JORGE ALTAMIRA CON BILL GATES: La miopía del trotskismo ante la sagacidad burguesa

Dos publicaciones del último mes nos permiten avanzar en una polémica fundamental para el desarrollo de una sólida militancia socialista.

Una apareció ante la cercanía del 50° aniversario del golpe de Videla, en Política Obrera, bajo el título: «Marchemos contra el Videla con peluca y la guerra imperialista». La otra es del New York Times y fue encabezada con este copete: «Microsoft presentó un escrito judicial a última hora del martes apoyando la demanda de Anthropic contra el Pentágono». Ambos textos llegaron a sus lectores el mismo día: 11 de marzo. Ahí se acaban las semejanzas. La diferencia de enfoque entre ambos nos permite ejemplificar dos perspectivas opuestas que afectan, hoy, a la militancia socialista.

De una parte, la perspectiva de la izquierda hegemónica, que Altamira ilustra acabada y desmedidamente. Según esta línea, se trata de formar a los militantes en el desprecio por las realidades más notorias, en la seguridad autoimpuesta de que nada de lo que vivimos es real. ¿Por qué? Porque detrás de esas burdas apariencias se escondería un fondo uniforme, verdadero y profundo, que es la única cuestión importante: el capitalismo con su afán depredador y asesino. Como aquel personaje de Capusotto que escucha «faso» en todas las canciones, esta perspectiva trotskista ve fascismo e imperialismo en todos los fenómenos que analiza.

De otra parte, ese medio burgués que solemos citar en nuestro blog, The New York Times, presenta para sus lectores un alto grado de complejidad en las tensiones interburguesas, atendiendo a los intereses contradictorios que corresponden a una sociedad basada en la acumulación y la competencia entre propietarios privados.

Veamos.

Decir disparates o analizar intereses

En un conocido pasaje de El Capital, Marx y Engels afirman: «toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente»[1]. Una afirmación fundamental, si no se lee allí lo que no dice. Marx y Engels no afirman que, dado que la esencia de las cosas no coincide directamente con su apariencia, debemos quedarnos con la esencia y descartar su apariencia, desconocerla. No pueden afirmarlo como teóricos ni, mucho menos, en tanto escriben como militantes. Porque la apariencia (la forma de manifestación de la esencia) es el espacio común de comunicación con los trabajadores, que son los destinatarios de sus (al igual que de nuestras) publicaciones. Lo que en esa cita se denomina la esencia –y que es el funcionamiento del sistema capitalista– resulta de una correcta lectura e interpretación de las formas en que se manifiesta, sin renunciar a ellas, con su carácter mediador y su presencia innegable.

¿Por qué insistimos con esta reflexión que parece un tanto filosófica? Porque cuando renunciamos a inteligir las apariencias, corremos el riesgo de producir afirmaciones como las que publica Política Obrera:

En Argentina, Milei impulsa la creación de un «estado de excepción». […] Milei ha instalado un régimen «cívico-militar». En este 24 de Marzo especial, Argentina asiste a la tentativa de implantar un Videla con peluca y con corbata.

Para esta prensa trotskista, ya que el Estado es el órgano de represión de una clase sobre otra (lo cual es cierto), no tiene sentido detenernos a analizar las articulaciones inmediatas en las que se encarna (lo que no es cierto). No se ve la utilidad de interpretar sus apariencias, su realidad contradictoria y desprolija: hay que ir directamente a su función última. Ante las complicaciones y perplejidades que nos propone al pensamiento la cotidianidad, Política Obrera prefiere un viaje veloz y sin escalas a la determinación más general. Simplona, resolutiva, tranquilizadora. Y, sobre todo, sectaria.

Pues, ¿cuántos trabajadores, en su sano juicio (es decir, fuera de los militantes ya domesticados), son capaces de aceptar que Milei es «Videla con peluca»? Milei lleva más de dos años en el gobierno. En ese mismo lapso, los desaparecidos, los torturados, los secuestrados, los asesinados, los obligados a exiliarse, los bebés robados, etc., por el gobierno de Videla se contaban de a miles. ¿Quién puede tomar semejante comparación como si fuera válida? Nos lo preguntamos en serio: ¿por qué el trotskismo escribe cosas como estas?

Además, hay otra dimensión del problema. Porque la imposición del Videla real, el Videla del 76, no fue un acontecimiento abrupto e inesperado, sino la continuación –con mayor «arquitectura institucional», como dice Política Obrera– de lo que ya estaba sucediendo (y que este 24 de marzo se continuó escondiendo y olvidando): el peronismo asolaba con sus bandas fascistas a los militantes y a cualquiera considerado «zurdo» o «marxista», matando y torturando con una regularidad espantosa. Todo como resultado de esta doble condición: un ascenso de masas explosivo y la pérdida de la independencia política de ese movimiento, entregada al enemigo de clase, el peronismo.

Más que la elucubración de intenciones individuales, enfermedades psicológicas o valores morales, la comprensión de la historia de la lucha de clases comienza con el análisis de las necesidades de las clases, de los intereses de sus sectores. Y este análisis no se puede simplificar denunciando aviesas motivaciones generales, sino reconstruyendo el funcionamiento del capitalismo (las formas de manifiestación de su esencia) en cada ocasión concreta.

Ver crisis terminales u observar contradicciones

Otra famosa frase de Marx está al comienzo de El 18 Brumario:

Hegel señala, en alguna parte, que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, por así decir, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.[2]

Esta idea puede servir como orientación metafórica, únicamente a condición de no interpretar lo que no dice. Se trata de una construcción adversativa: lo que Hegel dijo es negado por lo que «se olvidó de agregar». Si la historia a veces se repite, la diferencia entre farsa y tragedia indica que, en verdad, nunca se repite. De hecho, el análisis de Marx sobre la figura de los napoleones (que permitirá definir el concepto de bonapartismo) no acaba en las primeras páginas: el libro desarrolla ampliamente las diferencias –las apariencias– que permiten concluir que la historia no se repite. Jamás[3]. Lo que ocurre es que algún elemento puede contribuir a la intelección de una nueva circunstancia. Pero siempre a condición de no perder de vista –y Marx no lo hace– todas las diferencias que rodean (y hacen) a la nueva situación. El pasaje de tragedia a farsa no es la repetición de lo mismo con un cambio de tono, sino la diferenciación necesaria con algunos elementos comparables.

Una mirada que ve siempre las mismas cosas en paisajes diferentes, no ve realmente nada. Y no permite orientarnos para andar. Es como las familias felices de Tolstoi al comienzo de Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Las intelecciones muy generales sólo ven familias felices, situaciones iguales. Pero cada situación concreta es una familia infeliz, cada ocasión particular lo es a su manera. Y comprenderla es clave. Especialmente, para militantes que se proponen modificar algo en esa realidad, cambiar la vida, trastocar el orden social.

Ya volveremos a eso. Veamos ahora cómo uno de los medios burgueses más importantes del mundo informa sobre el conflicto entre una empresa (Anthropic), apoyada por otra de las tecnológicas más grandes (Microsoft), con el actual gobierno de EE.UU. (Trump). El motivo del conflicto es que la empresa le brinda servicios al gobierno pero le impone restricciones; mientras el gobierno, apelando a una ley relacionada con la seguridad nacional, quiere someter a esa empresa, completamente, a sus necesidades. El New York Times explica:

La regla no escrita de las empresas estadounidenses durante el último año ha sido sencilla: No busques peleas con esta Casa Blanca. Para muchos consejeros generales, el coste de alzar la voz —incluso cuando la administración perjudicó sus intereses— fue simplemente demasiado alto.

El martes, Microsoft decidió que el coste de permanecer en silencio era mayor. La empresa presentó un escrito de «amigo del tribunal» [Amicus Curiae] en la demanda de Anthropic contra la administración Trump, instando a un tribunal federal a bloquear temporalmente la designación de la empresa de inteligencia artificial por parte del Pentágono como riesgo en la cadena de suministro. Es, bajo cualquier medida, un acto extraordinario.

Microsoft es uno de los mayores contratistas gubernamentales de Estados Unidos. Mantiene relaciones profundas en prácticamente todas las agencias de Washington. Y cuenta con contratos federales valorados en miles de millones de dólares […] Microsoft tiene más que perder con la represalia de la Casa Blanca que casi cualquier empresa de Silicon Valley. El cálculo, en cierta medida, parece ser que Microsoft está tan arraigada dentro del gobierno estadounidense, que sería demasiado costoso buscar una retribución real.

Microsoft tiene mucho en juego en el destino de Anthropic. Acordó invertir 5.000 millones de dólares en la última ronda de recaudación de fondos de la empresa de IA. Como parte de esa colaboración […] Anthropic también acordó comprar servicios en la nube por valor de 30.000 millones de dólares al gigante tecnológico.

La historia de fondo: Las conversaciones entre Anthropic y el Pentágono sobre los límites al uso por parte del gobierno de herramientas de IA Claude para vigilancia doméstica masiva o armamento totalmente autónomo fracasaron la semana pasada. La administración entonces calificó oficialmente a Anthropic como un riesgo en la cadena de suministro –una designación normalmente reservada para empresas vinculadas a adversarios extranjeros como Rusia y China– y exigió a los contratistas gubernamentales que dejaran de utilizar sus servicios en tareas militares. […]

Muchos en la base del mundo tecnológico se han alineado con Anthropic. Treinta y siete ingenieros e investigadores de OpenAI y Google, incluido Jeff Dean, científico jefe de Google, también presentaron un escrito de «amigo del tribunal» [Amicus Curiae].

La decisión de Microsoft es un golpe directo para la administración. Su director general, Satya Nadella, ha sido mucho menos visible en la órbita del presidente Trump que Jensen Huang de Nvidia o Tim Cook de Apple. El enfoque de Nadella ha sido más discreto: no asistió a la investidura de Trump, como sí lo hicieron muchos otros jefes tecnológicos. También se negó a despedir a Lisa Monaco, ex funcionaria de Biden que ahora es presidenta de asuntos globales de Microsoft, después de que Trump exigiera su destitución.

Esas tensiones, aprietes, zancadillas, contradicciones, amenazas veladas y medidas judiciales… ¿significan que la administración Trump se halla a las puertas de una crisis terminal, irremediable? Eso es exactamente lo que NO nos interesa: difundir la idea de que toda contradicción entre capitales es una señal de ruptura del campo burgués o de crisis terminal.

Por el contrario, queremos conseguir el hábito, la costumbre, de pensar cómo funciona la dinámica de una sociedad de competidores insaciables. (Insaciables por necesidad objetiva del sistema, no por inclinación patológica de sus psiquis individuales)[4]. ¿Para qué  nos serviría analizar el funcionamiento del capitalismo en esos términos? Para buscar oportunidades de intervención en las flaquezas del campo burgués, sin derivar siempre y en todo momento que nos encontramos ante crisis terminales. Y sin caer en la ya cincuentenaria afirmación trotskista de que el peronismo es un cadáver insepulto[5].

La desesperada necesidad del trotskismo en hacer coincidir la realidad con el Programa de Transición impone una suerte de casco de realidad virtual que ya lleva 90 años de funcionamiento. Por eso Política Obrera puede denunciar el «Estado policial» de Milei en un acto público en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires sin que a ningún militante se le cruce por la cabeza la contradicción evidente.

Guardianes del entusiasmo o militantes responsables

La afirmación, correcta en su generalidad, de que el capitalismo y su Estado tienen como fin último la defensa de la propiedad privada, se encuentra en entredicho con ese conflicto entre la empresa Anthropic y el gobierno de Trump. Un entredicho que no es promovido por capitales menores amenazados: estamos en la cúspide del capitalismo mundial.

Tampoco aparece, en este conflicto, la intervención de la clase obrera. Hasta la influencia de China es mediatizada. ¿Qué es lo que está en juego, entonces?

La empresa privada quiso y quiere tener contratos con el Estado federal. No por patriotismo, sino porque es un cliente gigantesco. A su vez, la empresa no quiere ser arrasada, en su capacidad de decidir cómo hacer negocios, por los términos que el gobierno quiere fijarle a esta asociación.

Todo cliente o proveedor es, en el marco de la competencia capitalista, un socio y un competidor. Una relación demasiado estrecha y profunda es una amenaza para la propia autonomía; y una relación demasiado lábil es una amenaza para el futuro de las ganancias, por la ruptura del vínculo comercial. Los burgueses no son principistas ni esencialistas, sino pragmáticos y dialécticos.

Para comprender adecuadamente cómo funciona el sistema capitalista es necesario captar el contradictorio interés común de clase: común, porque la valorización del valor es una ley general; contradictorio, porque esa ley opera mediante la competencia y, por lo tanto, se concreta en permanente conflicto, diferenciación, reagrupación y resignificación del papel de sus actores.

Ante una sociedad tan dinámica, la simplificación no produce mejores militantes sino militantes frágiles, expuestos a la confusión, débiles para el debate. ¿Cómo pueden, esos militantes, difundir la convocatoria a un acto cuyas condiciones son negadas por la propia convocatoria? «El 24 de Marzo, debemos ser millones en todas las ciudades del país», dice Política Obrera. Esos millones que marcharían el 24 de marzo, ¿son los mismos que no pudieron superar la inacción de la CGT y ahora se enfrentarían al «Videla con peluca», marchando junto con los políticos del partido de esos mismo dirigentes sindicales que «aseguran la gobernabilidad de una camarilla fascista»?

Semejante incoherencia sólo se puede sostener cuando un militante no se hace la pregunta irrenunciable (pero también irreverente en este marco) que debemos hacernos: ¿Cuántas decenas de miles aportamos nosotros a esas millonadas de obreros que se anhela ver en las calles? Y, dado que enfrentamos a un Videla (con peluca y corbata, pero Videla al fin, según el trotskismo): ¿Cuáles son las previsiones militares que hemos tomado para la esperable respuesta del «régimen cívico-militar» instalado por Milei y el «Estado de excepción» que impulsa?

Esta restricción a la actividad intelectual en tributo a una fantasía optimista es el resultado de una tarea que el trotskismo se autoimpuso, de manera embrionaria, desde su nacimiento. Una tarea que poco a poco lo fue corroyendo por dentro: ser guardianes del entusiasmo. La proliferación de adjetivos fue desplazando a los argumentos. El deseo de inminencia insurreccional fue anulando la capacidad de leer el presente. Como se desconfía de las posibilidades y capacidades de la clase obrera, la agitación se vuelve tan rimbombante como estrafalaria, tan simplona como pretenciosa.

Explicación moral o perspectiva de clase

¿Por qué la izquierda no hace pie en los sectores productivos y se ve cada vez más recluida a los sectores marginados de «la cultura, el arte y las humanidades»? Porque sólo en esa marginalidad productiva se puede eludir la pregunta de en qué país están sucediendo las cosas que afirma la prensa trotskista. Porque, digámoslo si todavía hace falta, el planteo de Política Obrera no difiere de los periódicos de izquierda.

Por eso consideramos útil ese planteo: para mostrar que el problema es esa tradición, esa herencia. No la pertenencia al FITU. Sino la torsión por la que se reemplaza el funcionamiento de capitales rivales en competencia, contenidos, mediados y enfrentados con su propio Estado, por un interés común monolítico en cuya superficie hay apariencias distorsionadas y sin importancia, que no vale la pena pensar ni interrogar.

Por otro lado, cuando la relevancia de ciertas diferencias no se puede negar, se ensaya una explicación psicológica o moral: algunos políticos (los burgueses no peronistas) son malos, «crueles», desean la desgracia de la clase trabajadora, mientras que otros políticos (los burgueses peronistas) son inconsecuentes o, peor, «traidores». De manera que a estos segundos no se los denuncia por su programa capitalista ni se los combate como lo que son: se los expone y desenmascara como «poco luchadores», por «no estar siempre en las calles», por no hacer «lo suficiente» para otro 17 de octubre.

Pero esta perspectiva es, además de errónea, decepcionante. Supone que la clase explotadora es un bloque sin porosidades, carente de problemas, rebosante de maldad. Si a eso se le suma el tremebundo poder económico que ostenta, entonces es natural que esta concepción arroje a los trabajadores a los brazos del individualismo y la desesperación. Ese enemigo es mostrado como invencible.

Y la única alternativa que el trotskismo señala con lo que dice, con lo que no dice y con lo que hace es el peronismo: los grupos trotskistas no se pueden juntar ni para el 1° de mayo pero todos consideran al peronismo «lo otro» de la derecha y marchan juntos el 24 de marzo.

Agitar el odio o brindar razones

Retomemos el carácter contradictorio del campo burgués que estábamos analizando. Hace exactamente dos años se publicó esta nota, titulada «Cómo Siri, Alexa y Google Assistant perdieron la carrera de la IA». Allí leemos:

Eso fue hace 12 años. Desde entonces, Siri y los asistentes virtuales de la competencia, como Alexa de Amazon y el Asistente de Google, no han impresionado en absoluto. La tecnología se ha mantenido prácticamente estancada y los asistentes parlantes se han convertido en objeto de burlas, incluso en un sketch de «Saturday Night Live» de 2018 que presentaba un altavoz inteligente para personas mayores. El mundo tecnológico está entusiasmado con un nuevo tipo de asistente virtual: los chatbots. Estos bots con inteligencia artificial, como ChatGPT y el nuevo ChatGPT Plus de la empresa OpenAI de San Francisco, pueden improvisar respuestas a preguntas escritas en un chat con gran rapidez.

ChatGPT se ha utilizado para tareas complejas como programar software, redactar propuestas comerciales y escribir ficción. Y ChatGPT, que utiliza IA para adivinar la siguiente palabra, está mejorando rápidamente. Hace unos meses no podía escribir un haiku decente; ahora lo hace con soltura. El martes, OpenAI presentó su motor de IA de última generación, GPT-4, que impulsa ChatGPT. El entusiasmo que rodea a los chatbots demuestra cómo Siri, Alexa y otros asistentes de voz —que en su día suscitaron un entusiasmo similar— han dilapidado su ventaja en la carrera de la IA. Durante la última década, los productos se toparon con obstáculos.

Siri se topó con dificultades tecnológicas, incluyendo un código engorroso que tardaba semanas en actualizarse con funciones básicas, según John Burkey, exingeniero de Apple que trabajó en el asistente. Amazon y Google calcularon mal cómo se usarían los asistentes de voz, lo que los llevó a invertir en áreas de la tecnología que rara vez resultaron rentables, según ex empleados. Cuando esos experimentos fracasaron, el entusiasmo por la tecnología disminuyó en las empresas, añadieron.

Los asistentes de voz son «tontos como una piedra», declaró Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft, en una entrevista este mes con The Financial Times, afirmando que la IA más reciente marcaría el camino.

Los militantes socialistas necesitamos aprender a interrogar y conocer exactamente eso: las contradicciones del campo burgués, las grietas en el despliegue de los negocios, la variedad cambiante de las alianzas y las oportunidades que esos cambios pueden ofrecer para nuestra intervención. La tarea de la vanguardia es comprender y ayudar a la comprensión colectiva. ¿Para qué? Para trazar una estrategia común.

No es necesario promover el odio de clase si nuestras previsiones y expectativas son correctas. Del odio de clase se ocupará (como se viene ocupando) la propia vida cotidiana. Esa es una tarea de la realidad. Y si la realidad no produce malestar y encono, no lo va a lograr ningún panfleto por más adjetivos, letras mayúsculas y signos de exclamación que le pongamos. Si somos pocos, esta realidad no se puede disimular exclamando «¡TODOS!» o escribiendo «¡MILLONES!».

Lo que nos da solidez, como militantes socialistas, es entender cada vez más y mejor cómo la poderosísima clase capitalista se pega tiros en las patas necesariamente, por su propia dinámica competitiva. Y que eso tiene un componente que disgrega al campo burgués: la reticencia a mostrar las cartas en el juego con sus rivales, la imposibilidad de un conocimiento exhaustivo del mercado, la inevitable especulación permanente, la apuesta particular para favorecer la propia acumulación.

Si la clase de los explotadores fuese homogénea y monolítica, además de económicamente poderosa, derribarla sería una tarea prácticamente imposible. Pero la burguesía no es así. Su poder dinerario es un efecto de la heterogeneidad en movimiento, de la diferenciación permanente, de la competencia inexorable. El poder de la burguesía incluye, como una característica necesaria, la debilidad para establecer acuerdos de manera sólida y permanente. Esa debilidad es propia de su carácter competitivo.

Un militante debe formarse en estos aspectos de la realidad social para analizar por su cuenta los sucesos. Y para trasmitir confianza en la posibilidad de dividir a nuestros explotadores. Ellos, los burgueses, apuestan. De manera que a veces pierden, a menudo esconden sus resultados, a diario se cagan entre ellos y no es raro que los planes más consistentes se desmoronen por tener que concitar el apoyo de privados en competencia que, siempre, siempre, siempre, piensan primero en salvarse ellos.

Abonar el campismo o la unidad de clase

El planteo de Política Obrera reemplaza el funcionamiento objetivo y común de rivales en competencia por un interés subjetivo y macizo que emana apariencias distorsionadas y falsas. En lugar de advertir que se puede perseguir el mismo fin por caminos divergentes, ve que todos los perseguidores son lo mismo. Y cuando no puede eludir la percepción de alguna diferencia, el trotskismo supone que eso se debe a que «ya no son lo mismo» y se han pasado a «nuestro campo», que no es la clase unida bajo un programa socialista sino el «campo popular».

La clase enemiga tiene muchas caras. Muchos intereses que alternan su predominio, se enfrentan y se articulan de diferentes maneras. Esto es un modo de ver el fondo común del capitalismo detrás de sus apariencias, distintas, pero sin dejar de tener en cuenta que las apariencias determinan políticas diversas que debemos desarrollar. Siempre capitalistas, pero no siempre idénticas en su inmediatez.

Por otro lado, la idea de que los burgueses son un bloque monolítico de intereses y deseos comunes no deja ningún camino a la interpretación. Malinterpretadas, las rupturas se leen como posibilidades de alianza, de bloques: anti-Macri, anti-Milei, anti-imperialista… Siempre con un «anti» que permite disolver la palabra socialismo en la exageración de las disidencias y diferenciaciones burguesas.

NOTAS:


[1]    Marx y Engels, El Capital (Crítica de la economía política), libro III, volumen 8, trad. León Mames, México, Siglo XXI, 2009, p. 1041.

[2]  Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, trad. del Instituto de Marxismo-Leninismo del PCUS (revisada por Horacio Tarcus y Luciano Padilla López), Buenos Aires, Siglo XXI, 2023, p. 61.

[3]    Presentamos una lectura del 18 Brumario en «¿El golpe de Estado de Napoleón o la revolución de Lenin y Trotski? De conmemoraciones, rituales y retos al pensamiento y la acción». Criticamos una lectura metafórica del mismo libro en «La seducción literaria, 1: Clara Ramas y el tiempo perdido».

[4]  Para una explicación del carácter objetivo de los intereses de clase, «La estructura de clases: ¿Por qué el trotskismo denomina “clase media” a un enorme sector de la clase trabajadora?».

[5] En 1966 Jorge Altamira anunciaba que «el ciclo histórico del peronismo» se estaba «cerrando por completo». En el tríptico Las dos vidas del trotskismo analizamos en profundidad algunos de estos problemas: parte 1, «La educación sentimental (política) del progresismo»; parte 2, «Interrogar nuestra militancia»; parte 3, «El progresismo es opuesto al socialismo».

2 comentarios en “JORGE ALTAMIRA CON BILL GATES: La miopía del trotskismo ante la sagacidad burguesa”

  1. Excelente como siempre. Ahora, desde el bando troskista te van a decir que no es que realmente crean que Milei es un “Videla con peluca” (si lo hicieran, pobres de ellos), sino que es solamente una “consigna de agitación”, un eslogan para llamar a las masas a luchar. Una frase que no debe ser interpretada literalmente sino metafóricamente para “movilizar”. El problema lo dicen ustedes: es obvio que no movilizan ni convocan a nadie. Y, me lo reservo para mí, corren el riesgo de creerse sus propias consignas. De ahí se generan análisis erroneos que desembocan en acciones improductivas.

    1. Agradecemos el comentario y acordamos plenamente con esa consideración. Justamente, hoy, dijimos esto en el editorial #21:

      «Si las fuerzas productivas dejaron de desarrollarse hace un siglo; si el sistema capitalista ya no puede dar concesiones a la clase obrera; si el fascismo es tan inminente como la revolución socialista; si «la agonía del capitalismo» anuncia una «crisis terminal»; si de lo que se trata es de hallar la consigna adecuada que conecte cualquier reclamo de las masas (siempre traicionadas por sus dirigentes) con medidas de transición al socialismo (eso cuando no suponen, de manera incoherente, la dictadura del proletariado); si la conciencia socialista se forma espontáneamente en la propia lucha por la consigna imposible de realizar… Si todo eso pasa, entonces hay que agitar, hay que salir a la calle, hay que introducir en todo conflicto las consignas transicionales, hay que movilizar cuanto antes, a como dé lugar, sin hacerse preguntas por el fracaso repetido y casi centenario de semejante estrategia.

      Como nada de eso funcionó, en ningún lugar del planeta, a lo largo de 90 años, lo único que colma el vacío (ese vacío que propiciaría interrogantes muy incómodos para esa estrategia) es el frenesí militante: hacer «algo», no importa qué, siempre y cuando carezca de objetivos concretos, nítidos, verificables, que impongan, según se alcancen o no, la autocrítica capaz de minar toda la estrategia transicional. Por eso las consignas se cambian de un día para el otro sin ninguna explicación: el fracaso no impone un balance, sino la renovada promesa de éxito.»

      Saludos!

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