y directa, encuentre un camino que no hipoteque ese esfuerzo en un retorno a los brazos de la burguesía. En este sentido es más importante el acercamiento a la realidad tal cual es, que forzar una interpretación optimista. En el estado actual de la militancia marxista, no somos guardianes del entusiasmo ni gestores de las rupturas. Con suerte y una política adecuada, tal vez podamos aprovechar la oportunidad que eventualmente nos ofrezca alguna irrupción que no podemos calcular ni producir.
Tener un buen programa, un mapa adecuado para orientarnos en el territorio de la lucha de clases, es mucho más necesario que ser publicistas de las virtudes del fervor. El entusiasmo, la combatividad, no son patrimonio de la vanguardia ni son un aporte que la vanguardia le deba al resto de la clase. En todo caso, sucede a la inversa: la vanguardia es el destilado consciente de movimientos objetivos, provocados por las crisis, que pueden suscitar entusiasmo y cuya orientación se encuentra, durante breves lapsos de tiempo, en disputa y debate. La tarea para la que intentamos prepararnos consiste en impedir que ese movimiento sea conducido al abrazo mortal de la clase explotadora.
Ni guardianes del entusiasmo, ni cultores de la plegaria. No suplicamos que “esta vez” no suceda lo que más probabilidades tiene de suceder, si no se construye una fuerza con total independencia de la burguesía: el fracaso, la desmoralización, la apatía. Porque la clase burguesa empleará todos sus recursos para inhabilitar el poder disruptivo de cualquier manifestación que exprese el malestar, el rechazo o la disconformidad. Sabia en el manejo de los tiempos históricos, la burguesía sofoca en sus brazos económicos e institucionales cualquier asomo de independencia de clase antes de que comience a caminar por sí solo. Y cuando esto no alcanza, lo ahoga en sangre.
Inteligencia terrenal, no fe en los milagros
Hay un dato de las elecciones neoyorkinas que suele solaparse o, a lo sumo, condenarse bajo una capa de moralina que impide pensar. Andrew Cuomo, el candidato demócrata más potable para la burguesía (exgobernador del Estado de Nueva York que renunció al cargo por escándalos de abuso sexual), perdió la interna con Mamdani y se lanzó a la contienda como “independiente”. No le fue mal: consiguió casi 100 mil votos más que Eric Adams en 2021. Si Cuomo fue derrotado, la principal causa fue que acudió a las urnas un millón de votantes más a expresar su descontento. Pero la candidatura de Cuomo fue una provocación: se da por supuesto que el ganador de la primaria demócrata en Nueva York es, virtualmente, el alcalde electo. Esta provocación convocó a una mayor participación de electores enojados con la maniobra, aunque, finalmente, se apoyó a la misma maquinaria del partido demócrata que intentaba, por afuera, escamotear vía Cuomo el triunfo de Mamdani en las internas.
De todas maneras, Cuomo exhibió su poder (40% de los votos) y probó que la burguesía, en apuros, no respeta otra institución que sus ganancias. Todo lo cual contrasta con los “socialistas democráticos”, que siempre se resignan a la formalidad del partido de la guerra y Wall Street. La beligerante disposición de Cuomo a pelear por el poder (recordemos que renunció al cargo de gobernador por denuncias de abuso sexual) ensombrece al noble conformismo de Bernie Sanders, quien prefiere quedarse dentro del partido repudiado por gran parte de la población.
La fe y la inteligencia no proceden del mismo mundo. La fe es ultraterrena, nos exige creer en absurdos como palomas que embarazan mujeres, Lázaros resucitados, mares que se abren, personas que sobreviven días en el vientre de una ballena, capitalistas que someten sus negocios al mandato popular, anticomunistas exiliados al amparo de un dictador falangista que quieren construir el socialismo nacional, etc. Milagros que entregan fervor a cambio de credulidad. La inteligencia, por el contrario, procede de una experiencia: no es posible dominar el mundo de manera antojadiza, pero sí es posible organizar cómo sacarle provecho si comprendemos su funcionamiento. Menos festiva, más laboriosa, la inteligencia nos provee de algo que podemos tener realmente.
El fervor alimentado por la confianza en la política burguesa ha conducido a las más sangrientas derrotas. Derrotas que han sido, no casualmente, las más negadas después. El movimiento insurreccional del 69, dirigido a los brazos del general exiliado en la España franquista, resultó en la Triple A y 1500 militantes muertos en las calles del país. Todo esto mucho antes de que la dictadura ampliara y rematara el programa que la clase burguesa ya había puesto en marcha.
Pero, eso sí, en el medio, hubo una primavera. Una primavera entusiasta, fervorosa, combativa y… conciliadora de clases. Con esa fiesta y su mística vino el culatazo en la nuca. Y, para que esto no opacara nuevas primaveras, el olvido. El olvido propiciado. El pleonasmo del negacionismo negado[1].
Independencia política, no conciliación de clases
Los guardianes del entusiasmo sostienen que Ahora, sí, ahora esto funcionará. ¿Por qué? Porque Mamdani, según reza la prensa reformista[2], es la aparición de “un político imaginativo”, capaz de ideas que no se le ocurrieron a nadie. Sin embargo, a muchos se les han ocurrido propuestas para mejorar la vida cotidiana y fueron asfixiadas en el conservadurismo de los partidos demócrata y republicano. No hay que confundir los efectos con las causas. No es la llegada de Mamdani la que produce esta aparición de las demandas inmediatas, sino la insatisfacción de esas demandas lo que provoca, en principio, las promesas de campaña de Mamdani. Si consigue mantener todo el andamiaje dentro del Partido Demócrata –tal como hizo Bernie Sanders, garantizando la victoria de Trump–, el capitalismo estadounidense habrá sorteado la única amenaza real que podría llegar a hacerle frente: su propia clase obrera defraudada.
La partida de Sanders de la carrera [presidencial en 2020] es un duro golpe para los progresistas, que se levantaron durante y después de la campaña de 2016 y comandaron los debates de la era Trump del Partido Demócrata sobre temas como la atención médica, el cambio climático y los efectos de la creciente desigualdad económica.
Pero a pesar de que sus políticas se hicieron más populares a lo largo de los años y durante las primarias, el senador de Vermont luchó para ampliar su propio apoyo y galvanizar una coalición ganadora. Ahora, como lo hizo después de abandonar las primarias de 2016, Sanders buscará influenciar al presunto candidato a través de los medios que mejor conoce, desde afuera.[3]
Sanders dejó claro que “buscaría influenciar” –es obvio que no lo ha logrado– desde afuera del gobierno. Lo que no aclaró –y es igualmente obvio– es que se mantendría dentro del partido burgués.
Está de moda emparentar el entusiasmo y la desilusión, vía Baruch Spinoza, con las pasiones alegres y las pasiones tristes[4]. Pero, dejando de lado la conveniencia y la levedad de ese pretendido spinozismo (adecuado al sentido común del progresismo universitario y a empresas editoriales como Cactus, Tinta Limón y Caja Negra), desde una perspectiva de independencia de la clase obrera, hay fervores reaccionarios y desconfianzas prometedoras. Por eso interpretamos el mensaje de las elecciones neoyorquinas en un solo, claro y tajante sentido: los partidos burgueses son, todos en igual medida, nuestros enemigos; todos atentan contra las condiciones materiales de vida de los trabajadores.
El Partido Demócrata y Mamdani son tan enemigos de los trabajadores como el Partido Republicano y Trump. No es necesario aclarar que cualquier unidad de acción progresiva para la clase obrera puede ser llevada adelante. Lo que es necesario remarcar –la tarea política por excelencia para los socialistas– es que las coincidencias tácticas y coyunturales no opacan, no atenúan ni cambian, el antagonismo irreconciliable, fundamental y estratégico, entre los intereses que defiende el Partido Demócrata y los intereses objetivos de la clase trabajadora.
Desconfianza prometedora, no fervor reaccionario
Jacobin, la insigne publicación de la internacional progresista, reivindica a Mandami de esta manera:
El hecho de que Mamdani sea un socialista democrático y que se negara a sacrificar a los palestinos demostró su autenticidad y su condición de outsider a millones de neoyorquinos acostumbrados a que los políticos convencionales digan una cosa y hagan otra.
Al igual que Bernie Sanders antes que él —y a diferencia de candidatos como Kamala Harris—, cuando Zohran hablaba de los trabajadores frente a los multimillonarios, se notaba que lo decía en serio. Fue sobre la base de esa credibilidad que Zohran, con la ayuda de innumerables activistas de Democratic Socialists of America (DSA), construyó una maquinaria electoral sin precedentes, compuesta por más de 90.000 voluntarios.
Su excelente campaña fue una condición necesaria para la victoria, pero no habría llegado tan lejos si no hubiera coincidido con cambios radicales en la opinión pública. Zohran logró lo que las campañas de Bernie en 2016 y 2020 imaginaron, pero nunca lograron: remodelar drásticamente el electorado inspirando a nuevos votantes (en su mayoría jóvenes) y ganándose al mismo tiempo a un gran número de demócratas tradicionales desencantados con la cúpula del partido.
[…] Zohran no solo se impuso entre los millennials con estudios universitarios y los zoomers del «Commie Corridor» [el “corredor comunista”, un sector de la ciudad que vota con orientación progresista], sino que también ganó en barrios de clase trabajadora como Brownsville y East New York. Y dominó entre el sector demográfico de las «wine moms» (madres liberales de clase media), una parte crucial de la base demócrata que se ha radicalizado ante la incapacidad de Chuck Schumer y Hakeem Jeffries para plantar cara a Trump.
La victoria de esta noche demuestra que los jóvenes y un gran número de trabajadores están hartos de que todo siga igual y buscan una alternativa. Sin embargo, las figuras del establishment de ambos lados del espectro político seguramente descartarán los resultados de hoy como un caso atípico de una ciudad profundamente demócrata que no se puede replicar porque los electores de otros lugares son más moderados.
Pero tres de los últimos cuatro alcaldes de Nueva York (Eric Adams, Michael Bloomberg y Rudy Giuliani) no eran precisamente progresistas. Y este argumento parte del supuesto erróneo de que la mayoría de los estadounidenses tienen preferencias políticas coherentes y encajan perfectamente en un eje que va de muy conservador a muy liberal. Los estadounidenses están sintiendo la presión en todas partes, y para superar el MAGA [Make America Great Again, “Hacer grande EEUU otra vez”] deben dirigir esa ira hacia arriba, contra las grandes empresas, para que no se canalice hacia abajo, contra los inmigrantes y las personas trans.
Como muestra la investigación del Center for Working-Class Politics, la mejor apuesta para derrotar electoralmente al trumpismo es la misma en todos los rincones del país: campañas populistas austeras en torno a candidatos auténticamente antielitistas. Esto podría significar presentarse como independientes en aquellas regiones del país donde la marca demócrata sea tóxica. Y en estados rojos como Nebraska, un trabajo manual o un historial de militancia sindical pueden ser una señal antielitista más eficaz que un carnet del DSA.
Pero si bien la forma que adopta el populismo económico puede variar según la región, el mensaje político fundamental debe ser el mismo: la clase trabajadora merece seguridad económica y dignidad, y por eso es hora de hacer pagar a los multimillonarios.[5]
Todo en esta nota indica que todo el entusiasmo se apoya en la ilusión de que el Partido Demócrata pueda ser “corregido” a favor de los trabajadores. Por eso la conclusión es que sólo se lo debe abandonar cuando “la marca demócrata sea tóxica”. Un esfuerzo más, jacobinos, si quieren ser peronistas: en Argentina no hay toxicidad insoportable para el peronismo cuando siempre se puede votar “con la nariz tapada” o, como dijo Horacio González, “desgarrados y con la cara larga”.
Con los pies un poco más sobre la tierra, la revista Dissent coincide bastante con nuestro diagnóstico, pero extrae de allí conclusiones contrarias a las nuestras:
En lugar de perseguir una competencia infructuosa por un grupo finito de votantes medios y márgenes estrechos, Mamdani ofrece así una prueba local y limitada de una idea que debe estar en el centro de cualquier estrategia electoral de izquierdas: las lealtades partidistas existentes son débiles, se pueden agitar a los no votantes, no se puede dar por sentado ningún voto y todos los votos están en juego. […]
Mamdani triunfó claramente al priorizar las injusticias y desigualdades que, en su opinión, afectan a la mayor cantidad de personas y que trascienden nuestras diferencias. Sin embargo, un aspecto poco reconocido de su éxito es cómo también reformuló las diferencias conflictivas como una causa común, ampliando así el atractivo del proyecto de la izquierda. En los últimos años, la izquierda se ha visto atrapada en un debate estéril e interno, donde una facción ingenuamente supone que los diversos tipos de la llamada opresión basada en la identidad –expresada en base a la “experiencia vivida” y en nombre de la “equidad”– se alinean y unifican, mientras que otra facción argumenta, a menudo en términos muy abstractos, que solo priorizando un conjunto común de “intereses de la clase trabajadora” podemos crear la solidaridad necesaria para ganar elecciones. Ambas tendencias, irónicamente, basan la política en apelaciones a lo que se entiende como intereses dados y condiciones sociales estáticas, y, al hacerlo, reducen la perspectiva política necesaria para construir nuevas mayorías en un mundo de antagonismos plurales.
Mamdani adoptó un enfoque diferente. Entiende claramente que las coaliciones son el motor de la política y que, por necesidad, están formadas por grupos con intereses y preocupaciones particularistas, no siempre del todo compatibles. Sin embargo, ha asumido repetidamente el reto de unificar y universalizar estas preocupaciones, no solo centrándolas en el aspecto fundamental de la asequibilidad, sino también articulando eficazmente su importancia general y sus implicaciones para el público en general. […]
Zohran Mamdani será el próximo alcalde de la ciudad de Nueva York. Es una pena que no haya más tiempo para saborear este logro. Los multimillonarios que temen la amenaza que representa para su influencia y poder, incluso más que para su riqueza, seguirán haciendo todo lo posible por socavarlo. Las amenazas de la administración Trump de retener el apoyo financiero y lanzar redadas caóticas del Departamento de Seguridad Nacional en la ciudad serán graves e inmediatas. La seguridad pública –cómo se percibe en relación con lo que ocurre en las calles y en el metro, y cómo se equilibra con la reforma de la justicia penal– seguirá siendo un campo de pruebas crucial. Ya existe una preocupación bien fundada de que Mamdani haya cedido prematuramente al aceptar mantener a Jessica Tisch como comisionada de policía. Tisch ha manifestado su oposición a reformas como el elevar la edad de responsabilidad penal y disolver la base de datos de pandillas. […]
Los críticos anti-Mamdani dicen que destruirá la ciudad, pondrá en peligro a los neoyorquinos judíos y provocará la huida de los ricos. Tras su victoria en las primarias demócratas, Kathryn Wylde, figura destacada de los promotores inmobiliarios y financiadores de Nueva York, admitió que el ascenso de Mamdani les había vuelto a todos “un poco histéricos”. Wylde también sabe algo que todo contrainsurgente experimentado conoce: el poder financiero tiende a prevalecer sobre el poder político, que depende de su generosidad, y la cooptación es la vía más segura para desactivar el entusiasmo igualitario. Mi temor es más concreto: ante las limitaciones impuestas por la dependencia de la ciudad a la autoridad fiscal estatal y al mercado de bonos municipales, una economía tambaleante y la arraigada situación de personas sin hogar y pobreza (que ahora afecta a más de una cuarta parte de los niños de la ciudad), el programa de viviendas asequibles de Mamdani, por muy bienintencionado que sea, se enfrenta a grandes dificultades.
Ya hemos visto esta película: la desilusión se instala cuando los proyectos reformistas de la izquierda son devorados por la austeridad capitalista y su manifiesta decadencia social. Sin embargo, hay motivos para el optimismo. […]
El desafío de cara al futuro, no menos importante que cumplir las promesas de campaña, será mantener la fe pública en la promesa de que la ciudad nos pertenece.[6]
Subrayemos: “Es una pena que no haya más tiempo para saborear este logro. Los multimillonarios que temen la amenaza que representa para su influencia y poder, incluso más que para su riqueza, seguirán haciendo todo lo posible por socavarlo”.En esta afirmación se resumen dos posturas posibles, antagónicas entre sí, ante lo que sucede en la ciudad de Nueva York:
i) o bien disfrutar el dulce y efímero sabor de un logro que se escurrirá de las manos por la propia lógica del capital;
ii) o bien contemplar el resultado como expresión de una incipiente ruptura fundada en el desencanto; afirmar la desilusión en las alternativas burguesas, intentar comprender en profundidad esta desconfianza y contribuir a generalizarla[7].
Menos entusiasta y más revelador del desencanto obrero con los partidos burgueses, The Guardian se acerca a la vida cotidiana y las privaciones crecientes de la clase trabajadora, apagando el deslumbramiento que produce la figura de Zohrar Mamdani:
Los patrones electorales de esa noche en todo el país indicaban un giro que pasa de Donal Trump a los demócratas, lo cual, por supuesto, no significa que el socialismo democrático de Mamdani sea algo que los Estados Unidos en general estén dispuestos a aceptar. Aun así, el giro hacia la izquierda fue lo suficientemente señalado como para devolver a los demócratas a algunas zonas tradicionalmente muy republicanas, entre ellos a dos demócratas elegidos para una comisión de servicio público en Georgia; a la primera mujer demócrata elegida gobernadora en Nueva Jersey; y a una nueva gobernadora demócrata elegido en Virginia. En la propia ciudad de Nueva York, el cambio de tendencia con respecto a Trump, apenas 12 meses después de que su apoyo se disparase durante las elecciones presidenciales de 2024, resultó algo significativo. […]
Mamdani tiene el capital social y cultural de alguien que creció en una familia acomodada de una zona rica de Manhattan, con una progenitora que estudió en Harvard y se convirtió en una cineasta de éxito y otro que es profesor en Columbia. Y aunque el alcalde electo asistiera a una escuela secundaria estatal académicamente selectiva en la ciudad, estudió en una universidad privada de artes liberales en Maine que cuesta hoy 91 mil dólares al año en concepto de matrícula y gastos de manutención. […]
Mientras tanto, ninguna de sus promesas electorales justifica el uso de la palabra «radical» en un sentido alarmista. La propuesta de Mamdani de un salario mínimo de 30 dólares parece una aspiración política convencional. Ha prometido que los autobuses de Nueva York serán gratuitos, como lo fueron durante el COVID, sin que la ciudad cayera en el comunismo (a este respecto: cuando el ferry de Staten Island pasó de ser de pago a gratuito en 1997, los viajeros de Nueva York no lo consideraron un gesto comunista). […]
Los resultados de las elecciones de esta semana sugieren que Mamdani es una fuerza eficaz y motivadora contra la corrupción de Trump. Pero, aunque es fácil imaginárselo, dentro de unos años, enfrentándose cara a cara con J.D. Vance en un debate televisado de las presidenciales, sus verdaderos enemigos puede que anden más cerca de casa. Para avanzar más allá de la política de Nueva York, no solo tendrá que vencer a los republicanos, sino también a los cancerberos de la vieja guardia del Partido Demócrata de la era de Chuck Schumer y Nancy Pelosi, quienes, sospecho, pueden encontrarlo aún más amenazante y desagradable de lo que encuentran a Trump.[8]
De lo que estas publicaciones exponen, dos cosas son innegables. Por un lado, asistimos a un tiempo en que las demandas materiales inmediatas portan poder de movilización y demanda de canales de expresión. Por otro, el Partido Demócrata es, tal como señala el último artículo citado, muy probablemente el mayor obstáculo a enfrentar. Un obstáculo empotrado en un mecanismo que ningún entusiasmo puede superar, pues exige, previamente, un desencanto radical:
El éxito de Bernie [Sanders], que prácticamente redibujó el mapa político estadounidense para abrir espacio a una izquierda robusta, no puede separarse de esa estrategia, que le permitió mantener cierta distancia de las mareas diarias de la guerra cultural. Entiende con claridad el trumpismo como una grave amenaza autoritaria para las normas de la democracia liberal, y apoya a los demócratas tradicionales cuando es necesario. Pero se ha convertido en el político más popular del país, en parte, por mantener una distancia deliberada del liberalismo demócrata convencional, en lugar de presentarse simplemente como su ala más radical. Durante años, las encuestas que lo enfrentaban directamente con Donald Trump mostraban que podría derrotarlo con holgura, gracias a su atractivo entre votantes persuadibles que, de otro modo, habrían votado republicano.[9]
Bernie Sanders apoya a los demócratas tradicionales cuando es necesario y no enfrenta a Trump, aunque podría derrotarlo. Su tarea es obvia: devolver al Partido Demócrata algo de la confianza perdida por sus acciones de gobierno, sobre todo desde los años 90 hasta el presente. Que Mamdani sea el encargado de llevar “el movimiento de Bernie hacia el futuro” (como titula la nota de Jacobin) nos indica cuál es su función: se trata del mayor guardián del entusiasmo y cultor de la plegaria que hoy nos proponen cuidar y sostener.
Unidad materialista, no división ideológica
El fervor reaccionario que anhela volver a lo que el Partido Demócrata fue durante el boom de posguerra germina en la fe por regresar a esos “30 gloriosos años”.[10] La irrupción del trumpismo, la crisis del establishment demócrata y la emergencia de Mamdani son expresiones de un desbarajuste general provocado por el despliegue de la dinámica capitalista, de sus continuas revoluciones en la productividad y, por ende, en el trabajo. La falta de una perspectiva histórica que contemple estos procesos conduce a lecturas como esta, del portal europeo Sin Permiso: apenas observa que no se sostienen los servicios públicos como antaño y que bastaría “voluntad política” para tomar las decisiones que corrigieran el desvío:
Mamdani ha comprendido que existe un vínculo directo entre esta crisis de habitabilidad y la dinámica de la desigualdad. Las familias de hoy en día son más pobres y vulnerables, y eso se debe a que el sistema que debería protegerlas –la economía de la vida cotidiana– se ha convertido en un dominio privilegiado para los beneficios, las rentas y los dividendos. Los ciudadanos pagan alquileres insostenibles y facturas más elevadas, y reciben peores servicios, al tiempo que dedican tiempo y dinero a adquirir bienes esenciales, porque los rentistas, los accionistas y los inversores están acumulando riqueza precisamente en estos sectores decisivos para la vida cotidiana, lo cual ha venido impulsando la inflación desde la década de 2000. Mamdani ha tenido la claridad de nombrar esta realidad y convertirla en el eje central de su agenda: renovar la economía de la vida cotidiana.
[…] Mamdani ha comprendido que cuando la economía fundamental falla, la democracia se desmorona. Los sistemas de aprovisionamiento disfuncionales hacen que muchos ciudadanos vivan por debajo de sus expectativas.
Esto da lugar a descontento, frustración y resentimiento, los cuales se expresan no solo a través de la abstención electoral, sino también en votos a favor de grupos «insurgentes», populistas, nacionalistas y reaccionarios. Por eso la izquierda debe volver a dar prioridad a la economía fundamental y, con la ayuda de los movimientos sociales, trabajar en proyectos que puedan cambiar la ventana de Overton, es decir, ampliar lo que es políticamente pensable y practicable.
Mamdani contribuye a este cambio insistiendo en que el suministro de bienes básicos no solo requiere más recursos, sino también una nueva estructura de producción y distribución, capaz de equilibrar la sostenibilidad económica para los productores con la justicia social para los consumidores.
No se trata de nacionalizarlo todo, sino de redefinir las reglas de la economía fundamental. La vivienda, el agua, la alimentación, la energía, la sanidad y el transporte son sectores demasiado importantes como para dejarlos en manos de entidades financieras, pero también demasiado complejos como para que los gestione únicamente el sector público.
No sabemos con exactitud en qué proporciones hay mala fe y desconocimiento de la realidad en este enfoque, según el cual se podría blindar a ciertos “sectores demasiado importantes” para que no funcionaran bajo la lógica mercantil que regula al conjunto de la sociedad capitalista. Lo cierto es que en Argentina vemos este mismo enfoque “luchando” para que el agua y aun “los medios periodísticos” sean sustraídos de las relaciones de producción dominantes[11]. Continúa Sin Permiso:
[…] los nuevos sistemas fiscales y de fijación de precios son un corolario indispensable para que este proceso funcione. Sin estos cambios, cualquier reforma seguirá siendo incompleta. En este sentido, podemos ir aún más lejos que Mamdani: no basta con gravar la riqueza o las ganancias de capital; también debemos reformar los sistemas de fijación de precios de los servicios públicos, que actualmente son regresivos. Estos afectan más duramente a las familias pobres, ya que los gastos esenciales consumen una mayor parte de sus ingresos. No se trata de «culpar a los ricos», sino de crear sistemas fiscales y de fijación de precios socialmente justos para financiar la vida misma.
La fuerza política del proyecto de Mamdani reside en su método. A diferencia de los populismos que dominaron la última década –desde Trump hasta el Movimiento Cinco Estrellas italiano–, Mamdani no ha construido su liderazgo sobre lemas y temas de discusión.
Ha logrado combinar con éxito una visión clara con un conjunto de medidas viables, aunando radicalismo y pragmatismo. Las intervenciones simbólicas e inmediatas, como el transporte gratuito y la congelación de los alquileres, marcan el rumbo del cambio. Estas deben ir acompañadas de reformas fiscales e intervenciones estructurales que trasladen el poder y los recursos hacia quienes trabajan en el tejido social: ONGs, sindicatos y grupos de acción directa. Mamdani ha aprendido a utilizar las nuevas técnicas de comunicación política, pero lo que propone no es una táctica de mercadotecnia. Se trata de una caja de herramientas para el reformismo colectivista, un conjunto de medidas capaces de cambiar la percepción misma de lo que es posible.
Su éxito es un mensaje claro para una izquierda europea desorientada, todavía cautiva del lenguaje de la competencia y la productividad, de la retórica tecnocrática de la digitalización y el crecimiento verde. El crecimiento económico no «se filtra hacia abajo» y la redistribución posterior a la producción ya no es suficiente. Si la producción y la distribución de bienes fundamentales se han visto comprometidas, lo que se necesita no son pequeños ajustes en el bienestar, sino una reconstrucción completa de los fundamentos materiales de la vida social. Un reformismo nuevo debe partir de las experiencias cotidianas –alquiler, facturas de servicios públicos, tiempos de desplazamiento– no para preparar otra lista de subvenciones, sino para renovar la economía de la vida cotidiana, que actualmente se encuentra agobiada por el peso de los alquileres y los dividendos.[12]
Esa “lista de subvenciones” denunciada es una referencia al clintonismo, es decir, a la forma en que el Estado yanqui favorece los negocios desde los años 90. Ya no se apoya principalmente en la gestión de los sectores menos rentables, sino en subvencionarlos. De ahí que las ONG y la casta de intermediarios se hayan esparcido por el mundo con el apoyo y la bendición del Banco Mundial y sus orientaciones globales.
Pero eso no es más que una de las caras del aumento de la productividad y, consecuentemente, del aumento de la precariedad de los empleos. Porque el Partido Demócrata administró ese cambio, pero no lo creó. Las fuerzas económicas que dieron fin al Estado de Bienestar e inicio a “la era Clinton” son las mismas que motorizan al capitalismo desde su surgimiento histórico. Por eso no hay ninguna chance, sin importar a qué divinidad se dirijan las plegarias, de que el Partido Demócrata deje de ser lo que es o vuelva a ser lo que fue. Ese mundo ha desaparecido. Y el que se nos avecina trastoca las instancias que se añoran como si fueran paraísos perdidos. Un retorno al Estado de bienestar con servicios y empleos garantizados para amplias capas de la clase trabajadora es imposible.
Más adecuada a la dinámica real expresada en el triunfo de Mamdani es esta descripción, que publicó la revista mexicana Letras Libres, cuyo copete es elocuente: “La victoria del candidato socialista en Nueva York se vio impulsada en gran medida por los precarios con titulación: jóvenes con título universitario o superior que ganan lo justo para sobrevivir”. Dice la nota al respecto:
Este grupo está formado por personas que van a la universidad con la promesa de sus padres, profesores y políticos de que esto les garantizará una carrera profesional. Pronto se dan cuenta de que les han vendido un billete de lotería y salen sin futuro y con muchas deudas. Esta facción es peligrosa en un sentido más positivo. Es poco probable que apoyen a los populistas. Pero también rechazan a los antiguos partidos políticos conservadores o socialdemócratas. Intuitivamente, buscan una nueva política paradisíaca, que no ven en el antiguo espectro político ni en organismos como los sindicatos. […]
Hace diez años, el panorama político en Estados Unidos estaba dominado por dos partidos: uno del 1% (los ricos) y otro del 10% (los titulados). Ambos partidos se centraban en promover los intereses de la clase dominante, mientras ignoraban los del 90%. […]
En 2016, Donald Trump canalizó el creciente empobrecimiento popular para comenzar a reformatear a los republicanos en un partido populista de derecha, MAGA. Ese proceso no está terminado.
Mientras tanto, los demócratas habían controlado eficazmente a los populistas de izquierda de su partido, mediante una combinación de represión (pensemos en Bernie Sanders) y cooptación (pensemos en AOC). Como resultado, en 2024 el Partido Demócrata se convirtió en el único partido de las élites gobernantes. Su catastrófica derrota en las elecciones de 2024 dio lugar a una revolución en toda regla, aunque, afortunadamente, relativamente incruenta (al menos, hasta ahora). La popularidad del partido Demócrata entre los estadounidenses ha caído a mínimos históricos, las élites demócratas establecidas se encuentran en desorden y eso ha supuesto una oportunidad para el resurgimiento del ala izquierda del partido.
La victoria de Mamdani en la ciudad de Nueva York puede ser una señal de que los populistas intentarán hacerse con el control del Partido Demócrata de forma similar a lo que el movimiento MAGA intentó hacer con los republicanos. O puede que no. Al fin y al cabo, la ciudad de Nueva York dista mucho de ser un distrito electoral típico estadounidense.
¿Qué fuerzas impulsaron la victoria de Mamdani sobre el candidato principal, Andrew Cuomo? […] para mí, los aspectos más interesantes son la educación y la riqueza.
Veamos primero a los titulados. Sorprendentemente, la proporción de personas que votaron en estas elecciones y que tenían al menos “alguna experiencia universitaria” es del 80 %. El 31 % tiene una licenciatura y el 27 % tiene un título superior, y ambos grupos dan a Mamdani una ventaja de 19 puntos (57% para Mamdani, 38% para Cuomo).
[…] Tal concentración de personas con títulos universitarios es asombrosa. Pero según la encuesta del gobierno de Nueva York de 2023, hace dos años la proporción de neoyorquinos con una licenciatura o un título superior era del 43%, lo que supone un aumento del 33% con respecto a 2010. De los adultos blancos (mayores de 25 años), dos tercios completaron la universidad. Hablando de sobreproducción de títulos…
[…] estas cifras respaldan firmemente la idea de que la victoria de Mamdani se vio impulsada en gran medida por los jóvenes precarios con titulación: jóvenes con título universitario o superior que ganan lo justo para sobrevivir. […] porque trata sobre la miseria, “la sobreproducción de graduados universitarios” y, por supuesto, “la precariedad cualificada”.
Aunque Nueva York es probablemente el mayor enclave de precarios con titulación, no es el único. Hay una gran sobreproducción de aspirantes a la élite en otras ciudades de las costas este y oeste. Esto significa que los demócratas del establishment se ven ahora presionados por los populistas tanto de la derecha como, ahora, de la izquierda. Esta semana se habla mucho de la “ola azul” que ayudará a los demócratas a recuperar la Cámara de Representantes en 2026. Pero esos ganadores, probablemente, serán una especie diferente de demócratas.[13]
El sentido histórico que presenta esta perspectiva se acentúa en este otro artículo, ahora del New York Times, titulado “Zohran Mamdani y la venganza del Yuppie en apuros”, que incluye esta advertencia en el copete: Cuando la ciudad se convierte en un “producto de lujo”, incluso los más cómodos empiezan a rebelarse. Veamos:
El Nueva York actual fue creado para que los residentes con ascenso social lo disfruten, a partir de los escombros de una ciudad mucho más peligrosa y mucho más pobre que surgió de la crisis fiscal de finales de los años setenta. […]
A medida que los barrios pobres y obreros se han transformado, los precios de la vivienda se han disparado, y luego los gentrificadores empezaron a ser eliminados de los barrios gentrificados. A medida que las escuelas públicas han mejorado, a menudo hay más demanda y más competencia por las plazas más codiciadas. “Es una reacción existencial, un rechazo total”, dijo Jonathan Mahler, autor del nuevo libro “Los dioses de Nueva York: Egoístas, idealistas, oportunistas y el nacimiento de la ciudad moderna: 1986-1990”, y redactor de The New York Times Magazine. “Estas personas que hace 40 años habrían sido yuppies ahora están pasando por tiempos un poco difíciles”, dijo el señor Mahler. “Ganan 120.000, 140.000 dólares al año, y eso no es suficiente para vivir una vida de clase media-alta en Nueva York. Y ese es el votante de Mamdani”. […]
No hace tanto, Nueva York era conocida por ser un lugar al que los estadounidenses podían venir para crear una vida cómoda y de clase trabajadora. A mediados del siglo XX, el alcalde Fiorello La Guardia, a quien el señor Mamdani suele llamar el mejor alcalde de la historia de la ciudad, ayudó a crear una ciudad donde había muchos empleos sindicalizados en la industria manufacturera. El movimiento obrero organizado tenía suficiente poder para ayudar a aumentar los salarios y beneficios, y allanar el camino para que los afiliados al sindicato ahorraran para la entrada. Nueva York se transformó con la ayuda de fondos federales de la era del New Deal, y la ciudad construyó una vasta red de viviendas públicas, junto con plazas, parques infantiles y demás infraestructuras, creando su joya de sistema universitario público. Pero a finales de los años 70, la desindustrialización y la automatización aplastaron la economía de la ciudad, y décadas de mala gestión fiscal dejaron al gobierno completamente arruinado.
Salvar Nueva York de la bancarrota requirió reducir los servicios sociales, cobrar matrícula en la City University of New York por primera vez y recortar la financiación de hospitales públicos y otras instituciones. El sector privado comenzó a arrebatar el poder al gobierno, y pronto la tarea del alcalde no solo fue dirigir la ciudad, sino también gestionar las necesidades de la comunidad empresarial, que constituía un núcleo crucial de la base impositiva de la ciudad. Nueva York era ahora la capital financiera del mundo. Era el lugar ideal si querías ganar dinero, un refugio para jóvenes profesionales urbanos apodados poco cariñosamente yuppies, y un centro creativo, con mucho espacio de estudio para artistas.
El ascenso de Wall Street en los años 80 ayudó, al menos durante un tiempo, abriendo espacio para el crecimiento en medios, marketing y publicidad. Ese auge transformó la ciudad, convirtiéndola en una meca para los ultrarricos, que pronto aumentaron la demanda de apartamentos que costaron 50 millones de dólares, luego 100 millones y después más de 200 millones. Querían distritos comerciales de diseñador no solo en Madison Avenue, sino también en los antiguos paraísos de artistas de SoHo y el West Village. Y ahora pagan 65 mil dólares o más, por hijo, por colegios privados de élite. […]
El señor Salam ha argumentado que parte del ascenso del señor Mamdani puede atribuirse a un sentimiento de movilidad descendente entre las élites de la ciudad. “Mis padres tenían un tipo de vida especial”, dijo, canalizando a ese neoyorquino. “Y no puedo tener esa vida”.
Lo que sucedió en Nueva York, si tomamos en cuenta las particularidades arriba expuestas, podría tomarse no como un giro “a la izquierda” sino como “el rechazo a las élites” (en la particular versión neoyorquina). Leído así, el desafío ya no es imitar a Mandami sino lograr un programa y una acción política de clase, desencantada, capaz de expresar cabalmente lo que en muchos sectores se canaliza en el voto a Trump mientras en otros se orientó al apoyo a Mandani. El desafío, entonces, consistiría en desoír los cantos de sirena del bipartidismo burgués que nos ofrece la promesa de soluciones parciales para la satisfacción parcial de las necesidades de una parte de la clase trabajadora, es decir, el modo mismo de persistencia del problema.
Por supuesto que este desafío implica hacer algo mucho menos disponible con las fuerzas políticas disponibles. Se trata de que hay que construir. Pero también es cierto que se trata de un desafío que cuenta un motor real capaz de empujar la construcción de ese programa: el descontento que estos votos sorprendentes, locos, irracionales e iracundos, de colores opuestos, con saltos ideológicos rotundos, nos está señalando en el corazón del capitalismo. Un descontento ilustrado en notas como esta, titulada “Filas en el almacén de alimentos, multimillonarios en la Casa Blanca”:
El cierre de gobierno más largo de la historia de Estados Unidos ha terminado, pero hay dos conjuntos de imágenes de estas últimas semanas que podrían perdurar mucho más allá. La primera imagen muestra las largas colas que se extienden desde los bancos de alimentos después de que la administración Trump optara por no utilizar los fondos disponibles para mantener el flujo completo de los beneficios de cupones de alimentos a millones de estadounidenses pobres este mes, y luchara contra las resoluciones federales que le exigían que pusiera a su disposición la totalidad de los beneficios. La segunda, publicada en redes sociales por el propio presidente Trump, muestra su flamante baño en la habitación Lincoln, renovado con accesorios dorados y mármol.
Los demócratas forzaron el cierre del gobierno para poner a los republicanos a la defensiva ante el aumento del costo de la atención médica, pero luego cedieron sin lograr una victoria política tangible. Sin embargo, el cierre también puso de manifiesto la marcada diferencia en el trato que el presidente da a ricos y pobres, prácticamente dejando en bandeja de plata los ataques de sus oponentes, quienes se apresuran a criticar duramente a la administración por el problema de la asequibilidad de la atención médica en Estados Unidos.
No hay razones para sostener el entusiasmo. El capital ya está “abrazando” al flamante alcalde de Nueva York. Sin embargo, se ha abierto una hendija. El fenómeno Mamdani se explica menos por un giro ideológico hacia “la izquierda” que por una decepción generalizada con el nivel de vida. Lo que une a los trabajadores que votaron a Mamdani no es “la causa Palestina”, el color de piel ni un caleidoscopio de identidades sentidas, sino las condiciones materiales de existencia. Que es exactamente lo que los une, también, a esos otros trabajadores: los que votaron al otro partido burgués.

[1] Sobre el negacionismo peronista: a) “La ESMA y el negacionismo peronista”; b) “24 de marzo, de memoria y de lucha”; c) “Ante el ballotage: ¿Eterno resplandor de una mente sin recuerdos?”; d) “Memoria completa: Rodrigazo, Triple A y Plan Cóndor (50 años recordando al peronismo en el gobierno)”.
[2] Escribimos una serie de notas sobre la prensa: 1) “Nuestra herramienta indispensable”; 2) “Jacobinos reformistas”; 3) “Cómo la prensa burguesa puede ayudarnos a pensar”.
[3] Gregory Krieg y Ryan Nobles, “Bernie Sanders abandona la carrera presidencial demócrata 2020”, nota publicada en CNN en Español el 8 de abril de 2020.
[4] Véase la reseña del libro de Myriam Bregman que publicamos bajo el título “La estrategia del ocaso”.
[5] Eric Blanc, “La victoria de Zohran Mamdani marca el camino a seguir”, nota publicada en Jacobin el 6 de noviembre de 2025.
[6] Nikhil Pal Singh, “La promesa de Zohran”, nota publicada en Dissent el 5 de noviembre de 2025.
[7] En septiembre de 2023 publicamos “En sentido contrario a la burguesía, promover la desconfianza generalizada”. La misma idea está mejor desarrollada en “Una estrategia socialista: unirnos y dividirlos”.
[8] Emma Brockes, “La mayor amenaza para Zohran Mamdani no es Donald Trump, sino la vieja guardia del Partido Demócrata”, trad. Antoni Soy Casals, “Mamdani, pasió de sus partidarios, terror de sus enemigos”, dossier publicado en Sin Permiso el 9 de noviembre de 2025.
[9] Ben Burgis, “Zohran lleva el movimiento de Bernie hacia el futuro”, nota publicada en Jacobin el 9 de noviembre de 2025.
[10] Sobre los “30 gloriosos años” escribimos: a) “La solución y los imprescindibles”; b) “De amenaza fantasma a ubicuo espantapájaros”; c) “El dilema de Camus”; d) “La tentación irracionalista”; e) “Cine: una de esas mercancías que nos resistimos a ver como mercancías”; f) “El campo de los sueños”.
[11] Al respecto escribimos “El agua y la mercancía: cómo el progresismo sustituye la verdad por lo agradable”.
[12] Angelo Salento y Karel Williams, “Lecciones para Europa de Zohran Mamdani”, nota publicada en Sin Permiso el 16 de noviembre de 2025.
[13] Peter Turchin, “Zohran Mamdani y la revuelta del precariado cualificado”, trad. Ricardo Dudda, nota publicada en Letra Libres el 10 de noviembre de 2025.




