[Editorial #22] COMO EN LOS 90, PERO PEOR (De la cercanía con la URSS a la cercanía con el nacionalismo)

1.

Comencemos por dos afirmaciones. Bah, se trata de la reiteración de dos afirmaciones. Si las repetimos es porque no vemos, por ahora, motivos para modificarlas.

La primera es que el equilibrio inestable de la economía no deriva hacia una crisis y el aumento del rechazo a Milei no ha dado un salto. Ni en el terreno de la lucha de clases ni en el de ningún otro eje de disrupción. Como dijeron algunos analistas, se trata de una «estabilidad mediocre».

La segunda afirmación es que tampoco hubo un corrimiento abrupto de la conciencia de la población hacia la izquierda, que habría sido correlativo y antagónico a una supuesta «derechización» ocurrida en 2023.

A partir de esas dos afirmaciones podemos decir que la polémica alrededor del FITU y el poder no está basada en acontecimientos de la vida real, sino en un microclima propio de la izquierda.

De ese microclima, de ese aislamiento, da cuenta el pasaje súbito del llanto por una clase trabajadora masoquista, suicida y estúpida, embanderada con Milei, a la exaltación cuasi farmacológica de un poder que parece estar entregándose a la revolución, y que sólo pediría algunas adecuaciones programáticas, un par de entusiasmos voluntaristas y comités de base ampliados.

Eso es lo que queremos discutir. Ese entusiasmo repentino, ciclotímico, como prueba sustantiva de las dificultades que implica militar por el socialismo hoy.

2.

Vivimos en una suerte de reedición objetivamente devaluada de la crisis de los años 90. Extraña. Subjetivamente ampliada. Ayer, el aparato estalinista. Hoy, los populismos burgueses. En ambos casos, una profunda crisis política. En ambos casos, la crisis no engendró un movimiento hacia la izquierda, un corrimiento de la conciencia hacia la defensa de los intereses objetivos de clase trabajadora. En ambos casos resultó lo contrario.

En los 90 no había suficiente inserción social de una izquierda que rechazara con firmeza el estalinismo. De una u otra manera, todas las corrientes vinculadas al socialismo fueron aplastadas por los escombros que produjo la caída del Muro de Berlín. Hoy sucede algo parecido, aunque el oprobio tiene un elemento novedoso y significativo.

Si durante el siglo XX la izquierda no supo, no pudo o no quiso separarse de la contradictoria experiencia de la Revolución Rusa y su trayectoria histórica, ahora, en este siglo, la izquierda socialista se ha entrampado en la vecindad de un fenómeno ya no contradictorio sino plenamente burgués.

Y si aquella cercanía, en el siglo XX, con la experiencia del «socialismo real» puede ser evaluada hoy como desgraciada e infructuosa, la actual vecindad con las experiencias populistas del nacionalismo burgués (todo nacionalismo es burgués, la redundancia nos sirve para enfatizar este carácter de clase) es, directamente, un movimiento autodestructivo.

3.

La idea prevalente, en el sentido común de la izquierda hegemónica en Argentina, de que en la lucha se experimenta un esclarecimiento de la conciencia que lleva a los trabajadores hacia la revolución es errónea como intento de describir lo que pasa en los cuerpos (y en esa parte del cuerpo que es la conciencia). Esa idea ha sembrado una expectativa militante que hoy se estrella contra la realidad, produciendo una deprimente falta de sentido en las tareas políticas de la izquierda socialista.

Por eso tendemos a pensar que el entusiasmo repentino por un milagro (ayer para Altamira, hoy para Myriam Bregman), por esa fulgurante aparición de un fenómeno ajeno a la militancia y a la lucha, capaz de rescatarnos de la abulia y el desinterés, es quizá un rebrote tardío de aquel entusiasmo religioso en el que se apoyaron nuestros errores del pasado. Ese fervor que rezaba «El futuro es nuestro, compañeros», esa certeza de que somos los herederos del tiempo, esa fe en que la Historia disipará nuestros fallos y que la lucha demostrará nuestras verdades. De todo esto debemos despojarnos.

Hay algo de espejismo en el súbito entusiasmo de estas semanas. No porque sea imposible una mejora en los resultados electorales para la izquierda. Sino porque ningún mecanismo mágico transformará ese resultado electoral en hegemonía política, en prevalencia gremial, en diseminación cultural y en confianza en nuestra capacidad para resolver los problemas reales. ¿Por qué? Porque la simpatía hacia Myriam Bregman no es otra que la simpatía hacia el mismo tipo de soluciones que ya no movilizan.

Entonces la ardua tarea que los militantes socialistas tenemos por delante consiste en trepar, desde la derrota, los escombros y la falta de perspectivas presentes, hacia una militancia sostenida en el convencimiento.

¿Y qué tipo de convencimiento es el que debemos interrogar y construir?

Primero, aceptar que el conservadurismo de los demás trabajadores –al igual que el nuestro– es perfectamente lógico y coherente. Conservar la vida es el norte de una brújula nos orienta a todos los trabajadores: a nosotros, a los bolcheviques, a los votantes de Milei, etc. La paradoja que consiste en arriesgarla para preservarla (preservarla como vida vivible, es decir, aceptable) es una conclusión excepcional, tanto en la historia común como en la biografía individual. La vida cotidiana, normalmente, no es una epopeya.

En segundo lugar, tenemos que asumir la presunción de que es la propia dinámica del capital (con sus crisis y su consecuente destrucción, tanto de la estabilidad como de las condiciones para satisfacer aquel conservadurismo vital) la que requiere una alternativa socialista. No queremos el socialismo porque sea una «buena idea», una linda utopía, un «deber ser» de la realidad o una necesidad del desenvolvimiento lógico de la Historia. Queremos el socialismo porque no vemos otra alternativa a un orden social fundado en la competencia entre propietarios privados independientes, cuyos efectos inevitables son la anarquía productiva y la polarización social.

Una alternativa, el socialismo, que debe comenzar a construirse, como organización de vanguardia, desde ya.

4.

Ha sido desolador el efecto de tantas décadas creyendo en que el futuro sería inexorablemente nuestro, cuando es apenas una pequeña posibilidad sin garantías. Décadas creyendo que la conciencia no socialista es una conciencia «alienada», cuando es la respuesta racional a un entorno amenazante. Décadas pensando que nuestros aciertos, modestos y esporádicos, y nuestra enjundia luchadora serían premiados con la automática simpatía del resto de los trabajadores.

Todos esos años han convertido a los militantes de izquierda en religiosos a la espera de un milagro. Por eso muchos, muchísimos entre los pocos que somos, continúan en la fe de que un milagro nos dará, en la Historia con mayúscula, el papel protagónico que nos merecemos.

Ahora resulta que la señal del milagro es una encuesta. O varias encuestas. No podemos creer que esos datos (con su método, enfoque y procedimientos de recolección), aun concretándose sus predicciones, vayan a operar un milagro. Han operado, eso sí, un develamiento: han expuesto hasta qué grado de profundidad caló la religiosidad en la izquierda.

Por nuestra parte, alguna vez nos definimos «cartoneros de la ciencia». Tratamos de usar esos recursos de la investigación, el concepto y las mediciones rigurosas que la sociedad ha desarrollado, para pensar mejor cómo hacer política. Y –como también hemos dicho alguna vez– pensar mejor, pensar bien, pensar correctamente, es pensar contra nuestro propio cuerpo, contra nuestras expectativas sensibles, contra nuestra inclinación a las satisfacciones sin más (que tienden a confundir lo que es con lo que nos gustaría que fuera). Pensar en política exige renunciar a la seducción literaria1.

En otras palabras, decimos que pensar políticamente consiste en verificar con qué realidad, con qué condiciones reales, nuestras expectativas deben enfrentarse. ¿Para qué? Para evaluar si esas expectativas son plausibles, para saber mejor qué hay que hacer. Sobre esto hablamos cuando escribimos, por ejemplo, Contra la cultura de izquierda como aporte reflexivo sobre nuestra trayectoria, actualidad y tareas.

Sobre esto queremos discutir.

5.

Llegados a este punto, nos hallamos conminados a una decisión forzada ante tres caminos.

O bien militar en una nueva realidad (nueva por haberla descubierto ahora, no porque haya cambiado recientemente), aceptando la apuesta por el socialismo, bajo unas condiciones que debemos conocer colectivamente.

O bien buscar la repetición del entusiasmo previo, reconfigurando las expectativas para que sean las mismas, pero no lo parezcan tanto.

O bien, finalmente, abandonar una apuesta que no asegura nada, ni éxito social ni reconocimiento personal.

En VyS apostamos por el conocimiento serio de la realidad, construido colectivamente, con el fin de elaborar una hipótesis de intervención por el socialismo. Nuestra apuesta no asegura nada. Pero consideramos que es la única alternativa racional y consistente a la miseria en aumento, la degradación expansiva y las crisis recurrentes del capitalismo.

Rechazamos maquillar la certeza de que somos «los elegidos» porque estamos en posesión de «la verdad», de manera que el resto de la población deberá entenderlo porque sí, porque eso sería estar «del lado bueno de la historia» (como escribió Myriam Bregman en su libro). Y que, si los demás trabajadores no lo entienden, entonces serán culpables de la miseria que les toque.

Asimismo, rechazamos alejarnos de esta causa porque ya no se percibe la seguridad de su éxito.

Estos son los tres caminos que vemos. Renovar el pensamiento y la militancia; repetir satisfacciones en busca de un milagro; defeccionar y abandonar la lucha.

En VyS elegimos el primero.

NOTAS:

1 Por «seducción literaria» nos referimos a la confusión entre medios de satisfacción (como los productos culturales) y medios de lucha (como un programa, una organización, una estrategia…). Hemos escrito bastante al respecto. Por ejemplo: a) «El dilema de Camus»; b) «Cine: esa mercancía que nos resistimos a ver como mercancía»; c) «La solución y los imprescindibles»; d) «La seducción literaria, 1: Clara Ramas y el tiempo perdido»; e) «La seducción literaria, 2: confundir satisfacciones culturales con tareas políticas»; f) «Resistiendo con aguante»; g) «Contra la cultura de izquierda»; h) «“Nadie se salva solo”: un eslogan burgués para la unidad nacional».

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