En la página 187 de ¿A qué llamamos literatura? (Buenos Aires, FCE, 2024), el doctor en letras José Luis de Diego observa que…
…en los últimos años la censura moral procede, sorpresivamente, de sectores considerados progresistas, una censura postulada en favor de supuestas causas nobles. Parece increíble tener que volver a argumentar que puede haber grandes obras de arte que son extraordinarias, aunque no compartamos sus fundamentos morales.
La alerta permite adentrarnos en la cuestión de los peligros que el progresismo entraña para la cultura. Las finas y estimulantes disquisiciones que de Diego nos brinda a lo largo del citado libro hacen más llamativa su sorpresa: ¿qué tendría de increíble que una censura, la progresista, se postulara “en favor de supuestas causas nobles”? Toda censura se ejerce en función de supuestas causas nobles. “Dios y la Patria”, “evitar la corrupción de los jóvenes”, “el bien común”, “la salud del Partido”, no son causas caprichosas o faltas de nobleza para quienes las esgrimen. Lo son para los que repudiamos la acción de censura. Sin embargo, de Diego no puede colocar en el mismo nivel la censura progresista y las otras. No puede ver que la censura progre es tan oscurantista y retrógrada como la del Index católico.
Dado, entonces, que los supuestos de nobleza son atribución de toda censura, podemos preguntarnos qué lleva a una exquisita pluma como la de José Luis de Diego a distinguir entre una censura progresista y una reaccionaria. Y sorprenderse. En otros términos: ¿qué diferencial de nobleza permitiría que un acto repudiable se distinguiera de otro acto repudiable?
La complejidad y el retrato
Vayamos al siglo XIX, cuando el atrasado Imperio Ruso se dispuso a traducir El Capital, una obra ante la que naciones más adelantadas presentaban reticencias editoriales:
En el otoño de 1868, un año después de la publicación del primer volumen de El capital en Alemania, Marx comunicaba a sus amigos una noticia sorprendente que lo había llenado de alegría: en la lejana Petersburgo, el editor Poljacov tenía la intención de publicar su obra de economía en lengua rusa.
La espléndida noticia de la preparación de la traducción en lengua rusa fue anotada por Friedrich Lessner en la copia de la edición alemana que Marx les había donado con una dedicatoria autografiada fechada el 18 de septiembre de 1867. En una carta a Marx, Lessner expresaba su sorpresa y admiración al mismo tiempo por este hecho, del cual las otras naciones tendrían que haberse ruborizado.[1]
El hecho que según Lessner debió ruborizar a otros países (la traducción temprana de semejante obra) era el correlato de un fenómeno conocido: el fervor revolucionario de la intelligentsia rusa. Sin embargo, más llamativo que ese reconocimiento precoz de la principal obra científica de Marx fue lo que ocurrió con la censura:
El publicista populista V. V. Flerovskij (Bervi), cuyos libros fueron publicados por Poljakov, describió en estos términos al editor: “Un tal Poljakov, hombre de tendencias nihilistas del círculo de seguidores de Černyševskij que ha publicado libros de tendencias extremistas. Fue un hombre de ideas, imprimía solamente obras loables por el contenido pero que estaban en la mira de la censura […] y se había prefijado el deber de publicar libros sin modificaciones, cambios y abreviaciones, batiéndose tenazmente por conservar todas y cada una de las palabras”.
A fin de permitir la circulación clandestina, Poljakov no hacía aparecer su nombre en ninguna de las ediciones. Sin embargo, esto no lo salvó de la censura. En 1873 fue quemada su última publicación, el libro del iluminista francés Diderot, Cuentos y relatos. El editor se dirigió entonces al zar, rogándole lo defendiera de la censura, pero éste permaneció sordo a sus lamentos, y esto obligó a Poljakov a abandonar toda actividad editorial.
Después de la publicación de la traducción del primer volumen de El capital, el editor y el traductor temieron largo tiempo las decisiones del comité de censura respecto del libro, pero esta vez la censura zarista cometió un “craso error” y permitió la edición rusa de El capital, juzgándola obra “rigurosamente científica”, “pesada y poco accesible”. A pesar de la tendencia “claramente socialista” del libro, los censores no hallaron en él ningún párrafo que pudiera justificar una condena. Juzgaron que la enseñanza de Marx no era aplicable a la realidad rusa y menospreciaron la influencia revolucionaria de la obra, de la cual los pocos censores con una visión de mayor alcance pensaron que “pocos la leerán e incluso menos la comprenderán”. No obstante, no permitieron que se reprodujera sobre el libro el retrato del autor, temiendo que esto pudiera ser considerado como signo de “estima particular por su persona”.
Esta prohibición tuvo resonancia en el extranjero, y cuando La Châtre, editora de la traducción francesa, lo supo, buscó de todas las formas –y con éxito– publicar el libro con el retrato de Marx.
Ahora vemos que la cuestión se densifica. Ya no se trata de nobles intenciones e impedimentos para la circulación de ideas, sino de estratégicas consideraciones acerca de las ideas complejas y su poder autónomo, las imágenes seductoras y sus capacidades.
Se trata, sí, de evaluaciones sobre la posibilidad de las ideas de realizar el trabajo de convencer a los lectores. Pero, sobre todo, de la evaluación del público que padecerá –o no– la censura aplicada sobre la obra. E incluso, aunque no esté dicho expresamente, se trata de la posibilidad de censuras paraestatales, censuras privadas y autocensuras.
La sensibilidad y la lectura
Tras esa breve excursión por el pasado distante, volemos hasta el pasado reciente. Corría el año 2019 y si esta historia no fuera narrada por el New York Times, la desecharíamos por absurda e inverosímil:
A finales del mes pasado, un joven llamado Kosoko Jackson se convirtió en el segundo autor juvenil en cinco semanas en retirar su primera obra justo antes de su lanzamiento. Su libro, “Un lugar para lobos”, irritó a los críticos de Twitter, que lo consideraron insensible con los musulmanes y excesivamente centrado en personas privilegiadas. Había una ironía obvia en su historia, un bumerán kármico: Jackson, negro y gay, solía trabajar como “lector de sensibilidad” para importantes editoriales, lo que significaba que su trabajo consistía en señalar precisamente el tipo de contenido problemático por el que ahora lo estaban expulsando. Era como Robespierre, con su propio cuello en la cuna de la guillotina. Uno de los capitanes de la “cultura de la cancelación” —que insta a la gente a rechazar lo insensible, lo opresivo y lo moralmente cuestionable— fue cancelado.
Aclaremos que para rechazar actos insensibles, opresivos y moralmente cuestionables, no es necesario recurrir a la censura cuando aparece en una obra artística. Es posible mencionar una decena de corrientes estéticas que suponen exactamente lo contrario: que lo que se coloca en el arte, se purga de aparecer en la vida. Pero dejemos de lado ese debate estético. Nos interesa mostrar qué efectos prácticos e inocultables provoca. Porque si los progresistas llevaran adelante su utopía de corrección política hasta las consecuencias finales, toda la cultura sería abolida.
He leído el libro de Jackson. Antes de entrar en el contenido, aclaremos esto: lo que le ocurrió a Jackson es aterrador. Las pruebas de pureza son herramientas de los fanáticos, y la búsqueda de la pureza acaba siendo indistinguible de la búsqueda del poder.
En Twitter, los ideólogos tienen mucho más poder que los moderados. Tienen más seguidores; sus tuits tienen más repercusión (los estudios demuestran que los tuits emotivos casi siempre tienen más repercusión); definen la cultura y el tono de su comunidad. Pero esto no significa que tengan mejor juicio. […]
Los fanáticos de este ejército de cruzados argumentarán que lo están haciendo en nombre de la diversidad, pero en realidad es todo lo contrario: si Twitter controla las publicaciones, pronto entraremos en una monocultura lúgubre que no admite ningún libro a menos que haya sido prejuzgado y cumpla con los estándares de los censores.
Lo que el caso de Jackson realmente demuestra es lo estrechas e insostenibles que son las reglas para escribir literatura juvenil. En un tuit del pasado mayo, el propio Jackson las expresó en mayor o menor medida: “Las historias sobre el movimiento por los derechos civiles deberían ser escritas por personas negras. Las historias sobre el sufragio deberían ser escritas por mujeres. Por lo tanto, las historias sobre niños en épocas cruciales, como la epidemia del sida, deberían ser escritas por hombres homosexuales. ¿Por qué es tan difícil conseguirlo?”
En una sesión de preguntas y respuestas en vivo para una conferencia en línea sobre literatura infantil en enero, Jackson explicó que en un momento tuvo la tentación de escribir tangencialmente sobre inmigración, pero sus amigos latinos lo disuadieron: estaría invadiendo su territorio y ocupando su lugar en los estantes. Así que no lo hizo. Pero su primera novela, “Un lugar para lobos”, no está llena exclusivamente de afroamericanos homosexuales. Sus dos protagonistas son adolescentes homosexuales, sí, y uno de ellos es negro. Pero sus personajes secundarios son… serbios y albaneses. El libro se desarrolla en Kosovo, durante los primeros días de su guerra civil a finales de los años noventa. Detengámonos a contemplar esto por un momento.
Cuando Jackson se vio obligado a crear y soñar a su aire —en lugar de simplemente leer libros en busca de posibles violaciones culturales—, su reflejo natural e irreprimible fue escribir sobre algo que trascendía su propia experiencia. Porque eso es lo que hacen los novelistas: conjurar otros mundos, imaginar su camino hacia otras realidades, adivinar la textura de la conciencia de otras personas. Forma parte del placer de inventar para ganarse la vida. […]
Pero ninguna forma de arte ha exigido una estricta fidelidad histórica. Lo que irritó a la gente fue que un musulmán albanés fuera uno de los villanos del libro, cuando fueron los musulmanes albaneses quienes sufrieron desproporcionadamente durante la guerra de Kosovo. Eso, y la idea de que dos adolescentes estadounidenses relativamente privilegiados pudieran ser el tema central del libro. ¿Lo hizo Jackson con malicia? No. Fue su intención explícita, según una nota del autor, complicar la imagen que el lector tiene de una trágica guerra étnica. No hay nada malo, per se, en convertir a una víctima en un villano, ni a un héroe en un imbécil: el arte está lleno de antihéroes con cualidades redentoras, ya sean Humbert Humbert o Tony Soprano. Tampoco dos adolescentes estadounidenses en un país devastado por la guerra son, a primera vista, una mala premisa para una novela juvenil. […]
Si el público lector hubiera considerado “Un Lugar para Lobos” tan desagradable e insensible como Twitter, la habrían desestimado de forma más lenta y deliberada. Los bibliotecarios la habrían leído y la habrían ignorado. Los libreros habrían decidido que no merecía la pena. Los críticos literarios la habrían destrozado, o peor aún, la habrían ignorado. Debería haber fracasado o triunfado en el mercado de las ideas. Pero nunca se le dio la oportunidad. La multitud se adelantó.
Hay algo que sobresale en toda esta argumentación. Y lo hace por ausencia. La cultura de la cancelación no se asocia al movimiento político que le dio forma, impulso y legitimidad: el liberalismo (progresismo) demócrata. Esta bestialidad que la nota describe es lo que el progresismo promueve: la soberanía de las minorías por sobre las mayorías. Y si las minorías aplastan a las mayorías, hay una minoría que aplasta a todas las otras: la burguesía.
La minoría y la clase
Lo que se le critica a la derecha radicalizada, sus formas bestiales de referirse a las minorías en función de una siempre indefinida “mayoría silenciosa” (que se ha vuelto ensordecedora), es contrariado, en espejo, con una igualmente caprichosa exaltación de los sentimientos de las minorías. Esto es crucial: la barbárica situación que estamos describiendo de parte del establishment cultural no es la reacción a la derecha radical, sino su precedente necesario. No entender lo autoritario y barbárico de las políticas de cancelación, de los lectores de sensibilidad, etc., es justificar lo mismo que pretenden Trump y Milei, “siempre y cuando no lo hagan ellos y no lo hagan con mis amigos”.
Fue el progresismo quien abrió la puerta a la prevalencia de la sensibilidad personal, las micropolíticas, los combates en pequeña escala (que es la escala del capricho de cada “combatiente”), las autopercepciones. Ninguna de esas auto-atribuciones de verdad y justicia conmueve al poder del Estado y la clase burguesa. Pero todas impiden la conformación de una fuerza coherente, socialmente consistente, capaz de enfrentar a ese poder de clase.
La ley burguesa es opresiva en muchos aspectos, sí, pero organiza una vida social. La versión híper-individualista de la justicia por mano propia (la cancelación no es otra cosa que justicia por mano propia con freno de mano) es un retroceso primitivista, no un avance social. Puede que el Estado burgués con su férrea defensa del status quo, su carácter conservador de las diferencias sociales y su concentración de poder, nos parezca un invencible Leviatán. Pero las dificultades para enfrentarlo no nos imponen ignorarlo. Mucho menos alimentarlo, de manera no tan inadvertida, con la negación de lo común.
La Iglesia medieval realizó una tarea similar de censura, aunque menos reaccionaria. Similar porque hizo de la persecución del pensamiento herético una tarea central. Menos reaccionaria porque, utilizando los medios bestiales de la época, contribuyó en no poca medida al establecimiento de un espacio común europeo, cuya incidencia no fue menor en la superación del feudalismo por el capitalismo incipiente.
En cambio, el progresismo presume de sí mismo sin producir nada positivo. Destruye el espacio común del arte y la cultura restringiéndolo a un pequeño guetto de corrección política, con comisarios políticos proliferantes. Una creación siniestra y posmoderna: el gendarme rizomático. No el Gran Hermano, sino un hormiguero de apaleadores de la vida social.
El universalismo y el tiempo
La sensibilidad individual como principio rector de la vida social, además de entregarle valiosas estrategias a la minoría determinante de nuestra sociedad, la burguesía, destruye uno de los recursos de lo común: la tendencia universalista de la ciencia. Richard Dawkins, autor de El gen egoísta y gran propiciador del pensamiento científico, declara en la página de inicio de la fundación que lleva su nombre:
Antes consideraba al fundamentalismo religioso el principal enemigo de la verdad científica. No ha desaparecido y sigue siendo nuestro principal objetivo. Sin embargo, últimamente se le ha unido la perniciosa doctrina de que la verdad es lo que uno siente, y no lo que demuestra la evidencia científica.
Al consentir con el precedente, gran parte de la izquierda ha perdido autoridad para denunciar y luchar contra la consecuencia obvia. No se trata del horror de la censura, sino de la incomodidad de la censura ejercida por otros. Una riña de familia. De ahí la impostura de parrafadas como la siguiente, del Partido Socialista por la Igualdad (trotskista) de EE.UU.:
La guerra de Trump contra la ciencia y la salud pública, supervisada por el teórico de la conspiración antivacunas Robert F. Kennedy Jr., ahora ha evolucionado hacia una política de tierra arrasada y vandalismo social, en la que todos los avances médicos y científicos logrados por innumerables científicos y trabajadores de la salud pública están siendo diezmados de la noche a la mañana.
No, compañeros. No es de la noche a la mañana. Es durante décadas. No es una iniciativa de Trump. Es el continuismo de la negación de la ciencia biológica, la diferencia sexual y las conquistas intelectuales de la humanidad. Más necesarias ahora que nunca, por ejemplo, para sostener una política de defensa de las mujeres frente a la violencia machista.
Los delirios oscurantistas del progresismo liberal han golpeado a la ciencia y la cultura, oprimiéndolos con sus caprichos, su censura exponencial y su persecución del pensamiento. Las bienintencionadas corrientes censoras del progresismo podrían parafrasear al pastor Niemöller con respecto al nazismo, que apoyó inicialmente: Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde.
Pero no es demasiado tarde. Hay tiempo. Se trata, simplemente, de volver a la defensa de lo común, del pensamiento con pretensión universalista, de las banderas del humanismo verdadero que no es el capricho de cada humano. Se trata del socialismo.
[1] Ana Uroeva, “La primera traducción en Rusia”, revista Los trabajos y los días, Año 9, Nº 6/7, Noviembre de 2017.




