Las elecciones transcurren bajo una dictadura de clase. La democracia burguesa es, en términos generales y sucintos, el régimen de gobierno más conveniente para el capitalismo. Se trata de un entramado institucional cuya función consiste en garantizar, mediante la división de poderes, la integración de los distintos compradores y vendedores de mercancías. Principalmente, la convivencia de los burgueses en un marco legal, regulando su competencia mortal.
También garantiza, por supuesto, cierto nivel de reproducción de quienes sólo poseemos nuestra fuerza de trabajo para ofertar, asegurando un “piso” de condiciones para esa venta. Este “piso” (que depende del momento histórico, el lugar geográfico, la rama de la producción, el tipo de sociedad) no se garantiza por bondad, conmiseración o altruismo, sino porque es necesario para asegurar la reproducción del propio sistema de explotación, es decir, la perdurabilidad del capitalismo a través de su fuego prometeico: el trabajo humano.
De manera que la democracia burguesa no es el paraíso de la razón ni el sueño de los justicieros. Y no tiene por qué serlo. Se trata de un mecanismo que respeta –por sobre todas las cosas– el derecho a la propiedad y la acumulación de capital. Para consolidar su eficiencia se integran otros derechos, como los políticos: libertad de expresión, derecho a la información, libertad de asociación, derecho al voto.
Tal vez ahora se entienda mejor qué es una dictadura de clase: un orden social por el cual una clase ejerce el poder y le impide a la otra –que porta intereses antagónicos e irreconciliables– acceder a él. De ahí que la democracia burguesa no sea un camino para que los trabajadores gobernemos. Pero la dictadura de clase como orden social no es una dictadura como régimen de gobierno: la dictadura de clase se ejerce por medio de la propiedad privada; en cambio, la dictadura como régimen, la dictadura institucional, se ejerce a garrotazos.
En suma, la democracia burguesa es el régimen de gobierno más eficiente para la dictadura de clase: permite que los burgueses –dispares, contradictorios, competitivos– se articulen entre sí de la manera más civilizada posible.
Ese es el aspecto burgués de la democracia burguesa. En cuanto a su aspecto democrático, se trata de un régimen de gobierno que mide la confianza de los trabajadores en la conducción burguesa de la sociedad. Permite encuestar a la población en condiciones de votar para saber qué tan aceptable es un candidato con su propuesta.
Por eso, a la vez que la democracia burguesa es repudiable por nosotros en tanto burguesa, atención, en tanto que es democracia no debemos confundirla con una dictadura o el fascismo. Esto es importante para orientarnos con un mínimo sentido de realidad y evitar que otros trabajadores nos vean como personas estrafalarias. Cuando se afirma “Macri, basura, vos sos la dictadura” o “El gobierno de Milei es fascista” no sólo se banaliza lo que es una dictadura y lo que fue el fascismo, sino que además se bloquean las vías de comunicación con los trabajadores que, con toda sensatez, no ven ningún régimen dictatorial o fascista en Argentina.
Al contrario de esto que decimos, tanto el enfoque progresista como el trotskismo leen la democracia burguesa exactamente al revés: el parlamentarismo y la defensa leguleya del personal político de la burguesía (defensa de CFK, por ejemplo) muestran la fe en la democracia en tanto burguesa mientras que, simultáneamente, la insistencia en calificar al gobierno de Milei (no al régimen ni, mucho menos, al sistema) de “fascismo”, borra la faz democrática de este régimen.
Las elecciones y la clase obrera
Hacer política es intentar lo que se quiere, con lo que hay, para lograr lo que se puede. Por eso la burguesía no plasma sus deseos en la realidad directamente, sin mediaciones, sin toma y daca. El armado de listas electorales es el resultado parcial de ese toma y daca, a la espera de otro resultado: el voto, que permite medir la confianza de la población, mayoritariamente obrera, en el personal político de la clase burguesa.
Hay una regularidad dentro del marco capitalista de competencia perpetua: quien le acierta a la solución de un problema social, aumenta su capacidad de hegemonizar; quien no logra acertarle y leerlo sistemáticamente, se enfrenta a una disgregación inexorable. Javier Milei lleva dos aciertos al hilo: captar que el rechazo al peronismo requería una campaña afín a la profundidad de ese enojo e inteligir que “El” problema era la inflación.
Por eso las internas que acompañan este proceso electoral no pueden ser leídas en espejo: no son lo mismo para fuerzas distintas. O, más bien, deberíamos decir que son internas distintas para fuerzas muy parecidas. Aunque una esté en su decadencia y la otra en su nacimiento, hablamos de dos corrientes políticas que nacieron del poder: kirchnerismo y mileísmo son estructuras cuyo acceso al gobierno se dio por una carambola que las puso en Casa Rosada antes de haber formado un partido con el que gobernar. La cruzada de Néstor Kirchner contra Eduardo Duhalde en la primera elección, tras haber llegado a la presidencia, rima con la política de Javier Milei contra Mauricio Macri. (Claro que Milei no cuenta con recursos que sí tenía Néstor –como la CGT, los movimientos sociales y la soja a 600 dólares–, por eso acaba de reunirse con Macri).
La inminente elección de octubre, que se perfilaba favorable al gobierno, quedó abierta. No hay garantías de que vaya a favorecer a Kicillof, porque no sabemos si todas esas personas que detestan al peronismo, y no votaron, volverán a las urnas ante el “riesgo kuka”. Tampoco sabemos qué pasará en las demás Argentinas que componen Argentina: Milei perdió en la de la industria y la obra pública (la provincia de Buenos Aires, donde el sector del agro tampoco fue complaciente con Milei), pero la elección nacional también se juega en la Argentina de la minería, la energía y la soja.
A la percepción de que las variables económicas están atadas con alfileres –y es cierto: la caída de la actividad, la amenaza de que se dispare el dólar por atraso y falta de divisas para sostenerlo y vuelva la inflación– hay que contrapesarla con apoyos importantes (EE.UU.) y cierto margen de negociación en el amplio arco que no quiere tanto ajuste, pero… quiere ajuste y reforma estructural (gobernadores, empresarios, prensa republicana). Decir que la burguesía “le ha picado el boleto” a Milei es una exageración deseada. Pensamos que ocurre otra cosa: la burguesía encuentra en la debilidad del gobierno una oportunidad para hacer valer sus apoyos.
Si Milei asumió dando un discurso de espaldas al Congreso, ahora adoptó un tono moderado y negociador: al debilitarse el apoyo “populista” del lazo directo con la población, se fortalece el apoyo “republicano” del lazo indirecto (a través de los políticos) con la burguesía y sus intereses. Lo vemos con los gobernadores en términos institucionales, La Nación en términos de la opinión pública y la lista unitaria del peronismo en términos políticos.
El triunfo del peronismo en la provincia de Buenos Aires fue una mala noticia para el conjunto de los trabajadores. No porque prefiramos que gane Milei y nos cague de hambre con estabilidad. Sino porque un balance socialista debería subrayar que mientras no entre en escena, de manera decisiva, la lucha de los trabajadores, el péndulo entre opciones burguesas siempre tendrá efectos negativos para nosotros y restará condiciones de vida para el conjunto de nuestra clase.
Según interpretamos, las elecciones bonaerenses hablan del doble repudio, tanto al actual gobierno nacional como al anterior. Y hablan de la necesidad de una nueva dirección, absolutamente alejada de la casta, del poder y del círculo rojo, es decir, de la burguesía y la burocracia. Una nueva dirección es necesaria para que las luchas surjan, se expandan y unifiquen. A la vez, estas mismas luchas pueden hacer germinar semillas de esa nueva dirección y de un programa socialista.
Bronca y lucha no son lo mismo. La bronca puede ser una señal previa de la disposición a la lucha. Y también puede ser una señal previa del escepticismo y el abandono de toda esperanza. Hoy es muy poco lo que podemos hacer nosotros, un puñado de militantes socialistas, para que ese fenómeno de masas emerja y se desarrolle. Salvo una cosa: quitar toda confianza, destruir todos los puentes, atacar en todos los flancos a los enemigos de la clase trabajadora que nos han traído hasta acá y pretenden seguir hundiéndonos.
El FITU y el socialismo
La semana pasada hubo elecciones en el SUTNA, el único gremio industrial dirigido por la izquierda. Se presentaron tres listas de esa misma izquierda. Las mismas organizaciones que van juntas electoralmente, a nivel nacional, presentaron tres listas para esta dirección sindical. Capaces de coincidir en cómo debería ser el país, demuestran su desastrado gremialismo (expresión de su impotencia política) al momento de la unidad organizativa para la defensa de los trabajadores de un sindicato particular que representa un puñado de fábricas. La incoherencia es tan extrema que no deja lugar para la exageración: si no se pueden poner de acuerdo en la perspectiva de la industria del neumático, ¿cómo es posible ponerse de acuerdo con respecto a las complejidades de un país con 47 millones de habitantes?
La respuesta a esa pregunta estriba en uno de los rasgos más cuestionables de la izquierda en general y del trotskismo en particular: en lugar de hacer política, disputan la supervivencia de los aparatos. De este rasgo se deriva un estilo dominado por el agravio y el chiste. Como lo del SUTNA no tiene explicación racional, hay que recurrir a la sinrazón y el sinsentido que palpitan en la burla y la ofensa. Se trata del único recurso disponible para el que se niega a pensar.
Bah, no el único. Porque esa reticencia al pensamiento se expresa, también, en la virilidad como impostura militante: hay que poner huevos, prepotear físicamente, hacerse el guapo, mostrar aguante… Este es uno de los rasgos más ridículos de la militancia pretendidamente socialista. A lo largo de la historia hemos visto cómo, en el plano de la violencia física, el coraje y la agresividad, no hay ninguna razón para suponer que ser socialista supere ser fascista.
Sin embargo, ese culto al héroe testicular, por ridículo que sea, cobra sentido gracias a una errónea concepción de la crisis de representación: el FITU cree que la movilización callejera deshace la representación, que la movilización misma es irrepresentable, “movimiento aberrante”, “anarquía coronada”, “poder constituyente”, “máquina de guerra ingobernable / guerra de la gente de la calle“, como canta el grupo Hechos Contra el Decoro. Hay una enorme carga de posmodernismo en esta alianza entre hacerse el poronga en la calle y creer que ese postureo suspende la dirección burguesa de la sociedad.
De ahí que una de nuestras mayores diferencias con el FITU sea que, para nosotros, pensar es una acción. Para el FITU, en cambio, la única acción es estar en la calle.
Y concluye eso porque abdicó de la política. Lo vemos en el 3% electoral sin socialismo. Si el FITU sacara 3% pero éste fuera indudablemente la expresión de compañeros votantes, simpatizantes, candidatos que todo el tiempo estuvieran hablando de cambiar la sociedad, nos alegraría mucho. Pero la mayor parte de ese 3% solamente quiere a alguien honesto en el Congreso, alguien que no esté de acuerdo con el FMI, alguien que aguante los trapos en la calle, alguien que defienda a Cristina de verdad.
Toda la estrategia del FITU se resume en dos rasgos: la urgencia y el frenesí. Todo tiene que hacerse ya porque es ahora o nunca. Si el programa fue tallado en mármol por Trotsky, entonces no hay nada que pensar, nada que debatir, nada que explicar pacientemente: ese mundo de 1938 es el mismo que el de 2025, el diagnóstico era acertado, lo sigue siendo y hay que repetir su estrategia una y otra vez. Aunque no haya funcionado nunca.
Eso imposibilita pasar de ínfima minoría a otra instancia. La urgencia y el frenesí son la condición de la mayoría establecida: la que decide hoy lo que pasará mañana. En cambio, la estrategia de la minoría debe contemplar la necesidad de muchos pasos en una larga travesía.
La urgencia debe ser reemplazada por la constancia, el frenesí por la paciencia. Y todo esto en base a dos premisas que el trotskismo rechaza: aceptar la realidad y estar dispuesto a pensar.
La militancia y nosotros
La Tercera Internacional transformó la militancia en un ritual religioso. De Indonesia a Argentina, de Alaska a Sudáfrica, ser un militante comunista era –increíblemente– lo mismo. Ese modelo persiste en el sentido común de izquierda: poner la mesita, vender el periódico o volantear en la puerta de una fábrica se han convertido en actividades rituales para controlar a los militantes y cohesionar al grupo. No importa el contexto, hay que agitar. Pero la agitación únicamente sirve cuando el sedimento ideológico es común. Cuando el sedimento ideológico es adverso, no hay agitación que valga. Así, la ritualización pierde el objeto de la acción militante: si pusimos la mesita un año entero en la Facultad y no se sumó nadie, entonces el balance tiene que ser “no perdamos tiempo en semejante tarea”. Pero la realidad adversa es invisible cuando importa más el cumplimiento de la tarea que su eficacia política.
Podríamos sintetizar la actividad de un militante en esta pregunta: ¿Cómo acerco a alguien a la idea de que hay que cambiar la sociedad? Los medios para responder son los que estén al alcance de cada militante, según su criterio y sus características personales (no todo el mundo habla en público, no todo el mundo escribe, no todo el mundo hace gremialismo, etc.): red social, mesita, volante, plaza en la que juegan nuestros hijos al salir de la escuela, invitación a comer o tomar mate, en fin. No nos negamos a tal o cual medio para acercar compañeros. Nos negamos a cualquier forma de ritualización de la acción militante. Más que decir lo que debe hacer un militante, pensamos que es necesario tener en mente circunstancias históricas como, por ejemplo, Rusia entre 1905 y 1917: ¿qué hacían los trabajadores en períodos como ése? Inventar.
Militar es pensar y organizar. En las circunstancias no elegidas en que nos toca militar, se trata de construir una estrategia para resolver la crisis de representación. Es decir, debemos crear un grupo que posea un programa adecuado al presente y que pueda conectarse con otros grupos similares, para que esta red de grupos en algún momento sea una alternativa para el conjunto de la clase trabajadora. En lugar de una política de las identidades yuxtapuestas en un frente electoral, necesitamos la discusión paciente, comprometida y permanente para la construcción de un programa común.
Somos pocos. No somos (ni tenemos) militantes profesionales de la revolución con dedicación a tiempo completo a las tareas del partido. Eso está muy, muy, muy lejos de nuestras posibilidades. Somos un grupo de compañeros socialistas que trata de inteligir cada vez mejor la sociedad para proponer un cambio positivo: el socialismo. Tratamos de conocernos para que crezca la confianza entre nosotros. Tratamos de conectarnos y conocer a otros compañeros o grupos en situaciones similares. E intentamos, sobre todo, hacer crecer el número de los que dedicamos algo de nuestro tiempo a estas tareas.
Foto de portada: Marcela B.




