OSTENTACIÓN: Un Mundial no se organiza para ganarlo

El progresismo encubre su sumisión a la burguesía atribuyendo a las experiencias de disfrute popular contenidos políticos deseados o temidos, pero siempre imaginarios. Sea el socorrido «opio de los pueblos», distracciones organizadas por titiriteros mundiales; sea la expresión de «identidades subalternas», zonas libres de dominio burgués. Los estadios pueden ser nuevos «campos de concentración» multiplicados en pantallas para embobar poblaciones enteras, o pueden ser el escenario donde un jugador iraní desafíe al imperio festejando un gol con la mímica de unos disparos1.

Incluso el mismo evento puede mutar de acuerdo a cuestiones coyunturales que modifican completamente los criterios y el pensamiento. Así, para buena parte del progresismo en Argentina, el Mundial 2022 fue una gesta heroica para el disfrute del pueblo, pero el de 2026 es un show alienante que distrae de la crueldad que nos gobierna gracias a futbolistas millonarios que le dan la mano a Donald Trump.

Por estos vaivenes de la fantasía progresista (de los que la izquierda hegemonizada por el trotskismo hace gala cotidianamente) pensamos que conviene analizar lo que sucede realmente con estos eventos ecuménicos, con estas gigantescas convocatorias internacionales.

Hay tres interpretaciones al respecto.

La que supone que se realizan para consolidar las ideas de los organizadores en la población a través del éxito deportivo. Y que por lo tanto ese éxito contribuye a la estabilidad burguesa.

La opuesta, pero basada en el mismo idealismo de base: que son expresiones populares resistidas por el poder y los ricos (el progresismo no habla en términos de clase jamás). Se trata de una virtud que, en principio, se le atribuye a casi cualquier concentración masiva de personas. Casi porque sólo se trata de concentraciones masivas de la gente que se autopercibe del lado correcto de la mecha, cuyo lado correcto lo define la posición de esa misma gente. Allí, en ese amontonamiento, se supone expresado «algo bueno». Algo bueno que permite una sumatoria de intenciones supuestas para tareas imaginarias. Como expresó Miryam Bregman, si sumamos a las movilizadas el 3J y a los que expresaron su dolor en el velorio del Indio Solari, podemos recuperar Malvinas. Habría sido en vano esperar que hubiera dicho «Hacer la revolución»: hasta las tonterías, en el lenguaje trotskista, se expresan en metáforas nacionalistas.

En esas dos perspectivas, unos suponen que todo puede restarle poder al poder; otros, que se puede sumar peras y manzanas. En vez de preguntarnos si suceden estas sumas y restas de la hegemonía y la estabilidad, queremos pensarlo en relación a los caminos de la competencia y la acumulación. Esta es la tercera interpretación posible.

El fútbol es tan político como el rock, el choripán y la rutina de ejercicios en un gimnasio

De los 22 Mundiales organizados hasta el presente 12, la mitad, fueron organizados por países cuyos equipos tenían pocas chances de ganar el título. Países que festejarían el éxito deportivo que ocultara el fracaso económico, o consolidara la hegemonía social. Es el caso de los Mundiales de 1938 en Francia, 1954 en Suiza, 1958 en Suecia, 1962 en Chile, 1970 en México, 1982 en España, 1986 nuevamente en México, 1994 en EEUU, 2002 en Corea y Japón, 2010 en Sudáfrica, 2018 en Rusia y 2022 en Qatar.

Hubo 4 casos en que el organizador fue una potencia futbolística que esperaba naturalmente obtener el triunfo y no lo logró: en Brasil 1950, Italia 1990 y Alemania 2006, ninguna de estas tres frustraciones desató una crisis política ni mucho menos.

Distinto fue el caso de Brasil en 2014, pero hay que señalar que el orden fue inverso: la decisión de la burguesía brasileña y el PT de organizar el Mundial (y los JJOO) en un momento de auge por las materias primas exportables y cuando Brasil llegó a colocar su PBI en su mejor ranking histórico, en el 6° lugar del listado Mundial de los PBI. Luego comenzó el declive, la crisis y las movilizaciones en 2013, protestas masivas bajo el lema «Nao vai ter Copa» [No habrá Copa].

En 6 ocasiones los organizadores fueron candidatos factibles y resultaron campeones: Uruguay 1930, Italia 34, Inglaterra 66, Alemania 74, Argentina 78 y Francia 98. No es posible adjudicar a estos triunfos deportivos una incidencia en la vida política de cada país. En 4 ocasiones el Mundial se disputó en países sin vigencia de libertades democráticas: Italia 1934, Argentina 1978, Rusia en 2018 y Qatar 2002. Dos lo hicieron con expectativas de triunfo, los últimos dos sin ninguna esperanza. Hay que forzar demasiado la realidad para asignarle a estas diversas situaciones un sentido unívoco hacia la consolidación (o quiebra) de la hegemonía.

Más aún, la peor eliminación de una selección argentina compitiendo en un Mundial fue la de 2002, en la primera ronda, en Corea y Japón (puesto 18°, contra 13° en Suecia y 10° en Chile). Ese profundo fracaso futbolístico y la frustración de todas las expectativas que el equipo de Bielsa había generado, a partir de ganar ampliamente las eliminatorias, no tuvo ningún impacto político en el gobierno que en ese momento estaba en el poder. Se trataba de uno de los gobiernos más frágiles en muchos años, surgido de la crisis del 2001 y sostenido por acuerdos entre los políticos en medio del «Que se vayan todos». Sin embargo, 14 días después del brutal fracaso deportivo, el peronismo que estaba en el gobierno perpetró la Masacre de Avellaneda, y luego de ambos sucesos se mantuvo en el gobierno los siguientes 14 años.

Contrariamente, el éxito de Argentina en 2022, también bajo una administración peronista (la de Alberto Fernández), no ocultó el descrédito por el fracaso de esa gestión, al punto que ni el presidente ni la vice pudieron siquiera aspirar a una reelección.

El peor período en el plano internacional, del futbol de la AFA, fue el que siguió al enfrentamiento de Perón con los jugadores huelguistas de 1948, que llevó a la gran sangría histórica de jugadores, empujando al exilio a cerca de un centenar de jugadores, entre ellos Pedernera y Di Stéfano. Y, fundamentalmente, llevando a la selección a automarginarse de los Mundiales de 1950 y 1954. Esta catástrofe deportiva no modificó de manera visible la estabilidad política en el país.

Como podemos ver en los episodios de Tlatelolco en 1968 (diez días antes del inicio de los JJOO en México), y de Nao vai ter copa en 2013, estos eventos no logran desviar la lucha de clases de su dinámica, sino más bien canalizarla, hacer notorio a nivel internacional lo que sucede en las entrañas de la lucha de clases. El caso de Brasil merece una mención especial porque en la defensa y justificación del gobierno burgués del PT, se han borrado estas luchas, estas expresiones de rechazo de la población al gobierno, que al no encontrar expresión por izquierda, se reflejaron hacia la derecha, con el juicio político primero y con el triunfo de Bolsonaro más tarde.

Los fracasos deportivos no producen crisis políticas, los éxitos no aseguran a los gobiernos contra su propia incapacidad. Se puede buscar una medida antipopular de Milei en estos días, como también de Alberto y Cristina en 2022, pero no se puede asignar a ese período una mayor ofensiva antiobrera que antes o después de cada Mundial, de la misma manera que no se puede verificar mayor o menor violencia en la lucha de clases de acuerdo con el calendario mundialista o a los éxitos o fracasos deportivos.

Lo que sí es factible es que un evento tan masivo pueda ser utilizado para difundir y visibilizar una lucha vigente. Como podemos recordar de los atletas con el puño enguantado negro en México 68, las ya mencionadas movilizaciones de Brasil 2013-14, la bandera denunciando a la dictadura en el partido Holanda-Argentina disputado en Suiza de 1979 o las marchas que confluyeron en el Estadio Azteca para la apertura de este Mundial.

Lo que está en juego –y atrae a la especulación sociológica y política– es la expresión de lo común en dimensiones colosales. Esto no es contrario al capitalismo, estas formas de expresión de lo colectivo son una creación de la hegemonía burguesa en la sociedad. No hubo deportes, en el sentido de espectáculo de masas regular y estandarizado, antes de que el capitalismo se instalara, tendiera a la reducción del costo unitario y proveyera de los desarrollos técnicos que lo hicieron posible: desde la ingeniería para estadios de decenas de miles de personas, hasta la aviación comercial y la tecnología para efectuar las transmisiones.

La pausa de hidratación es de 1972

Lo que tiene de específico un Mundial es que toma un disfrute popular, multitudinario, y lo centraliza en un evento internacional. El negocio, que funciona de manera desperdigada, en muchísimos países, adquiere una dimensión en la que sólo los grandes capitales participan. Y una audiencia que permite, como pocas veces sucede, experimentar la percepción de que la humanidad es una sola. Que las fronteras nacionales podrían superarse. Pero sucede bajo la modalidad de una ficción, de un espectáculo masivo y disfrutable para muchos.

Es el más masivo de los espectáculos disfrutables. Que lucha, con renovaciones y apuestas, por permanecer en ese lugar preponderante frente a la competencia. ¿Qué competencia? Los otros espectáculos ecuménicos de masas: como pueden ser la gira Eras de Taylor Swift o la Fórmula 1. Todas creaciones de la sociedad de masas estadounidense. La competencia se configura con todos los espectáculos que requieren la utilización de un estadio de miles de espectadores –o un terreno abierto que pueda funcionar como tal– para realizarse. Que convocan a decenas de miles, que exceden la población del lugar receptor y ponen a prueba su capacidad organizativa, financiera y –no es para desdeñar– jurídica.

Como producto específico del capitalismo, el espectáculo del deporte profesional nos entregará su secreto si lo buscamos con la única brújula que nos orienta en la selva capitalista: la relación con la acumulación.

Ya vimos la débil relación que tienen estos eventos con la hegemonía, la estabilidad política y la ideología. Veamos entonces con qué si hay una fuerte relación.

Los eventos deportivos ecuménicos son una forma en que las burguesías nacionales (o regionales, como en el caso de los JJOO, que se organizan por ciudad) se postulan como alternativas viables, sólidas e interesantes para recibir inversiones o realizar negocios conjuntos. A fines del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX esa misma función la cumplían en parte las Exposiciones Internacionales. Lo que las burguesías ponen en la vidriera no es el desempeño deportivo de sus combinados y atletas (ya mostramos que, en general, no ganan y pocas veces se destacan mucho), sino su capacidad para realizar eventos de gran magnitud, para proveer infraestructura, para garantizar seguridad jurídica y material. Las exigencias de la FIFA encajan perfectamente en este último punto: exige a los organizadores que fuercen las concesiones y demuestra, por contigüidad, las que podrían hacerse.

Hasta la década del 60 los Mundiales no eran tan convocantes. No tenían la repercusión masiva que hoy tienen ni atraían a tantos inversores, sponsors, empresas. Junto a las innovaciones del transporte, las comunicaciones y la ingeniería, llegaron las del marketing. Este proceso se puede resumir en un trago: el Jägerbomb (Red Bull más Jägermeister). En 1972, Jägermeister, la marca de un bitter alemán, colocó por primera vez publicidad en el pecho de una camiseta de fútbol profesional: la del Eintracht Braunschweig.

En 2005 la empresa de bebidas energizantes Red Bull ya no publicitó en la camiseta de un club, sino que lo compró: el multicampeón austríaco Salzburgo. Y en estos 20 años amplió su imperio de clubes incorporando al Leipzig alemán, al París FC de Francia, al Bragantino de Brasil, al New York de EEUU y al Omiya Ardija de Japón.

Lo mismo ha sucedido con la evolución de los estadios. Hasta 1960, con la Libertadores, y 1967, con la división entre metropolitano y nacional, las moles de cemento de Boca, River, Independiente, Racing, Rosario, NOB y otra menores, únicamente albergaban espectadores y sólo eran utilizadas como estadios en los 19 días que cada club jugaba de local. Así, los estadios han pasado de ser una infraestructura muerta el 95% del tiempo a ser una «catedral del siglo XXI», como las definió el presidente del Real Madrid. Catedrales cuya administración, en muchos países, está en manos de empresas especializadas que se encargan de albergar eventos de todo tipo. En el Bernabeu se juegan partidos de la NFL; otros comparten estadio entre varios clubes; otros tienen espectáculos musicales o religiosos; casi todos los importantes tienen museos; los más audaces, gastronomía.

El fútbol es, en resumen, un viejo negocio, ya centenario. Si, como dijo Godard, «el cine comenzó cuando se pagó el primer ticket para ver una película», el fútbol empezó a ser un negocio el mismo día en que se cobró la primera entrada para ofrecer un espectáculo deportivo. En Argentina, eso ocurrió hace más de un siglo. El fútbol es, además, un negocio que se expande, se concentra y se entrelaza con otros negocios. No hay otro modo de existencia de los negocios (de existencia perdurable, al menos) dentro del capitalismo.

Eso ha transformado a los mundiales en un evento de negocios a nivel… mundial. Y bajo esa característica definitoria y crecientemente destacada se los puede pensar.

Pero, antes, es necesario volver a señalar algo: el capitalismo es un sistema especulativo. No por la importancia del sistema financiero en él (eso es una consecuencia) sino porque se debe adelantar inversión sin tener seguridad, sin tener la totalidad de la información necesaria, arriesgando sobre ese desconocimiento, es decir, especulando. Eso define gran parte de la actividad de la prensa burguesa, los consultores, los institutos estadísticos e inclusive la IA: predecir comportamientos futuros de consumo y rendimientos. Esto hace tan importante la «lectura» de lo que sucede.

Compitiendo entre sí, los capitales intentan engañarse, sacar ventaja, ocultar defectos y mostrar falsas virtudes. De ahí el poco conocido, pero muy relevante, mundo del espionaje industrial y la información privilegiada. Cada capital quiere saber todo lo posible sobre sus competidores y consumidores, a la vez que quiere resguardar celosamente la información sobre sus potencias y debilidades. Y, especialmente, sobre sus planes. La competenecia entre burgueses se parece a un juego de truco entre tahúres, pero en lugar de porotos juegan con millones de dólares.

Esto no se conjuga bien con las teorías del monopolio, de los formadores de precios, de las conspiraciones, etc. Pero sí con la realidad. Porque no es la transparencia lo que caracteriza al capital sino la competencia. Y esto obliga a especular. Los grandes eventos internacionales sirven para realizar negocios, sí, y para especular con las posibilidades que brindan o los señuelos que ofrecen. Existen diversas instancias para el mismo fin. Las convenciones, ferias y exposiciones internacionales, por ejemplo. Por eso los burgueses no pueden abandonar la presencialidad: deben estar ahí para juzgar, para engañar, para resolver.

La ostentación y el socialismo

Ningún país (en el sentido de ninguna burguesía) ofrece de manera abierta sus datos, su información, sus puntos débiles. Los eventos internacionales permiten mostrar al mundo lo que una burguesía ofrece. Lo que en otras épocas fueron las exposiciones internacionales, o lo que aún hoy son las convenciones y las ferias. Por ejemplo, la Feria Internacional de Aeronáutica, en Hampshire, Inglaterra, es un evento de referencia en la industria aeroespacial: en 2024 atrajo 100.358 visitantes, participaron 1427 empresas expositoras de 41 países y se negociaron compras por 105 mil millones de dólares. A esa feria le siguen el Salon International de l’Aéronautique et de l’Espace, de París, los de Dubai y Singapur. O, en el terreno de las armas, la Eurosatory (Francia) es la feria más grande del mundo; también la AUSA Annual Meeting (Estados Unidos) y la World Defense Show de Ryad, que reúne 773 expositores, 441 delegaciones oficiales de 76 países, más de 106.000 visitantes y se más de 6.900 millones de dólares. Al igual que en los Mundiales, estas ferias reúnen muchos visitantes curiosos que no son el centro del evento, pues lo que allí se negocia es la compra-venta de aviones comerciales o tanques de guerra.

Por la misma lógica, los países y ciudades en condiciones de organizar eventos mercantiles de gran envergadura se postulan: para mostrarse al mundo de las inversiones como un destino fiable. Brasil se postuló para los JJOO y el Mundial cuando creía entrar en un selecto grupo de naciones a partir de su PBI en crecimiento (al comienzo de la segunda década del siglo XXI, se metía entre los 5 o 6 mayores PBI del mundo, empujados por la demanda China de materias primas). Pero la crisis llegó antes del Mundial y las movilizaciones se sucedieron mucho antes del 1 a 7 con Alemania. Sudáfrica solicitó organizar un Mundial en el mismo momento de ascenso de los BRICs. Más tarde, junto al declive de éstos, aparecieron las monarquías del Golfo con sus fondos de inversión gigantescos y sus especulaciones sobre su futuro en la transición energética, también intentando mostrar su atractivo como destino de inversiones. Qatar lo hizo en 2022 y Arabia Saudita ya está designada para 2034.

Aquí están las expectativas ante la organización de estos colosales eventos deportivos. Por eso las burguesías se proponen organizar estos eventos.

Todo esto es algo tan propio de la lógica del capital, que no se puede modificar si no es por la abolición del sistema mismo y su superación por otro. Otro sistema que, abandonando el criterio de la acumulación como parámetro rector, se pueda preguntar por otras formas organizativas sociales, por otras experiencias populares de disfrute, por otro tipo de vida.

En suma, todo eso que nos empuja a militar por el socialismo.

NOTAS:

1 Sobre esta atribución de contenidos políticos a los disfrutes hemos escrito bastante: a) «Resistiendo con aguante (El ocaso de la inteligencia)»; b) «Contra la cultura de izquierda: por una militancia socialista»; c) «La seducción literaria, 2: Confundir satisfacciones con tareas políticas»; d) «Como Marx y el Chiqui Tapia: Indio Solari, intelectual».

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