1.
En los últimos años, ante el avance de los movimientos feministas en la escena pública argentina (y, ¿por qué no decirlo?, mundial), algunos medios han recurrido a especialistas para dilucidar temas vinculados con la situación femenina. Entre estos especialistas se destaca Roxana Kreimer, una profesional dedicada a la filosofía y que tiene un perfil favorable al uso del método científico en el análisis de la realidad social. Creo que Roxana siempre es una brisa de aire fresco, porque todo aquel que intenta fundamentar sus afirmaciones en datos concretos y verificables es una excepción en medio de la superficialidad y la opinología subjetivista que hoy predomina en las redes sociales y en los medios de comunicación. Sin embargo, constato que su particular punto de vista es largamente utilizado por algunos para llevar agua al molino de lo que podríamos llamar «movida antifeminista».
Kreimer se define a sí misma como «feminista científica», y en ese planteo se opone a lo que llama «feminismo hegemónico», o sea, el que ha ganado predominio ideológico en el movimiento feminista actual. Quiero rescatar, en primer lugar, que algunas de las críticas que hace Kreimer son, a mi juicio, perfectamente válidas, e incluso, en ciertos casos, coincido con sus apreciaciones. ¿En qué coincidimos? En primer lugar, en ser feministas. Kreimer reconoce que se puede seguir siendo feminista porque hay problemas afrontados por las mujeres que necesitan soluciones: por ejemplo, el derecho al aborto gratuito, la necesidad de más guarderías que permitan a las mujeres dejar a sus hijos en horario laboral, la necesidad de un sistema de licencias de maternidad-paternidad más parejo entre hombres y mujeres, y el combate contra las formas legales de desigualdad ante la ley, propias de sociedades patriarcales de tipo antiguo (como por ejemplo las que ella denomina como «no-occidentales»).
Este aspecto es por lo general soslayado por todos aquellos que citan a Kreimer precisamente en aquellos rasgos de su discurso que son abiertamente «anti-feministas« (o quizás sea mejor decir, «anti-feminista-hegemónicas»). Esto no significa que una parte de las críticas de Kreimer no sea acertada. Tengamos en cuenta que el movimiento feminista actual ha sido ganado por distintas variantes del pensamiento posmoderno, que se reflejan en la «teoría queer» y en la idea de la «autopercepción» (yo soy del sexo que se me ocurre ser). Todo esto lleva a que ciertos colectivos de mujeres hagan algunas formulaciones que efectivamente son erróneas; por ejemplo, que la violencia de género solo puede definirse como violencia contra aquellos que se autoperciben mujeres, que el sexo es enteramente una construcción social, que los varones en su totalidad son enemigos de las mujeres, o que a las mujeres se les debería creer siempre en caso de denuncias por ataques sexuales. Las críticas más lúcidas de Kreimer apuntan hacia estos errores que, a mi entender, deben ser corregidos por un feminismo que debe aprender en el debate y abandonar todo fundamentalismo.
Dijimos, entonces, que, sin embargo, el planteo de Kreimer implica conceptualizaciones que tienen un sesgo antifeminista. ¿Cuáles serán, entonces, esos conceptos? Pasemos revista.
2.
En primer lugar, Kreimer dice, abiertamente, que en las sociedades «occidentales« (entre las que cuenta, por supuesto, a la argentina) no existe más ninguna clase de patriarcado. Y lo fundamenta a partir de definir patriarcado en su acepción literal: «gobierno de los padres«. Con esa definición, el patriarcado sería un sistema en el cual los varones están asociados para oprimir conscientemente a las mujeres. Según su criterio, podían ser patriarcales sociedades antiguas, en las cuales a las mujeres se las mantenía en un esquema de desigualdad legal formal, y en las que los hombres prácticamente monopolizaban el poder político y familiar. Definiendo al patriarcado de esta manera, es lógico llegar a la conclusión de que la abolición de los privilegios estamentales (realizada por las revoluciones burguesas) conllevó, con el tiempo, la abolición del patriarcado legal. Aquí Kreimer se sitúa de lleno en el campo liberal, y por varios motivos. En primer lugar, la filósofa «compra» plenamente el discurso del individualismo liberal, que define al Estado burgués actual como «Estado de derecho», bajo cuya autoridad existen habitantes o ciudadanos con «libertad individual» para elegir «lo que quieren», y que, en todo caso, gozan de ciertos «derechos» reconocidos legalmente por la normativa vigente. En segundo lugar, y fiel a este esquema liberal, parece desconocer (o minimizar) los efectos que la estructura social produce en la conducta individual, tal como puede constatarse en la literatura sociológica desde Marx hasta Bourdieu. En tercer lugar, implícitamente toma al sistema político como una creación consciente de las personas (que está en la base del contractualismo clásico) y desconoce (o minimiza) la naturaleza no-coordinada e impersonal del sistema social capitalista, que se basa en una serie de automatismos que no están controlados conscientemente por ningún actor social, sino que se imponen como «rasgos emergentes» (inconscientes, diría Levi-Strauss) con regularidad pero sin la necesidad de que existan «confabulaciones» ni «discriminaciones» deliberadas perpetradas por gente concreta.
¿En qué se basa para decir que hoy por hoy «el patriarcado no existe«? En señalar que hay igualdad ante la ley, y que, según tomemos determinados aspectos, tanto algunos hombres como algunas mujeres están «desaventajados» frente a otros u otras, sin que esto sea causado por un sistema global. Ilustrando esta definición, Kreimer plantea que, por ejemplo, en el mundo actual los hombres tienen ciertas «desventajas»: viven menos tiempo, se jubilan más tarde, son receptores de un mayor nivel de violencia social que las mujeres, se suicidan más que ellas, realizan trabajos más pesados y riesgosos, etc. Como contrapartida, las mujeres también tendrían «desventajas» (como las que ya señalamos) en otros aspectos. Pero, al fin y al cabo, estos serían problemas a resolver en cada aspecto (uno supone que con leyes «correctivas») y no parte integrante de un sistema social sesgado en favor del sexo masculino. Así, sería tan válido un movimiento feminista como uno «masculinista», que corrigieran gradualmente estos inconvenientes específicos. Este planteo demuestra claramente que la mirada de Kreimer parte de una sociología liberal: somos todos individuos, algunos con más «ventajas», otros con menos, que estamos de algún modo situados unos al lado de los otros en una estructura social que no posee contradicciones y/o antagonismos entre distintos grupos sociales, sino meras «diferencias» de ingresos, de profesiones, de gustos, etc. Este liberalismo «desagrega» la existencia de grupos, de comunidades, de clases, para diluirlas en una «sopa individualista» en la que cada persona nada como puede.
El patriarcado excede por completo esta definición juridicista, y hay que analizarlo históricamente. Sylvia Walby, en su obra Theorizing Patriarchy –de 1990– define al patriarcado como un «sistema de estructuras y prácticas sociales en el que los hombres predominan, oprimen y explotan a las mujeres», y hace un desarrollo histórico sobre cómo ese patriarcado ha cambiado notablemente en las diferentes épocas históricas. Podría reemplazarse el concepto de «sistema» (que lo equipararía con el esclavismo o con el capitalismo) por el de «conjunto de instituciones», y no variaría demasiado lo que expondremos aquí. Es verdad que, durante milenios, lo que existió fue un patriarcado que yo llamo «de viejo tipo», en el cual las mujeres eran sin duda personas «de segunda» (desde el patriarcado senatorial romano hasta las leyes del velo islámicas y preislámicas, pasando por la misoginia oficial de las civilizaciones cristianas). Pero el reemplazo de los modos de producción precapitalistas por el capitalismo transformó drásticamente esta cuestión. El «patriarcado antiguo» se fue diluyendo (no sin esfuerzo) y las mujeres fueron encontrando lentamente una equiparación legal, al menos «en Occidente» (también lo hicieron en revoluciones bien «orientales» como la china, pero aceptemos a regañadientes la etiqueta). ¿Esto significó que las instituciones sociales patriarcales desaparecieron? En absoluto. Sí es cierto que sufrieron una modificación sustancial, que a veces las feministas no toman suficientemente en cuenta. Pero no desaparecieron. El problema es que no se trata de una construcción consciente, sino de una serie de automatismos impersonales que disparan desigualdades estructurales de muy largo plazo. Podríamos ponerle otro nombre, si se los quiere diferenciar del «patriarcado antiguo»: Blanca Muñoz, por ejemplo, los llama «neopatriarcalismo». ¿Cuáles son estos rasgos opresivos?
3.
Pueden marcarse varios problemas serios que afectan a las mujeres, y que las feministas remarcan una y otra vez agrupándolos bajo el término de «patriarcado». Señalémoslos rápidamente:
a) Desigualdades en el ingreso: brecha salarial y «techo de cristal». Fenómeno de la llamada «feminización de la pobreza».
b) Predominio de los varones en las funciones públicas y de poder.
c) Trabajo femenino doméstico no remunerado y «doble jornada».
d) Desigualdades en el ejercicio de la violencia: violencia doméstica, simbólica, asesinatos, violaciones, etc.
e) Extensión y afianzamiento del ejercicio de la prostitución como negocio local, nacional y global, con la consiguiente cosificación-mercantilización de los cuerpos femeninos como tales.
f) Subsistencia de estereotipos culturales e ideológicos que colocan a las mujeres en un rol de subordinación o inferioridad con respecto a los varones.
g) Dependiendo de qué países, limitaciones al reconocimiento legal de derechos reproductivos: aborto, anticoncepción segura, planificación familiar.
La propia Walby propone seis aspectos a considerar en la opresión patriarcal: las relaciones de producción en el hogar (c y d), el trabajo remunerado (a y c), el Estado que muestra un sesgo patriarcalista (b), la violencia masculina (d), las relaciones en el ámbito sexual (d y e), y las instituciones culturales (f).
Kreimer señala que la tesis que sostiene la existencia del patriarcado moderno es «infalsable». Esto no es así: todas las manifestaciones anteriores dan cuenta, empíricamente, de la existencia de una estructura jerarquizada que se apoya parcialmente en capacidades sexuales y reproductivas o estereotipos sexistas para mantener la dominación. Todos estos fenómenos existen y son persistentes en la historia del capitalismo contemporáneo, que utiliza, porque le conviene, cualquier asimetría entre miembros de la clase obrera para segmentar el mercado de trabajo.
¿Eso significa que hay un varón detrás de una mesa verde, digitando y confabulándose con otros (varones) para oprimir a las mujeres en un plan siniestro orquestado por alguna organización internacional? Pues claramente no: las «instituciones», desde un punto de vista antropológico, son de hecho «conjuntos complejos de normas y valores», no siempre creados a propósito. El patriarcado, igual que el capitalismo, no es opresivo porque los beneficiarios lo hayan planificado así, sino porque genera estas consecuencias permanentemente en forma incontrolada. Esa es la razón por la cual el combate contra este tipo de instituciones es complejo y polivalente: no alcanza con tomar el poder político (aunque esto es algo imprescindible) y mucho menos con cambiar algunas leyes para eliminar sus efectos, sino que hay que modificar un conjunto de conductas que se han convertido en «normales» como consecuencia de la socialización (véase el concepto de «habitus» de Bourdieu para comprender esto). Esto implica un cambio revolucionario que no cabe en las recetas reformistas.
Kreimer, al observar con minuciosidad a la sociedad actual, no puede negar la abismal diferencia que se observa en los casos de violaciones y ataques sexuales (¿qué cantidad de mujeres violan a varones en el mundo?), y tampoco puede negar la existencia de trabajo doméstico no remunerado ni la subsistencia de estereotipos culturales discriminadores. Por lo tanto, se enfoca en algunas de las manifestaciones del patriarcado que se prestan a la polémica. La primera de ellas es la de los llamados «brecha salarial» y «techo de cristal».
4.
¿En qué consiste la brecha salarial? En que hay una importante desigualdad de ingresos entre hombres y mujeres. Si se toman los ingresos salariales de la masa de varones y se la divide por su cantidad, y se compara esta razón con el mismo cálculo hecho para las mujeres, el resultado arroja cifras mucho más bajas para las mujeres. Esto ha sido presentado, por algunas corrientes feministas, como prueba empírica de la discriminación a la que están sometidas las mujeres en el mundo laboral, dado que se trataría de «menor remuneración por igual trabajo». Aquí Kreimer (como muchos otros) corrige lo siguiente: efectivamente no hay una gran diferencia entre las remuneraciones de hombres y mujeres si se comparan trabajos de categorías y jornadas similares. Es decir, si se tiene en cuenta que las mujeres trabajan en empleos de tiempo parcial, y en profesiones peor pagadas, y se corrigen las variables, no habría «brecha de salario».
Bien, esto es solo parcialmente verdadero, porque, si bien es cierto que esa brecha se acorta a cerca de un 5% de diferencia cuando se ajustan esas variables, la «brecha original» (que oscila, según los casos, de un 10% a un 40% o más, según los países) da mucha tela para cortar. En primer lugar, porque la «brecha», incluso «corregida», no es cero, y por lo tanto debe ser tenida en cuenta como un fenómeno global. En segundo lugar, no dejan de ser claves las razones que explican la amplia diferencia original.
Aquí Kreimer se pone una vez más la camiseta liberal y dice que «las mujeres quieren trabajar menos horas» porque «son madres y criar un hijo es mucho trabajo». Así, de este modo, despacha a la brecha salarial como resultado de una «elección individual libre» propia de «sociedades avanzadas modernas». El argumento central es que entonces no hay «discriminación» sino «preferencia». Muy bien, comencemos cuestionando esta idea: el patriarcado no necesariamente implica «discriminación», sino que es un conjunto de instituciones que arroja resultados regulares. Por más que nadie discrimine a nadie en el trabajo, la elección femenina está profundamente condicionada por la maternidad, y esto implica desigualdad de remuneraciones y desigualdad en el control del poder y en la jerarquía. ¿Puede no verse esto y «naturalizarse» diciendo que es una simple «elección libre»? Sí, claro, de la misma manera que la mayoría de aquellos que crecen en condiciones educativas precarias «eligen» trabajos mal pagos y de baja calificación y «no tienen deseos» de estudiar.
De la mano de este fenómeno aparece otro: el del llamado «techo de cristal», por el cual las mujeres están infrarrepresentadas en los puestos más altos de dirección y de poder en empresas y gobiernos, es decir que hay un «techo» que pocas mujeres traspasan. Kreimer afirma taxativamente que las mujeres están menos representadas en política que los varones por una causa simple: están menos interesadas, en promedio, en eso. Por lo tanto, si el poder político está dominado numéricamente por varones es por una cuestión que hunde sus raíces en la biología (los hombres serían más competitivos, etc.). Así, se dan por naturalizadas dos cosas: por un lado, que la «política» es una especie de «profesión» que se puede elegir o no en lugar de una actividad que debe atravesar a todos los humanos (planteo que alimenta ideológicamente al mantenimiento y justificación de la «casta» burocrática). Por el otro, que las mujeres «naturalmente» no eligen «la política» por causa de determinaciones evolutivas. Roxana: ¿las determinaciones sociológicas no existen? ¿Podemos creernos el mito liberal de la «libertad de elección»? O peor, ¿no entendemos que la «libertad» es, en rigor, un ocultamiento de la enajenación? ¿Por qué, entonces, pasamos, en el último siglo, de tener casi ninguna mujer en la política a tener unas cuantas? ¿Cambiaron las condiciones sociales o los cerebros femeninos experimentaron una mutación súbita?
5.
El «feminismo científico» postula a las sociedades nórdicas (Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca) como ejemplo de «igualdad de género». Usando este calificativo, termina argumentando que, pese a la implementación de dicha «igualdad», las «preferencias libres» marcan las diferencias «de base biológica» entre varones y mujeres. Creo que estos ejemplos permiten observar con mayor claridad de qué estamos hablando: las sociedades escandinavas son, en efecto, de las más «igualitarias» en términos legales y jurídicos. Sin embargo, la amarga verdad vuelve a asomar su cabeza: la brecha salarial, el estereotipo de la mujer-«destino de madre criadora», y la persistencia de la prostitución son propias de la continuidad del capitalismo y del conjunto de instituciones patriarcales, por más «liberal» que sea. ¿Puede sorprendernos que las mujeres, incluso en Suecia, «elijan» ser madres y quedarse con trabajos a tiempo parcial, manteniendo las desigualdades en el ingreso?
Kreimer utiliza todo el tiempo el adjetivo «hegemónico», para denotar la predominancia de una ideología. Intuyo que ella conoce bien el concepto gramsciano de hegemonía, que permite comprender cómo las clases subalternas pueden terminar asimilando una cultura que es apropiada para las clases dominantes de una sociedad. Del mismo modo, muchas mujeres reproducen, por naturalización, la ideología que realmente es hegemónica, y que consolida conductas patriarcales. ¿Se trata de una «elección libre» que no cabe cuestionar para no «violentar la soberanía individual»? En tiempos de abolición de la esclavitud, muchos esclavos no querían su liberación porque eso les representaba una incertidumbre económica tremenda: ¿era ese un buen motivo para pensar que «ser esclavo es una decisión libre» y no debía objetarse? ¿Debemos reproducir la ideología del Tío Tom?
6.
Pero la argumentación de Kreimer no termina aquí. Ella critica duramente la idea de propugnar una representación igualitaria en las distintas profesiones (por ejemplo, que estudien matemática en un 50% mujeres). Este argumento tiene cierto sentido común: es demasiado forzado tratar de generar gustos y preferencias absolutamente igualitarias en todas las actividades. Sin embargo, lo que es más preocupante es la explicación que da Kreimer, tomada de algunas investigaciones psicoevolutivas. Según esta explicación, como los varones y las mujeres han tenido historias evolutivas diferentes, hay un componente genético-biológico que impulsa a los varones a elegir, en promedio, actividades más relacionadas «con objetos», mientras que ese mismo componente empuja a las mujeres a escoger oficios más relacionados «con las personas y con los seres vivos». Kreimer critica la idea de que los seres humanos llegamos al mundo como una «tabula rasa» lockeana, carentes de una carga genética.
Según las últimas investigaciones, esto parece corroborarse: la conducta humana tiene un componente que es biológico (lo que los psicólogos llamarán «componente constitucional») y predispone, estadísticamente, a ciertas conductas (de hecho, todos los estudios sobre neurociencias y reacciones frente a sustancias químicas ha avanzado notablemente y sabemos que lo hormonal, lo bioquímico y la configuración cerebral es parcialmente responsable de una parte de las conductas humanas). Tiene razón Kreimer: no somos una «tabula rasa», como pretenden algunos representantes intelectuales del «construccionismo social» extremo. Pero tampoco es cierto que lo genético sea dominante en lo conductual, porque la cultura, la socialización y la crianza ocupan un puesto central en la forja del comportamiento (lo que los psicólogos llamarían «componente disposicional», modificado por los «factores actuales», es decir, lo que le va ocurriendo al ser humano a lo largo de su vida). El trabajo de la especialista en neuroimagen cognitiva Gina Rippon, sin ir más lejos, se opone firmemente a la idea de que haya un «cerebro masculino» y un «cerebro femenino», y son muchos los investigadores que hablan de características «mixtas» y combinaciones complejas en cerebros diferentes, independientemente del sexo.
Sin embargo, y pese a que Roxana reconoce esta realidad («somos una especie flexible«) termina haciendo una argumentación que es perfectamente pasible de ser criticada como biologicista. ¿Por qué? Porque plantea, por ejemplo, que los varones tienden a elegir trabajar más por una cuestión biológica, mientras que las mujeres optan por «quedarse en casa» por la misma razón y, a renglón seguido, justifica y «naturaliza» esas conductas sosteniendo que pretender modificarlas es, de algún modo, contrario a esa carga genética predeterminada. En varias entrevistas Kreimer es cuestionada, y con razón, al preguntársele: «¿pero la cultura no ha modificado un montón de conductas?», «¿por qué no puede cambiarlas en el futuro?». Ante esto, nuestra filósofa se refugia en la crítica al constructivismo social puro, pero no es capaz de reconocer que, efectivamente, hay conductas que sí han cambiado por presión social, y que es todavía muy discutido el problema de si, por ejemplo, el cerebro se modifica y cambia cuando se «somete» a conductas y entornos sociales diversos.
Sin abundar demasiado, tal como lo reconoce el sociólogo Anthony Giddens, «los cambios en la organización laboral, así como los estereotipos sobre el rol de los sexos, han contribuido a la segregación ocupacional. Las alteraciones en el prestigio de los «oficinistas» y en sus tareas son un buen ejemplo de ello. En 1850, el 99% de las personas que tenía este trabajo en el Reino Unido eran hombres. Con frecuencia, se consideraba que el suyo era un puesto de responsabilidad, ya que había que tener conocimientos de contabilidad y, a veces, poder hacerse cargo de labores directivas. En el mundo exterior, incluso el oficinista de nivel más bajo disfrutaba de cierta reputación. El siglo XX ha traído consigo una mecanización general del trabajo de oficina (empezando por la introducción de la máquina de escribir a finales del siglo XIX), junto a una pérdida de categoría de la cualificación y posición del trabajo de «oficina» —y de otra ocupación parecida, la de la «secretaria o secretario»—, que ahora se considera un trabajo de poco prestigio y bajo salario. A medida que la remuneración y el prestigio asociado a estos empleos fueron disminuyendo, las mujeres fueron ocupándolos. En 1998, casi el 90% de los trabajos administrativos y el 98% de los de secretaría en el Reino Unido estaban cubiertos por mujeres.» (Giddens y Sutton, Sociología, 6ta. edición). Difícilmente puede analizarse esta «feminización» del trabajo de oficina mediante explicaciones psicoevolutivas. En una discusión con una periodista, Kreimer reconoce que las profesiones «de cuidado» (que para ella son «naturalmente« más «femeninas», siempre «en promedio») son las peor remuneradas. «¿No es ese un hecho patriarcal?», la inquiere su entrevistadora. «No», responde ella, «porque no creo que vivamos en un patriarcado». ¿Pero no implica eso una desigualdad que se refleja en la brecha de ingresos? ¿No es eso corregible «culturalmente», es decir, socialmente? Si Kreimer acuerda con esto, ¿para qué reafirmar la «desigualdad biológica« si una buena parte del problema es netamente social?
7.
No somos una tabula rasa, no, pero sí somos una pizarra con algunas inscripciones que pueden reescribirse o enmendarse. Deducir de ello una psicología de sesgo biologicista es coincidir con la ya madura sociobiología en un intento de racionalizar las conductas injustas de la sociedad bajo un manto de predisposiciones genéticas. Kreimer, por ejemplo, avala la teoría del «macho proveedor», que tiene un fuerte sesgo sociobiológico, cuando en rigor no todos los especialistas coinciden en esto: por ejemplo, en el trabajo de María Mies «Patriarcado y acumulación originaria», se desmiente esta construcción ideológica, a partir de la constatación de que la mayor parte del alimento provisto a la comunidad en la sociedad cazadora-recolectora es realizado por mujeres.
Seamos claros: aun si la historia evolutiva nos hubiese dotado de determinados condicionantes naturales, eso no justifica su continuidad en el tiempo. Si los hombres, por su testosterona, tienden a ser más agresivos que las mujeres, es tarea de la cultura bajar ese nivel de agresividad (mediante métodos médicos o psicológicos) hasta límites socialmente aceptables: la contradicción freudiana entre «ello» y «superyó» refleja ese conflicto, y trabajos como los de Norbert Elías, que vinculan y relacionan procesos sociales (sociogénesis) con procesos psicológicos (psicogénesis), demuestran que no hay una direccionalidad única entre mente individual y sociedad: lo que era considerado normal en otra época hoy es inadmisible. La propia Kreimer reconoce que, hoy por hoy, muchos varones no prefieren a «la mujer solo en casa», mientras que en otra época eso se convertía en un imperativo inevitable: ¿qué fue lo que cambió? ¿La composición del genoma? ¡Claro que no! ¡Lo que cambió fue la organización social, empujada por los conflictos y luchas!
En efecto, si se argumenta, como Kreimer, que el patriarcado «de tipo antiguo» violentó, en cierto modo, esas «preferencias naturales» durante milenios (prohibiéndole a las mujeres, por ejemplo, el ejercicio legal de la medicina, tarea social que sería propia de la genética femenina promedio), bien puede hacerlo hoy en día en un sentido contrario, presionando en la dirección opuesta a los condicionamientos evolutivos (que, dicho sea de paso, también evolucionaron por efecto de la adaptación a medios cambiantes, y la cultura puede ser uno de ellos). Suponer que la cultura debe «respetar» esa especie de «instintos naturales» sin oponer resistencia es parte de esa construcción liberal-individualista que sacraliza la «libre elección». Kreimer señala que «no hay cultura en donde las madres no estén más preocupadas por los hijos que los varones». Bien, puede que sea cierto. ¿Y? ¿Eso significa que ese dato no puede cambiar en el futuro? Ante eso, la filósofa responde: «no sé». Pues bien, si no lo sabemos, ¿qué conducta seguimos? ¿Hurgar en la biología para demostrar las «desigualdades ancestrales»? ¿O cuestionarlas para transformarlas? La cuestión, aquí, no es estrictamente científica sino ética: ¿qué consideramos más deseable? ¿Perpetuar esos estereotipos o que las futuras generaciones aprendan a cuestionarlos? Gran parte de la política feminista trata precisamente de eso.
Es verdad que, si seguimos este razonamiento, la superación de estas instituciones patriarcales no será tan fácil como dictar un par de leyes «antidiscriminación», y la transformación social deberá proveer de las bases materiales necesarias para colectivizar la crianza, pagar retribuciones que no se vean condicionadas por la rentabilidad empresaria, y planificar colectivamente la distribución y el consumo. En pocas palabras, hay que trascender al capital: el feminismo que no pone el dedo en esa llaga, y no vincula las problemáticas femeninas con la explotación y las diferencias de clase, está condenado a arañar superficialmente la solución a cuestiones como la brecha salarial. Incluso los problemas como los de la crianza no pueden soslayar su carácter de clase: mujeres ricas pueden (y suelen) «socializar» el cuidado de sus hijos, y así abrir más espacios a sus actividades públicas, mientras que las mujeres pobres no tienen más remedio que hacerse cargo de todo el esfuerzo propio de la maternidad, relegando, «voluntariamente», otras opciones posibles. (Lo mismo sucede con la problemática del aborto).
8.
Otro de los elementos que resalta Kreimer en su argumentación es que los varones también pueden ser víctimas de violencia y, por ejemplo, dentro de la familia hay tres mujeres asesinadas por cada varón, lo cual indica que al menos uno de cada cuatro muertos por violencia en la pareja pertenece al sexo masculino. Pues bien, estas cifras ya muestran un sesgo que no se puede evitar analizar. Las estadísticas (que también pueden leerse en textos derechistas como el de Laje y Márquez, El libro negro de la nueva izquierda) son bastante claras: entre varones y mujeres hay violencia de ambos lados, y en muchos casos (por lo general, los de violencia más leve) las cifras no son extremadamente diferentes, aunque casi siempre en ellas los hombres superan a las mujeres. Cuando pasamos al número de asesinatos, la desigualdad se hace mucho mayor, y Kreimer concluye que los varones matan más (por distintos motivos, entre los que está la fuerza física, en promedio desigual). Afirmaciones como esta ya deberían movernos a pensar en desigualdades estructurales: ¿no le prohibimos a los boxeadores la «piña libre» contra no profesionales? ¿No es un agravante?
El problema es que ese ejercicio de la violencia no puede despegarse de la naturaleza de los sistemas sociales: si un buen día un esclavo tiene «un día de furia», se despierta, agarra una escopeta y le pega tres tiros a su amo maltratador, ¿puede equipararse con la violencia, suave y cotidiana, del amo que lo hace trabajar de sol a sol y lo trata como a un objeto? Si pudiéramos construir una estadística de «violencia en el seno de la unidad productiva esclavista», no nos sorprendería que las agresiones fuesen recíprocas (y en momentos de rebelión de esclavos, ni qué hablar). Ahora bien, tampoco nos extrañaría que hubiese más esclavos muertos que dueños muertos, y esto tiene que ver con la desigualdad en el ejercicio del poder. Eso es lo que pasa, exactamente, con la violencia de género. Desde un criterio jurídico e individual, el esclavista que mata a un esclavo, y el esclavo que mata a un esclavista, serían dos casos de asesinato, igualmente punibles por violar la ley. Pero nada de esto nos habilita para decir que el esclavismo no existe.
Según Toldos Romero (citada por Laje-Márquez) «la violencia endémica en las relaciones íntimas entre los dos sexos, es iniciada por el varón sobre la mujer con el objetivo de perpetuar una serie de roles y estereotipos creados con el fin de continuar con la situación de desigualdad entre varones y mujeres». No hablamos de «violencia pelada»: si una mujer le arroja un objeto por la cabeza a su pareja después de años de sentarse a rascarse los huevos mientras ella hacía todas las labores del hogar, esa violencia tiene un significado social muy diferente que el mismo acto perpetrado por un varón que exige la comida a punto a una mujer saturada. En las cifras globales, pueden equipararse, pero si se analiza al sistema social en su conjunto (esto es, al capitalismo con sus instituciones patriarcales), deben observarse todos sus elementos (coercitivos, ideológicos, materiales) que se retroalimentan para dar lugar a los actos violentos. Podríamos decir que todo ese haz de violencias individuales y sociales son fruto de un sistema de relaciones sociales, en el cual ambos sexos participan de dicha violencia, brotada de la naturaleza competitiva del capital, pero en el cual también existen diferencias biológicas (nivel de fuerza) y culturales (socialización diferenciada) que, cuando se ponen en juego, arrojan niveles de abuso absolutamente desnivelados. La naturalización de ese desnivel luego puede extenderse a ciertas poblaciones débiles en general: hasta cierto punto, los varones víctimas de violencia (por ejemplo, niños abusados) también son parte de un entramado social de sesgo patriarcal que naturaliza-justifica los actos violentos y los replica en distintos ámbitos.
9.
Kreimer dice que en la sociedad occidental actual matan a nueve hombres por cada mujer asesinada. Esto es real. Pero queda claro que la mayoría de esos hombres asesinados lo es por otros hombres, y que por lo tanto no hay, allí, ningún ejercicio de la violencia en un sentido de género. Nuestra filósofa pone este argumento sobre la mesa: «si decimos que no importan los varones asesinados por otros varones, es lo mismo que decir que si murió un negro en el Bronx no importa porque lo mató otro negro«. El problema con esto es que ninguna feminista señala que «no importa» la violencia entre varones. Pero volvamos al caso de un sistema social jerárquico en el cual se utiliza el racismo como instrumento de justificación y de dominación. En ese contexto, un negro en el Bronx mata a otro negro, en una riña callejera entre bandas delictivas: ¿eso es resultado de una opresión racial? Sí, puede serlo. ¿Por qué? Porque podríamos constatar que ambos negros viven en condiciones sociales degradantes y de descomposición social (propiciadas por un sistema creado y administrado por los blancos) que los hace más proclives a recibir o propinar violencia y muerte a sus semejantes. Ahora bien, si en esa misma sociedad (digamos, en Manhattan) un blanco asesina a otro blanco, ¿tiene eso que ver con el problema racial? No. Puede ser condenable, puede estar muy mal, o ser un problema acuciante, pero nada tiene que ver con la cuestión étnica ni con el racismo. Si hubiese muchos blancos matándose entre sí (como en la Guerra de Independencia o en la Guerra Civil), ¿eso es suficiente para negar la opresión racial? Tampoco. Lo mismo pasa con la violencia entre varones: esas muertes no son fruto de una estructura social en la que las mujeres son privilegiadas, y por lo tanto no vienen al caso para negar el patriarcado. Las feministas no argumentan que el patriarcado existe porque mueren más mujeres que varones en un recuento estadístico: afirman que hay patriarcado porque, en el sistema de RELACIONES entre varones y mujeres hay una asimetría, una jerarquía, una estructura de poder y una serie de mecanismos de justificación ideológica que determinan desigualdades sociales de largo plazo, que, por ejemplo, hacen que muchos más varones violen y maten a mujeres que mujeres violen o maten a varones.
Lo mismo vale para la afirmación: «hay más varones que se suicidan», o «hay más varones que mueren en la guerra». ¿No son esos problemas graves? Sí, por supuesto. Y tienen que ver con la sociedad de clases, con el capitalismo, con la propiedad privada, la alienación y la explotación. ¿Son una prueba de que las instituciones patriarcales no existen? En absoluto. Simplemente son otros problemas, algunos más preocupantes y otros menos preocupantes que el de la opresión de género, que no invalidan la lucha feminista. Que haya gente que muere de hambre en África no invalida la lucha de los obreros franceses contra la precarización laboral: los dos problemas se originan en la producción capitalista. Lo mismo ocurre entre varones que mueren en la guerra y mujeres que son violadas o prostituidas alrededor del mundo: los dos problemas se originan en la competencia, la explotación y la búsqueda de la rentabilidad, pero uno no tapa al otro. Aquí no vale la teoría del «aventajado» o «desaventajado»: en la guerra, los hombres mueren, es verdad, pero sistemáticamente violan y someten a vejaciones sexuales a las mujeres, que en general no combaten. El mismo soldado que violó a una mujer indefensa, podrá ser muerto sin asco por una bomba inteligente unos minutos después. ¿Dónde está el ejercicio de la dominación, del poder, en esta secuencia? En esta nefasta jerarquía, los burgueses y burócratas (muchos hombres, algunas pocas mujeres) manejan su poder contra el soldado raso (varón, explotado) que somete a la mujer rasa (por lo general, pobre y explotada). El sistema capitalista provoca estas conductas, que refuerzan las desigualdades que perjudican a las mujeres en forma recurrente.
Kreimer cuestiona fuertemente el concepto de «femicidio». Y lo hace arguyendo que no es verdad que se mate «por ser mujer». Es verdad: nadie mata a otro «por ser de un determinado sexo», ni propone una masacre masiva de mujeres como tales. A un policía o a un militar no solo no se lo mata «por ser hombre», sino que ese asesinato, incluso si estuviera motivado por razones de género, no forma parte de un sistema material e ideológico en el cual los hombres son considerados inferiores. Tampoco se mata muchas veces a un negro, o a un inmigrante, por ser tales, sino por haber cometido algún crimen, por ejemplo, al que se asocia con la «raza« o la nacionalidad.
El «feminicidio» es definido por Radford y Russell como el «asesinato misógino de mujeres cometido por hombres», entendido como una forma de violencia sexual, cuya motivación central es el poder, dominio y control masculino (Feminicidio: la política del asesinato de las mujeres, México, CEIICH-UNAM, 2006). En este sentido, los feminicidas actúan movidos por «odio, desprecio, placer o sentido de propiedad sobre una mujer», bajo la creencia de que el control de las mujeres constituye una prerrogativa masculina que puede ser defendida incluso mediante el asesinato. Esa definición es mucho más precisa, y llega a la esencia del problema, porque lo mete dentro del contexto social amplio. Un esposo que ataca a su mujer porque la considera de su «propiedad», o un violador que ataca a su víctima sexualmente y luego la asesina, son casos claros de femicidio, precisamente porque se inscriben dentro de un sistema social que justifica la superioridad masculina a través de sus ideologías hegemónicas. Ahora bien, si un esposo decide matar a su mujer porque ella es millonaria y quiere quedarse con su dinero, la categorización sociológica de femicidio es discutible, y dependerá de la legislación y de su aplicación concreta, que puede ser más o menos justa, pero no invalida la problemática.
Argumentar que eso viola el principio de «igualdad ante la ley» es atenerse al más rancio liberalismo. Aquí cabe preguntarse: ¿es justo conceder «igualdad absoluta», por ejemplo, en la defensa, a un indigente que a un millonario? ¿Estarán en «igualdad de condiciones»? Jamás. La igualdad legal encubre, muchas veces, una desigualdad social real. Los ejemplos de «discriminación positiva» no son más que ejemplos de cómo un sistema legal puede establecer desigualdades jurídicas en aras de contrarrestar desigualdades sociales. Kreimer afirma que los problemas que tienen los jueces al atender ciertos juicios por violencia de género (por «falta de tiempo», por ejemplo) no forman parte de una «justicia patriarcal» porque no corresponden a una «confabulación de varones» dispuesta a oprimir a las mujeres. No. Simplemente se trata de un sistema cuyos actores sociales están invadidos por los prejuicios sexistas construidos durante siglos y perpetuados por el funcionamiento del capital. Incluso el otorgamiento de la tenencia de los hijos a su madre (algo argumentado por Kreimer como expresión de una «desventaja masculina») responde a los estereotipos milenarios de la «mujer madre natural», de fuerte raigambre biologicista. ¿Quizás esos prejuicios se pueden ir eliminando a futuro, como resultado de las tendencias a la indiferenciación del trabajo propias del capital, o debido a las luchas feministas? Seguramente. Pero tal como existen hoy, son parte de la realidad y no pueden negarse.
10.
Un párrafo aparte merece el tema de la «feminización de la pobreza». Según algunas cifras ampliamente difundidas, el 70% de los pobres en el mundo serían mujeres. Kreimer señala, esta vez no sin cierta dosis de razón, que esas cifras pueden ser discutibles y con poca base empírica. Pero la brecha salarial es clara, independientemente de que eso se «naturalice» o se «biologice». El resultado final es obvio, pero no planificado: las mujeres que ingresan al mercado laboral terminan ganando, en promedio, salarios menores que los varones. Pero Kreimer «olvida» todas estas determinaciones, y afirma que las mujeres pasan a ser más pobres «por inclinación», porque sus cerebros «no tienen ganas» de hacer cosas distintas que criar a sus hijos y darles la mamadera. Triste conclusión.
Es más, la feminista científica argumenta que, cuando se cuentan los ingresos, se olvida el detalle de que hay una porción del ingreso de los hombres que es aportado a la economía doméstica y, por lo tanto, es parte del consumo de las mujeres que son, por ejemplo, amas de casa. Este análisis vuelve a pecar de renguera, porque precisamente no ve lo estructural. Si la mujer recibe una parte del ingreso del varón (ganado a título individual) queda claramente subordinada bajo cierto grado de dependencia económica. ¿Qué pasaría si, en algún momento, esta mujer «ama de casa», que resignó durante años trabajos full time en aras de lo doméstico y por lo tanto recibe «generosamente» una porción del ingreso masculino para atender a sus hijos, decide separarse porque su marido es insoportable? Quedará en condiciones de pobreza relativa mayor, con mayores dificultades de conseguir una remuneración alta, y con la carga doble de mantener a sus hijos (tarea no remunerada) y además atender al trabajo remunerado. (Entre paréntesis, los problemas generalizados en la provisión de alimentos por parte de padres incumplidores también es un problema que se suma a los que ya hemos analizado). Observando el panorama desde un ángulo sistémico, esas «transferencias» del varón «proveedor» (que para Kreimer están asentadas en la evolución de la especie) son una forma de mantener cierta dependencia y subordinación. Si se pretende mantenerlas, la mujer deberá obedecer al «proveedor» (subordinación social). Y si pretende «independizarse» de su autoridad, perderá una parte sustancial de ese ingreso que, a todas luces, compensa al menos una parte del trabajo no remunerado que realiza en general en el cuidado de los niños (empobrecimiento relativo). El círculo vicioso del patriarcado sigue bien firme.
Otro de los temas sobre los que no he escuchado mucho a Kreimer es el tema de las redes globales de prostitución. En la línea de nuestra filósofa, podríamos argumentar que también hay prostitución masculina. Así es. Es que el propio sistema capitalista ha generado, sobre todo en los últimos años, una tendencia a que viejas prácticas degradantes sobre los cuerpos que eran realizadas abrumadoramente sobre las mujeres, hoy en día comiencen a realizarse también sobre varones, dentro de los que pueden incluirse a varones transexuales. Probablemente esta tendencia se haya vuelto más importante porque el propio desarrollo del capitalismo ha llevado a una creciente indiferenciación del trabajo, ha suavizado la rígida división sexual del trabajo (propia del «patriarcado antiguo») y entonces debemos decir que lo que antes afectaba solo a las mujeres, hoy por hoy también debe ser combatido cuando se aplica a otros varones. Triste sería una política que solo sea abolicionista con la prostitución femenina, y le tenga sin cuidado la masculina.
La Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC) estima que hay, como mínimo, 2,5 millones de víctimas de trata de personas. Según la misma fuente, aproximadamente el 79% del total de la trata de personas tiene el propósito de explotación sexual, mientras que la OIT estima que «el 98% de las personas objeto de trata con fines de explotación sexual son mujeres y niñas (OIT, 2009)». Aquí, en una actividad en la cual la relación entre sexos es clara como el agua (porque se trata de una interacción directa –genital– entre persona de un sexo y del otro) es también prístina la subordinación (al varón) y explotación (al capitalista) que afecta a las mujeres. Hasta el día de hoy, el espeluznante despliegue de las redes locales, regionales y mundiales de trata de mujeres con destino de comercio sexual es algo imposible de desmentir. Aquí particularmente se conectan las dos formas de patriarcado que Kreimer «separa» para negar una de ellas: la de «Occidente« y la de «Oriente». En la prostitución internacional se observa claramente cómo se refuerzan mutuamente el patriarcado «de viejo tipo» (estamental) de sociedades «del Tercer Mundo», como las de muchos países musulmanes (que proporcionan mujeres empobrecidas para ser pasto de la violencia sexual institucionalizada) con el patriarcado «de nuevo cuño» (formalmente igualitarista pero socialmente perverso) que nutre al mercado de varones dispuestos a mantener relaciones sexuales forzadas con mujeres que saben vulnerables pero sin importarles un comino. Si esto no es patriarcal, entonces, ¿qué es? ¿Cómo categorizarlo? ¿Nos creemos el mito «Oriente vs. Occidente» o analizamos a la sociedad global como lo que es, una sociedad interconectada?
11.
Cerramos estos comentarios con un planteo a analizar. Kreimer sostiene que el feminismo debe sostenerse en premisas científicas. La aplaudimos por ello. Pero esto contradice los propios postulados del psicologismo evolucionista. ¿No somos, acaso, los seres humanos, más emocionales que racionales? Daniel Kahneman y Gerd Gigerenzer muestran que la conducta humana está más determinada por lo emocional que por lo racional. Como señala Adrián Triglia, «puede que el uso de la razón tenga unos resultados muy espectaculares y que sea muy útil y recomendable servirse de ella, pero eso no significa que la propia razón no sea, en sí misma, algo a lo que aspirar, más que algo que define nuestra vida mental». En este punto, ¿deberíamos concluir que la ciencia es un intento que se construye a contramano de las «preferencias naturales» de la especie humana? Si siguiéramos a pie juntillas la interpretación de Kreimer, tratar de imponer la lógica científica a la conducta humana supondría «violentar» las predisposiciones naturales que nos han formado evolutivamente como especie. ¿Habría que dejar entonces que las personas elijan «libremente« al «feminismo hegemónico« por tratarse de una ideología que recurre a la emoción y no a los datos duros de la estadística? Kreimer diría que no. Por la misma razón que ella cree que hay que oponer a la emocionalidad una rigurosidad científica, yo creo que nuevos códigos morales pueden ser construidos incluso en oposición a nuestras eventuales predisposiciones genéticas. En esa tarea estarán quienes suscriban al feminismo en sus diversas variantes.
Finalmente, en estas variantes está, a mi criterio, una buena parte de la discusión que gira dentro de ese creciente movimiento de masas que es el feminismo del siglo XXI. ¿Por qué? Porque es verdad (debo coincidir aquí con Kreimer) que el posmodernismo filosófico (subjetivista, individualista, atomizador y fragmentador) viene ganando la partida por sobre el pensamiento científico propiamente dicho, dentro del cual cuento, sin dudar, al socialismo marxista (no sé si lo hace Kreimer). Esa es la razón por la cual se imponen teorías como las de la «autopercepción», e incluso se tiende a plantear la idea de que «yo le creo a una mujer por sororidad» (o sea, básicamente, porque me genera «empatía«, aunque no tenga pruebas). La filosofía del constructivismo social puro (que cree que «todo es cultura») yace sobre esa base posmoderna fundamental, y no le importan los condicionamientos materiales concretos de las sociedades humanas. Si el feminismo contemporáneo se desliza hacia esta concepción filosófica, pronto será pasto de las fieras (porque tarde o temprano surgirán «hombres y mujeres sensatos» que señalarán, como Kreimer, algunos de sus errores subjetivistas). Solo un feminismo clasista, y por lo tanto, socialista, puede abordar en forma sistémica el problema del entrelazamiento entre capitalismo (modo basal de producción) y el patriarcado (una de las manifestaciones de sus desigualdades entre sexos). Un feminismo que se queda en la juridicidad (fomentando penas mayores a los femicidas, por ejemplo) tiene el mismo vuelo corto que el «feminismo científico« de Kreimer que se horroriza cuando se viola la «igualdad ante la ley«. Un «feminismo hegemónico» que crea que todo es solo una cuestión de «prejuicios« y de «educación» descuidará la base económica del mismo modo que lo hace la postura kreimerista: ambas posiciones (en el fondo reformistas) olvidan las conexiones profundas que existen entre una sociedad productora de mercancías para la ganancia individual y las desigualdades de género. En pocas palabras, no se superará ni la brecha salarial, ni la violencia sexista endémica, ¡ni la prostitución industrializada!, si no se solucionan otros problemas de base derivados del trabajo asalariado y sus desigualdades estructurales. Parafraseando a Ernesto Guevara, el feminismo será socialista o será una caricatura del feminismo.
Mientras tanto, en tanto y en cuanto predomine un análisis más emocional que científico en el movimiento feminista actual, las figuras como Kreimer surgirán, aquí y allá, cuestionando ciertos dogmas. El problema de la posición del llamado «feminismo científico» es que parte de la negación del patriarcado (entendido en un sentido amplio), y entonces es fácilmente utilizable como arma ideológica arrojadiza por la derecha burguesa (de corte antisocialista, y que va desde el conservadurismo filocatólico de un Laje hasta el liberalismo libertaroide un Jordan Peterson o de un Javier Milei) para denigrar a la movilización de las mujeres de aquí y de allá. No por casualidad Kreimer fue convocada, en tiempos kirchneristas, para programas de TV y de radio, con el objeto (bastante obvio en algunos casos) de construir opinión pública contra el feminismo, independientemente de la intención personal de la filósofa. Es triste que un cerebro tan lúcido como el de Roxana sea utilizado con esa finalidad tan pequeña y mezquina.





Hola,
Quería consultar por un punto del apartado “7”. El fragmento dice:
“Seamos claros: aun si la historia evolutiva nos hubiese dotado de determinados condicionantes naturales, eso no justifica su continuidad en el tiempo. Si los hombres, por su testosterona, tienden a ser más agresivos que las mujeres, es tarea de la cultura bajar ese nivel de agresividad (mediante métodos médicos o psicológicos) hasta límites socialmente aceptables…”
Mi consulta es puntual: ¿Qué se quiso expresar con “bajar ese nivel de agresividad (mediante métodos médicos o psicológicos) hasta límites socialmente aceptables”?
Lo pregunto porque, aunque aparece formulado en condicional (“si…”), el ejemplo se apoya en una diferencia biológica muy verosímil culturalmente (hombres/agresividad), sugiere causalidad biológica (testosterona) y enseguida extrae una conclusión normativa (“es tarea de la cultura bajar…”). Entiendo y reconozco que puede ser un ejemplo ilustrativo, pero en el marco de una nota que crítica el biologicismo, usar un cliché biologicista para construir el argumento puede dar lugar a cierta confusión. Quizás sea solo un problema de formulación, pero me dejó dudas.
Además, el apartado introduce a Norbert Elías. Lo considero útil para pensar la internalización del autocontrol y los cambios de sensibilidad, pero también es difícil ignorar que su narrativa del “proceso civilizatorio” puede leerse como lineal/progresiva (el clásico “civilizing story”). Por eso me interesa entender si se lo está usando como apoyo descriptivo o como un “certificado” de que “la cultura mejora”.
En cualquier caso, lo central, es precisar el sentido de “métodos médicos o psicológicos”, porque -hay que reconocerlo- no es una formulación neutra: abre un terreno que puede leerse como medicalización/normalización de conductas. Para ordenar mi duda, veo al menos tres lecturas posibles:
Apoyo clínico/psicológico acotado: herramientas para quienes lo necesiten (trauma, adicciones, violencia doméstica, etc.), idealmente voluntarias y no como eje de la explicación social.
Tecnologías “blandas” de gobierno: escuela, campañas, terapia, educación emocional, etc., orientadas a regular conductas; no necesariamente coercitivo, está claro, pero sí con lógica de normalización (enfoque liberal progresista compatible con el Estado gerencial). Menos política, más gestión.
Lectura “dura” biopolítica: intervención directa sobre cuerpos (hormonación, inhibidores, prevención) para adaptar sujetos a un estándar, lo que desplaza el problema social al individuo tratable/gestionable.
Por el contexto general de la nota, tiendo a pensar que se trata de un ejemplo apurado o mal elegido más que de una tesis fuerte; aun así, preferí preguntarlo para no inferir de más.
Dicho esto, concuerdo con el eje central del texto y valoro el aporte.
Saludos y gracias.
Hola, Mariano. Te agradecemos la lectura atenta y el comentario respetuoso. Más abajo está la respuesta de Hernán. Saludos!
Alguien puede explicar, teniendo en cuenta la teoria de valor-trabajo marxista, como es que hay una brecha salarial entre hombres y mujeres del 40% pero no hay diferencia en el porcentaje de desocupacion entre hombres y mujeres? Los capitalistas prefieren contratar trabajadores 40% mas caros y reducir su tasa de ganancia que contratar mujeres?
Y sobre el “techo de cristal”…por que a un marxista le preocuparia que las mujeres no lleguen a posiciones de gerencia en una empresa? O los socialistas tendrian que haber festejado que Gina Haspel haya llegado a ser la cabeza de la CIA como un avance en la liberacion femenina? Hubo grandes avances para las mujeres trabajadoras mientras CFK fue presidenta? Y durante el gobierno de Isabelita?
Para ejemplificar del “techo de cristal” en Argentina siempre se nombra que las mujeres sólo representan el 20% de los doctorados. Pero nunca dicen que las mujeres son el 70% de las que se egresan de carreras de grado. Ahi no hay una desigualdad preocupante?
Si mueren 9 personas de un grupo X por cada muerto del grupo Z y afirman que las muertes de esas 9 personas “pueden ser a causa de problemas menos importantes”, es complicado generar empatia en el grupo X, no les parece? Es casi como pedirle a un obrero que luche para que una mujer de middle-management pueda llegar a ser ejecutiva, cuando el problema propio pasa por llegar a fin de mes.
En el 2024 hubo 247 victimas de femicidio y 500 muertos en accidentes laborales. Cuantas marchas hicieron los grupos y partidos de izquierda por uno y por otro? Evidentemente, uno directamente no interesa. Porque ni en los diarios partidarios lo nombran.
Hola, Germán. Te agradecemos la lectura y el comentario, que nos permite aclarar ciertos temas. Más abajo está la respuesta de Hernán.
¡Hola, Mariano! Gracias por el comentario. Lo que quise expresar en ese párrafo es que “la biología no es destino”. Y aquí dejo constancia de un debate científico que considero aún no saldado completamente: ¿cuánto influye la genética y cuánto influye la socialización en el resultado final de las conductas humanas? A la altura actual del conocimiento, podemos descartar sin más los extremos: creer que la conducta está determinada totalmente por la biología (“biologicismo”) y creer que la conducta es enteramente un resultado social sin condicionamiento biológico alguno (“sociologismo”). Entiendo que hay una unidad de contrarios entre biología y cultura. Y por eso usé el condicional, llevando el ejemplo al extremo, no por “apuro”, sino porque, al llevar el razonamiento hasta su límite, eso muestra las posibilidades abiertas. Si la tesis es que lo que predomina en la conducta son las determinaciones culturales, ya no estamos discutiendo con Kreimer, que sostiene que hay motivos biológicos de fondo, sino quizás con la teoría “queer” y posmoderna. Ahora bien, si lo que predominara fuese lo biológico (dándole la razón a Kreimer y a los papers que sostienen esa tesis), aún así tendríamos como sociedad la capacidad de recurrir a esos métodos médicos y/o psicológicos para modificar los condicionantes biológicos.
¿Métodos médicos? No soy médico, y por lo tanto pido disculpas si algunos de los datos aquí vertidos no son del todo precisos: simplemente he buscado la información en el ciberespacio. Pero, sin ir más lejos, y sin opinar acerca de sus bondades o maldades, podríamos poner varios ejemplos de fármacos que alteran conductas:
a) Desde la introducción de la clorpromazina en los años 50, los antipsicóticos han reducido de forma significativa la agitación, la impulsividad y las conductas agresivas asociadas a psicosis. En pacientes con esquizofrenia, la medicación antipsicótica disminuye la probabilidad de episodios violentos vinculados a delirios persecutorios.
b) El litio, utilizado en el trastorno bipolar, reduce la impulsividad y la agresividad en fases maníacas. Existe evidencia robusta de que el litio disminuye la tasa de suicidio. También hay estudios que muestran reducción de conductas violentas en pacientes bipolares estabilizados.
c) Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), como la fluoxetina, no solo tratan depresión y ansiedad, sino que en algunos casos reducen la agresividad impulsiva y la irritabilidad. En trastornos de personalidad con desregulación emocional, los ISRS pueden disminuir explosiones de ira.
d) Fármacos como el metilfenidato mejoran la atención y reducen impulsividad en niños y adultos con TDAH. Se ha observado reducción de conductas disruptivas en el ámbito escolar. En estudios longitudinales, el tratamiento adecuado se asocia con menor riesgo de conductas antisociales posteriores.
e) El propranolol se ha utilizado en algunos contextos para reducir síntomas físicos asociados a agresión y agitación (por ejemplo, en daño cerebral o ciertos cuadros psiquiátricos). No actúa sobre “la moralidad” del sujeto, sino sobre la activación autonómica que puede facilitar respuestas agresivas.
Sintetizo diciendo que hay fármacos que alteran conductas (lo que no quiere decir que siempre las alteren para mejor). ¿Eso quiere decir que la solución a los problemas sociales es bioquímica? En absoluto: justamente como creo que una determinación esencial de la conducta está en el ámbito de las relaciones sociales, creo que posiblemente en una gran cantidad de casos la solución pasa por la transformación social (de ahí la cita a Elías). Ejemplo: las “conductas disruptivas en el ámbito escolar”, ¿se deben solo a cuestiones biológicas? Obviamente no: seguramente un cambio en la institución escolar que aumente el sentido de pertenencia, y que permita una transmisión de conocimiento eficaz y con sentido social podría reducir esos comportamientos sin necesidad de medicación. Por eso soy firme partidario de la transformación de las relaciones sociales, en cuya base están las relaciones de producción. Ahora bien, en el diseño de nuevas institucionalidades, creo que son válidos todos los métodos que citás o que tengamos a mano como sociedad: apoyo clínico, “tecnologías de gestión”, etc., etc. La intervención directa sobre los cuerpos, como hormonación, inhibidores, etc., es quizás más delicada, porque lo que se sigue discutiendo es el efecto de esos tratamientos en la salud, y ahí hay gran debate: “arreglamos” ciertos problemas sociales, pero destrozamos a los cuerpos vivientes reales. Allí hay que ser más cautos. Digo entonces: si las cosas pueden modificarse con cambios sociales, estos tendrán prioridad absoluta. Pero al discutir con Kreimer, forzamos el argumento para reconocerle incluso al biologicismo su posible dosis de razón: ¿qué pasa si se descubre que, pese a todo, hay ciertas conductas que son irreductibles a la forma de organización social? Bien, en ese caso tenemos a mano el creciente conocimiento científico que nos permite recurrir a la solución médica.
Entiendo a qué te referís con la “medicalización/normalización” de conductas, como un riesgo de que un Estado todopoderoso manejado por una clase dominante minoritaria tenga el poder de decisión sobre las grandes mayorías acerca de qué conducta es “normal” y qué conducta es “anormal” (me viene a la mente la psiquiatrización de opositores en la vieja Unión Soviética). Nada más lejos de mi planteo, que propone un socialismo que, por definición, necesita ser controlado por la clase obrera en su totalidad, lo que impone la forma democrática como forma indispensable. Así, creo que es socialmente deseable “medicalizar” a varones que resulten sumamente agresivos, en aras de mejorar la convivencia humana en general, siempre y cuando esa sea una decisión discutida, consensuada y aprobada por la ciudadanía, y siempre y cuando se hayan agotado, o no estén disponibles todavía, otros métodos, por decirlo así, psicológicos o culturales.
Un último punto, con respecto a Norbert Elías. Sin lugar a dudas, la referencia a este autor solamente busca poner sobre el tapete la relevancia de la unidad entre procesos psicológicos y sociológicos, mediados por la “internalización” de mandatos (creo que esa es su tesis más fuerte). Pero obviamente no comparto la idea lineal de “progreso civilizatorio” porque creo que el capitalismo es una sociedad que, lejos de fomentar la convivencia pacífica, lleva en sus entrañas al principio de la competencia, que es semilla de muchas manifestaciones de la violencia. No sé si tampoco el propio Elias compartía esa mirada teleológica: más bien apuntaba a configuraciones y reconfiguraciones sociales sin un destino preestablecido. Pero la idea básica que sostengo en esa parte del texto es esta: no hay “psicogénesis” (o sea, conducta humana) sin “sociogénesis” (relaciones sociales que configuran la socialización). ¿Queda algún “residuo” biológico irreductible? Bueno, pues entonces la sociedad en su conjunto puede discutir (en un diálogo siempre abierto y modificable) si ese residuo debe combatirse con métodos médicos, de los cuales habrá que debatir sobre sus límites éticos.
¿A qué viene todo esto? A sostener la tesis de que no hay nada en la naturaleza humana que no sea modificable de acuerdo con objetivos sociales conscientes. Y, por lo tanto, justificar en cierto modo conductas violentas generalizadas por parte de varones con el argumento de que “las hormonas son las causantes” (aunque sea en parte) de dicha conducta, ya no tiene mucho sentido a esta altura de la historia.
Clara y generosa respuesta.
Saludos y gracias.
¡Hola, Germán! Hay algunas cosas que planteás que son interesantes.
En primer lugar, sobre la “brecha salarial”: esta afirmación que planteás supone algo que, empíricamente y teóricamente, no se sostiene: que la brecha implica que una mujer cobra 40% menos que un varón por el mismo trabajo, en la misma empresa, con igual productividad. En Argentina, y en casi todos los países, la brecha “del 40%” es una brecha de ingresos promedio, no una brecha directa por mismo puesto. Incluye segregación ocupacional (mujeres concentradas en sectores peor pagos), mayor informalidad, más trabajo a tiempo parcial, la llamada “penalización por maternidad” y menor acceso a horas extra o cargos jerárquicos. Desde la teoría del valor-trabajo de Karl Marx, el salario se correlaciona con el valor de la fuerza de trabajo, que se determina por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla y reproducirla. Hay fuerzas de trabajo más caras porque necesitan mayor tiempo para ser forjados sus atributos productivos. Si las mujeres están concentradas en ramas de menor complejidad, el salario promedio será menor sin que eso implique que el capitalista “rechaza” una fuerza de trabajo 40% más barata en el mismo puesto. Nada tiene que ver con esto la desocupación. Con respecto al desempleo, sí hay una pequeña diferencia en perjuicio de las mujeres. Pero además es útil entender que la tasa de participación laboral femenina es menor que la masculina (es decir, menos mujeres entran al mercado laboral comparado con hombres), lo que tiende a amortiguar la tasa de desempleo abierta porque menos mujeres participan de la fuerza laboral formal. La diferencia en la tasa de desempleo no tiene que ser del mismo orden que la brecha salarial porque son fenómenos distintos: una mide quién está sin trabajo, y la otra cuánto gana quien sí trabaja.
En segundo lugar: un marxista no celebra que una mujer llegue a dirigir la CIA, como en el caso de Gina Haspel, ni considera que eso sea liberación femenina. Tampoco que haya una mujer CEO cambia la estructura de explotación. Pero el concepto de “techo de cristal” no se reduce a celebrar ejecutivas. Señala que, incluso cuando las mujeres acceden masivamente a la educación (en Argentina son mayoría en grado y doctorado), la estructura de poder económico y científico sigue siendo mayoritariamente masculina. En organismos como el CONICET, las mujeres son mayoría en las categorías iniciales, pero su proporción cae en las categorías superiores. Ahora bien, para el feminismo marxista, el problema no es “que falten mujeres en la gerencia”, sino que las reglas de promoción están diseñadas bajo un modelo de trabajador sin responsabilidades de cuidado, históricamente masculino. No es una cuestión de identidad individual, sino de estructura de poder.
Que las mujeres sean mayoría en la graduación no implica automáticamente que exista una ventaja estructural femenina. Habría que mirar en qué carreras se concentran, qué jerarquía social y salarial tienen esas carreras, y qué ocurre en los niveles de decisión y poder. En Argentina, como en muchos países, las mujeres predominan en áreas asociadas históricamente al trabajo de cuidado (docencia, salud, ciencias sociales), que suelen estar peor remuneradas y menos valorizadas. En cambio, los espacios con mayor capital simbólico, económico o tecnológico tienden a estar más masculinizados. Desde el feminismo marxista, esto no es casual: responde a la división sexual del trabajo, funcional a la reproducción del capital.
En tercer lugar: la existencia de Cristina Fernández de Kirchner o de Isabel Perón no prueba ni refuta nada por sí misma. El feminismo marxista distingue entre representación simbólica en la cima del Estado y transformación material de las condiciones de vida. Puede haber presidentas (lo que puede indicar el inicio de posibles cambios más masivos en el futuro) pero persistir la desigualdad estructural. La presencia de algunas mujeres en cargos altos no equivale automáticamente a una mayor igualdad entre sexos en general.
En cuarto lugar, si el feminismo se percibe como lucha por el ascenso de mujeres de la burguesía, pierde conexión con la mayoría de la clase obrera. El feminismo marxista justamente critica esa reducción liberal. No propone que un obrero luche por más ejecutivas, sino que la división sexual del trabajo abarata el costo de reproducción de la fuerza laboral, el trabajo doméstico no remunerado subsidia indirectamente al capital, y la precarización afecta diferencialmente a mujeres trabajadoras. La cuestión no es “middle management”, sino cómo la estructura de género atraviesa la explotación de clase.
Por último, si en 2024 hubo 247 femicidios y 500 muertes laborales (las cifras pueden variar según fuente), no son fenómenos comparables en términos causales. El accidente laboral es una consecuencia de condiciones de producción, mientras que el femicidio es una forma específica de violencia letal con patrón de género. Jamás dije que problemas como las muertes laborales “sean menos importantes”. Dije que incluso algunos de esas cuestiones podrían ser más importantes, y cito textualmente: “Simplemente son otros problemas, algunos más preocupantes y otros menos preocupantes que el de la opresión de género, que no invalidan la lucha feminista”. Un análisis marxista coherente debería preocuparse por ambos, porque ambos emergen de las mismas estructuras sociales. Si sectores de izquierda priorizan uno en la agenda pública, eso puede ser discutible políticamente, pero no invalida la categoría analítica. Desde una perspectiva socialista, no veo razones para oponer violencia de género, explotación laboral, desigualdad salarial y/o riesgo ocupacional como si fueran problemas excluyentes. Todas forman parte de la organización social del trabajo bajo el capitalismo, sistema al que proponemos superar históricamente.