Hace poco publicamos «Materialismo histórico y culto a la personalidad», de Rolando Astarita. El texto responde al fervor personalista recientemente despertado por algunas encuestas electorales. Este fervor ha movido a gran parte de las organizaciones de izquierda a impulsar la unidad alrededor de una figura, Myriam Bregman, únicamente por el nivel de su popularidad, olvidando –o conviviendo disparatadamente con– las agrias críticas previas que muchas de esas mismas organizaciones han expresado públicamente.
El razonamiento parecer consistir en esto: si Bregman tiene una imagen que gusta, entonces todo lo que se ha dicho sobre ella y los dislates que ella misma ha cometido pueden dejarse de lado. Aquella nota de Astarita finaliza de este modo (resaltamos en negrita):
Y desde entonces, el personalismo (vs materialismo) y la adaptación a las presiones electoralistas (vs agitación revolucionaria) no dejaron de potenciarse; aunque, naturalmente, fueron cambiando los personajes y los partidos.
En oposición a estos criterios sostengo que la crítica a la exaltación de las «personalidades» es parte de la lucha por la liberación de la clase obrera. En este punto confluyen los dos grandes descubrimientos de Marx, a saber, la concepción materialista de la historia y la teoría de la plusvalía. Son la base del socialismo científico (Engels en el artículo «Carlos Marx», 1877). Lo decisivo no son los personajes sino las relaciones sociales, la lucha de clases, y su base, las fuerzas productivas. Pero esto se oscurece cuando la crítica es mediada por la exaltación personalista. Cuando ocurre eso se atribuye a la personalidad una fuerza social que en realidad no tiene. De ahí también la crítica de Marx a «los magos de la medicina y las curas milagreras».
Lo central: la abolición de la explotación del trabajo asalariado será obra de los mismos trabajadores. Lo decía «La Internacional»: Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor.
Hacemos nuestra esa afirmación: las ideas valen. Alrededor de ellas se conforman los movimientos políticos, no en base a personalismos. Si una organización que se declara socialista ya no necesita defender y delinear el materialismo histórico y la teoría del plusvalor, entonces esa organización ha resignado su causa original a este mero propósito: sumar adhesiones al aparato.
Por la fuerza de las ideas
Acerca de esta validez de las ideas que defendemos, Perry Anderson escribió un artículo, hace poco más de un año, bajo el título «Ideas-fuerza», que finaliza diciendo (destacamos en negrita):
¿Qué lecciones saca la izquierda de esta historia? En primer lugar, que las ideas cuentan en el equilibrio de la acción política y en el resultado del cambio histórico. En los tres grandes casos de impacto ideológico moderno, el patrón fue el mismo. Ilustración, marxismo, neoliberalismo: en cada caso se desarrolló un sistema de ideas, dotado de un alto grado de sofisticación, en situación de aislamiento inicial y tensión con el entorno político circundante, con poca o ninguna esperanza de influencia inmediata. Solo cuando estalló una crisis objetiva importante, de la que no eran en modo alguno responsables, los recursos intelectuales subjetivos, que se habían ido acumulando gradualmente en los márgenes de unas condiciones de calma, adquirieron de repente una fuerza abrumadora como ideologías movilizadoras capaces de desplegar un control directo sobre el curso de los acontecimientos. Tal fue el patrón en las décadas de 1790, 1910 y 1980. Cuanto más radical e intransigente era el conjunto de esas ideas, más radical fue su efecto una vez desencadenado en condiciones turbulentas. Hoy en día seguimos inmersos en una situación en la que una sola ideología dominante gobierna la mayor parte del mundo. La resistencia y la disidencia están lejos de haber desaparecido, pero siguen careciendo de una articulación sistemática e intransigente.
Coincidimos con Anderson en esto: necesitamos ideas radicales e intransigentes. No ideas convertidas en la imagen de un líder. No individuos como corporización de ideas. No un verbo hecho carne. (Si alguien cree que exageramos, véase lo que dice Fernando Rosso acerca de Myriam Bregman en su prólogo al libro Zurda). Necesitamos, además, como también dice Anderson, que las ideas radicales e intransigentes se articulen de manera sistemática. En eso estriba la coherencia de un programa político.
Sin embargo, hay una cuestión que parece quedar en las sombras. Si, como leemos en La Ideología Alemana, las ideas dominantes en una sociedad son las de su clase dominante[1], y si, como observa la cita de Anderson, la ideología dominante (las ideas que naturalizan la explotación del sistema capitalista) gobierna «la mayor parte del mundo», nos preguntamos: ¿cómo se concreta la acumulación de «los recursos intelectuales subjetivos […] gradualmente en los márgenes de unas condiciones de calma»? ¿Cómo se desarrolla «un sistema de ideas, dotado de un alto grado de sofisticación, en situación de aislamiento inicial y tensión con el entorno político circundante, con poca o ninguna esperanza de influencia inmediata»? En otras palabras, ¿cómo se realiza la concentración de ideas radicales en un sistema coherente?
Estas preguntas son decisivas para quienes defendemos el valor de las ideas, porque nos exigen señalar cuál es el camino para que ese valor se haga efectivo, es decir, cómo hacemos para que esos «recursos intelectuales subjetivos» se acumulen durante los extensos períodos de calma.
Hay dos respuestas. Una recae en el culto de la personalidad. La otra, no.
Contra el culto a los intelectuales
Aunque sean aspectos decisivos, una organización no es fundamentalmente un estatuto ni un patrimonio, sino un cuerpo de ideas encarnado colectivamente. Depende de la adhesión a estas ideas quién pertenece al colectivo y quién no. Y depende del colectivo cómo evolucionan esas ideas.
Esa dialéctica entre las ideas y el colectivo se interrumpe cuando las ideas andan solas en la boca (o el teclado) de sus «creadores». Porque además del culto a la personalidad basado en la imagen y la leyenda, existe un culto a la personalidad basado en la inteligencia y la escritura. El «intelectual crítico» no es menos personalista que el combatiente armado.
Y no se trata tanto de las aptitudes de cada individuo como de la relación con lo colectivo. Si la relación del «escriba inteligente» con lo colectivo es apenas eventual, si entra y sale de un grupo por placer o capricho, «porque acá me siento cómodo» o «porque me pintó así», entonces no está en contra del culto a la personalidad: simplemente fracasó en ser el objeto de ese culto. El colaborador habitual de revistas que publican ideas distintas y contrapuestas a las suyas, ¿qué contribución hace a la «acumulación de recursos intelectuales subjetivos» de la que habla Anderson? ¿No aspira simplemente, como decía el Indio Solari, a «contaminar la cultura» y sembrar «un germen perdurable», con todos los problemas que implica esta concepción de las relaciones entre cultura y política?[2]
Por la coherencia del sistema
Hacemos estas preguntas porque, curiosamente, la denuncia del individualismo neoliberal y posmoderno rara vez toca a los intelectuales, a quienes –muy por el contrario– se les concede patente de corso singular, de héroe prometeico que les roba el fuego a los dioses para entregárnoslo a los simples mortales. Esta reluctancia de la división del trabajo manual/intelectual no es condenada por sus beneficiarios.
Rolando Astarita es muy claro sobre esto: «no son los personajes sino las relaciones sociales, la lucha de clases, y su base, las fuerzas productivas», lo que delimita los campos. Si es cierto lo que afirma Perry Anderson:
En 1848 se habían establecido los grandes campos de batalla de la época. De la mano del Manifiesto comunista, Europa se enfrentó a la elección que más tarde se planteó en todo el planeta: ¿capitalismo o socialismo? Por primera vez, la humanidad se enfrentaba a principios de organización social claramente definidos y radicalmente antitéticos.
Entonces lo crucial no es difundir ideas como quien arroja un puñado de semillas aquí y otro allá, con la fe puesta en que los elementos naturales hagan todo el trabajo de germinación. Hay que difundir ideas de tal modo que no se pueda dudar de la demarcación y la consistencia, que no haya espacio donde convivan ideas «claramente definidas y radicalmente antitéticas».
Y hay que hacerlo de tal modo que se ofrezca, a la vez, una vía de organización y colaboración en su desarrollo para la acumulación coherente de «recursos intelectuales subjetivos», aunque sea en los «márgenes de unas condiciones de calma».
Solo la apuesta –y la oferta– de lo colectivo permite cerrarle el paso no sólo al influjo de una cara bonita, sino también a la seducción del ecléctico discurrir de las ideas bonitas.
NOTAS:
[1] «Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas». Carlos Marx y Federico Engels, La Ideología Alemana, trad. Wenceslao Roces, Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1970, pp. 50-1.
[2] Analizamos críticamente estas posiciones, propias de la contracultura, en «Indio Solari, intelectual».




