REFORMA LABORAL: Los sinuosos caminos de la conciencia obrera

La vida social y la lucha de clases son dinámicas. Constantemente, aunque no de manera instantánea, varían las articulaciones, las alianzas y los enfrentamientos. Detrás del fárrago de apariencias, discursos vacíos y actitudes teatrales, es necesario precisar cómo se articularon las fuerzas que permitieron la aprobación de una reforma laboral reaccionaria.

Una reforma, digámoslo sintéticamente, que pretende compensar el atraso internacional de la productividad argentina con una suba en la tasa de explotación de la fuerza de trabajo. Este camino emprendido, como máximo, puede ser pan para hoy y hambre para mañana. Y, como mínimo, puede ser hambre para siempre. Porque en la medida en que la burguesía agraria no consiga hegemonizar la dirección de la sociedad argentina frente a la burguesía mercado internista, el problema de la estructura social de acumulación en nuestro país es irresoluble en condiciones capitalistas. La única alternativa para el beneficio del conjunto social es una revolución socialista. Este es el problema que la reforma intenta resolver. Y que, según entendemos, no conseguirá resolver.

Tres lecturas equivocadas

Hay tres interpretaciones sobre la aprobación de esta reforma. Todas se inclinan a la simpatía por alguno de los bandos burgueses. Luego de ser derrotado el peronismo en 5 de las últimas 6 elecciones y contar con la simpatía de sólo 1 de cada 5 ciudadanos en condiciones de votar, hay motivos para tener en cuenta esa declinación. Lejos del cadáver insepulto, el peronismo parece presentarse como el perro del hortelano. Si este perro no come ni deja comer, el peronismo no lucha y su presencia impide luchar. No puede hacer, pero puede impedir que hagamos. Y ni siquiera estamos diciendo que lo impida activamente: su sola presencia es un espanta obreros. Muchos de aquellos que han votado a Milei como una manera –contundente– de expresar ese repudio, se encuentran atrapados en la paradoja de que no hay forma de oponerse a esta medida del gobierno con alguna medida eficaz e inmediata. Es decir, sin fortalecer a su demiurgo: el peronismo. (Y no le restemos importancia a la apatía que dicho repudio al partido del orden burgués, sin alternativas independientes, engendra en los cuerpos).

En espejo, la interpretación invertida es que el camino para oponerse, eficaz e inmediatamente, al avance de Milei existe y se llama… peronismo. Esta perspectiva política tiene muchos disfraces posibles. Ya adelantamos que veremos tres.

1) El más sutil: imaginar un mundo en el que existen trabajadores abstractos enfrentados a un gobierno hambreador y reaccionario sin ningún tipo de mediación institucional, cuerpos de delegados, partidos políticos ni diputados y senadores electos, etc. Es decir, orientarse según la imagen de una sociedad irreal, simplificada, para hacer desaparecer el gran problema de la clase trabajadora. En esa interpretación se embellece al peronismo, a sus funcionarios y a la burguesía sindical, mediante el recurso de borrarlos de la escena.

2) Un disfraz más realista, pero igualmente reaccionario e inconducente: la caracterización de «traidores» a esas mediaciones existentes. O sea, la insistencia en la consideración de que los políticos burgueses y la burocracia sindical millonaria no son enemigos, sino parte integrante del mismo «campo popular» en el que estamos los que nos oponemos a la reforma1. Pero que, ocasionalmente, defeccionan. O peor, como aclaró Myriam Bregman ayer en el recinto: Si reinciden, no son traidores, son canallas. En vez una caracterización política, «burgueses», el trotskismo reincide en el moralismo («traidores», «canallas»), cuando no multiplica los adjetivos y las metáforas («contrarreforma», «reforma esclavista», «fascismo laboral», «reforma imperialista») en reemplazo del análisis y los conceptos2.

3) Y el más extendido de los disfraces, la «impotencia activa»: reconocer que la CGT no va a hacer nada contra la reforma, pero… si ese «hacer nada» llega a tomar forma de «alguna acción» (incluso una acción sin destino, sin organización, sin potencia ni continuidad), entonces hay que apoyarla e imponerla. Sin esperar el veredicto del resto de la clase, del resto de los trabajadores, imponiéndole a las bases una verdad abstracta contraria a lo que se está tramitando como repudio en gran parte de esos mismos trabajadores: imponerles que el peronismo es la única conducción posible y, lo que es peor, que el peronismo es posible como conducción eficiente. Véase, si no, esta arenga de un militante del PTS. La impotencia activa, al menos, satisface a las buenas conciencias.

Hacer pasar la posibilidad de una acción por los complejos e inmanejables mecanismos de la democracia obrera, las asambleas, las votaciones o los consensos, jugarse a que sea la base trabajadora la que determine cómo, cuándo y de qué manera se lucha contra la reforma, no hubiera impedido la participación de grupos radicalizados, autónomos, en la marcha de ayer. Pero habría puesto de relieve la distancia entre la clase trabajadora de conjunto y la impotencia activa. Y eso no debilita la lucha contra la reforma porque, de todas maneras, ya estaba pactada con el peronismo, porque los que fueron hubieran ido igualmente. Pero al menos se habría fortalecido la confianza en una alternativa independiente, al exponer, con claridad y nitidez, que se pretende superar a la burocracia sindical, en lugar acomodarse a sus comedias diligentemente.

De lo contrario, con la aceptación acrítica, se coloca el carro delante de los caballos: en lugar de partir de la conciencia y la disposición a la lucha de los trabajadores, valorando la renuncia creciente a ser carne de cañón de las negociaciones de la burocracia burguesa sindical y el peronismo, en lugar de eso, es atacado ese nivel de conciencia, es atacada esa renuencia a participar de actos sin destino, sin resultados y sin perspectiva. En lugar de denunciar la reforma de Milei con la complicidad del peronismo y la burocracia, en lugar de acompañar en cada espacio la decisión del conjunto de los trabajadores, la izquierda ratifica, aislada, su poco correspondido amor por «el campo popular»3.

Dos partes de la conciencia

Sea cual fuere el lugar en que se ubique un trabajador dentro de este esquema dual, hay en su conciencia una parte de verdad y un inmenso y enmarañado delirio argumental que es necesario combatir. Si el peronismo es una lacra, cuyos gobiernos han sido hambreadores y cuyo control organizativo de gran parte del movimiento de masas es la clave del sometimiento, no es con Milei ni con otro partido burgués que se lo puede supuerar.

Si Milei encabeza una ofensiva reaccionaria contra la clase trabajadora, ésta obtiene su potencia de la desconfianza lógica y justificada a volver con la fuerza política que, como gobierno, nos puso al borde de la hiperinflación con Alberto Fernández. Una desconfianza lógica y justificada en volver con la fuerza política de quienes se han encaramado en el Estado para su propio beneficio particular y en detrimento del conjunto de la población. Una desconfianza lógica y justificada en volver con la fuerza política que concretó, en la realidad, de facto, esta misma reforma laboral que ahora se sanciona formalmente, de derecho.

Y, sobre todo, algo poco mencionado, la renuencia a dejarse dirigir por la burguesía sindical peronista que ha maniatado y conducido toda actividad gremial democrática de base a su nivel más bajo y famélico de la historia. No es dentro de la sumisión o el acompañamiento al peronismo que se puede combatir lo que el peronismo ha desarrollado y concretado: la precarización generalizada del proletariado, a la que ahora se opone teatralmente.

La izquierda hegemonizada por el trotskismo parece ver únicamente la primera mitad del problema: lo reaccionaria que es la reforma libertaria. Y no ve, o no quiere ver, el problema del movimiento de masas: maniatado, amordazado y buchoneado por la burocracia sindical peronista. Por eso ha renunciado total y absolutamente a que las acciones sean democráticamente decididas, a que paren quienes voten parar y no paren quienes lo consideren inconducente. Las coordinadoras sindicales de los partidos trotskistas han renunciado a que las bases decidan cuándo y cómo combatir, y han optado por seguir, inconsultamente, la agenda de Milei y las respuestas del peronismo.

Las organizaciones trotskistas se colocan, así, bajo la égida de la CGT, delirando un cálculo de la relación de fuerzas que supone (a pesar de las evidencias numéricas y prácticas) que le están imponiendo cosas a la CGT y al peronismo. Mientras tanto, en simultáneo a que se colocan bajo su ala, la CGT negocia los artículos que la favorecen, no realiza asambleas de base ni generales, no recorre los establecimientos y, en no pocos casos, ni siquiera se ve a los delegados peronistas en los lugares de trabajo. Mientras el trotskismo cree que le está imponiendo acciones al PJ, Kicillof manda policía y conciliación obligatoria a FATE y los diputados peronistas le dan a Milei el quórum necesario.

Una interpretación socialista

Tanto decimos que la interpretación de los trabajadores que abandonaron el peronismo es reaccionaria en el presente porque deja pasar una reforma de mierda, como decimos que la interpretación filo peronista es reaccionaria hacia el futuro porque protege y preserva la caterva que nos trajo hasta acá, y es siniestra moralmente porque culpabiliza a los trabajadores de no entender el problema.

Quizá los trabajadores no estén «alienados» ni «entregados». Tal vez no luchan simplemente porque consideran que no pueden obtener algo en este momento. Es probable que muchos simplemente desconfíen de ir el combate conducidos por los dirigentes del enemigo de clase. Es probable que no quieran parar, no por apoyar la reforma sino porque saben que la patronal está envalentonada y la burocracia no va a mover un pelo para defenderlos si hay descuentos, o si los sancionan, o los echan. Es probable que no marchen, no por apatía, sino porque son reacios hacer el «teatro del frente opositor». Ese frente opositor que, una vez más, sin organización ni continuidad, organiza un paro, un solo paro mal planteado, es decir, una acción testimonial y vacía. Mientras que, al mismo tiempo, sus diputados (porque todos son peronistas cuando hay que votarlos y todos son peronistas cuando ejercen sus mandatos) entregan el quórum que hace falta.

La clase lucha cuando considera conveniente luchar. Y esta consideración depende de una compleja combinación de variables. Por ejemplo, variables de necesidad material (como la pobreza) y variables de dirección política (confianza o descreimiento en ella). Quizás la idea de que se puede superar hoy, ya mismo, con gritos y admoniciones morales, el peso de una estructura de colaboración de clases que lleva décadas, pueda servir para mantener un kiosquito sindical o una kermese política de poca monta.

Pero para revertir el curso de los acontecimientos en que estamos atrapados es imprescindible la independencia de clase y el combate sin cuartel a las dos conducciones burguesas: la liberal y la peronista. Y eso significa el reconocimiento, y también el respeto, por los sinuosos caminos que la conciencia obrera debe recorrer para alejarse de la confianza en los representantes de la clase que nos explota.

Foto de portada: Marcela B.

NOTAS:

1Ver «El campo de los sueños: por qué la unidad del “campo popular” es contraria a la unidad de la clase trabajadora».

2Ver «REFORMA LABORAL. Ni esclavista ni fascista ni imperialista: capitalista». Reseñamos el libro de Myriam Bregman en «La estrategia del ocaso». Expusimos las dificultades teóricas del trotskismo para analizar las clases sociales en «La estructura de clases».

3 Ver «Rey Lear: el drama del trotskismo y la esperada herencia peronista». También «CFK condenada: sus tropas menguantes soñando con un 17 de octubre y el trotskismo con participar en él». Y, ya que estamos, la nota «Régimen y programa en la política trotskista».

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