CHILE: El triunfo electoral de Kast y el ciclo político que se abre (Por Álvaro G.)

1. Contexto electoral: la segunda vuelta de la elección presidencial confirma las tendencias electorales generales que veníamos señalando en los apuntes que envié después de la primera vuelta: por una parte, una estabilización de la participación electoral en torno al 85% del universo de personas habilitadas para sufragar luego de establecida la obligatoriedad del voto; por otra parte, una cierta consistencia de las preferencias entre las distintas opciones partidarias (expresada en las elecciones de parlamentarios y autoridades de gobierno regional y comunal), que se mantiene durante las últimas elecciones pero que no se traspasó en correspondencia a las cartas presidenciales de los distintos partidos en la primera vuelta (como veíamos, por ej., la centro izquierda conservó su votación de 4,5 millones en parlamentarios, pero un millón de dichos votos no respaldaron a su candidata presidencial). Por último, la gran abstención electoral previa a la obligatoriedad del voto se transforma en gran parte en voto nulo y/o blanco para elección de cargos representativos, pero tiende a tomar opción válida para presidente.

En esta segunda vuelta dichas tendencias en términos generales se mantuvieron. La centro-izquierda logra recuperar su caudal de votos (4.5M – 4.9M) e incluso sumar algunos votos extra, lo que no evita que acabe siendo derrotada por amplio margen con un 42% del total. ¿Cómo se explica esto? Fundamentalmente por medio de la ex abstención -hoy votantes obligados-, que como ya dijimos, en cargos de representación anulan mayoritariamente, pero para elección presidencial acabaron eligiendo una opción.

Segunda vuelta 2021KastBoricNulos/blancos

Participación: 55,65%
3.650.662 (44%)4.621.231 (56%)92.588 (1%)
Segunda vuelta 2025KastJaraNulos/blancos

Participación: 85,12%
7.254.850 (58%)5.218.444 (42%)948.356 (7%)

Por ende, como primera precaución es importante no pasar por alto dicha información. La obligatoriedad es el principal factor electoral de este ballotage. Los votos que le dieron la amplia victoria a Kast son votos que previamente no participaban de los procesos eleccionarios, que desde hace un par de años participan obligadamente, y que en la mayoría de las elecciones anulan el voto. Por otra parte, tampoco se puede obviar que para este proceso se manifiesta igual casi un millón de votos nulos en segunda vuelta. Con todo, haciendo una rápida caracterización de los votantes obligados (votantes que antes no concurrían a los procesos y que luego de la obligatoriedad votan), diremos que se trata de electores que habitan mayoritariamente en las comunas y barrios de menores ingresos del país, con menor nivel educacional, menor acceso a servicios públicos y mayor presencia de problemas asociados a la pobreza y la marginalidad (delincuencia, narcotráfico, violencia, etc).

2. La victoria de Kast es en primer lugar político-electoralconfiguración de una mayoría electoral coyuntural y volátily no político-socialconstrucción de fuerza política real, material y beligerante en pos de la materialización de un programa determinado. El estancamiento electoral de la centro-izquierda en el margen 4.5 – 5 M de votos es la principal manifestación de que, frustrada la experiencia de la rebelión popular de octubre de 2019, la subjetividad de las capas trabajadoras no respondió a esta derrota reconciliándose con el régimen concertacionista de los “30 años” (implicancia lógica sobre la que especularon numerosos análisis del campo burgués).

La mayor virtud que tuvo electoralmente la campaña de Kast es que se dirigió a este grupo mayoritario de la población, que era bastante previsible que terminaría definiendo la elección con el establecimiento del voto obligatorio. Este aspecto se puede ver en el cambio de táctica que tuvo esta vez el Partido Republicano respecto de sus dos intentos anteriores de ganar la presidencia. En esta ocasión, la táctica se centró en que su gobierno sería “un gobierno de emergencia” (guardando las distancias, en términos históricos, esta es una jugada política bastante clásica), es decir, un gobierno altamente ejecutivo en la línea de ocuparse de tareas urgentes, restaurar el orden social y reencauzar el camino extraviado, pero que no llama a la adhesión explícita a una proyección estratégica de largo plazo. En su mayoría, los votos que dieron la victoria a Kast responden a una decisión de los votantes de respaldar una opción que se comprometió con ocuparse de problemas que perciben urgentes y concretos, principalmente, la seguridad pública y economía. Esta es la razón por la que el candidato evitó explícitamente a referirse a otros temas durante la campaña.

3. El margen con que cuenta Kast para revertir las consecuencias más profundas de la lenta pero progresiva decadencia de la estructura social de acumulación en Chile (expresada por medio de la progresiva caída de los índices de rentabilidad del capital, inversión productiva y productividad) es estrecho. Por un lado, las elecciones refrendaron el escenario de fragmentación política que se ha venido configurando desde comienzos de la década pasada. Con un congreso fragmentado (donde la derecha orgánica apenas roza la mayoría absoluta, pero está lejos del quórum calificado que permite reformas más profundas), la función legislativa seguirá atravesando los escollos parlamentarios que se han hecho comunes durante los últimos años.

Por otra parte, el escenario regional de derechización de los gobiernos latinoamericanos tensiona a Chile a buscar una suerte de liderazgo regional en la constitución de un polo empujado, además, desde la política exterior norteamericana (una especie de nuevo “grupo de Lima”, esta vez, con mejores condiciones). Recordemos que, en diciembre, se publicó una nueva edición de la National Security Strategy, que llama, entre otras cosas, a retomar abiertamente la “Doctrina Monroe” para los asuntos latinoamericanos, apuntando a China como enemigo estratégico en la región y señalando como objetivo prioritario bloquear el avance de los capitales chinos en áreas como energía, recursos naturales e infraestructura crítica.

Sin embargo, y más allá de la tradicional proximidad de la clase capitalista chilena con los Estados Unidos, este camino se verá fuertemente complicado. Chile es uno de los cinco países de la región cuyo principal socio comercial es China y no EE.UU. Más allá del gigantesco mercado que da salida a las exportaciones chilenas de materias primas, el capital chino ha venido impulsando importantes inversiones en energía (empresas chinas como State Grid y China Southern Power Grid controlan distribución y ganan posiciones en la transmisión de eléctrica chilena), al mismo tiempo que busca asegurar el suministro de litio de origen chileno (Chile es el segundo productor global de Litio luego de Australia).

La burguesía chilena es plenamente consciente de que la estratégica relación económica con China es su oxígeno vital (y esto vale para todas sus ramas hegemónicas, ya sea el capital comercial representado por la CNC, ya sea el capital agroindustrial representado por la SNA, ya sea el capital minero agrupado en SONAMI, ya sea el capital de la construcción agrupado en la CChC, etc). En este sentido debe leerse el gesto del expresidente concertacionista Eduardo Frei (un alto cuadro político de la burguesía chilena que representa como nadie la apertura de caminos al capital chino en el país durante los últimos 30 años), quien, contraviniendo públicamente a su partido la DC (cuya abanderada era Jara), se juntó públicamente con Kast pocos días antes de la elección, manifestándole implícitamente su apoyo. El día 10 de diciembre, en un seminario organizado por CLAPES UC para conmemorar los 20 años del tratado de libre comercio entre China y Chile, Frei (expositor principal) señaló:

la relación entre ambos países debe continuar expandiéndose a otros sectores que serán fundamentales para el futuro, como la seguridad nacional e internacional, la sustentabilidad alimentaria, la educación superior, la investigación antártica, la astronomía, el cambio climático y energías renovables.

Posteriormente a ser electo, y luego de visitar protocolarmente a Boric en la moneda y a Milei en la casa rosada, Kast se dirigió a saludar a Frei en su domicilio. En este sentido, la señal del capital es clara: ningún ideologismo derechista debe poner en riesgo la relación bilateral China-Chile y la posición internacional del estado debe ser preservar hasta el máximo la neutralidad en la disputa internacional entre las dos potencias.

Por último, en el círculo estrecho de Kast saben de sobra que su respaldo popular inicial puede ser volátil, y que su proyección de recortar en 6 mil $USD el gasto del Estado en 18 meses es una quimera que ni siquiera sus votantes esperan ver realmente realizada. Con todo, un relanzamiento estratégico en las condiciones de acumulación que sea capaz de asegurar un ciclo sostenido de expansión de rentabilidad aparece como poco probable. Sin embargo, el alza sostenida de los precios del cobre y la eventualidad de que se prolongue un ciclo minero favorable durante el próximo quinquenio pueden contribuir adicionalmente al objetivo de ordenar las finanzas públicas.

4. El cobre es la principal mercancía de exportación de Chile, país que a su vez es el principal productor de este mineral en el mundo (19% del total mundial de cobre sale de las minas chilenas). En 2024 las exportaciones de cobre se valorizaron por un total de 50 mil $USD, cifra que representa un 12% del PIB, un 25% de la inversión fija y un 57% del total de exportaciones de Chile. Estos números son muy importantes si consideramos por ejemplo que para el caso argentino (un país con más del doble de población) el total de exportaciones del complejo sojero (principal materia prima exportada por Argentina) fue 20 mil $USD para el mismo año. El precio actual del cobre es históricamente alto, 6 $USD la libra (mayor precio histórico), lo que ha llevado a numerosas entidades a estimar que podríamos estar en la fase inicial de un nuevo súper ciclo (el anterior ciclo alcista, jalonado por el proceso de urbanización de China, se extendió desde principios de la década del 2000 hasta 2012 aproximadamente).

Dado el peso estructural del cobre para la economía chilena un aumento en la renta minera puede permitir al Estado asegurar superávits fiscales, además de impulsar hasta cierto punto la acumulación, actuando provisionalmente sobre las tendencias decrecientes de la rentabilidad del capital en general. Este efecto ya ocurrió durante el primer super ciclo. Recordemos que la ralentización del crecimiento y el curso descendente de la tasa de ganancia (fase de declive) comenzaron a manifestarse desde fines de la década de los noventa y principios de los dosmil (en el contexto de la recuperación posterior a la crisis asiática). Fue el primer súper ciclo mediante el impulso de la renta el que permitió disimular esta tendencia y le dio un respiro a la burguesía, actuando a contrapelo con las manifestaciones más profundas de agotamiento progresivo de la estructura social de acumulación. Cuando el ciclo decayó emergieron nuevamente los problemas a la superficie (2013 en adelante). No se debe perder de vista estas tendencias, ya que podemos estar efectivamente ad-portas de un nuevo colchón para el gobierno entrante, en la línea de tener mayor margen para atenuar el ajuste (que como se señalaba más arriba, no se espera que sea de shock o “mileísta”) y resguardarse de un prematuro desgaste de capital político.

No está de más acá apuntar que estas tendencias de la realidad refutan a las tesis que plantean que a mayores caudales de renta corresponden necesariamente gobiernos expansivos del gasto fiscal, y viceversa. Ni el gobierno de Boric fue un gobierno que expandió el gasto en base al alza importante de los precios del litio luego de la pandemia, ni el gobierno de Kast “personificará” el nuevo ciclo rentista como “necesidad” de una mayor expansión del gasto social. Por detrás del telón del teatro político se ubica la compleja red de determinaciones económicas que sostiene la vida social y que rehúye mañosamente a toda pretensión mecanicista. La renta cuprífera es muy importante, pero no encontraremos en ella en ningún caso la manifestación última de la “esencia” (¿o acaso del “espíritu”?) para acceder a la “verdad absoluta” de este espacio nacional. La competencia real entre capitales por la captura de rentas y ganancias es siempre central, de eso no hay duda. Sin embargo, de lo que se trata es de contar con las mejores herramientas para intentar captar teóricamente dicha competencia de cara a su complejidad, y en ningún caso reducirla falazmente a una o más variables para hacerla calzar con tal o cual teoría.

¿El gobierno de Kast representa continuidad o ruptura?, ¿radicalización o conservación?

5. Para adentrarnos en estas preguntas, ses necesario preguntarnos primero, ¿qué representa la “derecha” en el contexto político chileno? En primer lugar, apuntaremos que la categoría –la derecha chilena– no se define solamente por un conjunto de posiciones ideológicas determinadas, sino que fundamentalmente en un sentido histórico, que remite a la constitución misma de la estructura social y el desarrollo del capitalismo en Chile desde el siglo XIX en adelante; es decir, la “derecha” en Chile es una identidad política de larga data. Acá conviene detenerse además en un aspecto persistente y característico de la cultura política chilena: la idea de los tres tercios. Este esquema concibe la disputa política nacional como estructurada en torno a tres grandes campos (derecha, centro e izquierda). Como todo mito político, esta representación contiene un núcleo de verdad. En este caso, remite al Chile del siglo XX, marcado por profundas transformaciones estructurales: el programa desarrollista, el ascenso político institucional del movimiento obrero organizado, un intenso proceso de migración campo-ciudad y la persistencia de una oligarquía capitalista-terrateniente cuyas raíces como grupo social dominante se remontan por lo menos a los tiempos de la independencia a comienzos del siglo XIX.

Por otra parte, el carácter altamente endógeno del grupo socialmente dominante (la oligarquía capitalista-terrateniente que mencionábamos más arriba) fue decisivo en la configuración de la identidad y la cultura política de la derecha. Aunque compuesta por diversas tendencias, tradiciones y familias, la derecha chilena se mantuvo defensivamente cohesionada durante buena parte del siglo XX por contornos nítidos en la preservación de sus intereses de clase, en un clima de amenazante de reformas y ascenso de grupos medios y populares (el clímax de este fenómeno se puede apreciar en las imágenes del reconocido documental de la época, “La batalla de Chile”, de Patricio Guzmán). En contraste, el auge del movimiento obrero organizado nacionalmente a comienzos del siglo XX impulsó la instauración del campo popular como actor político institucional con identidad propia, proceso que se consolida con la Constitución de 1925 (que empezó a regir en la práctica realmente a partir de 1933 y cuya vigencia termina abruptamente con el golpe militar de 1973) mediante la institucionalización estatal de los grandes partidos obreros de masas, fundamentalmente el Partido Comunista y el Partido Socialista.

El centro político, por su parte, expresó principalmente a las clases medias urbanas y a sectores de pequeños propietarios rurales -o aspirantes a serlo mediante el anhelo de la reforma agraria-, atraídos por los ideales de progreso y desarrollo nacional, pero empeñados en diferenciarse tanto del polo oligárquico como del obrero-popular en el contexto de la guerra fría. La Democracia Cristiana fue el partido emblemático de estas capas. La idea de los tres tercios atravesó todo el siglo XX y, entre 1958 y 1973, incluso adquirió una expresión aritmética concreta: las elecciones reflejaron una división relativamente equilibrada, con cada sector rondando el 30% del electorado, y con la sucesión en el gobierno de la derecha (1958-1964), la Democracia Cristiana (1964-1970) y, finalmente, la Unidad Popular (1970-1973).

Las transformaciones aparejadas al ascenso de la estructura social de acumulación neoliberal durante la dictadura y la década de los 90’ diluyeron el peso político del antiguo movimiento obrero industrial, del movimiento popular y de las antiguas capas medias urbanas profesionales, de pequeños comerciantes y de pequeños propietarios rurales. De este modo, el antiguo esquema de los “tres tercios” dio paso a nueva configuración política, caracterizada por la presencia de dos polos políticos –autodenominados de “centro-izquierda” y de “centro-derecha”– que constituyeron la fisonomía política del régimen de los 30 años de la llamada “transición”.

6. Abierta la crisis del régimen transicional luego de la rebelión popular de 2019 el ordenamiento de dos grandes coaliciones pareció resquebrajarse, y en esta nueva situación, los análisis tanto de la prensa como del mundo académico y político han echado mano al viejo marco caduco de los tres tercios (la última expresión de esto la pudimos ver en la reciente elección, en que por lo menos cuatro candidaturas apuntaron fuertemente al relato de la “reconstrucción del centro político”: Tohá, Matthei, Parisi y Mayne-Nichols).

Uno de los primeros síntomas de crisis fue la fragmentación de la representación política parlamentaria que comenzó a expresarse desde las reformas al sistema político electoral implementadas en el segundo gobierno de Bachelet, mediante el desmembramiento de los partidos existentes, el surgimiento de nuevos partidos (como el Frente Amplio o el Partido Republicano) y la llegada al parlamento de partidos que habían estado fuera durante los 30 años (como el Partido Comunista). Desde allí en adelante la tesis de la “polarización” de los extremos se instaló definitivamente en el debate político nacional. Roto -en apariencia- el consenso político burgués, la tesis de la radicalización de los extremos pareció alcanzar su consumación definitiva con la llegada al gobierno por primera vez desde la vuelta a la democracia de una coalición nueva, ajena a los partidos tradicionales de los antiguos dos polos: Apruebo Dignidad, pacto compuesto por el Frente Amplio y el Partido Comunista. Como complemento de este proceso, la derecha tradicional, luego de la crítica experiencia del segundo gobierno de Piñera parecía dar paso a una variante radicalizada, encabezada por Kast y el Partido Republicano.

7. Esta polarización, sin embargo, fue más aparente que verdadera. No expresó una radicalización real en la disputa por intereses antagónicos fundamentales (de esos por los que se lucha a muerte) al interior de la clase capitalista y sus representantes, sino un necesario “rebaraje” (superficial) de posiciones políticas en el marco de las turbulencias aparejadas a la fase de declive del régimen de acumulación. Bajo la exageración artificial de la disputa política por parte de los partidos nunca dejaron de operar subyacentemente los acuerdos mínimos fundamentales (de lo que podríamos denominar el “capital en general”) que caracterizan a la estructura social neoliberal chilena y que guardan el secreto de su estabilidad. Estos consensos abarcan cuestiones tales como el carácter del estado, las reglas de finanzas públicas, la definición de política monetaria, los principios fundamentales del régimen laboral, el rol de las fuerzas armadas o el intocable flujo permanente de plusvalía fresca (bajo forma monetaria) extraída desde los rebosantes fondos de pensiones de los trabajadores (AFP) puestos como palanca al servicio del proceso de acumulación. Este proceso sigue siendo comandado desde los mismos capitales concentrados que se organizan en lo inmediato desde los holdings y gremios empresariales, pero cuyos hilos entretejen el sistema político y la institucionalidad del Estado.

8. La caída de la rentabilidad ha redundado en un endurecimiento de las condiciones de competencia real que repercute con acento entre los capitales más pequeños, permanentemente empujados al exterminio por parte de los capitales más concentrados y productivos. Esta situación se vuelve muy relevante en un país como Chile, cuya estructura productiva nacional, históricamente orientada a áreas como el consumo interno y la producción de pequeños bienes de capital, se vio fuertemente mermada con el establecimiento de la estructura de acumulación vigente. Los grandes grupos empresariales que dominan la economía se valorizan principalmente a través de una combinación de capital productivo (primario) apoyado fuertemente por capital comercial, financiero y rentista, y operan internacionalmente mediante condiciones de competencia dictadas por precios internacionales. Por otra parte, encontramos ramas económicas donde las barreras de entrada son más fuertes, en las que por ende no se imponen los precios internacionales de forma inmediata, posibilitando la existencia de capitales que se valorizan a una escala menor, bajo precios regulados por niveles de productividad nacional.

Sin embargo, las grandes transformaciones acaecidas durante las últimas décadas han ido erosionando progresivamente estos espacios. Por una parte, el proceso de urbanización acelerada de China determinó el super ciclo del cobre, al mismo tiempo que la expansión productiva aparejada generó una sobreproducción permanente de mercancías industriales de bajo costo. Por otra parte, la firma de tratados de libre comercio eliminó en gran parte las barreras arancelarias y no arancelarias, subordinando de este modo a crecientes sectores productivos locales a condiciones de competencia bajo precios de producción regulados por productividades sociales externas. Socialmente, esta situación genera importantes consecuencias: una parte de la burguesía se enardece de cara a su propia ruina. La destrucción de capitales improductivos favorece a la concentración, al mismo tiempo que el desmantelamiento de pequeñas empresas alimenta el “ejército pyme”, que ya no valoriza, sino que sólo sobrevive, operando mediante maquinarias obsoletas expulsadas del proceso productivo y la súper explotación y auto explotación de fuerza de trabajo. No es casual que en el origen social de las expresiones de “ultraderecha” encontremos disputas en este sentido, por ejemplo, en los paros y divisiones de los gremios de camioneros (2018, 2020, 2022), o de agricultores de la región de la Araucanía, que dieron origen a agrupaciones como Agricultores Unidos o APRA, y cuyas demandas articuladoras tienen que ver (más aun incluso que el conflicto Mapuche) con la baja de los precios del trigo producto de, nuevamente, la imposibilidad de competir con la entrada de trigo argentino. En ambos ejemplos nos encontramos con procesos concretos de construcción de bases sociales del Partido Republicano.

9. Una intensificación del enardecimiento de la burguesía en su base límite inferior, si bien resulta en un hervidero de contradicciones en constante ebullición, no logra -ni podría, dado su insignificante peso estructural- afectar el consenso burgués que continúa firmemente establecido en la cúspide, y cuyas contradicciones y problemas estructurales, en todo caso, son bastante diferentes. Esta es la razón profunda de por qué se equivocan numerosos analistas de izquierda cuando hablan del “retorno del pinochetismo”. Olvidan que la estructura de acumulación que define a Chile como espacio de valorización es una obra conjunta tanto de la dictadura como de la concertación, y que, en un sentido pleno, para alcanzar su realización más perfecta necesita del tipo de régimen democrático actualmente vigente en Chile. Esta verdad está grabada a fuego en la conciencia de los dueños del capital, y determina, por ende, la conducta de sus serviles asalariados políticos, sean éstos autopercibidos militantes de “derecha”, de “centro” o de “izquierda”.

10. La derecha, como decíamos antes, se constituyó históricamente con un sentido reaccionario (en el más literal sentido del término) debido a, entre otros factores, el fuerte carácter endógeno de su base social, la clase capitalista terrateniente que tuvo en la hacienda su núcleo económico primario (base terrateniente de su poder) y que desde allí pudo abrirse paso en los circuitos de valorización del capital.

Al alero de dicho sujeto social se sucedieron las diferentes configuraciones de fuerzas autodenominadas derechistas, hasta llegar a la dictadura, período en que se fundaron los dos grandes partidos de la derecha que jugarán un papel protagónico en el régimen de la transición:

  1. Renovación Nacional, grupo en que confluyeron personeros del antiguo Partido Nacional, empresarios nacionales como Nicolás Ibáñez (actual mecenas de Kaiser y el Partido Nacional Libertario), grupos provenientes de partidos derechistas menores desaparecidos luego del golpe, y algunos representantes de las novísimas ideas del monetarismo Friedmaniano llegadas desde Chicago y del movimiento que hoy se conoce como “libertarianismo”. Como ejemplo de lo anterior, podemos traer a colación el hecho de que esta gente financió dos visitas del conocido –y nada moderado- Friedrich Hayek a Chile en dos ocasiones (1977 y 1981). Por otro lado,
  2. La UDI, partido fundado por Jaime Guzmán, el principal redactor de la constitución de 1980, y que representa una síntesis entre “lo viejo”, es decir, un elemento reaccionario, católico, “gremialista” (en el sentido de corporativismo franquista, heredado del hispanismo que fue popular en la derecha a mediados del siglo XX., expresado en figuras como el historiador Jaime Eyzaguirre, el cura Osvaldo Lira o el proto-fascista “Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista” MNRS), y “lo nuevo”, es decir, la ideología ultra liberal individualista disolutora de los vínculos tradicionales del libre movimiento del capital a escala mundial, y cuya mecánica fue definida en términos precisos en la propia constitución política: los individuos forman familias (el “núcleo de la sociedad”, art. 1°), desde las que libremente se crean las empresas y asociaciones privadas de la “sociedad civil”. Es por medio de estas asociaciones como dichos individuos construyen sus relaciones sociales, todo mediado por cierto a través del mercado, el más perfecto y natural asignador de recursos. Sólo cuando el mecanismo falla en algún punto, debe entrar el estado “subsidiando” -transitoriamente- necesidades puntuales (principio de subsidiariedad).

Este es, a grandes rasgos, el mecanismo social de la síntesis guzmaniana, que no ha conocido grandes diferencias entre gobiernos de “derecha”, de “centro”, o de “izquierda”, ni “piñeristas”, ni “bacheletistas”, ni “frenteamplistas”, ni “comunistas”, en su progresiva y muy efectiva realización histórica. (Prueba de lo anterior, algunos números en materia de educación: en el año 1981 las instituciones educativas de propiedad estatal concentraban el 78% de la matrícula escolar y por lo bajo un 70% de la matrícula universitaria. En el año 2025 dichas instituciones representaron sólo el 35% de la matrícula escolar y un 26,8% de matrícula universitaria).

11. En síntesis, no es correcto ni histórica ni políticamente caracterizar a Kast y al Partido Republicano como una variante “radicalizada” de la derecha “moderada” tradicional, sino que más bien constituyen: (1) en términos funcionales, al igual que el resto de los partidos institucionales, una fuerza política firmemente comprometida con el servicio a los compromisos inter-burgueses fundamentales que determinan la estructura social de acumulación vigente; (2) en términos estrictamente ideológico doctrinarios, no avanza en radicalidad ni una coma más allá de los principios e ideas fundantes de la UDI (que sería algo así como un ejemplo de derecha “moderada” para los partidarios de que Kast es un “fascista”). El referente principal para todos ellos, Jaime Guzmán, era con toda seguridad mil veces más radical que el propio Kast y su séquito; (3) su llegada al gobierno, en un contexto de agudización de la disputa inter-burguesa mundial (disfrazada de “geopolítica”), deterioro progresivo de las condiciones de rentabilidad del capital, enardecimiento de los propietarios de pequeños capitales, pymerización y absorción de empleo por parte del estado, importantes desplazamientos migratorios, etc. determinan un escenario complejo para transitar por parte del nuevo gobierno, es decir, llega como un administrador de la crisis con poco margen para resolverla. (4) La mejora relativa en los precios internacionales del cobre puede ayudar a la nueva administración, asegurando un margen de holgura fiscal que puede ser útil para sortear el escenario de crisis, pero no contiene en sí misma la potencia de impulsar un relanzamiento de la acumulación en general, es decir, no tiene la potencia de reducir tendencialmente a largo plazo el curso descendente de la tasa de ganancia.

Misteriosos (¿o concertacionistas?) son los caminos del capital…

12. Desde mucho tiempo antes de la elección ya se venía labrando un espíritu de acuerdo transversal entre partidos de amplio espectro, cuadros técnicos y gremios empresariales, en línea de reencauzar el sistema político hacia una mayor estabilidad y una reducción de la fragmentación, luego de frustrados los dos proyectos constitucionales que se llevaron a cabo durante el último período presidencial. Parte de esto se vio con la aprobación de la legislación que dotó de mayores atribuciones a las policías (y que determinó la reciente absolución del ex carabinero Claudio Crespo, ícono de la represión de las protestas de 2019 mediante el disparo de balines a los ojos de los manifestantes, al mismo tiempo que se comprobó su responsabilidad directa en los disparos que cegaron al recién electo diputado Gustavo Gatica), el estado de excepción permanente en la región de la Araucanía o la reforma de pensiones.

Como hemos venido señalando, dichos acuerdos no ponen en cuestión los aspectos fundamentales del sistema (los grandes consensos inter-burgueses que apuntábamos más arriba), sino que apuntan más bien a cuestiones secundarias relacionadas con su operatividad práctica. A esta legislación se suman las coincidencias transversales expresadas por personeros en numerosos foros y encuentros realizados durante 2025 (por ej. Icare 2025: “Un pacto por el crecimiento”; Seminario CLAPES UC: “Sistema político: una reforma necesaria y urgente”; etc), en cuestiones tales como la puesta en marcha de la nueva (1) ley de permisos sectoriales (la llamada “permisología”), en línea de disminuir la regulación para reducir tiempos de tramitación en la implementación de proyectos de infraestructura a gran escala; (2) las reformas al sistema político, en línea de subir los requisitos para la constitución de partidos políticos, fomentar la disciplina de las bancadas en el parlamento, desincentivar la presentación de candidaturas independientes y castigar los descuelgues de parlamentarios respecto de los partidos por los que fueron electos con la pérdida del escaño; (3) una reforma tributaria que apunte hacia la facilitación regulatoria (en línea con la permisología), la reducción de impuestos a las empresas y un ajuste fiscal que permita revertir los incumplimientos reiterados de las metas de balance estructural y atajar el crecimiento de la deuda pública (que se aproxima al umbral de 45% PIB). Respecto de la regulación laboral, no se espera necesariamente una reforma vía legislativa sino más bien cambios en la ejecución de las potestades administrativas de la dirección del trabajo, organismo que depende del ministerio del trabajo y que cuenta con facultades para interpretar y dictar dictámenes respecto de la legislación laboral.

Consecuentemente con este cuadro, se conoció recientemente la composición del gabinete del nuevo gobierno, con primacía de personalidades provenientes del mundo empresarial y académico, en desmedro de cuadros políticos profesionales puestos por los partidos. El economista independiente y autodenominado “schumpeteriano” Jorge Quiroz en Hacienda (aunque en la práctica, más que un defensor de la “destrucción creativa” ha sido un fiel asesor a sueldo de la concentración de capital); un cuadro de los gremios de la CPC en Economía-Minería (Daniel Mas); un académico en Trabajo (Tomás Rau); una investigadora del Think Thank gremialista Libertad y Desarrollo en Educación (María Paz Arzola). Para sazonar con un poco de “batalla cultural”, una activista evangélica ultraconservadora en el Ministerio de la Mujer (Judith Marín). En la conformación del nuevo gabinete tampoco faltaron personalidades ligadas al mundo de la extinta concertación, incluyendo ex ministros de la expresidenta (e ídola progre) Michelle Bachelet.

13. La burguesía apuesta entusiastamente por el nuevo gobierno para recomponer su régimen de acumulación. Para hacerlo, echa mano a su herramienta más potente, su estado, que está plenamente integrado al proceso de valorización como estructura al servicio de los circuitos de reproducción y ampliación del capital. En este sentido, les resulta funcional la lógica de “unidad nacional” y la apuesta es por mantener y fortalecer el régimen democrático burgués (en el sentido de primacía del estado de competencia entre muchos capitales) y en ningún caso la salida autoritaria (primacía violenta de una facción capitalista sobre otra en un escenario de agudización de la lucha de clases). Hemos enumerado con detalle los límites y potencias que enfrenta en este escenario, sobre todo, la disputa inter-burguesa internacional que enfrenta hoy a los capitales más concentrados del mundo. Como queda claro al analizar el diseño inicial, el resto de los aspectos programáticos de la facción política que hoy accede al poder (el foco en seguridad pública o la “batalla cultural”) son aspectos secundarios y subordinados al foco central puesto en la recomposición de la rentabilidad. La burguesía no está dispuesta en lo inmediato a sacrificar la presión a la baja salarial que significa la mano de obra migrante ni su buena relación con los capitales chinos. La facción derechista que asume el gobierno no es fascista, ni siquiera nacionalista ni anti globalista. Todo indica que el viejo régimen concertacionista transicional vuelve a la carga (aunque en realidad nunca se fue del todo) a pelear nuevas batallas.

14. Frente a este escenario en la izquierda en general, y sobre todo en la que está fuera de los partidos institucionales, ha primado la desazón y el moralismo. A la vacuidad teórica y la bancarrota ideológica se ha respondido poniendo el énfasis en la urgencia y el voluntarismo activista. Abundan los llamados a construir una “verdadera oposición de izquierda”, con fuerte acento en el “calendario de movilizaciones”, apelando a la épica generacional del “ciclo largo de movilizaciones” (2002-2019). Se repite el llamado a sacudirse de la derrota, a volver a la calle, a “no irse para la casa”, a parar al “fascismo”. La propia caracterización del nuevo ciclo como “restauración conservadora” (como si en algún momento algo hubiera efectivamente cambiado), “retorno del pinochetismo” (como si estuviéramos ad-portas del establecimiento de un régimen autoritario) o “derrota histórica del progresismo” (como si éste hubiera significado alguna vez una alternativa de poder real) hablan de lo poco conectados que están estos sectores activistas con la subjetividad de las amplias mayorías trabajadoras.

Ante el nuevo ciclo político que se abre en Chile urge en primer lugar mantener la templanza estratégica. La derrota no es de Boric, ni del progresismo, ni de la llamada “izquierda woke”. Es mucho más profunda. Es la derrota histórica de fines de los ochenta la que nunca hemos podido superar del todo. Por esta razón ninguna corriente política de izquierda revolucionaria ha sido relevante durante los últimos cuarenta años. Debemos asumir que son los propios cimientos políticos de la corriente histórica del socialismo científico los que debemos reconstruir. Para apuntar hacia ese objetivo colosal se debe comenzar por el camino largo, gris y cotidiano de sentar bases sólidas mediante la formación integral de cuadros y la elaboración de un programa político anclado en la realidad del mundo actual, cuyo centro sea la comprensión científica de las relaciones sociales de producción y no el ideologismo que ha primado hasta ahora.

No ha sido nuestra intención mediante estas líneas “pintar de rosa” las figuras de Kast y la derecha chilena. Nos enfrentamos a un gobierno pro-empresarial, cuyos énfasis y urgencias estarán puestos sin duda en los requerimientos inmediatos de los capitales hegemónicos que operan en el país, en desmedro de los intereses de la mayoría trabajadora. De seguro vendrán luchas importantes en que nos veremos nuevamente forzados a poner el cuerpo para defender nuestras condiciones de vida. Sin embargo, nada de esto es nuevo. Por esta razón el acento lo hemos querido poner en la necesidad de cuidarnos por sobre todo de los dramáticos llamados del progresismo y la centro izquierda a que mordamos el anzuelo y nos dispongamos de lleno a luchar contra enemigos invisibles, con el único objeto de que les resultemos útiles para pavimentar su retorno a los puestos mando político del estado capitalista. Como clase obrera nos toca volver a levantarnos, como hemos hecho ya en el pasado, y pensar por nosotros mismos, sin intermediarios, la política.

4 comentarios en “CHILE: El triunfo electoral de Kast y el ciclo político que se abre (Por Álvaro G.)”

  1. Hola compañero Alvaro… hace unos dias tuvimos en VyS una charla tuya sobre Venezuela, la cual contuvoimagenes de una Power Point Supongo que eso solo fue para ordenar tu exposición. Me gustaría, y te lo agradecería enormemente me facilitaras, de tenerlo, el texto que dio origen a tu presentación.. Muchas Gracias.

  2. Hola Alvaro….no se si sera por mi ignorancia o por otra razón desconocida, deje aqui un comentario solicitud sobre tu charla sobre Venezuela. Mi desea simplemente consistia que en la medida de lo posible y sin ponerte en compromiso, pudieras proporcionarme el TEXTO BASE sobre el que hiciste en la charla en la cual participe y que ademas de las imágenes de powerpoint, poder leer tu trabajo.
    Espero que esta solicitud siga apareciendo y te saludo con fraternal abrazo revolucionaro.

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