TAREA NECESARIA: Un balance socialista de las elecciones legislativas

La frustración depende de las expectativas. Dado que una mirada socialista sobre la realidad intenta superar la inmediatez de las impresiones en busca de la estructura que las posibilita y concreta, nuestro balance de estas elecciones de medio término en Argentina estaba cantado: ganara La Libertad Avanza o ganara Fuerza Patria, el resultado sería una calamidad para el conjunto de la clase trabajadora.

Sin embargo, hay elementos novedosos para pensar. Un sistema electoral tan sensible a los caprichos del poder ejecutivo (nacional y provincial) ha convertido el sufragio en una maratón desde marzo, en que comenzó la campaña para los convencionales de Santa Fe, hasta el 26 de octubre, en que se realizó la elección de diputados y senadores nacionales. A ese ritmo, 8 de cada 24 meses se colman de campañas y elecciones. Esto ofrece datos precisos acerca de la conciencia política que ninguna encuesta nos puede brindar.

Por ejemplo, el crecimiento de la abstención, impugnación y voto en blanco de conjunto, comparados con sus antecedentes históricos. También la movilidad de las adhesiones políticas, su frágil compromiso. Ambas novedades (una alta y creciente abstención, en términos históricos; una importante variabilidad en el voto, entre elección y elección) nos indican un desplazamiento de la fe en un programa político, o una tradición ideológica, hacia un muy pragmático “No queda otra”: no queda otra que votar a éste para que no gane aquél; no queda otra que votar así para que no se descalabre la economía. En términos de conciencia política actual, este “No queda otra” no es lo mismo que la adhesión positiva, convencida, a las opciones ofertadas por la democracia burguesa.

Claro que no inferimos, del rechazo a los representantes, un rechazo a la representación. No hay, por parte de la clase trabajadora, acciones directas que expresen una alternativa (como en los 90, por ejemplo, el movimiento piquetero lo expresaba en términos de “corte de ruta y asamblea”). El rechazo a la oferta de representantes no implica, necesariamente, un rechazo al sistema representativo. No es lo mismo silbar a los jugadores de mi equipo que dejar de ser hincha del club.

También la sorpresa depende de las expectativas. Los gobernadores, que ganaron ampliamente sus elecciones provinciales, fueron derrotados por LLA en las elecciones nacionales, semanas (o meses) después. LLA, que ahora consiguió blindarse contra el juicio político, hace un mes fue derrotada en la provincia de Buenos Aires y se le auguraba un veloz abandono del gobierno. Pero la sorpresa se basa en dos presunciones que deberíamos revisar. La primera es la opinión progresista según la cual la población es una marioneta. Pensamos, al contrario, que la población es soberana y “elige” de acuerdo con cada situación. La segunda es creer que las ideas políticas (ese marco de referencia que permite estabilidad y prejuicios sobre los resultados) siguen normalmente vigentes cuando, en realidad, las tradiciones políticas se encuentran agobiadas por sus fracasos. Si tenemos en cuenta estos dos elementos, las elecciones se vuelven más coyunturales e impredecibles. Sorprenden, sí, pero sorprenden a nuestro juicio conservador, que tiende a esperar lo que ya damos por sabido y bajo los esquemas de interpretación con que nos formamos.

En este ir y venir frenético, ni los ganadores ganan tanto, ni los perdedores pierden todo, precisamente en virtud de la inestabilidad de los compromisos. Lo único estable en este contexto es que el presunto ariete “antisistema”, la herramienta electoral conducida por la corriente política autoconstruida para cabalgar en el conflicto y dirigir a las masas, el FITU, no ha recolectado nada de este movimiento de millones de votos hacia un lado, hacia otro o hacia ninguno (abstención, voto en blanco).

Veamos el cuadro más general antes de retomar algo de lo que esbozamos hasta acá.

El péndulo burgués del capitalismo argentino

El capitalismo es un sistema de productores privados que persigue la valorización de sus inversiones. Esto es lo que organiza la economía y la vida social. En particular, Argentina se caracteriza por una suerte de “triángulo vicioso” cuyos vértices son la baja productividad, la avidez de dólares y el exceso de pesos. La baja productividad del capitalismo argentino determina su casi nula competitividad en el mercado mundial. Requiere insumos importados, que se pagan en dólares, y no logra vender al exterior, que es la manera de obtenerlos. En suma, el país no produce los dólares que necesita.

Sin embargo, la economía se mueve. ¿De dónde salen los dólares? De tres fuentes. La primera: las exportaciones de materias primas. Esto se debe al azar geográfico de la pampa húmeda, a la innovación tecnológica que debe acompañar esa ventaja comparativa (provista por la naturaleza) y una resolución favorable de la disputa por los dólares (ya que los insumos industriales son importados). Las otras dos fuentes de dólares son la venta de activos (vender empresas u otros patrimonios) y la toma de deuda (del exterior, del ahorro doméstico, etc.). En ese marco, el petróleo, el gas y la minería se reposicionan como generadores de dólares (recordemos que el kirchnerismo había convertido al sector energético en un consumidor de divisas).

Al atraso tecnológico (la baja productividad de la economía en general) se agregan otros inconvenientes para las expectativas capitalistas de obtener ganancias: i) alto costo laboral, derivado de conquistas que se han ido perdiendo, pero todavía funcionan; ii) altos costos fiscales con alta evasión; iii) un sistema previsional insostenible, con pocos aportantes (debido a la precarización) y muchos jubilados (debido al envejecimiento demográfico). Esos tres problemas requieren, para que la economía capitalista se recomponga y relance, tres grupos de reformas: laboral, fiscal y previsional. La burguesía argentina necesita, entonces, que el ajuste (fin de la inflación y reordenamiento de precios) sea la base para las reformas que pongan a sectores de la industria en condiciones de competir y sobrevivir. En este plan, algunos sectores deben ser liquidados, su desaparición es inexorable.

El problema estructural de la baja productividad argentina condiciona y propicia, siempre dentro del capitalismo, dos escenarios. O bien soltar la circulación de pesos y atenazar los dólares (el peronismo) y que reviente la inflación. O bien atenazar los pesos y liberar los dólares (los liberales) y que la recesión aplaste la economía. Claro que, una vez en el gobierno, ambas recetas combinan instrumentos cruzados. Pero el esquema es este: o bien hay pesos sin dólares, lo que incrementa la demanda más allá de lo que se puede satisfacer y tenemos inflación; o bien hay dólares sin pesos, lo que retrae el consumo y tenemos recesión. La oscilación del “péndulo” burgués del capitalismo argentino es este movimiento de expansión y contracción, diástole y sístole, inspiración y expiración, de un sistema incapaz de hacer otra cosa: inflación o recesión.

Ante ambas perspectivas burguesas (la peronista y la liberal), que debaten cuál es el rol de su Estado de clase [1], los socialistas pensamos que cualquier Estado que garantice la propiedad privada de los medios de producción (esto es, el poder del mercado y los inversores) es funcional a la ganancia capitalista. Porque el socialismo no se propone la administración del Estado burgués para que funcione mejor, sino suplantar el Estado y el sistema capitalista por otra forma de organizar la producción social.

El reformismo, en cambio, admite el planteo socialista para realizarlo “en un futuro”, ya que no sería factible en este momento (y en esto estamos de acuerdo). Pero, en lugar de comenzar a construir, hoy, las bases para ese futuro socialista, es decir, en lugar de organizar militantes sólidamente socialistas para dar esa pelea desde ya, el reformismo asume y desea que, en lo inmediato, sea posible que el Estado, bien conducido, beneficie a los trabajadores.

Teniendo en cuenta este esquema de péndulo burgués que oscila entre dos recetas que no resuelven el problema estructural del capitalismo argentino (y no se puede resolver manteniendo la propiedad privada de los medios de producción), vamos a interrogar la conciencia política de los trabajadores. Y la conciencia política, como toda otra forma de conciencia humana, se produce en el cerebro.

El cerebro pragmático de la supervivencia evolutiva

El cerebro desarrollado en los seres vivos que lo poseen no tiene otro propósito que la supervivencia. Hablamos de un órgano complejísimo caracterizado no por una inclinación a la teoría y la especulación abstracta sino por el pragmatismo decisorio con un único fin: conservar la vida. Esto exige que el “cerebrado” organismo abrace lo fundamental y no se paralice (o extravíe) en el fárrago de lo accesorio.

De manera muy similar a como el servicio meteorológico combina docenas de mediciones del tiempo atmosférico para inferir la probabilidad de que llueva en los próximos días, nuestra percepción inconsciente utiliza la información que llega de los sentidos para computar la probabilidad de que los colores, las formas, los animales o la gente estén presentes en nuestros alrededores. En cambio, nuestra conciencia nos ofrece sólo un vistazo de este universo probabilístico: lo que los expertos en estadística llaman una “muestra” de esta distribución inconsciente. Elimina todas las ambigüedades y alcanza una perspectiva simplificada, un resumen de la mejor interpretación actual del mundo, que luego puede trasmitirse a nuestro sistema de toma de decisiones.

Esta división del trabajo, entre un ejército de estadísticos inconscientes y un único decisor consciente, puede imponerse sobre cualquier organismo que se mueva por su sola necesidad de actuar frente al mundo. Nadie es capaz de actuar sobre la base de meras probabilidades; en algún momento hace falta un proceso dictatorial para derribar todas las incertidumbres y decidir. Alea jacta est: “La suerte está echada”…[2]

Este mecanismo pragmático de supervivencia también opera cuando hay elecciones en la democracia burguesa. A la hora de votar nos preguntamos a qué elementos de la realidad aferrarnos y cuáles descartar, cuáles consider centrales y cuáles hacer como si no existieran o no fueran tan relevantes como aquellos a los que adherimos.

La perspectiva que consideramos necesaria para la clase trabajadora, lo que para nosotros es central, lo amenazante, el depredador que nos acecha (si hablamos de supervivencia animal), es la lógica del capitalismo. Y lo que debemos descartar, omitir de la realidad como si fueran cantos de sirena, son la inmediatez y la pequeña diferencia. Superar la inmediatez del Hacer algo ahora, y la pequeña diferencia del No son lo mismo es una condición necesaria para acceder a la idea de que lo que nos caga de hambre y amenaza todo lo que amamos es el funcionamiento del capital: eso que mueve el flujo económico y la vida real de todos nosotros en la sociedad capitalista.

Toda adhesión política implica mantener ciertos olvidos y destacar ciertos aspectos. Esto es necesariamente así. Pero el reformismo trabaja por una desmemoria histórica caprichosa que olvida, por ejemplo, desde la Triple A hasta el 270% de inflación de Massa, pasando por la burocracia sindical buchona y millonaria[3]. La adhesión al peronismo exige estos olvidos. Y se ha hecho con eficacia durante muchos años. Pero la eficacia de ese olvido depende de que entregue resultados favorables, porque así funciona nuestro pragmático cerebro (y no puede proceder de manera, radicalmente distinta, en un plano de la vida específico como el de la política). Lo que la historia reciente de las elecciones nos muestra, desde este enfoque, es que los resultados que justificaban la política de desmemoria y aceptación del peronismo ya no existen. Extinguido ese mundo, ya no hay justificación para votar al peronismo.

Los partidos políticos burgueses, en este momento, funcionan como relativamente descartables en cada ocasión. ¿Se votó contra Milei en la provincia de Buenos Aires para mandarle un mensaje alrededor de la recesión, la corrupción y la agresividad del discurso? Pues bien, se votó contra el peronismo un mes y medio después, para darle un mensaje alrededor del retorno de ellos al gobierno y la inestabilidad macroeconómica que constituyen.

En cuanto a la izquierda (ese amplio espectro que incluye mucho más que la izquierda socialista), su perspectiva dominante es exactamente opuesta a la que consideramos necesaria para la clase trabajadora. La izquierda se aferra a la inmediatez y la pequeña diferencia, a la vez que descarta el sistema capitalista como lo central a combatir. Veamos este balance de Comuna Socialista que nos compartió un compañero de esa organización[4], porque es ejemplar en este sentido:

El resultado de las elecciones legislativas confirma las señales propias del derrumbe inhumano de la sociedad. Si bien es necesario sopesar los números contemplando al ausentismo (teniendo en cuenta las más de diez millones de personas que no fueron a votar, LLA sacó el 26% de los votos del padrón electoral total), está claro que una importante porción de gente se inclinó, una vez más, por apoyar –o no ponerle freno– a la opción más reaccionaria, retrógrada, despreciable y peligrosa. A esta banda de la derecha liberticida de corruptos y estafadores enemiga de los más humildes, que defiende furiosamente los intereses de la gran burguesía y de los timberos de las grandes finanzas, que mendiga dólares a la Casa Blanca y festeja las guerras del nazi-sionismo. […]

En primer lugar es fundamental que la izquierda se una en un Frente Único en defensa de la vida y de las libertades democráticas en busca de ser un punto de referencia clarificador para las personas que quieren reaccionar. […]

Pero lo más fundamental para reaccionar contra este decadente y servil panorama de manera directa y radical es ser más humanos. ¿Acaso el voto a Milei no expresa altas dosis de deshumanización? Se trata de levantar la mirada de las pantallas, de respetar y defender a las mujeres, a los niños, a los ancianos, de darnos cuenta de que todos somos personas con capacidades diferentes y todos parientes de la humanidad común y diferente. Debemos saber que nuestros recursos no son las divisas de Bessent sino la solidaridad, la comprensión, la ayuda mutua, la colaboración y cooperación para hacer frente a las nuevas ofensivas que vendrán contra las libertades y las condiciones de existencia. Construir ámbitos de comunión para que todo esto empiece a vivir cotidianamente puede ser dirimente.

Esta proclama desestima el capitalismo: su problema no es el modo de producción social sino “esta banda de la derecha liberticida de corruptos y estafadores”, como si para los socialistas fuera preferible que nos explotara un club de caballeros con buenos modales. A tal punto desestima la materialidad de la vida social, que desprecia “las divisas de Bessent” como si los insumos industriales, la comida de nuestros hijos, el alquiler de la vivienda o la conexión a internet se pudieran pagar con “solidaridad, comprensión y ayuda mutua”. El texto, además, abraza la inmediatez (“reaccionar contra este decadente y servil panorama”, “construir ámbitos de comunión”) y promueve la pequeña diferencia (¿quién queda afuera y quién adentro de un “Frente Único en defensa de la vida y las libertades democráticas”?).

Omitir el funcionamiento del capital (“El enemigo es Milei”), abrazar la inmediatez (“Hay que hacer algo ya, hoy, ahora”) y tener muy en cuenta la pequeña diferencia (“No son lo mismo”) son las características propias de la perspectiva que sostiene la mayor parte de la izquierda.

El cuento trotskista de los villanos foráneos

El FITU explica el triunfo de LLA por un chantaje de Trump como “injerencia del imperio en una semicolonia”. Nosotros, en cambio, vemos que la advertencia de Trump enseñó dos cosas: que Argentina es un país soberano y que gran parte de la población entiende el funcionamiento del capital.

La intervención de Trump con facilidades financieras, acompañadas de una mención al resultado que deseaba, es la ratificación de que el presidente de los EE.UU. no puede evitar que la población argentina vote lo que le parezca. Al intentar interferir sobre las decisiones soberanas de un país soberano, no desmiente, sino que refuerza ese carácter. Un soborno es la acción opuesta a una orden, no es necesario ser un genio para reconocer la distinción: para un policía de tránsito, “soborno” es lo que le ofrece el automovilista, mientras que “orden” es la que recibe del comisario. Trump no es el comisario de Argentina (ni siquiera de los burgueses argentinos, que bastante desconfiaron de sus tuits). Y el FITU, al cerrar su campaña frente a la embajada de EE.UU., explicita su política nacionalista y no socialista, una política concebida no contra el capital sino contra la injerencia del capital extranjero en los asuntos de la burguesía argentina.

Cuando conceptos abstractos como “patria” y “soberanía” se utilizan para explicar el funcionamiento real del capital, la historia adopta el tono de un relato para chicos, con sus villanos foráneos que llegan para detener el desarrollo de la nación en armonía de clases. ¿Pero qué país no ha sido condicionado por el flujo y la ganancia del capital? Las recientes quejas de la Unión Europea porque Trump les desfinancia el presupuesto de defensa demuestran que el flujo del capital condiciona países en el mundo entero. Alemania reconstruida con el Plan Marshall, ¿no era un país soberano? El primer canciller Konrad Adenauer ¿sería como el presidente Javier Milei, un “entreguista”, un “gatito mimoso del poder económico”?

No es Trump. Es el capital. Trump no hizo más que expresar, sin eufemismos, lo que hace el capital en todas las elecciones: “Si pasa lo que me conviene, me quedo; si no, me voy”. Al capitalismo argentino lo dirige el flujo del capital. No lo dirige la “voluntad popular”, no lo dirige el gobierno de turno, mucho menos lo dirige la clase trabajadora.  Entonces, ¿para qué votamos? Para medir lo que la población permite. (Por otro lado, resta, además, lo que la clase trabajadora es capaz de impedir). El Estado burgués no dirige el flujo del capital.

El desconocimiento, por parte del trotskismo, del funcionamiento de la sociedad en que vivimos se resume ejemplarmente en esta polémica con la estrategia del Nuevo MAS que La Izquierda Diario publicó en estos días:

Esas centenares de miles de personas apoyaron nuestra campaña que tuvo un claro contenido de lucha consecuente contra el gobierno libertario en las calles junto a las luchas obreras y en el Congreso, denunciando el silencio cómplice de la burocracia sindical (en particular de la CGT), por salarios, jubilaciones, presupuesto para educación, salud y discapacidad, poniendo el cuerpo en cada pelea (jubilades, universidades, Garrahan, Secco, Georgalos, etc., etc.); una campaña internacionalista, siendo el único spot en TV que denunció el genocidio en Gaza y el silencio cómplice de medios y opositores, además de las actividades en las universidades, terciarios y colegios secundarios de todo el país y en las movilizaciones en solidaridad con el pueblo palestino; antiimperialista, agitando “Fuera el FMI” y que “no queremos ser una estrella más de la bandera yanqui”; anticapitalista, denunciando las ganancias de los grandes empresarios y planteando que la crisis la paguen ellos, entre otros temas. Un método que nos prepara para las duras batallas que vendrán.

Ajeno a todo análisis marxista, socialista, de la realidad, el trotskismo no combate a todos los burgueses, sino a una fracción (Milei). No propone romper con la burocracia peronista, sino que ésta se coloque al frente de las luchas. Su internacionalismo no es para todos los trabajadores del mundo, sino para ciertas fracciones, como la dirigida por Hamas (por eso no pide el fin de la masacre, sino “una Palestina libre del río hasta el mar”, lo cual implica otro exterminio). No combate la lógica del capital, sino al FMI.

La persona singular de la personificación política

La famosa frase de que los hombres hacen la historia, pero en circunstancias que no eligieron, colocada por Marx al comienzo de El 18 brumario de Luis Bonaparte, es muy instructiva y útil para la militancia, si nos ponemos de acuerdo en qué parte es la objetiva y que parte es la subjetiva de la vida sociopolítica.

Las elecciones exponen la torsión que significa la personificación, una metáfora que se toma como si fuera un concepto. Milei personifica, en el gobierno, el interés de la burguesía en general y de algunos sectores en particular. Se trata de una mediación entre intereses económicos y una personalidad concreta, de carne y hueso, que sirve de bisagra entre esos intereses y el apoyo de las masas. Los intereses económicos no flotan en el aire, sino que se “entregan” a ciertas personas que los gestionan garantizándoles viabilidad institucional. Personas que, además de personificar, son singulares. Parte de esa singularidad es la que les permite cumplir la tarea gubernamental, la representación (personificar un interés). Pero esa personalidad tiene existencia propia y, en determinados momentos, no marcha en el sentido favorable a los intereses que personifica. Si esto es notorio en los gobiernos bonapartistas y exagerado en los dictatoriales, no deja de suceder en los democráticos. Por eso los yanquis se preguntan qué hará Milei de ahora en adelante: porque es la personificación de esos intereses y, también, es una persona. ¿Ampliará el gabinete? ¿Dialogará con los gobernadores? ¿Se apoyará en el último resultado electoral para porfiar en la polarización? Acaba de convocar a una reunión con todos los gobernadores, menos los cuatro que responden a Cristina. ¿Era esto lo esperable? ¿Es lo más conveniente para el flujo de capital?

En la noche del domingo electoral, ante el resultado inesperado (pero no inesperable), varios reconocidos intelectuales de izquierda lo juzgaron particularmente adverso. Confesaron, así, un supuesto: el de que, entre los factores subjetivos dependientes de la voluntad de los dirigentes, está la ilusión de obligar al capital a someterse y responder a las determinaciones de la política. Por eso, cuando el FITU se queja de que el peronismo no sale a luchar (además de generar confianza en que podría hacerlo), trastoca un factor objetivo en cuestión subjetiva: no ve que la clase trabajadora no confía en una dirigencia que objetivamente la ha traicionado y es una enemiga de temer. Así, el FITU procede como si bastara con tesón y voluntad. Como si, con suficiente presión en las calles, se pudiera obligar a la CGT a cambiar de actitud y al peronismo a ser consecuente con los sueños de la dirigencia trotskista. De ahí que la dirigente del Partido Obrero y secretaria general de Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Tatiana Fernández Martí, publique cosas como esta: “Ante la reforma laboral de Milei, necesitamos 14 toneladas de piedras”.

La idea supone que hay masas movilizadas capaces de trasladar por el aire esa montaña de cascotes. El Nuevo PST (no confundir con el PSTU), crítico del FITU pero indudablemente trotskista, sostiene en su editorial y balance de las elecciones que el alto nivel de abstención en Argentina expresa “una tendencia que se va profundizando como parte de la revolución política, que es la expresión de las masas del hartazgo y rechazo a la democracia burguesa y a todos los partidos burgueses y sus instituciones”. ¿Dónde está esa revolución política en curso? (El internacionalismo de los compañeros es también indudable, ya que registran el “desarrollo de procesos revolucionarios que recorren los 5 continentes”).

En publicaciones de ese talante, el trotskismo evidencia una extraordinaria desconexión entre la realidad y la idea de que estamos en condiciones de tirar 14 toneladas de piedras como parte de una revolución política en marcha. Esta izquierda ve un mundo de lucha voluptuosa y alegre rebeldía que no tiene correlato en el conteo de conflictos:

En 2024: Según registros de la Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social del Ministerio de Capital Humano, el nivel de conflictividad laboral en el sector privado observado durante el segundo semestre de 2024 ha sido el más bajo de los últimos 19 años. Esta información surge del análisis de la evolución histórica de los conflictos con paro, incluyendo las jornadas individuales, y la cantidad de trabajadores huelguistas.

Se registraron 14 conflictos con paro en promedio por mes durante el segundo semestre de 2024, el menor número desde 2006. En comparación con el pico de 47 conflictos en 2014, esto representa una disminución del 71%.

Asimismo, el promedio mensual de trabajadores huelguistas ha sido de 15.155, lo que representa el mínimo verificado durante el mismo periodo y una disminución drástica respecto del 2008, cuando el número ascendía a más de 100 mil. En 2024, también se registraron 42.575 jornadas individuales no trabajadas por paros, una de las cifras más bajas de la serie histórica en contraste con las 180.000 jornadas de 2009.

Junio de 2025: El Ministerio de Capital Humano, a través de la Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, informa que durante el mes de junio de 2025 hubo una reducción del 10% respecto al mismo mes del año anterior y una caída del 22% en comparación con mayo de 2025, dichas cifras positivas en el sentido de la baja sobre la conflictividad laboral, se dan en el marco del registro de 46 conflictos laborales con paro.

Sobre la cantidad de trabajadores huelguistas hubo un descenso del 34% interanual y del 61% en relación a mayo de 2025, esto surge de un total de 249. 709 personas. En cuanto a las jornadas individuales no trabajadas, las mismas registraron una caída del 28% respecto a junio de 2024 y del 57% frente a mayo de 2025, sobre un total de 338.721.

En el ámbito privado se registró un descenso en los tres indicadores: los huelguistas se redujeron un 94%, las jornadas no trabajadas disminuyeron un 73% y los conflictos con paro retrocedieron un 44%, lo que amplió la proporción estatal del total de conflictos del 67% en junio de 2024 al 78% en junio de 2025. En contraste, en el ámbito público hubo un descenso del 1% en la cantidad de huelguistas y una caída del 15% en las jornadas no trabajadas.

 Por otro punto, y muy claramente en los últimos meses, han disminuido en número y masividad las movilizaciones de desocupados y movimientos sociales.[5]

En ese contexto, Juan Carlos “Gringo” Giordano, dirigente de Izquierda Socialista, publicó el 28/10 una respuesta a la caracterización que Juan Grabois expresó acerca del trotskismo. “Grabois, estamos por conquistar el poder para terminar con los males de la clase trabajadora y de la juventud”, escribió Giordano. Por su parte y al mismo tiempo, Vía Socialista (Razón y Revolución) desafiaba a sus seguidores en redes:

Este es el espacio en el que se construye semejante izquierda: entre la amenaza inocua y la súplica chistosa, con una extraordinaria capacidad para negar el mundo en que vivimos. El FITU es capaz, incluso, de ofrecer dos versiones de la realidad: hay una oleada impresionante de luchas y, a la vez, no hay luchas porque el peronismo las impide y bloquea. Dependiendo del contexto y la conveniencia, tanto una como otra cosa están sucediendo.

Tal vez lo que está sucediendo es que no hay luchas porque el rechazo a las representaciones burguesas en la clase trabajadora, al igual que en las elecciones, no ha encontrado hasta ahora más que canales pasivos y negativos para expresarse.

En este juego entre la objetividad y la subjetividad, nosotros pensamos que los sujetos somos condiciones de la política. Política es hacer algo entre sujetos. Pero la crisis es una condición objetiva de la acción. Y la vanguardia organizándose es la mediación entre ambas cosas. Una vanguardia organizándose es lo contrario de una izquierda autoerótica.

Los resultados trotskistas del Star System partidario

El juicio que el trotskismo ha hecho de su propio desempeño revela (nuevamente) que es inmune la realidad. “Conquistamos 3 diputados” cuando, en verdad, renovaron 3 y perdieron 1. O “Somos tercera fuerza en AMBA”, cuando el FITU llegó a ser tercera fuerza nacional y perdió ese puesto. Estas afirmaciones exponen otro rasgo infantil de esta corriente política: no hay registro de la historia, todo empieza siempre desde cero. Cada elección es una “gran elección” y una “importante victoria”. Pero basta una consulta en Wikipedia y el cuento para niños se desmorona:

En diputados, donde mejor le va al FITU, vemos que sus resultados más alentadores se obtienen en años de relativa estabilidad (2013, 2017, 2021), mientras que los retrocesos se producen en momentos de crisis (2015, 2019, 2023, 2025). Si ya hemos señalado el caso jujeño en 2023 (una de las jactancias del PTS) como un caso testigo del vínculo entre trotskismo y lucha en las calles, donde el FITU perdió en tres meses el 40% de los votos (en el contexto de enormes movilizaciones de rechazo a la reforma constitucional) [6], ahora vemos que no fue un caso aislado: la estrategia de agitación y lucha en las calles para propiciar una escalada insurreccional no ha provocado ese efecto buscado, sino que le ha restado votos al FITU sistemáticamente. A pesar de todo esto, la prensa del PTS habla de un “avance de la izquierda trotskista”:

Un avance de la izquierda trotskista (que en verdad es un retroceso) combinado con una “victoria de Milei” que no registra, en el relato de La Izquierda Diario, que hace solamente un mes decretaron “El fin del ciclo de Javier Milei”:

El problema estriba en un error de concepción sobre el cual el FITU elabora su estrategia: el socialismo no sería lo otro, lo opuesto, lo antagónicamente irreconciliable, a lo que proponen todos los partidos burgueses. Sino la estación terminal, en el extremo izquierdo, de una línea que va desde el fascismo y los libertarios, pasando tenuemente por la socialdemocracia y la UCR, recorriendo todo el espinel peronista desde Insfrán, Manzur y Berni hasta Cristina, Ofelia y Grabois, y, luego, al final del arcoíris, si se es verdaderamente consecuente, luchador y honesto, no quedaría otra posibilidad que llegar al auténtico antiimperialismo anticapitalista con el puño izquierdo levantado, que es el trotskismo. Por eso el FITU no le da la mano a Milei y se la da al resto del personal político de la clase que nos explota (un gesto que, encima, le indica a los trabajadores que Milei es el distinto a todos los demás).

Así, para el FITU el socialismo no es otra cosa que el resultado de una dinámica natural, en cierto modo física, una suerte de envión que no se detiene y llega más allá, por su propia inercia, de lo que se ha planteado al comienzo. Un progreso continuo, sin saltos ni rupturas radicales, que iría de “todo lo malo” a “todo lo bueno” en una escalera de consignas para la transición del capitalismo al socialismo. En una palabra, progresismo.

A pesar de que nunca, desde 1938, la corriente trotskista ha conseguido que la estrategia transicional funcionara (y la responsabilidad por esto, hoy, no es de Trotsky), persiste en su programa. El FITU dedica innumerables esfuerzos a ser reconocido como la izquierda de un ala burguesa (el peronismo) que está a la izquierda de otra ala burguesa que es, y será por siempre, “la derecha”. De ahí que su estrategia consista en i) amontonar gente con un programa ecléctico, excesivamente amplio[7]; ii) destacar que, mientras la derecha tiene malas intenciones y es odiosa, el populismo tiene buenas intenciones, pero es inconsecuente y timorato; y iii) trabajar sin pausa para construir puentes con este sector burgués, desde ir a la casa de la expresidenta corrupta hasta prestarle diputados para que obtuvieran cargos en las comisiones del Parlamento[8].

Otra consecuencia del abandono del programa es la relevancia que adquiere la visibilidad de las figuras, por eso el FITU desarrolla todos los elementos de la publicidad comercial. Especialmente, la estrategia diseñada por Hollywood en los años 20, el Star System: lo importante no es la trama de la película sino la estrella que la protagoniza; lo importante no es el programa sino la cara que se coloca en el afiche o la pantalla del móvil. Fracasado el experimento desangelado de Nicolás Del Caño y siendo Alejandro Vilca demasiado exótico para el público palermitano, una abogada rubia se habría constituido en la imagen ideal del progresismo. Pareciera una jugada habilidosa, salvo por un dato: no viene funcionando. Myriam Bregman es, probablemente desde el tiempo de Luis Zamora, la política de izquierda más conocida. Ha logrado además ser reconocida, hasta podríamos decir querida, por ese electorado al que se dirige. Sin embargo, ese electorado la quiere porque ella se parece a ellos[9]. No porque ellos quieran cambiar.

En síntesis, a nuestro juicio el resultado electoral del trotskismo constituye la expresión de un doble fracaso. En primer lugar, el evidente: no es esto lo que el FITU esperaba, perdió representación institucional y no captó a ninguna franja de votantes. En segundo término, porque lo hizo a costa de no mencionar la palabra socialismo ni el concepto de clase trabajadora en ningún afiche, lavó su campaña hasta lo indecible y, sin embargo, así, sin educar a nadie en el socialismo, sin exhortar a sumarse a la militancia sino pidiendo exclusivamente el voto, le fue mal. Como tributo a esa estrategia se cometió el crimen político de que la izquierda no pudiera levantar la consigna de “Son todos chorros, que vayan todos presos”, sino que agitó esta otra: “Que vayan presos los libertarios y que liberen a Cristina”. Que es exactamente la consigna de una facción burguesa particular: el peronismo.

El subtítulo pendiente de la conclusión necesaria

Se suele considerar a la conciencia de clase en el nivel de la solidaridad inmediata con los compañeros. También, en su estatus más sistemático, la conciencia de clase es la que comprende que el capitalismo es un sistema en el que se goza de ciertas libertades y derechos, pero cuyos resortes fundamentales están en poder de los capitalistas (o, para usar las palabras que los propios burgueses emplean para difuminarse: en los mercados y los inversores). Frente a esta concepción materialista del funcionamiento de la sociedad, hay otra concepción, cuasi religiosa, que le atribuye el mejor o peor transcurrir de la vida social a las ideas y las virtudes o defectos de los individuos.

La confianza en los otros, la fe en los compañeros, es una de las víctimas de los gobiernos peronistas que nos hambrearon con esa promesa. Mientras nos decían que “Nadie se salva solo” veíamos cómo, solitos, unos cuantos se salvaron. Unos cuantos que integran esa pequeña porción de delegados, militantes y funcionarios peronistas que aprovecharon la situación en beneficio propio. El arco que va de los Chocolate Rigaud a los Martín Insaurralde, pasando por los burócratas millonarios y los militantes “de base” que se hicieron la casa “militando” con un cargo estatal, pueblan el paisaje deplorable que justifica el éxito de la palabra “casta” en el discurso de Milei. Así como el estalinismo nos ha dejado la obligación de reconstruir la idea del socialismo, el kirchnerismo destruyó la idea de la solidaridad y promovió (como reacción inevitable) la de arreglarse como cada uno pueda. Las ideas políticas, la ideología con la que los trabajadores votan, es un resumen de sus experiencias y sus expectativas inmediatas. Como todo marco interpretativo, esas ideas no se basan en la verdad sino en la eficacia. Y hace más de 15 años que la eficacia de una política populista para impedir la debacle de la economía es bajísima. La percepción de que el Estado no es una herramienta favorable a los trabajadores sino un refugio de aprovechadores es una percepción extendida y justa.

A la opinión de que la clase obrera es estúpida le contraponemos que ha adquirido un entendimiento: en el capitalismo, los cambios culturales no van a tener ningún efecto mientras el capital esté en manos de los capitalistas. Si la crisis de la economía posterior al triunfo peronista del 6 de septiembre fue leída correctamente (una retracción de la confianza de los inversores no provee mejores condiciones de vida sino peores), entonces el individualismo es un efecto de la captación de la lógica del capitalismo, no su causa. Desde una perspectiva socialista, el resultado de las elecciones iba a ser, indefectiblemente, desgraciado para la clase trabajadora. Y lo fue. Se decidió que el ajuste avanzara por la vía recesiva en lugar de por la vía inflacionaria, que nos perjudicara un plan económico en marcha, en lugar de su derrumbe. La clave del futuro para la clase obrera está cifrada en el resultado de las urnas provoque la irrupción en escena de las luchas, de la resistencia, de la acción directa. No en el cálculo del marco burgués que “mejores condiciones” ofrecería a esta irrupción.

La existencia de sujetos es la condición de posibilidad de la política y la condición de posibilidad de hacer historia. Hacer historia, para nosotros, es luchar por el socialismo. Rechazamos la expectativa sumisa de esperar a que la historia se haga a sí misma y que el capital, por sí solo, se desenvuelva y determine lo que supuestamente anhelaríamos. Asimismo, rechazamos la idea de que nuestra voluntad sea tan poderosa como para torcer las coordenadas de la vida social y la economía a nuestro antojo. Es la dinámica objetiva del capital la que produce las crisis, la miseria creciente y la degradación humana. Esta dinámica se expresa en partidos políticos concretos y reales, con historia y realidades a los debemos combatir como la expresión política del capital. En este momento, la crisis económica y la de representación han impuesto una profunda desconfianza en la acción colectiva. Por lo tanto, la irrupción de la clase trabajadora se posterga y solo es visible en la cambiante y reticente participación en las elecciones que hemos destacado a lo largo de estas líneas.

A la espera de que sus condiciones, que nos exceden, sean más favorables, haya más luchas, más independencia política y menos obstáculos entre la idea del socialismo y los trabajadores, nuestra intención, nuestra tarea, consiste en consolidar, profundizar y mejorar (en la medida de nuestras fuerzas y no de delirantes ambiciones) un programa socialista basado en los problemas reales y contemporáneos del país en que vivimos (y malvivimos). Para eso nos formamos como militantes socialistas y propiciamos –en la medida de nuestras fuerzas– la formación de otros compañeros en el mismo sentido. Una tarea gris, una tarea cotidiana, una tarea colectiva, una tarea necesaria.


[1]  Este sábado publicaremos una reseña crítica del libro El país que quieren los dueños, compilado por el economista y periodista Alejandro Bercovich, donde veremos cómo la izquierda representada por esta obra se posiciona en alianza con uno de los dos sectores de la burguesía: el peronismo.

[2]  Stanislas Dehaene, La conciencia en el cerebro: Descifrando el enigma de cómo el cerebro elabora nuestros pensamientos, trad. María Josefina D’Alessio, Buenos Aires, Siglo XXI, 2015, p. 123. El lector notará que evitamos hablar de “conciencia en sí” y “conciencia para sí”, conceptos con más de 200 años de tradición filosófica. Lo hacemos deliberadamente. Preferimos recurrir a los más recientes descubrimientos de la ciencia para entender cómo funciona el cerebro, cómo producimos ideas y cómo las ideas cambian. Si consideramos que el problema de la conciencia (la conciencia política, no cualquier conciencia) es fundamental en la formación y las tareas de un militante, entonces no podemos pensarlo con el marco teórico de filósofos geniales que desconocían por completo el funcionamiento del cerebro.

[3]  Hablamos de esto en “Ante el ballotage: ¿Eterno resplandor de una mente sin recuerdos?”.

[4]  Comuna Socialista es resultado de la diáspora trotskista. Si bien continúa publicando y divulgando textos de León Trotsky y Nahuel Moreno, la organización ya no se reivindica trotskista sino “humanista socialista revolucionaria”. Hablamos del doble movimiento de “diáspora y frente” que caracteriza a la historia del trotskismo en “Divergencia gremial con unidad política: la fórmula trotskista de la impotencia estratégica”.

[5]  Rolando Astarita, “Datos y reflexiones sobre la elección del 26/10”, nota publicada en su blog el 30 de octubre de 2025.

[6]  Lo señalamos en “¿Dónde está el peligro?” y en “Los fenómenos morbosos más variados”.

[7]  Véase, por ejemplo, “Comunistas del futuro, no en el presente: el curioso caso de la Asamblea de Intelectuales Socialistas”.

[8]  Sobre la visita del FITU a la casa de Cristina, “CFK condenada: sus tropas menguantes soñando con un 17 de octubre y el trotskismo con participar en él”. Sobre el lugar extra que el FITU le dio al peronismo en una comisión del parlamento nacional, “Rey Lear: el drama del trotskismo y su esperada herencia peronista”. Sobre estos problemas en conjunto, “Régimen y programa en la política trotskista”.

[9]  Reseñamos Zurda, el libro de Myriam Bregman publicado este año, en “La estrategia del ocaso”.

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